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El Conocimiento de Uno Mismo

4ª Conferencia - 24 de julio de 1949

Durante la mañana de hoy quisiera dilucidar qué es la sencillez; y de allí quizá podamos llegar al descubrimiento de la sensibilidad. Pensamos, al parecer, que la sencillez es mera expresión externa, vida retirada; tener pocas posesiones, andar de taparrabo, carecer de hogar, usar poca ropa, tener una exigua cuenta bancaria. Eso, evidentemente, no es sencillez. Eso es mero exhibicionismo. Y a mí me parece que la sencillez es esencial. Pero la sencillez sólo puede surgir cuando empezamos a comprender el significado del conocimiento propio, tema que ya hemos tratado y que seguiremos tratando hasta fines de agosto.

La sencillez no es mera adaptación a un modelo. Se requiere mucha inteligencia para ser sencillo, y no. simplemente, amoldarse a cierto dechado, por meritorio que él sea en su aspecto externo. Por desgracia, casi todos empezamos por ser sencillos en apariencia, en las cosas externas. Es relativamente fácil tener pocas cosas y estar satisfecho con ellas, contentarse con poco y hasta compartir ese poco con los demás. Pero una mera expresión externa de sencillez en las cosas, en las posesiones, no implica por cierto sencillez en el fuero íntimo. Porque, tal como el mundo es actualmente, se nos incita desde afuera, desde lo exterior, a tener más y más cosas. La vida está haciéndose cada vez más compleja. Y, con el fin de escapar a todo eso, tratamos de renunciar o de desprendernos de las cosas; automóviles, casas, organizaciones, cines, y de las innumerables circunstancias que desde lo externo ejercen presión sobre nosotros. Creemos que seremos sencillos viviendo retirados. Muchos santos, muchos instructores, han renunciado al mundo; y me parece que tal renunciación por parte de cualquiera de nosotros no resuelve el problema. La verdadera sencillez, la sencillez fundamental, sólo puede originarse en el fuero íntimo; y de ahí proviene la expresión externa. Cómo ser sencillos, es entonces nuestro problema; porque esa sencillez nos hace más y más sensibles. Una mente sensible, un corazón sensible, son esenciales, pues entonces uno es capaz de percepción rápida, de pronta recepción.

Es, pues, indudable, que sólo se puede ser interiormente sencillo cuando uno comprende los innumerables impedimentos, apegos, temores, que a uno lo tienen sujeto. Pero a la mayoría de nosotros nos gusta estar sujetos a las personas, a las posesiones, a las ideas. Nos gusta ser prisioneros. Interiormente somos prisioneros, aunque en lo externo parezcamos muy sencillos. Interiormente somos prisioneros de nuestros deseos, de nuestros apetitos, de nuestros ideales, de innumerables móviles. Y la sencillez no puede hallarse a menos que seamos interiormente libres. Ella, por lo tanto, ha de empezar primero en lo interno, no en lo exterior.

Ayer tarde dilucidábamos cómo estar libres de creencias. Hay, por cierto, una extraordinaria libertad cuando uno comprende todo el proceso del creer, cuando uno comprende por qué la mente se apega a una creencia. Y, cuando uno se ve libre de creencias, hay sencillez. Pero esa sencillez requiere inteligencia; y para ser inteligente hay que darse cuenta de los propios impedimentos. Para darse cuenta hay que estar constantemente en guardia, sin asentarse en determinada rutina, en determinado tipo de acción o de pensamiento. Porque, después de todo, lo que uno es en su interior influye sobre lo externo. La sociedad, o cualquier forma de acción, es la proyección de nosotros mismos; y, si no nos transformamos interiormente, la mera legislación significa muy poco en lo externo; puede traer ciertas reformas, ciertos reajustes, pero lo que uno es en su interior se sobrepone siempre a lo externo. Si interiormente uno es codicioso, ambicioso, si persigue ciertos ideales, esa complejidad íntima terminará por trastornar, por demoler la sociedad externa, por cuidadosamente planeada que ella pueda estar.

Por eso, ciertamente, uno tiene que empezar por el fuero íntimo, sin excluir ni rechazar lo externo. No hay duda de que llegáis a lo interno al comprender lo externo, al descubrir por qué el conflicto, la lucha, el dolor, existen en el mundo exterior; y a medida que esto se investiga más y más, penetra uno naturalmente en los estados psicológicos que producen los conflictos y miserias externas. La expresión externa es mero indicio de nuestro estado interior; mas para comprender ese estado íntimo, uno ha de enfocarlo a través de lo externo. Eso es lo que casi todos hacemos. Y, al comprender lo interno - no en forma exclusiva, ni rechazando lo externo, sino comprendiendo lo externo y de ese modo llegando a lo interno - encontraremos que, al proseguir investigando las íntimas complejidades de nuestro ser, nos hacemos cada vez más sencillos y más libres. Es esa sencillez interior la que resulta esencial. Porque esa sencillez crea sensibilidad. Una mente que no es sensible, que no está alerta, que carece de percepción, es incapaz de receptividad, de toda acción creadora. Por eso es que dije que la conformidad, como medio de llegar a la sencillez, realmente embota e insensibilizan la mente y el corazón. Cualquier forma de compulsión autoritaria - impuesta por el gobierno, por uno mismo, por el ideal de realización, etc. - cualquier tipo de conformidad tiene que contribuir a la insensibilidad, a que no seamos interiormente sencillos. Exteriormente podéis someteros y dar la impresión de sencillez, como lo hacen muchas personas religiosas. Ellas practican diversas disciplinas, ingresan a distintas organizaciones, meditan de una manera especial, etc., todo lo cual les confiere una apariencia de sencillez. Pero tal conformidad no contribuye a la sencillez. Ninguna forma de compulsión puede jamás llevar a la sencillez. Al contrario: cuanto más reprimís, cuanto más substituís, cuanto más sublimáis, menos sencillez existe. Cuanto mejor comprendáis, empero, el preciso de la sublimación, de la represión, de la substitución, mayor será la posibilidad de sencillez.

Nuestros problemas sociales, ambientales, políticos, religiosos, son tan complejos, que sólo podemos resolverlos siendo nosotros sencillos, no volviéndonos extraordinariamente eruditos y sagaces. Porque una persona sencilla ve mucho más directamente que la persona compleja; su experiencia es más directa. Y nuestra mente está tan abarrotada con un infinito conocimiento de hechos, de lo que otros han dicho, que nos hemos incapacitado para ser sencillos y tener nosotros mismos experiencia directa. Estos problemas requieren un nuevo enfoque, y tal enfoque sólo es posible cuando somos sencillos, realmente sencillos en nuestro fuero íntimo. Esa sencillez llega tan sólo con el conocimiento propio, mediante la comprensión de nosotros mismos: de las modalidades de nuestro pensar y sentir, de la actividad de nuestros pensamientos, de nuestras respuestas; comprendiendo como nos sometemos, por miedo, a la opinión pública, a lo que otros dicen, a lo que ha dicho Buda, Cristo, los grandes santos - todo lo cual indica nuestra tendencia natural a someternos, a ponernos a salvo, a estar seguros. Y, cuando uno busca seguridad, es evidentemente porque uno se halla en un estado de temor. Y por lo tanto no hay sencillez.

Si uno no es sencillo, no puede ser sensible: a los árboles, a los pájaros, a las montañas, al viento, a todas las cosas que ocurren alrededor nuestro en el mundo. Y si no hay sencillez, no puede uno ser sensible a las profundas insinuaciones de las cosas. La mayoría de nosotros vive muy superficialmente, en el nivel superior de la conciencia. Allí tratamos de ser reflexivos o inteligentes, lo cual es sinónimo de religiosidad; allí tratamos de que nuestra mente sea sencilla, mediante la compulsión, mediante la disciplina. Pero eso no es sencillez. Cuando forzamos la mente superficial a ser sencilla, tal compulsión sólo consigue endurecer la mente, no la torna ágil, flexible, lista. Ser sencillo en el proceso íntegro, total, de nuestra conciencia, es extremadamente arduo. Porque no debe existir ninguna reserva interior; tiene que haber profundo interés por averiguar, por descubrir el proceso de nuestro ser. Y ello significa estar alerta a toda insinuación, a toda sugerencia; darnos cuenta de nuestros temores, de nuestras esperanzas investigar y libertarnos de todo eso cada vez más y más. Sólo entonces, cuando la mente y el corazón sean realmente sencillos, cuando estén limpios de sedimentos, seremos capaces de resolver los múltiples problemas que se nos plantean.

El saber no habrá de resolver nuestros problemas. Podéis saber, por ejemplo, que existe la reencarnación, que hay continuidad después de la muerte. Puede que lo sepáis; no digo que lo sabéis; o puede que estéis convencidos de ello. Pero eso no resuelve el problema. A la muerte no podéis hacerla a un lado mediante vuestra teoría o información, o con vuestras convicciones. Es mucho más misteriosa, mucho más honda, mucho más creadora que todo eso.

Así, pues, hay que tener capacidad para investigar todas esas cosas de un modo nuevo, porque es sólo a través de la experiencia directa como se resuelven nuestros problemas; y para tener experiencia directa ha de haber sencillez, lo cual significa que tiene que haber sensibilidad. El peso del saber embota la mente. Asimismo, la embotan el pasado y el futuro. Sólo una mente capaz de adaptarse de continuo al presente, de instante en instante, puede hacer frente a las poderosas influencias y presiones que el medio ejerce constantemente sobre nosotros.

Por eso el hombre religioso no es, en realidad, el que viste una túnica o un taparrabo, el que come tan sólo una vez al día, o el que ha hecho innumerables votos de ser esto y de no ser aquello, sino aquel que es interiormente sencillo, aquel que no está convirtiéndose en algo. Una mente así es capaz de extraordinaria receptividad, porque no tiene barreras, no tiene miedo, no va en pos de nada. Ella es, por lo tanto, capaz de recibir la gracia, de recibir a Dios, la verdad o como os plazca llamarle. Pero la mente que persigue la realidad no es una mente sencilla. La mente que busca, que escudriña, que anda a tientas, agitada, no es una mente sencilla. La mente que se ajusta a cualquier norma de autoridad, interior o externa, no puede ser sensible. Y sólo cuando la mente es de veras sensible, cuando está alerta y es consciente de todo lo que en sí misma ocurre, de sus propias respuestas, de sus pensamientos, cuando ya ha cesado en su devenir, cuando ya no se regula a sí misma para ser algo - sólo entonces es capaz de recibir aquello que es la verdad. Es sólo entonces que puede haber felicidad; porque la felicidad no es un fin, es el resultado de la realidad. Y cuando la mente y el corazón se han vuelto sencillos y por lo tanto sensibles - no mediante forma alguna de coacción o de imposición - entonces veremos que es posible atacar nuestros problemas muy sencillamente. Por complejos que sean, podremos abordarlos de un modo nuevo y verlos en forma diferente. Y eso - ¿verdad? - es lo que se necesita actualmente: gente capaz de hacer frente a esta confusión externa, a esa baraúnda y antagonismo, de un modo nuevo, creativo y sencillo, no con teorías ni con fórmulas, sean de la izquierda o de la derecha. Y no podéis hacer frente a eso de un modo nuevo si no sois sencillos.

Ya sabéis: un problema sólo puede ser resuelto cuando lo abordamos de un modo nuevo. Pero no podemos abordarlo de un modo nuevo si pensamos en términos de una u otra norma de pensamiento religioso, político o de otra índole. Por consiguiente para a ser sencillos hemos de librarnos de todas esas cosas. Por eso es tan importante que nos demos cuenta, que tengamos la capacidad de comprender el proceso de nuestro propio pensar, que nos conozcamos a nosotros mismos totalmente. De ello proviene una sencillez, una humildad que no es ni virtud ni disciplina. La humildad que se gana, deja de ser humildad. Una mente que se torna humilde, ya no es humilde. Y es sólo cuando se tiene humildad - no una humildad cultivada - cuando uno puede hacer frente a las cosas apremiantes de la vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno mira el problema en sí, y entonces puede resolverlo.

Pregunta: Yo he sido miembro de diversas organizaciones religiosas, pero Ud. las ha destruido todas. Estoy absolutamente fastidiado, y trabajo porque el hambre me obliga. Me resulta difícil levantarme por la mañana, y no tengo interés alguno en la vida. Me doy cuenta de que sólo existo de un día para el otro, sin ningún sentido de valor humano; y no siento entusiasmo alguno por nada. Temo suicidarme. ¿Qué tendré que hacer? (Risas).

Krishnamurti: Aunque riáis, ¿no está la mayoría de nosotros en esa situación? Aunque aún pertenezcáis a muchas organizaciones - religiosas, políticas o de otra índole - o aunque las hayáis abandonado a todas, ¿no hay acaso en vosotros la misma desesperación íntima? Podéis consultar a los psicoanalistas, o confesaros, y de ese modo sentiros en paz por algún tiempo: ¿pero no os aqueja el mismo dolor de la soledad, una sensación de perplejidad, una desesperación infinita? El ingresar en organizaciones, el entregarnos a varias formas de diversión, el ser adictos al conocimiento, el practicar a diario ceremonias y todo lo demás, nos brinda lealmente un escape de nosotros mismos; mas cuando todo eso ha cesado cuando lo hemos hecho a un lado inteligentemente, sin substituirlo por otras formas de escape, el resultado es aquello, ¿verdad? Podéis haber leído muchos libros, podéis estar rodeados de vuestros hijos, de nuestra familia, de riquezas - un nuevo automóvil cada año, la última obra literaria, el último fonógrafo, y todo lo demás. Pero una vez descartadas inteligentemente las distracciones, resulta inevitable - ¿no es así? - que os enfrentéis a eso: la sensación de frustración íntima, de desesperación infinita y sin remedio. Quizá la mayoría de vosotros no seáis conscientes de ello; o, si lo sois, tal vez tratéis de eludirlo. Sin embargo, ahí está. ¿Qué hay, pues, que hacer?

En primer lugar, paréceme que es muy difícil llegar a esa situación, darse cuenta hasta ese punto de que os enfrentéis directamente con aquello. Muy pocos de nosotros somos capaces de hacer frente a aquello directamente, tal cual es, porque resulta en extremo doloroso; y cuando de verdad lo enfrentáis sentís tal ansiedad por escapar, que podríais hacer cualquier cosa, hasta suicidaros, o huir bien lejos, en pos de una ilusión o distracción cualquiera. Por lo tanto, la primera dificultad está en daros cuenta cabal de que os enfrentáis con aquello. Es indudable que uno tiene que sentirse desesperado para poder hallar algo. Cuando lo habéis probado todo en derredor vuestro, toda posible puerta de escape, y nada os ofrece una salida, forzoso es que lleguéis a aquella situación.

Ahora bien: si estáis en esa situación, real y verdaderamente - no por obra de la imaginación, no porque anheléis estar ahí con el fin de hacer alguna cosa - si en efecto os enfrentáis a eso, entonces podemos proseguir y discutir qué debe hacerse. Entonces vale la pena proseguir. Si habéis dejado de substituir una escapatoria por otra, de abandonar una organización para ingresar a algo distinto, de perseguir una cosa tras otra; si todo eso ha terminado - y eventualmente habrá de terminar para todo hombre inteligente - ¿entonces qué? Si ahora estáis en esa situación, ¿cuál es la próxima respuesta? Cuando ya no escapáis, cuando ya no buscáis una salida, una forma de evasión, ¿entonces qué ocurre? Si lo observáis, lo que hacemos es esto: debido a una sensación de temor con respecto a ese estado, o al deseo de comprenderlo, le damos un nombre. ¿No es así? Decimos: “Me siento solo, desesperado; soy esto y deseo comprenderlo”. Es decir, al darle un nombre, establecemos una relación entre nosotros y esa cosa que llamamos soledad, vacío. Espero que comprendáis lo que estoy diciendo. Al expresar verbalmente nuestra relación con eso, le damos un significado neurológico y también psicológico. Pero si no le damos un nombre, y simplemente lo consideramos, si lo observamos, entonces nuestra relación será distinta; entonces eso no está fuera de nosotros sino que es nosotros mismos. Decimos, por ejemplo: “Tengo miedo de ello”. El miedo sólo existe en relación con algo; ese algo se manifiesta cuando lo reprimimos, cuando le damos un nombre, como por ejemplo “estar solos”. Existe, por lo tanto, la sensación de que vosotros y esa soledad son dos cosas distintas. ¿Pero es eso así? Vosotros - el observador - estáis observando el hecho, al que denomináis “estar solos”. ¿Es el observador diferente de lo que él observa? Sólo es diferente mientras le da un nombre; pero si no le dais un nombre, el observador es lo observado. El nombre, el término, no hace más que dividir; y entonces tenéis que luchar con esa cosa. Pero si no hay separación, si hay integración entre el observador y lo observado - la cual sólo existe cuando se le de un nombre; podéis hacer la prueba y lo veréis - entonces la sensación de miedo desaparece por completo. Es el miedo lo que os impide observar eso, cuando decís que estáis vacíos, que sois esto, que sois aquello, que estáis desesperados. Y el miedo sólo existe como memoria, la cual aparece cuando definíamos; más cuando somos capaces de mirarlo sin darle nombre, entonces, sin duda, esa cosa es uno mismo.

Así pues, cuando llegáis a ese punto, cuando dejáis de dar un nombre a la cosa que teméis, entonces vosotros sois esa cosa. Cuando sois esa cosa, no hay problema, ¿no es así? Solamente cuando no queréis ser esa cosa, o cuando deseáis hacer que esa cosa sea diferente de lo que ella es, surge el problema. Pero si sois esa cosa, entonces el observador es lo observado, ambos son un mismo fenómeno, no fenómenos separados. Entonces no hay problema, ¿verdad?

Por favor, experimentad con esto, y veréis cuán pronto ese algo se resuelve y queda superado, y otra cosa sobreviene. Nuestra dificultad está en llegar al punto en que podemos observar eso sin miedo. El miedo aparece tan sólo cuando empezamos a reconocerlo, cuando empezamos a darle un nombre, cuando deseamos hacer algo a su respecto. Pero cuando el observador ve que él no es diferente de lo que él llama vacío, desesperación, entonces la palabra ya no tiene significación alguna. La palabra ha desaparecido, no es ya desesperación. Cuando se elimina la palabra con todo lo que ella implica, entonces no hay ya sensación de miedo ni de desesperación. Entonces, si seguís adelante, cuando no hay ya miedo ni desesperación, cuando la palabra no tiene ya importancia, se produce sin duda una grandiosa liberación; entonces hay libertad. Y en esa libertad está el estado creativo del ser, que brinda renovación a la vida.

Para expresarlo de otra manera: abordamos este problema de la desesperación por las vías habituales. Es decir, nos valemos de los recuerdos del pasado para interpretar ese problema; y el pensamiento, que es producto de la memoria, que se funda en el pasado, jamás puede resolver ese problema, por tratarse de un problema nuevo. Todo problema es nuevo; y cuando lo abordáis agobiados por el peso del pasado, el problema no puede ser resuelto. No podéis abordarlo a través del velo de las palabras, es decir, del proceso de pensar; mas cuando cesa la “verbalización” - y porqué habéis comprendido el proceso total de la misma, la abandonáis - entonces sois capaces de enfrentaros al problema de manera nueva; entonces el problema no es lo que creéis que es.

Así, pues, podríais decir al final de esta pregunta, “¿Qué habré de hacer? Heme aquí confundido, sumido en la desesperación, en el sufrimiento; no me ha dado Ud. un método que pueda seguir para libertarme”. Pero, a no dudarlo, si habéis comprendido lo que he dicho, ahí está la clave: es una llave que abre mucho más de lo que podéis concebir, si sois capaces de usarla. Podéis ver en seguida el papel extraordinariamente importante que desempeñan las palabras en nuestra vida, palabras tales como “Dios”, “nación”, “líder político”, “comunismo”, “catolicismo” - palabras, palabras, palabras... ¡Qué extraordinaria significación tienen ellas en nuestra vida! Y son esas palabras las que impiden que comprendamos los problemas de un modo nuevo. Ser realmente sencillo significa estar libre de la confusión de todas esas impresiones, de todas esas palabras y de su significado; y encarar el problema en forma nueva. Y yo os aseguro que podéis hacerlo; es todo un entretenimiento si lo hacéis, porque es mucho lo que revela. Y yo siento que esta es la única forma de atacar cualquier problema fundamental. Un problema que es muy hondo, tenéis que atacarlo en lo profundo, no en el nivel superficial. Y este problema de la soledad, de la desesperación, con el cual casi todos nosotros estamos un tanto familiarizados en nuestros momentos excepcionales, no es cosa para ser disuelta con sólo correr a refugiaros en alguna clase de distracción o de culto. Ahí estará siempre hasta que seáis capaces de encararlo y vivirlo directamente: sin “verbalización” alguna, sin que haya tamiz aluno entre vosotros y él.

Pregunta: ¿Qué tiene Ud. que decir a una persona que, en momentos de quietud, ve la verdad de lo que Ud. dice, que tiene el anhelo de mantenerse despierta, pero que repetidamente se ve sumida en un mar de impulsos y pequeños deseos?

Krishnamurti: Eso es lo que nos pasa a la mayoría de nosotros, ¿no es cierto? Hay momentos en que estamos despiertos, y otros en que estamos dormidos. En ciertas ocasiones vemos todas las cosas claramente, con significado para nosotros; en otras, todo está confuso, oscuro, nebuloso. A veces alcanzamos extraordinarias alturas de júbilo, sin relación con ninguna clase do acción; otras, luchamos por alcanzarlas. Ahora bien: ¿qué hay que hacer? ¿Debemos mantenernos despiertos a esas cosas que hemos vislumbrado, retenerlas de memoria y asirnos a ellas obstinadamente? ¿O tenemos que habérnoslas con los pequeños deseos, con los impulsos, con las cosas sombrías de nuestra vida, según vayan apareciendo de instante en instante? Yo sé que la mayoría de nosotros prefiere apegarse a ese júbilo; nos esforzamos, nos disciplinamos para resistir, para sobreponernos a las pequeñas cosas de la vida, y tratamos de mantener nuestros ojos fijos en el horizonte. Eso es lo que la mayoría de nosotros desea, ¿no es así? Porque eso es tanto más fácil; al menos así lo creemos. Preferimos volver los ojos hacia una experiencia que ha pasado, que nos ha brindado un gran deleite, una alegría, y quedarnos apegados a ella, como esas personas de edad que añoran su juventud; o como esa otra gente que tiene sus ojos puestos en el futuro, en la próxima vida, en alguna grandeza que va a alcanzar la próxima vez, mañana o dentro de cien años. Esto es, hay quien sacrifica el presente en aras del pasado, embelleciendo el pasado; y los hay que adornan el futuro. Unos y otros son la misma cosa. Se emplean diferentes series de palabras, pero el fenómeno es el mismo.

Ahora bien: ¿qué tiene uno que hacer? En primer término, averigüemos por qué deseamos asirnos a una experiencia placentera o evitar algo que no es agradable. ¿Por qué pasamos por ese proceso del apego, de la adhesión a algo que nos ha proporcionado una gran alegría, física o psicológica? ¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué la experiencia ya pasada tiene una importancia tanto mayor? ¿No será porque sentimos que, sin esa experiencia extraordinaria, el presente nada contiene? El presente es un horrible fastidio, una dura prueba; pensemos, por lo tanto, en el pasado. El presente es tedioso, engorroso, molesto; por consiguiente, al menos en el futuro, seamos un Buda, un Cristo, o Dios sabe que.

Así, pues, el pasado y el futuro se vuelven útiles o placenteros, tan sólo cuando no comprendemos el presente. Y es contra el presente que nos disciplinamos, es al presente que resistimos. Por que si elimináis el pasado, si elimináis todas vuestras experiencias, vuestro saber, vuestras acumulaciones, vuestros adornos. ¿qué sois? Con ese pasado encaráis el presente. Nunca, por lo tanto, os enfrentáis de verdad con el presente: lo único que hacéis es eclipsar el presente con el pasado o con el futuro. Luego nos disciplinamos para entender el presente. Decimos: “No debo pensar en el pasado, no debo pensar en el futuro, me voy a concentrar en el presente”. Viendo lo falaz, lo absurdo, lo infantil que es el creeros entes maravillosos en el futuro o en el pasado, decís: “Ahora debo comprender esto”. ¿Es que podéis comprender algo mediante la disciplina, mediante la compulsión? Podéis, mediante la disciplina, obligar a un niño a estar exteriormente quieto; interiormente, empero, él está agitado, ¿no es así? Del mismo modo, ¿hay acaso comprensión cuando nos forzamos a comprender? Mas si podemos ver que nuestro apego al pasado es realmente inútil, si podemos ver el significado de ese apego o del que sentimos por llegar a ser algo en el futuro - si realmente lo comprendemos - ello da sensibilidad a la mente para enfrentarse con el presente.

Nuestra dificultad no es, pues, la comprensión del presente. Nuestra dificultad está en nuestro apego al pasado o al futuro. Es por ello que debemos investigar el porqué de ese apego. ¿Por qué es el pasado tan importante para las personas de edad, como lo es el futuro para otras personas? ¿Por qué estamos tan apegados a eso? Porque creemos que las experiencias nos han enriquecido; por eso el pasado tiene significación, ¿no es cierto? Cuando éramos jóvenes, percibíamos un resplandor sobre el mar; y en ese vislumbre había una lozanía que hoy se ha desvanecido. Pero uno puede al menos recordar esa visión fugaz, ese extraordinario sentido de excelsitud, esa sensación de ser otro, de juventud. Uno vuelve, pues, hacia atrás, y en eso vive. Es decir, vivimos en una experiencia muerta. Ya pasó, está muerta, se fue; pero uno le imparte vida al pensar en ella, al vivir en ella. Es, empero, una cosa muerta. De modo, pues, que cuando uno hace eso, está también muerto en el presente - como tanta gente lo está - o en el futuro. En otras palabras: tememos no ser nada en el presente, tememos ser sencillos, sensibles a lo actual, y por eso deseamos enriquecernos con las experiencias de ayer. ¿Pero eso es enriquecimiento? ¿Nos enriquecen las experiencias pasadas? Guardáis, indudablemente, recuerdo de ellas. ¿La memoria enriquece? ¿O consiste ella en meras palabras con escaso contenido? Si experimentáis, seguramente podréis ver eso por vosotros mismos. Cuando nos volvemos al pasado para enriquecernos, estamos viviendo de palabras. Nosotros le impartimos vida al pasado. El pasado carece de vida propia; sólo tiene vida en relación con el presente. Y cuando el presente es desagradable, vivificamos el pasado. Pero eso, sin duda, no es enriquecimiento. Cuando os dais cuenta de que sois ricos, ciertamente sois pobres. El daros cuenta de que sois algo, evidentemente, niega aquello que sois. Si os dais cuenta de que seis virtuosos, es obvio que ya no lo sois; si os dais cuenta de que sois felices, ¿dónde está la felicidad? La felicidad sólo aparece cuando nos olvidamos de nosotros mismos, cuando no existe sentido alguno del “yo” como cosa importante. Pero el “yo”, el “ego”, cobra importancia cuando el pasado o el futuro es lo que tiene suprema significación. Así, pues, el mero hecho de disciplinarse con el fin de ser algo, nunca puede traer ese estado en el cual no hay conciencia de uno mismo, del “yo”.

Pregunta: Yo no estoy interesado en nada, pero la mayoría de la gente anda ocupada con muchos intereses. No tengo necesidad de trabajar, y por lo tanto no lo hago. ¿Debo emprender algún trabajo útil?

Krishnamurti: Dedíquese al servicio social, a la acción política, o a la vida religiosa. ¿Es eso, no? Como Ud. no tiene otra cosa que hacer, se hace reformador... (Risas). Señor, si nada tiene Ud. que hacer, si está aburrido, ¿por qué no estarlo? ¿Por qué no ser eso? Si estáis sumidos en la aflicción, estad afligidos. No tratéis de hallarle una salida. Porque el que estéis fastidiados tiene un significado inmenso, si es que podéis comprenderlo, vivirlo. Pero si decís “estoy aburrido, y por lo tanto voy a hacer otra cosa”, lo único que hacéis es tratar de escapar al aburrimiento. Y como casi todas nuestras actividades son escapes, evasiones, hacéis mucho daño en el terreno social y en todos los otros. El daño es mucho mayor cuando escapáis que cuando sois lo que sois y os quedáis con el tedio. La dificultad estriba en quedarse con el tedio y en no huir; y como la mayoría de nuestras actividades son un proceso de evasión, os resulta inmensamente difícil dejar de escapar y hacer frente al tedio. Así, pues, me alegro de que Ud. esté realmente aburrido, y le digo; punto final, quedémonos ahí y examinemos el asunto. ¿Por qué habría Ud. de hacer algo? ¿Cómo sabe Ud. que en ese estado, mientras escapa, no está ocasionando mucho más daño al prójimo? El huir y buscar refugio en algo es una ilusión; y cuando Ud. recubre a una ilusión y propaga esa ilusión, hace mucho más daño que si continúa simplemente aburrido. ¿No es así? Señor: si Ud. está aburrido y sigue estándolo, ¿qué puede hacer? Esta persona dice que tiene suficiente dinero para vivir, de modo que, por el momento, ese no es su problema.

Si estáis aburridos, ¿por qué lo estáis? ¿Qué es eso que llamáis aburrimiento? ¿Por qué es que nada os interesa? Tiene que haber causas y razones por las cuales estáis sin ánimo: los sufrimientos, las escapatorias, las creencias, la actividad incesante, os han embotado la mente y endurecido el corazón. El averiguar cuáles son las causas que os han embotado no equivale a analizar. Este es un problema muy diferente que discutiremos en otra ocasión. Pero si pudierais descubrir por qué estáis aburridos, por qué carecéis de interés, entonces, seguramente, podríais resolver el problema. ¿No es así? Entonces, despierto, funcionará el interés. Pero si no os interesa el porqué de vuestro aburrimiento, no podéis interesaros a la fuerza en una actividad, simplemente para hacer algo, como una ardilla que da vueltas en una jaula. Yo sé que esta es la clase de actividad a que se entrega la mayoría de nosotros. Sin embargo, podemos descubrir en nuestro fuero interior, psicológicamente, por qué nos hallamos en ese estado de total aburrimiento; podemos ver por quien se halla en ese estado, la mayoría de nosotros: nos hemos agotado emocional y mentalmente, hemos probado tantas cosas, tantas sensaciones, tantas diversiones, tantos experimentos, que nos hemos embotado y hastiado. Ingresamos a una agrupación, hacemos todo lo que se nos pide, y luego la abandonamos; entonces pasamos a otra cosa y la probamos. Si fracasamos con un psicólogo, recurrimos a otra persona o a un sacerdote; si allí fracasamos, recurrimos a otro instructor, y así sucesivamente; siempre seguimos en lo mismo. Este constante proceso de esforzarse y aflojar es agotador, ¿verdad? Como todas las sensaciones, no tarda en embotar la mente.

Esto es, pues, lo que hemos hecho: hemos ido de sensación en sensación, de una excitación a otra, hasta llegar a un punto en que estamos realmente agotados. Ahora bien, dándoos cuenta de ello, no prosigáis: tomad un descanso. Aquietaos. Dejad que la mente se fortalezca u sí misma; no la forcéis. Así como la tierra se renueva durante el invierno, así también se renueva la mente cuando se le permite aquietarse. Pero es muy difícil dejar que la mente se aquiete, que permanezca en barbecho después de todo esto, ya que la mente desea en todo momento hacer algo. Y cuando lleguéis al punto en que realmente admitís que sois lo que sois - aburridos, feos, horribles, lo que fuere - entonces hay una posibilidad de habéroslas con todo ello.

¿Qué ocurre cuando aceptáis algo, cuando aceptáis lo que sois? Cuando aceptáis ser lo qué sois, ¿dónde está el problema? El problema existe únicamente cuando no aceptamos una cosa tal cual es, y deseamos transformarla, lo cual no significa que yo abogue por la resignación; al contrario. Por eso, si aceptamos lo que somos, entonces vemos que la cosa que nos aterraba, la cosa que llamábamos aburrimiento, desesperación, miedo, ha sufrido un cambio completo. Hay una transformación completa de la cosa que nos infundía temor.

Por eso es importante, como ya lo dije, que se comprenda el proceso, las modalidades de nuestro propio pensar. El conocimiento propio no puede adquirirse por ningún libro, ni de ninguna confesión, psicología o psicoanalista. Tiene que ser descubierto por vosotros mismos, porque es vuestra vida; y sin ampliar y ahondar ese conocimiento del “yo”, hagáis lo que hagáis, así alteréis cualquiera de las circunstancias e influencias internas o externas - ello será siempre una fuente de desesperación, de pena y de dolor. Para ir más allá de las actividades en que la mente se encierra a sí misma, tenéis que comprenderlas; y el comprenderlas significa darse cuenta de la acción en la vida de relación: relación con las cosas, con las personas y con las ideas. En esa vida de relación, que es el espejo, empezamos a vernos a nosotros mismos sin condenación ni justificación; y partiendo de ese conocimiento más amplio y profundo de las modalidades de nuestra mente, es posible proseguir adelante. Entonces es posible que la mente esté quieta y reciba aquello que es lo real.

El Conocimiento de Uno Mismo

4ª Conferencia - 24 de julio de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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