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El Conocimiento de Uno Mismo

11ª Conferencia - 20 de agosto de 1949

Durante las últimas semanas hemos estado dilucidando el problema de la propia comprensión. Porque, cuanto más se piensa en los muchos y contradictorios problemas de la vida privada y social, siempre en aumento, más se ve que, a menos que haya una transformación radical, fundamental, dentro de uno mismo, no es posible, evidentemente, encarar esos problemas que a cada uno de nosotros se nos plantean. Resulta, pues, esencial, si hemos de resolver cualquiera de esos problemas de nuestra vida, atacarlos uno mismo directamente, estar en relación con ellos, y no simplemente depender de los especialistas, peritos, dirigentes religiosos o políticos, que ofrecen panaceas. Y a medida que nuestra vida, nuestra cultura y civilización, se complican cada vez más, tórnase difícil habérnoslas directamente con los problemas siempre en aumento.

Ahora bien, entre los problemas que a mi parecer la mayoría de nosotros no hemos afrontado de un modo profundo y fundamental, está la cuestión del dominio y la sumisión. Y, si se me permite, antes de proceder a contestar las preguntas, me agradaría discutir breve y sucintamente esta noble naturaleza de la dominación.

¿Por qué es que dominamos, consciente o inconscientemente: el hombre a la mujer, la mujer al hombre, etc.? Hay dominación en formas diferentes, y no sólo en la vida privada, pues la tendencia de los gobiernos es también, en un todo, la de dominar. ¿Por qué continúa constantemente, de época en época, este espíritu de dominación? Sólo muy pocos parecen escapar a él. ¿Podemos pensar a su respecto en un sentido diferente? Es decir, ¿podemos comprenderlo sin ir a lo opuesto? Porque, no bien lo reconocemos, no bien nos damos cuenta de este problema de la dominación, empezamos a someternos, o consideramos el problema en términos de lo opuesto, la sumisión. ¿No podemos pensar sin considerar lo opuesto, y encarar el problema directamente? Tal vez entonces seremos capaces de comprender todo este complejo problema de la dominación: por qué uno trata de ejercer poder sobre otros o se somete a otros. Después de todo, el sometimiento es otra forma de dominio. El someterse uno a otro, ya sea a un hombre o a una mujer, es la forma negativa del dominio. Por la negación misma del dominio, uno se vuelve sumiso; y no creo que podamos resolver este problema pensando en términos de lo opuesto. Investiguémoslo, pues, y veamos por qué existe.

Ante todo, uno debe darse cuenta de la forma cruda y evidente de la dominación, ¿no es así? Por poco que estemos alertas, casi todos la percibimos. Pero existe la dominación inconsciente, de la cual la mayoría no nos damos cuenta. Es decir, el deseo inconsciente de dominar asume la apariencia o emplea la excusa del servicio, del amor, de la bondad, etc. El deseo inconsciente de dominar existe bajo diversas formas; y creo que es mucho más importante comprender este hecho que tratar simplemente de regular la dominación superficial de uno por otro.

Ahora bien, ¿por qué es que inconscientemente deseamos dominar? Probablemente la mayoría de nosotros no nos damos cuenta de que dominamos en distintos niveles, no sólo en la familia, sino asimismo en el nivel verbal; y también existe ese deseo íntimo de buscar poder, de buscar el éxito, todo lo cual es indicio de dominación. ¿Por qué? ¿Por qué deseamos dominar a otra persona o subordinarnos a ella? Si uno deliberada y conscientemente se hace esa pregunta, ¿cuál sería la respuesta? La mayoría de nosotros no sabría por qué desea dominar. En primer lugar, hay en ello la sensación, el placer inconsciente de dominar a alguien. ¿Es ese el único motivo que nos induce a querer dominar? En parte lo es, por cierto; pero hay en ello mucho más, una significación mucho más profunda. Me pregunto si alguna vez os habéis observado dominando en vuestra vida de relación, ya sea como hombre o como mujer. Y si habéis sido conscientes de ello, ¿cuál fue vuestra respuesta, vuestra reacción? ¿Y por qué no deberíamos dominar? En la interrelación, que es la vida, ¿acaso comprendemos mediante la dominación? Si en la vida de relación yo os domino o vosotros me domináis, ¿nos comprendemos acaso unos a otros? Después de todo, eso es la vida, ¿verdad? La interrelación es vida, es acción; y si sólo vivo en el acto de dominar, que me encierra en mí mismo, ¿hay acaso convivencia? ¿No es la dominación un proceso de aislamiento que niega la convivencia? ¿No es el dominio un proceso de separación que destruye la convivencia? ¿Y es eso, realmente, lo que yo busco? ¿Y puede haber convivencia de dos personas si hay sentido alguno de dominio o de sometimiento? La vida es interrelación; uno no puede vivir en el aislamiento. ¿Pero no intentamos inconscientemente aislarnos, disimulándolo con ese sentimiento de afirmación agresiva que es la dominación?

¿El proceso de dominar no es, pues, un proceso de aislamiento? ¿Y no es esto lo que casi todos deseamos? La mayoría de nosotros cultivamos esto asiduamente. Porque el estar abierto en la convivencia es muy doloroso, requiere inteligencia y adaptabilidad extraordinarias, viveza, comprensión; y cuando eso no existe, tratamos de aislarnos. ¿Y no es el proceso del dominio un proceso de aislamiento? Lo es, evidentemente. Es un proceso de encierro en uno mismo. Y cuando estoy encerrado, encastillado en mi propia opinión, en mis propios deseos, en mis propias ambiciones, en mi afán de dominar, ¿hago acaso vida de relación? ¿Y si no hay convivencia, cómo es posible existir realmente? ¿No hay entonces constante rozamiento, y, por tanto, dolor? Así, pues, nuestro deseo inconsciente en la vida de relación es no sufrir daño, buscar seguridad, refugio; y cuando eso se desbarata, nuestro anhelo no se cumple: Entonces empiezo a aislarme. Y uno de los procesos del aislamiento es la dominación. Y ese temor que lleva al aislamiento asume también otra forma, ¿no es cierto? No sólo existe el deseo de afirmar, de dominar o de ser sumiso, sino que en ese proceso de aislamiento existe también la conciencia de estar solo, de ser solitario. Después de todo, la mayoría de nosotros somos solitarios. No emplearé la palabra “unitotal” porque esa palabra tiene un sentido diferente. Casi todos estamos aislados, vivimos en nuestro propio mundo, aun cuando estemos relacionados. Aun siendo casados y teniendo hijos, vivimos en nuestro propio mundo. Y ese es un mundo muy solitario. Es un mundo doloroso, con ocasionales destellos de alegría y diversión, felicidad y otras cosas; pero es un mundo solitario. Y para escapar a eso, tratamos de ser algo, tratamos de afirmarnos, de dominar. De ahí que, para esquivar lo que somos, la dominación se convierta en un medio por el cual podemos huir de nosotros mismos.

¿Todo este proceso de dominio no ocurre, pues, no sólo cuando hay deseo de evitar enfrentarnos a lo que somos, sino también cuando deseamos estar aislados? Si podemos observar este proceso en nosotros, no con ánimo condenatorio - lo cual es simplemente tomar el extremo opuesto - sino comprendiendo por qué tenemos ese extraordinario deseo de dominar o de volvernos muy sumisos; si podemos darnos cuenta de ello sin sentido alguno de hacer lo opuesto, creo que experimentaremos de un modo real ese estado de aislamiento del cual tratamos de huir; y entonces podremos resolverlo. Es decir, cuando comprendemos, algo, nos libramos de ello. Solamente cuando no comprendemos, es que hay temor.

¿Podremos, pues, mirar este problema sin condenación? ¿Podemos simplemente observar, vigilar silenciosamente este proceso que opera dentro de nosotros? Puede ser observado muy fácilmente en todas nuestras relaciones. Observad en silencio, nada más, cómo se va desenvolviendo todo el fenómeno. Encontraréis que cuando no hay condenación ni justificación para vuestro dominio, el fenómeno empieza a revelarse sin obstáculos. Entonces empezaréis a ver todo lo que implica no sólo la dominación personal, sino también la de carácter público, la dominación de un grupo por otro, de un país por otro, de una ideología por otra, y así sucesivamente. El conocimiento propio es esencial para cualquier clase de comprensión. Si esto lo encaráis como es debido, y dado que nuestra interrelación es vida - sin interrelación no puede haber existencia - empezáis a ver que este proceso de dominación se expresa de muchas maneras; y cuando comprendéis la totalidad de este proceso, tanto consciente como inconsciente, os libertáis de él. Indudablemente, tiene que haber libertad; y sólo entonces existe una posibilidad de ir más allá. Porque una mente que sólo se ocupa en dominar, en afirmar, que está atada a una forma especial de creencia, a una opinión determinada, no puede ir más lejos, no puede emprender un largo viaje, no puede remontarse. ¿No es, pues, esencial para la comprensión de uno mismo, comprender este problema de la dominación, tan complejo y difícil? El adopta formas muy sutiles; y cuando asume una forma virtuosa, llega a ser muy pertinaz. Cuando el deseo de servir va unido al deseo inconsciente de dominar, resulta mucho más difícil habérselas con él. ¿Puede haber amor cuando existe dominio? ¿Podéis convivir con alguien que decís amar y a quien sin embargo domináis? En tal caso, sin duda, no hacéis más que utilizar a la persona; y cuando os valéis de alguien, no hay convivencia. ¿No es así?

Para comprender, pues, este problema, uno ha de ser sensible a todo lo relacionado con la dominación. No es que no debáis dominar, o que debáis ser sumisos, sino que debéis daros cuenta de todo este problema. Para darse cuenta, uno debe enfocarlo sin ninguna condenación, sin tomar partido; y esa es cosa muy difícil de hacer, porque casi todos nos inclinamos a condenar. Y condenamos porque creemos comprender. Pero no comprendemos. En el momento en que condenamos, cesa la comprensión. Uno de los modos más sencillos de deshacerse de las cosas, consiste en condenar a alguna persona. Mas para comprender todo este proceso, se requiere una gran vigilancia de la mente; y una mente no está alerta cuando condena o justifica, o cuando simplemente se identifica con lo que siente.

De suerte que el conocimiento propio es un constante descubrimiento, de instante en instante; pero ese descubrimiento no es posible si el pasado emite una opinión o levanta una barrera. La acción acumulativa de la mente impide la comprensión inmediata.

Tengo varias preguntas, pero antes de contestarlas, permítaseme decir a aquellos que toman notas que no deben hacerlo. Explicaré por qué: yo me dirijo al individuo, a cada uno de vosotros, no a un grupo. Hay algo que vosotros y yo estamos viviendo juntos. No tomáis notas de lo que yo digo sino que lo experimentáis. Vamos juntos de viaje; y si sólo os interesa tomar notas, no escucháis realmente. Lo fijáis por escrito a fin de pensarlo, según diréis, o de explicárselo a algunos de vuestros amigos que no se encuentran aquí. Pero eso, a buen seguro, no es lo importante, ¿verdad? Lo importante es que vosotros y yo comprendamos: y para comprender, debéis prestar toda vuestra atención. ¿Y cómo podéis prestar vuestra plena atención cuando tomáis notas? Os ruego que veáis la importancia de esto, y entonces os abstendréis naturalmente de tomar notas. No se os tiene que obligar; nadie os lo debe decir. Porque lo que importa en estas reuniones no son tanto las palabras, sino lo que hay detrás de ellas, su contenido psicológico: y no podréis comprender lo que ellas implican a no ser que prestéis vuestra plena atención, vuestra atención consciente.

Pregunta: ¿No es la experiencia del pasado una contribución a la libertad y a la recta acción en el presente? ¿No puede ser el conocimiento un factor de liberación, y no un obstáculo?

Krishnamurti: ¿Comprendemos el presente a través del pasado? ¿Comprendemos algo a través de la acumulación de experiencias? ¿Qué entendemos por conocimiento? ¿Qué entendemos por acumulación de experiencia, la cual, según decís, os da comprensión? ¿Qué queremos decir con todo eso? ¿Y qué entendemos por experiencia pasada? Investiguemos esto un poco, porque es muy importante descubrir si el pasado, que es la acumulación de vuestros recuerdos de incidentes y experiencias, os dará comprensión de una experiencia en el presente.

Veamos qué ocurre cuando hay una experiencia. ¿Cuál es su proceso? ¿Qué es una experiencia? Un reto y una respuesta, ¿no es cierto? Eso es lo que llamemos experiencia. Ahora bien, el reto siempre ha de ser nuevo, pues de lo contrario no es reto; ¿y acaso yo lo enfrento de manera adecuada, plena y total si respondo conforme a mi pasado “condicionamiento”? ¿Acaso lo comprendo? Después de todo, la vida es un proceso de reto y de respuesta. Ese es el proceso constante. Y hay discrepancia entre el reto y la respuesta cuando la respuesta es inadecuada; hay sufrimiento, dolor. Cuando la respuesta es adecuada al reto, entonces hay armonía; hay integración entre el reto y la respuesta. Pues bien, ¿puede ser adecuada mi respuesta a un reto si se basa en las diversas experiencias del pasado? ¿Puede hacerle frente al reto en el mismo nivel? ¿Y cuál es la respuesta? La respuesta es el resultado de la acumulación de diversas experiencias - el recuerdo, la sensación de diferentes experiencias; no la experiencia misma, sino el recuerdo y la sensación de la experiencia. Lo que se enfrenta al reto, por lo tanto, es la sensación, es la memoria. Eso es lo que llamamos conocimiento acumulado, ¿no es así? Por lo tanto, el conocimiento es siempre lo conocido, lo pasado, lo condicionado; lo condicionado se enfrenta a lo incondicionado, al reto, y por eso no hay relación entre ambos; entonces interpretáis el reto de acuerdo con la mente condicionada, con las respuestas condicionadas. ¿Y no es eso un impedimento?

De suerte que la cuestión es cómo enfrentar el reto adecuadamente. Si lo hago con mis experiencias pasadas, puedo ver muy bien que ello no resulta adecuado. Y mi mente es el pasado; mi pensamiento es el resultado del pasado. Así, pues, ¿puede el pensamiento enfrentar el reto - el pensamiento -, que es el resultado del conocimiento, de diversas experiencias, etc.? ¿Puede el pensamiento hacer frente al reto? Siendo el pensamiento condicionado, ¿cómo puede hacerla frente? Puede enfrentarlo parcialmente, y, por tanto, inadecuadamente - y de ahí que haya rozamiento, dolor y todo lo demás. Hay, pues, un modo diferente de enfrentar el reto, ¿no es así? ¿Y cuál es ese modo, ese proceso? Eso es lo que implica esta pregunta.

Ante todo, uno ha de ver que el reto es siempre nuevo; tiene que ser nuevo, pues de lo contrario no es un reto. Un problema es siempre un problema nuevo, porque varía de instante en instante; y si no varía no es un problema. Es estático. De modo que si el reto es nuevo, la mente también ha de ser nueva; ha de allegársele de un modo nuevo y no con la carga del pasado. Mas la mente es el pasado; por lo tanto, la mente debe estar en silencio. Esto lo hacemos instintivamente, casi sin pensar, cuando el problema es muy grande; cuando el problema es realmente nuevo, la mente esta en silencio. Ya no parlotea, ya no está agobiada por el cocimiento acumulado. Responde entonces con esa calidad de lo nuevo, y por lo tanto hay comprensión del reto. Es así, por cierto, que surge toda “creatividad”. La creación, o ese sentido de “creatividad”, es de instante en instante; carece de acumulación. Podéis poseer la técnica para la expresión de esa “creatividad”; pero ese sentimiento de “creatividad” sólo se manifiesta cuando la mente está absolutamente quieta, cuando ya no está agobiada por el pasado, por las innumerables experiencias y sensaciones que ha acumulado.

Así, pues, el que la respuesta sea adecuada al reto no depende del conocimiento ni de recuerdos previos, sino de su novedad, de su originalidad; y esa originalidad, es cualidad de renovación, es incompatible con la continuidad de la experiencia acumulada. Tiene que haber, por lo tanto, cesación a cada minuto, una muerte en todo instante.

Es posible que algunos de vosotros sientan que esto está muy bien para decirlo. Pero si realmente lo experimentáis, veréis de qué modo extraordinario y con cuánta rapidez se comprende el reto y no sólo se le responde, cuán profunda es la relación que uno tiene con el reto. No hay duda de que uno comprende tan sólo cuando la mente es capaz de renovarse, de ser nueva, original, no “abierta”. Entonces es como un tamiz. Y como el problema es siempre nuevo - el sufrimiento es siempre nuevo si es verdadero dolor y no mero recuerdo de alguna otra cosa - tenéis que comprenderlo, que encararlo de un modo nuevo: debéis tener una mente nueva. Es por eso que el conocimiento, como acumulación de experiencias individuales o colectivas, es un obstáculo para la comprensión.

Pregunta: ¿Es mi creencia en la supervivencia después de la muerte, hecho ya aceptado como auténtico, un estorbo para la liberación por medio del conocimiento propio? ¿No es esencial que se distinga entre la creencia basada en evidencia objetiva y la creencia que surge de estados psicológicos internos?

Krishnamurti: Lo importante, por cierto, no es si hay o si no hay continuidad después de la muerte, sino por qué creemos. ¿Cuál es el estado psicológico que exige creer en algo? Seamos bien claros, por favor. No discutimos ahora si hay o si no hay vida después de la muerte. Esa es otra cuestión, de la que habremos de ocuparnos después, en otro momento. Pero el problema es éste: ¿cuál es en mí el factor compulsivo, la necesidad psicológica que me hace creer? Un hecho no exige creencia de parte vuestra, por cierto. El sol se pone, el sol sale: eso no exige creencia. La creencia sólo se origina cuando queréis interpretar el hecho de acuerdo con vuestros deseos, con vuestros estados psicológicos, para satisfacer vuestros propios prejuicios, vanidades e idiosincrasia. Lo importante, pues, es como encarar el hecho, ya se trate de la vida después de la muerte o de cualquiera otro hecho. De modo que no es cuestión de saber si hay supervivencia del individuo después de la muerte - después que muere su cuerpo - sino por qué creéis, qué impulso psicológico os hace creer. Eso es claro, por cierto, ¿no es así? Investiguemos, pues, si esa creencia psicológica no es un estorbo para la comprensión.

Si uno se ve confrontado con un hecho, no hay nada más que decir al respecto. Es un hecho, el sol se pone. Pero el problema es este: ¿por qué existe en mí ese instinto incesante de creer en algo - en Dios; en una ideología, en una futura utopía, en esto o en aquello? ¿Por qué? ¿Por qué creemos? ¿Por qué existe ese impulso psicológico de creer? ¿Qué ocurriría si no creyésemos, si simplemente observásemos los hechos? ¿Podemos hacerlo? Ello se vuelve casi imposible - ¿no es así? - porque queremos interpretar los hechos de acuerdo con nuestras sensaciones. De suerte que las creencias se convierten en sensaciones, las cuales se interponen entre el hecho y yo. La creencia se convierte, pues, en un estorbo. ¿Somos diferentes de nuestras creencias? Creéis que sois americanos, o que sois hindúes, creéis en esto y en aquello, en la reencarnación, en docenas de cosas. Y eso sois, ¿no es así? Sois eso que creéis. ¿Y por qué creéis? Lo cual no quiere decir que yo sea ateo, o que niegue a Dios, y todas esas estupideces; no es eso lo que discutimos. La realidad nada tiene que ver con la creencia.

El problema es, pues, este: ¿por qué creéis? ¿Por qué esa necesidad psicológica, ese interés en la creencia? ¿No será porque sin creencia no sois nada? Sin el pasaporte de la creencia, ¿qué sois? Si no os clasificáis como algo, ¿qué sois? Si no creéis en la reencarnación, si no os llamáis esto o aquello, si no tenéis rótulos, ¿qué sois? La creencia, por consiguiente, actúa como un rótulo, como una tarjeta de identificación: y eliminada la tarjeta, ¿qué queda de vosotros? ¿No es ese temor fundamental, esa sensación de estar perdido, lo que torna necesaria la creencia? Pensadlo bien, por favor; no lo rechacéis. Experimentemos juntos las cosas que estamos tratando; no escuchemos simplemente para luego marcharnos y continuar con nuestras creencias y “no creencias” habituales. Estamos discutiendo todo el problema de la creencia.

De suerte que la creencia, la palabra, ha llegado a ser importante. El rótulo ha adquirido importancia. Si yo no me llamara hindú, con todo lo que ello implica, estaría perdido, no tendría identidad. Pero el identificarme con la India, como hindú, me da un prestigio tremendo, me confiere rango, me fija una posición, me atribuye valor. La creencia, pues, se convierte en una necesidad cuando psicológicamente me doy cuenta, consciente o inconscientemente, de que sin el rótulo estoy perdido. Entonces el rótulo llega a ser lo importante - no lo que soy, sino el rótulo: cristiano, budista, hindú. Y entonces tratamos de vivir de acuerdo con esas creencias, las cuales son autoproyectadas, y, por lo tanto, ilusorias. Indudablemente, para el hombre que cree en Dios, su Dios es un Dios proyectado por él mismo, un Dios de su propia hechura. Pero el hombre que no cree en Dios es lo mismo. Para comprender lo que es aquello, ese algo supremo, uno ha de llegar a él renovado, como nuevo, no atado a una creencia. Y me parece que esa es nuestra dificultad en lo social, en lo económico, en lo político y en nuestras relaciones individuales. Es decir, abordamos todos estos problemas con un prejuicio; y como los problemas son vitales, vivos, sólo pueden encararse adecuadamente cuando la mente es nueva, cuando no está sujete a una creencia autoproyectada, a una creencia de su propia hechura.

Es obvio que la creencia se convierte en un estorbo cuando no ha sido comprendido el deseo de creer; y una vez comprendido éste, el problema de la creencia ya no existe. Entonces podéis encarar los hechos tal cuales son. Pero aun cuando haya continuidad después de la muerte, ¿resuelve eso el problema de la vida en el presente? Si yo sé que voy a vivir después que esta cosa (el cuerpo) muera, ¿acaso he comprendido la vida? La vida es ahora, no mañana, Y para comprender el presente, ¿tengo que creer? Para comprender el presente, que es vida, que no es sólo un período de tiempo, no hay duda de que he de tener una mente que sea capaz de enfrentar ese presente en su totalidad, prestándole plena atención. Pero si mi atención se distrae con una creencia es seguro que no encaro el presente de un modo completo, pleno.

La creencia, pues, se convierte en un impedimento para la comprensión de la realidad. Siendo la realidad lo desconocido, y la creencia lo conocido, ¿cómo puede lo conocido encontrar lo desconocido? Pero nuestra dificultad está en que deseamos lo desconocido junto con lo conocido. No queremos desprendernos de lo conocido porque ello resulta demasiado aterrador; en nosotros hay gran inseguridad, gran incertidumbre. Y es por eso que, para protegernos, nos rodeamos de creencias. Es tan sólo en el estado de incertidumbre, de inseguridad - en el que no hay sensación alguna de refugio - que descubrís. Por eso es que, para encontrar, debéis estar perdidos. Pero no queremos estar perdidos. Y, para evitar perdernos, tenemos creencias y dioses de nuestra propia hechura, que nos protegen. Y cuando llega el momento de la verdadera crisis, esos dioses y creencias carecen de valor. De ahí que las creencias sean un impedimento para el que quiere realmente descubrir lo que es.

Pregunta: ¿Por qué es que, a pesar de todo lo que Ud. ha dicho contra la autoridad, ciertos individuos se identifican con Ud. y con su estado de ser, y así logran autoridad para sí mismos? ¿Cómo pueden los inexpertos evitar ser atrapados en la red de estos individuos? (Risas).

Krishnamurti: Señor, esta es una pregunta muy importante porque la cuestión que plantea es nuestro deseo de identificarnos con algo. En primer lugar, ¿por qué deseáis identificaros conmigo, o con mi estado de ser, o con lo que fuere? ¿Cómo lo conocéis? ¿Acaso porque hablo o porque tengo un nombre? Es evidente que os identificáis con algo que habéis proyectado. No os identificáis con algo viviente. Os identificáis con algo creado por vosotros mismos, y le ponéis un rótulo; y ocurre que ese rótulo es bien conocido o conocido de unos pocos; y esa identificación os da prestigio. Y entonces podéis explotar a la gente. Ya sabéis: llamándoos amigos de alguien, o discípulos de alguien, lográis una gloria reflejada. Recorréis todo el camino hasta la India para encontrar a vuestro dios o a vuestro Maestro, y entonces os identificáis con ese culto o esa idea en particular, y ello os brinda cierta prominencia. Y entonces podéis explotar a los que os rodean. Es un procedimiento estúpido. Os da una sensación de autoridad, de poder, el creer que sois la única persona que comprende. Nadie más comprende; sois el discípulo más allegado. Bien conocéis los diferentes procedimientos de que nos valemos para explotar a los ciegos.

Lo primero, pues, que hay que comprender, es el deseo de explotar a la gente, es decir, el deseo de obtener para vosotros poder, posición, prestigio. Y como todo el mundo quiere eso, tanto el inexperto como el experto, todos quedan atrapados en la misma red. Todos queremos explotar a alguien. No lo presentamos tan brutalmente; lo encubrimos con palabras suaves. Como todos dependemos de los demás, no sólo para nuestras necesidades físicas sino también para nuestras necesidades psicológicas, todos nos servimos de los demás. Si yo me valiera de vosotros para expresarme en estas reuniones, ello os gustaría mucho más; y yo me sentiría satisfecho, y nos explotaríamos unos a otros, por cierto. Pero ese proceso impide la búsqueda de la verdad, la búsqueda de la realidad. No podéis impedir que el inexperto sea atrapado en la red de esos individuos que pretenden comprender, que son los más “allegados”. Señor, tal vez Ud. mismo esté atrapado en ello; porque no queremos libertarnos de toda identificación. Es evidente que la verdad nada tiene que ver con individuo alguno; no depende de la interpretación de nadie. Tenéis que experimentarla directamente, no por intermedio de alguien; y no es cuestión de sensación ni de creencia. Pero si estamos atrapados en la sensación y la creencia, nos serviremos de los demás. De modo que si uno realmente busca la verdad, honrada y directamente, entonces no es cuestión de explotar a nadie. Pero eso requiere una gran dosis de honradez; eso trae consigo una “unitotalidad” que sólo puede comprenderse cuando uno ha pasado por la soledad y la ha profundizado plena y completamente. Y como la mayoría de nosotros no quiere pasar por el dolor, por el sufrimiento de hacer frente a las complicaciones de nuestros estados psicológicos, nos vemos distraídos por esos explotadores; y nos agrada ser explotados. Se requiere una gran dosis de percepción paciente, el estar libre de toda identificación, para comprender, para captar el significado total de la realidad.

El Conocimiento de Uno Mismo

11ª Conferencia - 20 de agosto de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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