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Cartas a las Escuelas

Primero de marzo de 1979

Estas cartas se escriben con un espíritu amistoso. No tienen el propósito de ejercer dominio sobre su manera de pensar, ni de persuadirlo o conformarlo al modo de pensar o sentir de quien las escribe. No constituyen propaganda alguna. Son realmente un diálogo entre dos amigos que discuten acerca de sus problemas, y en una buena amistad jamás hay sentimiento alguno de competencia o de dominación. También usted tiene que haber observado el estado del mundo y de nuestra sociedad, y habrá visto que es indispensable una transformación radical en el modo de vivir que tienen los seres humanos, en la relación que establecen entre ellos, en la relación con el mundo como una totalidad, y en todos los aspectos posibles. Estamos hablando el uno con el otro, ambos profundamente interesados no sólo particularmente en nosotros mismos sino también en los estudiantes, por quienes usted es totalmente responsable. El maestro es la persona más importante en la escuela, porque de él - o de ella - depende el futuro bienestar de la humanidad. Esta no es una mera declaración verbal; es un hecho absoluto e irrevocable. Sólo cuando el educador mismo siente la dignidad y el respeto implícito en su trabajo, se da cuenta de que la enseñanza es la más elevada de las profesiones, más que la del político o la de los príncipes del mundo. Quien esto escribe asigna significación a cada palabra, así que, por favor, no lo deje de lado como si fuera una exageración o un intento de hacer que sienta una falsa importancia. Usted y los estudiantes deben florecer juntos en la bondad.

Hemos estado señalando los factores que corrompen y degeneran la mente. Como la sociedad está desintegrándose, estas escuelas deben ser centros para la regeneración de la mente. No del pensamiento. El pensamiento nunca puede regenerarse porque siempre es limitado, pero la regeneración de la totalidad de la mente es posible. Esta posibilidad no es conceptual sino real cuando uno ha examinado las vías de la degeneración. Algunas de estas vías han sido exploradas en las cartas anteriores.

Debemos ahora investigar también la naturaleza destructiva de la tradición, del hábito y de los reiterativos procesos del pensamiento. Seguir, aceptar la tradición parece dar cierta seguridad a nuestra vida, tanto a la externa como a la interna. La búsqueda de seguridad por todos los medios posibles ha sido el motivo, el poder que ha impulsado todas nuestras acciones. La exigencia de seguridad psicológica eclipsa la seguridad física y la vuelve muy incierta. Esta seguridad psicológica constituye la base de la tradición transmitida de una generación a otra por medio de palabras, rituales, creencias - sean religiosas, políticas o sociológicas. Raramente cuestionamos la norma aceptada, pero cuando alguna vez lo hacemos, invariablemente caemos en la trampa de un nuevo patrón. Este ha sido nuestro modo de vida: rechazar lo uno y aceptar lo otro. Lo nuevo es más tentador y lo viejo se deja a la generación pasada. Pero tanto una generación como la otra están atrapadas en patrones, en sistemas, y éste es el movimiento de la tradición. La misma palabra tradición implica conformidad, sea a lo moderno o a lo antiguo. No hay tradiciones buenas o malas; sólo hay tradición, la estéril repetición de rituales en todas las iglesias, templos y mezquitas. Estos rituales carecen por completo de sentido, pero la emoción, el sentimiento, el romanticismo, la imaginación les proporcionan color e ilusión. Esta es la naturaleza de la superstición, alentada por todos los sacerdotes del mundo. Este proceso de complacerse o involucrarse en cosas que no tienen sentido ni significación alguna, es un desperdicio de energía que degenera la mente. Uno debe estar profundamente atento a estos hechos, y esa atención misma disuelve todas las ilusiones.

Luego está el hábito. No hay buenos hábitos o malos hábitos; solamente está el hábito. El hábito implica una acción reiterativa que surge del no estar atento. Uno cae en los hábitos deliberadamente o es persuadido por la propaganda; o, hallándose uno amedrentado, cae en ciertos reflejos autoprotectores. Lo mismo sucede con el placer. Este seguimiento de una rutina, por efectivo o necesario que pueda ser en la vida cotidiana, puede conducir, y generalmente lo hace, a un modo mecánico de vivir. Uno puede hacer la misma cosa a la misma hora todos los días sin que ello se convierta en un hábito, cuando hay una percepción atenta de lo que se está haciendo. La atención disipa el hábito. Es sólo cuando no hay atención que los hábitos se forman. Usted puede levantarse a la misma hora todas las mañanas y sabe por qué se está levantando. Esta atenta percepción puede aparecer ante otra persona como un hábito - bueno o malo - pero para uno que está alerta, atento, no hay en realidad hábito alguno. Caemos en los hábitos psicológicos o rutinas porque pensamos que es el modo más cómodo de vivir; y cuando uno observa detenidamente aun los hábitos que se forman en la relación, sea personal o de otra clase, ve que hay cierta cualidad de indolencia, negligencia y descuido. Todo esto da un falso sentimiento de intimidad, de seguridad, y fácilmente se deriva en crueldad. Existe un verdadero peligro en el hábito: el hábito de fumar, la acción que se repite, el empleo de ciertas palabras, pensamientos o modos de comportarse. Esto vuelve a la mente por completo insensible, y el proceso degenerativo tiene por objeto encontrar alguna forma de seguridad ilusoria, como una nación, una creencia o ideal al cual aferrarse. Todos estos factores son muy destructivos para la seguridad real. Vivimos en un mundo de artificio que se ha vuelto una realidad. Cuestionar esta ilusión lleva a convertirse en un revolucionario o a adoptar una conducta permisiva. Ambos son factores de degeneración.

Después de todo, el cerebro con sus extraordinarias capacidades ha sido condicionado de generación en generación para aceptar esta engañosa seguridad, la que ahora se ha vuelto un hábito arraigado. Para romper con este hábito pasamos por diversas formas de tortura, múltiples escapes, o nos arrojamos en alguna utopía idealista y así sucesivamente. Este es el problema que debe investigar el educador, y su capacidad creativa radica en observar detenidamente su muy profundo y arraigado condicionamiento y también el del estudiante. Este es un proceso mutuo; no es que usted tenga que investigar primero su propio condicionamiento y después informar al otro de sus descubrimientos; se trata de explorar y descubrir juntos la verdad en esta cuestión. Ello exige cierta cualidad de paciencia; no la paciencia del tiempo, sino la perseverancia y el diligente cuidado de la responsabilidad total.

Cartas a las Escuelas

Primero de marzo de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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