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Ante un Mundo en Crisis

Problemas Psicológicos

Ojai, 1944

Pregunta: ¿Qué hay que hacer para estar libre de algún problema que nos perturba?

Krishnamurti: Para entender cualquier problema es preciso consagrarle de lleno nuestra atención. Tanto la mente consciente, como la inconsciente o profunda, tiene que intervenir en la solución de los problemas; pero casi todos nosotros, infortunadamente, tratamos de resolverlos de un modo superficial, es decir, con esa pequeña parte de la mente que entra en el campo de la “conciencia”, con el intelecto tan sólo. Ahora bien, nuestra conciencia ‑ nuestro pensar-sentir - es como un “iceberg” (témpano de hielo marítimo) cuyo mayor volumen se halla bajo la superficie del agua y del que sólo emerge una fracción. Tenemos conocimiento de esa parte superficial, pero es un conocimiento confuso; de la mayor fracción, la profunda e inconsciente, apenas nos damos cuenta. Si alguna noción llegamos a tener de ella, es cuando se torna consciente en sueños o mediante ocasionales insinuaciones; pero unos y otras las traducimos e interpretamos de acuerdo con nuestros prejuicios y con nuestra capacidad intelectual, siempre limitada. De ahí que esas insinuaciones de lo subconsciente pierdan su puro y profundo significado.

Si realmente deseamos entender nuestro problema, debemos empezar por disipar toda confusión en nuestra mente consciente, superficial, pensando en dicho problema y sintiéndolo tan amplia e inteligentemente como nos sea posible, comprensiva y desapasionadamente. Entonces, en este espacio libre de la conciencia abierta y alerta, la mente profunda podrá proyectarse. Cuando el contenido de las múltiples capas de conciencia haya sido de ese modo recogido y asimilado, solo entonces, el problema dejará de ser tal.

Tomemos un ejemplo. La mayoría de nosotros ha sido educada en un espíritu nacionalista. Se nos ha enseñado a amar a nuestra patria en oposición a las demás; a considerar a nuestro pueblo como superior a tal o cual otro, y así sucesivamente. Este orgullo o noción de superioridad se nos inculca en la mente desde la infancia; nosotros lo aceptamos, lo hacemos parte de nuestra vida y lo justificamos. Con esa tenue capa mental que llamamos “mente consciente”, tratamos de entender este problema y su profundo significado. Aceptamos el nacionalismo ante todo por obra de las influencias del ambiente y somos condicionados por ello. Este espíritu nacionalista, asimismo, nutre nuestra vanidad. La afirmación de que pertenecemos a esta o aquella raza o nación alimenta nuestros “egos” pequeños y mezquinos, inflamándolos como el viento infla las velas de los barcos; y así quedamos en disposición de defender nuestro país, matar y hacernos matar por él, por nuestra raza y por nuestra ideología. Identificándonos con lo que consideramos superior a nosotros, esperamos llegar a ser superiores; pero seguimos siendo íntimamente pobres; lo único que brilla como grande y poderoso es la etiqueta. Este espíritu nacionalista sirve fines económicos; y también se le usa, mediante el odio y el miedo, para unir a unos pueblos en contra de otros. Observando, pues, este problema y todo lo que implica percibir sus efectos: guerra, miseria, hambre y confusión. El adorar la parte, que es idólatra, nos hace negar el todo. Y esta negación de la unidad humana engendra tiranías, interminables guerras y brutalidades, divisiones sociales y económicas.

Todo esto lo entendemos intelectualmente, con esa tenue capa mental que denominamos “mente consciente”: pero seguimos prisioneros de la tradición, de la opinión pública, de la conveniencia, del temor y otras cosas más. Hasta que las capas profundas de nuestra mente salgan a luz y sean comprendidas, no nos veremos libres de la enfermedad del nacionalismo.

Al examinar, pues, este problema, hemos despejado la capa superficial de lo consciente para que hacia ella puedan fluir las capas más profundas. Este flujo puede intensificarse mediante un estado de conciencia constantemente alerta: observando cada reacción, cada estímulo que reciba el nacionalismo o cualquier otro mal por el estilo. Cada reacción, por pequeña que sea, tiene que ser pensada y sentida en un modo amplio y profundo. Pronto percibiréis que el problema se disuelve y que el espíritu nacionalista se desvanece. Todos nuestros conflictos y miserias pueden ser entendidos y disueltos de esta forma: aclarar la tenue capa de lo consciente, pensando y sintiendo profundamente el problema tan comprensivamente como sea posible: en esta claridad, en esta quietud comparativa, los motivos profundos, intenciones, temores y demás podrán proyectarse. Examinadlos a medida que aparezcan: estudiadlos y así los entenderéis. De este modo el estorbo, el conflicto, el dolor, total y profundamente comprendidos, quedan disueltos.

Pregunta: ¿Lo que usted enseña es simplemente una forma más de psicología?

Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por psicología? ¿Ella es, a su entender, el estudio de la mente humana, de uno mismo? Si no entendemos nuestra propia estructura intima, nuestra psiquis, nuestro sentir y pensar, ¿cómo habremos de entender otras cosas? ¿Cómo podréis saber que lo que pensáis es verdadero, si no tenéis conocimiento alguno de vosotros mismos? Si no os conocéis, no conoceréis la realidad. La psicología no es un fin en sí misma. Es apenas un comienzo. Con el estudio de uno mismo colócanse firmes cimientos para la estructura de la realidad. Es preciso que existan esos cimientos, pero ellos no son la estructura ni un fin en sí mismos. Si no colocáis los verdaderos cimientos, surgirán a la existencia la ignorancia, la ilusión y la superstición, tal como hoy existen en el mundo. Es preciso que coloquéis los verdaderos cimientos con medios correctos. No se puede llegar a lo justo por medios errados. El estudio de sí mismo es tarea sumamente difícil; y sin conocimiento propio y recto pensar, la realidad suprema no es comprensible. Si no sabéis que existen y, por lo mismo, no entendéis la autocontradicción, la confusión y las diferentes capas de la conciencia ¿sobre qué base habréis de edificar? Sin conocimiento propio, todo lo que edificáis, vuestras formulaciones, creencias y esperanzas tendrán escaso significado

Comprenderse a sí mismo requiere alta dosis de desprendimiento y sutileza, perseverancia y penetración; no hacen falta el dogmatismo ni las afirmaciones, la negación ni las comparaciones, todo lo cual conduce al dualismo y a la confusión. Cada cual tiene que ser su propio psicólogo, tener alerta y despierta conciencia de sí mismo, pues sólo en uno mismo está la suma total del conocimiento y la sabiduría. Nadie puede ser perito acerca de vos. Hay que descubrir por sí mismo y de esta manera liberarse. Nadie más que vosotros mismos puede contribuir a libertaros de la ignorancia y del dolor. Cada cual engendra su propio sufrimiento, y el único posible salvador es uno mismo.

Pregunta: ¿Cuál es la fuente del deseo?

Krishnamurti: La percepción, el contacto, la sensación, la necesidad y la identificación causan el deseo. La fuente del deseo es la sensación, tanto en sus más bajas como en sus más altas formas. Y cuanto mayor sea vuestra exigencia de satisfacción sensual mayor será la parte de mundanalidad que busque continuidad en el más allá. Dado que la existencia es sensación, debemos simplemente comprender ésta, no ser sus esclavos: así emanciparemos el pensamiento para que trascendiéndose, se conviertan en pura y alerta conciencia. El deseo de ser satisfechos tiene que producir medios de satisfacción, cueste lo que cueste. Tal exigencia, tal deseo, puede ser observado, estudiado, inteligentemente comprendido y trascendido. Estar esclavizado por el anhelo es ser ignorante y el resultado de ello es el dolor.

Ojai, 1945‑46

Pregunta: Durante muchos, muchos años, he luchado con un problema personal. Estoy todavía luchando, ¿qué debo hacer?

Krishnamurti:¿Cuál es el proceso para la comprensión de un problema? Para comprender, la mente-corazón debe descargarse de sus propias acumulaciones, de manera que sea capaz de una percepción recta. Si queréis comprender una pintura moderna, tenéis, si os es posible, que hacer a un lado vuestra preparación clásica, vuestros prejuicios: vuestras respuestas ya educadas. De manera similar, si deseamos comprender un complejo problema psicológico, debemos ser capaces de examinarlo sin ninguna propensión favorable o condenatoria; debemos estar en aptitud de abordarlo con desapasionamiento y frescura.

El que interroga dice que ha estado luchando durante muchos años con su problema. En su lucha el ha acumulado lo que llamaría experiencia, conocimiento, y con esta carga en aumento trata de resolver el problema; de ese modo nunca se ha puesto frente a frente con él, abiertamente, como de nuevo, sino que siempre lo ha abordado con la acumulación de varios años. Es esta memoria acumulada lo que confronta el problema y por tanto no existe su comprensión. El pasado muerto obscurece el siempre vivo presente.

La mayoría de nosotros nos encontramos arrastrados por alguna pasión y somos inconscientes de ello, pero si acaso somos conscientes, generalmente la justificamos o disculpamos. Mas si es una pasión que deseamos trascender, por lo general luchamos con ella, tratamos de conquistarla o suprimirla. Al tratar de vencerla no la hemos comprendido; al tratar de suprimirla no la hemos trascendido. La pasión permanece todavía o ha tomado otra forma que es aún causa de conflicto y dolor. Esta constante y continua lucha no trae comprensión, sino sólo fortalece el conflicto, recargando la mente-corazón con la memoria acumulada. Pero si podemos ahondar profundamente dentro del conflicto y morir a él, enfrentarnos a él como por vez primera, sin el lastre del ayer, entonces podemos comprenderlo. Por estar nuestra mente-corazón alerta y aguda, profundamente consciente y en quietud, el problema se trasciende.

Si podemos abordar nuestro problema sin formular juicios, sin identificación, entonces las causas que yacen detrás de él se revelan. Si hemos de comprender un problema, debemos apartar nuestros deseos, nuestras acumuladas experiencias, nuestros patrones de pensamiento. La dificultad no está en el problema en sí, sino en cómo lo abordamos. Las cicatrices de ayer impiden abordarlo en la forma debida. El condicionamiento traduce el problema de acuerdo con su propio molde, lo cual no libera en forma alguna el pensamiento-sentimiento de la lucha y dolor del problema. Traducir el problema no es comprenderlo; para comprenderlo y así trascenderlo, la interpretación debe cesar. Lo que se comprende plena, completamente, no deja huella como memoria.

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