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Cartas a las Escuelas

15 de junio de 1979

Casi todos los seres humanos son egoístas. No son conscientes de su propio egoísmo; es su estilo de vida. Y si uno se da cuenta de que es egoísta, lo encubre muy cuidadosamente y lo adapta al patrón de la sociedad, que es esencialmente egoísta. La mente egoísta es muy astuta. O es brutal y abiertamente egoísta o adopta múltiples formas. Si usted es un político, el egoísmo busca poder, status y popularidad; se identifica con una idea, con una misión, y todo ‘por el bien público’. Si usted es un tirano, el egoísmo se expresa en la dominación brutal. Si tiene inclinaciones religiosas, ese egoísmo toma la forma de la adoración, la devoción, la adhesión a determinada creencia o a algún dogma. También se expresa en la familia; el padre persigue su propio egoísmo en todas las formas posibles de su vida, y así también lo hace la madre. La fama, la prosperidad, la buena apariencia personal, constituyen una base para este oculto y rastrero movimiento del ego. Está en la estructura jerárquica del sacerdocio, por mucho que ellos puedan proclamar su amor a Dios, su adhesión a la imagen que ellos mismos han creado de su deidad particular. Los capitanes de la industria y el pobre oficinista, poseen ambos esta inflativa y entorpecedora sensualidad del yo. El monje que ha renunciado a las costumbres mundanas, puede vagar por la faz del mundo o puede estar encerrado en algún lejano monasterio, pero no ha abandonado este interminable movimiento del yo. Ellos pueden cambiar sus nombres, ponerse túnicas o tomar votos de celibato o de silencio, pero arden con algún ideal, alguna imagen, algún símbolo.

Lo mismo pasa con los científicos, con los filósofos y los profesores en la universidad. El hacedor de obras benéficas, los santos y los gurús, el hombre o la mujer que trabajan interminablemente por los pobres - todos intentan perderse a sí mismos en la labor que realizan, pero la labor forma parte de ellos; han transferido el egoísmo a sus obras. Eso comienza en la infancia y continúa en la vejez. La vanidad del conocimiento, la hábil humildad del líder, la esposa sometida y el marido dominador, todos padecen esta enfermedad. El yo, el ego se identifica con el Estado, con los inacabables grupos, ideas y causas, pero permanece siendo lo mismo que era al principio.

Los seres humanos han intentado diversas prácticas, métodos, meditaciones para estar libres de este centro que causa tanta desdicha y confusión pero que, como una sombra, jamás puede ser capturado. Está siempre ahí y se nos escapa de entre los dedos, se desliza en nuestra mente. A veces se fortifica o se debilita según las circunstancias. Usted lo arrincona aquí y él reaparece allá.

Uno se pregunta si el educador, que es responsable por una nueva generación, comprende no verbalmente qué cosa dañina es el yo - cómo corrompe, cómo deforma, qué peligroso es en nuestra vida. El educador puede no saber cómo librarse de él, puede no advertir siquiera que está ahí, pero una vez que ha visto la naturaleza de ese movimiento del yo, ¿puede él - o ella - comunicar sus sutilezas al estudiante? ¿Acaso no es su responsabilidad hacerlo? El discernimiento en los modos de operar del yo, es mucho más importante que el aprendizaje académico. El conocimiento puede ser usado por el yo para su propia expansión, su agresividad, su crueldad innata.

El egoísmo es el problema principal en nuestra vida. El amoldarse, el imitar forman parte del yo, como la competencia y la despiadada condición del talento. Si el educador en estas escuelas toma a pecho, seriamente esta cuestión, y yo espero que lo haga, entonces, ¿cómo ayudará al estudiante para que éste sea abnegado, no egoísta? Usted podrá decir que ése es un don de extraños dioses, o descartarlo como algo imposible. Pero si usted es serio - como uno debe serlo - y es totalmente responsable por el estudiante, ¿cómo procederá para liberar la mente de esta sempiterna energía de descarga? Ese es el yo que ha causado tanto dolor. ¿No explicaría usted con sumo cuidado - que implica afecto - y en palabras simples, cuáles son las consecuencias cuando él habla en estado de ira, o cuando golpea a alguien, o cuando piensa en lo importante que él es? ¿No es posible explicarle que cuando insiste en, “esto es mío” o alardea, “lo hice yo”, o elude a causa del temor una determinada acción, con eso está construyendo, ladrillo a ladrillo, un muro alrededor de sí mismo? ¿No es posible, cuando los deseos, las sensaciones dominan su pensar racional, señalarle que la sombra del yo está creciendo? ¿No es posible decirle que donde está el yo, en cualquiera de sus disfraces, no hay amor?

Pero el estudiante podría preguntarle al educador: “Usted, ¿ha realizado todo esto, o está meramente jugando con las palabras?” Esa pregunta podría, de por sí, despertar su inteligencia, y esa misma inteligencia le daría a usted el correcto sentimiento y las exactas palabras como respuesta.

Como educador usted no tiene status; es un ser humano con todos los problemas de la vida, igual que el estudiante. En el momento que usted habla de status, está realmente destruyendo la relación humana. El status implica poder, y cuando usted busca esto, consciente o inconscientemente, penetra en un mundo de crueldad. Tiene usted una gran responsabilidad, amigo mío, y si asume esta responsabilidad total - que es amor - entonces las raíces del yo han desaparecido. Esto no se está diciendo a modo de estímulo ni para hacerle sentir que esto debe hacerse, sino que, como todos somos seres humanos y representamos a toda la humanidad, somos total e íntegramente responsables, sea que escojamos serlo o no. Usted puede tratar de eludir este hecho, pero ese movimiento mismo es la acción del yo. La claridad de percepción es libertad con respecto al yo.

Cartas a las Escuelas

15 de junio de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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