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El Conocimiento de Uno Mismo

13ª Conferencia - 27 de agosto de 1949

Estas últimas semanas hemos discutido acerca de la importancia del conocimiento propio, y de lo esencial que resulta para que pueda haber acción, recto pensar, que uno se conozca a sí mismo; no sólo la mente superficial, la consciente, sino también la mente oculta, la inconsciente. Y aquellos de vosotros que habéis puesto a prueba y experimentado lo que hemos venido discutiendo, tenéis que haberos encontrado con algo muy curioso al experimentar: que por obra del conocimiento propio se acentúa la conciencia del “yo”. Es decir, uno se interesa más en sí mismo. Casi todos nos vemos enredados en eso, y no parecemos capaces de ir más allá. Y me agradaría dilucidar esta tarde por qué es que la mayoría de nosotros nos encerramos en la conciencia del “yo”, que nos limita, y no somos capaces de ir más allá. Porque hay mucho en ello que necesita mayor explicación y discusión: pero antes de ahondar el tema desearía señalar una o dos cosas.

En primer lugar, os ruego no os molestéis en tomar fotografías. Bien sabéis que todo esto, todo aquello de que estamos hablando, es muy serio, al menos para mí. Esto no es para cazadores de autógrafos. No se os ocurriría tomar fotografías y pedir autógrafos si esto lo tomarais realmente muy en serio. Además, si se me permite decirlo, ello es muy pueril, muy falto de madurez. La otra cosa que me agradaría señalar es que, como antes lo he dicho, vosotros y yo tratamos aquí de experimentar juntos, de ver cómo ahondamos los problemas que se nos plantean. Y eso es imposible si estáis ansiosamente interesados en tomar notas de lo que digo. Debéis ser capaces de habéroslas directamente con el problema; no se trata de considerarlo después. Cuando realmente experimentáis algo, no tomáis notas. Tomáis notas cuando no estáis viviendo algo, cuando no pensáis, sentís ni experimentáis realmente. Pero si realmente “vivenciáis”, si participáis en lo que se está diciendo, no hay tiempo ni oportunidad para tomar notas. La vivencia, a buen seguro, no llega por medio de palabras. Eso es solo prolongar la sensación; pero hay vivencia si podemos penetrar de un modo cada vez más hondo e inmediato en lo que se está diciendo. Sería bueno, pues, que cada uno de nosotros fuera lo suficientemente serio para experimentar con lo que se está diciendo, y no se limitase a posponer ni se distrajese del nudo de la cuestión.

Según ya lo he dicho, en la búsqueda del conocimiento propio, en su exploración, uno se ve atrapado en la conciencia de sí mismo, y el “yo” se acentúa de más en más; ¿y cómo es que esto sucede? Como lo hemos dicho en todas estas pláticas, lo importante es libertarse del “yo”, de “lo mío”, del “ego”; porque, evidentemente, quien no conoce todo el proceso y todo el contenido del “yo”, es incapaz de recto pensar. Ello es axiomático. Rehuimos y evitamos, sin embargo, la comprensión del “yo”; y creemos que evitándola podremos habérnoslas con el “yo” u olvidarlo más fácilmente. Mientras que, si somos capaces de observarlo más intensamente, con más atención, corremos el peligro de hacernos más y más autoconscientes. ¿Y es posible ir más allá?

Ahora bien, para comprender eso tenemos que ahondar el problema de la sinceridad. Sencillez no es sinceridad. Quien es sincero nunca puede ser sencillo. Porque el que procura ser sincero, tiene siempre el deseo de amoldarse o de aproximarse a una idea. Y se necesita extraordinaria sencillez para comprenderse a sí mismo, esa simplicidad que llega cuando no hay deseo de lograr, de alcanzar, de ganar algo; y no bien deseamos ganar algo mediante el conocimiento propio, surge la conciencia del “yo” en la que quedamos presos, lo cual es un hecho. Si no os limitáis a examinar lo que han dicho diversos psicólogos y santos, sino que experimentáis con vosotros mismos, llegaréis a un punto en que veréis que es imposible proseguir a menos que haya sencillez completa, no sinceridad. La autoconciencia sólo aparece cuando existe el deseo de lograr algo mediante el conocimiento de uno mismo: la felicidad, la realidad o aun la comprensión. Es decir, cuando existe un deseo de logro mediante el conocimiento propio, hay autoconciencia, lo que impide penetrar más a fondo en el problema. Y como casi todos nosotros, especialmente la gente llamada religiosa, tratamos de ser sinceros, debemos comprender esta cuestión, la palabra “sinceridad”. Porque la sinceridad desarrolla voluntad, y la voluntad es esencialmente deseo. Tenéis que ser sinceros a fin de aproximaros a una idea; y de ahí que el modelo y la realización de ese modelo adquieran la máxima importancia. Para realizar un modelo necesitáis voluntad, lo cual es negación de la sencillez. La sencillez sólo se manifiesta cuando se está libre del deseo de lograr, y cuando estáis dispuestos a profundizar el conocimiento propio sin ningún propósito en vista. Y yo creo que es realmente importante meditar en ello. Lo que se requiere no es sinceridad, no es el ejercicio de la voluntad para ser o no ser algo, sino el comprenderse uno mismo de instante en instante, espontáneamente, a medida que las cosas surgen. ¿Cómo podéis ser espontáneos cuando os aproximáis a algo?

¿Cuándo descubrís algo en vosotros? Sólo en momentos inesperados, cuando no reguláis vuestra mente, vuestros pensamientos y sentimientos, consciente y deliberadamente; sólo cuando hay una respuesta espontánea a los incidentes de la vida. Entonces, de acuerdo con esas respuestas, descubrís. Pero un hombre que trata de ser sincero con relación a una idea, nunca puede ser sencillo; y es por eso que él nunca puede tener pleno y completo conocimiento propio. El conocimiento propio sólo puede descubrirse de un modo más amplio, pleno y profundo cuando hay percepción pasiva, la cual no es un esfuerzo de la voluntad. La voluntad y la sinceridad van juntas; la simplicidad y la percepción pasiva son compañeras. Cuando uno es profunda y pasivamente perceptivo, en efecto, hay una posibilidad de comprensión inmediata. Como ya lo hemos discutido, si cuando queréis comprender algo os consume el constante deseo de comprenderlo, y para ello os esforzáis, es natural que no haya comprensión. Pero si hay percepción pasiva, alerta, entonces existe una posibilidad de comprender. De un modo análogo, para que uno se comprenda a sí mismo cada vez más amplia y profundamente, tiene que haber percepción pasiva, lo cual es sumamente difícil; porque casi todos condenamos o justificamos. Nunca observamos cosa alguna pasivamente. Nos proyectamos a nosotros mismos sobre el sujeto - un cuadro, un poema o cualquiera otra cosa - especialmente cuando se trata de algo que a nosotros atañe. Somos incapaces de observarnos sin condenación ni justificación alguna; y eso, sin duda, es esencial si es que hemos de comprendernos cada vez más amplia y profundamente. Como en la búsqueda del conocimiento propio la mayoría no nosotros quedamos presos en la autoconciencia, el peligro es que, estando así atrapados, hacemos de lo que nos aprisiona la cosa más importante. Para ir más allá de la conciencia del “yo”, hay que estar libre del deseo de lograr un resultado. Porque, después de todo, el logro de un resultado es lo que la mente desea; quiere estar segura, a salvo, y por lo tanto proyecta, por impulso propio, una imagen, una idea, en la cual se refugia. Y el evitar todas las ilusiones que crea la mente, el evitar quedar preso en ellas, sólo es posible cuando no existe deseo de un resultado, cuando uno vive de instante en instante.

Pregunta: ¿Tendría la bondad de explicar lo que Ud. entiende por “morir diariamente”?

Krishnamurti: ¿Por qué es que tenemos tanto terror a la muerte? Porque la muerte es lo desconocido. No sabemos lo que va a suceder mañana; no sabemos, en realidad, lo que va a ocurrir. Aun cuando edificamos para el mañana, nada sabemos realmente de un modo positivo; y por eso existe siempre el temor al mañana. De suerte que el temor es el factor dominante, por la incapacidad de hacer frente a lo desconocido; y es por eso que continuamos llevando el día de hoy al de mañana. Eso es lo que hacemos, ¿no es cierto? Damos continuidad a nuestra idiosincrasia, a nuestros celos, a nuestras estupideces, a nuestros recuerdos; y, dondequiera que estemos, cargamos con ellos de un día para el otro. ¿No es eso lo que hacemos? Y por eso uno no muere, y solo asegura la continuidad. Se trata de un hecho. Nuestro nombre, nuestras acciones, las cosas que hacemos, nuestra propiedad, el deseo de ser - todo eso da continuidad. Ahora bien, es obvio que aquello que continúa no puede renovarse. Sólo puede haber renovación cuando hay un final. Si mañana sois los mismos que sois hoy, ¿cómo puede haber renovación? Es decir, si estáis apegados a una idea, a una experiencia, que habéis tenido ayer y que deseáis que continúe mañana, no hay renovación; hay una continuidad del recuerdo que deja la sensación de esa experiencia, pero la experiencia misma está muerta. Existe solamente el recuerdo de la sensación de esa experiencia; y es esa sensación lo que deseáis que continúe. Y donde hay continuidad, evidentemente, no hay renovación. Y, sin embargo, eso es lo que la mayoría de nosotros desea: deseamos continuar. Deseamos continuar con nuestras preocupaciones, con nuestros placeres, con nuestros recuerdos; y por eso la mayoría de nosotros somos realmente incapaces de crear. No existe posibilidad de un renacimiento, de una renovación. Antes bien, si cada día muriésemos, si terminásemos al final de cada día con todas nuestras preocupaciones, con todos nuestros celos, con todas nuestras idioteces y vanidades, con nuestra cruel murmuración, con todo eso tan conocido; si cada día llegásemos a un final y no trasladásemos todo eso al mañana, entonces habría una posibilidad de renovación, ¿no es cierto?

Así, pues, ¿por qué acumulamos? ¿Y qué es lo que acumulamos, fuera de muebles y algunas otras cosas? ¿Qué es lo que acumulamos? Ideas, palabras y recuerdos, ¿no es así? Y con esas cosas vivimos; somos esas cosas. Con esas cosas queremos vivir, queremos continuar. Pero si no continuásemos, habría la posibilidad de una nueva comprensión, de una nueva oportunidad. Esto no es metafísico, esto no es algo fantástico. Experimentad con ello vosotros mismos y veréis que ocurre una cosa extraordinaria. ¿Cómo se preocupa la mente por un problema una y otra vez, cada vez más, día tras día? Una mente así es incapaz, evidentemente, de ver algo nuevo, ¿no es cierto? Estamos enredados en nuestras creencias: religiosas, sociológicas o de cualquiera otra índole; y uno mismo es esas creencias. Las creencias son palabras, y la palabra cobra importancia; y así vivimos en una sensación que deseamos continúe, y por lo tanto no hay renovación. Pero si uno no continúa, si no da continuidad a una preocupación, sino que medita al respecto, penetra plenamente en ella y la disuelve, entonces la mente está despejada para enfrentar alguna otra cosa de un modo nuevo. Mas la dificultad estriba en que casi todos deseamos vivir en el pasado, en los recuerdos pasados, o en el futuro, en las esperanzas y anhelos del porvenir; lo que indica que el presente no es significativo, por lo cual vivimos en el ayer y en el mañana y damos continuidad a ambos. Si uno realmente experimenta con esto, muriendo de veras cada día, cada minuto, para todo aquello que ha acumulado, surge una posibilidad de inmortalidad. La inmortalidad no es continuidad, la cual es tiempo, simplemente. Sólo hay continuidad para la memoria para las ideas, para las palabras. Pero cuando se está libre de continuidad, entonces hay un estado de “atemporalidad” que no puede comprenderse si sois mero resultado de la continuidad. Por tanto, es importante morir cada minuto y nacer otra vez, no como erais ayer. Esto es muy importante, en realidad, si queréis profundizarlo seriamente. Porque en esto existe una posibilidad de creación, de transformación. Y la vida de casi todos nosotros es tan desdichada porque no sabemos cómo renovarnos; estamos agotados, nos vemos destruidos por el ayer, por los recuerdos, los reveses, las desdichas, los incidentes, los fracasos del ayer. El ayer pesa sobre nuestra mente y corazón; y con esa carga queremos comprender algo que no puede ser comprendido dentro de los límites del tiempo. Y por eso es esencial, si uno ha de ser creador en el sentido profundo de la palabra, que haya muerte para todas las acumulaciones de cada minuto. Esto no es fantástico, esto no es una experiencia mística. Uno puede experimentar esto directamente, simplemente, cuando uno comprende todo el significado de cómo el tiempo, como continuidad, impide la “creatividad”.

Pregunta: ¿Cómo es que, según Ud. lo ha dicho, una verdad que se repite se convierte en mentira? ¿Qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es éste un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia?

Krishnamurti: Como en esto hay dos preguntas, examinemos la primera. Cuando una verdad se repite, ¿cómo es que se convierte en mentirá? ¿Qué es lo que repetimos? ¿Podéis repetir una comprensión? Yo comprendo algo; ¿puedo repetirlo? Puedo verbalizarlo, puedo comunicarlo; pero la experiencia, a buen seguro, no es lo que se repite. Más nos quedamos presos en la palabra y perdemos el significado de la experiencia. Si habéis tenido una experiencia, ¿podéis repetirla? Podéis querer repetirla; podéis desear su repetición, su sensación; pero una vez que tenéis una experiencia, ésta ha terminado, no puede ser repetida. Lo que puede repetirse es la sensación, y la palabra correspondiente que da vida a esa sensación. Y como, desgraciadamente, la mayoría de nosotros somos propagandistas, caemos en la repetición de la palabra. Vivimos, pues, de palabras, y negamos la verdad.

Tomemos como ejemplo el sentimiento del amor. ¿Podéis repetirlo? Cuando oís que os dicen “amad a vuestro prójimo”, ¿es eso una verdad para vosotros? Sólo es verdad cuando amáis al prójimo; y ese amor no puede ser repetido, sino tan sólo la palabra. Sin embargo, casi todos nos sentimos felices y contentos con la repetición: “amad al prójimo”, o “no seáis codiciosos”. De modo que la verdad de otro, o una verdadera experiencia que hayáis tenido, no se convierte en una realidad por la mera repetición. Por el contrario, la repetición impide la realidad. El mero repetir determinadas ideas no es la realidad.

Ahora bien, la dificultad de esto consiste en comprender el asunto sin pensar en términos de lo opuesto. Una mentira no es algo opuesto a la verdad. Es posible ver la verdad de lo que estoy diciendo, no en oposición o en contraste, como verdad o como mentira, sino ver, simplemente, que la mayoría de nosotros repetimos sin comprensión. Por ejemplo, hemos estado discutiendo el “no nombrar”. Muchos de vosotros lo repetiréis, estoy seguro de ello, pensando que es “la verdad”. Jamás repetiréis una experiencia si es una experiencia directa. Podéis comunicarla; pero cuando es una experiencia real, las sensaciones que la acompañaron han pasado, el contenido emocional que había detrás de las palabras se ha desvanecido por completo.

Tomemos, por ejemplo la cuestión que discutimos hace unas cuantas semanas: que el pensador y en pensamiento son uno solo. Puede que sea una verdad para vosotros, porque lo habéis experimentado directamente. Pero si yo lo repitiera, eso no sería verdadero - ¿no es así? - verdadero, no como opuesto a lo falso, entendedlo bien. No sería real; sería mera repetición, y por lo tanto carecería de significación. Pero ya veis, con la repetición creamos un dogma, edificamos una iglesia, y en eso nos refugiamos. La palabra, no la verdad, se convierte en “la verdad’’. La palabra no es la cosa. Pero para nosotros la cosa es la palabra. Y es por eso que uno tiene que guardarse con sumo cuidado de repetir algo que no comprenda realmente. Si comprendéis algo, podéis comunicarlo; pero las palabras y el recuerdo han perdido su significación emocional. Es por eso que, en la conversación corriente, la propia perspectiva y el propio vocabulario sufren un cambio.

Siendo, pues, que estamos buscando la verdad por medio del conocimiento propio, y no somos meros propagandistas, resulta importante que comprendamos esto. Mediante la repetición, en efecto, uno se hipnotiza con palabras, con sensaciones, queda atrapado en ilusiones. Y, para libertarse de eso, es imperativo experimentar directamente; y, para experimentar directamente, uno debe percibirse a sí mismo en el proceso de la repetición, de los hábitos de las palabras, de las sensaciones. Esa percepción nos brinda extraordinaria libertad, y así puede haber renovación, una constante vivencia, un estado de cosa nueva.

La otra pregunta es: “¿qué es realmente la mentira? ¿Por qué es malo mentir? ¿No es este un problema sutil y profundo en todos los niveles de nuestra existencia?” ¿Qué es una mentira ¿Es una contradicción - ¿no es así? - una autocontradicción. Uno puede contradecirse consciente o inconscientemente puede hacerlo de un modo deliberado o inconsciente. La contradicción puede ser sumamente sutil o muy obvia. Y cuando la grieta de la contradicción es muy grande, uno se vuelve desequilibrado o se da cuenta de la grieta y se dispone a remediarla. Ahora bien: para comprender este problema: qué es una mentira y por qué mentimos, hay que ahondarlo sin pensar en términos de lo opuesto. ¿Podemos observar este problema de la contradicción en nosotros mismos sin tratar de no ser contradictorios? No se si me expreso con claridad. Nuestra dificultad al examinar esta cuestión - ¿no es así? - está en que condenamos una mentira con gran facilidad: ¿más para comprenderla podemos considerarla en términos de lo que es la contradicción y no en términos de verdad y falsedad? ¿Por qué nos contradecimos? ¿Por qué hay contradicción en nosotros? ¿No hay un intento de vivir de acuerdo a una norma, a una pauta, un constante acercamiento nuestro a un modelo, un esfuerzo constante por ser algo, ya sea a los ojos de otra persona o ante nuestros propios ojos? Existe un deseo - ¿no es así? - de ajustarse a una norma, y cuando uno no vive de acuerdo a esa norma hay contradicción.

Ahora bien, ¿por qué tenemos un modelo, una norma, una tendencia a imitar, una idea en conformidad con la cual tratamos de vivir? ¿Por qué? Evidentemente, para estar seguros, para estar a salvo, para ser populares, para tener una buena opinión de nosotros mismos, etc. Ahí está la semilla de la contradicción. Mientras procuremos asemejarnos a algo, mientras tratemos de ser algo, tiene que haber contradicción; por lo tanto, tiene que existir esa grieta entre lo falso y lo verdadero. Creo que esto es importante, si es que queréis profundizarlo serenamente. No es que no exista lo falso y lo verdadero; ¿pero por qué hay contradicción en nosotros? ¿No es porque intentamos ser algo: nobles, buenos, virtuosos, creadores, felices, etc.? Y en el deseo de ser algo existe una contradicción: la de no ser una cosa diferente. Y es esta contradicción la que resulta destructiva. Si uno es capaz de completa identificación con algo, con esto o con aquello, entonces la contradicción cesa; mas cuando uno se identifica de veras, en un todo, con algo, hay encierro dentro de uno mismo, una resistencia, lo cual causa desequilibrio. Ello es evidente.

¿Por qué, pues, hay contradicción en nosotros? He hecho algo, y no quiero ser descubierto; he pensado algo que no es lo debido, y ello me coloca en un estado de contradicción, cosa que no me agrada. Por tanto, donde hay aproximación tiene que haber temor; y es este temor lo que causa contradicción. Mientras que si no hay devenir, si no hay intento alguno de ser algo, no hay sensación de temor. Entonces no hay contradicción; entonces en nosotros no existe la mentira en ningún nivel, consciente o inconsciente; nada hay que suprimir, nada que manifestar. Y como la vida de casi todos nosotros es cuestión de estados de ánimo y de actitudes, asumimos actitudes que dependen de nuestros estados de ánimo, lo cual es una contradicción. Cuando el estado de ánimo desaparece, somos lo que somos. Es esta contradicción lo realmente importante, y no que digáis o dejéis de decir una mentirilla inocente. Mientras haya esta contradicción, tiene que haber una existencia superficial, y por lo tanto temores superficiales que han de ser vigilados; y luego siguen las mentiras inocentes, y todo lo demás que sabéis. Podemos considerar esta cuestión y no preguntar qué es una mentira y qué es la verdad, sino investigar el problema de la contradicción en nosotros mismos sin recurrir a los opuestos, lo cual es sumamente difícil. Porque, como dependemos tanto de nuestras sensaciones, la vida de casi todos nosotros es contradictoria. Dependemos de los recuerdos, de las opiniones; tenemos innumerables temores que deseamos disimular; todo esto crea contradicción en nosotros mismos; y cuando esa contradicción se hace insoportable, perdemos la cabeza. Deseando la paz, todo lo que uno hace engendra la guerra, no sólo en la familia sino fuera de ella. Y en lugar de comprender lo que crea el conflicto, sólo tratamos, cada vez más, de convertirnos en una cosa o en otra, en lo opuesto, agrandado de ese modo la grieta.

¿Es posible, pues, comprender por qué existe contradicción en nosotros, no sólo en la superficie sino en un nivel psicológico mucho más profundo? En primer lugar, ¿se da uno cuenta de que vive una vida contradictoria? Deseamos la paz, y somos nacionalistas; queremos evitar la miseria social, y, no obstante, cada uno de nosotros es individualista y limitado, encerrado en sí mismo. Vivimos, pues, en constante contradicción. ¿Por qué? ¿No será que somos esclavos de la sensación? No se trata de negar o de aceptar esto, que exige comprender muy bien lo que implica la sensación, es decir, los deseos. Deseamos muchas cosas, todas en contradicción unas con otras. Somos un cúmulo de máscaras en conflicto; adoptamos una careta cuando nos conviene, y la repudiamos cuando alguna otra cosa es más provechosa, más agradable. Es ese estado de contradicción lo que crea la mentira. Y, en oposición a eso, creamos “la verdad”. Pero, ciertamente, la verdad no es lo contrario de la mentira. Aquello que tiene un opuesto no es la verdad. Lo opuesto contiene su propio opuesto, y por lo tanto no es la verdad. Y para comprender este problema bien a fondo, hemos de darnos cuenta de todas las contradicciones en que vivimos. Cuando yo digo “os amo”, con ello van los celos, la envidia, la ansiedad, el temor, lo cual es una contradicción. Y es esta contradicción la que debe ser comprendida; y sólo se la puede comprender cuando uno se da cuenta de ella sin condenarla ni justificarla; observándola, no más. Y, para observarla pasivamente, uno ha de comprender todos los procesos de la justificación y la condenación. Así, pues, no es un problema fácil el observar algo pasivamente; pero al comprender eso, empieza uno a comprender el proceso íntegro de las modalidades de nuestro pensar y sentir. Y cuando uno percibe el significado total de la contradicción en uno mismo, ello produce un cambio extraordinario: sois entonces vosotros mismos, no algo que tratáis de ser. Ya no seguís un ideal, ya no buscáis felicidad. Sois lo que sois, y de ahí podéis proseguir. Entonces no hay posibilidad de contradicción.

Pregunta: Creo sinceramente que deseo ayudar a los demás, y creo que puedo hacerlo; pero cuanto digo o hago a otro se interpreta como injerencia y como deseo de dominar. De modo que los otros se me oponen y me siento frustrado. ¿Por qué me ocurre eso?

Krishnamurti: Cuando decimos que queremos ayudar a otro, ¿qué sentido tiene para nosotros esa palabra? Al igual que la palabra “servicio”, ¿qué es lo que aquélla significa? Vais a la estación de gasolina, el encargado os sirve y le pagáis; pero él usa la palabra “servir” como todo el que hace negocios. Todo comerciante usa esa palabra. Ahora bien, ¿aquellos que desean servir no están animados del mismo espíritu? Desean servir si también les dais algo. Es decir, desean ayudaros a vosotros con el propósito de lograr su propia satisfacción. Cuando ofrecéis resistencia, cuando empezáis a criticar, se sienten frustrados. Es decir, ellos no os ayudan realmente. Mediante la ayuda, mediante el servicio, logran su propia satisfacción. En otras palabras, ellos buscan la plena satisfacción de sí mismos bajo el disfraz de ayuda y servicio; al verse estorbados, se enojan, empiezan a murmurar y a despedazaros. Este es un hecho evidente, ¿no es cierto? ¿Y es que no podéis ayudar y servir al prójimo sin pedir nada? Ello es muy difícil, no es fácil; no podéis decir, simplemente, “si se puede”. Cuando dais algo a una persona, unos cuantos cientos de dólares, ¿no quedáis atados a algo, no os atáis a esos cientos de dólares? ¿Todo eso no tiene cola? ¿Podéis dar y olvidar? Ese don del corazón es verdadera generosidad. Pero la generosidad de la mano tiene siempre algo que retener, y lo retiene. De igual modo, cuando aquellos que desean ayudar se ven impedidos de hacerlo por diversas razones, se sienten frustrados, perdidos; no tolerarán la crítica, que es mal interpretada, tergiversada, desfigurada. Con su ansiedad por ayudaros, en efecto, ellos se satisfacen a sí mismos.

El problema, pues, es este: ¿existe la autorrealización? Esa es la siguiente pregunta. ¿Existe la plena satisfacción propia? ¿No es contradictoria la expresión “autorrealización”? Cuando queréis satisfaceros en algo, ¿qué es ese “algo” en lo cual halláis realización? ¿No es autoproyección? Por ejemplo, yo quiero ayudaros. Empleo la palabra “ayudar”, que oculta mi deseo de autorrealización. ¿Qué sucede cuando tengo tal deseo? Ni os ayudo, ni hallo plena satisfacción. Porque “realizar” significa, para la mayoría de nosotros, tener placer en hacer algo que nos brinda satisfacción. En otras palabras, la autorrealización es satisfacción, ¿no es cierto? Busco satisfacción, superficial o permanente, a la que llamo “autorrealización”. ¿Pero la satisfacción puede ser permanente? Es obvio que no. Sin duda, cuando hablamos de satisfacción plena, queremos decir una satisfacción que sea más honda, más profunda, que la satisfacción superficial; ¿pero la satisfacción puede jamás ser permanente? Como nunca puede serlo, cambiamos de autorrealización; en un momento es esto, luego es aquello, y finalmente decimos: “mi realización tiene que estar en Dios, en la realidad”. Lo cual significa que hacemos de la realidad una satisfacción permanente. En otros términos: buscamos satisfacción cuando hablamos de autorrealización. Y en lugar de decir “quiero serviros a fin de satisfacerme a mí mismo” (lo cual sería demasiado crudo, y somos demasiado refinados para eso), decimos: “quiero serviros, deseo ayudaros”. Y cuando se nos impide hacerlo, nos sentimos perdidos, frustrados, enojados, irritados. Bajo el disfraz de ayuda y servicio, hacemos un montón de cosas monstruosas - engaños, ilusiones. Por tanto, expresiones tales como “autorrealización”, “ayuda”, “servicio”, necesitan ser examinadas. Y cuando de veras las comprendamos, no sólo verbalmente sino honda y profundamente, entonces ayudaremos sin pedir nada en cambio. Tal ayuda nunca será mal interpretada, y aun cuando lo sea, no importa. Entonces no hay sensación de fracaso, ni ira, ni crítica, ni murmuración.

Pregunta: ¿Qué es la “unitotalidad”? ¿Es un estado místico? ¿Significa acaso liberarse de la convivencia? ¿Es esa “unitotalidad” un medio para la comprensión, o es una evasión de los conflictos externos y de las urgencias íntimas?

Krishnamurti: ¿No tratamos casi todos de aislarnos en la vida de relación? Procuramos adueñarnos de las personas, dominarlas, lo cual es una forma de aislamiento, ¿no es así? Nuestras creencias, nuestras ideas, son una forma de aislamiento. Cuando nos retiramos, cuando renunciamos a algo, ello es una forma de aislamiento, ¿no es así? Los apremios íntimos y los conflictos externos nos obligan a protegernos, a encerrarnos. Esa es una forma de aislamiento, ¿verdad? ¿Y mediante el aislamiento puede haber comprensión alguna? ¿Puedo acaso comprenderos si os ofrezco resistencia, si me encierro dentro de mis ideas, de mis prejuicios, de mi crítica de vosotros, etc.? Sólo puedo comprenderos cuando no estoy aislado, cuando no existe barrera entre nosotros, ni una barrera verbal ni la barrera de los estados psicológicos, de los estados de ánimo y la idiosincrasia. Mas para comprender necesito ser yo solo, ¿no es así? Sólo en el sentido de no estar encerrado, de estar libre de influencias. La mayoría de nosotros somos una mezcla; estamos hechos de recuerdos, de idiosincrasias, de prejuicios, de innumerables influencias. Y a través de todo eso tratamos de comprender algo. ¿Cómo puede haber comprensión cuando somos un producto, un compuesto, una mezcla? Y cuando se está libre de todo eso hay una unicidad que es “unitotalidad”, que no es un escape. Por el contrario, la comprensión de todas estas cosas es lo que produce una “unitotalidad” con la cual enfrentamos la vida directamente. Siendo nosotros un cúmulo de opiniones, de creencias, no siendo más que una mezcla, nos creemos seres integrados, o procuramos buscar integración, cargados de todo eso. Puede haber integración, ciertamente, no en el mero nivel verbal sino por completo, de manera cabal, tan sólo cuando se está libre, mediante la comprensión, de todas las influencias con que de continuo tropezamos: creencias, recuerdos, idiosincrasias y otras cosas más. Uno no puede simplemente arrojarlas a un lado. Entonces, a medida que uno empieza a comprenderlas, hay una soledad que es “unitotalidad”, que no es contradicción, que no es lo opuesto de lo colectivo ni de lo, individual. Cuando queréis comprender algo, ¿no os quedáis solos? ¿No estáis completamente integrados en ese momento? ¿No le consagráis por completo vuestra atención? ¿Y en el aislamiento puede haber comprensión alguna? ¿Mediante la resistencia puede haber entendimiento? Cuando renunciáis a algo, ¿trae eso comprensión? Sin duda, la comprensión no llega por medio de la resistencia, del retiro, de la renunciación. Sólo cuando comprendéis la plena significación de un problema, este desaparece; no tenéis que renunciar a él. No necesitáis renunciar a la riqueza, a ciertas codicias evidentes. Pero esas cosas se os desprenden cuando sois capaces de observarlas directamente, sin crítica alguna, dándoos cuenta de ellas pasivamente. Y en ese estado de percepción pasiva, ¿no hay acaso completa atención, no como un opuesto o como una concentración exclusiva? Es una percepción en la que no hay contradicción, y por tanto la soledad desaparece.

La mayoría de nosotros nos sentimos solos, solitarios, no hay hondura en nosotros, muy pronto estamos terminados. Y es esta soledad la que produce retiradas escapatorias, encubrimiento; y si queremos comprender esa soledad, debemos descartar todo encubrimiento, estar con esa soledad. El estar así sólo es ser “unitotal”. Entonces estáis libres de influencias, entonces no estáis cautivos de estados de ánimo; y es esencial que estemos solos, cosa que casi todos tememos. Difícilmente salimos solos alguna vez; siempre tenemos la radio, las revistas, los periódicos, los libros, y si no los tenemos, estamos ocupados con nuestros propios pensamientos. La mente jamás está quieta. Es esta quietud la que es “unitotal”. Esa “unitotalidad” no es inducida, no es artificial. Cuando hay mucho ruido y vosotros estáis en silencio, estáis solos, ¿no es así? Tenéis que estar solos. Si sois triunfadores, entonces, evidentemente, hay algo que anda mal. Casi todos buscamos el triunfo, y es por eso que nunca estamos solos; somos solitarios, pero nunca estamos solos.

Solamente cuando hay “unitotalidad” podéis encontrar lo verdadero, lo que no tiene comparación. Y como la mayoría de nosotros tememos estar solos, construimos distintos refugios, diversas salvaguardias, y les ponemos nombres altisonantes; y ello ofrece maravillosas evasiones. Pero todo eso es ilusión, carece de sentido. Sólo cuando vemos que eso no tiene significación - cuando lo vemos de veras, no en forma verbal - tan sólo entonces estamos solos. Sólo entonces podemos realmente comprender; lo cual significa que debemos despojarnos de todas las pasadas experiencias, de los recuerdos, de las sensaciones, que tan asiduamente hemos elaborado y con tanto esmero conservamos. Es indudable que sólo una mente libre de “condicionamiento” puede comprender aquello que no es condicionado, la realidad. Y, para librar la mente de “condicionamiento”, no sólo hay que enfrentarse a la soledad, sino ir más allá, superarla. No hay que aferrarse a los recuerdos que se agolpan en la mente. Porque los recuerdos son meras palabras, palabras que tienen sensaciones. Sólo cuando la mente está quieta por completo, libre de influencias, puede realizar aquello que es.

El Conocimiento de Uno Mismo

13ª Conferencia - 27 de agosto de 1949

Jiddu Krishnamurti, El Conocimiento de Uno Mismo. 14 Conferencias pronunciadas en Ojai, en 1949. Jiddu Krishnamurti en español.

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