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Cartas a las Escuelas

15 de noviembre de 1979

Debemos considerar muy seriamente, no sólo en estas escuelas sino también como seres humanos, la capacidad de trabajar juntos; trabajar junto con la naturaleza, con las cosas vivientes de la tierra, y también con otros seres humanos. Como seres sociales, sólo existimos para nosotros mismos. Nuestras leyes, nuestros gobiernos, todas nuestras religiones ponen el énfasis en la condición separada del hombre, la cual durante siglos se ha desarrollado como una acción del hombre contra el hombre. Se está volviendo más y más importante, si hemos de sobrevivir, que haya un espíritu de cooperación con el universo, con todas las cosas en el mar y la tierra.

Uno puede ver en todas las estructuras sociales el destructivo efecto que está teniendo la fragmentación - una nación contra otra nación, un grupo contra otro grupo, una familia contra otra, un individuo contra otro. Es lo mismo religiosamente, socialmente y económicamente. Cada cual está luchando por y para sí mismo, para su clase o su interés particular en la comunidad. Esta división de las creencias, de los ideales, conclusiones y prejuicios, está impidiendo que florezca el espíritu de cooperación. Somos seres humanos, no entidades tribales exclusivas, separadas. Somos seres humanos prisioneros de conclusiones, teorías y creencias. Somos criaturas vivientes, no etiquetas. Es nuestra circunstancia humana la que nos hace buscar comida, ropa y albergue a expensas de otros. Nuestro mismo pensar es separativo, y toda acción que brota de este pensamiento limitado, tiene que impedir la cooperación. La estructura económica y social, tal como es ahora - incluidas las religiones organizadas - intensifica el exclusivismo, la separación. Esta falta de cooperación origina finalmente las guerras y la destrucción del hombre. Es sólo durante las crisis o los desastres, que parecemos reunirnos, y cuando estos han pasado estamos de vuelta en nuestra vieja condición. Al parecer, somos incapaces de vivir y trabajar juntos armoniosamente.

¿Es que nuestro cerebro, que es el centro de nuestro pensamiento, de nuestro sentimiento, desde tiempos antiguos y a través de la necesidad, se ha condicionado para buscar su propia supervivencia personal y por ello se ha desarrollado este proceso aislante y agresivo? ¿Es porque este proceso aislante se identifica con la familia, con la tribu, y se convierte en el glorificado nacionalismo? ¿No está todo aislamiento vinculado a una necesidad de identificación y realización? ¿Acaso la importancia del ‘sí mismo’ no ha sido cultivada a través de la evolución, oponiendo el yo y el tú, el nosotros y el ellos? ¿No han puesto todas las religiones énfasis en la salvación personal, la iluminación personal, el logro personal, tanto en lo religioso como en lo mundano? ¿Se ha vuelto imposible la cooperación porque hemos dado tal importancia al talento, a la especialización, a la realización, al éxito - todo lo cual recalca la condición separada? ¿Es porque la cooperación humana se ha centrado en algún tipo de autoridad gubernamental o religiosa, en torno a alguna ideología o conclusión, las cuales producen inevitablemente su propio opuesto destructivo?

¿Qué significa cooperar - no la palabra sino el espíritu de ello? Usted no puede cooperar con otro, con la tierra y sus mares a menos que internamente tenga usted armonía, a menos que no esté fragmentado, que no sea contradictorio; no puede cooperar si usted mismo está tenso, bajo presión, en conflicto. ¿Cómo puede usted cooperar con el universo si sólo se interesa en sí mismo, en sus problemas, en sus ambiciones? No puede haber cooperación si todas sus actividades son egocéntricas, si sólo se ocupa usted de sí mismo, de sus propios deseos y placeres secretos. En tanto el intelecto con sus pensamientos domine todas sus acciones, es obvio que no puede haber cooperación, porque el pensamiento es parcial, estrecho y perpetuamente divisivo. La cooperación exige una gran honestidad. La honestidad no tiene motivo. La honestidad no es algún ideal, alguna creencia o fe. La honestidad es claridad - la clara percepción de las cosas tal como son. La percepción es atención. Esa misma atención proyecta luz, con toda su energía, sobre aquello que está siendo observado. Esta luz de la percepción causa una transformación de la cosa observada. No hay sistema por el cual usted aprenda a cooperar. Ello no puede ser estructurado y clasificado. La propia naturaleza de la cooperación requiere que haya amor, y ese amor no es mensurable, porque cuando usted compara - el comparar es la esencia del medió ha intervenido el pensamiento. Donde está el pensamiento, no está el amor.

Ahora bien; ¿puede esto ser transmitido al estudiante, y puede en estas escuelas existir cooperación entre los educadores? Estas escuelas son centros de una nueva generación con una nueva perspectiva de vida, con un sentido nuevo de ser ciudadanos del mundo, interesados en todas las cosas vivientes de este mundo. Es la grave responsabilidad del educador dar origen a este espíritu de cooperación.

Cartas a las Escuelas

15 de noviembre de 1979

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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