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Amor, Sexo y Castidad

La Castidad

La persona que ha tomado votos de celibato no conoce el amor, porque se interesa en sí misma y en su propia realización.

Obras Completas, volumen VIII
Bombay, 9 de marzo de 1955

La castidad puede existir sólo cuando hay amor, y sin amor no hay castidad

Pregunta: ¿Es la continencia o castidad necesaria para obtener la liberación?

Krishnamurti: La pregunta está erróneamente planteada. Nada es necesario para obtener la liberación. Usted no puede obtenerla negociando, o mediante el sacrificio, la exclusión: no es algo que pueda comprar. Si hace estas cosas, lo que obtenga será del mercado y, por lo tanto, no será verdadero. La verdad no puede comprarse, no hay medios que conduzcan hacia la verdad; si hubiera un medio, el fin no sería la verdad, porque medio y fin son una sola cosa, no están separados. La castidad como medio hacia la liberación, hacia la verdad, es una negación de la verdad. La castidad no es una moneda con la que usted compra la verdad. No puede comprar la verdad con ninguna moneda, así como no puede comprar con ninguna moneda la castidad. Sólo puede comprar aquellas cosas que ya conoce, pero no puede comprar la verdad porque no la conoce. La verdad se manifiesta sólo cuando la mente está quieta, silenciosa; así que el problema es por completo diferente, ¿no es cierto?

¿Por qué pensamos que la castidad es esencial? ¿Por qué el sexo se ha vuelto un problema? Ésa es, en realidad, la pregunta, ¿no? Comprenderemos qué es ser casto cuando comprendamos este corrosivo problema del sexo. Averigüemos primero por que el sexo se ha vuelto un factor tan extremadamente importante en nuestra vida, más que la propiedad, el dinero, etc. ¿Qué entendemos por sexo? Nuestro problema no es el mero acto, sino el pensar en él, el sentirlo, el anticiparlo, el escapar del sexo. Nuestro problema es la sensación, el desear más y más. Obsérvense a sí mismos, no observen al prójimo. Observen por qué sus pensamientos están tan ocupados en el sexo. La castidad puede existir sólo cuando hay amor, y sin amor no hay castidad. Sin amor, la castidad es tan sólo una forma diferente de lujuria. Volverse casto es convertirse en otra cosa; es como un hombre que se vuelve poderoso triunfando como un eminente abogado político o lo que fuere; un cambio así está en el mismo nivel que el otro.

Eso no es castidad, sino tan sólo la consecuencia final de un sueño, el resultado de la continua resistencia a un deseo en particular. Así pues, nuestro problema no es cómo volvernos castos o cómo averiguar qué cosas son necesarias para la liberación, sino comprender este problema que llamamos sexo. Porque es un problema enorme, y ustedes no pueden abordarlo condenándolo justificándolo. Por supuesto, pueden aislarse fácilmente de él, pero entonces estarán creando otro problema. Este problema sumamente importante, absorbente y destructivo del sexo puede comprendido sólo cuando la mente se libera de sus propias cías. Por favor, consideren esto cuidadosamente, no lo dejen lado. En tanto estén atados por el temor, por la tradición, por algún trabajo en particular, por alguna actividad, creencia o idea en tanto estén condicionados por todo eso y apegados a ello, tendrán este problema del sexo. Sólo cuando la mente está libre de temor, existe lo insondable, lo inagotable, y sólo entonces este problema toma su lugar normal. Entonces pueden tratar con él simple y electivamente; entonces no es un problema. Así, la castidad deja de ser un problema donde hay amor. Entonces, la vida no es un problema; la vida es para ser vivida completamente en la plenitud del amor, y esa revolución dará origen a un mundo nuevo.

Obras Completas, volumen VI
Colombo, Ceylán, 1° de enero de 1950

Los que tratan de ser célibes con el fin de realizar a Dios no son castos, porque están buscando un resultado o una ganancia, sustituyendo de ese modo el sexo por el objetivo, por el resultado, lo cual es temor. Sus corazones carecen de amor, y sin amor no puede haber pureza; sólo un corazón puro puede encontrar la realidad. Un corazón disciplinado, reprimido, no puede saber qué es el amor. No puede conocer el amor si está preso en el hábito, en la sensación -religiosa o física, psicológica o sensorial-. El idealista imita y, por lo tanto, no puede conocer el amor. No puede ser generoso, entregarse por completo sin pensar en sí mismo. Solo cuando la mente y el corazón están libres de la carga del temor, de la rutina de los hábitos sensorios, cuando hay generosidad y compasión, existe el amor. Un amor así es casto.

Obras Completas, volumen IV
Bombay, 15 de febrero de 1948

Jamás hemos dicho que el amor y el sexo son dos cosas separadas, el amor es total, no puede ser dividido

Aquella mañana el río era como plata manchada, porque había muchas nubes y hacía frío. Las hojas estaban cubiertas de polvo, el cual se depositaba en finas capas por todas partes, en la sala, en la galería y sobre las sillas. El frío era cada vez más in tenso; debe haber nevado fuertemente en los Himalayas. Uno podía sentir el penetrante viento del norte; hasta los pájaros lo advertían. Pero esa mañana el río tenía un extraño movimiento propio; no se veía encrespado por el viento, parecía casi inmóvil y tenía esa cualidad intemporal que todos los ríos parecen tener, ¡Qué bello era! No es de extrañarse que la gente lo haya convertido en un río sagrado. Uno podía sentarse allí, en la galería, y observarlo sin cesar, meditativamente. No era un estado de soñar despierto; los pensamientos no se movían en ninguna dirección, estaban simplemente ausentes.

Y, a medida que observaba la luz sobre ese río, de algún modo uno parecía perderse, y cuando cerraba los ojos penetraba en un vacío pleno de felicidad. Esto era bienaventuranza.

Él vino nuevamente esa mañana, acompañado de un joven Era el monje que había hablado acerca de la disciplina, los libros sagrados y la autoridad de la tradición. Su cara estaba recién lavada, así como sus vestiduras. El joven se veía bastante nervioso Había acudido con el monje, quien probablemente era su gurú, y esperaba que éste hablara primero. Miraba el río pero estaba pensando en otra cosa. Enseguida, el sanyasi dijo: «He venido nuevamente, pero esta vez para hablar acerca del amor y la sensibilidad. Nosotros, que hemos tomado votos de castidad, tenemos nuestros problemas sensuales. El voto es sólo un medio de resistir nuestros incontrolables deseos. Yo soy ahora un hombre viejo y estos deseos ya no me abrasan más. Antes de tomar mis votos estaba casado. Mi esposa murió; yo dejé mi casa y pasé por un período de angustia, de intolerables impulsos biológicos; luche contra ellos noche y día. Fue una época muy difícil, llena de soledad, frustración, miedo a la locura y arranques neuróticos. Aun ahora no me atrevo a pensar demasiado en ello. Y este joven ha venido conmigo porque creo que va a pasar por el mismo problema. Quiere renunciar al mundo y tomar votos de pobreza y castidad, tal como yo lo hice. Le he estado hablando durante muchas semanas, y pensé que sería pertinente si pudiera tratar este problema con usted, el problema del sexo y el amor. Espero que no le importe si hablamos con absoluta franqueza».

Si vamos a ocuparnos de esta cuestión, en primer lugar, y si se me permite sugerirlo, no comience a examinarla desde una posición, una actitud o un principio, porque esto le impedirá explorar. Si está contra el sexo o si insiste en que es necesario para la vida, que es una parte del vivir, cualquier suposición semejante obstruirá su verdadera percepción. Debemos desechar cualquier conclusión y, de ese modo, estar libres para mirar, para examinar. Acababan de caer unas gotas y los pájaros se habían quedado quietos, porque llovería copiosamente y las hojas, una vez más, estarían frescas y verdes, plenas de luz y color.

Se sentía el aroma de la lluvia y reinaba en la región esa extraña quietud que llega antes de una tormenta.

Tenemos, pues, dos problemas: el amor y el sexo. Uno es una idea abstracta, el otro es un real impulso biológico cotidiano, un hecho que existe y que no puede ser negado. Primero averigüemos qué es el amor, no como una idea abstracta, sino qué es en realidad. ¿Qué es? ¿Es puramente un deleite sensual cultivado como placer por el pensamiento? ¿Es el recuerdo de una experiencia que nos ha proporcionado un gran deleite o disfrute sexual? ¿Es la belleza de una puesta del Sol, la delicada hoja que lino toca o ve, el perfume de la flor que uno aspira? El amor ¿es placer o deseo? ¿O no es ninguna de estas cosas? ¿Puede el amor dividirse como sagrado y profano? ¿O es algo indivisible, total, que no puede ser fragmentado por el pensamiento? ¿Existe el amor sin el objeto? ¿O surge sólo a causa del objeto? ¿Es al ver el rostro de una mujer que el amor se manifiesta en usted, siendo el amor sensación, deseo, placer, a los que el pensamiento da continuidad? ¿O el amor es un estado interno que responde, como la ternura, la belleza? ¿Es el amor algo cultivado por el pensamiento, de modo tal que el objeto de ese amor se vuelve lo importante, o es algo sin ninguna relación con el pensamiento y, por lo tanto, independiente, libre? Sin comprender esta palabra y el significado que hay tras ella, viviremos torturados o nos volveremos neuróticos con respecto al sexo o seremos sus esclavos.

El amor no puede ser fragmentado por el pensamiento. Cuando éste lo divide en fragmentos, como impersonal, personal, sensual, espiritual, mi país y su país, mi dios y su dios, entonces ya no es más amor, es algo por completo diferente, un producto de la memoria, de la propaganda, de la conveniencia, de la comodidad y esas cosas.

¿Es el sexo un producto del pensamiento? ¿Es el sexo -el placer, el deleite, la compañía, la ternura que contiene- un recuerdo reforzado por el pensamiento? En el acto sexual hay olvido, entrega de uno mismo, un sentimiento de que no existen el temor, la ansiedad, los tormentos de la vida. Al recordar este estado de ternura y olvido de sí mismo y al requerir su repetición, uno rumia al respecto, por decirlo así, hasta la siguiente ocasión. ¿Es esto ternura, o es solamente la recordación de algo que ya ha pasado y que esperamos volver a capturar mediante su repetición? ¿Acaso la repetición de algo, por placentera que sea, no es un proceso destructivo?

El joven recobró súbitamente el habla: «El sexo es un impulso biológico, como usted mismo ha dicho, y si esto es destructivo, ¿no es igualmente destructivo el comer, ya que también es un impulso biológico?».

Si uno come cuando tiene hambre, eso es una cosa; pero si uno tiene hambre y el pensamiento dice: «Debo paladear tal o cual tipo de comida», entonces eso es pensamiento y es lo que constituye la repetición destructiva.

«En el sexo, ¿cómo sabe uno qué es un impulso biológico como el hambre, y qué es una exigencia psicológica como la de la codicia?», preguntó el joven.

¿Por qué separa el impulso biológico de la exigencia psicológica? Y hay aún otra pregunta, una pregunta por completo diferente: ¿Por qué separa usted el sexo del acto de ver la belleza de una montaña o de una flor? ¿Por qué asigna una importancia tan tremenda a lo uno y descuida totalmente lo otro?

«Si el sexo es algo por completo diferente del amor, como usted parece decir, ¿hay, entonces, necesidad alguna de hacer algo con respecto al sexo?», preguntó el joven.

Jamás hemos dicho que el amor y el sexo sean dos cosas separadas. Hemos dicho que el amor es total, que no puede ser fragmentado, y que el pensamiento, por su misma naturaleza, es fragmentario. Cuando el pensamiento domina, es obvio que no hay amor. Por lo general, el hombre conoce -quizá sólo es conocer- el sexo del pensamiento, el cual consiste en rumiar el placer y su repetición. Por lo tanto, tenemos que preguntarnos: ¿Existe alguna otra clase de sexo que no pertenezca al pensamiento o al deseo?

El sanyasi había escuchado todo esto con tranquila atención. Ahora habló: «He resistido al sexo, he tomado votos contra él, porque debido a la tradición, a la razón, he visto que uno debe tener energía para consagrarse a la vida religiosa. Pero ahora veo que esta resistencia ha consumido una gran cantidad de energía. He gastado más tiempo y más energía en resistir que los que he gastado en el sexo mismo. Por eso comprendo ahora lo que usted ha dicho: que un conflicto de cualquier clase es un derroche de energía. El conflicto y la lucha embotan mucho más que ver el rostro de una mujer, o tal vez más aún que el sexo mismo».

¿Hay amor sin deseo, sin placer? ¿Hay sexo sin deseo, sin placer? ¿Hay amor que sea total sin que intervenga en él pensamiento alguno? ¿Es el sexo algo del pasado, o es algo nuevo cada vez? El pensamiento es, obviamente, viejo, así que estamos contrastando siempre lo viejo y lo nuevo. Formulamos preguntas desde lo viejo, y queremos una respuesta en términos de lo viejo. Por lo tanto, cuando preguntamos si hay sexo sin que opere y trabaje todo el mecanismo del pensamiento, ¿no significa eso que no nos hemos salido de lo viejo? Estamos tan condicionados por lo viejo, que no tentamos el camino en lo nuevo. Dijimos que el amor es total y siempre nuevo -nuevo no como opuesto a lo viejo, porque eso es otra vez lo viejo-. Cualquier afirmación de que el sexo existe sin el deseo carece por completo de valor, pero si usted ha entendido todo el significado del pensamiento, entonces tal vez, dará con lo otro. Si, no obstante, exige tener placer a cualquier precio, entonces no existirá el amor.

El joven dijo: «Ese impulso biológico del que usted habló es, precisamente, una exigencia así, porque aunque pueda ser diferente del pensamiento, engendra pensamientos».

«Tal vez yo pueda responder a mi joven amigo», dijo el sanyasi, «porque he pasado por todo esto. Me he ejercitado durante años para no mirar a una mujer. He controlado despiadadamente la exigencia biológica. El impulso biológico no engendra pensamientos; el pensamiento lo captura, lo utiliza, genera imágenes, representaciones mentales a causa de este impulso, y entonces el impulso es un esclavo del pensamiento. Es el pensamiento el que da origen al impulso durante la mayor parte de1 tiempo. Como dije, estoy empezando a ver la naturaleza extraordinaria de nuestro propio engaño y de nuestra deshonestidad. Existe en nosotros muchísima hipocresía. Jamás podemos ver las cosas como son, sino que tenemos que crear ilusiones acerca de ellas. Lo que usted nos está diciendo, señor, es que lo miremos todo con ojos claros, sin la memoria del ayer; ha repetido esto muy a menudo en sus pláticas. Entonces la vida no se convierte en un problema. Precisamente en mi vejez, estoy empezando darme cuenta de esto».

El joven no parecía completamente satisfecho. Quería que la vida fuera de acuerdo con sus términos, de acuerdo con la fórmula que él había elaborado cuidadosamente. Por esto es muy importante conocerse a sí mismo, no según alguna fórmula o algún gurú. Esta constante percepción alerta la que no existe opción alguna, termina con todas las ilusiones y toda la hipocresía.

Ahora el agua caía a torrentes y el aire estaba muy quieto, sólo se escuchaba el sonido de la lluvia sobre el tejado y sobre las hojas.

The Second Penguin Krishnamurti Reader

El esfuerzo dedicado a la represión, al control, a esta negación del deseo, distorsiona nuestra mente

La mayoría de nosotros gasta su vida en el esfuerzo; y el esfuerzo, la lucha, la disputa, son una disipación de energía. El hombre, a lo largo de todo su período histórico, ha dicho que para encontrar esa realidad o Dios - cualquiera sea el nombre que puedan darle -, uno debe ser célibe; es decir, uno toma un voto de castidad y reprime, controla, lucha consigo mismo interminablemente durante toda la vida para acatar su voto. ¡Mire qué desperdicio de energía! También es un desperdicio de energía ceder al deseo. Y ese desperdicio tiene una importancia mucho mayor cuando reprimimos. El esfuerzo dedicado a la represión, al control, a esta negación del deseo, distorsiona nuestra mente y, debido a esa distorsión, tenemos cierto sentimiento de austeridad, el cual se convierte en aspereza. Por favor, escuchen. Observen esto en sí mismos y en las personas que los rodean. Y observen este derroche de energía que implica la batalla. No las implicaciones del sexo, no el acto en sí, sino los ideales, las imágenes, el placer; el constante pensar en todo eso es un desperdicio de energía. Y casi todos desperdiciamos nuestra energía mediante la negación, o tomando un voto de castidad, o pensando perpetuamente en el sexo.

Obras Completas, volumen XV
Bombay, 3 de marzo de 1965

Interlocutor: Hace muchos años, cuando por primera vez me interesé en la así llamada vida religiosa, tomé la fuerte determinación de cortar totalmente con el sexo. Me ajusté rigurosamente a lo que consideraba un requisito esencial de esa vida y viví con toda la feroz austeridad de un célibe monástico. Ahora veo que es estúpida esa clase de sometimiento puritano en el que están involucradas la represión y la violencia, pero aun así no quiero volver a mi antigua vida. ¿Cómo voy a actuar ahora respecto al sexo?

Krishnamurti: ¿Por qué no sabe usted qué hacer cuando hay deseo? Le diré por qué. Porque esta rígida decisión suya aún sigue operando. Todas las religiones nos han dicho que debemos negar el sexo, reprimirlo, porque según ellas es un desperdicio de energía y uno debe tener energía para encontrar a Dios. Pero esta clase de austeridad, de dura represión y ajuste a una norma, ejerce una violencia brutal sobre nuestros más finos instintos. Este tipo de áspera austeridad es un desperdicio de energía mayor que el de la indulgencia en el sexo.

¿Por qué ha convertido usted el sexo en un problema? En realidad, no importa en absoluto si se acuesta o no se acuesta con alguien. Siga con ello o déjelo, pero no lo convierta en un problema. El problema surge de esta constante preocupación. Lo que realmente interesa no es si nos acostamos con alguien o no, sino por qué tenemos todos estos fragmentos en nuestras vidas, En un agitado rincón está el sexo con todas sus preocupaciones; en otro rincón, hay una clase diferente de agitación; en otro, un esforzarse tras esto o aquello, y en cada rincón está el continuo parloteo de la mente. ¡Hay tantos modos en que la energía se desperdicia!

Si un rincón de mi vida está en desorden, entonces toda mi vida está en desorden. Si en mi vida hay desorden en relación con el sexo, entonces el resto de mi vida está en desorden. De modo que no debo preguntar cómo puedo poner en orden un rincón, sino por qué he dividido la vida en tantos fragmentos diferentes, fragmentos que llevan el desorden dentro de sí mismos y se contradicen todos el uno al otro. ¿Qué puedo hacer cuando veo tantos fragmentos? ¿Cómo puedo habérmelas con todos ello? Tengo estos fragmentos porque no soy íntegro internamente. Si investigo todo esto sin dar origen a otro fragmento más, si penetro hasta el final mismo de cada fragmento, entonces, en esa percepción que es el mirar, no hay fragmentación alguna. Cada fragmento es un placer separado; yo debería preguntarme si voy a permanecer toda mi vida en algún pequeño y sórdido rincón de placer. Examine usted la esclavitud que implica cada placer, cada fragmento, y dígase a sí mismo: «Dios mío, soy un esclavo que depende de todos estos pequeños rincones... ¿Es eso todo lo que hay en mi vida?». Permanezca con ello y vea qué ocurre.

Encuentro con la Vida

Cuando vemos todo este cuadro como un hecho real, entonces el amor, el sexo y la castidad son una sola cosa

Cuando vemos todo esto: lo que hacemos del amor, del sexo, de la autocomplacencia y del tomar votos contrarios al sexo..., cuando vemos el cuadro completo, no como una idea sino como un hecho real, entonces el amor, el sexo y la castidad son una sola cosa. No están separados. Es la separación en las relaciones la que corrompe. El sexo puede ser tan casto como el cielo azul sin nubes; pero con el pensamiento, la nube llega y oscurece el cielo. El pensamiento dice: «Esto es casto, y esto otro es autocomplacencia», «Esto debe ser controlado y en esto me soltaré». Por lo tanto, el pensamiento es el veneno, no el amor ni la castidad ni, él sexo.

El que es inocente, cualquier cosa que haga es siempre casta; pero la inocencia no es producto del pensamiento.

Conversaciones

Amor, Sexo y Castidad

La Castidad

Amor, Sexo y Castidad. Una selección de pasajes para el estudio de las enseñanzas de J. Krishnamurti. Jiddu Krishnamurti en español.

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