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Cartas a las Escuelas

15 de mayo de 1979

Lo que el hombre le ha hecho al hombre no tiene límites. Lo ha torturado, lo ha quemado, lo ha matado, lo ha explotado de todas las maneras posibles - religiosa, política, económica. Esta ha sido la historia del hombre para con el hombre: el listo explota al tonto, al ignorante. Todas las filosofías son intelectuales y, por consiguiente, no son lo total; ellas han esclavizado al hombre. Han inventado lo que la sociedad ‘debería ser’, y han sacrificado al hombre a sus conceptos; los ideales y los que se llaman pensadores han deshumanizado al hombre. La explotación de otro - hombre o mujer - parece ser nuestro estilo de vida cotidiana. Nos utilizamos unos a otros y cada cual acepta esta utilización. De esta relación tan peculiar surge la dependencia con toda su desdicha, su confusión y la agonía que es inherente a la dependencia. Así de alevoso ha sido el hombre consigo mismo y con otros; ¿cómo puede, entonces, haber amor en estas circunstancias?

De modo que se vuelve muy importante para el educador sentir la responsabilidad total en su relación personal, no sólo con el estudiante sino con toda la humanidad. Él es la humanidad. Si no se siente responsable con respecto a sí mismo, será entonces incapaz de sentir esta pasión de la responsabilidad total que es el amor. Usted, como educador, ¿siente esta responsabilidad? Si no la siente, ¿por qué no? Usted puede sentirse responsable por su propia esposa, por su esposo o sus hijos, y puede descuidar o no sentir ninguna responsabilidad por otro. Pero si en sí mismo se siente usted completamente responsable, no puede sino ser responsable por la totalidad del hombre.

Esta cuestión, el porqué no se siente usted responsable por otro, es muy importante. La responsabilidad no es una reacción emocional, ni algo que uno se impone a sí mismo - el sentirse responsable. En tal caso ello se vuelve una obligación, y la obligación ha perdido el perfume o la belleza de esa cualidad interna de responsabilidad total. Esto no es algo que usted puede invitar, como un principio o una idea a la cual aferrarse, como el poseer una silla o un reloj. Una madre puede sentirse responsable por su hijo, sentir que el hijo es una parte de su sangre y de su carne, y así entregar todo su cariño y atención a ese bebé por algunos años. Este instinto maternal, ¿es responsabilidad? Este peculiar apego al hijo puede ser que lo hayamos heredado del animal primitivo. Existe en toda la naturaleza, desde el más diminuto pajarillo al majestuoso elefante. Nos estamos preguntando: ¿Es responsabilidad este instinto? Si lo fuera, los padres se sentirían responsables por una correcta clase de educación, por un tipo totalmente diferente de sociedad. Verían que no hubiera guerras y que ellos mismos florecieran en la bondad.

Parece, pues, que un ser humano no se interesa en verdad por otro, sino que solamente está comprometido consigo mismo. Este compromiso es irresponsabilidad total: las propias emociones, los propios deseos personales, los propios apegos - mi éxito, mi progreso. Todo esto inevitablemente engendrará crueldad, tanto obvia como sutil. ¿Es éste el modo en que obra la verdadera responsabilidad?

En estas escuelas, el que da y el que recibe son ambos responsables y, por tanto, jamás pueden complacerse en esta peculiar condición de separatividad egoísta, la que quizá sea la verdadera raíz de degeneración de la mente total; es en esta mente total que nosotros estamos profundamente interesados. Esto no quiere decir que no haya relación personal con su afecto, su ternura, su estímulo y protección. Pero cuando la relación personal adquiere extrema importancia y sólo es responsable por los pocos, entonces el mal ha comenzado; la realidad de esto es conocida por todos los seres humanos. Esta fragmentación en las relaciones es el factor degenerativo de nuestra vida. Hemos dividido la relación: relación con lo personal, con un grupo, con una nación, con determinados conceptos, y así sucesivamente. Aquello que está fragmentado jamás puede abarcar lo total de la responsabilidad. Desde lo pequeño siempre estamos tratando de capturar lo más grande. Lo ‘mejor’ no es lo bueno, y todo nuestro pensamiento se basa en lo mejor, en lo más - mejor en los exámenes, mejores empleos, mejor status, ideas más nobles.

Lo mejor es el resultado de la comparación. La mejor pintura, la mejor técnica, el músico más grande, el más talentoso, lo más bello, lo más inteligente, todo depende de esta comparación. Raras veces miramos una pintura por sí misma, o a un hombre o mujer por sí mismos. Siempre está en nosotros esa cualidad innata de la comparación. ¿Es comparación el amor? ¿Puede uno decir alguna vez que ama a esta persona más que a aquella? Cuando existe esta comparación, ¿es eso amor? Cuando existe este sentimiento de lo más, que es medida, entonces está operando el pensamiento. El amor no es el movimiento del pensar. Este medir es comparación. Durante toda nuestra vida se nos incita a comparar. Cuando en su escuela usted compara a B con A, los está destruyendo a ambos.

¿Es posible, entonces, educar sin sentido alguno de comparación? ¿Y por qué comparamos? Comparamos por la simple razón de que el medir es el hábito de nuestro pensamiento y es nuestro estilo de vida. Se nos educa en esta corrupción. Lo mejor es siempre más noble que aquello ‘que es’, aquello que realmente ocurre. La observación de lo que es, sin comparación, sin la medida, implica ir más allá de lo que es.

Cuando no hay comparación, hay integridad. No se trata de que usted sea fiel ‘a sí mismo’, lo cual es una forma de medida, sino que cuando no hay medida en absoluto, existe esta cualidad de lo total. La esencia del ego, del yo, es la medida. Cuando se mide, hay fragmentación. Esto debe comprenderse a fondo, no como una idea sino como una realidad. Cuando usted lee esta declaración, puede convertirla en una abstracción, como una idea o un concepto, y la abstracción es otra forma de medida. ‘Lo que es’ carece de medida. Por favor, ponga el corazón para comprender esto. Cuando usted haya captado su total significación, la relación que tiene con el estudiante y con su propia familia, se habrá convertido en algo por completo diferente. Y si usted pregunta si esa diferencia será ‘mejor’, entonces se halla atrapado en el engranaje de la medida. En ese caso está perdido. La diferencia la encontrará cuando realmente ponga esto a prueba. La misma palabra ‘diferencia’ implica medida, pero nosotros estamos usando esa palabra no comparativamente. Casi todas las palabras que empleamos contienen este sentido de la medida; por eso las palabras influyen en nuestras reacciones, y las reacciones profundizan el sentido de la comparación. La palabra y la reacción están relacionadas entre sí, y el arte radica en no estar condicionado por la palabra, lo que significa que el lenguaje no nos moldea. Use la palabra sin las reacciones psicológicas a la misma.

Como dijimos, nos interesa comunicarnos con respecto a la naturaleza de la degeneración de nuestras mentes y, por ende, de nuestros modos de vida. El entusiasmo no es pasión. Uno puede ser entusiasta con respecto a algo un día, y perder ese entusiasmo al día siguiente. Puede estar entusiasmado con el juego de fútbol y perder interés cuando ya no le entretiene. Pero la pasión es por completo diferente. No contiene en sí intervalo alguno de tiempo.

Cartas a las Escuelas

15 de mayo de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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