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El Conocimiento de Uno Mismo

12ª Conferencia - 21 de agosto de 1949

No se con qué actitud se escuchan estas pláticas. Me temo que haya propensión a escucharlas con la intención de desarrollar un método, una técnica, una línea de conducta; y me parece que es muy importante comprender esa tendencia, porque, si somos prisioneros de una técnica, de una línea de conducta, de un método, perderemos enteramente la liberación creadora. Es decir, cultivando una técnica, un método, perderemos la “creatividad”. Y me gustaría discutir en la mañana de hoy qué es lo que implica el cultivo de una técnica, de un método, de una línea de conducta, y cómo entorpece la mente no sólo en el nivel verbal sino en los niveles psicológicos más profundos. La mayoría de nosotros, en efecto, no somos creadores. Puede que pintemos un poco, que escribamos uno o dos poemas de vez en cuando, o que en raras ocasiones disfrutemos de los bellos paisajes, pero casi siempre nuestra mente está tan apegada a la línea de conducta, al hábito - lo cual es una forma de técnica - que al parecer no podemos ir más lejos. Los problemas de la vida no exigen un método, porque son tan vitales, tan vivos, que si abordamos cualquiera de ellos con una norma fija, con un método, con una línea de conducta, todo lo tomaremos en sentido erróneo y no haremos frente de manera adecuada a dicho problema. Y casi todos queremos una técnica, un método; porque el problema, el movimiento de la vida, es tan vivo, tan vital, tan veloz, que nuestra mente es incapaz de hacerle frente rápidamente, con prontitud, con claridad; y creemos que podremos hacerle frente si sabemos cómo. Por eso tratamos de aprender de alguien el “cómo”, el método, la técnica, el modo, los medios.

No estoy nada seguro de que a la mayoría de los aquí presentes no les preocupen los medios. No lo neguéis, porque es sumamente difícil estar libre del deseo de una técnica para el logro. Cuando poseemos los medios, en efecto, damos énfasis al fin, al resultado. Nos interesa más el resultado que la comprensión del problema en sí, sea cual fuere el resultado. ¿Por qué es que la mayoría de nosotros busca un método para la felicidad, para el recto pensar, para la paz de la mente o la paz del alma, o lo que fuere?

En primer lugar, es con mentalidad de técnicos industriales que hacemos frente a la vida. Esto es, queremos enfrentarnos a la vida eficientemente, y para ello creemos necesario un método; y casi todas las sociedades religiosas, casi todos los instructores, ofrecen un método: cómo ser pacíficos, cómo ser felices, cómo tener una mente serena, cómo concentrarse, etc. Ahora bien, donde hay eficiencia hay crueldad; y cuanto más eficientes seáis, más intolerantes, más encastillados, más obstinados seréis. Esto desarrolla gradualmente un sentido de orgullo; y el orgullo, evidentemente, nos aísla y resulta destructivo para el entendimiento. Admiramos a las personas eficientes; y los gobiernos del mundo entero se interesan en el fomento y la organización de la eficiencia: eficiencia para producir, para matar, para poner en práctica la ideología de un partido, de una iglesia o de tal o cual religión. Todos queremos ser eficientes: de ahí que cultivemos la exigencia psicológica de una norma a la cual nos ajustaremos con el objeto de lograr eficiencia. La eficiencia, que significa cultivo de una técnica, de un método, implica psicológicamente la práctica constante de un hábito. Sabemos acerca de los hábitos industriales, pero muy poco del hábito psicológico de la resistencia. Y no estoy del todo seguro de que eso no sea lo que la mayoría de nosotros esté buscando: el cultivo de un hábito que nos haga eficientes para hacer frente a la vida, que es tan veloz. De suerte que si podemos comprender, no sólo verbalmente sino también en los niveles psicológicos más profundos, todo este proceso del cultivo de la técnica, del método, de los medios, entonces, a mi parecer, podremos comprender qué es lo que significa el que uno sea creador. Porque, cuando hay impulso creador, él hallará su propia técnica o su propio medio de expresión. Pero es obvio que si estamos consumidos, embebidos, en el cultivo de una técnica, jamás encontraremos lo otro. ¿Y por qué es que queremos una técnica, la norma psicológica de acción que nos de certeza, eficiencia, continuidad, un esfuerzo sostenido? Al fin y al cabo, si habéis de leer libros religiosos, casi todos ellos, estoy bastante seguro, contienen la línea de conducta - y no es que yo haya leído alguno. El camino a seguir adquiere importancia porque él indica la meta; por tanto, la meta es distinta del camino. ¿Es cierto eso? ¿Los medios son diferentes del fin? Si psicológicamente cultiváis un hábito, un método, un medio, una línea de conducta, una técnica, ¿el fin no está proyectado, cristalizado de antemano? Los medios y el fin, por lo tanto, no son distintos. Es decir, no podéis tener paz en el mundo por medios violentos, en el terreno que fuere. Los medios y el fin son inseparables; y la mente que cultiva un hábito creará el fin que ya está previsto, cultivado, que ya existe, proyectado por la mente. Y eso es lo que casi todos queremos. La técnica es tan sólo el cultivo de lo conocido, de la seguridad, de la certeza; y con lo conocido la mente quiere percibir lo desconocido; por lo tanto, jamás podrá comprenderlo. Así, pues, lo que importa son los medios, no el fin; porque el fin y los medios son una sola cosa. Así, pues, la mente que cultiva un hábito, una línea de conducta, una técnica, impide la “creatividad”, ese extraordinario sentido de descubrimiento espontáneo.

Nuestro problema, entonces, no consiste en utilizar una nueva técnica, un nuevo hábito, o descubrir un nuevo camino, sino en librarnos por completo de la búsqueda psicológica de una técnica. Si tenéis algo que decir, lo diréis; las palabras adecuadas aparecerán. Más si nada tenéis que decir, y si cultiváis una elocuencia maravillosa - ya lo sabéis: asistiendo a escuelas donde se aprende oratoria - entonces lo que proyectáis, lo que decís, tendrá escasa significación.

Así, pues, ¿por qué es que casi todos buscamos un método, una técnica? Evidentemente, queremos estar seguros, tener certeza de no ir por mal camino; no queremos experimentar, descubrir. La práctica de una técnica impide descubrir de instante en instante; porque la verdad, o lo que sea, es de instante en instante, no es un arco continuo que crece, que aumenta. ¿Podemos, pues, librarnos del impulso psicológico de estar seguros, de cultivar un hábito, una práctica? Todas esas cosas son resistencias, defensas; y con este mecanismo defensivo queremos comprender algo que es vital, veloz. Ahora bien, si podemos ver eso, ver lo que implica el cultivo o la búsqueda de un medio, si podemos ver la significación psicológica de tal búsqueda, no simplemente la significación superficial o la significación industrial, que es evidente; si podemos comprenderla de manera cabal, según voy explicándolo y según vosotros y yo lo vamos experimentando, entonces, tal vez, podremos descubrir lo que significa estar libre de ella. ¿Y es posible librarse del deseo de estar psicológicamente en seguridad? La técnica, un medio, ofrece seguridad. Caéis en una rutina, y entonces no es cuestión de acertar o fracasar; funcionáis, simplemente, de manera automática. ¿Es posible que una mente adiestrada durante siglos en el cultivo de un hábito, de un medio, pueda ser libre? Sólo es posible cuando nos damos cuenta del pleno significado del hábito, del proceso total de su impulso. Es decir, observad en silencio, mientras yo hablo, vuestro propio proceso; daos cuenta del efecto acumulativo de todos vuestros deseos de triunfar, de ganar, de lograr, todo lo cual niega la comprensión. Porque la comprensión de la vida, de este proceso total, no llega por medio del deseo; tiene que haber un encuentro espontáneo con ella. Si uno puede ver todo este proceso psicológico, así como su expresión externa - cómo todos los gobiernos, toda la sociedad, todas las diversas comunidades, exigen eficiencia, con toda la crueldad que la acompaña - entonces, tal vez, la mente empezará a desprenderse de sus hábitos corrientes. Entonces será realmente libre; ya no buscará un medio. Entonces, cuando la mente está quieta, surge ese “algo” creador que es la creación misma. Esta encontrará su propia expresión; no tenéis que escogérsela. Si sois pintores, pintaréis. Ese entendimiento creador, no la expresión técnica de algo que habéis aprendido, es lo vital, lo que trae la gracia, lo que brinda felicidad.

Así, pues, la realidad, o Dios, o lo que os plazca, es algo que no puede llegar por conducto de una técnica, de un medio, mediante una larga práctica y una resuelta disciplina. No es un curso trazado con un fin conocido. Hay que lanzarse al mar inexplorado. Tiene que haber “unitotalidad”. La “unitotalidad” no implica medio alguno. No sois “unitotales” cuando disponéis de un medio. Ha de haber completa desnudez, ausencia total de todas estas prácticas, esperanzas, placeres y deseos de seguridad acumulados, todo lo cual mantiene consistentemente un medio, un método, una técnica. Sólo entonces surge “lo otro”, y entonces el problema se resuelve. El hombre que muere de instante en instante, y que, por lo tanto, se renueva, es capaz de enfrentar la vida. No es que él sea distinto de la vida; él es la vida.

Pregunta: ¿Cómo puede uno darse cuenta de una emoción sin darle nombre o sin clasificarla? Si percibo un sentimiento, parece que sé lo que ese sentimiento es, casi inmediatamente después que surge. ¿O quiere Ud. significar algo diferente cuando dice “no nombréis”?

Krishnamurti: Este es un problema muy difícil, que requiere una gran dosis de reflexión, percepción de su contenido total; y espero que a medida que lo explico lo iréis sintiendo, no sólo verbalmente sino viviéndolo. En mi sentir, mucho habremos comprendido si logramos entender este problema plenamente, profundamente. Trataré de enfocar el problema desde distintos ángulos, si me lo permite el tiempo de que dispongo, porque es un problema muy intrincado y sutil. Ello requiere toda vuestra atención, porque vosotros experimentáis lo que discutimos y no escucháis simplemente con la intención de experimentar después. No hay “después”: experimentáis ahora, siempre ahora, o nunca.

Ahora bien, ¿por qué le ponemos nombre a alguna cosa? ¿Por qué le ponemos rótulo a una flor, a una persona, a un sentimiento? Uno hace eso para comunicar el propio sentimiento, para describir la flor, etc., o para identificarse con ese sentimiento. ¿No es así? Yo nombro algo, un sentimiento, para comunicarlo. “Estoy enojado”. O me identifico con ese sentimiento para fortalecerlo, para disolverlo, o para hacer algo a su respecto. Es decir, le damos nombre a algo, a una rosa, para comunicarlo a otros; o al darle un nombre creemos que la hemos comprendido. Decimos “eso es una rosa”, la miramos rápidamente, y continuamos nuestro camino. Al darle un nombre creemos haberla comprendido; la hemos clasificado y creemos que por eso hemos comprendido el contenido total y la belleza de esa flor.

Ahora bien, no siendo sólo para comunicar, ¿qué ocurre cuando damos nombre a una flor, a alguna cosa? Por favor, seguid lo que estoy diciendo, pensad conmigo sobre ello. Aunque sea yo el que hable en voz alta, vosotros también participáis en la conversación. Al darle un nombre a alguna cosa, la hemos puesto simplemente en una categoría, y creemos haberla comprendido; no la miramos más de cerca. Pero si no le damos un nombre, nos vemos obligados a examinarla. Es decir, nos acercamos a la flor, o a lo que fuere, en actitud nueva, con una nueva cualidad de examen; la miramos como si nunca la hubiésemos visto antes. Como bien lo sabéis, el poner nombre es un medio muy cómodo de deshacerse de la gente, diciendo que se trata de alemanes, de japoneses, de americanos, de hindúes. Les ponéis un rótulo y destruís el rótulo. Pero si no les ponéis un rótulo a las personas, os veis obligados a observarlas, y entonces resulta mucho más difícil matar a alguien. Podéis destruir el rótulo con una bomba, y sentir que obráis con rectitud. Pero si no le ponéis rótulo, y, por lo tanto, tenéis que mirar la cosa individualmente - ya sea un hombre o una flor, un incidente o una emoción - entonces os veis forzados a considerar vuestra relación con ella y la acción que de ahí resulte. De suerte que el definir o poner un rótulo, es un modo muy cómodo de deshacerse de tal o cual cosa, de negarla, condenarla o justificarla. Ese es un aspecto de la cuestión.

¿Cuál es, entonces, el centro desde el cual nombráis? ¿Cuál es el centro que siempre está nombrando, escogiendo clasificando? Todos sentimos que hay un centro, un núcleo, desde el cual actuamos, juzgamos y denominamos, ¿no es así? ¿Qué es ese centro, ese núcleo? A algunos les agradaría pensar que es una esencia espiritual, Dios o lo que os plazca. Por lo tanto, descubramos qué es ese núcleo, ese centro que nombra, define, juzga. Ese centro, por cierto es la memoria, ¿no es así? Una serie de sensaciones identificadas y encerradas; el pasado, vivificado a través del presente. Ese núcleo, ese centro, se alimenta del presente al nombrar, al clasificar, al recordar. Espero que sigáis todo esto. Pronto veremos, según vamos poniéndolo de manifiesto, que mientras exista ese núcleo, ese centro, no puede haber comprensión. Sólo con la disipación de ese núcleo surge la comprensión. Porque, al fin y al cabo, ese núcleo es memoria, recuerdo de diversas experiencias a las que se ha dado nombres, rótulos, identificaciones. Con esas experiencias nombradas y rotuladas desde ese centro, se acepta y se rechaza, se toma la determinación de ser o de no ser, conforme a las sensaciones, placeres y penas del recuerdo de la experiencia. Ese centro es, pues, la palabra. Si no le dais nombre a ese centro, ¿hay un centro? Esto es, si no pensáis con palabras, si no empleáis palabras, ¿podéis pensar? El pensar surge con la verbalización; o bien la verbalización empieza a responder al pensar. De suerte que el centro, el núcleo, es el recuerdo de innumerables experiencias de placer y dolor, verbalizadas. Observadlo en vosotros mismos, por favor, y veréis que las palabras, los rótulos, se han vuelto mucho más importantes que la substancia; y vivimos de palabras. No lo neguéis, os lo ruego; no digáis que ello está bien o mal. Estamos explorando. Si sólo exploráis un lado de una cosa, o permanecéis inmóviles en un lugar, no comprenderéis su contenido total. Por tanto, enfoquémoslo desde distintos ángulos.

Las palabras tales corno verdad, Dios, o los sentimientos que esas palabras representan, han adquirido para nosotros gran importancia. Cuando decimos la palabra “americano”, “cristiano”, “hindú”, o la palabra “ira”, somos la palabra que representa el sentimiento. Pero no sabemos qué es ese sentimiento, porque lo que se ha vuelto importante es la palabra. Cuando decís que sois budistas, cristianos, ¿qué significa la palabra, qué sentido hay detrás de esa palabra que nunca habéis examinado? Nuestro centro, el núcleo, es la palabra, el rótulo. Si el rótulo no hace al caso, si lo que importa es aquello que está detrás del rótulo, entonces podéis inquirir; pero si estáis identificados con el rótulo y confundidos con él no podéis proseguir. Y nosotros estamos identificados con el rótulo: la casa, la forma, el nombre, el mobiliario, la cuenta bancaria, nuestras opiniones, nuestros estimulantes, etc. Somos todas esas cosas; y esas cosas están representadas por un nombre. Las cosas, los nombres, han llegado a ser importantes; y, por lo tanto, el centro, el núcleo, es, la palabra.

Ahora bien, si no hay palabra ni rótulo, no hay centro, ¿no es así? Hay disolución, hay un vacío - no el vacío del miedo, lo cual es una cosa enteramente distinta. Hay una sensación de ser como la nada; y puesto que habéis eliminado todos los rótulos o más bien, habiendo comprendido por qué les ponéis rótulos a los sentimientos y a las ideas sois completamente nuevos, ¿verdad? No hay centro desde el cual actuéis. El centro, que es la palabra, ha sido disuelto. El rótulo ha sido eliminado, ¿y dónde estáis vosotros como centros? Estáis ahí, pero ha habido una transformación. Y esa transformación os asusta un poco; por eso no proseguís con lo que continúa involucrado en ella; ya estáis empezando a juzgarla, a decidir si os gusta o no. No proseguís con la comprensión de lo que va a venir, sino que ya estáis juzgando; lo cual significa que tenéis un centro desde el cual actuáis. Por lo tanto, os quedáis estancados tan pronto juzgáis; las palabras “me gusta” y “no me gusta” se vuelven importantes. ¿Pero qué ocurre cuando no nombráis? Observáis más directamente la emoción, la sensación, y, por lo tanto, os relacionáis con ella de manera muy distinta, igual que con una flor cuando no le dais nombre. Estáis obligados a mirarla de un modo nuevo. Cuando no dais nombre a un grupo de personas, os veis obligados a mirar cada rostro individual y no a tratarlos a todos ellos como “masa”. Estáis, por lo tanto, mucho más alertas, mucho más atentos, sois más comprensivos, tenéis un sentido de piedad, de amor, más profundo; mas si a todos los tratáis como “masa”, se acabó.

Si no le ponéis rótulo, tenéis que considerar cada sentimiento a medida que surge. Ahora bien, cuando ponéis rótulos, ¿es el sentimiento diferente del rótulo? ¿O el rótulo despierta el sentimiento? Por favor, pensadlo bien. Cuando le asignamos un rótulo, casi todos nosotros intensificamos el sentimiento. El sentimiento, y el darle un nombre, son instantáneos. Si hubiera un intervalo entre el nombrar y el sentimiento, podríais descubrir si el sentimiento es diferente de la denominación, y entonces podríais habéroslas con el sentimiento sin ponerle nombre. ¿Se está tornando demasiado difícil todo esto? Me alegro. Me temo que deba ser difícil. (Risas).

El problema es este: ¿cómo librarnos de un sentimiento que nombramos, tal como la ira? No se trata de subyugarlo, de sublimarlo, de reprimirlo, todo lo cual es idiota y falto de madurez; se trata de cómo librarse realmente de él. Y para estar realmente libres de él, tenemos que descubrir si la palabra es más importante que el sentimiento. La palabra “ira” tiene más significación que el sentimiento mismo. Y, para descubrir eso, tiene que haber un intervalo entre el sentimiento y su denominación. Esa es una parte.

Entonces, si no nombro un sentimiento, es decir, si el pensamiento no funciona solamente a causa de las palabras, o si no pienso en términos de palabras, imágenes o símbolos, lo que casi todos hacemos ‑ ¿qué ocurre entonces? Entonces la mente, por cierto, no es mero observador. Esto es, cuando la mente no piensa en términos de palabras, símbolos, imágenes, no hay pensador distinto del pensamiento, es cual es la palabra. Entonces la mente está quieta, ¿no es así? No está aquietada sino quieta. Y cuando la mente está realmente quieta, es posible enfrentarse de inmediato a los sentimientos que surgen. Es tan sólo cuando les damos nombres a los sentimientos y con ello los fortalecemos, que los sentimientos tienen continuidad; se acumulan en el centro desde el cual seguimos poniéndoles rótulos, ya sea para fortalecerlos o para comunicarlos.

Así, pues, cuando la mente ya no es, en calidad de pensador, el centro hecho de palabras, de experiencias pasadas - todas las cuales son recuerdos, rótulos, acumulados y colocados en categorías, en casillas - cuando no hace ninguna de esas cosas, entonces es obvio que la mente está quieta. Ya no está atada, ya no tiene el “yo” como centro - “mi” casa, “mi” logro, “mi” trabajo - que siguen siendo palabras, las cuales dan ímpetu al sentimiento y con ello fortalecen la memoria. Cuando ninguna de esas cosas ocurre, la mente está muy quieta. Ese estado no es negación. Por el contrario, para llegar a ese punto tenéis que pasar por todo eso, lo cual es una empresa enorme. Ello no consiste simplemente en aprender unas cuantas series de palabras y repetirlas como lo haría un escolar: no nombrar, no nombrar. Seguir a fondo todo lo que ello implica, experimentarlo, ver cómo la mente funciona y así llegar al punto en que ya no ponéis nombres - lo cual significa que ya no hay un centro distinto del pensamiento - todo este proceso, sin duda, es verdadera meditación. Y cuando la mente está de veras tranquila, entonces es posible que se manifieste aquello que es inconmensurable. Cualquier otro proceso, cualquiera otra búsqueda de la realidad, es mera autoproyección, cosa de nuestra propia hechura, y, por tanto, ilusoria. Pero este proceso es arduo, y él significa que la mente tiene en todo instante que darse cuenta de todo lo que íntimamente le ocurre. Para llegar a ese punto, no puede haber condenación ni justificación desde el principio hasta el fin, sin que esto sea un fin. No existe un fin, porque hay algo extraordinario que aún continúa. No hay promesa alguna. A vosotros os toca experimentar, penetrar de más en más profundamente en vosotros mismos, de suerte que todas las innumerables capas del centro sean disueltas; y eso lo podéis hacer rápida o perezosamente. Pero es en extremo interesante observar el proceso de la mente, cómo depende de las palabras, cómo las palabras estimulan la memoria, resucitan la experiencia muerta y le infunden vida. Y en ese proceso la mente vive en el futuro o en el pasado. Por tanto, las palabras tienen un enorme significado, tanto necrológico como psicológico. Os ruego que no aprendáis todo esto de mí o de un libro. No podéis aprenderlo de otra persona ni hallarlo en un libro. Lo que aprendáis o encontréis en un libro no será lo real. Pero podéis experimentarlo, podéis observaros en la acción, observaros al pensar, ver cómo pensáis, cuán rápidamente le dais nombre al sentimiento a medida que surge; y la observación de todo este proceso librará a la mente de su centro. Entonces la mente, estando quieta, puede recibir aquello que es eterno.

Pregunta: ¿Cuál es la verdadera relación, si la hay, entre el individuo y lo colectivo, la masa?

Krishnamurti: ¿Creéis que hay alguna relación entre el individuo y la masa, entre vosotros y lo colectivo? Al Estado, al gobierno le gustaría que nosotros fuésemos tan sólo ciudadanos, lo colectivo. Pero primero somos hombres y después ciudadanos, no ciudadanos primero y hombres después. Al Estado le agradaría que no fuésemos hombres, individuos, sino masa. Porque, cuando más ciudadanos seamos, mayor será nuestra capacidad, mayor nuestra eficiencia; nos convertimos en el instrumento que los burócratas, los Estados autoritarios, los gobiernos, quieren que seamos.

Debemos, pues, distinguir entre el individuo particular y el ciudadano, entre el hombre y la masa. El individuo, el hombre, tiene sus propios sentimientos, esperanzas, fracasos, decepciones, anhelos, sensaciones, placeres. Y existe el punto de vista que quiere reducir todo eso a lo colectivo, porque es muy sencillo habérselas con lo colectivo. Se pasa un edicto, y ya está. Se da un decreto, y él se cumple. De suerte que, cuantas más agrupaciones haya, y más eficientemente estén organizadas, más se desconoce al individuo, ya sea por la iglesia o por el Estado. Entonces somos todos cristianos todos hindúes, no individuos. Y con esa mentalidad, en ese estado de cosas que casi todos deseamos, ¿queda sitio alguno pura la realidad individual? Reconocemos que ha de haber nación colectiva. ¿Pero se logra acaso la acción colectiva con la negación del individuo? ¿Está el individuo en oposición a lo colectivo? ¿No es acaso ficticio lo colectivo? ¿La masa no carece de realidad? Viendo la dificultad de habérnoslas con el individuo creamos lo opuesto, la masa, y entonces tratamos de establecer una relación entre el individuo y lo colectivo. Si el individuo es inteligente, cooperará. Ese, sin duda, es nuestro problema, ¿verdad? Primero creamos la masa, y luego tratamos de encontrar la relación entre el individuo y la masa. Pero investiguemos si la masa es real. El grupo aquí presente puede ser transformado en lo colectivo por medio del hipnotismo, de la propaganda; por diversos medios podemos ser incitados a actuar colectivamente en favor de una ideología de un Estado, de una iglesia, de una idea, y así sucesivamente. Es decir, la acción colectiva puede ser exteriormente impuesta, dirigida, forzada, mediante el temor, la recompensa y todo lo demás. Habiendo producido esa situación, tratamos de establecer la relación del individuo, que es lo real, con aquello que es un producto. ¿No es posible, antes bien, que el individuo pierda su sentido separativo mediante la comprensión definida de todo lo que implica la “separatividad”, y, por lo tanto, actúe cooperativamente? Pero como eso es tan difícil, los Estados, los gobiernos, las iglesias, las religiones organizadas, obligan e inducen al individuo a convertirse en lo corporativo.

¿Qué lugar ocupa el individuo en la historia? ¿Qué importancia tiene lo que vosotros y yo hagamos? El movimiento histórico sigue su curso. ¿Qué lugar ocupa la realidad en este movimiento? Probablemente ninguno, en absoluto. Vosotros y yo para nada contamos. Este movimiento es gigantesco, y prosigue; tiene el impulso de los siglos, y habrá de proseguir. ¿Cuál es vuestra relación, como individuos, con este movimiento? ¿Algo de lo que vosotros hagáis podrá afectarlo? ¿Podréis impedir una guerra por el hecho de ser pacifistas? No sois pacifistas porque haya una guerra ni porque hayáis descubierto que algo tenéis que ver con ella, sino porque la guerra en si es un mal, y sentís que no podéis matar, y ahí termina todo. Pero el tratar de encontrar una relación entre vuestro entendimiento, entre vuestra inteligencia y ese lógico y monstruoso movimiento de la guerra, paréceme absolutamente vano. Yo puedo ser un individuo, y ello no obstante ver lo que crea en mí sentimientos antisociales, y de ese modo librarme de acciones separativas. Puede que posea una pequeña propiedad, mas eso, ciertamente no me convierte en un ente separativo. Pero lo que es calamitoso, lo que es destructivo, es todo ese estado psicológico de estar separado, de estar aislado, de ser algo. Y para sobreponernos a eso es que tenemos todos los decretos, sanciones e imposiciones externas.

Pregunta: ¿Cual es el significado del dolor y del sufrimiento?

Krishnamurti: Cuando sufrís, cuando sentís dolor, ¿qué es lo que ello significa? El dolor físico tiene un significado, pero probablemente nos referimos al dolor y al sufrimiento psicológicos, que tienen un significado muy distinto en diferentes niveles. ¿Cuál es la significación del sufrimiento? ¿Por que queréis averiguar la significación del sufrimiento? No es que él carezca de significado; eso lo vamos a averiguar: ¿Pero por qué deseáis descubrirlo? ¿Por qué queréis averiguar la razón por la cual sufrís? Cuando os hacéis la pregunta “¿por qué sufro?”, y buscáis la causa del sufrimiento, ¿no esquiváis el sufrimiento? Cuando busco el significado del sufrimiento, ¿no lo evito, no lo eludo, no huyo de él? El hecho es que sufro; pero no bien llevo la mente a actuar a su respecto, y digo “y bien, ¿por qué?”, ya he diluido la intensidad del sufrimiento. En otras palabras: queremos que el sufrimiento se diluya, se alivie, se aleje, se elimine mediante una explicación. Eso, por cierto, no brinda comprensión del sufrimiento. Si me libro, pues, de ese deseo de huir del sufrimiento, empiezo a comprender cuál es su contenido.

Ahora bien, ¿qué es el sufrimiento? Una perturbación en diferentes niveles: en el físico y en los distintos niveles del subconsciente. ¿No es así? Es una forma aguda de perturbación, que me disgusta. Mi hijo ha muerto. He erigido en torno suyo todas mis esperanzas; o en torno de mi hija, de mi esposo, de lo que sea. Lo tenía en un altar, junto con todas las cosas que deseaba que él fuera. Y lo he tenido por compañero - ya conocéis todo eso - y de pronto se ha ido. Hay por lo tanto una perturbación, ¿no es así? A esa perturbación le llamo sufrimiento. No se os ocurra que deseo ser áspero; estamos examinando, tratando de comprender esto. Si no me gusta ese sufrimiento, entonces digo: “¿por qué sufro?”, “lo amaba tanto”, “él era esto” y “yo tenía aquello”. Y trato de hallar solaz en las palabras, en los rótulos, en las creencias, como casi todos lo hacemos. Todo ello obra a modo de narcótico. Pero si no hago eso, ¿qué sucede? Sucede, simplemente, que percibo el sufrimiento. No lo condeno ni lo justifico: sufro. Entonces puedo seguir su movimiento, ¿no es así? Entonces puedo observar todo el contenido de lo que él significa; “sigo”, “observo”, en el sentido de tratar de comprender alguna cosa.

¿Qué significa, pues, el sufrimiento? ¿Qué es aquello que sufre? No se trata de saber por qué hay sufrimiento, sino qué es lo que realmente ocurre. No se si veis la diferencia. Se trata simplemente de que percibo el sufrimiento, no como cosa distinta de mí, no como un observador que atisba el sufrimiento, sino que éste forma parte de mí, es decir, la totalidad de mí mismo sufre. Entonces puedo seguir su movimiento, ver adónde conduce. Si hago esto, es seguro que el dolor se nos descubre, ¿no es así? Entonces veo que he puesto énfasis en el “yo”, no en la persona a quien amo. Esa persona servía para ponerme a cubierto de mi propia miseria, de mi soledad, de mi infortunio. Como yo no soy “algo”, esperaba que ella lo fuese. De modo que eso ya terminó; estoy abandonado, perdido, solo. Sin ella, nada soy. Por eso lloro. No es que ella se haya ido es que estoy abandonado, que estoy solo. Es muy difícil llegar a ese punto ¿verdad? Es difícil reconocerlo realmente, y no decir, simplemente, “estoy solo, ¿y cómo he de librarme de esa soledad?”, lo cual es otra forma de escape. Es difícil ser consciente de ello, mantenerse en ello, ver su movimiento. Esto lo tomo tan sólo como un ejemplo. Así, gradualmente, si dejo que ello se manifieste, que se descubra, veo que sufro porque estoy perdido; me veo en el caso de dedicar mi atención a algo que no estoy dispuesto a mirar. Se me impone algo que no me inclino a ver ni a comprender. Y hay un sinnúmero de personas para ayudarme a escapar; miles de personas llamadas “religiosas”, con sus creencias y dogmas, esperanzas y fantasías. “Es el Karma, es la voluntad de Dios”; todos me brindan una salida, bien lo sabéis. Pero si puedo permanecer con el dolor y no apartarlo de mí, ni tratar de circunscribirlo o negarlo, ¿qué ocurre? ¿Cuál es el estado de mi mente cuando sigue de ese modo el movimiento del sufrir? Seguid esto, por favor, continuando con lo que anteriormente discutíamos.

¿El sufrimiento es tan sólo una palabra, o es una realidad? Si es una realidad y no una mera palabra, entonces la palabra ya no tiene sentido. Lo único que existe, pues, es el sentimiento de intenso dolor. ¿Con respecto a qué? Con respecto a una imagen, a una experiencia, a algo que tenéis o no tenéis. Si lo tenéis, le llamáis placer; si no lo tenéis, es dolor. De modo que el dolor, el sufrimiento, está en relación con algo. ¿Ese “algo” es mera verbalización o una realidad? No se si seguís todo esto. Es decir, cuando hay sufrimiento, él existe tan sólo en relación con algo. No puede existir por sí solo, así como el temor no puede existir por sí solo, sino en relación con algo: un individuo, un incidente, un sentimiento. Ahora os dais plena cuenta del sufrimiento. ¿Es ese sufrimiento distinto de vosotros, por lo cual sois el observador que percibe el sufrimiento, o ese sufrimiento es parte de vosotros? Estamos tratando, sin duda, de comprender lo que es el sufrimiento, el dolor; procuramos investigarlo plenamente, no de un modo puramente superficial.

Ahora bien, cuando no hay observador que sufre, ¿es el sufrimiento diferente de vosotros? Sois el sufrimiento, ¿no es así? No estáis separados del dolor; sois el dolor. ¿Y ahora, qué ocurre? Seguid esto, por favor. No se lo clasifica, no se le da nombre, y, por lo tanto, no se lo echa a un lado; sois ese dolor, simplemente; sois ese sentimiento, esa sensación de agonía. Entonces, cuando sois eso, ¿qué sucede? Cuando no le dais nombre, cuando no hay temor a su respecto, ¿hay relación entre el centro y el sufrimiento? Si el centro está en relación con él, entonces le teme. Entonces tiene que actuar y hacer algo a su respecto. Pero si el centro es eso, ¿qué hacéis? No hay nada que hacer, ¿verdad? Tened en cuenta que ello no es mera aceptación. Seguid esto, y ya veréis. Si sois eso, y no lo aceptáis, ni lo clasificáis, ni lo echáis a un lado; si sois esa cosa, ¿qué ocurre? ¿Decís entonces que sufrís? Ha ocurrido, por cierto, una transformación fundamental. Entonces ya no existe el “yo sufro”, porque no hay centro que sufra; y el centro sufre porque nunca hemos examinado lo que es el centro. Sólo vivimos de palabra en palabra, de reacción en reacción. Jamás decimos: “veamos qué cosa es esa que sufre”. Y no lo podéis ver por coacción, por disciplina. Habéis de mirar con interés, con espontánea comprensión. Entonces veréis que lo que llamamos sufrimiento, dolor, eso que evitamos, así como la disciplina, todo se ha desvanecido.

Mientras yo no tenga relación con el hecho como si estuviera fuera de mí, no hay problema; pero desde el momento en que establezco una relación con él fuera de mí, el problema existe. Mientras trato el sufrimiento como algo exterior - sufro porque he perdido mi hermano, porque no tengo dinero, por esto, por aquello - establezco una relación con ese “algo”, y esa relación es ficticia. Pero si soy esa cosa, si veo el hecho, entonces todo ello se transforma, todo ello tiene un significado diferente. Entonces hay completa atención, atención integrada; y aquello que se considera en su totalidad se comprende, se disuelve, y así no hay temor; y, por lo tanto, la palabra “sufrimiento” resulta inexistente.

El Conocimiento de Uno Mismo

12ª Conferencia - 21 de agosto de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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