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El Arte de Vivir

Parte 1, Capítulo 2

Hemos estado considerando el problema del temor. Vimos que casi todos estamos atemorizados y que el temor impide la iniciativa porque hace que nos aferremos a la gente y a las cosas como una enredadera se aferra a un árbol. Nos aferramos a nuestros padres, a nuestros maridos, a nuestros hijos e hijas, a nuestras esposas y a nuestras posesiones. Ésa es la forma exterior del temor. Estando internamente atemorizados, tenemos miedo de estar solos. Podremos poseer muchos saris, joyas y otras propiedades, pero internamente, psicológicamente, somos muy pobres. Cuanto más pobres somos en lo interno, tanto más tratamos de enriquecemos exteriormente apegándonos a las personas, a la posición, a la propiedad.

Cuando estamos atemorizados nos aferramos no sólo a las cosas externas sino también a las internas, tales como la tradición. Para la mayoría de las personas de edad avanzada y para las que en lo interno son insuficientes y vacías, la tradición importa muchísimo. ¿Han notado esto entre sus amigos, sus padres y maestros? ¿Lo han notado en sí mismos? En el momento en que hay temor, temor interno, tratan de ocultarlo bajo la respetabilidad, siguiendo una tradición, y así pierden la iniciativa. A causa de que les falta iniciativa y sólo siguen a otros, la tradición se vuelve muy importante, la tradición de lo que dice la gente, la tradición de lo que ha sido transmitido desde el pasado, la tradición que carece de vitalidad, del sabor de la vida, porque es una mera repetición sin significado alguno.

Cuando uno tiene miedo, hay siempre una tendencia a imitar. ¿Han notado eso? Las personas que tienen miedo imitan a otras; se aferran a la tradición, a sus padres, a sus esposas o maridos, a sus hermanos. Y la imitación destruye la iniciativa. ¿Saben?, cuando dibujan o pintan un árbol, no imitan el árbol, no lo copian exactamente como es, lo cual sería una mera fotografía. A fin de tener la libertad necesaria para pintar un árbol o una flor o una puesta del sol, tienen que sentir lo que estas cosas les comunican, el significado, el sentido que tienen. Esto es muy importante: que traten de comunicar el significado de lo que ven y no que meramente lo copien, porque de ese modo están abiertos al proceso creativo. Y para esto tiene que haber una mente que sea libre, que no esté cargada con la tradición, con la imitación. ¡Miren nada más que sus propias vidas y las vidas de quienes los rodean, vean lo tradicionales, lo imitativas que son!

En ciertas cuestiones están ustedes obligados a ser imitativos, tal como en las ropas que visten, en los libros que leen, en el idioma que hablan. Éstas son todas formas de imitación. Pero es necesario ir más allá de este nivel y sentimos libres para pensar las cosas por nosotros mismos, de modo que no aceptemos irreflexivamente lo que algún otro dice, sin importar quién sea: un maestro en la escuela, un padre o uno de los grandes instructores religiosos. Es esencial que piensen las cosas por sí mismos y no sigan a nadie, porque el seguimiento indica temor, ¿no es así? En el momento en que alguien les ofrece algo que ustedes desean -el paraíso, el cielo o un empleo mejor-, hay temor de no obtenerlo; por consiguiente, empiezan a obedecer, a seguir. En tanto estén deseando algo se hallan atados al temor; y el temor mutila la mente de tal modo, que no pueden ser libres.

¿Saben lo que es una mente libre? ¿Alguna vez han observado la propia mente? No es libre, ¿verdad? Siempre están a la expectativa de lo que sus amigos dicen de ustedes. Esa mente es como una casa cercada por una valla o por un alambre de púas. En este estado nada nuevo puede acontecer; lo nuevo sólo es posible cuando no hay temor. Y es extremadamente difícil para la mente estar libre de temor, porque ello implica realmente estar libres del deseo de imitar, de seguir, libres del deseo de acumular riquezas o de amoldarse a una tradición, todo lo cual no quiere decir que hayan de hacer algo extravagante.

La libertad de la mente adviene cuando no hay temor, cuando la mente no desea alardear y no urde intrigas en busca de posición o prestigio. Entonces no hay sentido de imitación. Y es importante tener una mente así, una mente de verdad libre de la tradición, la cual constituye el mecanismo formador de los hábitos.

¿Es esto demasiado difícil? No creo que sea tan difícil como la geografía o las matemáticas de ustedes. Es mucho más fácil, sólo que jamás han pensado al respecto. Pasan diez o quince años de sus vidas en la escuela adquiriendo información; sin embargo, nunca se toman tiempo -ni una semana, ni siquiera un día- para pensar plenamente, completamente en algunas de estas cosas. Por eso parece tan difícil, pero en realidad no lo es en absoluto. Al contrario, si le dedican tiempo podrán ver por sí mismos cómo trabaja la mente de ustedes, cómo opera, cómo responde. Y es muy importante que empiecen a comprender su propia mente mientras son jóvenes, de otro modo crecerán siguiendo alguna tradición, lo cual tiene muy poco sentido; imitarán, o sea, que seguirán cultivando el temor y así nunca serán libres.

¿Han advertido lo atados que están a la tradición aquí, en la India? Deben casarse de cierta manera, sus padres eligen al marido o a la esposa. Deben practicar ciertos rituales; puede que éstos no tengan ningún sentido, pero están obligados a practicarlos. Tienen líderes a quienes deben seguir. Todo alrededor de ustedes, si lo han observado, refleja un estilo de vida en el que la autoridad se halla muy bien afirmada. Está la autoridad del gurú, la autoridad del grupo político, la autoridad de los padres y de la opinión pública. Cuanto más antigua es una civilización, tanto mayor es el peso de la tradición, con su serie de imitaciones; y, estando agobiada por ese peso, la mente de ustedes jamás es libre. Pueden hablar de libertad política o de cualquier otro tipo de libertad, pero como individuos nunca son libres para descubrir por sí mismos; siempre están siguiendo, siguiendo un ideal, siguiendo a algún gurú o maestro, alguna superstición absurda.

Por lo tanto, toda la vida de ustedes está restringida, limitada, confinada a ciertas ideas; y muy en lo hondo, está el temor. ¿Cómo pueden pensar libremente, si hay temor? Por eso es tan importante estar conscientes de todas estas cosas. Si ven una víbora y saben que es venenosa, se apartan, no se acercan a ella. Pero ignoran que se hallan atrapados en una serie de imitaciones que impiden la iniciativa; están atrapados en ellas inconscientemente. Pero si comienzan a tomar conciencia de ellas y de cómo los tienen sujetos, si se dan cuenta del hecho de que quieren imitar porque sienten temor de lo que la gente pueda decir, porque temen a sus padres o a sus maestros, entonces podrán mirar todas estas imitaciones en las que están atrapados, podrán examinarlas como estudian las matemáticas o cualquier otra materia.

¿Están conscientes, por ejemplo, de que tratan a las mujeres de distinta manera que a los hombres? ¿Por qué tratan desdeñosamente a las mujeres? Al menos los hombres lo hacen con frecuencia. ¿Por qué van a un templo, por qué practican rituales, por qué siguen a un gurú?

Vean, primero tienen que darse cuenta de todas estas cosas y después pueden investigarlas, cuestionarlas, estudiarlas; pero si todo lo aceptan ciegamente porque por los últimos treinta siglos ha sido así, entonces eso no tiene sentido, ¿verdad? Lo que indudablemente necesitamos son individuos como ustedes y como yo que están comenzando a examinar todos estos problemas, no de manera superficial o casual sino más y más profunda, a fin de que la mente tenga libertad para ser creativa, libertad para pensar, libertad para amar.

La educación es un medio para descubrir nuestra verdadera relación con las cosas, con otros seres humanos y con la naturaleza. Pero la mente crea ideas. Y estas ideas se vuelven tan fuertes, tan dominantes, que nos impiden mirar más allá. En tanto haya temor hay seguimiento de la tradición, hay imitación. Una mente que sólo imita es mecánica, ¿no es así? En su funcionamiento es como una máquina: no es creativa, no examina los problemas. Puede producir ciertas acciones, ciertos resultados, pero no es creativa.

Ahora bien, lo que todos debemos hacer -ustedes y yo igual que los maestros, los directores y las autoridades- es investigar juntos todos estos problemas, de modo que cuando dejen este lugar sean individuos maduros, capaces de considerar las cosas por sí mismos, sin depender de alguna estupidez tradicional. Entonces tendrán la dignidad de un ser humano verdaderamente libre. Ése es todo el propósito de la educación, no el de prepararles meramente para que aprueben ciertos exámenes y después, por el resto de sus vidas, sean derivados hacia algo que no aman, como el convertirse en abogados o en oficinistas o en amas de casa o en máquinas de engendrar niños. Tienen que insistir en que se les imparta la clase de educación que les estimule a pensar libremente y sin temor, que les ayude a investigar, a comprender; deben exigirla de sus maestros. De lo contrario, desperdician la vida, ¿no es así? Se les "educa", aprueban los exámenes de licenciatura o maestría, obtienen un empleo que les desagrada pero que aceptan a causa de que tienen que ganar dinero, se casan y tienen hijos... y ahí se quedan, clavados por el resto de sus vidas. Son desdichados, infelices, pendencieros; no tienen nada que esperar, excepto más bebés, más hambre, más desdicha. ¿Llaman a esto el propósito de la educación? Por cierto, la educación tiene que ayudarles a ser tan agudamente inteligentes que puedan hacer lo que aman y no queden atascados en algo estúpido que les hará desgraciados por el resto de sus vidas.

Por lo tanto, mientras son jóvenes deben despertar en su interior la llama del descontento, deben hallarse en un estado de revolución. Ésta es la época para inquirir, para descubrir, para crecer; por eso insistan en que sus padres y sus maestros les eduquen apropiadamente. No se satisfagan meramente con sentarse en un aula y absorber información acerca de este rey o de aquella guerra. Estén descontentos, acudan a sus maestros e inquieran, descubran. Si ellos no son inteligentes, al inquirir así les ayudarán a que sean inteligentes. Y cuando ustedes dejen la escuela crecerán en madurez, en verdadera libertad. Entonces continuarán aprendiendo durante toda la vida hasta que mueran, y serán seres humanos inteligentes, dichosos.

Interlocutor: ¿Cómo hemos de adquirir el hábito de vivir sin temor?

Krishnamurti: Mira las palabras que has usado. El "hábito" implica un movimiento que se repite una y otra y otra vez. Si haces algo una y otra vez, ¿asegura eso alguna cosa, excepto la monotonía? ¿Acaso es un hábito la ausencia de temor? Ciertamente, la ausencia de temor llega solamente cuando uno puede afrontar los acontecimientos de la vida y resolverlos a fondo, cuando puede verlos y examinarlos, pero no con una mente agotada que está presa en el hábito.

Si haces algo habitualmente, si estás preso en el hábito, eres meramente una máquina repetitiva. El hábito es repetición, es hacer irreflexivamente la misma cosa una y otra vez, lo cual implica construir un muro a nuestro alrededor. Si a causa de algún hábito has construido un muro a tu alrededor, no estás libre del temor; es el propio vivir dentro del muro el que te hace temer. Cuando tenemos la inteligencia para mirar todo lo que ocurre en la vida, lo cual implica examinar cada problema, cada suceso, cada pensamiento y emoción, cada reacción, sólo entonces estamos libres del temor.

El Arte de Vivir

Parte 1, Capítulo 2

Jiddu Krishnamurti transformación revolución interior, libro El Arte de Vivir. Textos i libros.
Life Ahead, 1960. Jiddu Krishnamurti en español.

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