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Cartas a las Escuelas

Primero de noviembre de 1978

El conocimiento no nos conducirá a la inteligencia. Nosotros acumulamos muchísimo conocimiento acerca de infinidad de cosas, pero el actuar inteligentemente con respecto a lo que uno ha aprendido, parece algo imposible. Las escuelas, los colegios y las universidades cultivan el conocimiento acerca de nuestra conducta, acerca del universo, de la ciencia y de todo tipo de información tecnológica. Estos centros de educación raramente ayudan al ser humano a vivir una vida diaria de excelencia. Los eruditos sostienen que los seres humanos pueden evolucionar solamente mediante vastas acumulaciones de información y conocimiento. El hombre ha vivido pasando por miles y miles de guerras; ha acumulado muchísimo conocimiento sobre cómo matar; sin embargo, ese mismo conocimiento está impidiéndole poner fin a todas las guerras. Aceptamos la guerra como un estilo de vida, y todas las brutalidades, la violencia y el asesinato los aceptamos como el curso normal de nuestra existencia. Sabemos que no debemos matar a otro. Este conocimiento es totalmente irrelevante para el hecho de matar. El conocimiento no nos impide matar a los animales y destruir la tierra. El conocimiento no puede funcionar por medio de la inteligencia, pero la inteligencia puede actuar con los conocimientos. Conocer no es saber, y la comprensión de este hecho, de que el conocimiento jamás podrá resolver nuestros problemas humanos, es inteligencia.

La educación que se imparte en nuestras escuelas no es sólo conocimiento sino algo mucho más importante: el despertar de la inteligencia que luego habrá de utilizar al conocimiento. Jamás es a la inversa. El despertar de la inteligencia es nuestro interés principal en estas escuelas, y entonces surge la inevitable pregunta: ¿Cómo ha de despertarse esta inteligencia? ¿Cuál es el sistema, el método, la práctica para ello? Esta misma pregunta indica que uno todavía está funcionando en el campo del conocimiento. Darse cuenta de que ésta es una pregunta equivocada, es ya el comienzo del despertar de la inteligencia. La práctica, el método, el sistema en nuestra vida cotidiana contribuyen a una cuestión de rutina, a una acción repetitiva y, por tanto, a una mente mecánica. El movimiento continuo del conocer, por especializado que sea el conocimiento, coloca a la mente dentro de un surco, de un estrecho modo de vida. Aprender a observar y a comprender toda esta estructura del conocimiento, es comenzar a despertar la inteligencia.

Nuestras mentes viven en la tradición. El significado mismo de esa palabra - transmitir, pasar de arriba abajo - niega la inteligencia. Es fácil y cómodo seguir la tradición, sea política, religiosa o inventada por uno mismo. Entonces no tiene uno que pensar al respecto, no tiene que cuestionarlo; forma parte de la tradición el aceptarla y obedecerla. Cuanto más vieja es la cultura, tanto más atada se halla al pasado y vive en el pasado. La ruptura de una tradición será inevitablemente seguida por la imposición de otra. Una mente que lleva detrás de sí muchos siglos de alguna tradición particular, rehúsa abandonar lo viejo y sólo acepta hacerlo cuando hay otra tradición igualmente gratificadora y segura. La tradición en todas sus múltiples formas, desde la religiosa a la académica, debe forzosamente negar la inteligencia. La inteligencia es infinita. El conocimiento, por vasto que pueda ser, es finito como la tradición. En nuestras escuelas debe observarse el mecanismo de formación de los hábitos, y es esta misma observación la que estimula el nacimiento de la inteligencia.

Forma parte de la tradición humana la aceptación del miedo. Tanto 1a generación más vieja como la más joven, viven con miedo. La mayoría no se da cuenta de que vive en el temor. Sólo en medio de una forma benigna de crisis o de un incidente que nos sacude, nos volvemos conscientes de este constante temor. Está ahí. Algunos lo advierten, otros huyen de él. La tradición dice que debemos controlar el temor, escapar de él, reprimirlo, analizarlo, actuar sobre él o aceptarlo. Hemos vivido por milenios con el temor, y de alguna manera siempre conseguimos llevarnos bien con él. Esta es la naturaleza de la tradición: actuar sobre el temor o escapar de él; o bien aceptarlo sentimentalmente y esperar que algún agente externo lo resuelva. Las religiones surgen de este temor, y también nace de este temor el compulsivo instinto del poder. Cualquier forma de dominación sobre otro, es la naturaleza misma del temor. Cuando un hombre o una mujer posee al otro, en el fondo hay miedo, y ese miedo destruye toda forma de relación.

Es función del educador ayudar al estudiante a que se enfrente a este temor, ya sea el temor al padre, al maestro al muchacho de mayor edad, el temor a estar solo o el temor a la naturaleza. Esta es la cuestión central en la comprensión de la índole y estructura del temor - el poder enfrentarse a él. Enfrentarse al temor no mediante la pantalla de las palabras, sino observar el verdadero hecho del temor sin movimiento alguno para escapar de él. El movimiento de escapar del hecho, contribuye a confundir el hecho. Nuestra tradición, nuestra educación, fomentan el control, la aceptación, la negación o una muy ingeniosa racionalización del temor. Como maestro, ¿puede usted ayudar al estudiante y, por tanto, a usted mismo, a encarar cada uno de los problemas que se presentan en la vida? En la acción de aprender, no existe ni el que enseña ni el enseñado; sólo existe el aprender. Para aprender acerca del movimiento total del temor, uno debe llegar a él con curiosidad, la cual posee su vitalidad propia. En esa curiosidad hay intensidad, como en un niño que es muy curioso. El sendero de la tradición consiste en conquistar aquello que no comprendemos, en disminuirlo, en pisotearlo; o bien, en rendirle culto. La tradición es conocimiento, y la inteligencia nace donde termina el conocimiento.

Ahora bien; comprendiendo que no existen ni el que enseña ni el enseñado, sino solamente el acto de aprender por parte del adulto y del estudiante, ¿puede uno, mediante la percepción directa de lo que ocurre, aprender acerca de este temor y de todo cuanto le concierne? Usted puede hacerlo si le permite al temor que cuente su antiquísima historia. Escúchelo atentamente, sin interferencia alguna, porque él le está contando la historia del temor que usted experimenta. Si uno escucha así, descubrirá que este temor no está separado de uno mismo; uno es ese temor, esa relación misma con una palabra agregada a ella. La palabra no es importante. La palabra es el conocimiento, la tradición; pero lo real, el ahora que está ocurriendo es algo totalmente nuevo; es el descubrimiento de la novedad de ese temor que usted experimenta. Enfrentarse al hecho del temor sin movimiento alguno del pensar, es terminar con el temor. No con algún temor particular, sino que es la propia raíz del temor la que se desintegra en esta observación. No hay observador; únicamente hay observación.

El temor es un asunto muy complejo, tan antiguo como las colinas, antiguo como la humanidad, y tiene una historia muy extraordinaria que contar. Pero uno debe conocer el arte de escucharlo, y en ese escuchar hay gran belleza. Sólo existe el escuchar; la historia no existe.

Cartas a las Escuelas

Primero de noviembre de 1978

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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