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Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1982

El futuro de todos los seres humanos, que incluye a los jóvenes y a los viejos, parece ser sombrío y amenazador. La sociedad misma se ha vuelto peligrosa y absolutamente inmoral. Cuando un joven se enfrenta al mundo, le preocupa lo que va a sucederle en el curso de su vida, y eso lo atemoriza bastante. Sus padres lo envían a la escuela y, si tienen dinero, a la universidad, y les interesa que pueda colocarse en un empleo, que se case, que tenga hijos, etc. Los padres, está a la vista en todo el mundo, tienen muy poco tiempo para sus propios hijos. Después que han pasado unos cuantos años desde el nacimiento, los han perdido; tienen muy poca relación con sus hijos. Se preocupan por sus propios problemas, sus ambiciones y todo eso, y los hijos quedan a merced de sus educadores, que necesitan educación ellos mismos. Pueden ser excelentes desde el punto de vista académico, y también ellos se interesan en que sus estudiantes alcancen las más altas calificaciones (también académicamente) y que la escuela tenga la mejor reputación, pero los educadores tienen sus propios problemas. Sus salarios, excepto en unos pocos países, son relativamente bajos, y socialmente los educadores no gozan de muy alta estima.

Así, los que reciben educación pasan por una época difícil con sus padres, sus educadores y sus compañeros de clase. Ya se ha instalado ahí la marea de la lucha, de la ansiedad, del miedo y de la competencia. Éste es el mundo que ellos tienen que afrontar; un mundo superpoblado, desnutrido, un mundo de guerras, de terrorismo en aumento, de gobiernos ineficientes, de corrupción, un mundo que se enfrenta a la amenaza de la pobreza. Esta amenaza es menos evidente en las sociedades opulentas y muy bien organizadas, pero se siente en aquellas partes del mundo donde hay una pobreza tremenda, superpoblación e indiferencia por parte de gobernantes ineficientes. Éste es el mundo que los jóvenes tienen que afrontar, y es natural que estén realmente atemorizados. Ellos tienen una idea de que deberían gozar de libertad e independencia con respecto a la rutina, de que no deberían ser dominados por sus mayores, y huyen asustados de toda autoridad. Para ellos, la libertad implica poder elegir lo que les gusta hacer, pero están confundidos, se sienten inseguros y quieren que se les indique lo que deben hacer.

En el mundo oriental, la familia, los padres, juegan un papel muy importante en la vida de los jóvenes. La unidad familiar aún se mantiene ahí. Aunque los hijos puedan ganarse la vida en diferentes partes del mundo, la familia constituye el centro de sus vidas. Esto está desapareciendo rápidamente en el mundo occidental. De modo que el estudiante está atrapado entre su propio deseo de tener libertad para hacer lo que le plazca, y la sociedad que le exige adaptarse a sus propias necesidades de llegar a ser un ingeniero, un científico, un soldado o un especialista de alguna clase. Éste es el mundo al que ellos tienen que enfrentarse inevitablemente, y del que entran a formar parte durante su educación. Es un mundo que aterra.

Todos queremos tener seguridad, tanto física como emocionalmente, y esto se está volviendo más y más difícil y penoso. De modo que nosotros, la generación de los mayores, si sentimos algún afecto por nuestros hijos, debemos preguntarnos qué es, entonces, la educación. Si esta educación, tal como es ahora universalmente, consiste en prepararlos para que vivan en perpetua lucha, conflicto y temor, entonces debemos preguntarnos qué sentido tiene todo eso. ¿Es la vida un movimiento, una corriente de dolor y ansiedad con ocasionales llamaradas de alegría y felicidad, y un derramar de lágrimas no derramadas? Infortunadamente, la generación de los mayores no se formula estas preguntas, ni tampoco lo hace el educador. Así, la educación tal como es ahora, consiste en afrontar una monótona y estrecha existencia sin sentido, pero nosotros queremos darle un sentido a la vida. La vida no tiene, aparentemente, sentido por sí misma, pero nosotros deseamos darle un sentido, y así inventamos dioses, múltiples formas de religión y otros entretenimientos, incluyendo el nacionalismo y los métodos para matarnos unos a otros, todo ello para escapar de nuestra monótona existencia. Esta es la vida de la generación de los mayores, y será la vida de los jóvenes.

De modo que nosotros, los padres y educadores, tenemos que encarar este hecho y, sin escapar de él mediante teorías, buscar nuevas formas de educación y una estructura nueva. Si nuestras mentes no ven con claridad a qué nos estamos enfrentando, será inevitable que, consciente o inconscientemente, nos deslicemos en la inercia y nada hagamos al respecto. Hay mil personas que nos dirán lo que debemos hacer: los especialistas y los chiflados. Antes de haber comprendido la inmensa complejidad del problema, ya queremos operar sobre él. A todos nos interesa mucho más actuar que ver la totalidad de la cuestión que afrontamos.

El verdadero problema es la calidad de nuestra mente. No su conocimiento, sino la profundidad de la mente que se enfrenta al conocimiento. La mente es infinita, es la naturaleza del universo que tiene su propio orden, su propia e inmensa energía. Ella es eternamente libre. El cerebro, así como es ahora, es el esclavo del conocimiento y, por tanto, es limitado, finito y fragmentario. Cuando el cerebro se libera de su condicionamiento, entonces el cerebro es infinito; sólo entonces no hay división entre la mente y el cerebro. La educación consiste, pues, en liberar al cerebro del condicionamiento, del vasto conocimiento que ha acumulado como tradición. Esto no niega las disciplinas académicas, que tienen su propio y exacto lugar en la vida.

Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1982

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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