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El Conocimiento de Uno Mismo

8ª Conferencia - 7 de agosto de 1949

Estoy seguro que muchos de vosotros creéis en la inmortalidad, en el alma, o en el “atman” y otras cosas más. Y tal vez algunos de vosotros hayáis tenido ama experiencia fugaz de esas cosas. Pero, si se me permite, me agradaría enfocar en la mañana de hoy todo esto desde un punto de vista distinto. Investiguémoslo con mucha seriedad y empeño, y descubramos la verdad al respetó, no de acuerdo a ningún tipo determinado de creencia o dogma religioso, ni a vuestra propia experiencia personal, por vasta, hermosa y romántica que pueda ser. Os ruego, pues, que examinéis inteligentemente y sin ningún prejuicio lo que vamos a dilucidar, no con la intención de rechazarlo o defenderlo, sino más con la de descubrir. Porque es un problema de muy difícil discusión. Son muchas las cosas que él implica, y si podemos pensar en ello de un modo nuevo, tal vez nuestro enfoque de la acción y de la vida resulte diferente.

Creemos, al parecer, que las ideas son muy importantes. Nuestra mente está llena de ideas. Nuestra mente es idea; no hay mente sin idea, sin pensamiento, sin “verbalización”. Y las ideas desempeñan un papel extraordinariamente importante en nuestra vida; es decir, lo que pensamos, lo que sentimos, las creencias e ideas en las cuales estamos condicionados. Las ideas tienen un sentido extraordinario para la mayoría de nosotros: ideas que parecen coherentes, lógicas, inteligentes, y también ideas que son románticas, estúpidas, sin mucha significación. Estamos abarrotados de ideas; toda nuestra estructura se basa en ellas. Y estas ideas surgen, evidentemente, por obra de influencias externas y del “condicionamiento “ambiental, como asimismo por exigencias internas. Podemos ver muy bien cómo surgen las ideas. Las ideas son sensaciones. No existe idea sin sensación. Y como la mayoría de nosotros se alimenta de la sensación, toda nuestra estructura se basa en ideas. Siendo limitados y procurando agrandarnos mediante la sensación, las ideas se tornan muy importantes: ideas sobre Dios, sobre la moral ideas sobre diversas formas de organización social, etc.

De suerte que las ideas informan nuestra experiencia, lo cual es un hecho evidente. Es decir, las ideas condicionan nuestra acción. La acción no es la que crea las ideas; son las ideas que engendran la acción. Primero lo pensamos, luego actuamos; y la acción se basa en las ideas. De modo que la experiencia es el resultado de las ideas; pero la experiencia es diferente de la vivencia. Si lo habéis advertido, en el estado de vivencia no hay ideación, en absoluto. Existe tan sólo el hecho de experimentar, de actuar más tarde viene la ideación - gustos y aversiones - derivada de esa vivencia. Deseamos que la experiencia continúe o que no continúe. Si nos gusta, retrocedemos hacia la experiencia que está en la memoria, lo cual es reclamar la sensación de esa experiencia, no experimentar de nuevo. Existe, sin duda, una diferencia entre vivencia y experiencia, y eso debe ser suficientemente aclarado. En la vivencia no hay experimentador y experiencia; hay tan sólo estado de vivencia. Pero después de esa vivencia, las sensaciones de la misma se reclaman, se anhelan; y de ese deseo nace la idea.

Digamos, por ejemplo, que habéis tenido una experiencia agradable. Ha pasado, y suspiráis por ella. Es decir, anheláis la sensación, no el estado de vivencia; y la sensación crea ideas, basadas en el placer y el dolor, en evitar y aceptar, en la negación y la continuación. Ahora bien, las ideas no son de importancia fundamental, ya que, como lo vemos, ellas tienen continuidad. Podéis morir, pero las ideas que habéis tenido, el manojo de ideas que sois, continúa parcial o totalmente, manifestándose de un modo pleno o sólo escasamente. Es obvio que ellas tienen una forma de continuidad.

De suerte que, si las ideas son el resultado de la sensación, y lo son, y si la mente está llena de ideas, si la mente es idea, entonces hay una continuación de la mente como manojo de ideas. Pero eso, sin duda, no es inmortalidad; porque las ideas son mero resultado de las sensaciones, del placer y del “no placer”; y la inmortalidad tiene que ser algo que esté más allá de las ideas, algo sobre lo cual no es posible que la mente especule; porque la mente sólo puede especular en términos de placer y de dolor, de evasión y de aceptación. Como la mente sólo puede pensar en esos términos, por más extensiva y profundamente que lo haga ella sigue basándose en la idea; pero el pensamiento, la idea, tiene continuidad, y es obvio que aquello que continúa no es inmortalidad. De modo que para conocer o experimentar la inmortalidad, o para la vivencia de ese estado, no debe haber ideación. Uno no puede pensar acerca de la inmortalidad. Si podemos vernos libres de la ideación, es decir, si no pensamos en términos de ideas, entonces hay tan sólo un estado de vivencia, un estado en que la ideación ha cesado por completo. Podéis experimentar con esto vosotros mismos; no aceptéis lo que os digo. Porque hay mucho involucrado en todo esto. La mente ha de estar del todo quieta, sin moverse hacia atrás ni hacia adelante, sin ahondar ni encumbrarse. Es decir, la ideación debe cesar por completo. Y eso es sumamente difícil. Por tal causa nos apegamos a palabras como “alma”. “inmortalidad”, “continuidad”, “Dios”, todas las cuales tienen efectos neurológicos que son sensaciones. Y de esas sensaciones se alimenta la mente. Privad a la mente de esas cosas, y está perdida. Por eso se aferra con gran fuerza a las experiencias pasadas, ahora convertidas en sensaciones.

¿Es posible que la mente esté serena - no parcialmente sino en su totalidad - hasta el punto de tener experiencia directa de aquello que no puede pensarse, que no puede ser expresado en palabras? Es obvio que aquello que continúa está dentro de los limites del tiempo; y, a través del tiempo, lo atemporal no puede manifestarse. Por tanto, Dios, o lo que sea, no puede ser objeto de pensamiento. Si pensáis al respecto, lo que hay es sólo una idea, una sensación por lo tanto ya no es verdadero. Es simplemente una idea que continúa, que es heredada o condicionada; y tal idea no es eterna, inmortal, atemporal. Es esencial que esto lo sintamos realmente, que veamos su verdad a medida que lo vamos dilucidando. No digáis “esto es así, aquello no es así”; “creo en la inmortalidad, y Ud. no”; “es Ud. agnóstico y yo religioso”. Todas esas expresiones son irreflexivas, sin madurez, y no tienen significación alguna. Estamos tratando de algo que no es simple asunto de opinión, de simpatía o de aversión, ni de prejuicio. Procuramos descubrir qué es la inmortalidad, mas no como lo hace la gente llamada “religiosa”, que pertenece a uno u otro culto. Nosotros intentamos experimentar ese estado, percibirlo, porque en él hay creación. Una vez que se lo ha experimentado, vivido, entonces el problema entero de la vida sufre un cambio significativo, revolucionario; y, sin eso, todas las disputas y opiniones triviales carecen en realidad de significación.

Es preciso, pues, darse cuenta de todo este proceso, de cómo surgen las ideas, de cómo la acción emana de las ideas, y cómo éstas, que dependen de la sensación, dominan la acción y por lo tanto la limitan. No importa de quien sean las ideas, si de la izquierda o de la extrema derecha. Mientras nos aferremos a las ideas, permaneceremos en un estado en que no puede haber vivencia alguna. Entonces vivimos tan sólo en la esfera del tiempo: en el pasado, que brinda más sensación; o en el futuro, que es otra forma de sensación. Sólo cuando la mente está libre de ideas, puede haber vivencia. Escuchad esto, simplemente; no lo rechacéis ni lo aceptéis. Escuchadlo como escucharíais el viento entre los árboles. No ponéis objeciones al viento entre los árboles; resulta agradable. Si os desagrada, os alejáis. Haced lo mismo aquí. No rechacéis: averiguad, simplemente. Porque son muchas las personas que han expresado sus opiniones sobre esta cuestión de la inmortalidad. Los instructores religiosos hablan de ella, como lo hace todo predicador a la vuelta de la esquina. Son tantos los santos, tantos los autores que niegan o afirman; dicen que hay inmortalidad, o que el hombre es tan sólo el resultado de influencias del medio ambiente, etc. Las opiniones abundan. Pero las opiniones no son la verdad; y la verdad es algo que ha de ser experimentado directamente, de instante en instante; no es una experiencia que deseáis, lo cual resulta entonces mera sensación. Y sólo cuándo se logra ir más allá del manojo de ideas que es el “yo”, la mente, y que tiene una continuidad parcial o completa, sólo cuando se puede ir más allá de eso, sólo cuando el pensamiento está totalmente callado, sólo entonces hay un estado de vivencia. Entonces uno sabrá lo que es la verdad.

Pregunta: ¿Cómo va uno a conocer o sentir inequívocamente la realidad, el significado exacto e inmutable de una experiencia que sea la verdad? Siempre que tengo una realización y siento que es la verdad, alguien a quien la comunico me dice que no hago más que engañarme a mí mismo. Siempre que creo haber comprendido, aparece alguien que me dice que estoy en la ilusión. ¿Existe algún modo de conocer cuál es la verdad acerca de mí mismo, sin error, sin engañarme a mí mismo?

Krishnamurti: Cualquier forma de identificación tiene que conducir a la ilusión. Está la ilusión psiquiátrica y la ilusión psicológica. Con la primera ya sabemos qué hacer. Cuando uno se cree Napoleón o un gran santo, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Pero la identificación e ilusión psicológica es completamente distinta. El político o la persona religiosa se identifican con la patria o con Dios. Él es la patria; y, si tiene talento, resulta una pesadilla para el resto del mundo, ya sea de un modo pacífico o violento. Hay varias formas de identificación: identificación con la autoridad, con su país, con una idea; identificación con una creencia, lo que lo obliga a uno a hacer toda clase de cosas; con una ideología, por la cual estáis dispuestos a sacrificar a todo el mundo y a todas las cosas, inclusive a vosotros mismos y a vuestro país, a fin de lograr lo que deseáis; identificación con una utopía, por la cual encajáis a los demás en determinado molde. Existe además la identificación del actor al representar diferentes papeles. Y la mayoría de nosotros estamos en esa actitud de ejecutantes, afectando algo, consciente o inconscientemente.

Nuestra dificultad, pues, consiste en que nos identificamos con un país, con un partido político, con la propaganda, con una creencia, con una ideología, con un líder; todo eso es un tipo de identificación.

Existe luego la identificación con nuestras propias experiencias. He tenido una experiencia, algo emocionante; y mientras más me ocupo de ella, más intensa, más romántica, más sentimental, más nebulosa se vuelve. Y a eso le llamamos Dios; ya conocéis los innumerables modos de engañarse a sí mismo. La ilusión surge, por cierto, cuando uno se aferra a algo. Si he tenido una experiencia que está totalmente terminada y vuelvo a ella, estoy en la ilusión. Si quiero que algo se repita, si me apego a la repetición de una experiencia, ello forzosamente me llevará a la ilusión. Así, pues, la base de la ilusión es la identificación: la identificación con una imagen, con una idea de Dios, con una voz, o con experiencias a las cuales nos adherimos apasionadamente. No es a la experiencia que nos aferramos, sino a la sensación que de ella tuvimos en el momento de experimentará. Vive en la ilusión un hombre que ha creado en torno suyo diversos métodos de identificación. Un hombre que cree a causa de una sensación, de una idea a la cual se apaga, está sujeto a vivir en la ilusión, en el engaño de sí mismo. Por lo tanto, cualquiera experiencia acerca de vosotros o rechacéis, tiene que conduciros a la ilusión. La ilusión solamente cesa cuando comprendéis una experiencia y no os aferráis a ella. Este deseo de poseer es la base de la ilusión, del engaño de uno mismo. Deseáis ser algo, y este deseo ha de ser comprendido, a fin de comprender el proceso de la ilusión, del engaño de uno mismo. Si creo que en mi próxima vida seré un gran instructor, un gran Maestro, el Buda, X, Y o Z, o si creo que ahora soy eso, y a eso me aferró, estaré sin duda en la ilusión porque vivo de una sensación, la cual es una idea; y mi mente se alimenta de ideas, falsas o verdaderas.

¿Y cómo vamos a saber si una experiencia en un momento dado es la verdad? Eso es parte de la pregunta. ¿Por qué deseáis saber si es la verdad? Un hecho es un hecho: no es falso ni verdadero. Sólo cuando deseo traducir un hecho conforme a mi sensación, a mi ideación, es que entro en el engaño. Cuando estoy enojado, ello es un echo; no es cuestión de autoengaño. Cuando soy lujurioso, codicioso, cuando estoy irritado, ello es un hecho; sólo cuando empiezo a justificarlo, a buscarle explicaciones, a evitarlo, a traducirlo conforme a mi prejuicio en mi favor, únicamente entonces tengo que preguntar: “¿que es la verdad?” Es decir, no bien abordamos un hecho emocionalmente, sentimentalmente, a base de ideación, entramos en el mundo de la ilusión y del autoengaño. El mirar un hecho y estar libre de todo eso, requiere extraordinaria vigilancia. Es por lo tanto de la mayor importancia que descubramos por nosotros mismos, no si estamos en la ilusión o engañados, sino si estamos libres del deseo de identificarnos, del deseo de tener una sensación (que llamáis experiencia), del deseo de repetir, de poseer o de volver a una experiencia. Al fin y al cabo, de instante en instante podéis conoceros tal cuales sois, de hecho, no a través del tamiz de la ideación, que es sensación. Para conoceros a vosotros mismos, no hay necesidad de conocer la verdad o lo que no es la verdad. Para miraros en el espejo y ver que sois feos o hermosos, efectivamente, no en un sentido romántico, la verdad no es requisito. Pero la dificultad en que se halla la mayoría de nosotros es que, cuando vemos la imagen, la expresión, deseamos hacer algo a su respecto, deseamos alterarla, darle un nombre diferente. Si es agradable nos identificamos con ella; si es dolorosa, la esquivamos. En este proceso estriba, sin duda el autoengaño, con lo cual estáis un tanto familiarizados. Los políticos hacen eso. Lo hacen los sacerdotes cuando hablan de Dios en nombre de la religión. Y lo hacemos nosotros cuando estamos atrapados en la sensación de las ideas y nos aferramos a ellas: esto es verdadero, esto es falso, los Maestros existen o no existen, todo lo cual es absurdo, falto de madurez, pueril. Más para descubrir lo que es un hecho hace falta una vigilancia extraordinaria, una percepción en la que no halla condenación ni justificación.

Puede decirse, pues, que uno se engaña a sí mismo y que está en la ilusión cuando se identifica con un país, con una creencia, con una idea, con una persona, etc.; o cuando existe el deseo de repetir una experiencia, que es la sensación de la experiencia; o cuando, al recordar la niñez, uno desea repetir sus experiencias: el deleite, la amistad estrecha, la sensibilidad; o cuando uno desea ser algo. Es sumamente difícil no ser engañado, ya sea por uno mismo o por otro; y el engaño cesa tan sólo cuando no existe el deseo de ser algo. Entonces la mente es capaz de ver las cosas tal cuales son, de ver el significado de lo que es; entonces no hay lucha entre lo falso y lo verdadero; entonces no hay búsqueda de la verdad como distinta de lo falso. Lo importante, pues, es comprender el proceso de la mente; y esa comprensión es de hecho, no teórica, sentimental ni romántica; no consiste en encerrarse en un cuarto oscuro y meditar sobre todo ello, ni en tener imágenes visiones; nada de todo eso tiene que ver con la realidad. Y como casi todos somos sentimentales, románticos, como buscamos sensación. estamos atrapados en las ideas; y las ideas no son lo que es. Por lo tanto, la mente que está libre de ideas ‑ que son sensaciones ‑ está libre de ilusión.

Pregunta: La experiencia demuestra que la comprensión sobreviene únicamente cuando cesa la argumentación y el conflicto, cuando se logra en cierto modo una tranquilidad o simpatía intelectual. Esto es cierto hasta en la comprensión de problemas técnicos y matemáticos. Sin embargo, esta tranquilidad ha sido experimentada tan solo después de haberse hecho todos los esfuerzos de análisis, examen o experimentación. ¿Significa eso que dicho esfuerzo es un requisito previo, aunque no suficiente, para la tranquilidad?

Krishnamurti: Espero que hayáis comprendido la pregunta. Para expresarlo brevemente: el interlocutor quiere saber si para que haya tranquilidad de la mente, no es necesario primero esforzarse, ahondar, analizar, examinar. ¿No hace falta esfuerzo para que la mente pueda comprender? Es decir, ¿no es la técnica requisito previo para la “creatividad”? Si se me plantea un problema, ¿no debo investigarlo, considerarlo detenida y completamente, escudriñarlo, analizarlo, desmenuzarlo, preocuparme por él y librarme de él? Entonces, cuando la mente está quieta, se halla la respuesta. Este es el proceso por el cual pasamos. Tenemos un problema, lo consideramos, lo examinamos, lo discutimos; y luego, cansada de él, la mente se aquieta. Entonces, sin saber cómo, hallamos la respuesta. Este proceso nos resulta familiar. Y el interlocutor pregunta: “¿No es eso necesario en primer término?”

¿Por qué pasamos por ese proceso? No nos equivoquemos preguntando si ello es o no necesario; preguntemos por qué pasamos por ese proceso. Yo paso por ese proceso, evidentemente, a fin de hallar una respuesta. Lo que ansío es hallar una respuesta, ¿no es así? Y ese temor de no hallarla, me obliga a hacer todas esas cosas; y luego, después de pasar por dicho proceso, me siento agotado y digo: “no tengo respuesta”. Entonces la mente se aquieta y surge una respuesta, siempre o a veces.

La pregunta no es, pues, si el proceso preliminar es necesario, sino por qué yo paso por ese proceso. Evidentemente, porque busco una respuesta. No estoy interesado en el problema sino en cómo alejarme de él. No busco la comprensión del problema sino la respuesta al problema. Hay ciertamente una diferencia, ¿no es así? Porque la respuesta está en el problema, no fuera de él. Paso por el proceso de escudriñar, analizar, desmenuzar, para huir del problema. Pero si no escapo del problema y trato de mirarlo sin ningún temor o ansiedad, si no hago más que considerar el problema, ya sea matemático, político, religioso o de cualquiera otra índole, y no busco una respuesta, entonces el problema empezará a revelárseme. Eso, sin duda, es lo que ocurre. Pasamos por ese proceso, y eventualmente la rechaza porque no tiene salida. Así, pues, ¿no podemos empezar directamente desde el principio, es decir, sin buscar una respuesta al problema? Ello es sumamente arduo, ¿verdad? Porque, cuanto más comprendo el problema, más significación él posee. Para comprenderlo, he de abordarlo serenamente, sin imponer al problema mis ideas, mis sentimientos de simpatía o antipatía. Entonces el problema revelará su significado.

¿Por qué no es posible tener la mente quieta desde el principio mismo? Sólo habrá tranquilidad cuando yo no busque una respuesta, cuando no le tenga miedo al problema. Nuestra dificultad estriba en el temor que el problema encierra sí, pues; cuando uno pregunta si es necesario o no hacer un esfuerzo, recibe una respuesta falsa.

Veámoslo de manera distinta. Un problema exige atención, no distracción por temor; y no hay atención cuando buscamos una respuesta fuera del problema, una respuesta que nos convenga, que nos resulte preferible, que nos ofrezca satisfacción o escape. En otras palabras, si podemos enfocar el problema sin nada de esto, entonces es posible comprenderlo.

De suerte que la cuestión no es si debemos pasar por este proceso de analizar, examinar, escudriñar, o si ello es necesario para tener tranquilidad. La tranquilidad se manifiesta cuando no tenemos temor; y es porque tememos al problema, al asunto que el problema encierra, que estamos atrapados en los deseos propios de nuestras actividades, en las actividades nacidas de nuestros deseos.

Pregunta: Ya no reprimo mis pensamientos, y me siento chocado por lo que a veces surge en mí. ¿Puedo ser malo hasta tal punto? (Risas).

Krishnamurti: Es bueno sentirse chocado, ¿verdad? Ello implica sensibilidad, ¿no es así? Pero si no os sentís chocados, si sólo decís que hay en vosotros tal o cual cosa que no os gusta, y que vais a disciplinarla, a cambiarla, entonces estáis a prueba de choques, ¿no es así? (Risas). No, por favor, no lo toméis a risa. Porque la mayoría de nosotros desea estar a prueba de sacudidas; no queremos saber lo que somos, y por eso es que hemos aprendido a reprimir, a disciplinar, a destruirnos y a destruir al prójimo, por nuestra patria y por nosotros mismos. No queremos conocernos tal cuales somos. El descubrirse, pues, tal como uno es, resulta chocante; y debe serlo. Deseamos, en efecto, ser diferentes; nos agrada pensar de nosotros mismos, imaginarnos como algo hermoso, noble, como esto o aquello, todo lo cual es resistencia. Nuestra virtud ha llegado a ser mera resistencia, y, por lo tanto, ya no es virtud. Para ser sensible a lo que uno es, requiérese cierta espontaneidad; y es en esa espontaneidad que uno descubre. Pero si habéis reprimido, disciplinado vuestros pensamientos y sentimientos tan completamente que no existe espontaneidad, entonces no es posible descubrir nada; y yo no estoy muy seguro de que no sea eso lo que la mayoría de nosotros quiere: llegar a estar interiormente muertos. Porque es mucho más fácil vivir de ese modo: entregarnos a una idea, a una organización, al servicio, o a Dios sabe qué, y funcionar automáticamente. Es mucho más fácil. Pero el ser sensibles, el darnos cuenta interiormente de todas las posibilidades, es demasiado peligroso, demasiado penoso; y empleamos un método respetable para insensibilizarnos, una forma aceptada de disciplina, de represión, de sublimación, de negación. Bien conocéis las diversas prácticas que nos hacen torpes, insensibles.

Ahora bien, cuando descubráis lo que sois - lo cual, según el interlocutor, es malo - ¿qué haréis con ello? Antes habíais reprimido, y por lo tanto nunca habéis descubierto: ahora ya no reprimís, y descubrís lo que sois. ¿Cuál es vuestra siguiente reacción? Eso, por cierto, es mucho más importante: cómo os las habéis con ello, cómo lo abordáis. ¿Qué ocurre luego, cuando descubrís que sois lo que llamáis “malo”? ¿Y qué hacéis? En el momento mismo en que descubrís, ya vuestra mente está ocupada con ello, ¿no es así? ¿No lo habéis notado? Descubro que soy mezquino; ello me resulta chocante. ¿Qué hago, pues? La mente dice entonces: “no debo ser mezquino”, y por lo tanto cultiva la generosidad. La generosidad de la mano es una cosa, y la generosidad del corazón es otra. La generosidad que se cultiva es la de la mano; la generosidad del corazón no podéis cultivarla. Si os ponéis a cultivar la generosidad del corazón, entonces llenáis el corazón de las cosas de la mente. ¿Qué hacemos, pues, cuando descubrimos ciertos rasgos que no son generosos? Observáos a vosotros mismos, por favor; no aguardéis mi respuesta, mi explicación. Observad, experimentad eso mientras proseguimos juntos. No es que sea ésta una clase de psicología; pero, indudablemente, escuchando cosas como éstas, debemos experimentar y ser libres a medida qué proseguimos, no continuar día tras día con la misma necia rutina.

¿Qué hacemos, pues? La respuesta instintiva consiste en justificar o negar, lo cual nos torna insensibles. Pero el ver la cosa tal cual es, el ver que soy mezquino y ahí parar, sin dar explicación alguna: el saber simplemente que uno es mezquino, es algo extraordinario, lo cual significa que no hay “verbalización”, que ni siquiera se nombra ese sentimiento que uno tiene. Si uno realmente se detiene ahí, verá producirse una transformación extraordinaria. Entonces uno percibe extensivamente lo que implica ese sentimiento y nada tiene que hacer a su respecto. Porque, cuando no le dais nombre a una cosa, ella se desvanece. Experimentad con ello y descubriréis qué cualidad de extraordinaria percepción se manifiesta cuando no nombráis ni justificáis, cuando sólo miráis, cuando observáis en silencio el hecho de que no sois generosos, o de que sois mezquinos. Empleo las palabras “generoso”, “mezquino”, con meros fines de comunicación. La palabra no es la cosa, no os dejéis, pues, llevar por las palabras. Observad, en cambio, esa cosa. Resulta importante descubrir lo qué uno es, sorprenderse y sentirse chocado al descubrir lo que uno es, cuando uno se creía tan maravilloso. Es del todo romántico, idiota y estúpido pensar que uno es esto o aquello. De suerte que, cuando desechéis todo eso y simplemente observéis lo que es ‑ lo cual no requiere valor ni virtud sino una vigilancia extraordinaria ‑ cuando dejéis de reprimirlo, de condenarlo, de justificarlo o darle nombre, entonces veréis producirse una transformación.

Pregunta: ¿Que es lo que determina el intervalo entre la percepción de nuestro pensamiento‑sentimiento y la modificación o desaparición permanente de la condición percibida? En otros términos ¿por qué es que ciertas condiciones indeseables en uno mismo no se desvanecen tan pronto como son observadas?

Krishnamurti: Eso, por cierto, depende de la debida atención, ¿no es así? Cuando uno percibe una cualidad indeseable - y empleo estas palabras simplemente para comunicarme, sin dar un significado especial al término “percibir”. Hay un intervalo de tiempo antes de que se opere una transformación; y el interlocutor desea saber por qué. Indudablemente, el intervalo entre la percepción y el cambio depende de la atención. ¿Hay acaso atención si no hago más que resistir a aquella cualidad, si la condeno o la justifico? No hay atención, ciertamente. Eludo la cosa, nada más. Si procuro sobreponerme a ella, disciplinarla, cambiarla, eso no es atención, ¿verdad? Sólo hay atención cuando estoy plenamente interesado en la cosa misma, no en cómo transformarla, porque entonces lo único que hago es eludir, distraerme, huir. Lo importante, pues, no es lo que ocurre sino el tener esa capacidad de verdadera atención cuando uno descubre una cosa indeseable; y no existe la debida atención si hay alguna forma de identificación, algún sentimiento de placer o desagrado. Eso sin duda, es muy claro: tan pronto me distrae el placer de desear o no desear aquello no hay atención. Si esto está bien claro, entonces el problema es sencillo. Entonces no hay intervalo. Pero el intervalo nos agrada. Nos gusta pasar por todo ese galimatías, recurrir a todos esos modos intrincados de eludir aquello que tenemos que atacar. Y hemos cultivado las escapatorias maravillosa y asiduamente; y las escapatorias se han vuelto más importantes que la cosa misma. Pero si uno ve las evasiones, no en forma verbal sino viendo realmente que uno escapa, entonces existe la debida atención; entonces uno no tiene que luchar contra las escapatorias. Cuando veis algo venenoso, no necesitáis escapar; es algo venenoso y lo dejáis de lado. De igual modo, la verdadera atención es espontánea cuando el problema es realmente grande, cuando la sacudida es intensa. Entonces la respuesta es inmediata. Pero cuando la sacudida, cuando el problema no es grande - y bien que nos cuidamos de no agrandar demasiado ningún problema - entonces nuestra mente se embota y se hastía.

Pregunta: ¿La ocupación del artista, del músico, es cosa vana? No hablo de uno que se dedica al arte o a la música, sino del que es artista de alma. ¿Querría Ud. dilucidar esto?

Krishnamurti: El problema es muy complicado, de modo que hay que examinarlo con calma. Según el interlocutor, hay dos tipos de personas: los que son artistas de alma y aquellos que se dedican al arte o a la música. Los que así lo hacen evidentemente, obran por afán de sensación, por elevarse, para escapar de diversas maneras, o simplemente como entretenimiento o por afición. Podríais dedicaros a ello como otro se entrega a la bebida, a un “ismo” o a algún dogma religioso; tal vez sea menos perjudicial, ya que estáis en vuestra propia compañía. Viene luego el otro tipo, el del artista, si es que tal persona existe. Esa persona pinta, toca o compone música, o practica otras formas del arte, por el arte mismo. ¿Qué le ocurre a esa persona? Es seguro que conocéis gente de ese tipo. ¿Qué le ocurre como individuo, como entidad social? ¿Qué le sucede a tal persona? El peligro que corren todos los que poseen una capacidad, un don, es que se creen superiores. Eso en primer lugar. Creen que son la sal de la tierra. Son gente especialmente elegida desde lo alto; y, con esa sensación de ser distintos, de ser los elegidos, vienen todos los males: son antisociales, individualistas, agresivos, extraordinariamente egocéntricos; casi todas las personas que poseen algún don son así. De suerte que el don, la capacidad, resulta un peligro, ¿no es así? No es que uno pueda evitar el talento o la capacidad; pero hay que darse cuenta de todo lo que ello implica, de los peligros que presenta. Tales personas pueden reunirse en un laboratorio o en una asamblea de músicos y artistas, pero siempre está esa barrera entro ellos y los demás. ¿No es cierto? Vosotros sois legos y yo el especialista: somos el hombre que sabe más y el hombre que sabe menos; y viene luego toda la identificación relacionada con ello.

No hablo con desprecio para nadie, porque sería demasiado estúpido: pero hay que darse cuenta de todas estas cosas. Señalarlas no significa ofender ni ridiculizar a nadie. Pocos de nosotros, en primer lugar, son artistas natos. Nos gusta jugar con ello porque resulta provechoso o porque da cierto lustre, cierta apariencia, o se presta a ciertas expresiones verbales que hemos aprendido. Nos confiere rango, posición. Y si realmente somos artistas, si lo somos de un modo genuino, hay sin duda en nosotros una cualidad de sensibilidad, no de aislamiento. El arte no pertenece a ningún país ni a persona alguna en particular; pero el artista no tarda en hacer de su don algo personal: él pinta, es su obra, su poema. Eso lo infla como a cualquiera de nosotros. Y, por lo tanto, se vuelve antisocial: él es una persona más importante. Y como la mayoría de nosotros, por suerte o por desgracia, no está en esa situación, nos valemos de la música o del arte tan sólo como sensación. Podemos tener una rápida experiencia cuando oímos algo deleitoso; pero la repetición de eso una y otra vez embota pronto nuestra sensibilidad. Nos entregamos a la sensación, simplemente. Si no nos Entregamos a eso, entonces la belleza tiene un significado completamente distinto. Entonces la abordamos siempre de un modo nuevo. Y es este modo nuevo de abordar las cosas en todo momento, sean ellas hermosas o feas, lo que resulta importante, lo que contribuye a la sensibilidad; pero no podéis ser sensibles si sois prisioneros de vuestra propia afición o capacidad, de vuestro propio deleite, de vuestra propia sensación. Sin duda, la persona realmente creadora se allega a las cosas de un modo nuevo; no se limita a repetir lo que el locutor de radio le ha dicho, o lo que dicen los críticos.

La dificultad, pues, estriba en mantener esa sensibilidad en todo momento, en estar alertas, ya seáis artistas o simplemente juguéis con el arte. Y esa sensibilidad se embota cuando os dais importancia a vosotros mismos como artistas. Podéis tener visión y podéis poseer la facultad de expresar esa visión en pintura, en el mármol, en palabras; pero no bien os identificáis con ella, estáis perdidos, ella ha terminado. Perdéis esa sensibilidad. Al mundo le encanta ensalzaros, decir cuán maravillosos sois como artistas, y a vosotros eso os agrada. Y, para la mayoría de nosotros, que no somos grandes artistas natos, nuestra dificultad está en no perdernos en las sensaciones, porque las sensaciones embotan; por medio de éstas no podéis “vivenciar”. La vivencia sólo se produce cuando hay relación directa; y no hay relación directa cuando existe el velo de la sensación, el deseo de ser, de cambiar, de continuar. Nuestro problema, pues, está en mantenernos alertas y sensibles; y eso resulta imposible cuando lo único que buscamos es sensación y repetir la sensación.

El Conocimiento de Uno Mismo

8ª Conferencia - 7 de agosto de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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