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Cartas a las Escuelas

Primero de febrero de 1980

La crueldad es una enfermedad infecciosa, y uno debe cuidarse estrictamente de ella. Algunos estudiantes parecen padecer esta particular infección, y de algún modo van dominando poco a poco a los otros. Probablemente sienten que eso es muy varonil, porque sus mayores son a menudo crueles en sus palabras, en sus actitudes, en sus gestos, en su arrogancia. Esta crueldad existe en el mundo. Es responsabilidad del estudiante - y por favor, recuerde con qué significado estamos usando esa palabra­ - evitar cualquier forma de crueldad.

Una vez, hace muchos años, fui invitado a hablar en una escuela de California, y apenas entré en la escuela, un muchacho de unos diez años más o menos, pasó a mi lado con un gran pájaro preso en una trampa y que tenía las patas rotas. Me detuve y lo miré sin decir una palabra. Su rostro expresó temor, y cuando terminé la plática y ya me iba, el muchacho - un extranjero - se acercó a mí con lágrimas en los ojos y dijo: “Señor, eso jamás ocurrirá de nuevo”. El tenía miedo de que yo hablara con el director y hubiera un escándalo al respecto, y como no dije una palabra ni al muchacho ni al director acerca del cruel incidente, su propia conciencia de la cosa terrible que había hecho, le hizo comprender la enormidad del acto. Es importante darse cuenta de las propias actividades y, si hay afecto, entonces la crueldad no tiene cabida en ningún momento de nuestra existencia. En los países occidentales uno ve cómo alimentan cuidadosamente a los pájaros y más tarde, durante la temporada del deporte, los matan y se los comen. La crueldad de cazar y matar pequeños animales, ha llegado a formar parte de nuestra civilización, como la guerra, como la tortura y los actos de los terroristas y secuestradores. En nuestras íntimas relaciones personales también hay muchísima crueldad, cólera, nos lastimamos unos a otros. El mundo se ha convertido en un lugar peligroso para vivir en él; y en nuestras escuelas, cualquier forma de coerción, amenaza, ira, debe evitarse total y completamente, porque todas estas cosas endurecen el corazón y la mente, y el afecto no puede coexistir con la crueldad.

Como estudiante, usted comprende lo importante que es darse cuenta de que cualquier forma de crueldad, no sólo endurece su corazón sino que pervierte su pensar y deforma sus acciones. La mente es, como el corazón, un instrumento delicado, sensible y muy capaz, y cuando la crueldad y la opresión la afectan, entonces hay un endurecimiento del yo. El afecto, el amor, no tienen un centro como el yo.

Ahora bien; habiendo leído esto y comprendido lo que se ha dicho aquí, ¿qué hará usted al respecto? Usted ha estudiado lo que se dijo, está aprendiendo el contenido de estas palabras; ¿cuál es, entonces, su acción? Su respuesta no consiste meramente en estudiar y aprender, sino también en actuar. Casi todos nosotros conocemos las implicaciones que tiene la crueldad y nos damos cuenta de todo lo que realmente ocasiona externa e internamente, pero lo dejamos ahí sin hacer nada al respecto - pensando una cosa y haciendo exactamente la opuesta. Esto no sólo engendra muchísimo conflicto sino también hipocresía. En su mayoría, a los estudiantes no les agrada ser hipócritas; gustan de mirar los hechos, pero no siempre actúan. Por tanto, es responsabilidad del estudiante ver los hechos acerca de la crueldad y, sin persuasión ni halagos de ninguna especie, comprender lo que ella implica y hacer algo al respecto. El hacer es tal vez una responsabilidad mayor. Por lo general, la gente vive con ideas y creencias que no tienen relación alguna con la vida de todos los días y, en consecuencia, es natural que esto se convierta en hipocresía. De modo que no sea un hipócrita - lo cual no quiere decir que deba ser rudo, agresivo o excesivamente crítico. Cuando hay afecto, hay inevitablemente cortesía que no es hipócrita.

¿Cuál es la responsabilidad del maestro que ha estudiado, aprendido, y que actúa en relación con el estudiante? La crueldad tiene muchas formas. Una mirada, un gesto, una observación áspera y, sobre todo, la comparación. Todo nuestro sistema educativo se basa en la comparación. A es mejor que B; por lo tanto, B debe ajustarse a A o imitarlo. Esto es, en esencia, crueldad, y la expresión final son los exámenes. ¿Cuál es, entonces, la responsabilidad del educador que ve la verdad de esto? ¿Cómo enseñará cualquier materia sin apelar a la recompensa o al castigo, sabiendo que alguna clase de información debe haber que indique la capacidad del estudiante? ¿Puede el maestro hacer esto? ¿Es ello compatible con el afecto? Si la realidad dominante del afecto está ahí, ¿tiene en absoluto algún lugar la comparación? ¿Puede el maestro eliminar en sí mismo el dolor de la comparación? Toda nuestra civilización se basa en la comparación jerárquica tanto externa como interna, la cual niega el sentimiento del afecto profundo. ¿Podemos eliminar de nuestras mentes los conceptos de más, mejor, estúpido, ingenioso - todo este pensar comparativo? Si el maestro ha comprendido el dolor que implica la comparación, ¿cuál es su responsabilidad en la enseñanza que imparte y en su acción? Una persona que realmente ha captado el significado que tiene el dolor de la comparación, está actuando desde la inteligencia.

Cartas a las Escuelas

Primero de febrero de 1980

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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