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Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1983

En todas las civilizaciones han existido unos pocos que tuvieron interés y deseo de dar origen a seres humanos buenos; unos pocos que no estaban comprometidos con escrituras sagradas o reformas, pero que eran incapaces de causar daño a otro ser humano; que se interesaban en la totalidad de la vida humana, que eran amables, no agresivos y, por eso, eran verdaderas entidades religiosas. En la civilización moderna de todo el mundo, el cultivo de la bondad casi ha desaparecido. El mundo se está volviendo más y más brutal, dañino, lleno de violencia y engaño. Es indudable que nuestra función de educadores consiste en producir una calidad de mente que sea en esencia religiosa. Con eso no queremos decir que haya de pertenecer a alguna religión ortodoxa con todas sus creencias fantásticas, sus rituales repetitivos. El hombre siempre ha tratado de encontrar algo más allá de este mundo de ansiedad, sufrimiento y conflicto inacabable. En su búsqueda de aquello que no es del mundo, ha inventado, tal vez inconscientemente, a dios y muchas formas de divinidad, y también a los intérpretes entre él y lo que él mismo ha proyectado. Han existido muchos intérpretes, altamente sofisticados, talentosos, instruidos. Este ciclo ha continuado históricamente desde los tiempos antiguos: dios, el intérprete y el hombre. Ésta es la verdadera trinidad en que se ha apoyado la credulidad humana. Cada cual desea de algún modo, consuelo, seguridad y paz. Así, los seres humanos han proyectado la esencia de todo esto en un agente externo, y nosotros estamos descubriendo que eso también es una ilusión. Siendo incapaces de ir más allá y por encima de todas las limitaciones de la contienda humana, estamos regresando a la barbarie, destruyéndonos unos a otros tanto externa como internamente.

¿Podemos nosotros, como un grupo pequeño, reflexionar sobre estas cosas y, liberándonos de todas las supersticiones inventadas de la religión, descubrir qué es una vida religiosa y, de ese modo, preparar el terreno para el florecimiento de la bondad? Sin la mente religiosa, la bondad no puede existir. Para comprender la naturaleza de la religión, se requieren tres factores: austeridad, humildad y diligencia.

Austeridad no significa reducir toda la vida a cenizas mediante la disciplina severa, la represión de todos los instintos, de todos los deseos y aun de la belleza. La expresión externa de esto en el mundo asiático es la túnica azafranada y el taparrabo. En el mundo occidental, es tomar votos de celibato, convertirse en monje y someterse a una obediencia total. La sencillez de la vida solía expresarse en vestiduras exteriores y en una restringida, estrecha existencia celular; pero en lo interno, la llama del deseo con sus conflictos seguía ardiendo firmemente. Esa llama debía extinguirse mediante la estricta adhesión a un concepto, a una imagen. El libro y la imagen se convirtieron en los símbolos de una vida sencilla. La austeridad no es la expresión externa de una conclusión basada en la fe, sino la comprensión de la complejidad interna, de la confusión y angustia de la vida. Esta comprensión, no verbal ni intelectual, exige una muy cuidadosa y alerta percepción, una percepción que no es la complejidad del pensamiento sino la claridad - esta claridad origina su propia austeridad.

La humildad no es el opuesto de la vanidad, no consiste en inclinar la cabeza en reverencia ante alguna autoridad abstracta o ante el sumo sacerdote. No es el acto de sometimiento a un gurú o a una imagen, que son la misma cosa. No es la total negación, un sacrificio de uno mismo a algún ser físico o imaginario. La humildad no va unida a la arrogancia. La humildad carece del sentido interno de posesión. La humildad es la esencia de la inteligencia y el amor; no es un logro personal.

Y el otro factor es la diligencia: le corresponde al pensamiento darse cuenta de sus actividades, de sus engaños, de sus ilusiones; debe discernir lo verdadero y lo falso - en lo falso, lo verdadero se convierte en ‘lo que debería ser’. Debe darse cuenta de las reacciones al mundo exterior y de las susurrantes respuestas internas. Esto no es un estado de vigilancia egocéntrica, sino que implica ser sensible a toda relación. Por encima y más allá de todo esto, están la inteligencia y el amor. Cuando hay inteligencia y amor, todas las otras cualidades vienen detrás. Es como abrir la puerta a la belleza.

Ahora vuelvo, como educador y como padre, a mi embarazosa pregunta. Mis estudiantes y mis hijos tienen que enfrentarse al mundo, que es cualquier cosa menos inteligencia y amor. Ésta no es una afirmación cínica, sino que es así, se trata de algo palpable y evidente. Tienen que enfrentarse a la corrupción, a la brutalidad y a la insensibilidad más absoluta. Están atemorizados. Siendo responsable (estoy usando esa palabra con sumo cuidado y con intención profunda), ¿cómo he de ayudarles para que se enfrenten a todo esto? No le formulo la pregunta a nadie en particular, me la formulo a mí mismo, para que en la propia pregunta pueda surgir la claridad. Estoy muy perturbado por esto y, ciertamente, no quiero una respuesta consoladora. En el acto de preguntármelo a mí mismo, se revelan los comienzos de la sensibilidad y la claridad. Me afecta muy profundamente el futuro de estos hijos y estudiantes, y al ayudarles a usar las palabras, la inteligencia y el amor, estoy adquiriendo fuerza interna. Ayudar en esto a un muchacho o a una muchacha, es suficiente para mí, porque el río comienza en las altas montañas como un arroyo muy pequeño, solitario y lejano, pero adquiere ímpetu hasta llegar a ser un río enorme. De modo que uno debe empezar con los pocos.

Cartas a las Escuelas

Primero de octubre de 1983

Jiddu Krishnamurti, Cartas a las Escuelas. Textos libros conversaciones filosofía. Letters to Schools 1978...1983. Jiddu Krishnamurti en español.

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