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El Conocimiento de Uno Mismo

2ª Conferencia - 17 de julio de 1949

Como lo he insinuado ayer, deberíamos ser capaces de escuchar lo que se está diciendo sin rechazarlo ni aceptarlo. Debiéramos poder escuchar de modo que, si algo nuevo se dice, no lo rechacemos de inmediato; lo cual tampoco significa que debamos aceptar todo lo que oímos exponer. Eso, en realidad, sería absurdo, porque entonces no haríamos sino erigir una autoridad; y donde hay autoridad no puede haber pensar ni sentir, no puede haber descubrimiento de lo nuevo. Y como la mayoría de nosotros se inclina a aceptar tal o cual cosa ávidamente sin verdadero entendimiento, existe el peligro ‑ ¿no es así? - de que la aceptemos sin reflexión ni investigación, sin examinarla profundamente. En la mañana de hoy quizá yo diga algo nuevo, o exprese algo de manera diferente; y podríais pasarlo por alto si no escucháis con esa naturalidad y esa quietud que traen comprensión.

Quiero dilucidar en la mañana de hoy un tema que tal vez sea difícil: el problema de la acción, de la actividad y de la vida de relación. Luego contestaré preguntas. Pero antes de hacerlo, tenemos que comprender en primer término lo que entendemos por actividad, lo que entendemos por acción. Como toda nuestra vida parece basada en la acción, o, más bien, en la actividad, deseo establecer la diferencia entre actividad y acción. Parecemos enteramente embargados haciendo una serie de cosas; estamos siempre inquietos, consumidos por el movimiento, haciendo algo a toda costa, avanzando, logrando o luchando por el éxito. ¿Y qué lugar ocupa la actividad en la convivencia? Porque, como lo hemos dilucidado ayer, la vida es asunto de convivencia. Nada puede existir en el aislamiento; y si la vida de relación es una simple actividad, entonces la convivencia no tiene gran significación. No se si habéis notado que en cuanto dejáis de estar activos, tenéis en seguida una sensación de aprensión nerviosa; sentís como si no estuvierais vivos ni alertas, por lo cual tenéis que continuar en actividad. Y os atemoriza el estar a solas: el salir solos de paseo, el estar sin nadie, sin un libro, sin un radio, sin conversar; sentís miedo de sentaros tranquilamente, sin hacer algo en todo momento con las manos, con la mente o con el corazón.

De suerte que, para comprender la actividad, tenemos ciertamente que entender la vida de relación, ¿no es así? Si consideramos la convivencia como una distracción, como una huida de algo, entonces la convivencia es simplemente una actividad. ¿Y nuestra vida de relación no es en su mayor parte una distracción, y, por consiguiente, tan sólo una serie de actividades involucradas en la convivencia? Como lo he dicho, la convivencia sólo tiene verdadera significación cuando es un proceso de autodescubrimiento, cuando es el revelarse a uno mismo en la acción misma de convivir. Pero casi ninguno de nosotros quiere ser puesto al descubierto en la convivencia. Por el contrario, nos servimos de la convivencia como medio de ocultar nuestra propia insuficiencia, nuestras propias dificultades, nuestra propia incertidumbre. Así, la vida de relación se convierte en simple movimiento, en mera actividad. No se si habéis notado que la convivencia es muy penosa; y que mientras no sea un proceso revelador en el cual os descubráis, ella será simplemente un medio de huir de vosotros mismos.

Creo que es muy importante comprender esto. En efecto, tal como lo hemos discutido ayer, el problema del conocimiento propio estriba en el despliegue de nuestras relaciones, ya sea con las cosas, con las personas o con las ideas. ¿La convivencia puede basarse en una idea? No hay duda de que cualquier acto basado en una idea tiene simplemente que ser continuación de esa idea; y eso es actividad. La acción no se basa en una idea. La acción es inmediata, espontánea, directa, y no lleva en sí el proceso del pensamiento. Pero cuando basamos la acción en una idea, aquélla se convierte en actividad; y si basamos nuestra convivencia en una idea, entonces, ciertamente, trátase de una mera actividad desprovista de comprensión. Significa simplemente aplicar una fórmula, una norma, una idea. Como deseamos que la convivencia nos sirva para algo, ella resulta siempre restrictiva, limitadora, coercitiva.

La idea es el resultado de una necesidad, de un deseo, de un propósito, ¿no es así? Si yo estoy relacionado con vosotros porque os necesito es un sentido fisiológico o psicológico, es obvio entonces que esa relación se basa en una idea, ya que deseo algo de vosotros, ¿verdad? Y tal relación, basada en una idea, no puede ser un proceso autorevelador. Es simplemente un impulso, una actividad, una monotonía en la cual se establece el hábito. De ahí que tal relación sea siempre una tensión, un dolor, una contienda, una lucha que nos causa zozobra.

¿Es posible estar relacionado sin idea alguna, sin pedir nada, sin dominio ni posesión? ¿Es posible la comunión de unos con otros ‑ la cual significa convivencia real en los distintos niveles de la conciencia - si nos relacionamos por medio de un deseo, de una necesidad física o psicológica? ¿Y puede haber convivencia sin esas causas condicionantes que surgen del deseo? Como ya lo he dicho, este es un problema sumamente difícil. Hay que examinarlo muy profunda y serenamente. No es cuestión de aceptar o rechazar.

Sabemos lo que es nuestra interrelación en el presente: competencia, lucha, dolor, o simple hábito. Si podemos entender de un modo pleno, completo, la relación con una persona, entonces, tal vez, habrá una posibilidad de comprender la relación con muchos, esto es, con la sociedad. Si yo no entiendo mis relaciones con un individuo, ciertamente no comprenderé mis relaciones con el todo, con la sociedad, con los demás. Y si mi relación con uno se basa en una necesidad, en mi satisfacción, mi relación con la sociedad será la misma. De ello, por consiguiente, tienen que surgir disputas, con uno y con los demás. ¿Y es posible vivir con uno o con muchos sin pedir nada? Ese, por cierto, es el problema, ¿verdad? No sólo entre vosotros y yo, sino entre la sociedad y yo. Y para comprender este problema, para investigarlo profundamente, tenéis que ahondar la cuestión del conocimiento propio; porque es obvio que sin conoceros tal cuales sois, sin saber exactamente lo que es, no podéis tener las debidas relaciones con los demás. No importa lo que hagáis: evadiros, rezar, leer, ir al cine, sintonizar la radio; mientras no os entendáis a vosotros mismos, vuestra convivencia no podrá ser verdadera. De ahí las disputas, la batalla el antagonismo, la confusión que hay no sólo en vosotros sino también fuera de vosotros y en torno nuestro. No puede haber conocimiento propio mientras utilicemos la convivencia como simple medio de satisfacción, de escape, como distracción que es mera actividad. Pero el conocimiento propio se comprende, se pone al descubierto, y su proceso se revela mediante la vida de relación; esto es, si estáis dispuestos a ahondar el problema de la convivencia y exponeros ante ella. Porque, después de todo, sin relaciones no podéis vivir. Queremos, sin embargo, valernos de esa convivencia para sentirnos cómodos, satisfechos, para ser algo. Es decir, nos servimos de la convivencia basada en una idea; lo que significa que la mente desempeña el papel importante en la convivencia. Y como la mente está siempre ocupada en protegerse a sí misma, en permanecer siempre dentro de lo conocido, ella rebaja toda relación al nivel del hábito o de la seguridad; y, por lo tanto, la convivencia se convierte en mera actividad.

Vemos así que la vida de relación puede ser, si le damos pie, un proceso autorevelación, mas como no dejamos que así sea, ella se convierte simplemente en una actividad que nos satisface. Mientras la mente se sirva de la convivencia tan sólo para su propia seguridad, esa interrelación tendrá forzosamente que engendrar confusión y antagonismo. ¿Y es posible convivir sin la idea de exigencia, de necesidad, de satisfacción? En otras palabras: ¿es posible amar sin que intervenga la mente? Amamos con la mente, nuestro corazón está lleno con las cosas de la mente; pero, sin duda alguna, las elaboraciones de la mente no pueden ser amor. No podéis pensar en el amor. Podéis pensar en la persona a quien amáis, pero ese pensamiento no es amor; y así, gradualmente, el pensamiento va ocupando el lugar del amor. Cuando la mente llega a ser suprema, lo único importante, es obvio que entonces no puede haber afecto. Ese es, por cierto, nuestro problema, ¿verdad? Hemos llenado nuestro corazón con las cosas de la mente. Y las cosas de la mente son esencialmente ideas: lo que debe ser y lo que no debe ser. ¿La convivencia puede basarse en una idea? Y si lo puede, ¿no es ella una actividad que se encierra en sí misma, y, por lo tanto, no resulta inevitable que haya disputas, lucha y miseria? Pero si la mente no interviene, ella no levanta una barrera, ni se disciplina, ni se reprime, ni se sublima a sí misma. Esto resulta en extremo difícil porque no es mediante la determinación, la práctica o la disciplina, que la mente puede dejar de intervenir; sólo dejará de intervenir cuando haya plena comprensión de su propio proceso. Sólo entonces es posible que existan las debidas relaciones con uno y con muchos, relaciones libres de contienda y de discordia.

Pregunta: De todo lo que Ud. ha dicho, saco la conclusión definida de que la erudición y el saber son impedimentos. ¿A qué es lo que obstan?

Krishnamurti: Evidentemente, el saber y la erudición son impedimentos para la comprensión de lo nuevo, de lo atemporal, de lo eterno. Es indudable que el desarrollo de una técnica perfecta no os hace creadores. Puede que sepáis pintar maravillosamente, que poseáis la técnica; mas no es seguro que seáis creadores en materia de pintura. Tal vez sepáis escribir poemas técnicamente perfectos, pero es posible que no seáis poetas. Ser poeta significa ‑ ¿no es así? - tener capacidad para recibir lo nuevo, ser lo bastante sensible para responder a algo nuevo, a la lozanía de lo nuevo. Pero en la mayoría de nosotros el saber o la erudición se han convertido en afición, y creemos que por el hecho de saber seremos creadores. Una mente que está repleta, ahogada en los hechos, en conocimientos, ¿será capaz de recibir algo nuevo, súbito, espontáneo? Si vuestra mente está atestada de lo conocido, ¿queda en ella espacio alguno para recibir algo que sea de lo desconocido? Sin duda, el saber es siempre de lo conocido; y con lo conocido tratamos de comprender lo desconocido, algo que es inconmensurable.

Tomad, por ejemplo, una cosa muy corriente que nos sucede a la mayoría de nosotros. Aquellos que son religiosos - sea cual fuere por el momento el significado de esa palabra - tratan de imaginarse lo que es Dios, o de pensar en lo que es Dios. Han leído innumerables libros, han leído acerca de las experiencias de los diversos santos, de los Maestros, “mahatmas”, y todo lo demás, y procuran imaginarse o sentir lo que es esa experiencia ajena. En otras palabras: con lo conocido tratáis de abordar lo desconocido. ¿Podéis hacerlo? ¿Podéis pensar en algo que no sea cognoscible? Sólo podéis pensar en algo que conocéis. Pero en el mundo actual ocurre esta extraordinaria perversión: creemos que habremos de comprender si poseemos más información, más libros, más hechos, más material impreso.

Sin duda, para darnos cuenta de algo que no sea la proyección de lo conocido, hay que eliminar lo conocido mediante la comprensión de su proceso. ¿Por qué es que la mente se aferra siempre a lo conocido? ¿No es porque constantemente busca certidumbre, seguridad? Su naturaleza misma está asentada en lo conocido, en el tiempo; ¿y cómo puede una mente así, cuyo fundamento mismo se sustenta en el pasado, en el tiempo, tener la experiencia de lo atemporal? Tal vez conciba, formule o imagine lo desconocido, pero todo eso es absurdo. Sólo cuando lo conocido se comprende, se disuelve y se desecha, puede surgir lo desconocido. Y eso es difícil en extremo, porque no bien tenéis una experiencia de algo, la mente la traduce en términos de lo conocido y la reduce al pasado. No sé si habéis notado que cada experiencia es traducida de inmediato a lo conocido; recibe un nombre, se la clasifica y se la registra. Así, pues, el saber es la actividad de lo conocido. Y es obvio que tal saber, tal erudición, es un obstáculo.

Suponed que nunca hubierais leído un libro sobre religión o psicología, y que tuvierais que hallar el sentido, la significación de la vida. ¿Cómo emprenderíais la tarea? Suponed que no hubiera Maestros, ni organizaciones religiosas, ni Buda, ni Cristo, y tuvierais que empezar desde el principio. ¿Cómo emprenderíais la tarea? Tendríais primero que entender el proceso de vuestro pensar - ¿no es así? - y no proyectaros vosotros mismos, vuestro pensamiento, en lo porvenir, creando un Dios que os agrade; eso sería demasiado pueril. En primer término, pues, tendríais que comprender el proceso de vuestro pensar. Esa, a no dudarlo, es la única manera de descubrir algo nuevo, ¿no es cierto?

Cuando decimos que la erudición o el saber es un impedimento; un estorbo, seguramente no incluimos el conocimiento técnico: cómo guiar un coche cómo hacer funcionar una máquina; tampoco incluimos la eficiencia que trae el conocimiento. Tenemos en vista una cosa muy distinta: ese sentimiento de felicidad creadora que ninguna suma de conocimientos o de erudición puede traer. Y, ser creador en el sentido cabal y verdadero de la palabra, es estar libre del pasado, de instante en instante. Porque es el pasado lo que siempre obscurece el presente. Limitarse a depender de la información, de las experiencias ajenas, de lo que alguien haya dicho, por grande que él sea, y tratar de que nuestra acción se aproxime a eso - todo eso es conocimiento, ¿verdad? Mas para descubrir cualquier cosa nueva, debéis empezar por vosotros mismos; tenéis que emprender un viaje completamente despojados de todo, especialmente de conocimientos. Porque es muy fácil tener experiencias como resultado de la creencia y del saber; pero esas experiencias no son sino el producto de la autoproyección, y, por lo tanto, absolutamente falsas e ilusorias. Y si habéis de descubrir por vosotros mismos qué es lo nuevo, de nada sirve que carguéis con el peso de lo viejo, sobre todo del saber - el saber de otra persona, por grande que ella sea. Ahora bien: vosotros hacéis uso del saber como medio de autoprotección, de seguridad, y queréis estar enteramente seguros de que tendréis las mismas experiencias de Buda, de Cristo o de X. Pero es obvio que el hombre que constantemente se protege a sí mismo por medio del saber, no es un buscador de la verdad.

No hay camino que conduzca al descubrimiento de la verdad. Debéis lanzaros al mar inexplorado, lo cual no es para deprimiros ni implica intrepidez. Cuando queréis descubrir algo nuevo, por cierto, cuando experimentáis con alguna cosa, vuestra mente tiene que estar muy serena, ¿no es así ¿Pero si vuestra mente está abarrotada, llena de hechos y conocimientos, éstos actúan como un estorbo para lo nuevo; y la dificultad, para la mayoría de nosotros, estriba en que la mente ha llegado a ser tan importante, de tan predominante significación, que ella obsta de continuo a todo lo que pueda ser nuevo, a todo lo que pueda existir simultáneamente con lo conocido. Así, pues, el saber y la erudición son obstáculos para los que quisieran buscar, para los que quisieran tratar de comprender lo atemporal.

Pregunta: Deduzco de sus diversas pláticas que el pensamiento debe cesar antes de que pueda surgir el entendimiento. ¿Qué pensamiento es el que debe terminar? ¿Qué entiende Ud. por pensar y por pensamiento?

Krishnamurti: Espero que todo esto os interese. Después de todo, debería interesaros; pues eso es lo que estéis haciendo, ya que el único instrumento que poseemos es la mente, el pensamiento. ¿Y qué entendemos por pensar? ¿Qué entendemos por pensamiento? ¿Cómo surge éste? ¿Cuál es su función? Vamos, pues, a investigarlo juntos. Aunque sea yo el que conteste, os ruego que penséis en ello también vosotros. Reflexionemos juntos al respecto.

¿Qué es el pensamiento? El pensamiento, sin duda, es el resultado del pasado, del ayer, y de muchos, muchos, muchos “ayeres”. No seriáis capaces de pensar si no hubiera “ayeres”. El pensamiento es, pues, el resultado de las reacciones condicionadas, establecidas en la mente como pasado. La mente es el resultado del pasado. Es decir, el pensar es la respuesta de la memoria. Si no tuvieseis memoria, no habría pensamiento. Si no tuvierais ningún recuerdo del camino que lleva a vuestra casa, no podríais llegar a ella; así, pues, el pensar es la respuesta de la memoria. La memoria es un proceso, un residuo de experiencias, sean éstas inmediatas o del pasado. El contacto, la sensación, el deseo, crean la experiencia. Es decir, por el contacto, la sensación, el deseo, surge la experiencia. Esa experiencia deja un residuo que llamamos memoria, ya sea agradable o desagradable, provechosa o no provechosa. De ese residuo surge una respuesta que nosotros llamamos “pensar”; condicionada por diferentes influencias ambientales, y así sucesivamente. En otros términos: la mente - no sólo las capaz superiores de la conciencia, sino el proceso completo - es el residuo del pasado. Después de todo, vosotros y yo somos productos del pasado. Todo nuestro proceso consciente de vivir, de pensar y de sentir tiene sus cimientos en el pasado; y la mayoría de nosotros vive en las capas superiores de la conciencia, en la mente superficial. Es ahí donde estamos activos, que se nos plantean los problemas, los innumerables conflictos y los asuntos del diario vivir; y con todo ello nos sentimos satisfechos. Más lo que está en la superficie, lo poco que ahí se manifiesta, no es por cierto el contenido total de la conciencia. Para entender todo el contenido de la conciencia, la mente superficial debe estar serena, así sea unos pocos segundos, unos cuantos minutos. Entonces - ¿no es así? - resulta posible recibir aquello que es lo desconocido.

Ahora bien, si el pensamiento es solamente la respuesta del pasado, entonces el proceso del pensamiento debe cesar para que surja algo nuevo, ¿no es cierto? Si el pensamiento es el resultado del tiempo - y lo es - entonces, para recibir las insinuaciones de lo atemporal, de algo que desconocéis, el proceso del pensamiento debe cesar, ¿no es así? Para recibir algo nuevo, lo viejo debe cesar. Si tenéis un cuadro moderno y no lo entendéis, inútil será que os alleguéis a él con vuestra educación clásica, de la que habréis de prescindir, por lo menos de momento, para entender lo nuevo. De la misma manera, si habéis de comprender aquello que es nuevo, lo atemporal, entonces la mente ‑ que es el instrumento del pensamiento el residuo del pasado - debe cesar; el proceso de terminar con el pensamiento, aunque esto parezca en cierto modo extravagante, no es asunto de disciplina, ni de eso que se llama “meditación”. Ya discutiremos, en las próximas semanas, lo que es la verdadera meditación y otras cosas más. Podemos ver, empero, que todo lo que la mente haga para poner fin a sí misma, continúa siendo un proceso de pensamiento.

De suerte que este problema, en realidad, es sumamente sutil y difícil de profundizar. ¿Porque no puede haber felicidad, no puede haber dicha ni bienaventuranza, a no ser que haya renovación creadora? Esta renovación creadora no puede producirse si la mente se proyecta de continuo en el futuro, en el mañana, en el próximo segundo. Y, como la mente no cesa de hacer tal cosa, no somos creadores. Podemos procrear hijos, mas no somos interiormente creadores ni tenemos ese extraordinario sentido de renovación en el cual hay constante novedad y lozanía, en el cual hay ausencia total de la mente. Ese sentido de “creatividad” no puede surgir si la mente se proyecta de continuo en el futuro, en el mañana. Por eso es importante comprender todo el proceso del pensamiento. Si no comprendéis el proceso del pensamiento - todas sus sutilezas, sus variedades, su profundidad - no podéis llegar a lo otro. Podréis hablar de ello, pero tenéis que dejar de pensar, aunque os parezca una locura. Para lograr esa renovación, esa lozanía, esa extraordinaria sensación de ser “lo otro”, la mente debe entenderse a sí misma. Y por eso es importante que tengamos más profunda y amplia percepción del conocimiento propio.

Pregunta: Estoy de acuerdo con Ud. en que el saber no ha traído felicidad. He tratado de ser receptivo, de ser intuitivo, con un vivo interés por captar insinuaciones del fuero intimo. ¿Estoy bien orientado?

Krishnamurti: Para comprender esta cuestión debemos comprender lo que entendemos por conciencia, porque eso que llamáis intuición puede ser la proyección de vuestro propio deseo. Hay mucha gente que afirma: “Yo creo en la reencarnación. Siento que es así. Mi intuición me lo dice”. Trátase, evidentemente, de su deseo de continuidad, de perpetuarse a sí mismo. Como le tienen tanto miedo a la muerte, desean estar seguros de que hay una próxima vida, otra oportunidad, etc. Por lo tanto, “intuitivamente” ellos sienten que eso es lo correcto. Para comprender, pues, esta cuestión, debemos comprender qué es lo que significan para vosotros las palabras “íntimo” y “externo”. ¿Es posible recibir intimaciones de lo que está en el fuero íntimo cuando buscáis continuamente un fin, cuando queréis llegar, cuando deseáis cultivar algo, cuando queréis ser felices? Sin duda alguna, para recibir insinuaciones de lo íntimo, la mente ‑ la mente superficial ‑ ha de estar libre en absoluto de todo enredo y prejuicio, libre de todo deseo, de todo nacionalismo; de otra manera, vuestras “intimaciones” os convertirán en nacionalistas extremos, en un terror para el resto del mundo.

Se trata, pues, de saber cómo es posible recibir la intimación de lo desconocido sin torcerla, sin traducirla a nuestro tipo de pensamiento condicionado. Para comprender esto, debemos dilucidar el problema de lo que es la conciencia. ¿Qué entendemos por ser conscientes? ¿Cuál es el proceso de la conciencia? ¿Cuándo decís que sois conscientes? Decís, sin duda, “soy consciente”, cuando experimentáis algo. ¿No es así? Cuando tenéis una experiencia - que sea o no agradable no viene al caso - os dais cuenta de que sois conscientes de ella. A raíz de esa experiencia, el siguiente paso es nombrarla, definirla, ¿no es así? Decís: “Es placer, no es placer; esto lo recuerdo, aquello no lo recuerdo”. Le dais, pues, un nombre. Después la registráis, ¿no es cierto? En el proceso mismo de darle un nombre, la registráis. Estáis siguiendo todo esto, u os resulta demasiado “de domingo por la mañana” (Risas).

De modo que sólo hay conciencia cuando hay vivencia, cuando se define y se registra. No aceptéis lo que estoy diciendo; observadlo vosotros mismos y veréis que es así como funciona. Esto continúa en todos los niveles y en todo momento, consciente o inconscientemente. Y en los niveles más profundos de la conciencia el proceso es casi instantáneo, al igual que en la superficie. Pero la diferencia está - ¿no es así? - en que en el nivel superior hay opción, hay selección; en el nivel más amplio y profundo hay reconocimiento instantáneo, sin opción alguna. Y la capa superior o superficial de la mente puede recibir intimaciones tan sólo cuando cesa el proceso de definir, de nombrar, de registrar; y ello sucede cuando el problema es demasiado grande o demasiado difícil. Tratáis de resolver un problema, y no tenéis respuesta. Entonces lo dejáis. Tan pronto lo dejáis, surge una respuesta, una intimación, porque la mente - la mente consciente - ya no forcejea tratando de hallar una respuesta. Está serena. El propio agotamiento es un proceso de quietud; y, por lo tanto, la mente es capaz de recibir la intimación. Pero la así llamada “intuición” que tiene la mayoría de la gente, es en realidad la realización de su propio deseo. Por eso hay tantas guerras, creencias organizadas, antagonismos, tanta lucha; porque cada uno cree que su intuición es tan verdadera, que por ella está dispuesto a morir - o a maltratar a los demás.

Temo que la persona que cree obedecer a la intuición haya errado el camino. Ello es obvio, ya que para comprender todo esto hay que superar la razón. Y, para superar la razón, debéis primero comprender qué es el proceso de razonar. No podéis ir más allá de algo que no conocéis; para ir más allá, debéis saber qué es. Debéis comprender él significado, total de la razón, cómo se razona, cómo se la ahonda; no podéis saltar más allá de ella. Esto no significa que hayáis de poseer un cerebro muy perspicaz, que debáis ser grandes estudiosos, gente erudita. Para abrirse a lo que es hace falta honestidad de pensar, claridad, deseo de ser receptivo, no temer el sufrimiento. Entonces no existe barrera entre lo íntimo y lo externo. Lo íntimo es lo externo, y lo externo es lo íntimo. Para que se produzca, empero, esa integración, ha de haber comprensión del proceso de la mente.

Pregunta: Explique claramente, por favor, qué papel desempeña la memoria en nuestra vida. Parece que Ud. establece una distinción entre dos formas de memoria. ¿No existe en realidad, tan sólo la memoria que es nuestro único medio de conciencia, y aquello que nos torna conscientes del tiempo y del espacio? ¿Podemos, pues, hacer caso omiso de la memoria, como Ud. parece sugerir?

Krishnamurti: Investiguemos el asunto de nuevo. Olvidemos lo que ya se ha dicho y procuremos averiguar qué es lo que queremos decir. Dijimos esta mañana que el pensamiento es un resultado del pasado, lo cual es un hecho evidente; os guste o no, es así. El pensamiento se basa en el pasado. No puede haber pensamiento si no se es consciente; y, como he dicho, la conciencia es un proceso de vivencia, de definición, es decir, de registrar. Eso es lo que hacéis en todo instante. Si veis aquello (señalando un árbol), lo llamáis “un árbol”; lo nombráis, y pensáis que habéis tenido una experiencia. Este proceso de nombrar es parte de la memoria, ¿no es así? Y es una forma muy cómoda de experimentar. Creéis haber experimentado una cosa por el hecho de nombrarla. Me llamáis hindú, y pensáis que habéis comprendido a todos los hindúes; yo os llamo americanos, y asunto terminado. Creemos así que comprendemos algo al darle un nombre. Le damos un nombre para poder reconocerlo como especie, como esto o lo otro; pero eso no es comprender, tener la vivencia de una cosa. Y lo hacemos por pereza; es mucho más fácil hacer caso omiso de las personas dándoles una denominación.

Así, pues, este proceso de vivencia ­- que es contacto, sensación, deseo, conciencia, identificación y experiencia - este proceso que incluye el nombrar, es considerado conciencia. ¿No es así? Parte de esa conciencia está despierta, y el resto dormida. La mente coeficiente, nuestra mente de todos los días, la capa superficial de nuestra mente, está despierta. El resto duerme. Ahora bien, cuando dormimos, la mente superficial, consciente, está callada; y, por lo tanto, es capaz de recibir sugestiones, insinuaciones en forma de sueños que requieren, empero, interpretación ulterior. Ahora el autor de la pregunta quiere saber lo que entendemos por memoria, cuál es su función, y si podemos prescindir de ella. De modo que, en realidad, la pregunta es esta: ¿Cuál es la función del pensamiento? La memoria no tiene función alguna independiente del pensar. Por lo tanto, la pregunta es: ¿Cuál es la función del pensamiento? ¿Puede el pensamiento dividirse en alguna forma? ¿Ha de hacerse caso omiso de él?

¿Cuál es, pues, la función del pensamiento? Decimos que el pensamiento es la respuesta de la memoria, y lo es; y el recuerdo es la experiencia incompleta, definida y evocada con fines de autoprotección, etc. Bien, si el pensamiento es el resultado de la memoria, ¿qué función tiene el pensamiento en la vida? ¿Cuándo os servís del pensamiento? Me pregunto si habéis considerado esto alguna vez. Utilizáis el pensamiento cuando queréis ir a vuestra casa, ¿no es así? Pensáis cómo habréis de llegar a vuestro hogar. Esta es una clase de pensamiento. ¿Cuándo funciona vuestro pensamiento? Cuando os protegéis a vosotros mismos, ¿verdad? Cuando buscáis seguridad: económica, social, psicológica. ¿No es así? Cuando os queréis proteger a vosotros mismos. Esto es, el pensamiento funciona cuando nos mueve el instinto de autoprotección. Cuando sois bondadosos con otra persona, ¿es eso un proceso de pensamiento? Cuando amáis a alguien, ¿es eso un proceso de pensamiento? Cuando amáis a alguien y utilizáis ese amor como medio de enriquecimiento propio, entonces, evidentemente, eso es un proceso de pensamiento; ya no se trata de amor. Así, pues, el proceso del pensamiento surge cuando hay temor, cuando existe el deseo de poseer, cuando hay conflicto. En otras palabras: el proceso del pensamiento nace cuando el “ego”, el “yo”, adquiere importancia. ¿No es cierto? Porque, después de todo, es conmigo que el pensamiento tiene que ver; cuando el “yo”, el “ego”, predomina, el proceso del pensamiento empieza como autoprotección. No siendo así, no pensáis, no os dais cuenta del proceso de vuestro pensamiento, ¿verdad? Es sólo cuando hay conflicto que os dais cuenta del proceso del pensamiento, ya sea para proteger o descartar, para aceptar o negar.

Ahora bien, el autor de la pregunta quiere saber qué papel desempeña la memoria en nuestra vida Si comprendemos que el proceso del pensamiento empieza solamente cuando el “yo” adquiere importancia, y que el “yo” es importante tan sólo cuando desea protegerse a sí mismo, vemos entonces que gastamos la mayor parte de nuestra vida en protegernos a nosotros mismos. El pensamiento, por lo tanto, desempeña un papel muy importante en nuestra vida, porque la mayoría de nosotros nos preocupamos por nosotros mismos. A casi todos lo que nos Aporta es cómo protegernos, cómo ganar, cómo llegar, cómo lograr algo, cómo hacernos más perfectos, cómo tener esta o aquella virtud, cómo desechar, cómo negar, cómo estar desligados, cómo hallar la felicidad, cómo ser más hermosos, cómo amar y ser amados. Bien sabéis cuán interesados estamos en nosotros mismos.

Estamos, pues, sumidos en el proceso del pensamiento. Somos el proceso del pensamiento; no estamos separados del pensamiento. Y el pensamiento es memoria; busca ser más esto o aquello. Es decir, cuando surge el impulso de ser más o ser menos, de ser lo positivo o lo negativo, entonces aparece el proceso del pensamiento. El proceso del pensamiento no aparece cuando existe el reconocimiento de lo que es. Un hecho no requiere un proceso de pensamiento; mas si deseáis eludir un hecho, entonces empieza el proceso de pensar. Si yo acepto que soy lo que soy, no hay pensamiento; pero otra cosa ocurre cuando acepto lo que es. Interviene un proceso muy diferente, que no es el del pensamiento. De suerte que mientras se desee lo más o lo menos, tiene que haber pensamiento, debe existir el proceso de la memoria. Después de todo, si queréis ser hombres muy ricos, hombres poderosos, hombres populares u hombres dedicados a Dios, si queréis llegar a ser algo, os hace falta la memoria. Es decir, tenéis que pensar en ello. Para llegar a ser algo, la mente tiene que agudizarse constantemente.

Ahora bien, ¿qué papel desempeña ese devenir en la vida? Ciertamente, mientras querremos ser algo, tiene que haber lucha; mientras nuestro deseo, nuestro instinto, nuestro empeño, sea el de ser más o el de ser menos - lo positivo o lo negativo - ha de haber lucha, antagonismo. Pero es sumamente arduo, difícil en extremo, no ser más o no ser menos. Verbalmente puede que lo desechéis, diciendo: “Yo no soy nadie”. Pero eso es simplemente vivir en el nivel verbal, no tiene mucho sentido; es tener la cabeza hueca. Por eso hay que comprender el proceso del pensamiento, que es la conciencia; es decir, todo el problema del tiempo, del ayer, del mañana. Y un hombre que está atrapado en el ayer, nunca podrá comprender aquello que es atemporal. Y la mayoría de nosotros estamos atrapados en la red del tiempo. Nuestro pensamiento está fundamentalmente enredado en la malla del tiempo; él es la malla del tiempo. Nuestro pensamiento es la red del tiempo; y con ese proceso de pensamiento - educado, cultivado, agudizado, sutil y perspicaz - queremos encontrar algo que está más allá.

Vamos de un instructor a otro, de héroe en héroe, de Maestro en Maestro. Nuestra mente se agudiza en todas esas cosas, y de ese modo espera descubrir aquello que está más allá. Pero el pensamiento jamás podrá encontrar lo que está más allá, porque el pensamiento es el resultado del tiempo, y aquello que pertenece a lo conocido no puede recibir lo desconocido. Por eso el hombre que se halla enredado en lo conocido, nunca es creador. Es posible que él tenga momentos de “creatividad” como los tienen algunos pintores, algunos músicos, algunos escritores; pero éstos se enredan en lo conocido: la popularidad, el dinero, centenares de otras cosas; y entonces ya están perdidos. Y es por eso que los que procuran entenderse a sí mismos - no encontrar, porque ese es un proceso erróneo: no podéis encontrar - deben cesar en su búsqueda. Todo lo que podéis hacer es entenderos a vosotros mismos, comprender los embrollos, la extraordinaria sutileza de vuestro pensamiento y de vuestro ser. Y eso puede ser comprendido tan sólo en la convivencia, que es acción; y esa acción es denegada cuando la convivencia se basa en una idea; entonces la vida de relación es mera actividad, no acción. Y la actividad no hace más que embotar la mente y el corazón. Sólo la acción torna alerta la mente y sutil el corazón, capacitándolo para recibir, para ser sensible. Por eso resulta importante, antes de emprender la búsqueda, que haya conocimiento propio. Si buscáis, encontraréis; pero no será la verdad. Por lo tanto esta locura, este temor, esta ansiedad por llegar, por buscar, por descubrir, debe cesar. Entonces, con el conocimiento propio cada vez más vasto y profundo, viene ese sentido de la realidad que no puede ser invitado. Él adviene, y sólo entonces hay felicidad creadora.

El Conocimiento de Uno Mismo

2ª Conferencia - 17 de julio de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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