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Cartas a las Escuelas

Primero de marzo de 1980

Ustedes llegan a estas escuelas con su propio trasfondo - sea éste tradicional o libre de tradiciones -, con disciplina o sin ella, obedientes o mal dispuestos y desobedientes, rebeldes o conformistas. Sus padres, o son negligentes o son muy diligentes con respecto a ustedes; algunos se sienten muy responsables, otros puede que no. Ustedes vienen con toda esta perturbación, con familias deshechas, llegan inseguros o agresivos, queriendo hacer lo que les place; o vienen tímidamente resignados pero rebelándose interiormente.

En estas escuelas son ustedes libres, y todas las perturbaciones de sus jóvenes vidas entran en juego. Ustedes quieren hacer lo que les plazca, pero nadie en este mundo puede hacer lo que le place. Esto tienen que comprenderlo muy seriamente - no pueden hacer lo que se les antojo. O aprenden a adaptarse con comprensión, con razón, o son obligados a disciplinarse por el nuevo medio en que han entrado. Es muy importante comprender esto. En estas circunstancias, los educadores explican detenidamente las cosas, y ustedes pueden discutirlas con ellos, sostener un diálogo y ver por qué ciertas cosas deben hacerse. Cuando uno vive en una pequeña comunidad de maestros y estudiantes, es indispensable que ellos establezcan una buena relación mutua, que lo hagan amistosamente, con afecto y con cierta cualidad de solícita comprensión.

A nadie que viva en una sociedad libre, especialmente en estos días, le gustan las reglas, y las reglas se vuelven totalmente innecesarias cuando ustedes y el educador adulto comprenden, no sólo verbal e intelectualmente sino con el corazón, que ciertas disciplinas son necesarias. Las personas autoritarias han arruinado la palabra disciplina. Cada oficio, cada arte tiene su propia disciplina, su propia destreza. La palabra disciplina proviene de la palabra discípulo, que implica aprender; no conformarse, no rebelarse, sino aprender de las propias reacciones, del propio trasfondo con su limitación, e ir más allá de ello. La esencia del aprender es movimiento constante sin un punto fijo. Si el punto se convierte en prejuicio personal, en las propias opiniones y conclusiones, y usted parte de este impedimento, entonces cesa de aprender. El aprender es infinito. La mente que está constantemente aprendiendo, está más allá de todo conocimiento. Por tanto, usted está aquí para aprender y también para comunicarse. La comunicación no es tan sólo el intercambio de palabras, por bien articuladas y claras que esas palabras puedan ser; es algo mucho más profundo que eso. La comunicación es aprender uno de otro, comprenderse el uno al otro, y esto se termina cuando usted ha tomado una posición definida con respecto a algún acto trivial a que no ha sido plenamente considerado.

Cuando uno es joven, hay un impulso a amoldarse, a no sentirse excluido; el aprender acerca de la naturaleza e implicación de la conformidad, trae su propia y peculiar disciplina. Por favor, tenga siempre presente cuando empleamos esa palabra, que ambos, el estudiante y el educador, están en una relación de aprendizaje, no de afirmación y aceptación. Cuando esto se comprende claramente, las reglas se vuelven innecesarias. Cuando ello no está claro, entonces tienen que establecerse reglas. Uno puede rebelarse contra las reglas, no aceptar que se le diga qué debe hacer o no hacer, pero cuando comprenda rápidamente la naturaleza del aprender, las reglas desaparecerán por completo. Es solamente el obstinado, el autoafirmativo, el que da origen a las reglas: “Tú debes y tú no debes” (Citado en inglés antiguo por K: “Thou shalt and thou shalt not”.)

El aprender no nace de la curiosidad. Usted puede ser curioso con respecto al sexo; esa curiosidad se basa en el placer, en alguna clase de excitación, en las actitudes de otros. Lo mismo se aplica a la bebida, a las drogas, al fumar. El aprender es algo mucho más profundo y más amplio. Usted aprende acerca del universo, no a causa del placer o de la curiosidad, sino a causa de su relación con el mundo. Hemos dividido el aprender en categorías separadas, las que dependen de las exigencias de la sociedad o de las inclinaciones personales de cada uno.

Nosotros no estamos hablando del aprender acerca de algo, sino de la cualidad de la mente deseosa de aprender. Usted puede aprender cómo llegar a ser un buen carpintero o ingeniero o jardinero, y cuando ha adquirido la destreza en estas cosas, ha reducido su mente a ser una herramienta que puede funcionar tal vez muy hábilmente dentro de un patrón determinado. Esto es lo que llaman aprender. Ello otorga cierta seguridad financiera, y quizás eso sea todo lo que uno quiere; así es como creamos una sociedad que provee aquello que le hemos pedido. Pero cuando existe esta cualidad extraordinaria del aprender no acerca de algo, entonces tiene usted una mente y, por supuesto, un corazón que se hallan intemporalmente activos.

La disciplina no es control ni subyugación. El aprender implica atención, o sea, diligencia. Es sólo la mente negligente la que jamás está aprendiendo. Como es trivial, descuidada, indiferente, está forzándose a aceptar. Una mente diligente está activamente alerta, observando, jamás se sumerge en valores y creencias de segunda mano. Una mente que está aprendiendo es una mente libre, y la libertad exige la responsabilidad de aprender. La mente que se halla presa en las opiniones, atrincherada en algún conocimiento, puede exigir libertad, pero lo que ella entiende por libertad es la expresión de sus propias actitudes y conclusiones personales, y cuando éstas son contrariadas, claman por su propia realización. La libertad no tiene el sentido de la realización, está libre de él.

De modo que cuando llega usted a estas escuelas, o de hecho a cualquier escuela, tiene que existir esta fina cualidad del aprender, a la cual acompaña un gran sentimiento de afecto. Cuando uno es de verdad profundamente afectivo, está aprendiendo.

Cartas a las Escuelas

Primero de marzo de 1980

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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