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El Conocimiento de Uno Mismo

5ª Conferencia - 30 de julio de 1949

Durante las últimas pláticas o discusiones hemos considerado el problema del conocimiento propio. Porque, como hemos dicho, si uno no se da cuenta del propio proceso de pensar y sentir, es obvio que no resulta posible actuar ni pensar rectamente. Así, pues, el propósito esencial de estas asambleas, discusiones o reuniones, consiste realmente en ver si uno puede, por sí mismo, experimentar de un modo directo el proceso del propio pensar y darse cuenta de él integralmente. La mayoría de nosotros nos damos cuenta del mismo superficialmente, en el nivel superior o superficial de la mente, pero no como un proceso total. Es este proceso total el que da libertad, el que da comprensión, el que da entendimiento; no el proceso parcial. Puede que algunos de nosotros nos conozcamos parcialmente, o al menos creemos que nos conocemos un poco; pero ese poco no es suficiente, porque el conocerse a la ligera obra más bien como estorbo que como ayuda. Y sólo conociéndose uno mismo como proceso total (lo fisiológico y lo psicológico: las capas ocultas, inconscientes, las más profundas tanto como las superficiales); sólo cuando conocemos el proceso total, podemos habérnoslas con los problemas que inevitablemente surgen.

Esta habilidad para enfrentarse con el proceso total es lo que me gustaría dilucidar en la tarde de hoy; y también si es cuestión de cultivar una capacidad determinada, lo cual implica cierta clase de especialización. ¿El entendimiento, la felicidad, o la realización de algo que esté más allá de las meras sensaciones físicas, nos vienen por conducto de alguna especialización? Porque la capacidad implica especialización. En un mundo de especialización siempre creciente, dependemos de los especialistas. Si alguna cosa marcha mal en un automóvil, recurrimos al mecánico; si algo anda mal físicamente, consultamos a un médico. Si existe un desajuste psicológico, (y si tenemos el dinero y los medios), corremos en busca de un psicólogo o de un sacerdote, y así sucesivamente. Es decir, esperamos la ayuda del especialista en nuestros fracasos y miserias.

Ahora bien: ¿La comprensión de nosotros mismos exige especialización? El especialista sólo conoce su especialidad en el nivel que sea. ¿Y exige especialización el conocimiento de nosotros mismos? Yo no lo creo así; por lo contrario. La especialización implica - ¿no es así? - una reducción del proceso integro y total de nuestro ser a un punto determinado, y el ceñirse a ese punto. Dado que tenemos que comprendernos a nosotros mismos como proceso total, no podemos especializarnos. Porque, evidentemente, la especialización implica exclusión; en tanto que el conocernos a nosotros mismos no exige exclusión de ninguna índole. Por el contrario, exige una percepción completa de nosotros mismos como proceso integral; y para eso la especialización es un obstáculo.

Después de todo, ¿qué es lo que tenemos que hacer? Conocernos a nosotros mismos, lo que sin duda significa conocer nuestra relación con el mundo, no sólo con el mundo de las ideas y de las personas, sino también con la naturaleza, con las cosas que poseemos. Eso es nuestra vida; la vida es la relación con el todo. ¿Y exige especialización el comprender esa relación? Evidentemente no. Lo que se requiere es alerta percepción, para hacer frente a la vida en su conjunto. ¿Cómo puede uno percibir de ese modo? Ese es nuestro problema. ¿Cómo va uno a tener esa alerta percepción - si es que puedo usar ese término sin que él signifique especialización? ¿Cómo va uno a ser capaz de enfrentarse a la vida como un todo? Ello implica no sólo relaciones personales con el prójimo sino también con la naturaleza, con las cosas que poseéis, con las ideas, y con las cosas que la mente elabora, tales como ilusiones, deseos, etc. ¿Cómo puede uno darse cuenta de todo ese proceso de relaciones ¿Eso sin duda, es nuestra vida, ¿no es así? No hay vida sin relación; y comprender esa relación no significa aislamiento, como lo he explicado con insistencia, constantemente. Ello requiere, por el contrario, un pleno reconocimiento o percepción de la interrelación como proceso total.

Ahora bien: ¿cómo va uno a tener esa alerta percepción? ¿Cómo nos damos cuenta de alguna cosa? ¿Cómo os dais cuenta de vuestra relación con una persona? ¿Cómo percibís estos árboles, el mugido de aquella vaca? ¿Cómo os dais cuenta de vuestras reacciones cuando leéis un periódico, si es que leéis alguno? ¿Y acaso nos damos cuenta de las respuestas superficiales de la mente, así como de las respuestas íntimas? ¿Cómo nos damos cuenta de cualquier cosa? Primero, sin duda, nos damos cuenta de una respuesta a un estímulo, lo cual es un hecho evidente ¿no es así? Yo veo los árboles y hay una respuesta; luego viene la sensación, el contacto, la identificación y el deseo. Ese es el proceso corriente, ¿verdad? Podemos observar lo que de hecho ocurre, sin estudiar libro alguno.

De suerte que, por la identificación, sentís placer y dolor. Y nuestra “capacidad” es ese interés por el placer y por evitar el dolor, ¿no es así? Si algo os interesa, si os brinda placer, inmediatamente surge la “capacidad”; hay inmediata percepción de ese hecho; y si él es doloroso, desarróllase la “capacidad” para evitarlo. De modo que, mientras dependamos de la “capacidad” para comprendernos a nosotros mismos, creo que fracasaremos, porque la comprensión de nosotros mismos no depende de la capacidad. No es una técnica que, a fuerza de pulirla constantemente, desarrolláis, cultiváis y acrecentáis a través del tiempo. Esta alerta percepción de uno mismo puede ponerse a prueba, seguramente, en la convivencia. Puede ponerse a prueba en nuestra manera de hablar, en nuestro modo de conducirnos. Observáos a vosotros mismos luego de terminar esta reunión; observaos cuando estéis en la mesa. Observad simplemente, sin condenar, sin ninguna identificación, sin comparación alguna. Observad simplemente, y veréis que ocurre una cosa extraordinaria. No sólo ponéis término a una actividad que es inconsciente - porque la mayoría de nuestras actividades son inconscientes - no solamente ponéis término a eso, sino que, además, percibís los motivos de lo que habéis hecho, sin inquirir, sin ahondar en ello.

Ahora bien, cuando estáis alertas veis el proceso total de vuestro pensar y de vuestra acción; pero esto puede ocurrir tan sólo cuando no hay condenación alguna. Es decir, cuando yo condeno algo, no lo comprendo; y éste es un modo de evitar toda comprensión. Creo que la mayoría de nosotros lo hace adrede; condenamos inmediatamente y creemos haber comprendido. Si en vez de condenar algo lo consideramos, nos damos cuenta de lo que es, entonces el contenido de esa acción, su significado, empieza a revelarse. Experimentad con esto y lo veréis por vosotros mismos. Daos cuenta simplemente, sin sentido alguno de justificación; lo cual podría aparecer más bien negativo, pero no lo es. Por el contrario, tiene la cualidad de la pasividad, que es acción directa. Esto lo descubriréis si lo ponéis a prueba.

Después de todo, si queréis comprender algo debéis estar en estado de ánimo pasivo, ¿no es así? No podéis continuar pensando en ello, especulando al respecto, poniéndolo en tela de juicio. Tenéis que ser lo bastante sensibles para captar su contenido. Es como si fuerais una placa fotográfica sensible. Si yo deseo comprenderos, tengo que ser pasivamente perceptivo; entonces empezáis a contarme vuestra historia. Eso, por cierto, no es cuestión de capacidad ni de especialización. En ese proceso empezamos a comprendernos a nosotros mismos; no sólo las capas superficiales de nuestra conciencia, sino las más profundas, lo cual es mucho más importante; porque es allí donde están nuestros móviles o intenciones, nuestros ocultos y confusos deseos, ansiedades, temores, apetitos. Puede que exteriormente tengamos dominio sobre todo eso, pero en nuestro interior todo eso está en ebullición. Mientras no lo hayamos comprendido por completo, mediante una alerta percepción, es evidente que no puede haber libertad, no puede haber felicidad, ni hay inteligencia.

¿Es, pues, la inteligencia cuestión de especialización? Entendemos por inteligencia la percepción total de nuestro proceso. ¿Y ha de cultivarse esa inteligencia mediante alguna forma de especialización? Porque eso es lo que ocurre, ¿verdad? Me escucháis y pensáis probablemente que soy un especialista; espero que no sea así. El sacerdote, el médico, el ingeniero, el industrial, el hombre de negocios, el profesor: nosotros tenemos la mentalidad de todas esas especialidades. Y creemos que para realizar la más alta forma de inteligencia ‑ que es la verdad, que es Dios, que no puede ser descrita ‑ tenemos que hacernos especialistas. Estudiamos, buscamos a tientas, investigamos, y, con mentalidad de especialista, o ateniéndonos al especialista, nos estudiamos a nosotros mismos para desarrollar una capacidad que ayude a aclarar nuestros conflictos, nuestras miserias.

De suerte que nuestro problema ‑ si es que de alguna manera nos damos cuenta de ello ‑ consiste en saber si los conflictos, las miserias y las penas de nuestra existencia diaria pueden ser resueltos por otra persona; y si no pueden serlo, ¿cómo nos será posible atacarlos? Es obvio que, para comprender un problema, se requiere cierta inteligencia; y esa inteligencia no puede derivarse de la especialización ni cultivarse mediante la especialización. Ella surge tan sólo cuando nos damos cuenta pasivamente del proceso total de nuestra conciencia, lo cual consiste en darnos cuenta de nosotros mismos sin opción, sin escoger entre lo bueno y lo malo. Cuando estéis pasivamente alertas, en efecto, veréis que como consecuencia de esa pasividad ‑ que no es pereza, que no es somnolencia sino extrema vigilancia ‑ el problema tiene un sentido completamente distinto; y ello significa que no hay ya identificación con el problema, y, por lo tanto no hay juicio alguno; y así el problema empieza a revelar su contenido. Si podéis hacer eso constantemente, en forma continua, todo problema puede ser resuelto de manera fundamental, no superficialmente. Y esa es la dificultad, porque la mayoría de nosotros somos incapaces de estar pasivamente alertas, dejando que el problema revele su significación sin que lo interpretemos. No sabemos cómo considerar un problema desapasionadamente, si es que os agrada emplear esa palabra. Por desgracia, no somos capaces de hacer eso, porque queremos que el problema nos brinde un resultado, deseamos una respuesta, buscamos un fin; o tratamos de interpretar el problema de acuerdo con nuestro placer o dolor; o ya tenemos la respuesta de cómo habérnoslas con el problema. Por lo tanto abordamos un problema, que siempre es nuevo, con una vieja pauta. El reto es siempre lo nuevo, pero nuestra respuesta es siempre lo viejo; y nuestra dificultad consiste en enfrentarnos al reto adecuadamente, esto es, plenamente. El es siempre un problema de interrelación; no existe otro problema. Y para hacer frente a este problema de interrelación, con sus exigencias siempre variables, para encararlo como es debido, adecuadamente, uno tiene que percibir de un modo pasivo; y esa pasividad no es cuestión de voluntad, de determinación, de disciplina. El darnos cuenta de que no estamos pasivos, es el comienzo. En la percepción de que deseamos una respuesta determinada a un problema dado, está, sin duda, el comienzo; es decir, en conocernos a nosotros mismos en relación con el problema, viendo cómo lo encaramos. Entonces, según vamos conociéndonos a nosotros mismos en relación con el problema ‑ cómo respondemos, cuáles son nuestros diversos prejuicios y exigencias, qué perseguimos, al hacer frente al problema ‑ esta alerta percepción revelará el proceso de nuestro propio pensar, de nuestra propia naturaleza interior; y en ello hay liberación.

La vida es, pues, cuestión de interrelación; y para comprender esa interrelación, que no es estática, tiene que existir una percepción que sea flexible, un estado de conciencia alerta y pasiva, no agresivamente activa. Y, como ya lo he dicho, esa percepción pasiva no adviene por medio de disciplina o práctica alguna. Consiste simplemente en darse cuenta, de instante en instante, de nuestro pensar y sentir, y no sólo cuando estamos despiertos; porque veremos, a medida que penetremos en ello más a fondo, que empezamos a soñar, que empezamos a proyectar a lo consciente toda clase de símbolos, que interpretamos como sueños. Abrimos, pues, la puerta hacia lo inconsciente, que entonces se convierte en lo conocido; mas para encontrar lo desconocido, tenemos que continuar más allá de la puerta. Esa, por cierto, es nuestra dificultad. La realidad no es algo que pueda ser conocido por la mente, porque la mente es el resultado de lo conocido, del pasado. La mente, por lo tanto, tiene que comprenderse a sí misma y su funcionamiento, tiene que comprender su verdad; y sólo entonces es posible que lo desconocido sea.

Pregunta: Todas las religiones han insistido en alguna clase de autodisciplina para moderar los instintos del bruto en el hombre. Los santos y los místicos han afirmado haber alcanzado la Divinidad por medio de la autodisciplina. Ahora bien, Ud. parece dar a entender que tales disciplinas son un obstáculo para la realización de Dios. Estoy perplejo. ¿Quién está en lo cierto en este asunto?

Krishnamurti: En este asunto, ciertamente no se trata de saber quién está en lo cierto. Lo importante es descubrir por nosotros mismos la verdad al respecto, no de acuerdo a lo que diga tal o cual santo, o una persona procedente de la India o de otro lugar, cuanto más exótico mejor. Examinemos juntos la cuestión.

Vosotros estáis atrapados entre estas dos cosas: alguien dice “disciplina”, otro dice “no disciplina”. Ocurre en general que elegís lo más cómodo, lo más satisfactorio: os gusta la persona, su aspecto, su personal idiosincrasia, favoritismo y todo lo demás. Descartando, pues, todo eso, examinemos esta cuestión directamente y descubramos la verdad a su respecto por nosotros cinismos. Porque esta cuestión implica muchas cosas, y tenemos que abordarla con mucha cautela y a modo de ensayo.

Casi todos deseamos que alguien con autoridad nos diga lo que debemos hacer. Buscamos directivas para nuestra conducta porque nuestro instinto es estar a salvo, no sufrir más. Se dice que alguien ha realizado la felicidad, la suprema dicha, o lo que sea, y esperamos que él nos diga qué hay que hacer para llegar a ese estado. Eso es lo que queremos: deseamos esa misma felicidad, esa misma quietud interior, ese júbilo; y en ese insano mundo de confusión queremos que alguien nos diga lo que debemos hacer. Ese es, en realidad, el instinto fundamental de casi todos nosotros; y, conforme a ese instinto, establecemos nuestra norma de acción. ¿Se alcanza a Dios, ese algo supremo, innominable y que no puede medirse con palabras - se alcanza eso por medio de la disciplina, siguiendo determinada norma de acción? Por favor, estamos dilucidando esto juntos: no os preocupéis de la lluvia por ahora. Si os interesa el tema, ahondémoslo. Deseamos llegar a una meta determinada, a un fin establecido, y creemos que con la practica, mediante la disciplina, reprimiendo o dando rienda suelta, sublimando o substituyendo, seremos capaces de encontrar lo que buscamos.

¿Qué hay implícito en la disciplina? ¿Por qué nos disciplinamos, si es que lo hacemos? Dudo que lo hagamos, ¿pero por qué lo hacemos? No, seriamente, ¿por qué lo hacemos? ¿Pueden ir juntas la disciplina y la inteligencia? Investiguemos esto plenamente, y veamos hasta qué punto ‑ si la lluvia nos lo permite ‑ podemos ahondar el tema. Porque casi todos sienten que debemos, mediante alguna clase de disciplina, subyugar o dominar al bruto, a eso repugnante que hay en nosotros. ¿Y ese bruto, esa faz repugnante, puede dominarse mediante la disciplina? ¿Qué entendemos por disciplina? Una línea de acción que promete una recompensa; una línea de acción que, si la seguimos, nos dará lo que deseamos, ya sea positivo o negativo. Una norma de conducta que, si se la pone en práctica de un modo diligente, asiduo y lleno de ardor, me dará al final lo que yo deseo. Puede que sea doloroso, pero estoy dispuesto a pasar por ello para conseguir lo que quiero. Es decir, al “yo”, que es - agresivo, egoísta, hipócrita, impaciente, miedoso, todo lo que sabéis; a ese “yo” que es la causa del bruto en nosotros, lo queremos transformar, subyugar, destruir. ¿Y esto, cómo se va a hacer? ¿Ha de hacerse por medio de la disciplina, o de una comprensión inteligente del pasado del “yo”, de lo que es el “yo”, de cómo surge a la existencia, etc.? Es decir, ¿destruiremos al bruto en el hombre por medio de la coacción o por medio de la inteligencia? ¿Y es la inteligencia cuestión de disciplina? Olvidemos por ahora lo que han dicho los santos y todo el resto de la gente; yo no sé si lo han dicho, pues no soy especialista en santos. Pero ahondemos el asunto por nosotros mismos, como si por primera vez considerásemos este problema; y entonces, al final quizá podamos obtener algo creador, no meras citas de lo que otras personas han dicho, todo lo cual es tan vano e inútil.

Primero decimos que en nosotros hay conflicto: lo negro contra lo blanco, la codicia contra la “no codicia”, y todo lo demás. Yo soy codicioso, lo cual trae dolor: y para librarme en esa codicia, debo disciplinarme. Eso es, debo resistir cualquier forma de conflicto que me cause dolor, conflicto que en este caso llamo codicia. Luego digo que él es antisocial, inmoral, que no es santo, etc. - las diversas razones de índole social y religiosa que damos para resistirle. ¿Nuestra codicia se destruye o se elimina por la coacción? Examinemos, en primer lugar, el proceso que implica la represión, la compulsión, el eliminar la codicia, el resistirle. ¿Qué ocurre cuando hacéis eso, cuando ofrecéis resistencia a la codicia? ¿Qué es oso que resiste a la codicia? Esa es la primera cuestión, ¿no es así? ¿Por qué ofrecéis resistencia a la codicia, y cuál es el ente que dice “yo debo estar libre de codicia”? El ente que dice “yo debo estar libre”, es también codicia, ¿no es así? Porque hasta aquí la codicia le ha traído ventaja, pero ahora ella resulta penosa, y por lo tanto dice: “debo librarme de la codicia”. El motivo para librarse de ella continúa siendo un proceso de codicia, porque él quiere ser algo que no es. La “no codicia” es ahora provechosa, y por ello busco la “no codicia”; pero el móvil, la intención, sigue siendo el ser algo, el ser “no codicioso”, lo cual continúa siendo codicia, indudablemente. Y ello es asimismo una forma negativa de la acentuación del “yo”.

Encontramos, pues, que por diversas razones que son obvias, el ser codicioso causa dolor. Mientras disfrutamos de ello, mientras vale la pena ser codicioso, no hay problema. La sociedad nos estimula de diferentes maneras a ser codiciosos; también nos estimulan de diverso modo las religiones. Mientras resulta provechoso, mientras no causa dolor, proseguimos con ello. Pero no bien se vuelve penoso, deseamos resistirla. Esa resistencia es lo que llamamos “disciplina contra la codicia”. ¿Pero acaso nos libramos de la codicia por la resistencia, por la sublimación, por la represión? Cualquier acto por parte del “yo” con el deseo de librarse de la codicia, sigue siendo codicia. Es obvio, por lo tanto, que ninguna reacción de mi parte respecto a la codicia es la solución.

Antes que nada se necesita una mente serena, una mente no perturbada, para comprender cualquier cosa, especialmente algo que uno no conoce, algo en lo que la mente no puede penetrar: eso que el interlocutor dice que es Dios. Para comprender cualquier cosa, cualquier problema intrincado ‑ de la vida o de la interrelación, cualquier problema, en realidad ‑ la mente necesita cierta serena profundidad. ¿Y a esa serena profundidad se llega por alguna forma de coacción? La mente superficial puede forzarse, hacerse serena; pero, sin duda, esa serenidad es la quietud de la decadencia, de la muerte. No es capaz de adaptabilidad, de flexibilidad, de sensibilidad. La resistencia, pues, no es el camino.

Ahora bien, para ver eso se requiere inteligencia, ¿no es así? Comprender que la mente se embota con la coacción, es ya el principio de la inteligencia ¿verdad? Lo es el ver que la disciplina es mera conformidad a una norma de acción, por obra del temor. Porque eso es lo que está implícito en el hecho de disciplinarnos a nosotros mismos: tememos no conseguir lo que deseamos. ¿Y qué ocurre cuando disciplináis la mente, cuando disciplináis vuestro ser? No hay duda ‑ ¿verdad? - de que él se torna muy duro, inflexible, falto de agilidad, inadaptable. ¿No conocéis personas que se han disciplinado, si es que tales personas existen? El resultado, evidentemente, es un proceso de decadencia. Hay un conflicto interior que uno echa a un lado, que uno oculta: pero siempre está ahí, candente.

Vemos pues que la disciplina, que es resistencia, crea un hábito, y el hábito evidentemente, no puede ser productor de inteligencia: el hábito jamás lo es, la práctica jamás lo es. Podéis ser muy hábiles con los dedos practicando en el piano todo el día, haciendo algo con las manos; pero se requiere inteligencia para dirigir las manos, y ahora estamos investigando esa inteligencia.

Si veis a alguien que consideráis feliz o que creéis ha realizado, y él hace ciertas cosas, vosotros, deseando esa felicidad, lo imitáis. Esa imitación se llama disciplina, ¿no es así? Imitamos a fin de recibir lo que otro tiene; copiamos a fin de ser felices, como nos figuramos que él es. ¿La felicidad se encuentra por medio de la disciplina? Y poniendo en práctica cierta regla practicando cierta disciplina, una norma de conducta, ¿sois libres alguna vez? Para descubrir, tiene sin duda que haber libertad, ¿no es así? Si habéis de descubrir algo, debéis ser interiormente libres, lo cual es obvio. ¿Acaso sois libres dirigiendo vuestra mente de un modo determinado, cosa que llamáis disciplina? No lo sois, evidentemente. Sois una simple máquina de repetir; resistís de acuerdo a cierta conclusión, a cierto modo de conducta. La libertad, pues, no puede llegar por medio de la disciplina. La libertad sólo puede surgir con la inteligencia; y esa inteligencia se despierta o tenéis esa inteligencia, tan pronto veis que cualquier forma de coacción niega la libertad, interior o externa.

De modo que el primer requisito - no se trata de disciplina - es evidentemente la libertad; y sólo la virtud brinda esa libertad. La codicia es confusión; la ira es confusión; la amargura es confusión. Cuando eso lo veis, es obvio que ya estáis libres de tales, cosas. No es que vayáis a resistirles; veis que solo siendo libres podéis descubrir, que ninguna forma de coacción es libertad, y que así no hay descubrimientos. Lo que la virtud hace, por cierto, es daros libertad. La persona que no es virtuosa está confundida; ¿y cómo podéis descubrir cosa alguna en medio de la confusión? ¿Cómo lo podréis? La virtud no es, pues, el producto final de una disciplina; la virtud, es libertad, y la libertad no puede surgir mediante acción alguna que no sea virtuosa, que no sea verdadera en sí misma. Nuestra dificultad consiste en que la mayoría de nosotros hemos leído tanto, hemos seguido superficialmente tantas disciplinas: levantarnos todas las mañanas a cierta hora, sentarnos en cierta postura, tratando de sujetar la mente de cierta manera. Ya lo sabéis: práctica, práctica, disciplina. Porque se os ha dicho que si hacéis esas cosas llegaréis a la meta; si hacéis esas cosas durante un cierto número de anos, al final tendréis a Dios. Puede que yo lo exprese con crudeza, pero esa es la base de nuestro pensar. Pero Dios, a buen seguro, no llega con tanta facilidad. Dios no es artículo negociable: yo hago esto y tú me das aquello.

La mayoría de nosotros está tan condicionado por influencias externas, por doctrinas religiosas por creencias y por nuestra propia exigencia íntima de llegar a algo, de ganar algo, que es muy difícil para nosotros pensar de un modo nuevo sobre este problema, sin hacerlo en términos de disciplina. Así, pues, primero debemos ver muy claramente lo que implica la disciplina, cómo reduce la mente, cómo la limita, cómo la obliga a una acción determinada por obra de nuestro deseo, de las influencias y de todo lo demás. Y no es posible que una mente condicionada sea libre, por “virtuoso” que sea ese “condicionamiento”: y ella, por lo tanto, no puede comprender la realidad. Y Dios, la realidad, o como os plazca llamarla - el nombre no importa - sólo puede manifestarse cuando hay libertad, y no hay libertad donde hay coacción, positiva o negativa, por causa del temor. No hay libertad si buscáis un fin, porque ese fin os ata. Puede que estéis libres del pasado, pero el futuro os retiene; y eso no es libertad. Y sólo en la libertad puede uno descubrir algo: una nueva idea, un sentimiento nuevo, una nueva percepción. Y toda formable disciplina basada en la coacción, niega esa libertad, ya sea política o religiosa. Y puesto que la disciplina - que es adaptación a una acción con un fin en vista - ata la mente, ésta nunca puede ser libre. Sólo puede funcionar dentro de esa ranura, a semejanza de un disco de fonógrafo.

De suerte que por la práctica, por el hábito, por el cultivo de un dechado, la mente sólo logra lo que tiene en vista. No es libre, por lo tanto; no puede realizar aquello que es inconmensurable. El darse cuenta de ese proceso total, de por qué os disciplináis constantemente de acuerdo con la opinión pública con ciertos santos (es cosa bien sabida eso de adaptarse a la opinión, ya sea la de un santo o la del vecino, que lo mismo da); el darse cuenta de toda esa conformidad por medio de la práctica, de los modos sutiles de someteros, de negar, de afirmar, de reprimir, de sublimar, todo lo cual implica adaptación a un modelo: el darse cuenta de todo eso es ya el principio de la libertad, de la cual surge la virtud. La virtud, por cierto, no es el cultivo de una idea en particular. La “no codicia”, por ejemplo, si se la persigue como un fin, ya no es virtud, ¿verdad? En otras palabras: ¿sois virtuosos si tenéis conciencia de no ser codiciosos? Y, sin embargo, eso es lo que hacemos por medio de la disciplina.

De modo que la disciplina, la conformidad, la práctica no hacen más que acentuar la autoconciencia de ser algo. La mente practica la “no codicia”, y, por tanto, no está libre de su propia conciencia de ser “no codiciosa”; ella no es pues, en realidad, “no codiciosa”. Lo que ha hecho es ponerse un nuevo manto, que denomina “no codicia”. Podemos ver el proceso total de todo esto: la “motivación”, el deseo de un resultado, la adaptación a un modelo, el deseo de seguridad siguiendo una norma; todo eso no es más que el movimiento de lo conocido a lo conocido, siempre dentro de los limites del proceso por el que la mente se aprisiona a sí misma. El ver todo eso, el percibirlo, es el principio de la inteligencia; y la inteligencia no es en si virtuosa ni “no virtuosa”; no se la puede acomodar dentro de un molde en calidad de virtud o de “no virtud”. La inteligencia trae libertad, que no es libertinaje ni desorden. Sin esa inteligencia no puede haber virtud; y la virtud da libertad, y en la libertad surge la realidad. Si veis todo el proceso integralmente, en su totalidad, descubriréis que no hay conflicto. Es por que estamos en conflicto, y porque deseamos escapar a ese conflicto, por lo que recurrimos a diversas formas de disciplinas, abnegaciones y ajustes. Más cuando vemos lo que es el proceso del conflicto, ya no hay problema de disciplina porque entonces comprendemos de instante en instante las modalidades del conflicto. Eso requiere estar muy alerta, vigilándose sin cesar; y lo curioso de ello es que, aunque no os vigiléis de continuo, interiormente continúa un proceso de registro, una vez que la intención existe. La sensibilidad - la sensibilidad interior - registra toda impresión a cada instante, de modo que lo interno proyectará esas impresiones en el momento en que estemos serenos.

Nuevamente: no se trata de disciplina. La sensibilidad jamás puede manifestarse por la fuerza. Podéis obligar a un niño a hacer algo, sentarlo en un rincón, y puede que él esté quieto; pero en su fuero íntimo estará furioso, mirando por la ventana, haciendo algo para escaparse. Eso es lo que seguimos haciendo. De suerte que el problema de la disciplina, y el de decidir quién está en lo cierto y quién está equivocado, sólo uno mismo puede resolverlo. Porque en esto se halla involucrado mucho más de lo que acabo de decir.

Observad que tememos equivocarnos porque deseamos tener éxito. El temor está en lo profundo del deseo de ser disciplinado; pero lo desconocido no puede apresarse en la red de la disciplina. Todo lo contrario. Lo desconocido requiere libertad, no el molde de vuestra mente. Por eso es que la tranquilidad de la mente es esencial. Cuando la mente es consciente de que está tranquila, deja de estarlo; cuando es consciente de ser “no codiciosa “de que está libre de codicia, se reconoce a sí misma en su nuevo atavío de “no codicia”; pero eso no es quietud. Por tal motivo debe uno también comprender el problema que implica este asunto de la persona que controla y aquello que es controlado. No son, por cierto, fenómenos separados, sino un fenómeno conjunto: el controlador y lo controlado son uno solo. Es un engaño creer que son dos procesos diferentes. Pero esto lo discutiremos en otra oportunidad.

Pregunta: ¿Cómo podemos domar el tigre que hay en nosotros y en nuestros hijos, si no tenemos la pauta de una causa y de un claro propósito, mantenida por una práctica vigorosa?

Krishnamurti: Esto significa que conocéis vuestro propósito, y también que conocéis la causa. ¿No es así? ¿Conocéis el propósito? ¿Conocéis acaso el propósito de la vida, el objetivo de la vida, y el modo de lograrlo? ¿Es por eso que habéis de seguir una vigorosa línea de acción apoyada en la disciplina en la práctica, para alcanzar lo que queréis? ¿No resulta muy difícil descubrir lo que deseáis, el propósito que tenéis en vista? Los partidos políticos pueden tener un propósito, pero, aún así, ellos encuentran sumamente difícil mantenerlo. ¿Podéis en verdad decir “yo conozco el propósito”? ¿Y existe algo que pueda llamarse propósito? Observad que esto hay que pensarlo detenidamente; y no es que yo arroje duda sobre vuestros propósitos. Es preciso que lo comprendamos. Hay un período de nuestra vida en que tenemos un propósito: ser conductor de locomotora o de tranvía, bombero, esto o aquello; luego llegamos a tener un objetivo diferente. Cuando entramos en años, así mismo, perseguimos un propósito distinto. El propósito varía continuamente - ¿no es así? - según sean nuestros dolores y placeres. Podréis tener por propósito el de ser muy ricos, muy poderosos, pero eso, sin duda, no es por el momento lo que aquí estamos dilucidando. El hombre ambicioso puede tener un propósito, pero él es antisocial; nunca podrá encontrar la realidad. Hombre ambicioso es simplemente el que se proyecta a sí mismo en el futuro y desea ser algo, espiritual o secularmente. Es obvio que tal hombre no es capaz de descubrir la realidad, porque a su mente solo le interesa el triunfo, el logro, el convertirse en algo. El se interesa en sí mismo en relación con lo que desea. Pero la mayoría de nosotros, aunque seamos algo ambiciosos - deseamos un poco más de dinero, un poco más de amistad, de amor, de belleza, un poco más de esto y de aquello, muchas cosas, en suma - ¿sabemos acaso lo que deseamos al final de cuentas, no por efecto de pasajeros caprichos? La mayoría de la gente religiosa dice que sí, que lo sabe: ellos desean la realidad, desean a Dios, desean lo supremo. Mas para desear lo supremo, necesitéis saber qué es; puede que sea completamente distinto de lo que imagináis, y, probablemente, lo es. No podréis, por lo tanto, desear eso. Si lo deseáis, ello es otra forma de ambición, otra forma de seguridad. No es por consiguiente la realidad lo que deseáis. Así, pues, cuando preguntáis: “¿Cómo podemos domar el tigre que hay en nosotros y en nuestros hijos, si no tenemos la pauta de una causa y de un claro propósito, mantenida por la práctica?”, queréis preguntar ‑ ¿no es así? ‑ cómo podemos mantener la convivencia con el prójimo y no ser antisociales, egoístas, no estar atados por nuestros prejuicios, etc. Para domar el tigre, necesitamos primero saber de qué clase de animal se trata, no simplemente darle un nombre y tratar de domarlo. Tenéis que saber de qué está hecho. De suerte que, si le llamáis tigre, eso basta para que sea tigre, ya que tenéis la imagen, la idea, de lo que es el tigre, de lo que es la codicia: pero si no le dais nombre, sino que lo observáis, entonces a no dudarlo, tiene él una significación por completo diferente. No sé si estéis siguiendo todo esto. Discutiremos el mismo problema en varias oportunidades, porque el problema es uno solo, planteado de diferentes maneras.

Así, pues, sin llamarle “tigre”, sin decir “tengo un propósito y para realizarlo ha de haber disciplina”, investiguemos el proceso en su totalidad. No lo abordéis con una conclusión; porque, como ya he dicho, el problema siempre es nuevo, y se requiere una mente nueva para observarlo, una mente que no verbalice, lo cual es sumamente difícil. Porque sólo podemos pensar en términos verbales: nuestro pensamiento es palabra. Tratad de pensar sin palabras, y veréis cuán difícil es.

Así, pues, el punto que disentimos es como domar el tigre en nosotros y en nuestros hijos ‑ si somos padres ‑ sin disciplina. Para domar algo, necesitáis comprenderlo, conocerlo. Basta que no conozcáis una cosa para que ella os asuste. Decís “Siento que en mí existe un conflicto, un deseo opuesto que llamo tigre; ¿y a eso cómo se lo doma, cómo se lo calma?”. Solamente comprendiéndolo; y sólo puedo comprenderlo cuando lo observo. No puedo observarlo si lo condeno, o si le doy un nombre, o si lo justifico, o si me identifico con ello. Sólo puedo comprenderlo cuando pasivamente lo percibo como es; y no hay percepción pasiva mientras lo condene. De modo que el problema está en comprenderlo, no en darle un nombre. Tengo que comprender por que condeno. Por que es mucho más fácil ‑ ¿verdad? ‑ empezar por condenar algo. Es uno de los medios para librarse de ello, para alejarlo; se le llama alemán, japonés, hindú, cristiano, comunista, o Dios sabe qué otra cosa, y se le rechaza. Y nos figuramos que al darle nombre lo hemos comprendido. De modo que el nombre, el nombrar, impide la comprensión. Eso es un hecho.

Asimismo, el juzgar impide la comprensión, porque miramos una cosa teniendo ya una preferencia, un prejuicio, un deseo, una exigencia. Observamos una cosa porque de ella deseamos un resultado. Tenemos un propósito: deseamos domarla, dominarla, para que sea una cosa distinta. Tan pronto veis eso, por cierto, vuestra mente está pasivamente quieta, observando la cosa. Al “tigre” de antes ya no le llama tigre. La cosa carece de nombre, y, por lo tanto, vuestra relación con ella es directa, no a través de las palabras. Es porque no tenemos relación directa con ella, que el temor existe. No bien os relacionáis con alguna cosa, no bien experimentáis algo de un modo directo, inmediato y pleno, ya no hay temor, ¿no es así? De modo que habéis eliminado la causa del temor, y, por consiguiente, sois capaces de comprenderla, lo cual os permite disolverla. Aquello que habéis comprendido, está resuelto; lo que no ha sido comprendido continúa siendo un problema. Esto es un hecho. Y nuestra dificultad está en ver siempre lo que es, sin interpretación alguna; porque la función de la mente es comunicar, almacenar, traducir, conforme a sus fantasías y deseos, no comprender. Para comprender, ninguna de esas cosas debe ocurrir. Para comprender tiene que haber quietud; y una mente que esté ocupada juzgando, condenando, traduciendo, no es una mente quieta.

Pregunta: Yo no puedo dominar mis pensamientos. ¿Debo dominarlos? ¿No significa esto selección? ¿Y cómo puedo yo confiar en mi juicio, a menos que tenga una norma basada en las enseñanzas de los Grandes Seres?

Krishnamurti: Bueno, para comprender cómo dominar vuestros pensamientos, tenéis que saber primero qué son vuestros pensamientos, ¿no es así? ¿no es ese el problema? Decís: “no puedo dominar mis pensamientos”. Para descubrir por qué no podéis dominar vuestros pensamientos, tenéis que daros cuenta de lo que es el pensar, ¿verdad? ¿Qué es pensar? ¿Quién es el pensador? El problema es ese, ciertamente. ¿Quién es el pensador? ¿Son los pensamientos diferentes del pensador? Luego surge para el pensador el problema de dominar sus pensamientos. Si el pensador y el pensamiento son un solo proceso, no dos procesos separados, entonces no surge el problema de que el pensador controle su pensamiento. ¿Existe pensador sin pensamiento? Si no hay pensamiento, ¿existe el pensador? El pensador, es, pues inexistente aparte del pensamiento: sólo tenemos pensamiento. Los pensamientos han creado al pensador, para adquirir permanencia, seguridad, y todo lo demás, dice entonces: “Yo soy distinto de los pensamientos, que deben ser controlados”. De suerte que mientras no resolváis este problema, mientras no tengáis una vivencia directa del problema que consiste en saber si el pensador es distinto del pensamiento, el problema del control existirá; pero en cuanto veis que el pensador es el pensamiento, tan pronto lo experimentáis directamente, entonces vuestro problema es completamente distinto.

Ahora la pregunta siguiente es esta: cuando controláis los pensamientos ‑ una serie de ellos opuesta a otra ‑ hay selección. Escogéis ciertos pensamientos y deseáis concentraros en ésos y no en otros. ¿Por qué? Lo que nos interesa es el pensar, no una serie de pensamientos. Si decís: “prefiero este pensamiento a aquél”, surge entonces la opción; ¿pero por qué preferís? ¿Y qué cosa es ésa, capaz de preferir? Señores, esto no es muy complicado; esto no es metafísica ni palabras mayores; miradlo, simplemente, y veréis la dificultad. Primero tenemos que ver la dificultad antes de poder resolverla. Cuando escogéis, ¿quién es el que escoge? Y si el que escoge tiene una norma conforme a las enseñanzas de los Grandes Seres, según se afirma en la pregunta, entonces el escogedor cobra mucha importancia, ¿no es así? Porque, si escoge de acuerdo con las normas de los Instructores, entonces él cultiva, acentúa al escogedor. ¿No es eso?

Señor, presentemos el problema un poco más sencillamente. Mis pensamientos vagan por doquiera. Deseo pensar tranquilamente en un tema determinado, pero mis pensamientos huyen en distintas direcciones. Ahora bien, ¿por qué huyen? Porque mis pensamientos están interesados también en otras cosas, no sólo en esa cosa particular. Eso es un hecho, ¿verdad? De otro modo no se desviarían. Mi mente ahora no se desvía porque estoy interesado en el tema que estoy tratando. No es cuestión de esfuerzo, ni de disciplina, ni de control; ninguna otra cosa me interesa.

De suerte que debemos descubrir el significado de cada interés, y no excluir otros intereses en beneficio de uno. Si puedo descubrir el significado de cada interés, y su valor, entonces mi mente no se desviará. ¿No es eso? Pero sí se desviará si me opongo a los diversos intereses y trato de concentrarme en uno sólo. Digo pues, “está bien, que divague”. Observo todos los intereses que surgen, uno tras otro, de modo que mi mente se hace flexible al seguir el giro total del interés, sin reducirse por obra de un interés específico. ¿Qué ocurre, entonces? Veo que mi mente es sólo un haz de intereses que se oponen a otros intereses; opta por poner énfasis en un interés y excluir todos los demás.

Cuando la mente reconoce que es un haz de intereses, entonces todo interés cobra significación; y, por lo tanto, no hay exclusión. No se trata ya de escoger; y la mente, por tal causa, empieza a comprender el proceso íntegro, total, de sí misma. Pero si tenéis una norma de selección de acuerdo con los Grandes Seres, según la cual tratáis de vivir, ¿qué ocurre, entonces? Acentuáis al pensador, al escogedor, ¿no es cierto? Ello es obvio. Ahora bien, ¿Quién es el que opta? ¿Y es él distinto de la opción? Como ya lo he dicho, no hay pensador aparte del pensamiento; y es una treta de la mente la de dividirse a sí misma en pensamiento y pensador. Cuando esto lo comprendamos realmente, cuando veamos su verdadero significado, cuando lo experimentemos ‑ no cuando lo afirmemos verbalmente, porque entonces no tiene sentido ‑ veremos operase en nosotros una completa transformación. Entonces no haremos nunca esta pregunta. La norma de los Grandes Instructores, las enseñanzas de los Grandes Seres, o lo que sea - vosotros sois el resultado de todo eso, ¿no es así? Sois el resultado del proceso íntegro, total, del hombre, no sólo de América sino de todo el mundo. Y vosotros no sois distintos de la norma. Sois la norma y es una treta de la mente el dividirse a sí misma de continuo.

Como veis que todo es transitorio, que nada es permanente, deseáis tener la sensación de que al menos existe la permanencia del “yo”. Decís “yo soy diferente”. En esa acción separatista de la mente hay conflicto: ella crea un aislamiento para sí y entonces dice: “Yo soy diferente de mi pensamiento. Debo dominar mi pensamiento. ¿Cómo he de dominarlo?”. Semejante pregunta no es válida. Si lo examináis, veréis que sois un haz de intereses, un manojo de pensamientos; y escoger un pensamiento y descartar los otros, escoger un interés y rechazar otro, es continuar con la treta de separaros a vosotros mismos del pensamiento. Mientras que si reconocéis que la mente es interés, que la mente es pensamiento, que no existe un pensador y un pensamiento, entonces abordaréis el problema en una forma enteramente nueva. Veréis entonces que no existe conflicto entre el pensador y el pensamiento; entonces todo interés tiene significación, y es tratado, considerado y resuelto plena y completamente. Entonces no existe el problema de un interés central, fuera del cual hay distracción.

El Conocimiento de Uno Mismo

5ª Conferencia - 30 de julio de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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