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Cartas a las Escuelas

15 de enero de 1980

Continuaremos con lo que decíamos en nuestra última carta, señalando la responsabilidad que implica estudiar, aprender y actuar. Puesto que uno es joven y tal vez inocente, dado a la excitación y a los juegos, la palabra ‘responsabilidad’ tiende a parecer más bien atemorizadora y una carga aburrida. Pero el sentido en que nosotros empleamos la palabra implica solicitud e interés por nuestro mundo. Cuando utilizamos esta palabra, los estudiantes no deben experimentar ningún sentimiento de culpa si ellos no han demostrado esta solicitud y atención. Después de todo, sus padres, que se sienten responsables por usted en el sentido de que debe estudiar y equiparse para su vida futura, no se sienten culpables, aunque puedan sentirse decepcionados o desdichados si usted no satisface sus expectativas. Debemos comprender claramente que cuando empleamos la palabra responsabilidad, no tiene que haber sentimiento alguno de culpa. Tenemos un particular cuidado al usar esta palabra, liberándola del desdichado peso que tiene una palabra como ‘deber’. Cuando esto se comprende claramente, podemos entonces usar la palabra responsabilidad sin su peso tradicional. De modo que usted está en la escuela con esta responsabilidad de estudiar, de aprender, de actuar. Este es el propósito fundamental de la educación.

En nuestra última carta formulamos la pregunta: “¿Qué hará usted con respecto a sí mismo y a su relación con el mundo?” Como dijimos, el educador, el maestro, es también responsable de ayudarle a que usted se comprenda a sí mismo y, por tanto, al mundo. Formulamos la pregunta para que usted descubra por sí solo la respuesta; es un reto al que debe responder. Tiene que comenzar por usted mismo, por comprenderse; y, en relación con ello, ¿cuál es el primer paso? ¿No es el afecto? Probablemente, cuando uno es joven tiene esta cualidad, pero muy rápidamente parecemos perderla. ¿Por qué? ¿Es por la presión de los estudios, la presión de la competencia, la presión de tratar de alcanzar una determinada posición en sus estudios, comparándose a sí mismo con otros y, tal vez, siendo intimidado por otros estudiantes? ¿Acaso todas estas múltiples presiones no lo obligan a preocuparse por sí mismo? Y cuando uno está tan preocupado por sí mismo, pierde inevitablemente la cualidad del afecto. Es indispensable comprender cómo poco a poco las circunstancias, el ambiente, la presión de sus padres o de su propio apremio por adaptarse, reducen la inmensa belleza de la vida al pequeño círculo personal. Y si pierde usted este afecto mientras aún es joven, se produce un endurecimiento del corazón y de la mente. Es una cosa rara conservar este afecto a lo largo de toda la vida sin que se corrompa. De modo que esto es lo primero que debe usted tener. El afecto implica solicitud, un diligente cuidado en todo lo que hace; cuidado al hablar, atención cuidadosa en el vestir, en la manera de comer, de ocuparse de su cuerpo; solicitud en su comportamiento sin las distinciones de lo superior y lo inferior; solicitud en el modo como considera usted a la gente.

La cortesía es consideración por los otros, y esta consideración es solicitud, sea por su hermano menor o su hermana mayor. Cuando usted siente ese interés afectuoso por el otro, toda forma de violencia desaparece de usted - su ira, su antagonismo y su orgullo. Este interés implica atención. La atención significa estar alerta, observar, escuchar, aprender. Hay muchas cosas que usted puede aprender de los libros, pero hay un aprender que es infinitamente claro, rápido y en el que no tiene cabida alguna la ignorancia. La atención implica sensibilidad, y ésta da a la percepción una profundidad que ningún conocimiento con su ignorancia puede darle. Esto es lo que usted tiene que estudiar, no en un libro. Con la ayuda del educador, debe usted aprender a observar las cosas que le rodean - lo que está sucediendo en el mundo, lo que sucede con un compañero estudiante, lo que ocurre en aquella pobre aldea o barrio; y debe observar al hombre que avanza con mucha dificultad por esa calle cubierta de barro.

La observación no es un hábito. No es una cosa para la cual usted se entrena a fin de hacerla mecánicamente. La observación es el mirar siempre lozano del interés, del afecto, de la sensibilidad. Usted no puede adiestrarse para ser sensible. Por otra parte, cuando uno es joven es sensible, rápido en sus percepciones, pero luego esto se desvanece a medida que uno va envejeciendo. Por lo tanto, debe usted estudiarse a sí mismo, y quizá su maestro le ayudará a hacerlo. Si no es así, no importa, porque es responsabilidad de usted estudiarse y, de ese modo, aprender lo que usted es. Y cuando existe este afecto, sus acciones nacen entonces de la pureza del afecto. Todo esto puede sonar muy difícil, pero no lo es. Hemos descuidado todo este lado de la vida. Estamos tan ocupados con nuestras carreras, con nuestros propios placeres, con nuestra propia importancia, que desatendemos la inmensa belleza del afecto.

Existen dos palabras que uno debe siempre tener presentes: diligencia y negligencia. Nosotros dedicamos diligentemente nuestras mentes a adquirir conocimientos de los libros, de los maestros; gastamos veinte años o más de nuestra vida en eso, y somos negligentes cuando se trata de estudiar el profundo significado de nuestra propia vida. Tenemos lo externo y lo interno. Lo interno exige mucha mayor delicadeza que lo externo. Es un requerimiento apremiante, y esta diligencia consiste en estudiar con afecto lo que uno es.

Cartas a las Escuelas

15 de enero de 1980

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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