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Cartas a las Escuelas

15 de diciembre de 1982

El designio es mucho más importante que el logro de una meta, de un fin. El designio no es sólo una conclusión intelectual e ideológica, sino más bien un presente activo y vital. Es la mecha que arde en un tazón de aceite. No puede ser apagada, ninguna brisa puede extinguirla. La mecha es sólida y el aceite no es alimentado por ninguna fuente o influencia externa. No tiene causa, y así la llama, la mecha y el aceite perduran para siempre. Éste es mi designio como maestro dedicado, y debe ser el designio de ustedes como padres y el de toda la humanidad, porque ello nos concierne a todos. La llama vital del designio es dar origen a un ser humano bueno, inteligente, libre y sumamente capaz.

Ustedes no pueden escapar de este designio. Están comprometidos en él tanto como yo lo estoy. Pueden huir asustados, pueden pasarlo por alto, descuidarlo, pero son tan responsables como yo. El futuro es responsabilidad nuestra, de modo que éste es nuestro problema inmediato. Mi problema y el de ustedes es cultivar la inteligencia comprensiva de la cual fluyen todas las otras cosas. Puedo ver esto en mi imaginación como el factor central, porque ninguna persona inteligente, en el sentido que usamos esa palabra, querría jamás lastimar a otra intencionalmente. Una persona así tratarla a la humanidad como se tratarla a sí misma, sin esa terrible división destructiva. Yo también puedo sentir, de un modo algo indefinido, no sentimental, que esta inteligencia es totalmente impersonal, ni suya ni mía. Puedo sentir su tremenda atracción y su verdad.

Ahora bien, ¿de qué manera puedo cultivar esto en mis estudiantes y en mí mismo? Estoy usando la palabra equivocada - cultivar -; el cultivo implica la actividad del pensamiento, implica un logro, un trabajo. Empiezo a percibir, pues, que la inteligencia es por completo diferente de la actividad del pensamiento. El pensamiento no tiene relación alguna con la inteligencia. Ésta no puede nacer del pensamiento, porque el pensamiento es siempre limitado.

Entonces, habiendo enunciado esto, que no es una percepción indefinida sino un designio ardiente, me pregunto si es posible para mí comunicar al estudiante la calidad de este designio. ¿Puedo, acaso, hacerlo por medio de las matemáticas, la biología o alguna otra materia? Digamos, por ejemplo, que soy un profesor de matemáticas, y sé que los cerebros de los estudiantes están condicionados, que son limitados, adaptables. La matemática es orden, orden infinito. El orden es el universo, es la inteligencia. El orden no es estático, es un movimiento vivo. Nuestra vida es movimiento, pero en ella hemos generado desorden. Por lo tanto, voy a hablar a los estudiantes no sólo de las matemáticas, sino acerca del orden en la vida de ellos y en la mía. La negación del desorden es orden. Un ser humano confundido, desordenado inseguro, al tratar de establecer orden, sólo crea más desorden. Esto lo veo muy, muy claramente, de modo que voy a ayudarles, y al ayudarles me estoy ayudando a mí mismo. El orden no puede practicarse como ustedes pueden practicar las matemáticas - paso a paso. Lo primero que debemos advertir, pues, es que el pensamiento jamás puede generar orden, hágase lo que se quiera mediante la legislación, la administración o la compulsión. La matemática no es desorden. La matemática en sí misma es básicamente orden. El orden es independiente del pensamiento. El pensamiento no puede producir orden; cuanto más lo intenta, más grande es la confusión. El pensamiento es capaz de ver el orden de la matemática, pero este orden no es producto del pensamiento. Uno puede ver la gran majestad y belleza de una montaña, pero el ser humano que ve eso, puede no tener dignidad, ni majestad, ni belleza.

Ahora bien, con todo esto, yo mismo debo estudiar este orden y desorden antes de que pueda comunicarlo a mis alumnos. Estudiar en un libro un tema determinado, es muy diferente de estudiar el ‘mí mismo’, que es desordenado, confuso. El libro se revela frase por frase, capitulo por capitulo, y llega a una conclusión u otra. El libro es visible, y uno puede emplear quizás años en la materia que trata el libro. Pero yo no estoy estudiando un libro; estudio un libro que no contiene letra impresa, que no puede ser leído con los ojos de otra persona. Debo descubrir, pues, cómo estudiarlo. Usted también está haciendo esto conmigo, de modo que no se haga a un lado. Yo estoy estudiando porque me interesa personalmente, y también para comunicarlo al estudiante. No es que yo estudie sólo para mí mismo. El libro y el tema en sí son palpables, tangibles. Las palabras comunican cierto significado definido, pero estudiar esta materia tan tenue, viva y cambiante - que es mi propia calidad de cerebro, el cual ha vivido y vive aún en el desorden, la confusión y el temor mucho más difícil, que leer un libro. Ello exige rapidez, sutileza, requiere moverse sin dejar huella alguna. ¿Tengo una calidad semejante? Al formularme esta pregunta, no sólo estoy estudiando a quien la formula, sino que también estudio el designio que existe tras la pregunta.

Estoy estudiando, pues, muy cuidadosamente la totalidad del fenómeno, sin llegar jamás a una conclusión definida. Esta vigilancia constante, que no permite jamás que una sombra cruce rápida junto a uno sin ser cuidadosamente observada, hace que el cerebro y toda la actividad del pensamiento se aquieten sin embotarse. Tomo un descanso y recobro nuevamente ese estado. El descanso es tan importante como renovar la observación. Estoy captando el perfume de esa inteligencia, su extraordinaria sutileza, y así todo el organismo físico se vuelve más activo, más alerta, y comienza a tener un ritmo diferente. Está creando su atmósfera propia.

Ahora puedo acudir a la clase, ya sea bajo un árbol o en un aula donde se supone que enseño matemáticas; sé que los estudiantes tienen que obtener calificaciones en ellas y, por los primeros cinco o diez minutos, les hablo explicándoles muy claramente lo que he estado estudiando, y cómo también para ellos es posible estudiar eso. Estoy enseñándoles el arte de estudiar. Me interesa de veras muchísimo comunicarles mi designio profundo, y ellos se sienten envueltos en mi pasión. Yo les explico, paso a paso, cómo abordar esta cuestión de la inteligencia. Les hago notar el orden y la belleza de un árbol, que no son producto del pensamiento. Insisto en que vean esto claramente - que la naturaleza y los cielos y los animales salvajes del bosque, no son producto del pensamiento, aunque el pensamiento pueda usarlos para su propia conveniencia o para la destrucción. En su actividad, el pensamiento ha generado gran destrucción, y también una grande y efímera belleza.

En cada oportunidad, y sin aburrirme yo ni aburrir a los estudiantes, hablo de estas cuestiones con humor y seriedad. Ésta es mi vida, porque esta inteligencia es suprema. El orden no tiene causa y, por lo tanto, es eterno; pero el desorden tiene una causa, y lo que tiene causa puede terminar.

Cartas a las Escuelas

15 de diciembre de 1982

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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