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Amor, Sexo y Castidad

La Comprensión Del Placer Y El Deseo

Buscamos el placer y deseamos que toda relación se base en él

Uno tiene que comprender la relación, porque ésa es la vida. No podemos existir sin relación de alguna clase. Uno no puede apartarse en el aislamiento, construir un muro a su alrededor como hace la mayoría, porque ese acto de vivir en una protegida, segura, aislada condición de resistencia, sólo engendra más confusión, más problemas, más desdicha. Si uno observa la vida, ve que es un movimiento en acción, un movimiento en relación, y ése es todo nuestro problema: cómo vivir en este mundo donde la relación es la base misma de toda existencia; cómo vivir en este inundo de modo tal que la relación no se vuelva monótona, opaca, desagradable y reiterativa.

Nuestras mentes se ajustan por completo al patrón del placer, y la vida no es mero placer, obviamente. Pero nosotros deseamos placer. Eso es lo único que de veras buscamos honda y secretamente en lo interno. Procuramos obtener placer de todas las cosas, y el placer, si uno lo observa, no sólo aísla y confunde a la mente, sino que también crea valores que no son genuinos ni reales. Por lo tanto, el placer engendra ilusión. Una mente que busca el placer, como casi todos lo hacemos, no sólo se aísla sino que, invariablemente, tiene que hallarse en un estado de contradicción en ludas sus relaciones, ya sea en su relación con las ideas, con las personas o con la propiedad; por fuerza tiene que vivir siempre en conflicto. Ésa es, entonces, una de las cosas que hemos de comprender: que nuestra búsqueda en la vida es, fundamentalmente, la exigencia, el impulso, el anhelo de placer.

Ahora bien, esto es muy difícil de comprender, ya que uno se pregunta por qué no debería tener placer. Vemos una hermosa puesta del Sol, un bello árbol, un río con su movimiento amplio y curvo, un rostro precioso... y mirar eso nos deleita, nos da un gran placer. ¿Qué hay de malo en ello? Me parece que la confusión y la desdicha empiezan cuando ese rostro, ese río, esa nube, esa montaña se convierten en un recuerdo, y este recuerdo exige, entonces, una mayor continuidad del placer: deseamos que esas cosas se repitan. Todos conocemos esto. He sentido cierto placer, o usted ha experimentado cierto deleite en algo, y queremos que eso se repita. Ya sea un placer sexual, artístico, intelectual o de otra índole, queremos que se repita; y aquí es donde creo que el placer empieza a nublar la mente y crea valores que son falsos, irreales.

Lo que importa es comprender el placer, no tratar de librarse de él, lo cual es demasiado tonto. Nadie puede librarse del placer. Pero es esencial comprender la naturaleza y estructura del placer, porque si la vida es tan sólo placer y si eso es lo que uno desea, entonces con el placer vienen la desdicha, la confusión, las ilusiones y los valores falsos que creamos; por lo tanto, no hay claridad. Es un hecho simple: tanto psicológica como biológicamente buscamos placer y queremos que toda relación se base en él; por esto, cuando la relación no es placentera hay una contradicción, y entonces comienzan el conflicto, la infelicidad, la contusión y la angustia.

Obras Completas, volumen XV
París, 23 de mayo de 1965

El placer es la continuación y el cultivo que el pensamiento hace de una percepción

¿Cuál es la importancia y el significado del placer que cada ser humano busca y persigue a cualquier costo? ¿Qué es el placer? Está el placer que se deriva de las posesiones, el placer que proviene de una capacidad o del talento, el placer que experimentamos al dominar a otro, el placer de tener un poder tremendo, ya sea político, religioso o económico, el placer del sexo, el placer del gran sentimiento de libertad que da la posesión del dinero. Hay múltiples formas de placer. En el placer hay disfrute, y más adelante hay éxtasis: uno encuentra deleite en algo y aparece la sensación de éxtasis. El "éxtasis" implica estar más allá de sí mismo; no existe un "yo" que lo disfrute. El "yo", o sea, el ego, la personalidad, ha desaparecido por completo; sólo existe ese sentimiento de hallarse fuera de uno mismo. Eso es el éxtasis. Pero ese éxtasis no tiene absolutamente nada que ver con el placer.

Uno encuentra deleite en algo, el deleite que surge naturalmente cuando contemplamos algo muy bello. En ese instante, en ese segundo no hay placer ni disfrute, sólo existe el sentido de observación. En esa observación está ausente el «yo». Cuando miramos una montaña con su cumbre nevada, con sus valles, su inmensidad y magnificencia, ello aleja todo pensamiento. Allí está esa grandeza frente a nosotros, y hay deleite. Después viene el pensamiento y registra como recuerdo lo maravillosa y encantadora que fue esa experiencia. Entonces, ese registro, ese recuerdo es cultivado, y ese cultivo se convierte en placer. Cada ve, que el pensamiento interfiere con el sentido de la belleza, con el sentido de la inmensidad de algo - un fragmento de poesía, una cortina de lluvia, un árbol solitario en medio del campo -, se produce un registro. Pero lo importante es ver eso y no registrarlo. En el momento en que lo registramos, en que registramos la belleza de ello, ese registro mismo pone en acción el pensamiento; después surge el deseo de perseguir esa belleza, deseo que se convierte en la persecución del placer. Vemos a una mujer hermosa, o a un hombre; instantáneamente ello se registra en el cerebro. Entonces, ese registro mismo pone en movimiento el pensar y deseamos estar en compañía de ella o de él... y todo lo que sigue. Él placer es la continuación y el cultivo de la percepción por medio del pensamiento. Uno ha tenido una experiencia sexual la noche anterior, o hace dos semanas; la recuerda y desea que se repita, lo cual constituye la exigencia de placer.

¿Es posible registrar tan sólo las cosas que son absolutamente necesarias? Las cosas necesarias son el conocimiento de cómo manejar un automóvil, cómo hablar un idioma, el conocimiento tecnológico, el conocimiento de la lectura, de la escritura y demás. Pero en nuestras relaciones humanas, las que hay, por ejemplo, entre el hombre y la mujer, cada incidente de esa relación se registra. ¿Qué ocurre? La mujer se irrita, sermonea, o es amigable, bondadosa..., o dice algo desagradable justo antes de que el hombre salga para la oficina; entonces, a causa de esto y mediante el registro, él se forma una imagen de ella y ella se forma una imagen de él; esto es un hecho. En las relaciones humanas, entre el hombre y la mujer, entre vecinos, y así sucesivamente, existe el constante registro y la elaboración de imágenes. Pero cuando el marido o la esposa dicen algo desagradable para el otro, si éste escucha cuidadosamente, termina con ello, no le da continuidad; entonces encontrará que no hay formación de imágenes en absoluto. Si no hay formación de imágenes entre un hombre y una mujer, la relación es por completo diferente; ya no es más la relación de un pensamiento opuesto a otro pensamiento; a esto último se le llama relación, pero en realidad no lo es; se trata tan sólo de ideas.

El placer sigue al registro de un incidente, debido a la continuación que a éste le da el pensamiento. El pensamiento es la raíz del placer. Si, al ver algo hermoso, uno no tuviera pensamientos, la cosa quedaría en eso. Pero el pensamiento dice: «No, yo debo poseer eso»; desde ahí fluye todo el movimiento del pensar.

¿Cuál es la relación del placer con el júbilo? El júbilo llega a uno sin que lo inviten; ocurre. Uno va caminando por una calle, o está sentado en un autobús, o pasea por el bosque viendo las flores, las colinas, las nubes y el cielo azul, y de pronto surge el sentimiento extraordinario de un júbilo inmenso; después viene el registro, el pensamiento dice: «¡Qué maravilloso fue eso, debo, tener más!». Así, el júbilo es convertido otra vez en placer por el pensamiento. Esto es ver las cosas como son, no como quisiéramos que fueran; es verlas exactamente, sin distorsión alguna, es ver lo que de hecho ocurre.

¿Qué es el amor? ¿Es placer, o sea, la continuación de un incidente mediante el movimiento del pensar? ¿Es amor el recuerdo? Ha sucedido una cosa; ¿es vivir en el recuerdo de eso, sentir el recuerdo de algo que ha pasado, resucitarlo con el pensamiento y decir: «¡Qué maravilloso fue cuando estuvimos juntos bajo aquel árbol; eso era amor!»? Todo eso es el recuerdo de una cosa que ya no existe. ¿Es amor eso? ¿Es amor el placer del sexo, en el cual hay ternura, afabilidad y demás? ¿Es amor eso? No es cuestión de que se limiten a decir que sí o que no.

Estamos poniendo en duda todo lo que el hombre ha producido y de lo cual afirma: «Esto es amor». Si el amor es placer, entonces pone el acento en el recuerdo de cosas pasadas y, por lo tanto, da lugar a la importancia del "yo", del "mí": mi placer, mi excitación, mis recuerdos. ¿Es amor eso? Y el deseo, ¿es amor? ¿Qué es el deseo? Uno desea un automóvil, desea una casa, desea distinción, posición, poder. Hay infinidad de cosas que uno desea: ser tan atractivo como otro, ser tan inteligente, tan ingenioso, tan elegante como él... ¿Trae claridad el deseo?

La cosa a la que llamamos amor se basa en el deseo: deseo de dormir con una mujer -o la mujer con un hombre-, deseo de poseerla, de dominarla, de controlarla: «¡Ella es mía, no suya!». ¿Hay amor en el placer que se deriva de esa posesión, de ese dominio? El hombre domina el mundo y ahora la mujer está luchando contra esa dominación.

¿Qué es el deseo? ¿Produce claridad el deseo? ¿Florece en su campo la compasión? Si el deseo no trae claridad y si no es el campo donde florecen la belleza y la inmensidad de la compasión, entonces, ¿qué lugar ocupa el deseo? ¿Cómo surge el deseo? Uno ve una mujer hermosa; la ve. Está la percepción, el ver, luego el contacto, después la sensación; y entonces el pensamiento se hace cargo de la sensación, y eso se convierte en la imagen con su deseo. Uno ve un hermoso jarrón, una bella escultura -del antiguo Egipto o griega-, y la mira, la toca; ve la profundidad de esa obra escultórica que representa una figura sentada con las piernas cruzadas. Ello genera una sensación: «¡Qué maravilla!», y de esa sensación nace el deseo: «Quisiera tenerla en mi habitación, mirarla, tocarla todos los días» -el orgullo de la posesión, de tener algo tan maravilloso-. Eso es el deseo: visión, contacto, sen­sación; y después el pensamiento utiliza esa sensación para cultivar el deseo de poseer, o de no poseer.

Ahora viene la dificultad; dándose cuenta de esto, las personas religiosas han dicho: «Toma votos de celibato, no mires a una mujer; si la miras, trátala como si fuera tu hermana o tu madre, como prefieras, porque tú estás al servicio de Dios y necesitas de toda tu energía para servirle. Al servicio de Dios tendrás grandes tribulaciones; por lo tanto, debes estar preparado, no malgastes tu energía». Pero la cosa hierve, y nosotros tratamos de comprender ese deseo que bulle constantemente anhelando realizarse, completarse.

El deseo surge del movimiento visión/contacto/sensación/ pensamiento e imagen/deseo. Ahora nosotros decimos: la visión, el contacto, la sensación..., eso es normal, sano, pónganle fin ahí, no permitan que el pensamiento asuma el mando y convierta la sensación en deseo. Comprendan esto y entonces también comprenderán que no debe haber represión del deseo. Ven una casa hermosa, bien proporcionada, con bellas ventanas, un tejado que se funde con el cielo, gruesos muros que son parte de la tierra, un jardín encantador y bien cuidado. Miran la casa, hay una sensación; la tocan -puede que no la toquen de hecho, pero la tocan con los ojos-, aspiran el aroma del aire, de la hierba, del césped recién cortado. ¿No pueden terminar con eso ahí? Terminarlo ahí, decir: «Es una casa hermosa», pero sin que haya registro ni pensamiento alguno que diga: «Anhelo tener esa casa», lo cual es deseo y la continuación del deseo. Esto puede hacerlo muy fácilmente; quiero decir, fácilmente si comprenden la naturaleza del pensamiento y del deseo.

La Totalidad de la Vida

El deseo es energía, y eso tiene que comprenderse; no es posible limitarse a reprimir el deseo o hacer que se ajuste. Cualquier esfuerzo para coartar o disciplinar el deseo contribuye a la existencia del conflicto, el cual trae consigo insensibilidad. Todos los recursos intrincados del deseo deben ser conocidos y entendidos. No se nos puede enseñar ni podemos aprender los recursos del deseo. Comprender el deseo es estar alerta, sin preferencia alguna, a sus movimientos. Si uno destruye el deseo, destruye tanto la sensibilidad como la intensidad que es esencial para que la verdad pueda ser comprendida.

Comentarios sobre el Vivir, Tercera Serie

¿Cuál es el origen del deseo?

Cuando decimos que amamos a alguien, en ese amor hay deseo, están las placenteras proyecciones de las diversas actividades del pensamiento. Uno tiene que averiguar si el amor es deseo, sí el amor es placer, si en el amor hay miedo; porque donde hay miedo tiene que haber odio, celos, ansiedad, deseo de poseer, de dominar. En la relación hay belleza, y todo el cosmos es un movimiento de relación. Cosmos es orden, y cuando uno tiene orden ni lo interno, tiene orden en sus relaciones, y entonces es posible que haya orden en nuestra sociedad. Si investigamos la naturaleza de la relación, encontramos que es absolutamente necesario tener orden; desde ese orden adviene el amor.

¿Qué es la belleza? En esta mañana pura, ustedes ven la nieve fresca en las montañas, una visión encantadora. Ven aquellos árboles solitarios que se destacan negros contra esa blancura. Al mirar el mundo que los rodea, ven la maravillosa maquinaria, la extraordinaria computadora con su especial belleza; ven la belleza de un rostro, la belleza de una pintura, de un poema..., ustedes reconocen, al parecer, la belleza exterior. En los museos o cuando asisten a un concierto y escuchan a Beethoven o a Mozart, existe ahí una gran belleza, pero está siempre fuera de ustedes mismos. En los cerros, en los valles con sus aguas que corren, en el vuelo de las aves y en el canto de un mirlo en el amanecer, hay belleza. Pero ¿está la belleza únicamente allí fuera? ¿O la belleza es algo que existe sólo cuando el "yo" está ausente?

Cuando en una mañana soleada miramos aquellas montañas que resplandecen contra el cielo azul, esa majestad misma desaloja por un momento todos los recuerdos que hemos acumulado acerca de nosotros. Ahí, la belleza y la magnificencia externa, la majestad y la fuerza de las montañas barren, aunque sólo sea por un segundo, todos nuestros problemas. Nos hemos olvidado de nosotros mismos. La belleza existe cuando el "nosotros" está por completo ausente. Pero no estamos libres del "nosotros"; somos seres egoístas que sólo se interesan en sí mismos, en la importancia de sus propios problemas personales, en sus angustias y pesares, en su soledad. A causa de ese desesperado sentimiento de soledad deseamos identificarnos con una cosa u otra, y nos apegamos a una idea, a una creencia, a una persona; especialmente a una persona. En la dependencia surgen todos nuestros problemas. Donde hay dependencia psicológica, comienza el temor. Cuando estamos atados a algo, se inicia el proceso de corrupción.

El deseo es el más apremiante y vital impulso de nuestra vida. Nos referimos al deseo mismo, no al deseo por una cosa en particular. Todas las religiones han dicho que si uno quiere servir a Dios, debe subyugar el deseo, debe destruirlo, controlarlo. Han dicho: Sustituyan el deseo, sustitúyanlo por una imagen. La imagen, creada por el pensamiento, es la imagen que poseen los cristianos, la que poseen los hindúes, etc. Sustituyan lo real por una imagen. Lo real es el deseo -el deseo que arde-, y las religiones piensan que uno puede dominar ese deseo reemplazándolo por alguna otra cosa. O que puede hacerlo entregándose a aquel que uno piensa que es el maestro, el salvador, el gurú, lo cual es otra vez la actividad del pensamiento. Éste ha sido el patrón de todo el pensar religioso. Uno ha de comprender todo el movimiento del deseo porque, obviamente, el deseo no es amor ni es compasión. Y sin amor, sin compasión, la meditación no tiene ningún sentido. El amor y la compasión poseen su inteligencia propia, la cual no es la inteligencia del ingenioso pensamiento.

Por lo tanto, es fundamental comprender la naturaleza del deseo; comprender por qué el deseo ha jugado un papel tan notablemente importante en nuestra vida, comprender cómo deforma la claridad, cómo impide la extraordinaria calidad del amor. Es, esencial que lo comprendamos, sin reprimirlo, sin tratar de controlarlo o dirigirlo en una dirección particular que, según pensamos, podrá darnos la paz.

Por favor, tengan bien presente que quien les habla no trata de impresionarlos o de guiarlos y ayudarlos, sino que juntos estamos recorriendo un sendero muy sutil y complejo. Tenemos que escucharnos el uno al otro para descubrir la verdad acerca del deseo. Cuando uno comprende la importancia, el significado, la plenitud y verdad del deseo, entonces el deseo tiene un valor o un empuje por completo diferente en nuestra vida.

Cuando uno observa el deseo, ¿lo observa como un espectador externo que mirara al deseo? ¿O lo observa a medida que el deseo surge? No el deseo como algo separado de uno mismo, porque uno es el deseo. ¿Alcanzar a ver la diferencia? O bien uno observa el deseo como cuando ve en la vidriera del comercio algo que le gusta y desea comprarlo, de modo que el objeto es diferente del "yo" que lo desea, o el deseo es el "yo", y entonces hay una percepción del deseo sin el observador que observa al deseo.

Uno puede mirar un árbol. "Árbol" es la palabra por la cual uno reconoce eso que se levanta en medio del campo. Pero uno sabe que la palabra "árbol" no es el árbol. Del mismo modo, la esposa de uno no es la palabra, pero uno ha hecho que la palabra sea la esposa. No sé si ven todas las sutilezas de esto. Debemos entender claramente, desde el principio, que la palabra no es la cosa. La palabra "deseo" no es el sentimiento de deseo, el sentimiento extraordinario que hay detrás de esa reacción. Por lo tanto, debemos estar muy alerta para no quedar presos en la palabra. El cerebro también debe estar lo suficientemente activo como para ver que el objeto puede dar origen al deseo -deseo que no está separado del objeto-. ¿Nos damos cuenta de que la palabra no es la cosa y de que el deseo no está separado del observador que observa al deseo? ¿Nos damos cuenta de que el objeto puede dar origen al deseo, pero que el deseo es independiente del objeto?

¿Cómo florece el deseo? ¿Por qué detrás de él existe una energía tan extraordinaria? Si no comprendemos a fondo la naturaleza del deseo, estaremos siempre en conflicto los unos con los otros. Uno puede desear una cosa, la esposa de uno puede desear otra y los hijos pueden desear algo diferente. Y así estamos siempre disputando entre nosotros. Y a esta batalla, a esta lucha la llamamos amor, relación.

Nos preguntamos, pues: ¿Cuál es el origen del deseo? En esto debemos ser muy veraces, muy íntegros, porque el deseo es extremadamente engañoso y sutil, a menos que comprendamos cuáles son sus raíces. Para todos nosotros son importantes las respuestas sensorias: vista, tacto, gusto, olfato, oído. Y una respuesta sensoria en particular puede ser para algunos más importante que las otras respuestas. Si somos artistas, vemos las cosas de un modo especial. Si uno se ha adiestrado como ingeniero, entonces las respuestas sensorias son diferentes. Por lo tanto, nunca observamos de manera total, con todas las respuestas sensorias. Cada uno responde en cierto modo específicamente, dividido. ¿Es posible responder de manera completa, con la totalidad de nuestros sentidos? Vean la importancia de esto. Si uno responde totalmente, con todos sus sentidos, tiene lugar la eliminación del observador centralizado. Pero cuando uno responde de un modo específico a una cosa determinada, entonces comienza la división. Cuando dejen esta carpa, cuando contemplen la corriente de un río, la luz que centellea en sus rápidas aguas, averigüen si pueden mirar eso con todos sus sentidos. No me pregunten cómo se hace, porque en tal caso ello se vuelve mecánico. Antes bien, edúquense a sí mismos en la comprensión de la respuesta sensoria total.

Cuando vemos algo, el ver origina una respuesta. Vemos una camisa verde, o un vestido verde, y el acto de ver despierta la respuesta. Entonces se produce el contacto. Luego, a causa del contacto, el pensamiento crea la imagen de uno con esa camisa o ese vestido, y entonces surge el deseo. O uno ve un automóvil detenido en el camino; tiene hermosas formas, un pulido perfecto, y detrás de ello se percibe muchísimo poder. Entonces uno camina alrededor del auto, examina el motor... El pensamiento crea la imagen de uno mismo que entra en el automóvil, enciende el motor y, poniendo los pies en los pedales, lo maneja. Así es como comienza el deseo; el origen del deseo es el pensamiento que crea la imagen; hasta llegar a ese punto, no hay deseo. Están las respues­tas sensorias, que son normales, pero luego el pensamiento crea la imagen y desde ese instante se pone en marcha el deseo.

Ahora bien, ¿es posible que no surja el pensamiento creando la imagen? Esto es aprender acerca del deseo, lo cual es, en sí mismo, disciplina. Disciplina es el aprender acerca del deseo, no el controlarlo. Si aprendemos verdaderamente acerca de algo, ello se ha terminado. Pero si decimos que debemos controlar el deseo, nos encontramos en un terreno por completo diferente. Cuando ustedes capten la totalidad de este movimiento, descubrirán que el pensamiento con su imagen habrá dejado de interferir. Tan sólo verán, experimentarán la sensación; ¿qué hay de malo en ello?

La Madeja del Pensamiento
Saanen, Suiza, 1 de julio de 1981

No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve

Ahora bien, veamos primero qué le ocurre a una mente que siempre se está controlando, que reprime, sublima el deseo. Una mente así, estando ocupada consigo misma, se vuelve insensible. Aunque pueda hablar de sensibilidad, bondad, aunque pueda decir que debemos ser fraternales, que debemos producir un mundo maravilloso y todas esas insensateces de que hablan las personas que reprimen el deseo, una mente semejante es insensible, porque no comprende aquello que ha reprimido. Es esencialmente lo mismo que uno reprima el deseo o que sucumba a él, porque el deseo sigue estando ahí. Podremos reprimir el deseo por una mujer, por un automóvil, por una posición social; pero el propio impulso de no tener estás cosas, impulso que nos hace reprimir el deseo por ellas, es en "sí mismo una forma de deseo. Estando, pues, atrapado en el deseo, un tiene que comprenderlo y no decir que es bueno o que es malo.

Entonces, ¿qué es el deseo? Ver un árbol balanceándose al viento, es algo hermoso de contemplar; ¿qué hay de malo en eso? ¿Qué hay de malo en observar el movimiento de un pájaro que vuela? ¿Qué hay de malo en mirar un automóvil nuevo construido maravillosamente y perfectamente pulido? ¿Y qué hay de malo en ver a una persona bella, con un rostro simétrico, un rostro que revela sensatez, inteligencia, calidad humana?

Pero el deseo no se detiene ahí. Nuestra percepción no es sólo percepción, sino que con ella viene la sensación. Al aparecer la sensación, queremos tocar, establecer contacto; y entonces surge el deseo de poseer. Uno dice: «Esto es bello, tengo que poseerlo», y así comienza la agitación del deseo.

Ahora bien, ¿es posible ver, observar, darse cuenta de las cosas bellas y feas de la vida y no decir: «Debo poseer eso», o «No debo poseer eso»? ¿Alguna vez han observado simplemente algo? ¿Comprenden, señores? ¿Han mirado alguna vez a su propia esposa, a sus hijos, a sus amigos, simplemente los han mirado? ¿Alguna vez han mirado una flor sin llamarla «rosa» o lo que fuere, sin querer ponerla en el ojal o llevarla a su casa y regalarla a alguien? Si son capaces de observar así, sin todos los valores que la mente atribuye a las cosas, entonces descubrirán que el deseo no es algo tan monstruoso. Pueden mirar un automóvil, ver su belleza, y no quedar presos en el desorden o la contradicción del deseo. Pero eso requiere una intensidad inmensa de observación, no una mera mirada casual. No se trata de que no tengan deseos, sino sólo de que la mente sea capaz de mirar sin describir lo que ve. Se trata de poder mirar la Luna sin decir inmediatamente: «Esa es la Luna, ¡qué hermosa se ve», mirar de tal modo que no se entrometa el parloteo de la mente. Si pueden hacerlo, descubrirán que la intensidad de observación, de sentimiento, de verdadero afecto, de amor, tiene su propia acción que no es la acción contradictoria del deseo.

Experimenten con esto y verán qué difícil es para la mente observar sin parlotear respecto de lo que observa. No obstante, la naturaleza del amor es ésa, ¿verdad? ¿Cómo podemos amar si nuestra mente jamás está en silencio, si siempre estamos pensando en nosotros mismos? Amar a alguien con todo nuestro ser, con mente, cuerpo y corazón, requiere de una gran intensidad; y cuando el amor es intenso, el deseo pronto desaparece. Pero casi ninguno de nosotros tiene jamás esta intensidad en relación con nada excepto consciente o inconscientemente con su propio provecho personal. Jamás tenemos un sentimiento por algo sin buscar obtener de alguna otra cosa. Pero sólo la mente que tiene esta inmensa energía es capaz de seguir el movimiento veloz de la verdad. La verdad no es estática, es más rápida que el pensamiento, y la mente no puede concebirla. Para comprender la verdad, tiene que existir esta energía inmensa que no puede ser conservada ni cultivada. Esta energía no adviene mediante la negación propia, mediante la represión. Por el contrario, exige completa entrega de uno mismo, y uno no puede entregarse a sí mismo, o entregar todo lo que posee, si meramente desea un resultado.

Es posible vivir sin envidia en este mundo que se basa en la envidia, la codicia y la persecución del poder, de la posición, pero ello requiere una intensidad extraordinaria, claridad de pensamiento, de comprensión. Uno no puede librarse de la envidia sin comprenderse a sí mismo; de modo que el comienzo está aquí, no en alguna otra parte. A menos que uno comience consigo mismo, haga lo que haga jamás dará con la terminación del dolor.

Obras Completas, volumen X
Bombay, 16 de febrero de 1957

Uno no puede estar atento al deseo si lo condena

Es indispensable, pues, comprender el deseo. Uno ha de "comprender el deseo", no "vivir sin deseo". Si ustedes matan el deseo, están paralizados. Cuando contemplan esa puesta del Sol que tienen frente a ustedes, el solo contemplarla es un deleite, si es que son algo sensibles. Ese deleite también es deseo. Y si no pueden deleitarse contemplando esa puesta del Sol, no son sensibles. Si no pueden deleitarse viendo a un hombre rico en un gran automóvil -no porque lo deseen sino simplemente porque les deleita ver a un hombre en un automóvil grande-, o si no pueden ver a un hombre pobre, desaseado, sucio, ignorante, desesperado, y sentir una enorme piedad, afecto, amor, no son sensibles. ¿Cómo pueden, entonces, dar con la realidad si no tienen esta sensibilidad y este sentimiento?

Tienen, pues, que comprender el deseo. Y para comprender cada impulso del deseo, deben tener espacio, no tratar de llenar el espacio con sus propios pensamientos o recuerdos, o pensando cómo satisfacer ese deseo o cómo destruirlo. Entonces, gracias a esa comprensión, llega el amor. Muy pocos de nosotros conocemos el amor, no sabemos lo que significa. Conocemos el placer, conocemos el dolor. Conocemos la inconsistencia del placer y, probablemente, el dolor constante. Y conocemos el placer del sexo y el placer de alcanzar fama, posición, prestigio, así como el placer de tener un control tremendo sobre el propio cuerpo, como ocurre con los ascetas, de mantener un récord; conocemos todas estas cosas. Estamos hablando perpetuamente de amor, pero no sabemos lo que significa, porque no hemos comprendido el deseo, comprensión que es el principio del amor.

Sin amor no hay moralidad; hay ajuste a un patrón, ya sea un patrón social o el así llamado religioso. Sin amor no hay virtud. El amor es algo espontáneo, vital, verdadero. Y la virtud no es una cosa que pueda engendrarse por medio de una práctica constante; es algo espontáneo, emparentado con el amor. La virtud no es un recuerdo conforme al cual uno funciona como ser humano virtuoso. Si no conocemos el amor, no somos virtuosos. Podemos asistir al templo, llevar una muy respetable vida de familia, practicar las moralidades sociales..., pero no somos virtuosos, porque nuestro corazón está desierto, vacío, es torpe, estúpido; no somos virtuosos porque no hemos comprendido el deseo. En consecuencia, nuestra vida se convierte en un interminable campo de batalla y el esfuerzo termina siempre en la muerte; termina siempre en la muerte, porque eso es todo lo que conocemos.

Por lo tanto, un hombre que quiera comprender el deseo tiene que entender, tiene que escuchar cada sugerencia de la mente y del corazón, tiene que prestar atención a cada disposición del ánimo, a cada cambio del pensar y del sentir, tiene que vigilar todo eso; debe volverse sensible, alerta a ello. No podemos estar atentos al deseo si lo condenamos o lo comparamos. Tenemos que cuidar del deseo, porque ello nos dará una comprensión enorme. Y gracias a esa comprensión hay sensibilidad. Entonces somos sensibles no sólo físicamente a la belleza, a la suciedad, a las estrellas, a un rostro sonriente o a las lágrimas, sino también a todos los murmullos y susurros de nuestra mente, a las esperanzas secretas, a los temores ocultos.

De este escuchar y observar surge la pasión, esta pasión que es de la misma naturaleza que el amor. Sólo este estado puede cooperar. Por eso, gracias a esta profundidad de comprensión, a este Observar, la mente llega a ser eficiente, clara, plena de vitalidad, vigor; sólo una mente así puede viajar muy lejos.

Obras Completas, volumen XIV
Madras, 22 de enero de 1964

Pregunta: A uno le parece que ve la estupidez del deseo y se libra de él, pero después el deseo vuelve nuevamente.

Krishnamurti: Jamás he dicho que una mente libre no tiene deseos. Después de todo, ¿qué hay de malo en el deseo? El problema empieza cuando el deseo crea conflicto, cuando anhelo ese hermoso automóvil que no puedo poseer. Pero ver el automóvil, la belleza de su forma, el color, la velocidad que puede desarrollar..., ¿qué hay de malo en eso? ¿Es malo ese deseo de reparar en i él, de mirarlo? El deseo se vuelve apremiante, compulsivo, cuando deseo poseer esa cosa. Vemos que ser un esclavo de algo, del tabaco, de la bebida, de una forma particular de pensar, implica deseo, y que el esfuerzo para romper con el patrón también implica deseo, y por eso decimos que debemos llegar a un estado I donde no haya deseo. ¡Vea cómo moldeamos la vida conforme a nuestra pequeñez! En consecuencia, nuestra vida se vuelve un asunto mediocre, se llena de miedos desconocidos y de rincones oscuros. Pero si comprendemos todo eso de que hemos estado hablando, si lo vemos de verdad, entonces pienso que el deseo tiene un significado por completo diferente.

Obras Completas, volumen XII
Saanen, 1 de agosto de 1961

Ofrecer resistencia al dolor o perseguir el placer ambas cosas dan continuidad al deseo

No decimos que uno debe estar exento de deseo ni que debe reprimir el deseo, como afirman todos los libros religiosos de ustedes o como dicen todos sus gurús, Por el contrario, vamos a explorar juntos esta cuestión del deseo. Si reprimen el deseo, entonces se están destruyendo a sí mismos, se paralizan, se vuelven insensibles, torpes, estúpidos, como han hecho todas las personas que se titulan religiosas; a causa de que han reprimido el deseo, se han negado a la belleza a la sensibilidad. Mientras que si uno, comienza a comprender toda la sutileza del deseo, la naturaleza del deseo, jamás reprimirá el deseo, jamás reprimirá nada. Llegaremos a eso más adelante.

¿Qué es el deseo? El deseo surge cuando vemos a una mujer hermosa, un bello automóvil, un hombre bien vestido o una casa bonita. Hay percepción, sensación a causa del contacto, y entonces aparece el deseo. Veo que usted lleva un hermoso abrigo, lista la percepción, el ver; la atracción -el corte de ese abrigo- y la sensación; y surge el deseo de tener ese abrigo. Esto es muy simple.

Ahora bien, ¿qué da continuidad al deseo? ¿Comprenden? Sé como el deseo surge, eso es bastante simple. ¿Qué le da continuidad? Esta continuidad del deseo es la que lo fortalece, la que convierte en voluntad. ¿Correcto? Debo descubrir, pues, qué da continuidad al deseo. Si puedo descubrir eso, entonces sabré cómo habérmelas con el deseo; jamás lo reprimiré. Y bien, ¿qué es lo que da continuidad al deseo? Veo algo hermoso, atractivo; ha surgido un deseo. Y ahora debo averiguar qué le otorga al deseo la vitalidad, la continuidad de su fuerza. Hay algo que es placentero, que yo siento deseable y le doy continuidad pensando en ello. Uno piensa en el sexo. Ustedes piensan en le dan continuidad. O piensan en el dolor, en la desdicha que experimentaron ayer; y así también dan continuidad a eso. Por lo tanto, el surgimiento del deseo es natural, inevitable; deben reaccionar al deseo, deben reaccionar; de lo contrario, son una entidad muerta Pero lo importante es ver, descubrir por uno mismo cuándo hay que dar continuidad al deseo y cuándo no.

Por lo tanto, tienen que comprender la estructura del pensamiento, el cual influye sobre el deseo, lo controla, lo moldea y le otorga continuidad. ¿Correcto? Eso está claro. El pensamiento funciona conforme a la memoria, etc.; no vamos a examinar eso. Sólo estamos señalando cómo el deseo se fortalece cuando piensa constantemente en él y le da una continuidad, la cual se convierte en la voluntad del deseo. Y funcionamos con esa voluntad. Y esa voluntad se basa en el placer y el dolor. Si algo es placentero, quiero más de ello; si es doloroso, lo resisto.

Así pues, ofrecer resistencia al dolor o perseguir el placer, ambas cosas dan continuidad al deseo. Y cuando comprendo esto, jamás existe un problema de represión del deseo, porque cuando uno reprime el deseo, ello genera inevitablemente otros conflictos, como en el caso de reprimir una enfermedad. Uno no puede reprimir una enfermedad; tiene que ponerla de manifiesto, examinarla, hacer toda clase de cosas. Pero si la reprime, si la sofoca, ella ganará en potencia, se fortalecerá y más tarde va a atacarlo. De igual modo, cuando usted comprende toda la naturaleza del deseo y qué es lo que le da continuidad, jamás, bajo ninguna circunstancia, reprimirá el deseo. Pero eso no quiere decir que haya de abandonarse al deseo. Porque tan pronto se abandona al deseo, ello trae su propio placer y su propio dolor, y usted está de vuelta en el círculo vicioso.

Obras Completas, volumen XV
Bombay, 14 de febrero de 1965

Vemos cómo surge el deseo, lo cual es sumamente simple. Y entonces tenemos que averiguar qué es lo que da continuidad al deseo. Ése es, en verdad, el problema importante, no cómo surge el deseo. Sabemos cómo surge. Veo algo bello, lo deseo. Veo algo desagradable, doloroso, y eso me trae a la memoria toda clase de cosas; lo aparto de mí. Nos damos cuenta del surgimiento del deseo, pero jamás hemos investigado -al menos la mayoría de nosotros no lo ha hecho- la cuestión de qué es lo que da continuidad al deseo y qué es lo que genera contradicción en esa continuidad. Si no hubiera contradicción, que es la batalla entre lo bueno y lo malo, entre el dolor y el placer, entre la realización y la frustración, si no existieran esta contradicción y esta continuidad en el deseo, si hubiera comprensión de eso, entonces el deseo tendría un significado por completo diferente. Se volvería como la llama, tendría una cualidad de urgencia, de belleza, de respuesta extraordinaria…, no sería una cosa para ser temida, destruida, sofocada, negada.

Obras Completas, volumen XV
Madras, 23 de diciembre de 1964

El hombre que ha reprimido sus sentidos y se ha vuelto insensible, no sabe qué es el amor

Pregunta: Todas las religiones enseñan la necesidad de refrenar los sentidos. ¿Son los sentidos un obstáculo para el descubrimiento de la verdad?

Krishnamurti: Averigüemos la verdad en esta cuestión y no confiemos en lo que han dicho los diversos maestros y libros o lo que ha implantado en su mente el gurú local.

Conocemos la extraordinaria sensibilidad de los sentidos: el incluido del tacto, del oído, de la vista, del gusto y del olfato. Para ver de manera completa una flor, para percibir su color, su delicado perfume y su belleza, debemos tener sentidos. La dificultad comienza cuando vemos a una mujer o a un hombre atractivos, o un hermoso automóvil, porque entonces interviene el deseo. Vayamos despacio.

Veo un hermoso automóvil. Hay percepción o visión, sensación, contacto, y finalmente deseo. Así es como nace el deseo. Entonces el deseo dice: «Sería maravilloso poseer ese automóvil, debo tenerlo», de modo que gastamos nuestra energía y nuestra vida en obtener dinero para comprar el automóvil. Pero la religión dice: «Es muy malo, es maligno ser mundano. Tus sentidos descarriarán, debes subyugarlos, controlarlos. No mires a una mujer, disciplínate, sublima tu deseo». Así que uno comienza a refrenar sus sentidos, lo cual implica cultivar la insensibilidad. O, al ver en torno de nosotros, la fealdad, la suciedad, toda la escualidez y la miseria, desechamos eso y decimos: «Es el mal; debo encontrar a Dios, la verdad». Por una parte, estamos reprimiendo, tornando insensibles los sentidos, y por la otra, tratamos de ser sensibles para Dios; de este modo, todo nuestro ser se vuelve insensible. ¿Comprenden, señores? Si uno reprime el deseo en cualquier forma, es obvio que su mente se vuelve insensible, aun cuando uno pueda estar buscando a Dios,

El problema, pues, es comprender el deseo y no ser un esclavo de él, lo cual implica ser totalmente sensibles, con nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro corazón, sensibles a la belleza y a la fealdad, al cielo, a las flores, a los pájaros en vuelo, al crepúsculo sobre las aguas, a los rostros que nos rodean, a la hipocresía, a la falsedad de nuestras propias ilusiones. Lo que importa es ser sensibles a todo eso y no cultivar tan sólo la sensibilidad respecto la verdad y la belleza mientras negamos todo lo demás. La negación misma de todo lo demás es lo que da origen a la insensibilidad.

Si lo consideran, verán que reprimir los sentidos, tornarlos insensibles a lo que es tempestuoso, contradictorio, conflictivo, doloroso, como insisten en aconsejar todos los swamis, yoguis y las religiones, es negar toda la profundidad, belleza y gloria de la existencia. Para comprender la verdad, ustedes deben tener sensibilidad completa. ¿Entienden, señores? La realidad exige la total entrega de nuestro ser: deben llegar a ella con su cuerpo, su mente y su corazón, como seres humanos totales, no con una mente paralizada e insensibilizada por la disciplina. Entonces descubrirán que no necesitan temer a los sentidos, porque sabrán cómo habérselas con ellos y ellos no los descarriarán. Comprenderán los sentidos, los amarán, verán todo su significado, y entonces ya no se torturarán más con la represión, el control. ¿No ven eso, señores?

El amor no es amor divino o amor de esposos o amor de hermanos..., ya conocen todos los rótulos. El amor es simplemente amor, sin que nosotros le asignemos un significado particular. Cuando usted ame una flor con todo su ser, lo cual no es limitarse a decir: «¡Qué, hermosa! y pasar de largo, o cuando ame plenamente a un ser humano, con cuerpo, mente y corazón, descubrirá que en ello no hay deseo y, por lo tanto, no hay conflicto ni contradicción. Es el deseo el que crea la contradicción, la desdicha, el conflicto entre lo que es y lo que debería ser, el ideal. El hombre que ha reprimido sus sentidos y se ha tornado insensible no sube lo que es el amor; por lo tanto, aunque medite por los siguientes diez mil años, no encontrará a Dios. Sólo cuando nuestro ser completo se torna sensible a todo: a la profundidad de nuestros sentimientos, a todas las extraordinarias intrincaciones de nuestra mente -y no sólo a lo que ustedes llaman Dios- sólo entonces el deseo cesa de ser contradictorio. Entonces tiene lugar un proceso por completo diferente, el cual no es el proceso del deseo. El amor es su propia eternidad y tiene su propia acción.

Obras Completas, volumen X
Bombay, 6 de febrero de 1957

Dejar al deseo en paz, dejar que se desate o que se consuma

Hasta ahora, siempre hemos hecho algo respecto del deseo, le hemos dado el cauce, el giro, el alcance, el propósito que considerábamos adecuado. Y si la mente, que está condicionada, que siempre piensa en términos de logro a causa del adiestramiento, de la educación y demás, ya no sigue tratando de moldear el deseo como algo aparte de ella misma, si no interfiere más en el deseo -si es que puedo usar esa palabra-, entonces, ¿qué hay de malo en el deseo? Entonces eso, ¿es lo que siempre hemos conocido como deseo? Por favor, señores, avancen conmigo, acompáñenme.
Vean, siempre hemos pensado en el deseo desde el punto de vista de la satisfacción, del logro, de la ganancia, de enriquecernos interna y externamente; hemos pensado en el deseo desde el de vista de la abstinencia o en términos del "más". Y cuando vemos todo eso y lo desechamos, entonces el sentimiento que hasta ahora hemos llamado deseo tiene un significado por completo diferente, ¿no es así? Entonces pueden ver un hermoso automóvil, una bella casa, un vestido bonito, sin ninguna reacción al respecto que implique anhelo, identificación.

Comentario: Son las contradicciones contenidas en el deseo las que hacen tan imposible habérselas con él.

Krishnamurti: ¿Por qué hay contradicciones, señor? Por favor, prosiga esto conmigo. Yo quiero ser rico, poderoso, importante; sin embargo, advierto la futilidad de ello, porque veo la insignificancia de las personas importantes, con todos sus títulos y demás. En consecuencia, hay contradicción. Ahora bien, ¿por qué? ¿Por qué este tirar en direcciones diferentes? ¿Por qué no en una sola dirección? ¿Entiende lo que quiero decir? Si deseo ser un político, ¿por qué no ser un político y seguir adelante? ¿Por qué este apartarse de ello? Discutámoslo unos minutos, por favor.

Comentario: Tenemos miedo de lo que podría suceder si nos entregáramos enteramente a un deseo.

Krishnamurti: ¿Alguna vez se ha entregado a algo de manera completa, total?

Comentario: Una o dos veces, por pocos momentos.

Krishnamurti: ¿Ha estado por completo en ello? Tal vez sexualmente, pero aparte de eso, ¿sabe cuándo se ha entregado totalmente a algo? Lo pongo en duda.

Comentario: Quizás escuchando música.

Krishnamurti: Vea, señor: un juguete absorbe a un niño. Usted le da un juguete y él es completamente feliz; deja de estar inquieto, es absorbido por el juguete, está totalmente ahí. ¿Es eso entregarse uno mismo a algo? Los políticos, las personas religiosas, se entregan a algo. ¿Por qué? Porque eso significa poder, posición, prestigio. La idea de ser "alguien" los absorbe como un juguete. Cuando usted se identifica con alguna cosa, ¿es eso entregarse a algo? Hay personas que se identifican con su país, con su reina, su rey, etc., lo cual es otra forma de absorción. ¿Es eso entregarse uno mismo a algo?

Pregunta: ¿Es posible entregarse alguna vez realmente a algo, en la medida en que siempre hay una separación de por medio?

Krishnamurti: De eso se trata, correcto. Es exactamente eso. Ya lo ve, nosotros no podemos entregarnos a algo.

Pregunta: ¿Puede uno entregarse a alguien?

Krishnamurti: Tratamos de hacerlo. Tratamos de identificarnos con nuestra esposa, nuestro marido, con el hijo, el nombre…, pero ustedes saben mejor que yo lo que sucede; entonces, ¿por qué hablar de ello? Ya ve cómo nos desviamos de la cosa que estamos considerando.

Comentario: Un deseo es correcto y bueno cuando no perjudica a alguna otra cosa.

Krishnamurti: ¿Hay, acaso, deseo malo y deseo bueno? Vea usted vuelve al comienzo, y nosotros hemos abarcado, sin duda todo el campo. ¿Ve cómo ya lo hemos traducido: el deseo es bueno y malo, que vale la pena y no vale la pena, que es noble e innoble, dañino y beneficioso? Examínelo a fondo. Usted ha dividido el deseo, ¿no es cierto? Esa división misma es la causa del conflicto. Habiendo introducido el conflicto mediante la división, después ha introducido un problema más. ¿Cómo librarnos del conflicto?

Miren, señores, esta tarde hemos estado hablando durante cincuenta minutos para ver si es posible comprender realmente el significado del deseo. Y cuando de veras lo comprendemos, comprensión que incluye tanto al deseo "bueno" como al "malo", cuando vemos el significado total de este conflicto, de esta división -no sólo verbalmente, sino que lo comprendemos de manera plena, hincando los dientes en ello-, entonces sólo existe el deseo. Pero ya lo ven, insistimos en evaluarlo como bueno y malo, beneficioso y no beneficioso. Pensé al principio que podíamos eliminar esta división, pero no es tan fácil; requiere aplicación, percepción, discernimiento directo.

Pregunta: ¿Es posible librarse del objeto y permanecer con la esencia del deseo?

Krishnamurti: ¿Por qué debería librarme del objeto? ¿Qué hay de malo en un hermoso automóvil? Vea, usted mismo está creando el conflicto cuando hace esta división entre la esencia del deseo y el objeto. El curso que toma la esencia cambia el objeto todo el tiempo, y ésa es la desdicha. Cuando uno es joven desea poseer el mundo, y cuando ha envejecido, está hastiado del mundo. Vea, estamos tratando de comprender el deseo y, de ese modo, permitir que el conflicto se desvanezca, se marchite. Hemos aludido a muchas cosas esta tarde. El impulso por el poder, que es tan fuerte, que está tan incrustado en todos nosotros y que incluye el dominio que ejercemos sobre el sirviente, la esposa o el marido..., ustedes ya conocen todo eso. Quizás algunos, en el curso de la discusión de esta tarde, han investigado esto, han visto que donde la mente busca realización personal, hay frustración y, por ende, desdicha y conflicto. El propio acto de ver esto equivale a abandonarlo. Es posible que algunos de ustedes no se hayan limitado a seguir las palabras, sino que han comprendido lo que implica el sentimiento de querer realizarse, de ser algo o alguien, han comprendido lo innoble que es. El político busca realizarse personalmente, lo busca el sacerdote, todos lo buscan, y uno ve la vulgaridad de todo eso, si se me permite usar esta palabra.

¿Puede uno realmente abandonarlo? Si lo ve como ve algo venenoso, entonces es igual que sacarse una carga tremenda de los hombros. De un solo tirón, la carga ha desaparecido, uno está libre de ella. Entonces llegará a ese punto que es de verdad extraordinariamente significativo. No me refiero a todo esto, que tiene su propia importancia, sino a algo más, que es una mente que ha comprendido al deseo en cuanto sentimiento y pensamiento y que, por lo tanto, va mucho más allá de eso. ¿Comprenden la naturaleza de una mente así, su naturaleza, no su descripción verbal? La mente es, entonces, sensible en alto grado, capaz de reacciones intensas sin conflicto, sensible a toda forma de requerimiento; una mente así está por encima de todo pensamiento y su actividad ya no se encuentra dentro del campo de lo que llamamos deseo.

Me temo que para la mayoría esto sea sólo un montón de palabras vanas, un estado deseable o que uno debe crear. Pero no es posible llegar a él por ese medio ni por ningún otro medio. Surge a la existencia cuando comprendemos de veras todo esto; no tenemos que hacer al respecto absolutamente nada.

Vea -y espero que no vaya a entender mal lo que se dice- si usted pudiera dejar al deseo en paz, dejar que se desate o que se consuma, sólo dejarlo en paz, ésa es la verdadera esencia de una mente que no está en conflicto.

Obras Completas, volumen XII
Londres, 16 de mayo de 1961

Encontraremos que amor, deseo y pasión son la misma cosa. Si destruimos lo uno, destruimos lo otro

Tenemos que comprender el deseo, y es muy difícil comprender algo que es tan exigente, tan apremiante, porque en la satisfacción misma del deseo se engendra la pasión con su placer y su dolor. Y si uno ha de comprender el deseo, es obvio que no debe haber opción alguna. No podemos juzgar el deseo como bueno o malo, noble o innoble, ni decir: «Mantendré este deseo y rechazaré aquel otro». Todo eso hay que dejarlo de lado si hemos de descubrir la verdad acerca del deseo: su belleza, su fealdad o lo que fuere. Es algo muy curioso cuando lo consideramos, pero aquí en el Oeste, en Occidente, pueden realizarse muchos deseos, ustedes poseen automóviles, hay prosperidad, mejor salud, la oportunidad de leer libros, de adquirir conocimientos y acumular diversos tipos de experiencias, mientras que cuando uno va a Oriente, ve que allí siguen careciendo de alimento, ropa y vivienda, que siguen atrapados en la desdicha y degradación de la pobreza. Pero tanto en Oriente como en Occidente, el deseo arde todo el tiempo y en todas direcciones; está ahí, en lo externo y profundamente en lo interno. El hombre que renuncia al mundo está tan invalidado por su deseo de buscar a Dios, como el que va en busca de la prosperidad. Por lo tanto, el deseo está presente todo el tiempo, ardiendo, contradiciéndose a sí mismo, creando confusión, ansiedad, sentimientos de culpa y desesperación.

No sé si ustedes han experimentado alguna vez con todo esto. Pero ¿qué ocurre si no condenan el deseo, si no lo juzgan como bueno o malo, sino que simplemente están atentos a él? Me pregunto si saben qué significa estar atentos a algo. Somos muy pocos los que estamos atentos, porque nos hemos acostumbrado demasiado a condenar, a juzgar, a evaluar, a identificarnos, a optar. La opción impide, obviamente, estar atento, porque uno opta siempre como resultado del conflicto. Estar atentos cuando entramos en una habitación, ver todos los muebles, la alfombra o la ausencia de alfombra, etc., sólo verlo, darnos cuenta de todo ello sin ningún sentido de juicio o condena, es muy difícil. ¿Han tratado alguna vez de mirar a una persona, una flor, una idea, una emoción, sin optar en absoluto, sin juzgar? Y si uno hace lo mismo con el deseo, si uno vive con él, sin negarlo ni decir: «¿Qué haré con este deseo? ¡Es tan desagradable, tan desenfrenado, tan violento!», sin darle un nombre, un símbolo, sin disimularlo con una palabra..., entonces, ¿sigue siendo causa de perturbación? ¿Es, entonces, el deseo algo que haya que desechar, destruir? Queremos destruirlo porque un deseo se opone con fuerza a otro creando conflicto, desdicha y contradicción; y uno puede ver cómo procura escapar de este perpetuo conflicto. ¿Es posible, pues, darnos cuenta de la totalidad del deseo? Lo que entiendo por totalidad no es simplemente un deseo o muchos deseos, sino la cualidad total del deseo mismo. Uno puede estar atento y darse cuenta de la totalidad del deseo sólo cuando no hay opinión alguna al respecto, ni palabra ni juicio ni opción. Cuando estamos atentos a cada deseo apenas surge, sin identificarnos con él y sin condenarlo, en ese estado de alerta, ¿eso es entonces, deseo, o es una llama, una pasión necesaria? La palabra pasión se reserva generalmente para una cosa: el sexo. Pero para mí la pasión no es sexo. Ustedes deben tener pasión, intensidad para vivir realmente con algo; para vivir con plenitud, para contemplar una montaña, un árbol, para mirar de verdad a un ser humano, deben tener una intensidad apasionada. Pero esa pasión, esa llama es negada cuando estamos cercados por múltiples apremios, exigencias, contradicciones, temores. ¿Cómo puede una llama sobrevivir cuando se halla sofocada por un montón de humo? Nuestra vida no es sino humo. Buscamos la llama, pero la negamos reprimiendo, controlando, moldeando la cosa que llamamos deseo.

Sin pasión, ¿cómo puede haber belleza? No me refiero a la belleza de pinturas, edificios, mujeres maquilladas y demás. Todo eso tiene sus formas especiales de belleza, pero no estamos hablando de la belleza superficial. Una cosa producida por el hombre, como lo es una catedral, un templo, un cuadro, un poema o una estatua, puede ser bella o no. Pero existe una belleza ir está más allá del sentimiento y del pensamiento y que no ir de ser realizada, comprendida o conocida si no hay pasión. No entiendan mal, pues, la palabra pasión. No es una fea palabra; no es algo que podamos comprar en el mercado o de lo que se pueda hablar románticamente. No tiene nada que ver con emociones y sentimientos. No es una cosa respetable; es una llama que destruye todo lo que es falso. Y siempre tenemos mucho miedo de dejar que la llama devore las cosas que nos son queridas y a las que nos aferramos, las cosas que llamamos importantes.

Después de todo, las vidas que hoy llevamos, basadas en necesidades, deseos y en formas de controlar los deseos, nos tornan más superficiales y vacuos que nunca. Podemos ser muy ingeniosos, muy instruidos, capaces de repetir lo que hemos acumulado, pero eso lo hacen las máquinas electrónicas, y en algunos campos las máquinas ya son más capaces que el hombre, más exactas y veloces en sus cálculos. Volvemos, pues, siempre a lo mismo, o sea, que la vida tal como hoy la vivimos es sumamente superficial, estrecha, limitada, y todo porque en el fondo estamos vacíos, aislados y siempre tratamos de encubrir eso, de llenar esa vacuidad; por consiguiente, esa carencia y el deseo de llenarla se vuelven algo terrible. Nada puede llenar ese hondo vacío interno, ni dioses ni salvadores ni conocimientos ni relaciones ni la esposa ni el marido ni los hijos; nada. Ésa es la verdadera libertad.

Pero eso requiere un profundo discernimiento, una investigación a fondo, una vigilancia incesante; gracias a esto, tal vez lleguemos a saber qué es el amor. ¿Cómo puede haber amor cuando hay apego, celos, envidia, ambición y toda la vanidad que contiene esa palabra? Entonces, si hemos atravesado ese vacío -que es una realidad, no un mito, una idea-, hallamos que el amor, el deseo y la pasión son la misma cosa. Si destruimos lo uno, destruimos lo otro; si corrompemos lo uno, corrompemos la belleza. Investigar todo esto requiere, no una mente desapegada, no una mente consagrada o religiosa, sino una mente inquisitiva que nunca esté satisfecha, que siempre esté mirando, observándose, conociéndose. Sin amor, nunca descubrirán ustedes qué es la verdad.

Obras Completas, volumen X
París, 12 de septiembre de 1961

Amor, Sexo y Castidad

La Comprensión Del Placer Y El Deseo

Amor, Sexo y Castidad. Una selección de pasajes para el estudio de las enseñanzas de J. Krishnamurti. Jiddu Krishnamurti en español.

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