Jiddu Krishnamurti texts Jiddu Krishnamurti quotes and talks, 3000 texts in many languages. Jiddu Krishnamurti texts

Amor, Sexo y Castidad

El Amor En La Relación

El amor en la relación es un proceso purificador, puesto que revela las modalidades del yo

¡Qué fácil es destruir aquello que amamos! ¡Cuan rápidamente se interpone entre nosotros una barrera, una palabra, un gesto, una sonrisa! La salud, el humor y el deseo proyectan una sombra, y lo que era brillante se torna opaco y opresivo. Nos desgastamos por el trato y la costumbre, y aquello que resultaba nítido y claro, se vuelve tedioso y confuso. A causa de la fricción constante, la esperanza y la frustración, lo que era bello y sencillo se convierte en temible y expectante. La relación es compleja y difícil, y pocos salen de ella indemnes. Aunque nos gustaría que fuera estática, duradera, continua, la relación es un movimiento, un proceso que debe ser profunda y plenamente comprendido y no ajustado a un patrón interno o externo. El ajuste, que es la estructura social, pierde su peso y su autoridad sólo cuando hay amor. El amor en la relación es un proceso purificador, puesto que revela las modalidades del yo. Sin esta revelación, la relación muy poco significa.

¿Pero cómo luchamos contra esta revelación? La lucha adopta muchas formas: dominación o sometimiento, temor o esperanza, envidia o aceptación, y así sucesivamente. La dificultad está en que no amamos; y si amamos a alguien, queremos que ese amor funcione de un modo particular, no le damos libertad. Amamos con nuestras mentes y no con nuestros corazones. La mente puede modificarse, pero el amor no. La mente puede hacerse invulnerable, pero el amor no; la mente puede siempre aislarse, ser exclusiva, volverse personal o impersonal. El amor no puede ser comparado ni se le pueden imponer limitaciones. Nuestra dificultad radica en eso que llamamos amor y que en realidad pertenece a la mente. Llenamos nuestros corazones con las cosas de la mente y así los mantenemos siempre vacíos y expectantes. Es la mente la que se apega, la que envidia, retiene y destruye. Nuestra vida está dominada por los centros físicos y por la mente. Nosotros no amamos y lo dejamos ahí, sino que ansiamos ser amados; damos con el fin de recibir, lo cual es la generosidad de la mente y no del corazón. La mente está buscando siempre certidumbre, seguridad; y ¿puede la mente asegurar el amor? ¿Puede la mente, cuya esencia misma es del tiempo, capturar el amor, el cual es su propia eternidad?

Pero aun el amor del corazón tiene sus propios ardides; hemos corrompido tanto nuestro corazón que éste se ha vuelto vacilante y confuso. Esto es lo que hace que la vida sea tan penosa y aburrida. Por un momento creemos tener amor, y al momento siguiente lo hemos perdido. Nos llega una fuerza imponderable que no es de la mente y cuyo origen no podemos desentrañar. Esta fuerza es otra vez destruida por la mente; porque en esta batalla la mente parece ser invariablemente la vencedora. Este conflicto interno no puede ser resuelto ni por la mente astuta ni por el vacilante corazón. No hay medios, no hay método alguno para poner fin a este conflicto. La búsqueda misma de un medio es otro impulso de la mente para ser la dueña, para apartar el conflicto a fin de estar en paz, de tener amor, de "llegar a ser" alguna cosa.

Nuestra mayor dificultad está en percibir, de manera amplia y profunda, que no hay ningún medio para amar si ese amor es un objetivo deseado por la mente. Cuando comprendemos esto a fondo, de verdad, entonces existe una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin el contacto de ese algo, sea lo que fuere que hagamos, no puede haber una felicidad duradera en la relación. Si usted ha recibido esa bendición y yo no, es natural que ambos estemos en conflicto. Usted puede no estar en conflicto, pero yo lo estaré; y mi pena y mi dolor harán que me aísle. El dolor es tan exclusivo como el placer, y hasta que no exista ese amor que nadie puede fabricar, la relación seguirá siendo penosa. Si existe la bendición de ese amor, usted no puede sino amarme, sea yo lo que fuere, porque entonces usted no moldea el amor conforme a mi conducta. Cualesquiera sean los trucos que la mente pueda jugar, ambos estamos separados; aunque podamos estar en contacto el uno con el otro en algunos aspectos, la integración no puede serlo con usted, sino que ha de estar dentro de mí. Esta integración no es producida en ningún momento por la mente; surge sólo cuando la mente está por completo silenciosa, cuando ha llegado al límite de sus propias posibilidades. Sólo entonces no hay dolor en la relación.

Comentarios sobre el Vivir, Primera Serie

El amor no es un proceso del pensamiento

Si uno observa, ve que lo que echa a perder nuestra relación es el pensar, pensar y pensar, el calcular, juzgar, sopesar, ajustarnos; y lo único que nos libera de eso es el amor, el cual no es un proceso de la mente. Uno no puede pensar acerca del amor. Puede pensar en la persona a la que ama, pero no puede pensar en el amor.

Obras Completas, volumen V
Benarés, India, 6 de febrero de 1949

No sabemos qué es el amor. Conocemos el placer; conocemos la lujuria, el goce que se deriva de ella y la fugaz felicidad envuelta por el pensamiento, por el dolor. No sabemos qué significa "amar". El amor no es un recuerdo. El amor no es una palabra, no es la continuidad de una cosa que nos ha dado placer. Podemos estar relacionados, podemos decir: «Amo a mi esposa», pero no amamos. Si uno ama a su esposa, no hay celos, no hay dominación, no hay apego.

No sabemos qué es el amor, porque no sabemos qué es la belleza, la belleza de una puesta del Sol, el llanto de un niño, el veloz movimiento del pájaro que cruza el cielo, todos los exquisitos colores de un crepúsculo. No nos damos cuenta de nada, somos insensibles a todo eso; por lo tanto, somos insensibles a la vida.

Obras Completas, volumen XIV
Bombay, 23 de febrero de 1964

¿Es permanente el amor?

Una experiencia de placer nos hace exigir más de esa experiencia, y el "más" es el impulso de estar seguros en nuestros placeres. Si amamos a alguien, queremos estar totalmente seguros de que ese amor es retribuido, y buscamos establecer una relación con la esperanza de que por lo menos tenga permanencia. Toda nuestra sociedad se basa en esas relaciones. Pero ¿existe algo que sea permanente? ¿Existe? ¿Es permanente el amor? Nuestro constante deseo es hacer que la sensación se vuelva permanente, ¿no es así? Y aquello que no puede volverse permanente, o sea, el amor, hace caso omiso de nosotros.

Obras Completas, volumen XII,
Londres, 9 de mayo de 1961

El estado de amor no es del pasado ni del futuro

Me pregunto si han considerado alguna vez la naturaleza del amor. Amar es una cosa, y haber amado es otra. El amor no pertenece al tiempo. Uno no puede decir: «He amado», eso no tiene sentido. Entonces el amor está muerto, uno no ama; el estado de amor no es del pasado ni del futuro. De igual modo, el conocimiento es una cosa, y el movimiento de conocer es otra. El conocimiento nos ata, pero el movimiento de conocer no nos ata.

Sólo exploren esto cuidadosamente, no lo acepten ni lo nieguen. Vean, el conocimiento tiene la cualidad del tiempo, está atado al tiempo, mientras que el movimiento de conocer es intemporal. Si quiero conocer la naturaleza del amor, de la meditación, de la muerte, no puedo aceptar ni negar nada. Mi mente debe hallarse en un estado, no de duda, sino de investigación, lo cual implica que no hay esclavitud al pasado. La mente que se encuentra en el movimiento de conocer está libre del tiempo porque no hay acumulación.

Obras Completas, volumen XI
Bombay, 30 de diciembre de 1959

Cuando amamos a alguien, no hay división entre el hombre y la mujer

El amor no es de la mente, pero puesto que hemos cultivado la mente, usamos esa palabra amor para abarcar el campo que pertenece a la mente. Por cierto, el amor no tiene nada que ver con la mente, no es un producto de ésta; el amor es por completo independiente de cálculos y pensamientos. Cuando no hay amor, entonces tenemos la estructura del matrimonio como institución que se vuelve una necesidad. Cuando hay amor, el sexo no es un problema; es la falta de amor lo que convierte al sexo en un problema. ¿No lo saben? Cuando de verdad aman profundamente a alguien -no con el amor de la mente, sino con el del corazón- comparten con esa persona, él o ella, todo lo que tienen, no sólo el cuerpo, sino todo. En la dificultad le piden ayuda, y ella los ayuda. No hay división entre el hombre y la mujer cuando amamos a alguien, pero cuando no conocemos ese amor, hay un problema sexual. Nosotros conocemos tan sólo el amor del cerebro; ese amor lo ha producido el pensamiento, y un producto del pensamiento sigue siendo pensamiento, no es amor.

Obras Completas, volumen V
Poona, India, 19 de septiembre de 1948

El amor surge a la existencia cuando comprendemos en su totalidad nuestro propio proceso

Pregunta: Usted ha hablado acerca de la relación basada en el uso que hacemos de otro para nuestra propia gratificación, y a menudo aludió a un estado llamado amor. ¿Qué entiende usted por amor?

Krishnamurti: Sabemos qué es nuestra relación: una gratificación y un uso mutuos, aunque la revistamos con la palabra amor. En el uso, sentimos afecto por aquello que usamos, y lo protegemos. Protegemos nuestra frontera, nuestros libros, nuestra propiedad; de igual manera, somos muy cuidadosos en proteger a nuestras esposas, a nuestras familias, a nuestra sociedad, porque sin eso nos sentiríamos muy solos, perdidos. Sin el hijo, el padre se siente solo; lo que el padre no es, lo será el hijo, de modo que el hijo se vuelve un instrumento de la vanidad del padre. Conocemos la relación de necesidad y uso. Necesitamos al cartero y él nos necesita; sin embargo, no decimos que amamos al cartero. Pero decimos que amamos a nuestras esposas y a nuestros hijos, aun cuando los usemos para nuestra gratificación personal y estemos dispuestos a sacrificarlos por la vanidad de ser llamados patriotas. Conocemos este proceso muy bien y, obviamente, eso no puede ser amor. El amor que usa, explota, y después se arrepiente de ello, no puede ser amor, porque el amor no es cosa de la mente.

Ahora bien, experimentemos y descubramos qué es el amor; descubrámoslo no sólo verbalmente, sino experimentando de hecho ese estado. Cuando ustedes me usan como gurú y yo los uso como discípulos, hay explotación mutua. De igual modo, cuando uno usa a su esposa y a sus hijos para su propio progreso, hay explotación. Por cierto, eso no es amor. Cuando usamos a alguien, tiene que haber posesión; la posesión engendra, invariablemente, temor, y con el temor vienen los celos, la envidia, las sospechas. Cuando hay uso, no puede haber amor, porque el amor no pertenece a la mente. Pensar acerca de una persona no es amar a esa persona. Pensamos en una persona sólo cuando esa persona no está presente, cuando ha muerto, cuando ha escapado o cuando no nos da lo que deseamos. Entonces, nuestra insuficiencia interna pone en marcha el proceso de la mente. Cuando esa persona está junto a nosotros no pensamos en ella; pensar en ella cuando está junto a uno puede ser perturbador, de manera que damos por sentado que está ahí. El hábito es un medio de olvidar y de estar en paz, de que no se nos perturbe. Por consiguiente, el uso y la costumbre deben conducir, invariablemente, a la invulnerabilidad; y eso no es amor.

¿Qué es ese estado cuando el uso que uno hace del otro, no existe -siendo ese uso un proceso del pensamiento destinado a ocultar, positiva o negativamente, la insuficiencia interna? ¿Qué es ese estado cuando no hay sentido alguno de gratificación? La búsqueda de gratificación está en la naturaleza misma de la mente. El sexo es una sensación creada, imaginada por la mente, la cual después actúa o no actúa. La sensación es un proceso del pensamiento, el cual no es amor. Cuando la mente domina y el proceso del pensamiento es importante, no hay amor. Este proceso de uso mutuo, de pensar, imaginar, poseer, encerrar, rechazar, etc., es todo humo, y cuando no hay humo, existe la llama del amor. A veces tenemos realmente esa llama, rica, plena, completa, pero el humo vuelve porque no podemos vivir mucho tiempo con la llama, la cual no tiene para nosotros un sentido de intimidad, ni personal ni impersonal. Casi todos hemos conocido ocasionalmente el perfume del amor y su vulnerabilidad; pero el humo de la utilización mutua, del hábito, de los celos, de la posesión, del contrato y ruptura del contrato, todas esas cosas se han vuelto importantes para nosotros; por lo tanto, no existe la llama del amor. Cuando hay humo, la llama no está, pero cuando comprendemos la verdad de la utilización que hacemos del otro, la llama está ahí. Usamos al otro porque internamente somos pobres, insuficientes, mezquinos, pequeños, solitarios, y esperamos que, usando al otro, podremos escapar. De igual modo, usamos a Dios como un medio de escape. El amor a Dios no es el amor a la verdad. Uno no puede amar la verdad; amar la verdad es sólo un medio de usarla para ganar alguna otra cosa que conocemos; por consiguiente, existe siempre el temor personal de perder algo que conocemos.

Usted conocerá el amor cuando la mente esté muy serena y libre de su búsqueda de gratificaciones y escapes. En primer lugar, la mente debe cesar por completo. La mente es el resultado del pensamiento, y el pensamiento es tan sólo un paso, un medio para un fin. Cuando la vida es tan sólo un paso hacia alguna cosa, ¿cómo puede haber amor? El amor se manifiesta cuando la mente está naturalmente quieta, no aquietada, cuando ve lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. Cuando la mente está quieta, entonces cualquier cosa que ocurre es la acción del amor, no es la acción del conocimiento. El conocimiento es mera experiencia, y la experiencia no es amor. La experiencia no puede conocer el amor. El amor surge a la existencia cuando comprendemos en su totalidad nuestro propio proceso, y la comprensión de nosotros mismos es el principio de la sabiduría.

Obras Completas, volumen VI
Madras, 5 de febrero de 1950

Uno florece, pues, sólo en la relación, florece únicamente en el amor, no en la contienda. Pero nuestros corazones están marchitos; los hemos llenado con las cosas de la mente, por eso acudimos a otros para llenar nuestras mentes con las creaciones de ellos. Dado que no tenemos amor, tratamos de encontrarlo por medio del maestro, por medio de alguna otra persona. El amor no es una cosa que pueda encontrarse. Uno no puede comprarlo, no puede inmolarse con el fin de obtenerlo. El amor se manifiesta sólo cuando el yo está ausente; y mientras estén ustedes buscando gratificación, escapes, mientras rehúsen comprender la confusión que impera en sus relaciones, sólo están acentuando el yo y, en consecuencia, negando el amor.

Obras Completas, volumen V
Benarés, 23 de enero de 1949

En el momento en que tengo conciencia de que amo, ha surgido la actividad del yo; por lo tanto, eso deja de ser amor

Ahora bien, ésta es, por cierto, nuestra pregunta: ¿Es posible que la mente experimente, que tenga ese estado no de manera transitoria, no en raros momentos, sino -no quisiera emplear las palabras eterno o para siempre porque implicarían tiempo- tener ese estado, hallarse en ese estado que no tiene relación con el tiempo? Ése es, indudablemente, un importante descubrimiento que hemos de hacer cada uno de nosotros, porque ésa es la puerta hacia el amor; todas las otras puertas son actividades del yo. Donde hay acción del yo, no hay amor. El amor no es del tiempo. Uno no puede practicar el amor. Si lo practica, entonces eso es una actividad auto consciente del "yo", el cual espera obtener, por medio del vivir, un resultado.

Así pues, el amor no pertenece al tiempo; no podemos dar con él mediante ningún esfuerzo consciente, ninguna disciplina, ni mediante la identificación, todo lo cual es un proceso del tiempo. La mente, por conocer tan sólo el proceso del tiempo, no puede reconocer el amor. El amor es la única cosa nueva, eternamente nueva. Puesto que casi todos hemos cultivado la mente, que es un proceso del tiempo, que es el resultado del tiempo, no sabemos qué es el amor. Hablamos del amor; decimos que amamos a la gente, que amamos a nuestros hijos, a nuestra esposa, a nuestro prójimo; decimos que amamos a la naturaleza. Pero en el momento en que tengo conciencia de que amo, ha entrado en actividad el "yo"; por lo tanto, eso deja de ser amor.

Este proceso total de la mente puede ser comprendido sólo a través de la relación: la relación con la naturaleza, con la gente, con nuestra propia proyección con todo. De hecho, la vida no es sino relación. Aunque podamos intentar aislarnos de la relación, no podemos existir sin relación; aunque la relación implique dolor del cual tratamos de escapar mediante el aislamiento convirtiéndonos en ermitaños y cosas así, no podemos hacerlo. Todos estos métodos son una indicación de la actividad del "yo". Al ver todo este cuadro, al darnos cuenta de todo este proceso del tiempo como conciencia, al hacerlo sin preferencia alguna, sin ninguna intención determinada, deliberada, sin el deseo de obtener algún resultado, veremos que este proceso del tiempo llega a su fin espontáneamente, no por ser inducido a ello, no como un resultado del deseo. Sólo cuando ese proceso llega a su fin, existe el amor, el cual es eternamente nuevo.

Obras Completas, volumen VI
Madras, 10 de febrero de 1952

Cuando amamos no existen ni el "tú" ni el "yo"

Sólo cuando la mente esté quieta conocerá el amor, y ese estado de quietud no es algo que pueda ser cultivado. El cultivo sigue siendo la acción de la mente, la disciplina sigue siendo un producto de la mente, y una mente disciplinada, controlada, subyugada, una mente que resiste, que todo lo explica, no puede conocer el amor. Ustedes pueden leer, pueden escuchar lo que se dice acerca del amor, pero eso no es amor. Sólo cuando desechan las cosas de la mente, sólo cuando sus corazones se vacían de las cosas de la mente, hay amor. Entonces sabrán qué es amar sin separación, sin distancia, sin tiempo, sin temor; y eso no está reservado para una minoría. El amor no conoce jerarquías, sólo existe el amor. Únicamente cuando no amamos existen los muchos y el uno, la exclusividad. Cuando amamos, señor, no existen ni el "tú" ni el "yo"; en ese estado sólo existe una llama sin humo.

Obras Completas, volumen VI
Bombay, 12 de marzo de 1950

¿Puede la mente dar con el amor, sin disciplina, sin pensamientos, sin esfuerzo, sin ningún libro, sin ningún instructor?

En este mundo dividido y árido no hay amor, porque el placer y el deseo juegan los roles más importantes; no obstante, sin amor nuestra vida cotidiana no tiene sentido. Y ustedes no pueden tener amor si no hay belleza. La belleza no es algo que vemos, no es un árbol hermoso o una bonita pintura o un bello edificio o una hermosa mujer. Hay belleza sólo cuando el corazón y la mente saben lo que es el amor. Sin amor y sin ese sentido de belleza, no hay virtud, y ustedes saben muy bien que, hagan lo que hagan, aunque mejoren la sociedad, aunque alimenten a los pobres, sólo estarán creando más daño, porque sin amor sólo hay fealdad y pobreza en nuestro corazón y en nuestra mente. Pero cuando hay amor y belleza, cualquier cosa que hagamos estará bien, estará en orden. Si uno sabe amar, puede hacer lo que quiera, porque el amor resolverá todos los demás problemas.

Hemos llegado, pues, al punto: ¿Puede la mente dar con el amor, sin disciplina, sin pensamiento, sin esfuerzo, sin ningún libro, instructor o líder, dar con el amor tal como uno se encuentra con una bella puesta del Sol?

Me parece que para ello es absolutamente necesaria una cosa: la pasión sin motivo, esa pasión que no es el resultado de algún compromiso o apego, esa pasión que no es lujuria. Un hombre que no sabe qué es la pasión jamás conocerá el amor, porque el amor surge a la existencia sólo cuando hay total entrega de uno mismo.

Una mente que busca no es una mente apasionada, y la única manera de encontrar el amor es dar con él sin buscarlo, inadvertidamente y no como resultado de algún esfuerzo o alguna experiencia. Descubrirán que un amor así no pertenece al tiempo; es tanto personal como impersonal, es igual en relación con uno o en relación con muchos. Como ante una flor que exhala su perfume, uno puede aspirarlo o pasar de largo. Esa flor es para todos y para aquel que la contempla con deleite y se toma la molestia de aspirar intensamente su fragancia. Para la flor es igual que uno se encuentre muy cerca en el jardín o muy lejos, porque ella está llena de ese perfume y, en consecuencia, lo comparte con todos.

El amor es algo nuevo, fresco, vital. No tiene ayer ni mañana. Está más allá de la agitación del pensamiento. Sólo la mente inocente conoce el amor y puede vivir en este mundo que no es inocente. Descubrir esta cosa extraordinaria que el hombre ha buscado incesantemente mediante el sacrificio, la adoración, el sexo, mediante toda forma de placer y de dolor, sólo es posible cuando el pensamiento llega a comprenderse a sí mismo y se termina naturalmente. Entonces el amor no tiene opuesto y, por ende, está libre de conflicto.

Tal vez pregunten: «Si encuentro un amor así, ¿qué ocurre con mi vida, con mis hijos, con mi familia? Ellos necesitan seguridad». Cuando alguien formula una pregunta semejante, es que nunca ha salido del campo del pensamiento, del campo de la conciencia. Cuando alguna vez haya estado fuera de ese campo, jamás hará una pregunta semejante, porque sabrá qué es el amor en el cual no hay pensamiento y, por lo tanto, no existe el tiempo. Uno podrá sentirse hipnotizado y encantado al leer esto, pero ir realmente más allá del pensamiento y del tiempo -lo cual implica ir más allá del dolor- es darse cuenta de que existe una dimensión diferente llamada amor. Pero uno no sabe cómo llegar a esta fuente extraordinaria; por lo tanto, ¿qué hace? Si no sabe qué hacer, no hace nada, ¿verdad? Absolutamente nada. Entonces, internamente, está en completo silencio. ¿Comprenden lo que esto significa? Significa que uno no está buscando ni deseando ni persiguiendo nada; no hay centro en absoluto. Entonces hay amor.

Libérese del Pasado

¿Hay una manera de abordar el hecho sin que para ello exista ni un solo motivo?

Examinemos esta cuestión de lo que es una relación inteligente; no la relación del pensamiento con su imagen. Nuestros cerebros son mecánicos, mecánicos en el sentido de que son repetitivos, de que nunca son libres; están siempre esforzándose dentro del mismo campo, pensando que son libres porque se mueven de un rincón a otro de ese campo, lo cual es opción, y creyendo que la opción es libertad; pero esta libertad es, simplemente, la misma cosa. Nuestro cerebro, que en el curso de los tiempos ha evolucionado a través de la tradición, de la educación, de la conformidad, del ajuste, se ha vuelto mecánico. Puede que haya partes del cerebro que sean libres, pero uno no lo sabe, de modo que no lo afirmen. No digan: «Sí, hay una parte de mí que es libre»; eso no tiene sentido. Permanece el hecho de que el cerebro se ha vuelto mecánico, tradicional, repetitivo, y de que posee su propia astucia, su propia capacidad de adaptarse, de discernir. Pero se halla siempre dentro de un área limitada y está fragmentado. El pensamiento tiene su residencia en las células físicas del cerebro.

El cerebro se ha vuelto mecánico, como cuando decimos, por ejemplo, «Yo soy cristiano, yo no soy cristiano, yo soy hindú, yo creo, yo tengo fe, yo no tengo fe...», es todo un proceso mecánico y repetitivo, una reacción a otra reacción y así sucesivamente. El cerebro humano, estando condicionado, tiene su propia inteligencia artificial, mecánica, igual que una computadora. Nos quedaremos con esa expresión: inteligencia mecánica. (Miles y miles de millones de dólares se gastan para descubrir si una computadora puede operar exactamente igual que el cerebro.) El pensamiento, que se origina en la memoria, en el conocimiento almacenado en el cerebro, es mecánico; puede tener la capacidad de inventar, pero sigue siendo mecánico -la invención es por completo diferente de la creación- . El pensamiento trata de descubrir un modo de vida diferente, o un orden social diferente. Pero cualquier descubrimiento de un orden social que el pensamiento pueda hacer, sigue estando dentro del campo de la confusión. Nos preguntamos: ¿Hay una inteligencia que no tenga causa y que pueda actuar en nuestras relaciones, no el estado mecánico de relación que hoy existe?

Nuestras relaciones son mecánicas. Tenemos ciertos impulsos biológicos y los satisfacemos. Requerimos ciertas comodidades, alguna compañía porque nos sentimos solos o deprimidos y, al aferramos a otro, pensamos que esa depresión tal vez desaparecerá. Pero en nuestra relación con otro, íntima o de otra clase, siempre hay una causa, un motivo, una base desde la cual establecemos la relación. Eso es mecánico. Ha estado sucediendo por milenios. Parece como si siempre hubiera existido un conflicto, una batalla constante entre el hombre y la mujer, cada cual persiguiendo su propio curso de acción y sin encontrarse jamás, como dos líneas férreas. Esta relación es siempre limitada porque proviene de la actividad del pensamiento, que en sí mismo es limitado. Dondequiera que haya limitación, tiene que haber conflicto. En cualquier forma de asociación -uno pertenece a este grupo y otro pertenece a aquel grupo- hay reclusión, aislamiento; donde hay aislamiento tiene que haber conflicto. Esto es una ley, no es algo inventado por quien les habla; es así, obviamente. El pensamiento está siempre limitándose y, en consecuencia, aislándose. Por lo tanto, en la relación, donde impera la actividad del pensamiento tiene que haber conflicto.

Vean la realidad de este hecho, véanla no como una idea, sino como algo que está ocurriendo en la actividad de nuestra vida cotidiana: divorcios, disputas, celos, odio del uno hacia el otro; ya conocen la desdicha de todo eso. La esposa quiere causarle daño a uno porque está celosa, y uno también siente celos de ella; son todas reacciones mecánicas, es la actividad repetitiva del pensamiento que origina conflicto en la relación. Eso es un hecho. Ahora bien, ¿cómo abordan ustedes ese hecho? He aquí un hecho: mi esposa y yo reñimos. Ella me odia y también existe mi respuesta mecánica: la odio. Descubro que es el recuerdo de las cosas que han sucedido, el cual se halla almacenado en el cerebro y prosigue día tras día. Todo mi pensar es un proceso de aislamiento, y ella también se aísla. Ninguno de nosotros descubre la verdad acerca de ese aislamiento. Ahora bien ¿cómo miro ese hecho? ¿Qué voy a hacer con ese hecho? ¿Cuál es mi respuesta? ¿Me enfrento a este hecho con un motivo, una causa? Debo ser cuidadoso, no decir: «Mi esposa me odia» y encubrir con eso que yo también la odio, que me desagrada, que no deseo estar con ella, porque ambos estamos aislados. Yo soy ambicioso por una cosa, ella es ambiciosa por algo diferente. De modo que nuestra relación funciona en el aislamiento. ¿Abordo el hecho con una explicación, con una causa, que son todos motivos? ¿O lo abordo sin un motivo, sin una causa? Cuando lo abordo sin una causa, ¿qué ocurre, entonces?

Observen esto, tengan la bondad de no saltar a ninguna conclusión, obsérvenlo en sí mismos. Antes, uno ha abordado este problema mecánicamente con un motivo, con una razón, con una base desde la cual actuaba. Ahora, ve la tontería que implica una acción semejante, porque es el resultado del pensamiento. ¿Existe, pues, una manera de abordar el hecho sin que intervenga un solo motivo? O sea, yo no tengo un motivo, pero puede que ella tenga un motivo. Entonces, si no tengo un motivo, ¿cómo miro el hecho? El hecho no es diferente de uno, uno es el hecho. Uno es la ambición, uno es el odio, uno depende de alguien, uno es eso. Hay una observación del hecho, que es uno mismo, sin que en ella intervenga ninguna clase de justificación, de motivo. ¿Es eso posible? Si uno no lo hace así, vive perpetuamente en conflicto. Y tal vez diga que ése es el modo como hay que vivir. Si aceptan que ése es el modo como hay que vivir, es cosa de ustedes, es el placer de ustedes. El cerebro, la tradición y el hábito nos dicen que eso es inevitable. Pero cuando uno ve el absurdo de tal aceptación, entonces está obligado a ver que todo este tormento es uno mismo; uno mismo es el enemigo, no la esposa de uno.

Uno se ha encontrado con el enemigo y ha descubierto que el enemigo es uno mismo. ¿Puede, pues, observar todo este movimiento del "yo", del "sí mismo", así como la tradicional aceptación de que uno se halla separado de los demás, lo cual se revela absurdo cuando examinamos todo el campo de la conciencia humana? Hemos llegado a un punto importante en la comprensión de lo que es la inteligencia. Dijimos que la inteligencia es sin causa, tal como el amor es sin causa. Si el amor tiene una causa, obviamente, no es amor. Si alguien es tan "inteligente" como para ser empleado por el gobierno, o es "inteligente" porque comprende mi razonamiento, eso no es inteligencia, es capacidad. La inteligencia no tiene causa. Por lo tanto, vean si se miran a sí mismos con una causa. ¿Están mirando este hecho de que piensan, trabajan, sienten en aislamiento y que ese aislamiento debe, inevitablemente, engendrar un perpetuo conflicto? Ese aislamiento es uno mismo; uno es el enemigo. Cuando nos miramos sin un motivo, ¿hay un "yo", el "yo" como la causa y el efecto, el "yo" como resultado del tiempo, que es el movimiento de la causa al efecto? Cuando uno se mira a sí mismo, cuando sin una causa mira este hecho, hay algo que termina y algo totalmente nuevo que comienza.

La Llama de la Atención
Saanen, Suiza, 15 de julio de 1982

Amor, Sexo y Castidad

El Amor En La Relación

Amor, Sexo y Castidad. Una selección de pasajes para el estudio de las enseñanzas de J. Krishnamurti. Jiddu Krishnamurti en español.

suntzuart

the 48 laws of power