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Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1979

Una de las peculiaridades de los seres humanos es la de cultivar valores. Desde la infancia se nos incita a establecer para nosotros mismos ciertos valores profundamente arraigados. Cada persona tiene sus propios designios y propósitos perdurables. Naturalmente, los valores de uno difieren de los del otro. Se cultivan sea por el deseo o por el intelecto. Pueden ser ilusorios, confortables, consoladores o factuales. Estos valores, obviamente, fomentan la división entre hombre y hombre; los valores son nobles o innobles conforme a los propios prejuicios e intenciones. Sin que enumeremos los diversos tipos de valores, ¿por qué los seres humanos tienen esos valores y cuáles son sus consecuencias? La raíz etimológica de la palabra valor es fortaleza. La fortaleza no es un valor. Se vuelve un valor cuando es el opuesto de la debilidad. La fortaleza - no de carácter, que es un resultado de la presión social - es la esencia de la claridad. El claro pensar es un pensar sin ideas preconcebidas, sin prejuicios; es una observación sin distorsión alguna. La fortaleza o valor no es una cosa para ser cultivada como uno cultivaría una planta o una nueva especie. No es un resultado. Un resultado tiene una causa, y cuando existe una causa, ello indica una debilidad; las consecuencias de la debilidad son la resistencia o la complacencia. La claridad no tiene causa. La claridad no es ni un efecto ni un resultado; es la para observación del pensamiento y de su actividad total. Esta claridad es fortaleza.

Si esto se comprende claramente, ¿por qué, entonces, los seres humanos han proyectado valores? ¿Es para que estos les proporcionen una guía en la vida cotidiana? ¿Es para que les den un propósito, pues de lo contrario la vida se vuelve insegura, vaga y carece por completo de dirección? Pero la dirección la establecen el intelecto o el deseo y, por tanto, la dirección misma se vuelve una distorsión. Estas distorsiones varían de un hombre a otro, y el hombre se aferra a ellas en el inquieto océano de la confusión. Uno puede observar las consecuencias de tener valores: estos separan al hombre del hombre y colocan a un ser humano contra otro. Al extenderse, esto conduce a la miseria, a la violencia y, por último, a la guerra.

Los ideales son valores. Los ideales de cualquier tipo son una serie de valores - nacionales, religiosos, colectivos, personales - y uno puede observar cuáles son las consecuencias de estos ideales a medida que ellos ocupan su lugar en el mundo. Cuando uno ve la verdad de esto, la mente se libera de todos los valores; y para una mente así sólo existe la claridad. Una mente que desea una experiencia o se aferra a ella, está persiguiendo la falsedad del valor, y así se vuelve particular, reservada y divisiva.

Como educador, ¿puede usted explicar esto a un estudiante? ¿Explicarle que no debe tener valores de ninguna clase sino vivir con claridad - la cual no es un valor? Ello puede lograrse cuando el propio educador ha sentido profundamente la verdad de esto. Si no, todo se vuelve meramente una explicación verbal sin ninguna significación profunda. Esto ha de ser transmitido no sólo a los estudiantes de mayor edad sino a los muy jóvenes. Los estudiantes mayores ya están fuertemente condicionados por la presión de la sociedad y por la que ejercen los padres con sus propios valores; o son ellos mismos los que han proyectado sus metas, que se convierten en su prisión. Con los muy jóvenes, lo más importante es ayudarles a que ellos mismos se liberen de presiones y problemas psicológicos. Actualmente, a los muy jóvenes se les enseña complicados problemas intelectuales; sus estudios se vuelven más y más técnicos; se les provee de más y más información abstracta; múltiples formas de conocimiento se imponen a sus cerebros condicionándolos de ese modo desde la infancia misma. Mientras que lo que a nosotros nos interesa es ayudar a los muy jóvenes a no tener problemas psicológicos, a estar libres de temor, ansiedad, crueldad, a que sean solícitos, a que tengan generosidad y afecto. Esto es mucho más importante que la imposición de conocimientos a sus jóvenes mentes. Lo cual no significa que el niño no deba aprender a leer, a escribir, etcétera, pero el acento ha de ser puesto en la libertad psicológica en lugar de ponerlo en la adquisición de conocimientos, aunque estos sean necesarios. Esta libertad no significa que el niño haga lo que le plazca, sino que implica ayudarle a que comprenda la naturaleza de sus reacciones, de sus deseos.

Esto requiere muchísima claridad de discernimiento por parte del maestro. Después de todo, usted quiere que el estudiante sea un ser humano completo sin ninguna clase de problemas psicológicos; de lo contrario, él dará un mal uso a cualquier conocimiento que se le imparta. Nuestra educación actual consiste en vivir dentro de lo conocido y, de ese modo, ser un esclavo del pasado con todas sus tradiciones, recuerdos, experiencias. Nuestra vida es de lo conocido a lo conocido, y así jamás estamos libres de lo conocido. Si uno vive constantemente en lo conocido, no existe nada nuevo, nada original, nada que no esté contaminado por el pensamiento. El pensamiento es lo conocido. Si nuestra educación es la constante acumulación de lo conocido, entonces nuestras mentes y corazones se vuelven mecánicos sin esa inmensa vitalidad de lo desconocido. Lo que tiene continuidad es conocimiento y es perpetuamente limitado. Y lo que es limitado debe crear problemas perpetuamente. El cese de la continuidad - la continuidad es tiempo - es el florecimiento de lo intemporal.

Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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