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Cartas a las Escuelas

15 de febrero de 1980

En todas estas cartas hemos estado señalando constantemente que la cooperación entre el educador y el estudiante es responsabilidad de ambos. La palabra cooperación implica trabajar juntos, pero no podemos trabajar juntos si no estamos mirando en la misma dirección, con los mismos ojos y la misma mente. La palabra ‘misma’, tal como la usamos, bajo ninguna circunstancia implica uniformidad, conformidad o aceptación, no implica obedecer, imitar. En la mutua cooperación, trabajando juntos, el estudiante y el maestro deben tener una relación basada esencialmente en el afecto. Casi todas las personas cooperan si están construyendo algo, si juegan algún tipo de deporte, si están involucradas en una investigación científica, o si trabajan juntas por un ideal, por una creencia o por determinado concepto que es llevado a la práctica con miras a algún beneficio personal o colectivo; o cooperan en torno a una autoridad, religiosa o política.

Para estudiar, aprender y actuar, la cooperación entre el maestro y el estudiante es indispensable. Ambos están involucrados en ello. El educador puede conocer muchas materias y hechos. Si al comunicarlos al estudiante no existe la cualidad del afecto, ello se vuelve una contienda entre ambos. Pero nosotros no estamos interesados solamente en el conocimiento mundano, sino que también nos interesa el estudio de uno mismo, en el cual existen el aprender y la acción. Ambos, el estudiante y el educador, están comprometidos en esto, y aquí cesa la autoridad. En el aprender acerca de uno mismo, el educador no sólo se interesa en sí; también se interesa en el estudiante. En esta interacción con sus reacciones, uno comienza a ver su propia naturaleza - los pensamientos, los deseos, los apegos, las identificaciones, etcétera. Cada cual está actuando como un espejo para el otro y observa en el espejo exactamente lo que es, porque como antes lo hemos indicado, la comprensión psicológica de uno mismo es mucho más importante que reunir hechos y almacenarlos como conocimiento para obtener destreza en la acción. Lo interno siempre se sobrepone a lo externo. Esto debe ser claramente comprendido tanto por el educador como por el estudiante. Lo externo no ha cambiado al hombre; las actividades externas, la revolución física, el control físico del ambiente no han cambiado en profundidad al ser humano, sus prejuicios y supersticiones; profundamente, los seres humanos permanecen siendo lo que han sido por millones de años.

La verdadera educación consiste en transformar esta condición básica. Cuando esto es realmente comprendido a fondo por el educador, aunque él pueda tener que enseñar asignaturas, su interés principal debe ser la radical revolución en la psiquis, en el yo y en el tú. Y aquí es donde surge la importancia de la cooperación entre los dos que están estudiando, aprendiendo y actuando. No es el espíritu de un equipo, o el espíritu de una familia, o el de la identificación con un grupo o nación. Es una libre investigación en nosotros mismos, sin la barrera de uno que sabe y el otro que no sabe. Esta es la más destructiva de las barreras, especialmente en cuestiones de conocimiento propio. En esta cuestión no existen el que conduce y el conducido. Cuando esto se capta plenamente - y con afecto - entonces la comunicación entre el estudiante y el maestro se vuelve fácil y clara; no se halla meramente en un nivel verbal. El afecto no oprime, jamás es tortuoso. Es directo y sencillo.

Habiéndose dicho todo esto, y si los dos han estudiado lo que se ha dicho, ¿qué cualidad tienen la mente y el corazón de ambos? ¿Existe un cambio, un cambio que no sea inducido por la influencia o la mera estimulación, lo cual podría provocar un cambio ilusorio? La estimulación es como la droga; se disipa y uno está de vuelta donde estaba. Cualquier forma de presión o de influencia también opera del mismo modo. Si usted actúa bajo estas circunstancias, no está realmente estudiando y aprendiendo acerca de sí mismo. La acción que se basa en la recompensa y el castigo, en la influencia o el apremio, produce inevitablemente conflicto. Esto es así. Pero poca gente ve la verdad de ello, y así se resignan o dicen que eso es imposible en un mundo práctico, o que es algo idealista algún concepto utópico. Pero no lo es. Es algo eminentemente práctico y factible. De modo que no se deje disuadir por los tradicionalistas, los conservadores, o por los que se aforran a la ilusión de que el cambio sólo puede llegar desde afuera.

Cuando usted estudia y aprende de sí mismo, adviene una fuerza extraordinaria basada en la claridad, la cual puede oponerse a toda la insensatez del ‘establishment’. Esta fuerza no es una forma de resistencia o de obstinación o de voluntad egocéntrica, sino que es una diligente observación de lo externo y lo interno. Es la fuerza del afecto y la inteligencia.

Cartas a las Escuelas

15 de febrero de 1980

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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