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El Conocimiento de Uno Mismo

6ª Conferencia - 31 de julio de 1949

En la mañana de hoy quisiera dilucidar qué es la verdadera religión. Mas para descubrir lo que ella es, debemos primero examinar nuestra vida y no sobreponerle algo que creemos espiritual, romántico, sentimental. Examinemos, pues, nuestra vida para saber qué entendemos por religión, y si hay algún modo de descubrir qué es la verdadera religión.

En primer lugar, la vida de la mayoría de nosotros está llena de conflictos; estamos sumidos en el dolor, en el sufrimiento. Nuestra vida es aburrida, vacía; la muerte nos espera, y hay explicaciones a granel. La vida es principalmente una repetición constante de cosas habituales. Considerada en su totalidad, es penosa y cansada, pesada y dolorosa; y esa es la suerte que corre la mayoría de nosotros. Para escapar a eso recurrimos a las creencias, a los rituales, al saber, a las distracciones, a la política, a la actividad: nos acogemos gustosos a cualquier medio de evitar nuestra diaria rutina, tediosa y pesada. Estos escapes, ya sean políticos o religiosos, tienen por su propia naturaleza que volverse igualmente causadores, rutinarios, habituales. Nos movemos de una sensación a otra; y toda sensación termina por ser tediosa, aburrida. Como nuestra vida es principalmente una reacción de nuestros centros físicos, y como ello causa perturbación y dolor, tratamos de huir hacia lo que llamamos religión, hacia el reino del espíritu.

Ahora bien, mientras busquemos la sensación en alguna forma, ésta ha de conducir eventualmente al fastidio; porque uno se harta, se cansa de ello, lo cual es asimismo un hecho evidente. Mientras más sensaciones experimentáis, más fatigosas se vuelven ellas al final; más tediosas, más habituales. ¿Y acaso la religión es cosa de sensación? Por religión entendemos la búsqueda de la realidad, el descubrimiento, la comprensión o vivencia de lo supremo. ¿Es todo eso asunto de sensación, de sentimiento, de simpatía? Para la mayoría de nosotros, la religión es una serie de creencias, dogmas, rituales, una constante repetición de fórmulas organizadas, etc. Si examináis esas cosas, creéis que ellas también son resultado del deseo de sensación. Concurrís a iglesias, a templos o a mezquitas, repetís ciertas frases y os entregáis a ciertas ceremonias. Todas ellas son estímulos, os producen cierta clase de sensación: y vosotros, al sentiros satisfechos con esa sensación. Le dais un nombre altisonante, no obstante lo cual ella es esencialmente sensación. Sois prisioneros de la sensación, os agradan las impresiones, la emoción de ser buenos, la repetición de ciertas plegarias, etc. Pero si esto re analiza de un modo profundo e inteligente, descúbrese que en el fondo esas cosas son mera sensación; y aunque varíen en la forma de expresarse y os den una impresión de novedad, ellas son esencialmente sensación, y, por lo tanto; al final de cuentas, resultan pesadas, tediosas, creadoras de hábito.

Así, pues, la religión no es evidentemente ceremonia. La religión no es dogma. La religión no es la continuación de ciertos principios o creencias inculcadas desde la niñez. Que creáis en Dios o no creáis en Dios, ello no os convierte en personas religiosas. La creencia, por cierto, no os torna religiosos. El hombre que lanza una bomba atómica y destruye en pocos minutos a miles y miles de personas, puede que crea en Dios; y ni el que lleva una vida estúpida y también cree en Dios, ni la persona que no cree en Dios, son sin duda personas religiosas. El creer o el no creer, nada tiene que ver con la búsqueda de la realidad o con el descubrimiento y vivencia de esa realidad, lo cual es religión. La vivencia de la realidad es religión y esa vivencia no se alcanza mediante ninguna creencia organizada, ninguna iglesia, ningún conocimiento, sea de Oriente o de Occidente. Religión es la capacidad de experimentar directamente aquello que es inconmensurable, que no puede expresarse en palabras; pero eso no puede experimentarse mientras huyamos de la vida, de esa vida que hemos convertido en algo tan torpe, tan vacío, tan rutinario. La vida, que es interrelación, ha llegado a ser cuestión de rutina porque en lo íntimo no hay intensidad creadora, porque interiormente somos pobres; y es por eso que exteriormente tratamos de llenar ese vacío con creencias, con diversiones y conocimientos, con diversas formas de excitación.

Ese vacío, esa pobreza interior, sólo podrá cesar cuando dejemos de escaparnos; y dejamos de escaparnos cuando ya no buscamos sensación. Entonces podemos enfrentar ese vacío. Ese vacío no es distinto de nosotros: somos ese vacío. Como lo dilucidábamos ayer, el pensamiento no es distinto del pensador. El vacío no es distinto del observador que siente dicho vacío. El observador y lo observado son un fenómeno conjunto. Y cuando eso lo experimentéis directamente, encontraréis que esa cosa que habéis temido como vacío ‑ y que os hace buscar escapatorias en diversas formas de sensación, la religión, inclusive ‑ cesa; y podéis hacerle frente y ser ese vacío. No habiendo comprendido lo que significan y cómo han surgido los escapes, y dado que no los hemos examinado ni ahondado plenamente, ellos han llegado a ser mucho más importantes, más significativos, que aquello que es. Los escapes nos han condicionado; y, por haber escapado, no somos creadores en nosotros mismos. Hay “creatividad” en nosotros cuando experimentamos la realidad constantemente pero no de un modo continuo; porque hay una diferencia entre la continuidad y el experimentar de instante en instante. Lo que continúa decae. Aquello que se experimenta de instante en instante, ni muere ni decae. Si podemos experimentar algo de instante en instante, ello tiene vitalidad, posee vida; si podemos enfrentar la vida en todo momento de un modo nuevo, en ello hay “creatividad”. Pero tener una experiencia cuya continuidad deseáis, es algo en que hay decadencia.

Muchas personas que han tenido alguna clase de experiencia placentera, quieren que esa experiencia continúe. Vuelven pues, a ella, la reviven, la buscan, la añoran y son infelices porque ella no continúa; y así se produce un constante proceso de decadencia. Por el contrario, si hay vivencia de instante en instante, hay renovación. Esa es la renovación creadora; y no podéis tener esa renovación, ese impulso creador, si vuestra mente se ocupa en escapar y se ve atrapada en todas esas cosas que damos por sabidas. Por eso tenemos que examinar de nuevo todos los valores que hemos ido acumulando: y uno de los principales valores de nuestra vida es la religión, la cual se halla muy organizada. Pertenecemos a una u otra de las varias religiones, sectas, sociedades o grupos organizados, porque ello nos da cierto sentido de seguridad. El estar identificados con la organización más vasta, o con la más pequeña, o con la más exclusiva, nos brinda satisfacción. Sólo cuando seamos capaces de reexaminar todas esas influencias que nos condicionan, que nos ayudan a huir de nuestro fastidio, de nuestra vacuidad, de nuestra falta de responsabilidad creadora y de júbilo creador; sólo cuando las hayamos examinado y estemos de vuelta después de desecharlas y de haber encarado lo que es - sólo entonces, sin duda, seremos capaces de penetrar realmente en la totalidad del problema de lo que es la verdad. Porque, al hacer esto, hay una posibilidad de conocimiento propio. Todo el proceso es conocimiento propio: y sólo cuando existe el conocimiento de ese proceso, hay una posibilidad de pensar, sentir y actuar rectamente. No podemos practicar el recto pensar a fin de librarnos del proceso del pensamiento; para ser libre, uno debe conocerse a sí mismo. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría; y sin conocimiento propio no puede haber sabiduría. Puede haber conocimiento, sensación; pero la sensación es tediosa y pesada, mientras que la sabiduría, que es eterna, nunca decae ni puede tener fin.

Pregunta: Yo hallo que por medio del esfuerzo puedo concentrarme. Puedo desechar o suprimir pensamientos que me vienen a la mente sin que los llame. Yo no veo que la represión sea un obstáculo a mi bienestar. Por supuesto, yo sueño; pero puedo interpretar los sueños y resolver el conflicto. Un amigo me dice que me estoy volviendo presuntuoso. ¿Cree Ud. que él pueda estar en lo cierto? (Risas).

Krishnamurti: Comprendamos primero lo que entendemos por esfuerzo y por concentración. ¿Comprendemos algo mediante el esfuerzo? El esfuerzo es ejercicio de la voluntad, acción de la voluntad. Lo cual es deseo. Ejercitando la voluntad para comprender, esto es, haciendo deliberadamente un esfuerzo, ¿comprendemos acaso? ¿O es la comprensión, algo enteramente distinto, que no llega por medio del esfuerzo sino de una alerta pasividad? Y esta no es acción de la voluntad. ¿Cuándo es que comprendéis? ¿Lo habéis investigado alguna vez? ¿Cuándo comprendéis? No cuando estáis batallando con algo, con algún objeto que queréis comprender. Ciertamente, no hay comprensión cuando estáis de continuo escudriñando, inquiriendo, desmenuzando analizando; en eso no hay comprensión. Sólo cuando la mente está pasivamente perceptiva y alerta, es decir, en contacto directo con algo, viviéndolo, existe por cierto la posibilidad de comprender. Es claro que para algunos de vosotros lo que estoy diciendo puede ser nuevo o resultar chocante; pero experimentad con ello, no lo rechacéis de plano.

¿Hay acaso comprensión cuando estamos en lucha, en conflicto, los unos con los otros? Sólo cuando vosotros y yo nos sentamos tranquilamente, cuando discutimos y tratamos de descubrir, existe una posibilidad de comprensión. Es obvio, por lo tanto, que el esfuerzo resulta perjudicial a la comprensión. Es decir, podéis tener un problema, ahondar en él, preocuparos por él, desmenuzarlo y observarlo desde distintos ángulos. En ese proceso no hay comprensión. Sólo cuando la mente se desentiende del problema, cuando deja que él se desvanezca; sólo cuando la mente se aquieta con relación al problema, hay comprensión del mismo. Pero que el conflicto, el análisis, sea necesariamente un paso hacia la comprensión, es un asunto muy diferente en el que no entraremos por ahora.

Luego está la concentración. ¿Qué entendéis por concentración? Fijar la mente en un objeto determinado excluyendo otros intereses, ¿no es así? Eso es lo que entendemos por concentración: fijar la mente en una idea, en una imagen, en un interés, y excluir todos los demás intereses, lo cual es una forma de represión. Y el autor de la pregunta dice que ello no le hace daño alguno; que aunque él tiene sueños, puede fácilmente interpretarlos y desecharlos.

Ahora bien ¿qué papel desempeña esa concentración? ¿Qué logra la exclusión? ¿Cuál es el resultado de la exclusión? Ella trae conflicto, evidentemente. ¿No es así? Yo puedo tener capacidad para concentrarme en una cosa y excluir otras; pero las otras están ahí todavía, deseando entrar. Por lo tanto, hay un conflicto en progreso; que yo sea o no consiente de él, no viene al caso. Lo cierto es que hay conflicto. Y mientras continúe ese conflicto, no habrá ciertamente comprensión. Tal vez yo pueda concentrarme; pero mientras haya conflicto dentro de mí entre lo que atrae mi atención y lo que yo excluyo - mientras en mí haya conflicto, éste ha de tener un efecto perjudicial. Porque la represión de cualquier clase tiene que lacerarme psicológicamente, ocasionándome una dolencia física o un desequilibrio mental. Lo que se reprime tiene finalmente que salir a luz, y una manera de que ello ocurra es por medio de los sueños. El autor de la pregunta dice que puede interpretar sus sueños, y de ese modo librarse de ellos. Aparentemente, él se siente satisfecho con esto, y quiere saber si es presuntuoso. Mientras estéis satisfechos con el resultado, tenéis evidentemente que ser presuntuosos. La mayoría de nosotros detesta caer en el descontento: y estando interiormente disgustados, como a casi todos nos ocurre, encontramos medios y maneras de encubrir ese descontento, eso que nos quema. Y uno de los escapes, uno de los mejores medios de encubrirlo, es aprender la concentración, de modo que podáis ocultar con éxito nuestro descontento. Entonces podéis fijar vuestra mente en un interés, y seguirlo, y creer que por fin habéis vencido, canalizado vuestro descontento. Pero el descontento, sin duda, no puede ser canalizado por la mente, ya que ésta por su propia naturaleza, es descontento. Por eso la mera concentración, que es exclusión, no nos trae liberación del descontento, es decir, comprensión del mismo. La concentración, que es un proceso de exclusión, no trae comprensión: pero, como lo explicaba ayer, si seguís cada interés a medida que surge, si ahondéis en él, si lo examináis, si lo comprendéis - entonces existe la posibilidad de llegar a una clase distinta de atención, que no es exclusión. Luego dilucidaremos esto con motivo de otra pregunta.

Pregunta: ¿Cómo podremos alguna vez empezar de nuevo, según Ud. lo insinúa constantemente, si la copa de nuestra experiencia está siempre manchada? ¿Cómo podremos olvidar realmente lo que somos? ¿Tendría Ud. la bondad de explicar qué significa el olvido de uno mismo? ¿Cómo puedo yo arrojar esa copa que soy?

Krishnamurti: La renovación es posible solamente si no hay continuidad. Lo que continúa no tiene posibilidad de renovarse: lo que termina sí tiene posibilidad de renovación. Aquello que muere tiene posibilidad de renacer. Y, cuando decís que sois permanentemente impuros (lo cual es un simple aserto verbal), entones no hay duda de que sólo continuáis. Cuando decís que sois permanentemente impuros, ¿se trata de un hecho? ¿Y cómo es posible olvidar lo que somos? No lo podemos. Lo que sí podemos es examinar lo que somos: podemos darnos cuenta, sin justificación ni identificación, de lo que somos. Daos cuenta de ello, y veréis que se opera una transformación. Pero la dificultad consiste en estar pasivamente alerta, sin condenación; sólo entonces hay terminación. Pero si lo único que hacéis es identificaros o condenar, entonces impartís continuidad a esa condición especial; y aquello que continua no tiene realidad, no tiene renovación.

“¿Tendría Ud. la bondad de explicar qué significa el olvido de uno mismo?” ¿Acaso no lo sabéis? ¿No conocéis esos momentos en que uno es dichoso, en que uno está tranquilo, verdaderamente sereno? ¿No surge acaso un estado que no implica esfuerzo alguno, en el cual cesa el proceso del pensamiento que constituye el “yo”? Mientras exista la autoconciencia, en el sentido del “yo”, no podrá haber olvido de las actividades del “yo”. Es obvio que toda acción de la voluntad, del deseo, tiene que cultivar y fortalecer el “yo”; y el “yo” es el haz de recuerdos, características e idiosincrasias que engendra conflicto. Mientras haya conflicto, tiene que haber conciencia del “yo”; y habiendo conflicto nunca puede haber paz, por profundamente oculto que esté dicho conflicto, y sea cual fuere el nivel a que se encuentre.

“¿Cómo puedo yo arrojar esa copa que soy?” ¿Por qué deseáis arrojar la copa? No podéis arrojarla, por cierto, lo único que podéis hacer es conocerla: todos los embrollos, las sutilezas, la extraordinaria hondura de uno mismo. Cuando conocéis algo, os libráis de ello; pero el mero hecho de rechazarlo, de reprimirlo, de sublimarlo, de traducirlo a diferentes expresiones verbales, no es sin duda comprensión. Y sólo comprendiendo una cosa es posible librarse de ella. No podéis comprender cosa alguna si os identificáis continuamente con ella. Por lo tanto, sólo hay renovación cuando no hay continuidad. Pero la mayoría de nuestras intenciones, propósitos, pensamientos, son en el sentido de continuar. En el nombre, en la propiedad, en la virtud, en todas las cosas, luchamos por establecer permanencia, y, por lo tanto, continuidad; mas en eso no hay renovación, no hay “creatividad”. Ciertamente, la “creatividad” sólo surge de instante en instante.

Pregunta: ¿Querría Ud. explicar en detalle qué es la verdadera meditación? Hay muchos Temas de meditación. ¿Son ellos realmente distintos en el fondo, o sus diferencias se deben a la idiosincrasia personal de sus partidarios?

Krishnamurti: Esta es en verdad una pregunta importante, y si se me permite la insinuación, examinémosla entre todos. Porque la meditación tiene gran importancia. Puede ser la puerta del verdadero conocimiento propio, y puede abrir la puerta a la realidad; y en el hecho de abrir la puerta y experimentar directamente, está la posibilidad de comprender la vida, que es interrelación. La meditación ‑ el verdadero tipo de meditación ‑ es esencial. Averigüemos, pues, cuál es el tipo correcto de meditación; y para averiguar qué; es lo verdadero, debemos abordarlo en forma negativa. Decir simplemente que ésta o aquélla es la verdadera meditación, os dará tan sólo una norma, que adoptaréis y pondréis en práctica; mas esa no será la verdadera meditación. De modo que, mientras hable de ello, tened a bien seguirme atentamente y experimentar a medida que prosigamos juntos. Porque hay diferentes tipos de meditación. No sé si alguno de vosotros los ha puesto en práctica o se ha entregado a ellos - retirándose a una habitación cerrada, sentándose en un rincón oscuro, etc. Examinemos, pues, el proceso total de lo que llamamos meditación.

Consideremos en primer lugar la meditación en la que está incluida la disciplina. Cualquier forma de disciplina sólo fortalece el “yo”; y el “yo” es fuente de contienda, de conflicto. Esto es, si nos disciplinamos para llegar a ser algo, tal como lo hace mucha gente - “este mes voy a ser bondadoso, voy a practicar la bondad”, etc. -, tal disciplina, tal práctica, no puede sino fortalecer el “yo”. Puede que seáis bondadosos en lo exterior, pero no hay duda de que un hombre que practica la bondad y tiene conciencia de su bondad, no es bondadoso. De modo que esa práctica que la gente también llama “meditación” no es, evidentemente, la verdadera meditación; porque, como ayer fue dilucidado, si practicáis algo, en eso la mente queda atrapada, y así no hay libertad. Pero la mayoría de nosotros desea un resultado, es decir, esperamos ser bondadosos a fin de mes o al final de cierto período, porque los instructores han dicho que al final debemos ser buenos para encontrar a Dios: Dado que nuestro deseo es encontrar a Dios como fuente definitiva de nuestra seguridad y felicidad, compramos a Dios mediante la benevolencia - lo cual evidentemente, es fortalecer el “yo” y “lo mío”, un proceso por el que uno se encierra en sí mismo; y nada que limite, ninguna acción que ate, podrá jamás dar libertad. Eso sin duda, es evidente. Quizá podamos discutirlo en otra ocasión, si ahora no resulta claro.

Luego viene todo ese proceso de concentración que también se llama meditación. Os sentáis con las piernas cruzadas (porque así se usa en la India), o en una silla, en un cuarto oscuro, frente a un cuadro o imagen, y tratáis de concentraros en una palabra, o en una frase, o en uno imagen mental, excluyendo todos los demás pensamientos. Estoy seguro que muchos de vosotros lo habéis hecho. Pero los demás pensamientos continúan afluyendo, y vosotros los rechazáis; y en esa lucha seguís hasta que sois capaces de concentraros en un pensamiento con exclusión de todo lo demás. Entonces os sentís complacidos: por fin habéis aprendido a fijar vuestra mente en un punto, cosa que creéis esencial. De nuevo os pregunto: ¿descubrís algo por medio de la exclusión? ¿Puede la mente aquietarse mediante la exclusión, reprimiendo, negando? Porque, como lo he dicho, sólo puede haber comprensión cuando la mente está realmente quieta, no reprimida, no tan concentrada en una idea que ésta llegue a ser exclusiva - ya sea la idea de un Maestro, o le alguna virtud, o lo que os plazca. La mente nunca puede estar quieta mediante la concentración. Superficialmente, en las primeras capas de la conciencia, puede que por la fuerza logréis quietud, que aquietéis perfectamente vuestro cuerpo, vuestra mente; pero, de seguro, eso no es la quietud de todo vuestro ser. Nuevamente: tampoco eso es meditación. Eso es mera coacción: cuando la máquina desea correr a toda velocidad, la sujetáis, le ponéis freno. Al paso que, si sois capaces de examinar todo interés, todo pensamiento que acuda a vuestra mente; si lo ahondáis de manera plena, completa; si reflexionáis sobre todo pensamiento, entonces la mente ya no divagará porque ella habrá descubierto el valor de cada pensamiento. Dejará, por lo tanto, de sentirse atraída, lo cual significa que ya no habrá distracción. Una mente susceptible de ser distraída y que se resiste a la distracción, no esté capacitada para meditar. ¿Qué es, en efecto, la distracción? Espero que pongáis a prueba lo que estoy diciendo, que lo experimentéis mientras hablo, para descubrir la verdad al respecto. Es la verdad lo que trae liberación, no mis palabras ni nuestras opiniones.

Llamamos distracción cualquier movimiento que nos aleje de aquello en lo cual creemos que debemos estar interesados. Escogéis así, un interés determinado - lo que suele llamarse un “noble interés” - y fijáis vuestra mente en él; pero cualquier movimiento que os aleje de él es una distracción, y por lo tanto resistís a la distracción. ¿Por qué, empero, escogéis ese interés particular? Porque él os resulta grato, evidentemente; porque él os da una sensación de seguridad, de plenitud, una sensación de ser otro. Decís por lo tanto: “debo fijar mi mente en eso”, y todo movimiento que de ello os aleje, es una distracción. Pasáis vuestra vida batallando con las distracciones, y fijáis vuestra mente en algo distinto. Mientras que, si examináis toda distracción y no sólo fijáis vuestra mente en una atracción determinada, veréis que la mente ya no será susceptible de ser distraída, porque ha comprendido tanto la distracción como la atracción. Y, por lo tanto, la mente es capaz de percepción extraordinaria y extensiva sin excluir nada.

Así, pues, la concentración no es meditación, y disciplinar no es meditar.

Luego están las plegarias todo ese problema de orar y recibir. También a eso se le llama meditación. ¿Qué entendemos por orar? En su forma burda, la oración es súplica; y hay formas sutiles en distintos niveles de la oración. Todos conocemos la forma burda. Estoy en apuros, me siento desagraciado, física o psicológicamente, y necesito ayuda. Entonces imploro, suplico; y, evidentemente, hay una respuesta. Si no hubiera respuesta alguna, la gente no rezaría. Millones de personas rezan. Sólo rezáis cuando estáis en apuros, no cuando sois, felices, ni cuando hay en vosotros esa extraordinaria sensación de ser otro.

Ahora bien, ¿qué ocurre cuando, oráis? Tenéis una formula, ¿no es así? Con la repetición de una fórmula, la mente superficial se aquieta, ¿verdad? Intentadlo, y lo y veréis. Repitiendo ciertas frases o palabras, gradualmente veréis que vuestro ser se aquieta. Esto es, vuestra conciencia superficial se calma; y entonces, en ese estado, sois capaces de recibir las insinuaciones de algo diferente, ¿no es así? De tal modo, calmando la mente por medio de la palabra repetida, por medio de las llamadas oraciones, puede que recibáis indicaciones e insinuaciones no sólo del subconsciente, sino de cualquiera de las cosas que os rodean; pero eso, por cierto, no es meditación. Porque lo que recibís tiene que ser agradable; de lo contrario lo rechazaríais. Así, cuando oráis, aquietando de ese modo la mente, vuestro deseo es resolver un problema dado, o una confusión, o algo que os causa dolor. Por lo tanto, buscáis una respuesta que sea satisfactoria. Y cuando eso lo veis, decís: “No debo buscar satisfacción; me abriré a algo que sea doloroso”. A tal punto la mente es capaz de jugarse tretas a sí misma, que hay que darse cuenta del contenido total de este problema de la oración. Uno ha aprendido una treta: la de aquietar la mente de modo que pueda recibir ciertas respuestas, agradables o desagradables. Pero eso no es meditación, ¿verdad?

Está luego ese asunto de la devoción por alguien del amor que prodigáis a Dios, a una imagen, a algún santo o algún Maestro. ¿Es eso meditación? ¿Por qué fluye vuestro amor hacia Dios, hacia eso que no os es posible conocer? ¿Por qué nos sentimos tan atraídos por lo desconocido y le consagramos nuestra vida, nuestro ser? ¿Acaso este problema de la devoción no indica que, siendo desgraciados en nuestra vida, no teniendo relaciones vitales con otros seres humanos, tratamos de proyectarnos en algo, en lo desconocido, y adoramos lo desconocido? Bien sabéis que las personas devotas a alguien, a algún Dios, a alguna imagen, a algún Maestro, son generalmente crueles, obstinadas. Son intolerantes con los demás, dispuestas a destruirlos, porque se han identificado en grado sumo con esa imagen, con ese Maestro, con esa experiencia. Por tanto, lo repito, el fluir de la devoción hacia un objeto, creado por uno mismo o por otra persona, no es ciertamente meditación.

¿Qué es, pues, la meditación? Si ninguna de esas cosas lo es ‑ la disciplina, la concentración, la devoción ‑ ¿qué es entonces la meditación? Esas son las formas que conocemos, con las cuales estamos familiarizados. Mas para descubrir aquello con lo cual no estamos familiarizados, primero hemos de estar libres de las cosas que nos son familiares, ¿no es cierto? Si no son verdaderas, deben desecarse. Sólo entonces seréis capaces de descubrir qué es la verdadera meditación. Si nos hemos acostumbrado a los falsos valores, esos falsos valores deben cesar ‑ ¿no es así? ‑ a fin de encontrar el nuevo valor, y no porque yo lo diga, sino porque vosotros mismos lo habéis pensado y lo habéis sentido. Y cuando esos valores se han ido, ¿qué os queda? ¿Qué residuo queda del examen de esas cosas? ¿No revelan ellas el proceso de vuestro propio pensar? Si os habéis entregado a esas cosas y veis que son falsas, descubrís por qué os habéis entregado a ellas; y, por lo tanto, el examen mismo de todo eso revela el rumbo de vuestro propio pensar. De modo que el examen de estas cosas es el principio del conocimiento propio. ¿No es así?

La meditación, pues, es el principio del conocimiento propio. Sin ese conocimiento, podéis sentaros en un rincón, meditar en los Maestros, desarrollar virtudes; todo ello es ilusión y no tiene sentido alguno para la persona que realmente desea descubrir qué es la verdadera meditación. Porque, no habiendo conocimiento propio vosotros mismos proyectáis una imagen que llamáis el Maestro; y esa imagen se convierte en el objeto de vuestra devoción, por el cual estáis dispuestos a sacrificaros, a construir, a destruir. Por consiguiente, tal como lo he explicado, sólo hay una posibilidad de conocernos a nosotros mismos en la medida en que examinamos nuestra relación con esas cosas, lo cual revela el proceso de nuestro propio pensar; y por lo tanto surge la claridad en todo nuestro ser. Este es el principio de la comprensión, del conocimiento de uno mismo. Sin conocimiento propio no puede haber meditación; y sin meditación no puede haber conocimiento propio. Encerraros en un rincón, sentaros frente a un cuadro, desarrollar virtudes mes tras mes - una virtud distinta cada mes: verde, púrpura, blanco y todo lo demás - ir a la iglesia, celebrar ceremonias: ninguna de esas cosas es meditación o verdadera vida espiritual. La vida espiritual nace al ser comprendida la interrelación, con lo cual comienza el conocimiento propio.

Ahora bien, cuando habéis pasado por eso y habéis abandonado todos esos procesos, que sólo revelan el “yo” y su actividad, existe una posibilidad; la de que la mente pueda estar serena no sólo en a superficie sino también interiormente, ya que entonces cesan todas las exigencias. No se persigue la sensación, no hay sentido alguno de devenir, de que llegue a ser algo en el futuro, en el mañana. El Maestro, el iniciado, el discípulo, el Buda: ya sabéis que eso es escalar los peldaños del éxito, llegar a ser algo. Todo eso ha cesado porque implica el proceso del devenir. Sólo hay cesación del devenir cuando existe la comprensión de lo que es, y la comprensión de lo que es nos viene por medio del conocimiento propio, el cual revela exactamente lo que uno es. Y cuando cesa todo deseo (lo que sólo puede ocurrir mediante el conocimiento propio), la mente está serena.

La terminación de todo deseo no puede ser obra de la coacción, de la devoción, de la oración de la concentración. Todo ello acentúa simplemente el conflicto del deseo en los opuestos. Más cuando todo eso cesa, la mente está de veras serena, y no sólo de manera superficial, en los niveles superiores, sino en lo íntimo y profundo. Sólo entonces es posible que ella reciba aquello que es inconmensurable. La comprensión de todo esto, no sólo de una parte, es meditación. Porque si no sabemos meditar, tampoco sabremos actuar. La acción, después de todo, es el conocimiento propio en la vida de relación; y el mero hecho de encerrarse en un recinto sagrado quemando incienso, leyendo acerca de ajenas meditaciones y de su significación, es absolutamente inútil, carece de sentido. Es una maravillosa evasión. Pero el percibir toda esa actividad humana que somos nosotros mismos: el deseo de lograr, el deseo de triunfar, el deseo de tener ciertas virtudes todo lo cual acentúa el “yo” cómo lo importante ahora o en el futuro, el devenir del “yo” - el percibir todo eso en su totalidad, es el principio del conocimiento propio y el comienzo de la meditación. Entonces, si estáis realmente alertas, veréis que ocurre una transformación maravillosa que no es una expresión verbal, que no es “verbalización”, mera repetición, sensación. De un modo efectivo, real, vigoroso, ocurre algo que no se puede denominar, que no se puede definir. Y eso no es el don de unos pocos, ni un don de los Maestros. El conocimiento propio es posible para todos, si estáis dispuestos a experimentarlo, a intentarlo. No tenéis que ingresar a ninguna sociedad, leer libro alguno ni sentaros a los pies de ningún Maestro, pues el conocimiento propio os libra de todos esos absurdos, de las estupideces de invención humana. Y sólo entonces, mediante el conocimiento propio y la verdadera meditación, surge la libertad. En esa libertad se manifiesta la realidad, pero no podéis lograr la realidad por medio de procesos mentales. La realidad debe venir a vosotros; y sólo puede venir a vosotros cuando estáis libres del deseo.

El Conocimiento de Uno Mismo

6ª Conferencia - 31 de julio de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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