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Cartas a las Escuelas

Primero de enero de 1979

Cuando estamos interesados en la educación hay, al parecer, dos factores que debemos tener muy presentes todo el tiempo. Uno es la diligencia y el otro es la negligencia. Casi todas las religiones han hablado de la actividad de la mente, diciendo que debe ser controlada, moldeada por la voluntad de Dios o por algún agente externo; y la devoción hacia alguna deidad, fabricada por la mente o por la mano, requiere cierta cualidad de atención en la que se hallan involucrados el sentimiento y la imaginación romántica. Esta es la actividad de la mente, que es el pensamiento. La palabra diligencia implica cuidado, vigilancia, observación y un profundo sentido de libertad. La devoción a un objeto, persona o principio, niega esta libertad. La diligencia es atención que produce naturalmente una infinita solicitud, interés y la frescura del afecto. Todo esto exige una gran sensibilidad. Uno es sensible a los propios deseos o a las heridas psicológicas, o es sensible a una persona en particular atendiendo a sus deseos y respondiendo rápidamente a sus necesidades; pero esta clase de sensibilidad es muy limitada y casi no puede llamarse sensible. La cualidad sensible de la que estamos hablando, surge naturalmente cuando existe una responsabilidad total, que es amor. La diligencia tiene esta cualidad.

La negligencia es indiferencia, pereza; indiferencia hacia el organismo físico, hacia el estado psicológico y hacia los demás. En la indiferencia hay dureza. En este estado la mente se vuelve perezosa, se retarda la actividad del pensamiento, se niega la viveza de la percepción y la sensibilidad es una cosa incomprensible. La mayoría de nosotros es a veces diligente pero, más a menudo, negligente. Estos no son, en realidad, opuestos. Si lo fueran, la diligencia seguiría siendo negligencia. ¿Es la diligencia el resultado de la negligencia? Si lo es, entonces sigue formando parte de la negligencia y, por tanto, no es en verdad diligente.

Casi todos son diligentes cuando se trata del propio interés, ya sea el interés propio que se identifica con la familia, con un grupo particular o con una secta o nación. En este interés propio está la semilla de la negligencia a pesar de la constante preocupación por uno mismo. Esta preocupación es limitada, y por eso implica negligencia. Esta preocupación es energía que se mantiene dentro de una frontera muy restringida. La diligencia es libertad con respecto a la ocupación consigo mismo, y genera abundancia de energía. Cuando uno comprende la naturaleza de la negligencia, lo otro surge sin lucha ninguna. Cuando esto se comprende completamente - no sólo las definiciones verbales de negligencia y diligencia - entonces se manifiesta en nuestro pensamiento, en nuestra acción y conducta, la más alta condición de excelencia. Pero, por desgracia, nosotros nunca nos exigimos la más alta cualidad de pensamiento, acción y conducta. Casi nunca nos retamos a nosotros mismos y, si alguna vez lo hacemos, tenemos múltiples excusas para no responder plenamente. Esto indica, ¿no es así?, indolencia mental, una actividad endeble del pensamiento. El cuerpo puede ser perezoso, pero jamás puede serlo la mente con su vivacidad de pensamiento y su sutileza. La pereza del cuerpo puede ser fácilmente entendida. Esta puede originarse en el hecho de que uno se halla agotado o que ha sido muy indulgente consigo mismo o que ha estado jugando demasiado fuerte. Por tanto, el cuerpo requiere descanso, el cual puede considerarse como pereza aunque no lo sea. La mente atenta, al estar alerta, al ser sensible, sabe cuándo el organismo necesita descanso y cuidado. En nuestras escuelas es importante comprender que la cualidad de energía que es la diligencia, exige la adecuada clase de comida, de ejercicio y el sueño suficiente. El hábito, la rutina, es el enemigo de la diligencia - el hábito de pensamiento, de acción, de conducta. El pensamiento mismo crea su propio patrón y vive dentro de él. Cuando ese patrón es puesto en tela de juicio, suele hacerse caso omiso de él, o el pensamiento crea otro patrón de seguridad. Este es el movimiento del pensar - de un patrón a otro, de una conclusión, de una creencia a otra. Esta es la negligencia misma del pensamiento. La mente diligente no tiene hábitos, carece de un patrón de respuesta. Es movimiento incesante, jamás se halla conglutinada en hábitos ni presa en conclusiones. El movimiento posee una gran profundidad y volumen cuando no tiene límites creados por la negligencia del pensamiento.

Como lo que ahora nos ocupa es la educación, ¿de qué manera puede el maestro comunicar esta diligencia con su sensibilidad, con su abundante solicitud en la cual no tiene cabida la indolencia del espíritu? Por su puesto, se entiende que el educador está interesado en esta cuestión y ve la importancia de la diligencia en todos los días de su vida. Si así es, entonces, ¿cómo habrá de emprender el cultivo de esta flor de la diligencia? ¿Esta el profundamente interesado en el estudiante? ¿Asume realmente la responsabilidad total por estos jóvenes que se hallan a su cargo? ¿O el educador está ahí meramente para ganarse la vida, atrapado en la infelicidad de tener poco? Como lo hemos señalado en cartas anteriores, la enseñanza implica la más alta capacidad del hombre. Usted está ahí y tiene ante sí a los estudiantes; ¿acaso es usted indiferente? ¿Es que sus propias dificultades en el hogar están consumiendo sus energías? Cargar con problemas psicológicos día tras día es un total desperdicio de tiempo y de energías, e indica negligencia. Una mente dotada de diligencia, encara el problema apenas surge, observa la naturaleza de ese problema y lo resuelve inmediatamente. El hecho de cargar con un problema psicológico, no resuelve el problema; es un desgaste de la energía y del espíritu. Cuando usted resuelve los problemas a medida que surgen, descubre que no hay problemas en absoluto.

Debemos, pues, volver a la pregunta: Como educador en éstas o en cualquier otra escuela, ¿puede usted cultivar esta diligencia? Es sólo en ella que surge el florecimiento de la bondad. Esa es su total, irrevocable responsabilidad, y en ella se encuentra este amor que naturalmente hallará un modo de ayudar al estudiante.

Cartas a las Escuelas

Primero de enero de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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