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El Diario de Krishnamurti.

Krishnamurti

El Diario de Krishnamurti.

En Septiembre de 1973, Krishnamurti comenzó de pronto a llevar un diario. Por cerca de seis semanas, hizo anotaciones en un cuaderno de notas. En el primer mes de ese período, estuvo en Brockwood Park, Hampshire, y por el resto del tiempo se alojó en Roma. Reanudó el Diario dieciocho meses después durante su permanencia en California.

Casi todas las anotaciones comienzan con una descripción de algún escenario natural que él conoce íntimamente, aunque en sólo tres ocasiones esas descripciones se refieren al lugar en que él se encuentra al presente. Así, la primera página de la primera anotación, describe la arboleda que hay en el parque de Brockwood, pero en la segunda página es obvio que su mente se encuentra en Suiza. No es sino hasta que para en California, que vuelve a dar una descripción de su ambiente actual. En el resto de las anotaciones, evoca lugares en los que ha vivido, y lo hace con tanta nitidez, que ello demuestra la intensidad con que su mente registra los escenarios naturales, intensidad vivida que surge de la agudeza de su observación. Este Diario revela también hasta qué grado su enseñanza se inspira en el contacto que él mantiene con la naturaleza.

A lo largo de toda la obra, Krishnamurti se refiere a sí mismo en tercera persona como ‘él’, e incidentalmente nos cuenta algo acerca de él mismo, cosa que no había hecho con anterioridad.

Diario

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Brockwood Park, Septiembre 14, 1973

El otro día, volviendo de un largo paseo en medio de campos y árboles, pasamos por el bosquecillo[1] que está cerca de la gran casa blanca. Al trasponer la escalerilla y penetrar en la arboleda, uno percibió instantáneamente un sentimiento inmenso de paz y quietud. Nada se movía. Parecía un sacrilegio atravesar el bosquecillo, hollar el suelo; resultaba profano el hablar, incluso el respirar. Las enormes secoyas estaban absolutamente inmóviles; los indios americanos las llaman los árboles silenciosos, y ahora se hallaban verdaderamente silencio­sos. Hasta el perro había dejado de perseguir a los cone­jos. Uno permanecía quieto, atreviéndose apenas a res­pirar, sintiéndose intruso porque había estado charlando y riendo; y penetrar en esta arboleda sin saber lo que allí había fue una sorpresa y una conmoción, la conmoción de una bienaventuranza inesperada. El corazón latía más lentamente, estupefacto ante esa maravilla. Ese era el centro de todo este lugar. Cada vez que uno penetra ahora en la arboleda, existe esa belleza, esa quietud, esa extraña quietud. Uno podrá venir cuando lo desee y ello estará ahí, pleno, espléndido e innominable.

Cualquier forma de meditación consciente no es la cosa real; jamás puede serlo. El intento deliberado de meditar no es meditación. Ello debe ocurrir; no puede ser invitado. La meditación no es un juego de la mente, ni del deseo y el placer. Todo intento de meditación es la negación misma de ello. Sólo hay que estar atento a lo que uno piensa y hace, y nada más. El ver, el escuchar, es el hacer, sin que en ello exista sentido alguno de re­compensa o castigo. La destreza en la acción radica en la destreza del ver, del escuchar. Toda forma de medita­ción conduce inevitablemente al engaño, a la ilusión, porque el deseo ofusca, ciega.

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Brockwood Park - Septiembre 15, 1973

Es bueno estar solo. Estar solo es hallarse muy lejos del mundo y, no obstante, caminar por sus calles. Estar solo, subiendo por el sendero junto al veloz y ruidoso torrente de la montaña que rebosa con el agua de la pri­mavera y las nieves derretidas, es estar atento a ese árbol solitario, único en su belleza. La otra soledad[2] de un hombre en medio de la calle, es el dolor de la vida; él nunca está solo, distante, incontaminado y vulnerable. La saturación de conocimientos engendra interminable desdicha. Ese hombre que camina por las calles encerra­do en sí mismo, es la urgencia interna de expresión, con sus frustraciones y padecimientos; ese hombre nunca está verdaderamente solo. El movimiento de esa soledad es el dolor.

Ese torrente de la montaña estaba repleto y crecido con las nieves disueltas y las lluvias de la temprana primavera. Podía escucharse el ruido de las grandes piedras empujadas por la fuerza de las aguas torrenciales. Un alto pino de cincuenta años o más se derrumbó en el agua; ésta lavaba el camino dejándolo limpio. El torrente se veía fangoso, de color pizarra. Más arriba, los campos se encontraban cubiertos de flores silvestres. El aire era puro y todo respiraba encantamiento. Los altos cerros todavía estaban nevados, y los glaciares y grandes picos retenían aún las nieves recientes, se mantendrían blancos durante todo el verano.

Era una montaña prodigiosa y uno podría haber se­guido caminando perpetuamente, sin que lo afectaran jamás los empinados cerros. Había en el aire un perfume nítido y fuerte. Ese sendero estaba desierto, nadie baja­ba o subía por él. Uno se hallaba a solas con aquellos os­curos pinos y las aguas torrenciales. El cielo tenía ese sorprendente azul que sólo se ve en las montañas. Uno lo contemplaba a través de las hojas y los enhiestos pinos. No había allí nadie con quien hablar y la mente no parloteaba. Una urraca blanquinegra pasó volando y desapareció en el monte. El sendero llevaba muy lejos del ruidoso torrente y el silencio era absoluto. No era el silencio que sigue al ruido; no era el silencio que adviene con la puesta del sol, ni era ese silencio que llega cuando la mente se apaga. No era el silencio de los museos y las iglesias, sino algo que no tenía relación alguna con el tiempo y el espacio. No era el silencio que la mente ela­bora por sí misma. El sol ardía y las sombras eran agra­dables.

Sólo recientemente descubrió él que no había un solo pensamiento durante estos largos paseos por las calles atestadas o por los solitarios senderos. El siempre había sido así, desde que era niño; ningún pensamiento pene­traba en su mente. El sólo observaba y escuchaba, nada más. Nunca surgía el pensamiento con sus asociaciones. No había formación de imágenes. Un día, de pronto se dio cuenta de lo extraordinario que eso era; a menudo intentó pensar, pero no acudía pensamiento alguno. En estos paseos, con gente o sin ella, todo movimiento del pensar estaba ausente. Esto es estar solo.

Por encima de los picos nevados iban formándose nubes densas y oscuras; probablemente llovería más tarde, pero ahora las sombras eran muy definidas con el sol claro y brillante. Aún persistía en el aire aquel grato perfume, y las lluvias habrían de traer un olor diferente. Había un largo camino de descenso hacia el chalet.

Era un magnífico atardecer y la suave luz primaveral cubría la tierra.

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Brockwood Park - Septiembre 16, 1973

Durante la mañana, las calles del pequeño pueblo se ha­llaban vacías, pero más allá la región estaba colmada de árboles, praderas y brisas susurrantes. La única calle principal se encontraba iluminada y todo lo demás yacía en la oscuridad. El sol se levantaría dentro de unas tres horas. Era un amanecer claro bajo la luz de las estrellas. Las cumbres nevadas y los glaciares aun estaban en sombras y casi todo el mundo dormía. Los estrechos senderos de la montaña tenían tantas curvas que uno no podía avanzar muy rápidamente; el auto era nuevo y hermoso, de buenas líneas y gran potencia. En el aire de la mañana, el motor funcionaba con mayor eficiencia. En la carretera, ese automóvil era una cosa muy bella de verse, y cuando ascendía tomaba cada recodo con la fir­meza de una roca. El amanecer estaba próximo, y se veía la forma de los árboles y el largo perfil de los cerros y de los viñedos; iba a ser una mañana encantadora. Entre los cerros el ambiente era fresco y agradable. El sol se había levantado ya y el rocío cubría las hojas y los prados.

A él siempre le gustó la mecánica; desmantelaba el motor de un automóvil y cuando éste volvía a funcionar era tan bueno como si fuera nuevo. Mientras uno está conduciendo el vehículo, la meditación parece llegar con toda naturalidad. Uno se halla atento a la campiña, a las casas, a los campesinos en el sembrado, a la forma del auto que avanza y al cielo azul entre las hojas; ni si­quiera se da cuenta de que la meditación ocurre, esta meditación que comenzó hace milenios y habrá de con­tinuar perpetuamente. El tiempo no es un factor en la meditación, ni lo es la palabra ‑la palabra es el medita­dor. En la meditación no hay un meditador. Si lo hay, eso no es meditación. El meditador es la palabra, el pen­samiento y el tiempo; por lo tanto, está sometido al cambio, al ir y venir de las cosas. No es una flor que florece y muere. El tiempo es movimiento. Uno está sentado a la orilla de un río, observando las aguas, la corriente y las cosas que pasan flotando. Cuando uno está en el agua, no hay un observador. La belleza no se encuentra en la mera expresión; está en el abandono de la palabra y de la expresión, del lienzo y del libro.

¡Qué apacibles son las colinas, los prados y estos ár­boles! Toda la tierra está bañada por la luz de una efí­mera mañana.

Dos hombres se hallaban disputando a gritos con muchos gestos y con las caras enrojecidas. La carretera pasa por una larga avenida de árboles, y la ternura de la mañana se va desvaneciendo.

El mar se extendía ante uno y en el aire se percibía el perfume de los eucaliptos. Era un hombre pequeño, delgado y de fuertes músculos; había venido de un país muy lejano, y estaba tostado por el sol. Después de unas pocas palabras de saludo, se lanzó a emitir críticas. ¡Qué fácil es criticar sin saber cuáles son realmente los hechos! Dijo: “Puede que usted sea libre y que viva real­mente todo aquello de que habla, pero físicamente se halla en una prisión protegida por sus amigos. Usted no sabe lo que está pasando a su alrededor. Hay personas que han asumido la autoridad, aun cuando usted mismo no es autoritario”.

No estoy seguro de que usted esté en lo cierto res­pecto de esta cuestión. Para conducir una escuela o cualquier otra cosa, tiene que haber cierta responsabili­dad, y ésta puede y debe existir sin las implicaciones au­toritarias. La autoridad es totalmente perjudicial para la cooperación, para que podamos discutir cosas juntos. Esto es lo que hacemos en todo el trabajo en que esta­mos empeñados. Este es un hecho real. Si puedo señalar­lo, nadie se interpone entre mí y otras personas.

“Lo que usted está diciendo es de la máxima impor­tancia. Todo lo que usted escribe y dice debe ser impre­so y hecho circular por un pequeño grupo de personas serias y consagradas. El mundo está estallando y a usted lo pasa por alto”.

Me temo otra vez que usted no se da cuenta totalmen­te de lo que sucede. En un tiempo, un pequeño grupo tomó la responsabilidad de propagar lo que se había dicho. Ahora, también, un pequeño grupo ha asumido la misma responsabilidad. Si a uno se le permite señalarlo nuevamente, usted no se da cuenta de lo que está suce­diendo.

Él hizo varias críticas más, pero éstas se basaban en presunciones y opiniones efímeras. Sin defender nada, uno indicó lo que realmente está ocurriendo. Pero...

Qué extraños son los seres humanos.

Los cerros retrocedían alejándose, y ya lo rodeaba a uno el ruido de la vida cotidiana, el ir y venir, el dolor y el placer. Un árbol solitario sobre un montecillo era la belleza de la tierra. Y a gran profundidad en el valle había un torrente, y junto a él corría un ferrocarril. Uno debe dejar el mundo para ver la belleza de ese torrente.

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Brockwood Park - Septiembre 17, 1973

Ese anochecer, mientras uno caminaba por el bosque, había una sensación de amenaza. El sol estaba poniéndo­se en esos instantes, y las palmeras se levantaban soli­tarias contra el cielo dorado del oeste. Los monos ya se hallaban en la higuera de Bengala aprestándose para la noche. Casi nadie utilizaba el sendero y muy raramente se encontraba uno con otro ser humano. Se veían muchos ciervos que, recelosos, desaparecían en medio de la espesa vegetación. No obstante, la amenaza estaba ahí, en todas partes, pesada y penetrante, y uno miraba por sobre el hombro. No quedaban animales peligrosos; los habían alejado de ese lugar, que se hallaba demasiado cerca del pueblo en expansión. Uno se sentía contento de dejar el bosque y volver a caminar por las calles ilumi­nadas. Pero al anochecer siguiente, los monos estaban tranquilos y se veían algunos ciervos aquí y allá, mientras el sol se ocultaba detrás de los árboles más altos; la amenaza había desaparecido. Por el contrario, los árboles, los arbustos y las pequeñas plantas le daban a uno la bienvenida. Uno se encontraba entre sus ami­gos, se sentía completamente seguro y acogido con sumo agrado. El bosque lo aceptaba a uno, y era un ver­dadero goce pasear por ahí en todos los atardeceres.

La selva es diferente. Allí hay peligro físico, no sólo por parte de las serpientes, sino de los tigres que se sabe existen en ese lugar. Mientras uno caminaba por ahí una tarde, hubo de pronto un silencio anormal; los pájaros cesaron en su parloteo, los monos se quedaron absoluta­mente callados y todo parecía retener el aliento. Uno se quedó quieto. Y del mismo modo, súbitamente, todo volvió a la vida; los monos jugaban y se molestaban unos a otros, los pájaros iniciaron su canto nocturno y uno pudo advertir que el peligro había pasado.

En los montes y bosquecillos, donde el hombre mata conejos, faisanes, ardillas, hay una atmósfera por com­pleto diferente. Se penetra en un mundo donde ha esta­do el hombre con su rifle y su peculiar violencia. Enton­ces el bosque pierde su tierna suavidad, su bienvenida, y con ello se ha perdido aquí cierta belleza; aquel alegre susurro ha desaparecido.

Uno tiene solamente una cabeza, y cuidarla es algo maravilloso. No hay maquinaria ni computadora electró­nica que puedan compararse con ella. Es tan vasta, tan compleja, tan enteramente capaz, sutil y productiva... Es el depósito de la experiencia, del conocimiento y la memoria. De ella brotan todos los pensamientos. Lo que ha producido es completamente increíble: el daño, la confusión, los padecimientos, las guerras, las corrupcio­nes, las ilusiones, los ideales, el dolor y la desdicha; las grandes catedrales, las bellas mezquitas y los templos sagrados. Es fantástico lo que ha hecho y puede hacer la cabeza. Pero hay una cosa que aparentemente no puede hacer: cambiar por completo su comportamien­to al relacionarse con otra cabeza, con otro hombre. Ni el castigo ni la recompensa parecen cambiar su conducta, ni parece transformarla el conocimiento. El ‘yo’ y el ‘tu’ permanecen invariables. Ella nunca se da cuenta de que el yo es el tú, de que el observador es lo observado. Su amor es su deterioro; su placer es su agonía; los dioses de sus ideales son sus destructores. Su libertad es su propia prisión; la educan para vivir en esta prisión, ha­ciéndola sólo más cómoda, más agradable. Tenemos so­lamente una cabeza, hay que cuidarla, no hay que des­truirla. ¡Es tan fácil corromperla!

El siempre tuvo esta extraña falta de distancia entre él mismo y los árboles, los ríos y las montañas. Ello no fue algo cultivado; uno no puede cultivar una cosa como ésa. Jamás hubo un muro entre él y otro ser humano. Lo que ellos le hacían, lo que le decían jamás parecía herir­lo, ni tampoco lo afectaba el halago. De algún modo siempre permaneció totalmente ileso. No fue un retraí­do ni un solitario, sino que fue como las aguas de un río. Tuvo muy pocos pensamientos; y ningún pensamiento en absoluto cuando estaba solo. Su cerebro estaba activo cuando hablaba o escribía, pero de otro modo estaba quieto y activo sin movimiento alguno. El movimiento es tiempo, y la actividad no lo es.

Esta extraña actividad, sin una dirección predetermi­nada, parece proseguir esté uno despierto o dormido. El se despierta a menudo con esa actividad de la medita­ción; algo de esta naturaleza se está desarrollando casi todo el tiempo. El jamás lo ha invitado ni rechazado. Cuando despertó la otra noche, estaba muy despierto, y se dio cuenta de que algo como una bola de fuego, de luz, se introducía en su cabeza, en el centro mismo de ella. Estuvo observando el hecho objetivamente por un tiempo considerable, como si eso le estuviera sucedien­do a alguna otra persona. No era una ilusión ‑algo evo­cado por la mente. El amanecer estaba próximo y él podía ver los árboles por entre la abertura de las cor­tinas.

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Brockwood Park - Septiembre 18, 1973

Todavía sigue siendo uno de los valles más hermosos que existen. Completamente rodeado por los cerros, se halla repleto de naranjales. Hace muchos años, había muy pocas casas entre los árboles y los huertos pero ahora hay muchas más; las carreteras son anchas, el tráfico más denso y hay más ruido, especialmente en el extremo oc­cidental del valle. Pero los cerros y los altos picos perma­necen iguales, incontaminados por el hombre. Hay muchos senderos que conducen a las altas montañas, y uno camina incesantemente por ellos, topándose con osos, serpientes de cascabel, ciervos y, en cierta ocasión, se encontró con un lince. Se hallaba delante, en el decli­ve del sendero, ronroneando y restregándose contra las rocas y los troncos bajos de los árboles. La brisa venía desde lo alto del desfiladero y así podía uno estar muy cerca de él. El animal estaba divirtiéndose realmente, contento con su mundo. La corta cola levantada, las orejas puntiagudas proyectadas hacia adelante, el pelo de color bermejo limpio y lustroso, se hallaba por com­pleto inconsciente de que había alguien justo detrás de él, a unos veinte pies de distancia. Descendimos por el sendero como una milla, sin que ninguno de los dos hi­ciera el menor ruido. Era realmente un animal fabuloso, lleno de gracia y belleza. Había un estrecho arroyo de­lante de nosotros; con el deseo de no asustarlo, cuando uno llegó a su lado murmuró un suave saludo. En ningún momento miró él en derredor, hubiera sido una pérdida de tiempo; en vez de eso, se movió como un rayo y desa­pareció por completo en pocos segundos. No obstante, habíamos sido amigos por un tiempo considerable.

El valle está impregnado con el perfume casi domi­nante de los azahares, especialmente en las madrugadas y en los atardeceres. Llenaba la habitación, el valle y cada rincón de la tierra, y el dios de las flores bendecía el lugar. El verano sería realmente caluroso, y eso tenía su propia peculiaridad. Muchos años antes, cuando uno venía aquí, había una atmósfera maravillosa; todavía existe, aunque en grado menor. Los seres humanos la están echando a perder, como parecen echar a perder casi todas las cosas. Será como antes. Una flor puede marchitarse y morir, pero volverá con toda su belleza.

¿Alguna vez se han preguntado los seres humanos por qué equivocan el camino, por qué se vuelven corruptos, indecentes en su conducta ‑agresivos, violentos y astu­tos? No es bueno culpar al ambiente, a la cultura o a los padres. Necesitamos descargar la responsabilidad de este deterioro en otros o en algún acontecimiento. Las explicaciones y las causas son una salida cómoda. Los anti­guos hindúes llamaban a esto el karma ‑lo que uno ha sembrado es lo que cosecha. Los psicólogos ubican el problema en el regazo de los padres. Y lo que dicen las personas que se llaman religiosas, se basa en sus dogmas y creencias. Pero el problema sigue ahí.

Luego están los otros, que nacen generosos, benévo­los, responsables. Ni el medio ni presión alguna los al­teran. Permanecen siendo como son a pesar de todo el alboroto. ¿Por qué?

Cualquier explicación tiene escaso significado. Todas las explicaciones son escapes, eluden la realidad de lo que es. Y esto es lo único que importa. Lo que es puede ser totalmente transformado con la energía que se derro­cha en explicaciones y en la búsqueda de las causas. El amor no está en el tiempo ni en el análisis, ni en las la­mentaciones o en las recriminaciones. Está ahí cuando se hallan ausentes el deseo de dinero, de posición, y las astutas supercherías del yo.

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Brockwood Park - Septiembre 19, 1973

El monzón había llegado. El mar se veía casi negro bajo las densas nubes oscuras, y el viento desgarraba los árboles. Llovería por unos cuantos días con lluvias torrencia­les; luego estas se detendrían durante un día o algo así para comenzar nuevamente. Las ranas croaban en todas las charcas y el aire estaba impregnado con el delicioso aroma que traen las lluvias. La tierra se hallaba limpia otra vez y en pocos días más estaría asombrosamente verde. Las cosas crecían casi a la vista de uno, saldría el sol y todas las cosas de la tierra resplandecerían. Habría cantos en la madrugada y las pequeñas ardillas llenarían toda la región. En todas partes brotarían las flores, las silvestres y las cultivadas ‑el jazmín, la rosa y la caléndula.

Cierto día, en la carretera que conduce al mar, mientras uno paseaba bajo las palmeras y los árboles car­gados de lluvia, mirando miles de cosas, un grupo de niños estaba cantando. ¡Parecían tan felices, tan inocen­tes y tan por completo ajenos al mundo! Uno de ellos, una niña, nos reconoció y se acercó sonriendo, y cami­namos por un rato tomados de la mano. Ninguno dijo una palabra y cuando llegamos cerca de su casa, ella sa­ludo y desapareció en el interior. El mundo y la familia van a destruirla, y ella también tendrá hijos y llorará por ellos, y el mundo también los destruirá con sus arteros recursos Pero esta tarde, estaba ella feliz y ansiosa por compartir su felicidad tomada de la mano de alguien.

Una tarde, cuando habían cesado las lluvias y el cielo del oeste se veía dorado, al volver por la misma carre­tera, dejamos atrás a un joven que portaba un fuego en un pote de barro. Excepto por el limpio taparrabo se ha­llaba completamente desnudo, y detrás de él dos hombres llevaban un cuerpo muerto. Eran dos Brahmines, estaban recientemente lavados, limpios, y camina­ban manteniéndose bien derechos. El joven que sostenía el fuego debía haber sido el hijo del hombre muerto; todos avanzaban muy rápidamente. El cuerpo iba a ser incinerado en alguna playa apartada. Era todo tan simple, tan distinto de los féretros elaborados cargados de flores y seguidos por una larga fila de bruñidos auto­móviles o de plañideras que caminan tras del ataúd ‑la tenebrosa oscuridad que hay en todo eso. Aquí veía uno un cadáver decentemente cubierto que, en la parte trasera de una bicicleta, era conducido hacia el río sagra­do donde irían a quemarlo.

La muerte está en todas partes, y nosotros jamás pare­cemos capaces de vivir con ella. Es algo oscuro, atemorizador, que debe ser eludido, algo de lo que nunca hay que hablar. A la muerte hay que mantenerla lejos de la puerta cerrada. Pero ella está siempre ahí. La belleza del amor es muerte, y uno no conoce ni lo uno ni lo otro. La muerte es dolor y el amor es placer, y ambos no pueden encontrarse nunca; deben mantenerse apartados, y la división es angustia y agonía. Esto ha sido así desde el principio del tiempo, esta división y el conflicto inter­minable. Siempre existirá la muerte para aquellos que no ven que el observador es lo observado, que el experimen­tador es lo experimentado. Esto es como un vasto río en que se halla atrapado el hombre con todos sus dioses mundanos, sus vanidades, sus penas y su conocimiento. A menos que abandone en el río todas las cosas que ha acumulado y nade hacia la costa, la muerte estará siempre junto a su puerta, esperando y vigilando. Cuando él deja el río, no hay costa alguna, la ribera es la palabra, el observador. Él lo ha abandonado todo, el río y la ribera. Porque el río es tiempo y las orillas son los pensamientos del tiempo; el río es el movimiento del tiempo y a él pertenece el pensamiento. Cuando el ob­servador abandona todo lo que él es, entonces el obser­vador no existe. Esto no es muerte. Es lo intemporal. Uno no puede conocerlo, porque aquello que se conoce pertenece al tiempo; uno no puede experimentarlo, el reconocimiento es producido por el tiempo. Liberarse de lo conocido es liberarse del tiempo. La inmortalidad no es la palabra, el libro, la imagen que uno ha fabrica­do. El alma, el yo, el atman, es hijo del pensamiento, el cual es tiempo. Cuando el tiempo no existe, no existe la muerte. Hay amor.

El cielo del oeste había perdido su color, y asomando en el horizonte estaba la luna, joven, tímida y tierna. Todo parecía estar pasando por la carretera: el casa­miento, la muerte, la risa de los niños y alguien que so­llozaba. Cerca de la luna había una estrella solitaria.

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Brockwood Park - Septiembre 20, 1973

Esta mañana el río se veía particularmente hermoso; el sol acababa de asomarse sobre los árboles y el pueblo se encontraba oculto entre ellos. El aire estaba muy quieto y no había una sola onda sobre el agua. El día iba a ser muy caluroso pero ahora estaba más bien fresco, y un mono solitario se hallaba sentado al sol. Estaba siempre ahí, solo, enorme y pesado. Desaparecía durante el día y volvía a aparecer en las madrugadas sobre la copa del tamarindo; cuando comenzaba a hacer calor, el árbol pare­cía tragárselo. Los papamoscas de color verde oro se encontraban sobre el parapeto junto a las palomas, y los buitres todavía descansaban en las ramas más altas de otro tamarindo. Había una inmensa quietud y uno esta­ba sentado en un banco, perdido para el mundo.

Al regresar del aeropuerto por una sombreada carre­tera, con los papagayos rojiverdes chillando alrededor de los árboles, uno advirtió, atravesado en el camino, algo que parecía un gran envoltorio. Cuando el auto llegó cerca, el envoltorio resultó ser un hombre que yacía casi desnudo cruzado en la carretera. El automóvil se detuvo y nos bajamos. Su cuerpo era grande y su cabeza muy pequeña. Miraba fijamente por entre las hojas al cielo asombrosamente azul. Nosotros también miramos para ver qué miraba él, y el cielo contemplado desde la carre­tera se veía realmente azul y las hojas eran realmente verdes. El hombre era mal formado, y ellos me dijeron que se trataba de uno de los idiotas del pueblo. Jamás se movía, y el auto hubo de avanzar esquivándolo muy cuidadosamente. Los camellos con su carga y los niños con sus gritos pasaban junto a él sin prestarle la más mínima atención. También pasó un perro describiendo un amplio círculo. Los papagayos se hallaban atareados con su griterío. Las granjas, los aldeanos, los árboles, las flores amarillas se ocupaban de su propia existencia. Esa parte del mundo está subdesarrollada y no hay ninguna organización que vele por tales personas. Son llagas abiertas, humanidad sucia y apiñada, y el río sagrado prosigue su camino.

La tristeza de la vida estaba en todas partes, y bajo el cielo azul, muy alto en el aire volaban los buitres, vola­ban en círculos, por horas, sin mover sus pesadas alas, vigilando y aguardando.

¿Qué es la cordura y que es la locura? ¿Quién es cuerdo y quién está loco? ¿Son cuerdos los políticos? Los sacerdotes, ¿están locos? Los que se comprometen con ideologías, ¿están cuerdos? Somos controlados, moldeados, apremiados por todos ellos, ¿y estamos cuerdos?

¿Qué es la cordura? Es ser integro, no fragmentado en la acción, en la vida, en toda clase de relaciones ‑ésa es la esencia misma de la cordura. Cuerdo significa total sano y santo. La locura es neurosis, psicosis, desequili­brio, esquizofrenia, cualquier nombre que uno quiera ponerle; implica estar fragmentado, dividido en la acción y en el movimiento de la relación que constituye la exis­tencia. Engendrar antagonismo y división, que es el ofi­cio de los políticos que nos representan, implica cultivar y sostener la locura, ya se trate de los dictadores o de los que ejercen el poder en el nombre de la paz o de alguna forma de ideología. ¿Y el sacerdote? No hay más que mirar lo que es el clero. Se interpone entre uno y lo que ellos consideran que es la verdad, el salvador, dios, el cielo, el infierno. El sacerdote es el intérprete el repre­sentante; es el que tiene las llaves para el cielo, él es quien ha condicionado al hombre mediante la creencia el dogma, el ritual; él es el verdadero propagandista. Ha condicionado al hombre porque éste desea comodidad, seguridad y le tiene espanto al mañana. Los artistas, los intelectuales, los científicos, tan admirados y lisonjea­dos, ¿están cuerdos? ¿O viven en dos mundos diferentes ‑el mundo de las ideas y la imaginación con su expre­sión compulsiva, totalmente separado de la vida cotidia­na de placer y dolor que llevan?

El mundo que nos rodea está fragmentado y así somos cada uno de nosotros, y la expresión de ello es el conflicto, la confusión y la desdicha; uno es el mundo y el mundo es uno. La cordura implica vivir una vida de acción sin conflicto. La acción y la idea son contradictorias. El ver es el hacer, y no la ideación primero y luego la acción de acuerdo con la conclusión. Esto en­gendra conflicto. El analizador mismo es lo analizado. Cuando el analizador se separa como algo diferente de lo analizado, genera conflicto, y el conflicto es el área del desequilibrio. El observador es lo observado y en eso ra­dica la cordura, lo total, lo sagrado; y con lo sagrado está el amor.

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Brockwood Park - Septiembre 21, 1973

Es bueno despertarse sin un solo pensamiento con sus problemas. La mente ha descansado al producir orden dentro de sí misma; por eso el sueño es tan importarme. O la mente genera orden en su relación y acción durante las horas de vigilia ‑lo cual le da completo descanso mientras duerme‑ o durante el sueño ella procurará arreglar sus asuntos a su propia satisfacción. A lo largo del día habrá nuevamente desorden causado por múlti­ples factores, y durante las horas de sueño la mente tra­tara de desenredarse de esta confusión. La mente, el cerebro, sólo puede funcionar con eficiencia, objetiva­mente, cuando hay orden. El conflicto, en cualquiera de sus formas, es desorden. Basta considerar por todo lo que la mente pasa en cada día de su vida: el intento de poner orden mientras duerme y el desorden que impera durante las horas de vigilia. Este es el conflicto de la vida que se desarrolla día tras día. El cerebro puede funcio­nar únicamente cuando está seguro, no en medio de la contradicción y la confusión. Por eso trata de encontrar esa seguridad en alguna fórmula neurótica, pero el con­flicto empeora. El orden es la transformación de todo este enredo. Cuando el observador es lo observado hay orden completo.

En la pequeña senda que corre junto a la casa, som­breada y tranquila, una niñita estaba sollozando desgarradoramente, como sólo los niños pueden hacerlo. Tendría cinco o seis años, y era pequeña para su edad. Estaba sentada en el suelo, con las lágrimas derramándo­se por sus mejillas. Él se sentó a su lado y le preguntó qué le había sucedido, pero ella no podía hablar, el llanto le quitaba toda la respiración. Debían haberla gol­peado, o tal vez se había roto su juguete favorito o le habían negado, mediante palabras duras, algo que de­seaba.

Apareció la madre, sacudió a la niña y la introdujo en la casa. A él apenas si lo miró, porque eran extraños el uno para el otro. Unos días después, mientras él paseaba por la misma senda, la niña salió de la casa y, toda sonriente, caminó con él por un corto trecho. La madre debió seguramente haberle dado permiso para acompa­ñar a un desconocido. Él paseaba frecuentemente por esa senda sombreada, y la niña saldría a saludarlo junto con su hermano y una hermanita. ¿Olvidarán ellos algu­na vez sus heridas y sus pesares, o poco a poco se fabri­carán escapes y resistencias? La conservación de esas heridas psicológicas parece constituir la naturaleza de los seres humanos, y es por esto que sus acciones resultan distorsionadas. ¿Puede la mente humana no ser lastima­da ni herida jamás? No ser lastimado es ser inocente. Si uno no está lastimado, naturalmente no lastimará a otro. ¿Es esto posible? La cultura en que vivimos, de hecho ocasiona heridas profundas en la mente y el corazón. El ruido y la polución, la agresión y la competencia, la vio­lencia y la educación ‑todas estas cosas y muchas otras contribuyen a la agonía humana. Sin embargo, tenemos que vivir en este mundo de brutalidad y resistencia: somos el mundo y el mundo es lo que somos. ¿Qué cosa es la que se siente lastimada? La imagen que cada uno se ha fabricado de sí mismo, eso es lo que se siente lastima­do. Extrañamente, estas imágenes son las mismas en todo el mundo, con algunas modificaciones. La esencia de la imagen que uno tiene, es la misma que la del hombre que se encuentra a miles de kilómetros de distancia. De modo que uno es ese hombre o mujer. Las heridas propias son las heridas de otros miles: uno es el otro.

¿Es posible no ser lastimados jamás? Donde existe una herida, no hay amor. Si uno se halla lastimado, el amor es entonces mero placer. Cuando uno descubre por sí mismo la belleza de no ser lastimado jamás, sólo en­tonces desaparecen realmente las heridas pasadas. En la plenitud del presente, el pasado ha perdido su carga.

Él nunca ha sido lastimado pese a las muchas cosas que le sucedieron, halagos e injurias, amenazas y seguri­dad. No es que él fuera insensible o inconsciente; no tenía una imagen de sí mismo, ni conclusión ni ideolo­gía alguna. La imagen es resistencia, y cuando ésta no existe hay vulnerabilidad pero no hay heridas psicológi­cas. Uno no puede buscar ser vulnerable, altamente sen­sible, porque aquello que se busca y encuentra, es otra forma de la misma imagen. Se trata de comprender este movimiento total, no sólo verbalmente, sino que es ne­cesario hacerlo con un discernimiento directo e instantá­neo. Darse cuenta de su estructura íntegra sin reserva al­guna. Ver la verdad de todo ello es el fin del constructor de la imagen.

La laguna estaba desbordándose y mostraba miles de reflejos. Se tornó oscura y los cielos se abrieron.

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Brockwood Park - Septiembre 22, 1973

Una mujer estaba cantando en la casa vecina; tenía una voz maravillosa y los pocos que la escuchaban se halla­ban fascinados. El sol se ponía entre los mangos y las palmeras, intenso en verdes y dorados. Ella cantaba ciertos cantos devocionales y la voz se volvía cada vez más exquisita y dulce. Escuchar es un arte. Cuando escu­chamos alguna música clásica occidental o a esta mujer sentada en el piso, puede ocurrir que nos sintamos ro­mánticos o que haya recuerdos de cosas pasadas o que el pensamiento con sus asociaciones cambie nuestra dispo­sición de ánimo o que haya insinuaciones del futuro. O puede ser que uno escuche sin ningún movimiento del pensar, desde la quietud completa, desde el silencio total.

Escuchar al propio pensamiento, o al mirlo posado en una rama, o escuchar lo que se está diciendo sin que haya una sola respuesta del pensamiento, da origen a una significación por completo diferente de la que pro­duce el movimiento del pensar. Este es el arte de escu­char, de escuchar con atención total; entonces no existe un centro que esté escuchando.

El silencio de las montañas tiene una profundidad que no tienen los valles. Cada uno posee su propio silen­cio; el silencio que hay entre las nubes y que existe entre los árboles, tienen una diferencia inmensa. El silencio entre dos pensamientos es intemporal; el silencio del placer y el del miedo son tangibles. El silencio artificial que puede fabricar el pensamiento, es muerte; el silencio entre ruidos es ausencia de ruido pero no es el silencio, tal como la ausencia de guerra no es la paz. El sombrío silencio de una catedral, del templo, es un silencio de siglos y belleza especialmente construido por el hombre. Está el silencio del pasado y el del futuro, el silencio del museo y el del cementerio. Pero todo esto no es el si­lencio.

El hombre había permanecido sentado, inmóvil, a la orilla del hermoso río; estuvo ahí por más de una hora. Vendría al mismo lugar todas las mañanas, recién bañado, y cantaría en sánscrito por algún tiempo, y al cabo de un rato quedaría perdido en sus pensamientos sin que pareciera importarle el sol, al menos no el sol de la mañana. Un día vino y empezó a hablar acerca de la medi­tación. No pertenecía a ninguna escuela de meditación; las consideraba inservibles, sin ninguna significación real. El hombre estaba solo, era célibe y hacia mucho tiempo, que había desechado las costumbres del mundo. Había controlado sus deseos y moldeado sus pensamientos vivía una vida solitaria. No era áspero ni presumido ni indiferente. Estas cosas estaban olvidadas desde hacia ya algunos años. La meditación y la realidad constituían su vida. Mientras él hablaba y buscaba a tientas las palabras correctas, el sol se iba poniendo y un profundo silencio descendía sobre nosotros. El hombre cesó de hablar. Después de un rato, cuando las estrellas se encontraban muy cerca de la tierra, dijo: “Este es el silencio que yo he estado buscando en todas partes, en los libros, entre los maestros y dentro de mí mismo. He encontrado muchas cosas, pero no esto. Vino sin que lo buscara, sin que lo invitara. ¿He desperdiciado mi vida en cosas que carecen de importancia? Usted no se imagina por las que he pasado, los ayunos, los sacrificios y las prácticas. Llegué a ver la futilidad de eso hace mucho tiempo, pero jamás di con este silencio. ¿Qué debo hacer para perma­necer en el, para conservarlo, para retenerlo en mi cora­zón? Supongo que usted dirá, ‘no haga nada ya que uno no puede invitarlo’. Pero, ¿he de seguir vagando por este país, con esta repetición, con este control? Sentado aquí soy consciente de este silencio sagrado; a través de él contemplo las estrellas, aquellos árboles, el río. Aunque veo y siento todo esto, no estoy realmente ahí. Como dijo usted el otro día, el observador es lo observado. Ahora veo lo que eso significa. La bendición que busca­ba no es para que uno la encuentre mediante búsqueda alguna. Ya es tiempo de que me vaya”.

El río se tornó oscuro y las estrellas se reflejaban en sus aguas cerca de las márgenes. Poco a poco los ruidos del día iban llegando a su fin y comenzaban los suaves sonidos de la noche. Uno observaba las estrellas y la tierra en sombras, y el mundo estaba muy lejos. La be­lleza, que es amor, parecía descender sobre la tierra y todas sus cosas.

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Brockwood Park - Septiembre 23, 1973

Estaba de pie, solo, en la margen baja del río; no era un río muy ancho y él podía ver algunas personas en la otra orilla. Si éstas hubieran hablado en voz más alta, casi habría alcanzado a escucharlas. En la estación de las lluvias el río se encuentra con las aguas abiertas del mar. Había estado lloviendo por varios días, y el río se había abierto paso entre las arenas hacia el mar que lo esperaba. Con las lluvias copiosas estaría otra vez limpio y uno podría nadar seguro en él. El río era lo suficientemente ancho como para contener una isla larga y estrecha, con verdes arbustos, unos pocos árboles bajos y una pequeña palmera. Cuando las aguas no eran demasiado profundas, el ganado las cruzaba para apacentar en la isla. Era un río agradable y amistoso, especialmente en esa mañana.

Estaba de pie ahí sin nadie en los alrededores, solo, libre y distante. Tendría catorce años o menos. Ellos lo habían encontrado a él y a su hermano muy recientemente, y ya lo rodeaba toda la agitación y la súbita importancia que le habían asignado[3]. Era el centro del respeto y la devoción, y en los años venideros estaría a la cabeza de organizaciones y grandes propiedades. Todo eso y la disolución de esas organizaciones, todavía estaba por venir. De pie ahí, solo, perdido y extrañamente lejano, era su primer y perdurable recuerdo de aquellos días con sus acontecimientos. El no recuerda su infancia, las escuelas y los castigos. Años más tarde, el mismo maestra que lo lastimaba, le contó que acostumbraba a apalearlo prácticamente todos los días; él solía llorar y lo dejaban afuera, en el balcón, hasta que la escuela se cerraba y el maestro venía a pedirle que se fuera a su casa; de lo contrario, hubiera seguido ahí olvidado en el balcón. Según le dijo este hombre, lo apaleaba porque él no podía estudiar ni recordar nada de lo que había leído o le habían enseñado. Más tarde, el maestro no podía creer que ese niño fuera el hombre que había pronunciado la plática que acababa de escuchar. Estaba sumamente sorprendido e innecesariamente respetuoso.

Todos aquellos años pasaron sin dejar cicatrices ni recuerdos en su mente; sus amistades, sus afectos, aun esos años con quienes lo habían maltratado ‑de algún modo ninguno de estos eventos, amable o brutal, ha de­jado huellas en él. En años recientes, un escritor le pre­guntó si podía rememorar todos aquellos sucesos más bien extraños, el modo en que él y su hermano fueron descubiertos y los otros acontecimientos, y cuando él contestó que no podía recordarlos y sólo podía repetir lo que otros le habían contado, el hombre, con un ade­mán despectivo, declaró que eso era pretexto y simula­ción. Pero él nunca había bloqueado conscientemente ningún suceso, agradable o desagradable, impidiendo que penetrara en su mente. Los acontecimientos venían, no dejaban huella alguna y morían.

La conciencia es su contenido; el contenido constitu­ye la conciencia. Ambos son indivisibles. No existen el yo y el tú, sólo el contenido que estructura la conciencia como el ‘yo’ y el ‘no‑yo’. Los contenidos varían según la cultura, las acumulaciones raciales, las técnicas y capaci­dades adquiridas. Estas se fragmentan como ‘el artista’, ‘el científico’ y así sucesivamente. Las idiosincrasias son las respuestas del condicionamiento, y el condiciona­miento es el factor común del hombre. Este condiciona­miento es el contenido, la conciencia. Esta, a su vez, es dividida como lo consciente y lo oculto. Lo oculto se vuelve importante porque nunca hemos mirado la con­ciencia como un todo. Esta fragmentación se produce cuando el observador no es lo observado, cuando el ex­perimentador es visto como diferente de la experiencia. Lo oculto es como lo manifiesto. La observación ‑escu­char lo manifiesto‑ es ver lo oculto. Ver no es analizar. En el análisis están el analizador y lo analizado, una frag­mentación que conduce a la inacción, a la parálisis. En el ver no existe el observador, y así la acción es instantá­nea; no hay intervalo alguno entre la idea y la acción. La idea, la conclusión, es el observador ‑el veedor separado de la cosa que es vista. La identificación es un acto del pensamiento, y el pensamiento es fragmentación.

La isla, el río y el mar siguen todavía ahí, y también las palmeras y los edificios. El sol surge por entre las masas de nubes apretadas que se remontan a los cielos. Con sólo un taparrabo los pescadores estaban arrojando sus redes para pescar algunos míseros pececillos. La po­breza que se acepta de mala gana, es una degradación. Tarde en el anochecer era agradable estar entre los mangos y las flores perfumadas. ¡Qué bella es la tierra!

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Brockwood Park - Septiembre 24, 1973

Una nueva conciencia y una moralidad totalmente nueva son indispensables para producir un cambio radical en la actual cultura y en la estructura social. Esto es obvio; sin embargo, las izquierdas y las derechas y los revolucionarios parecen pasarlo por alto. Cualquier dogma, cualquier fórmula, cualquier ideología forma parte de la vieja conciencia; son las fabricaciones del pensamiento, cuya actividad implica fragmentación ‑la izquierda, la derecha, el centro. Esta actividad conducirá inevitable­mente a matanzas de derecha o de izquierda, o al totali­tarismo. Esto es lo que ocurre alrededor de nosotros. Uno ve la necesidad del cambio social, económico y moral, pero las respuestas provienen de la vieja concien­cia donde el pensamiento es el actor principal. La confu­sión, el desorden y la desdicha que los seres humanos llevan en sí, están dentro del área de la vieja conciencia y, sin cambiar eso profundamente, toda actividad huma­na, política, económica o religiosa, sólo nos conducirá a destruirnos unos a otros y a la destrucción de la tierra. Esto es igualmente obvio para toda persona cuerda y ra­zonable.

Uno debe ser luz para sí mismo; esa luz es la ley. No existe otra ley. Todas las otras leyes son hechas por el pensamiento y, en consecuencia, son fragmentarias y contradictorias. Ser luz para uno mismo es no seguir la luz de otro, por razonable, lógica, histórica o convincen­te que sea. Uno no puede ser luz para sí mismo si se en­cuentra en la oscura sombra de la autoridad, del dogma, de la conclusión. La moralidad no la produce el pensa­miento; no es el resultado de presiones ambientales; no pertenece al ayer, a la tradición. La moralidad es hija del amor, y el amor no es deseo y placer. El goce sexual o sensorio no es amor.

Alto en las montañas era difícil que hubiera pájaros; se veía algunos cuervos, uno que otro venado y, ocasionalmente, algún oso. Las enormes secoyas, silenciosas, estaban en todas partes y convertían en enanos a los demás árboles. Era una región magnífica y completa­mente apacible porque la caza estaba prohibida. Cada animal, cada árbol, cada flor estaban protegidos. Senta­do bajo una de esas macizas secoyas, uno percibía inten­samente la historia del hombre y la belleza de la tierra. Una ardilla roja con aspecto de bien alimentada, paso elegantemente junto a uno y se detuvo a pocos pies de distancia, vigilando y preguntándose qué hacia uno allí. La tierra estaba reseca pese a que cerca había un arroyo. No se movía una hoja, y entre los árboles reinaba la be­lleza del silencio. Al avanzar lentamente por el estrecho sendero, a la vuelta de un recodo había una osa con cuatro cachorros que tenían el tamaño de gatos grandes. Corrieron presurosos para trepar a los árboles mientras la madre se enfrentaba con uno sin hacer un solo movi­miento, sin un solo sonido. Nos separaban unos cincuen­ta pies; era un animal enorme, de color pardo, y se halla­ba preparado. Uno le volvió inmediatamente la espalda y se alejó. Cada cual comprendió que no había temor ni intención de hacer daño, pero igualmente se alegró uno de encontrarse entre los protectores árboles, con las ar­dillas y los reñidores grajos.

La libertad consiste en ser luz para uno mismo; enton­ces la libertad no es una abstracción, una cosa invocada por el pensamiento. La verdadera libertad lo es con res­pecto a la dependencia, al apego, al anhelo de experien­cias. Ser luz para uno es estar libre de toda la estructura del pensamiento. Es en esta luz que toda acción tiene lugar, y por eso la acción jamás es contradictoria. La contradicción existe cuando esa ley ‑la luz‑ se separa de la acción, cuando el actor está separado de la acción. El ideal, el principio, es el estéril movimiento del pensar, el cual no puede coexistir con esta luz; el uno niega a la otra. Esta luz, esta ley, está separada de uno mismo; donde hay un observador, esta luz, este amor no existe. La estructura del observador está construida por el pen­samiento, que nunca es nuevo, que nunca es libre. No hay un ‘cómo’, no hay sistema ni práctica alguna. Sólo existe el ver ‑que es el hacer. Uno tiene que ver, no a través de los ojos de otra persona. Esta luz, esta ley, no es pertenencia de nadie, ni de uno mismo ni de algún otro. Sólo existe la luz. Esta luz es amor.

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Brockwood Park - Septiembre 25, 1973

Él miraba por la ventana las verdes colinas onduladas y el oscuro bosque, iluminados por el sol matinal. Era una bella y agradable mañana, había nubes magníficas más allá del bosque, nubes blancas con perfiles ondulantes. No es extraño que los antiguos dijeran que los dioses tenían su morada entre las nubes y las montañas. Por todas partes se veían estas nubes enormes contra un cielo azul y deslumbrante. El no tenía un solo pensa­miento y sólo estaba contemplando la belleza del mundo. Debe haber estado junto a esa ventana por un tiempo, y entonces ocurrió algo; ocurrió inesperadamen­te, sin invitación Uno no puede invitar ni desear tales cosas, sea consciente o inconscientemente. Todo pareció replegarse y dejar espacio solamente a aquello, lo inno­minable, lo que no puede encontrarse en ningún templo iglesia o mezquita, ni en página impresa alguna. Uno no lo encontrará en ninguna parte, y cualquier cosa que pueda encontrar, no será aquello.

Con muchas personas en esa inmensa estructura que está cerca del Golden Horn (Estambul), él se hallaba sentado Junto a un mendigo que vestía harapos desgarra­dos. Con la cabeza agachada, éste musitaba alguna ple­garia. Un hombre comenzó a cantar en árabe, tenía una voz espléndida; toda la cúpula y el gran edificio se llena­ban con esa voz que parecía estremecer la construcción. Tenía un efecto extraño sobre todos los que allí se en centraban; ellos escuchaban las palabras y la voz con un gran respeto, y al propio tiempo estaban hechizados. Él era un extraño entre todos ellos; lo miraban y luego lo olvidaban. La inmensa sala estaba llena y pronto se pro­dujo un silencio; ellos ejecutaron su ritual y, uno a uno, fueron saliendo. Sólo quedaron él y el mendigo; luego, el mendigo también se fue. La gran cúpula estaba silen­ciosa y el edificio quedó vacío, el ruido de la vida estaba muy lejos.

Si uno pasea alguna vez solo en lo alto de las monta­ñas, entre las rocas y los pinos, habiéndolo dejado todo muy abajo en el valle, cuando no se escucha un solo su­surro entre los árboles y todo pensamiento se ha ido marchitando, entonces es posible que ‘lo otro’ (the otherness) venga a uno. Si lo retenemos, ello jamás vol­verá; lo que uno retiene es el recuerdo de algo que ha muerto y desaparecido. Lo que se retiene no es lo real; el corazón y la mente son demasiado pequeños, sólo pueden contener las vanas cosas del pensamiento. Y uno se aleja más del valle, mucho más, dejándolo todo allá abajo. Después puede volver y recobrarlo si lo desea, pero esas cosas habrán perdido ya su importancia. Uno jamás volverá a ser el mismo.

Después de un largo ascenso de varias horas que lo llevó más allá de la línea que demarcan los árboles, él se encontraba ahí, entre las rocas y el silencio que sólo tienen las montañas; se veían unos pocos pinos deforma­dos. No había viento y todo estaba completamente quieto. Mientras regresaba, avanzando de roca en roca, oyó de pronto el sonido de una cascabel, y saltó. La ser­piente, corpulenta y casi negra, estaba a unos pocos pasos de distancia. Enroscada, con el cascabel en medio de la espiral, se hallaba lista para atacar. La cabeza trian­gular, la lengua bífida oscilando hacia adentro y afuera, con sus agudos y oscuros ojos vigilantes, se la veía dis­puesta para el ataque si él se hubiera aproximado. Durante toda esa media hora o más, sin hacer un solo guiño, lo miraba fijamente con sus ojos sin párpados. Desenroscándose lentamente, mientras mantenía la ca­beza y la cola dirigidas hacia él, comenzó a alejarse to­mando la forma de una ‘U’, y cuando él hizo un movi­miento de aproximación, se enroscó al instante lista para atacar. Jugaron este juego durante un rato; la serpiente se estaba cansando y él dejó que ella prosiguiera su cami­no. Era una cosa realmente aterradora, corpulenta y mortífera.

Uno debe estar solo con los árboles, las praderas y los torrentes. Jamás está uno solo si carga con las cosas del pensamiento, con sus imágenes y problemas. La mente no debe estar llena con las rocas y nubes de la tierra; tiene que hallarse vacía, como el vaso nuevo recién hecho. Entonces podrá uno ver algo en su totalidad, algo que nunca ha sido. Si ‘uno’ está ahí, no puede verlo; para verlo debe uno morir. Uno puede pensar que es la cosa más importante del mundo, pero no lo es, puede tener todas las cosas que el pensamiento ha producido, pero son cosas viejas, usadas y empiezan a desmoronarse.

El valle estaba inesperadamente fresco y, cerca de las chozas, las ardillas se hallaban aguardando sus nueces. Estaban habituadas a que se las alimentara diariamente en la mesa dentro de las cabañas. Eran muy amigables, y si uno no llegaba a tiempo comenzaban con su regaño mientras los grajos esperaban afuera ruidosamente.

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Brockwood Park - Septiembre 27, 1973

Era un templo en ruinas, con sus largos corredores des­cubiertos, sus portones, las estatuas decapitadas y los atrios desiertos. Se había convertido en santuario para pájaros, monos, loros y palomas. Algunas de aquellas es­tatuas eran todavía imponentes en su belleza; tenían una serena dignidad. Todo el lugar se hallaba sorprendente­mente limpio, y uno podía sentarse en el suelo para ob­servar a los monos y a los pájaros parlanchines. Alguna vez, hace muchísimos años, el templo debió haber sido un lugar floreciente con miles de adoradores, con guir­naldas, incienso y plegarias. La atmósfera de aquello aún persistía ‑las esperanzas de esas personas, sus te­mores y su reverencia. El santuario sagrado había muerto mucho tiempo atrás. En estos momentos los monos se estaban perdiendo de vista a medida que au­mentaba el calor, pero los loros y las palomas tenían sus nidos en los agujeros y grietas de los altos muros. Este antiguo templo en ruinas se hallaba demasiado lejos de los pobladores de la aldea como para que ellos conti­nuaran destruyéndolo. De llegar hasta él, hubieran pro­fanado el vacío.

La religión se ha convertido en superstición y adora­ción de imágenes, en creencia y ritual. Ha perdido la be­lleza de la verdad; el incienso ha ocupado el sitio de la realidad. En vez de la percepción directa, está en su lugar la imagen tallada por la mano o la mente. El único y verdadero interés de la religión es la transformación total del hombre. Y todo el circo que se desarrolla en torno a la religión es un desatino. Por eso es que la verdad no puede encontrarse en ningún templo, iglesia ni mezquita, por hermosos que sean. La belleza de la verdad y la belleza del mármol son dos cosas diferentes. Una abre la puerta a lo inconmensurable, y la otra apri­siona al hombre; una conduce a la libertad, y la otra es la esclavitud del pensamiento. El romanticismo y el sen­timentalismo niegan la verdadera naturaleza de la reli­gión, que tampoco es un juguete del intelecto. El cono­cimiento en el área de la acción, es necesario para que uno funcione con eficiencia y objetividad, pero el cono­cimiento no es el medio para la transformación del hombre; el conocimiento es la estructura del pensamien­to, y éste es la monótona repetición de lo conocido, por modificado y ampliado que esté. No hay libertad por los caminos del pensamiento, de lo conocido.

La larga serpiente yacía muy quieta, paralela al rebor­de seco de los arrozales, voluptuosamente verde y bri­llante bajo el sol matinal. Tal vez se hallaba descansando o acechaba a alguna rana descuidada. Las ranas se envia­ban por entonces a Europa para ser comidas como una exquisitez. La serpiente era larga, amarillenta y se mantenía inmóvil; tenía casi el color de la tierra reseca y re­sultaba difícil distinguirla, pero la luz del día se reflejaba en sus oscuros ojos. La única cosa que se movía, hacia adentro y afuera, era su negra lengua. La serpiente no podía advertir la presencia del observador que se hallaba un poco detrás de su cabeza.

La muerte estaba en todas partes esa mañana. Uno podía escucharla en la aldea ‑los grandes llantos mientras el cuerpo era transportado envuelto en un lienzo; un milano se abatía velozmente sobre un pájaro; algún animal estaba siendo muerto y se oían sus lamen­tos agónicos. Ello era así día tras día; la muerte siempre está en todas partes, como el dolor.

La belleza de la verdad y sus sutilezas no se encuen­tran en las creencias ni en el dogma; nunca están donde el hombre pueda encontrarlas, porque no existe un sen­dero que conduzca a esa belleza, que no es un punto fijo, un refugio protector. Ella tiene su propia delicade­za, y su amor no puede ser medido ni puede uno rete­nerlo, experimentarlo. No tiene un valor comercial que pueda usarse y descartarse. Está ahí cuando la mente y el corazón se encuentran vacíos de las cosas del pensa­miento. El monje o el pobre no están cerca de la verdad, y tampoco lo está el rico; ni el intelectual ni el hombre talentoso pueden tocarla. Quien dice que conoce la verdad, jamás se ha acercado a ella. Estar muy lejos del mundo implica, tarde o temprano, vivirla.

Esa mañana los papagayos chillaban revoloteando en torno al tamarindo; su inquieta actividad, el ir y venir, empiezan muy temprano. Se veían como rayas brillantes de color verde con fuertes picos rojos. Nunca parecían volar en línea recta, siempre lo hacían zigzagueando y chillando mientras volaban. Ocasionalmente, venían a detenerse en el parapeto del balcón; entonces uno podía observarlos, pero no por mucho tiempo porque volvían a irse con su extravagante y ruidoso vuelo. El único ene­migo que tienen parece ser el hombre, que los encierra en jaulas.

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Brockwood Park - Septiembre 28, 1973

El enorme perro acababa de matar una cabra; lo habían castigado severamente y lo habían atado, y ahora estaba gimiendo y ladrando. La casa se encontraba rodeada por un alto muro, pero de algún modo la cabra había logra­do penetrar y el perro la cazó y la mató. El dueño de la casa indemnizó al de la cabra con palabras y dinero. Era una casa grande rodeada de árboles, y el césped nunca estaba completamente verde por más que lo regaran. El sol era cruelmente intenso y todas las flores y arbustos tenían que ser regados dos veces al día; la tierra era pobre y el calor diurno casi marchitaba la vegetación. Pero los árboles se habían desarrollado alcanzando un gran tamaño, y daban una sombra confortable a la cual podía uno sentarse temprano en la mañana cuando el sol se encontraba todavía detrás de los árboles. Era un buen lugar si uno quería sentarse quietamente y abandonarse a la meditación, pero no si uno deseaba soñar despierto o perderse en alguna ilusión satisfactoria. Esas sombras eran demasiado severas, demasiado exigentes, porque todo el lugar estaba entregado a esa clase de quieta con­templación. Uno podría complacerse en amables fanta­sías, pero pronto habría de descubrir que el lugar no in­vitaba a las imágenes del pensamiento.

Sentado, con un lienzo que le cubría la cabeza, sollo­zaba; su mujer acababa de morir. El no deseaba que sus hijos vieran sus lágrimas; ellos también estaban llorando, sin comprender en absoluto lo que había sucedido. Madre de muchos hijos, había estado sintiéndose mal, y últimamente había caído muy enferma; el padre se sen­taba a la cabecera de la cama y parecía no moverse de ahí. Y un día, después de algunas ceremonias, se lle­varon a la madre. La casa había quedado extrañamente vacía sin el perfume que la madre le había dado, y ya nunca fue la misma casa, porque ahora reinaba en ella el dolor. El padre lo sabía; los niños habían perdido a alguien para siempre, pero hasta ahora no habían cono­cido el significado del dolor.

El dolor está siempre ahí, no podemos meramente ol­vidarlo, no podemos encubrirlo mediante alguna forma de entretenimiento ‑religioso o de otra clase. Podremos escapar de él, pero siempre estará ahí para encontrarnos nuevamente. Uno podrá entregarse a alguna clase de culto, o abandonarse a alguna creencia consoladora, pero el dolor aparecerá otra vez sin que se le invite. El florecimiento del dolor es amargura, cinismo o algún comportamiento neurótico. Puede volverlo a uno agresi­vo, violento y desagradable en el modo de conducirse, pero el dolor estará ahí en nuestro corazón, esperando y acechando. Hagamos lo que hagamos, no podemos esca­par de él. El amor que conocemos, termina en el dolor; el dolor es tiempo, el dolor es pensamiento.

Derriban el árbol y no derramamos una lágrima; matan un animal para nuestro gusto; la tierra es destrui­da para nuestro placer; nos educan para matar, destruir ‑el hombre contra el hombre. La nueva tecnología y las máquinas están reemplazando los pesados trabajos del hombre, pero no podemos acabar con el dolor mediante las cosas que ha producido el pensamiento. El amor no es placer.

Ella vino desesperada en su dolor; hablaba expresando a borbotones todas las cosas por las que había pasado, la muerte, las insensateces de los hijos con su dedicación a la política, con sus divorcios, sus frustraciones, su amargura, y la completa inutilidad de una vida carente de sentido. Ella ya no era joven; en su juventud se había divertido, había tenido un interés pasajero por la política, un poco por la economía y, más o menos, había llevado la clase de vida que casi todos llevan. Su marido había muerto recientemente y todo el dolor parecía abatirse sobre ella. Se tranquilizó mientras hablábamos.

“Cualquier movimiento del pensar es la profundiza­ción del dolor. El pensamiento con sus recuerdos, con sus imágenes de placer y dolor, con su soledad y sus lá­grimas, con su autocompasión y sus remordimientos, es el terreno donde arraiga el dolor. Escuche lo que se está diciendo. Simplemente preste atención ‑no a los ecos del pasado, no a la superación del dolor o al modo de es­capar de su tortura‑ escuche con el corazón, con todo su ser lo que ahora se está diciendo. Su dependencia y apego han preparado el suelo para su dolor. Al descuidar el estudio de sí misma y la belleza que ello trae consigo, ha estado alimentando su dolor; todas sus actividades egocéntricas la han conducido a este dolor. Simplemen­te escuche lo que se está diciendo; permanezca con el dolor, no se aleje de él. Cualquier movimiento del pensar es el fortalecimiento del dolor. El pensamiento no es amor. En el amor no existe el dolor”.

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Brockwood Park - Septiembre 29, 1973

Las lluvias estaban llegando a su término y el horizonte ondulaba con nubes doradas y blancas; hinchadas por el viento, se remontaban al cielo verde azul. Todas las hojas de todos los arbustos lucían lavadas y limpias, relumbrantes bajo el sol mañanero. Era una mañana deliciosa, la tierra se regocijaba y parecía haber una bendición en el aire. Desde esa habitación situada en los altos, podía verse el mar azul, el río que fluía hacia su interior, las palmeras y los mangos. La respiración se detenía ante la maravilla de la tierra y la inmensa configuración de las nubes. Era muy temprano, había mucha quietud y el ruido aún no había comenzado; escaso tráfico cruzaba el puente, tan sólo una larga fila de carretas de bueyes cargadas con heno. Años después llegarían los autobuses con su bullicio y su polución de la atmósfera. Era una bella mañana, una mañana plena de dicha y poesía.

Los dos hermanos eran conducidos en un automóvil hacia un pueblo próximo para que visitaran al padre, a quien no habían visto por cerca de quince años o más. Debían marchar a pie una corta distancia por un camino muy mal conservado. Llegaron hasta un estanque, un depósito de agua que tenía en todos sus costados escalo­nes de piedra, los que conducían hacia abajo, donde es­taba el agua pura. En un extremo había un templete que tenía en su cúspide una pequeña torre cuadrada y más bien angosta; alrededor de la misma se veían muchas imágenes de piedra. En la galería del templo que dominaba el gran estanque, había unas cuantas personas absolutamente inmóviles como esas imágenes de la torre, y se hallaban entregadas a la meditación. Más allá del agua, justo detrás de algunas casas, se encontraba la casa donde vivía el padre. Este salió cuando los dos hermanos se aproximaron, y ellos lo saludaron prosternándose completamente y tocando sus pies. Eran tímidos y es­peraron que él hablara, como era la costumbre.

Antes de pronunciar una palabra, entró él en la casa para lavarse los pies, porque los muchachos los habían tocado. Era un brahmín muy ortodoxo, y nadie podía tocarlo excepto otro brahmín, y sus dos hijos se habían contaminado por haberse mezclado con otros que no eran de su clase y por haber comido alimentos cocinados por no‑brahmines. Por lo tanto, él lavó sus pies y se sentó en el piso, no demasiado cerca de sus contamina­dos hijos. Hablaron por un tiempo, y se acercaba la hora de la comida. Él los despidió porque no podía comer con ellos ya que habían dejado de ser Brahmines. Él debía sentir afecto por ellos, porque después de todo eran sus hijos a quienes no había visto por tantos años. Si la madre de ellos hubiera estado viva, podría haberles servido de comer, pero seguramente no habría comido con sus hijos. Ambos, padre y madre, deben haber senti­do un afecto profundo por sus hijos, pero la ortodoxia y la tradición prohiben cualquier contacto físico con los mismos. La tradición es muy fuerte, más fuerte que el amor.

La tradición de la guerra es más fuerte que el amor; la tradición de matar para comer y matar al que llama­mos enemigo, niega la sensibilidad y el afecto humanos; la tradición de largas jornadas de trabajo engendra una eficiente crueldad; la tradición del matrimonio pronto se convierte en esclavitud; las tradiciones del rico y del pobre los mantienen apartados uno de otro. Cada profe­sión tiene su tradición propia, su propia elite que genera envidia y enemistad. Las ceremonias tradicionales y los rituales que, por todo el mundo, se profesan en los lu­gares del culto, han separado al hombre del hombre, y las palabras y los gestos no tienen ningún sentido. Un millar de oyeres, por plenos y hermosos que puedan ser, niegan el amor.

Se cruza por un raquítico puente, al otro lado de una corriente fangosa que se une al río grande y ancho; y se llega entonces a un villorrio de casas de adobe. Hay gran cantidad de niños gritando y jugando; las personas ma­yores se encuentran en los campos o se dedican a la pesca o al trabajo en la ciudad cercana. En una pequeña habitación oscura, la ventana es una abertura en el muro; las moscas no penetraban en esta oscuridad. Hacía fresco ahí adentro. En ese pequeño espacio había un tejedor con un gran telar; no sabía leer pero, habien­do sido educado a su manera, era cortés y estaba total­mente absorto en sus labores. Sacó del telar una tela ex­quisita, con bellos diseños en oro y plata. Cualquiera fuera el color del lienzo o de la seda, él podía tejer, dentro de los dibujos tradicionales, lo más fino y mejor. Había nacido para esa tradición; era pequeño, gentil y estaba ansioso por demostrar su maravilloso talento. Uno lo contemplaba, veía asombrado y con amor en el corazón, cómo de los hilos de seda producía la más fina de las telas. La pieza tejida tenía una gran belleza, naci­da de la tradición.

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Brockwood Park - Septiembre 30, 1973

Era una larga serpiente amarillenta que cruzaba el cami­no bajo una higuera de Bengala. Él volvía de un prolon­gado paseo cuando vio a la serpiente. La siguió desde muy cerca hasta un montículo de tierra; vio cómo escu­driñaba el interior de cada agujero, completamente ajena a la presencia de él, aunque estaba casi encima de ella. Era más bien gruesa y tenía un gran bulto en medio de su largo cuerpo. Los aldeanos, de camino a sus casas, habían cesado de hablar y observaban; uno de ellos nos advirtió que se trataba de una cobra y que sería mejor andarse con cuidado. La cobra desapareció dentro de un agujero y él reanudó su camino. Retornó al otro día in­tentando ver a la cobra nuevamente en el mismo sitio. No había ninguna serpiente ahí, pero los aldeanos habían puesto un pote chato de leche, algunas caléndu­las, una piedra grande con unas cuantas cenizas encima y unas pocas flores más. Ese lugar se había vuelto sagrado, y ya todos los días habría flores nuevas; todos los aldea­nos de los alrededores sabían que ese sitio se había vuelto sagrado. Unos meses más tarde él regresó a aquel lugar; había leche fresca, flores recién cortadas, y la piedra había sido decorada nuevamente. Y la higuera de Bengala estaba un poco más vieja.

El templo dominaba el Mediterráneo azul; se hallaba en ruinas y sólo quedaban las columnas de mármol. Fue destruido en una guerra pero seguía siendo un santuario sagrado. Una tarde, con el sol iluminando los mármoles, mientras se encontraba uno solo, percibió la atmósfera sagrada; no había alrededor visitantes que perturbaran con su charla interminable. Las columnas se estaban tor­nando de oro puro y el mar lejano se veía intensamente azul. Preservada y guardada bajo llave estaba ahí la esta­tua de la diosa; era permitido verla solamente a horas determinadas y así estaba perdiendo ella la belleza de lo sa­grado. El mar azul permanecía inmutable.

Era una encantadora casita de campo, con un césped que había sido apisonado, segado y escardado por más de un año. Todo el lugar se hallaba bien cuidado, era próspero y alegre; detrás de la casa había un pequeño huerto; era un bello lugar, con un arroyo apacible y si­lencioso que corría junto a él. La puerta se abrió y la su­jetaron con una escultura del Buda que fue colocada en su sitio de un puntapié. El dueño de casa no tenía con­ciencia alguna de lo que estaba haciendo; para él, era un tope de puerta. Uno se preguntó si aquel hombre hu­biera hecho lo mismo con una estatua que reverenciara él, porque se trataba de un cristiano. La gente niega las cosas sagradas de los otros, pero conserva las propias; las creencias de otro son supersticiones, pero las de uno mismo son razonables y reales. ¿Qué es lo sagrado?

Según dijo, había recogido el objeto en una playa; era una pieza de madera lavada por el mar, con la forma de una cabeza humana. Estaba hecha de madera dura y había sido moldeada por las aguas y pulida por muchas estaciones. Él la había traído a la casa colocándola sobre la repisa de la chimenea; la contemplaba de cuando en cuando y admiraba lo que había hecho. Un día le puso alrededor algunas flores, y después eso se repitió cotidianamente. Se sentía incómodo si no había flores frescas todos los días; y, poco a poco, ese trozo de madera mol­deada se volvió una cosa importante en su vida. No ha­bría permitido que nadie la tocara excepto él mismo (los demás podrían profanarla); antes de tocarla, se lavaba las manos. La cosa se había convertido en algo santo, sagrado, y solamente él era el alto sacerdote de ella; la re­presentaba; ella le enseñaba cosas que él jamás hubiera sabido por sí mismo. Su vida se había llenado con eso y según decía, era inexpresablemente feliz.

¿Qué es lo sagrado? No las cosas hechas por la mente o por la mano o por el mar. El símbolo nunca es lo real la palabra hierba no es la hierba del campo; la palabra dios no es dios. La palabra jamás contiene lo total, por ingeniosa que sea la descripción. La palabra ‘sagrado’ no tiene por sí misma significado alguno; se vuelve sagrada únicamente en su relación con algo, ilusorio o real. Lo real no son las palabras de la mente; la realidad, la verdad no puede ser tocada por el pensamiento. Donde está el percibidor, no está la verdad. El pensador y el pensamiento deben llegar a su fin para que la verdad sea. Entonces, ‘lo que es’, es lo sagrado ‑ese antiguo mármol con el sol dorado sobre él, esa serpiente y el aldeano. Donde no hay amor, nada es sagrado. El amor es totali­dad; en el amor no existe la fragmentación.

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Brockwood Park - Octubre 2, 1973

La conciencia es su contenido, el contenido es la con­ciencia. Toda acción es fragmentaria cuando está frag­mentado el contenido de la conciencia. Esta actividad engendra conflicto, desdicha y confusión; entonces el dolor es inevitable.

A esa altura, uno podía ver desde el aire los verdes campos, cada uno separado del otro en forma, tamaño y color. Un torrente bajaba para encontrarse con el mar; mucho más allá estaban las montañas cubiertas de espesa nieve. Por todo el país se veían desparramadas grandes ciudades y pueblos; sobre las colinas había castillos, igle­sias y casas, y más lejos estaban los vastos desiertos de color pardo, dorado y blanco. Después aparecía nueva­mente el mar azul y más tierras con densos bosques. El país entero era rico y bello.

Él paseaba por ahí esperando poder encontrarse con un tigre, y lo encontró. Los lugareños habían venido a contarle a su posadero que en la noche pasada un tigre había matado a una ternera, y que regresaría esa noche para matar otra vez. ¿Querrían ellos verlo? Construirían una plataforma en lo alto de un árbol y desde ahí podría uno ver al gran asesino; atarían también una cabra al árbol para estar seguros de que el tigre vendría. Él les ex­plicó que no le agradaría ver que mataran a una cabra para su placer. Así que el asunto fue abandonado. Pero en ese mismo anochecer, cuando el sol descendía tras de una ondulada colina, el posadero quiso dar un paseo en automóvil con la esperanza de que, por casualidad, pu­dieran ver al tigre que había matado a la ternera. Via­jaron adentrándose unas cuantas millas en el bosque; oscureció totalmente y, con los faros delanteros encendi­dos, iniciaron el regreso. Habían perdido toda esperanza de ver al tigre mientras regresaban. Pero justo cuando to­maban una curva, ahí estaba el tigre, sentado sobre sus cuartos traseros en medio del camino, enorme, rayado, con los ojos brillantes a la luz de los faros. El automóvil se detuvo y el animal vino hacia ellos gruñendo, y los gruñidos estremecían el auto; era sorprendentemente grande y su larga cola, negra en la punta, se movía lenta­mente de un lado a otro. Se le veía fastidiado. La venta­nilla fue abierta y el tigre pasó gruñendo; él sacó la mano para acariciar esa inmensa energía selvática, pero el posadero tiró apresuradamente de su brazo; más tarde le explicó que el tigre pudo habérselo arrancado. Era un animal magnífico, pleno de majestad y poder.

Por todo ese país había tiranos que le negaban al hombre la libertad, ideólogos que moldeaban su mente, sacerdotes con sus siglos de tradición y creencia esclavi­zando al hombre; políticos que con sus inacabables pro­mesas estaban generando corrupción y divisiones. Por todas partes el hombre está atrapado en el conflicto in­cesante, en el dolor y en las deslumbradoras luces del placer. Todo es tan completamente insensato ‑el dolor, los esfuerzos y las palabras de los filósofos. Muerte, infe­licidad, afán, lucha permanente del hombre contra el hombre.

Esta compleja variedad, modificada por cambios dentro del patrón placer‑dolor, constituye el contenido de la conciencia humana, moldeado y condicionado por la cultura en la que ésta se ha nutrido, con sus presiones religiosas y económicas. La libertad no se encuentra dentro de los límites de una conciencia semejante; lo que se acepta como libertad es, en realidad, una prisión que se ha hecho soportable en cierto modo gracias al avance de la tecnología. En esta prisión hay guerras, guerras que la ciencia y el lucro han hecho cada vez más destructivas. La libertad no se halla en el cambio de unas prisiones por otras, ni en el cambio de gurús con su ab­surda autoridad. La autoridad no trae consigo la cordura del orden. Por el contrario, engendra desorden, y en este suelo es donde crece y prospera la autoridad. La libertad no está fragmentada. Una mente no‑fragmentada, una mente total, es una mente en libertad. Ella no ‘sabe’ que es libre; lo sabido, lo conocido está dentro del área del tiempo ‑el pasado, a través del presente, hacia el fu­turo. Todo movimiento es tiempo, y el tiempo no es un factor de libertad. La libertad de optar es negación de la libertad; la opción existe solamente donde hay confu­sión. La claridad de percepción, el discernimiento direc­to, es libertad con respecto al dolor de la opción. La luz de la libertad es el orden total. Este orden no es hijo del pensamiento, porque toda actividad del pensamiento im­plica el cultivo de la fragmentación. El amor no es un fragmento del pensamiento, del placer. La percepción de este hecho es inteligencia. El amor y la inteligencia son inseparables, y de ello fluye la acción que no engen­dra dolor. El orden es la base fundamental de esa acción.

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Brockwood Park - Octubre 3, 1973

Tan temprano en la mañana hacia bastante frío en el aeropuerto; el sol acababa de asomar. Todos estaban muy arropados y los pobres cargadores tiritaban; se oía el ruido habitual en un aeropuerto, el rugido de los jets, las charlas estridentes, las despedidas y el despegue. El avión estaba atestado de turistas, hombres de negocios y otros que se dirigían a la ciudad santa, a la suciedad y apiñamiento humano. Pronto la inmensa cadena de los Himalayas se puso rosada al sol de la mañana, estuvimos volando hacia el sudeste y por centenares de millas estos inmensos picos parecían colgar en el aire, bellos y majes­tuosos. El pasajero del asiento contiguo estaba sumergi­do en un periódico; al otro lado del pasillo había una mujer que se concentraba en su rosario; los turistas ha­blaban ruidosamente tomándose fotos entre ellos y foto­grafiando las montañas distantes; todos estaban ocupa­dos en sus cosas y no tenían tiempo para observar la maravilla de la tierra y su serpenteante río sagrado, ni la sutil belleza de esas inmensas cumbres que se estaban tornando rosadas.

Más lejos, al fondo del pasillo, había un hombre a quien se le estaban rindiendo considerables muestras de respeto; no era joven, parecía tener el rostro de una per­sona instruida, era rápido de movimientos y estaba pulcramente vestido. Uno se preguntaba si alguna vez habría visto la verdadera gloria de esas montañas. Pronto se levantó y vino hacia el pasajero del asiento contiguo; le pidió cortésmente cambiar de lugar con él. Se sentó, presentándose, y preguntó si podía mantener una con­versación con nosotros. Hablaba en inglés con cierta va­cilación, eligiendo las palabras cuidadosamente porque este idioma no le era demasiado familiar; tenía una voz suave y clara y sus maneras eran agradables. Comenzó diciendo que se sentía muy afortunado por estar viajan­do en el mismo avión y por tener esta conversación.

“Por supuesto, he oído hablar de usted desde mi ju­ventud y sólo el otro día escuché su última plática acer­ca de la meditación y el observador. Soy un estudioso, un pandit, y practico mi propio tipo de meditación y disciplina”.

Las montañas se alejaban hacia el este y debajo de no­sotros el río trazaba diseños amplios y acogedores.

“Usted dijo que el observador es lo observado, que el meditador es la meditación, y que sólo hay meditación cuando el observador está ausente. Me gustaría ser instruido al respecto. Para mí, la meditación ha consistido en el control del pensamiento fijando la mente en lo ab­soluto”.

El controlador es lo controlado, ¿no es así? El pensa­dor es su pensamiento; sin las palabras, sin imágenes ni pensamientos, ¿hay un pensador? El experimentador es la experiencia; sin experiencia no existe el experimentador. El controlador del pensamiento está hecho de pensamiento; es uno de los fragmentos del pensamiento, llámelo como quiera llamarlo; el agente externo, por su­blime que sea, sigue siendo un producto del pensamien­to; la actividad del pensamiento es siempre exterior y origina fragmentación.

“¿Puede la vida vivirse de algún modo sin control? Este es la esencia de la disciplina”.

Cuando se ve como un hecho absoluto, como una verdad, que el controlador es lo controlado, surge enton­ces una clase por completo diferente de energía que transforma lo que es. El controlador jamás puede trans­formar lo que es; puede controlarlo, reprimirlo, modifi­carlo o escapar de ello, pero nunca puede ir más allá y por encima de ello. La vida puede y debe ser vivida sin control alguno. Una vida controlada nunca es cuerda sana, engendra inacabable conflicto, desdicha y confusión.

“Este es un concepto totalmente nuevo”.

Si se me permite señalarlo, esto no es una abstracción, una formula. Solamente existe lo que es. El dolor no es una abstracción; uno puede extraer de él una conclusión, un concepto, una estructura verbal, pero eso no será ‘lo que es’, el dolor. Las ideologías carecen de reali­dad; solo existe lo que es. Jamás puede transformarse lo que es, cuando el observador se separa de lo observado.

¿Es esta su experiencia directa?”

Sería algo completamente vano y estúpido si se tra­tara meramente de estructuras verbales del pensamiento; hablar de cosas así sería hipocresía.

“Me hubiera gustado descubrir gracias a usted, qué es la meditación, pero ahora no hay tiempo, ya que vamos a aterrizar”.

Había guirnaldas cuando llegamos, y el cielo invernal era intensamente azul.

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Brockwood Park - Octubre 4, 1973

Cuando era un muchacho, acostumbraba él a sentarse bajo un gran árbol que estaba cerca de un estanque donde crecían flores de loto; éstas eran de color rosa y tenían un aroma muy intenso. Desde la sombra de ese espacioso árbol, observaba él las delgadas culebras verdes y los camaleones, las ranas y las serpientes acuáticas. Su hermano, junto con otros, solía venir para llevárselo a la casa[4].

Era un sitio agradable aquel bajo el árbol, con el río y el estanque. Parecía haber tanto espacio, y dentro de éste el árbol creaba su espacio propio. Todas las cosas necesitan espacio. Todos esos pájaros en los alambres del telégrafo, posándose tan igualmente espaciados en un tranquilo atardecer, formaban el espacio para los cielos.

Los dos hermanos acostumbraban sentarse con muchos otros en la habitación de las pinturas; había un canto en sánscrito y después completo silencio; era la meditación del anochecer. El hermano más joven solía dormirse hecho un ovillo y despertaba solamente cuando los otros se levantaban para irse. La habitación no era demasiado grande, y encerradas entre sus paredes estaban las pinturas, las imágenes sagradas. Dentro de los estrechos confines de un templo o una iglesia, el hombre da forma al vasto movimiento del espacio. Es igual en todas partes; en la mezquita ello es retenido en las ele­gantes líneas de las palabras. El amor tiene necesidad de un gran espacio.

A ese estanque venían a veces culebras y, en ocasio­nes, la gente; había escalones de piedra por los que se descendía hacia el agua donde florecían los lotos. El es­pacio que crea el pensamiento es mensurable y, en consecuencia, es limitado; su producto son las culturas y las religiones. Pero la mente se halla repleta con el pensamiento y está hecha de pensamiento; su conciencia es la estructura del pensamiento, y dentro de esa mente hay muy poco espacio. Pero este espacio es el movimiento del tiempo, de aquí hasta allá, desde su centro hacia sus límites exteriores de conciencia, estrechándose o expan­diéndose. El espacio que el centro crea para sí mismo, es su propia prisión. Sus relaciones provienen de este espa­cio reducido, pero para vivir es indispensable que haya espacio; el espacio de la mente niega el vivir. La vida dentro de los estrechos confines del centro es conflicto, angustia y dolor ‑y eso no es vivir.

El espacio, la distancia entre uno y el árbol, es la pala­bra, el conocimiento, que es tiempo. El tiempo es el observador, quien crea la distancia entre él mismo y los árboles, entre él y lo que es. Sin el observador cesa la distancia. La identificación con los árboles, con otra per­sona o con una fórmula, es la acción del pensamiento en su deseo de protección, de seguridad. La distancia lo es desde un punto a otro, y para alcanzar ese punto es ne­cesario el tiempo; la distancia existe solamente cuando hay una dirección, interna o externa. El observador pro­duce una separación, una distancia entre él y lo que es de esta separación se desarrollan el conflicto y el dolor La transformación de lo que es, ocurre solamente cuando no hay separación ni tiempo entre el que ve y lo visto. En el amor no hay distancia.

El hermano murió, y no había movimiento en ningu­na dirección que lo alejara del dolor. Este no‑movimien­to es el cese del tiempo. El río comenzaba entre los cerros y las verdes sombras, y con un bramido penetraba en el mar y los horizontes infinitos. Los hombres viven en compartimentos con gavetas, y carecen de espacio: son violentos, brutales, agresivos y dañinos; se separan y se destruyen unos a otros. El río es la tierra y la tierra es el río; ninguno de ellos puede existir sin el otro.

Las palabras no tienen fin, pero la comunicación es verbal y no verbal. Escuchar lo verbal, la palabra, es una cosa, y escuchar lo no verbal es otra; lo uno es irrelevan­te, superficial y conduce a la inacción; lo otro es acción no fragmentaria, es el florecimiento de la bondad. Las palabras nos han provisto de bellas paredes, pero no de espacio. Los recuerdos, la imaginación, son la agonía del placer, y el amor no es placer.

La larga y delgada culebra verde estaba ahí esa maña­na, era delicada y se hallaba ahí casi entre las hojas verdes, se quedaría allí, inmóvil, esperando y vigilando. Se vera la gran cabeza del camaleón; yacía a lo largo de una rama y cambiaba sus colores con bastante fre­cuencia.

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Brockwood Park - Octubre 6, 1973

Hay un árbol solitario en un terreno que ocupa un acre completo; es un árbol viejo y sumamente respetado por todos los otros árboles del cerro. En su soledad domina el ruidoso torrente, las colinas y la cabaña que está al otro lado del puente de madera. Uno lo admira al pasar junto a él, pero al regresar lo contempla de una manera más pausada; su tronco es muy amplio y está profunda­mente incrustado en la tierra; es sólido e indestructible. Sus ramas son largas, oscuras y curvadas; tienen sombra abundante. En los anocheceres se recoge dentro de sí mismo, inabordable; pero mientras dura la luz del día es accesible y acogedor. Está integro, jamás ha sido toca­do por el hacha o la sierra. En un día soleado, uno se sentaba debajo del árbol y sentía su venerable anciani­dad; y por estar a solas con él, percibía uno la profundi­dad y belleza de la vida.

El viejo aldeano pasó cansadamente junto a uno, que se hallaba sentado en un puente contemplando la puesta del sol; el hombre estaba casi ciego y rengueaba, llevan­do un atado en una mano y un palo en la otra. Era uno de esos atardeceres en que los colores del crepúsculo se reflejaban en cada roca, árbol y arbusto; la hierba y los campos parecían tener su propia luz interior. El sol aca­baba de ponerse detrás de un cerro redondeado, y en medio de estos extravagantes colores apareció la estrella vespertina. El aldeano se detuvo frente a uno y miró esos asombrosos colores y nos miró. Permanecieron mirándose el uno al otro y, sin pronunciar una palabra, el aldeano reanudó su penosa marcha. En esa comunica­ción hubo afecto, delicadeza y respeto, no el necio res­peto sino el de los hombres religiosos. En ese instante, todo tiempo y pensamiento habían dejado de existir. Esos dos seres eran totalmente religiosos, no contamina­dos por la creencia, la imagen, las palabras o la pobreza. A menudo pasaron el uno junto al otro en ese camino entre los pedregosos cerros, y cada vez que se miraban, había el júbilo de la percepción, del discernimiento total.

Venía, acompañado de su mujer, desde el templo que está al otro lado del camino. Ambos estaban silenciosos, profundamente impresionados por los cantos y el culto. Aconteció que uno caminaba detrás de ellos y captó el sentimiento de su reverencia, la fuerza de su determina­ción por llevar una vida religiosa. Pero eso moriría pronto, a medida que se vieran envueltos en la responsa­bilidad para con sus hijos, quienes vinieron corriendo hacia ellos. Él tenía alguna clase de profesión, en la que probablemente era muy capaz, porque poseía una casa grande. El peso de la existencia lo arrastraría consigo y, aunque concurriera al templo con frecuencia, la batalla proseguiría inevitablemente.

La palabra no es la cosa; la imagen, el símbolo, no son lo real. La realidad, la verdad no es una palabra. Ponerla en palabras es destruirla; y su lugar es ocupado por la ilusión. El intelecto puede rechazar toda la estructura de la ideología, de la creencia con todos sus atavías y el poder que las acompaña, pero la razón puede justificar cualquier creencia, cualquier ideación. La razón es el orden del pensamiento, y el pensamiento es la respuesta de lo externo. Y debido a que es lo externo, el pensa­miento fabrica lo interno. Ningún hombre puede vivir solamente con lo externo, y entonces lo interno llega a ser una necesidad. Esta división es el terreno donde tiene lugar la batalla entre el ‘yo’ y el ‘no yo’. Lo externo es el dios de las religiones y las ideologías; lo interno trata de conformarse a esas imágenes y entonces sobreviene el conflicto.

No existe ni lo externo ni lo interno, sino solamente lo total. El experimentador es lo experimentado. La fragmentación es demencia. Esta totalidad no es mera­mente una palabra; existe cuando la división como lo ex­terno y lo interno ha cesado por completo. El pensador es el pensamiento.

Mientras uno estaba paseando sin un solo pensamien­to, solamente observando sin el observador, percibió súbitamente la presencia de lo sagrado que el pensamiento jamás ha sido capaz de concebir. Uno se detiene, observa los árboles, los pájaros, observa al transeúnte; no es una ilusión ni algo con lo que la mente se engaña a sí misma. Está ahí, en los ojos de uno, en todo el ser. El color de la mariposa, es la mariposa.

Los colores que el sol había dejado se estaban desva­neciendo y, antes de que cayera la noche, se dejó ver la tímida luna nueva para desaparecer enseguida detrás del cerro.

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Brockwood Park - Octubre 7, 1973

Era una de esas lluvias montañosas que duran tres o cuatro días y traen consigo un tiempo más fresco. La tierra estaba empapada y espesa, y todos los senderos de la montaña se encontraban resbaladizos; pequeños torrentes corrían hacia abajo por las escarpadas laderas, y el trabajo de los terraplenes se había suspendido. Los árboles y las plantaciones de té se hallaban cansados de tanta humedad; no habían tenido sol por más de una se­mana y estaba haciendo bastante frío. Las montañas se extendían hacia el norte, con su nieve y sus picos gigan­tescos. Los estandartes en torno a los templos colgaban pesados de lluvia; habían perdido su encanto y sus ale­gres colores ondeando en la brisa. Había truenos y re­lámpagos, y el sonido retumbaba de valle en valle; una espesa neblina ocultaba los hirientes relámpagos de luz.

A la mañana siguiente, el cielo se veía de un delicado y puro azul, y los grandes picos, silenciosos e intemporales, se hallaban iluminados por el sol del amanecer. Un valle profundo corría entre el pueblo y las altas monta­ñas; estaba lleno de oscura neblina azul. Derecho al frente, destacándose contra la claridad del cielo, se ele­vaba el segundo pico en altura de los Himalayas. Casi podía tocarse, pero se encontraba a muchas millas de distancia; uno olvidaba la distancia porque estaba ahí en toda su majestad, tan íntegramente puro e inmensura­ble. Tarde en la mañana había desaparecido oculto por las oscuras nubes que provenían del valle. Sólo en las madrugadas se dejaba ver, y desaparecía pocas horas después. No es de extrañar que los antiguos buscaran a sus dioses en estas montañas, en el trueno y en las nubes. La divinidad de la vida estaba para ellos en la bendición que yacía oculta en estas nieves inaccesibles.

Los discípulos vinieron para invitarnos a visitar a su gurú; uno rehusó cortésmente, pero volvieron a menudo esperando que uno cambiara de idea o les aceptara la in­vitación hasta que se cansaron de insistir. Fue decidido entonces que el gurú de ellos vendría con unos cuantos de sus discípulos escogidos.

Era una calle pequeña y ruidosa donde los niños juga­ban al criquet; tenían un bate y las estacas eran unos pocos ladrillos sueltos. Con gritos y risas jugaban alegre­mente todo el tiempo que podían, deteniéndose sola­mente para dejar pasar un automóvil cuyo conductor respetaba su juego. Jugaban día tras día, y en esa maña­na estaban particularmente ruidosos cuando el gurú llegó portando una pequeña y pulida estaca.

Algunos de nosotros estábamos sentados en el piso sobre un delgado colchón cuando él entró en la sala, y nos levantamos ofreciéndole el colchón. Se sentó con las piernas cruzadas, poniendo su báculo delante de él; ese pequeño colchón parecía darle una posición de autori­dad. Él había encontrado la verdad, la había experimen­tado; por lo tanto él, que sabía, estaba abriendo la puerta para nosotros. Lo que decía era ley para él y para los otros; uno era meramente un buscador, mientras que él ya había encontrado. Uno podría hallarse perdido en su búsqueda y él le ayudaría a lo largo del camino, pero uno debía obedecer. Tranquilamente, uno respondió que todo el buscar y el encontrar no tenía sentido a menos que la mente estuviera libre de su condiciona­miento; que la libertad es el primer y último paso, y que la obediencia a cualquier autoridad en cuestiones de la mente, implica quedar atrapado en la ilusión y en la acción que engendra dolor. El lo miró a uno con piedad, con preocupación y con un aire de disgusto, como si uno estuviera algo loco. Y después dijo: “Se me ha con­cedido la más grande y final de las experiencias, y nadie que busque la verdad puede negar eso”.

Si la realidad o la verdad es para experimentarse, en­tonces es sólo una proyección de su propia mente. Lo que experimentamos no es la verdad, sino una creación de nuestra propia mente.

Sus discípulos comenzaron a inquietarse. Los segui­dores destruyen a sus maestros y se destruyen a sí mismos. El se levantó y se fue, seguido por sus discípulos. Los niños continuaban jugando en la calle; alguien había sido puesto fuera de juego y ello fue acompañado por bulliciosos aplausos y vítores.

No hay sendero alguno que conduzca a la verdad, ni histórica ni religiosamente. La verdad no es para ser experimentada ni descubierta por medio de la dialéctica; no es para ser vista en opiniones y creencias cambiantes. Uno da con ella cuando la mente está libre de todas las cosas que ha engendrado. Aquella cumbre majestuosa es también el milagro de la vida.

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Brockwood Park - Octubre 8, 1973

En esa quieta mañana, los monos estaban por todas partes: en la galería, en el techo y en la copa del mango ‑toda una tropa de monos; eran de la variedad pardusco castaña y cara rojiza. Los más pequeños se perseguían unos a otros entre los árboles, no demasiado lejos de sus madres, y el gran macho estaba sentado solo, con un ojo puesto sobre toda la tropa; debían ser unos veinte. Eran bastante destructivos y, a medida que el sol se elevaba, iban desapareciendo lentamente en la espesa selva, lejos de la morada del hombre; el macho era el primero en irse y los otros lo seguían tranquilamente. Después re­gresaban los papagayos y los cuervos con su habitual gri­tería que anunciaba su presencia. Había un cuervo que llamaba ‑o lo que fuere que hacía‑ con una voz muy áspera, siempre a la misma hora, y mantenía sin cesar ese grito estridente hasta que lo ahuyentaban de ahí. Día tras día habría de repetir esta representación; su graznido penetraba profundamente en la habitación y, de algún modo, todos los otros ruidos parecían cesar. Estos cuervos impiden las disputas violentas entre ellos mismos; son rápidos, muy vigilantes y eficientes en la propia supervivencia. Parece que a los monos no les gus­taban ellos. Prometía ser un día hermoso.

Era un hombre delgado, nervudo, con una cabeza bien formada y ojos que habían conocido la risa. Estába­mos sentados en un banco desde el cual se dominaba el río, a la sombra de un tamarindo que albergaba a muchos papagayos y a un par de pequeñas lechuzas blancas que se calentaban al sol de la madrugada.

Él dijo: “He gastado muchos años en la meditación, controlando mis pensamientos, ayunando y comiendo una vez al día. Acostumbraba dedicarme al trabajo social pero lo abandoné hace mucho tiempo cuando des­cubrí que esa labor no resolvía el profundo problema del hombre. Hay muchos otros que prosiguen con tal trabajo, pero eso ya no me incumbe. Lo que se ha vuelto importante para mí es comprender el pleno significado y profundidad de la meditación. Todas las escuelas de me­ditación abogan por alguna forma de control; yo he practicado diferentes sistemas, pero de algún modo pare­ce que eso no se termina nunca”.

El control implica división: el controlador y la cosa que debe ser controlada. Esta división, como toda divi­sión, origina conflicto y distorsión en la acción y la con­ducta. Esta fragmentación es el trabajo del pensamiento: un fragmento ‑llámelo el controlador, o el nombre que quiera darle‑ trata de controlar las otras partes. Esta di­visión es artificial y dañina. El controlador es, efectiva­mente, lo controlado. El pensamiento es fragmentario por su propia naturaleza, y eso causa confusión y sufri­miento. El pensamiento ha dividido al mundo en nacio­nalidades, en ideologías y en sectas religiosas ‑las grandes sectas y las pequeñas. El pensamiento es la res­puesta de los recuerdos, la experiencia y el conocimien­to almacenado en el cerebro; éste puede funcionar efi­cientemente, cuerdamente, sólo cuando tiene seguridad y orden. Para sobrevivir físicamente debe protegerse de todos los peligros; la necesidad de supervivencia externa es fácil de entender, pero la supervivencia psicológica es otra cuestión ‑la supervivencia de la imagen que ha en­gendrado el pensamiento. Este ha dividido la existencia como lo externo y lo interno, y de esta separación surgen el conflicto y el control. Para la supervivencia de lo interno, se vuelven esenciales la creencia, la ideología, los dioses, las nacionalidades, las conclusiones, y esto también origina guerras incalculables, violencia y dolor. El deseo de lo interno por sobrevivir, con sus múltiples imágenes, es una enfermedad, es falta de armonía, el pensamiento es la falta de armonía. Todas sus imágenes sus ideologías, sus verdades son autocontradictorias y destructivas. El pensamiento ha originado, aparte de sus logros tecnológicos, caos externo e interno, y placeres que muy pronto se convierten en agonías. Leer todo esto en los hechos de su propia vida cotidiana, escuchar y ver el movimiento del pensar, es la transformación que la meditación trae consigo. Esta transformación no es el ‘yo’ volviéndose un ‘yo’ más grande, sino que es la trans­formación del contenido de la conciencia; la conciencia es su contenido. La conciencia del mundo es su concien­cia; usted es el mundo, y el mundo es usted. La medita­ción es la transformación completa del pensamiento y sus actividades. La armonía no es el fruto del pensa­miento; adviene con la percepción de lo total.

La brisa matinal había cesado y no se agitaba una sola hoja; el río se había vuelto completamente silencioso y, a través de su ancha corriente, llegaban los ruidos de la otra orilla. Hasta los papagayos estaban silenciosos.

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Brockwood Park - Octubre 9, 1973

Viajábamos en un tren de trocha angosta que se detenía en casi todas las estaciones, y en el que los vendedores de té y café caliente, de frazadas y frutas, golosinas y ju­guetes, voceaban sus mercancías. Era prácticamente im­posible dormir, y en la mañana todos los pasajeros su­bieron a un bote que cruzó las poco profundas aguas del mar en dirección a la isla. Allí esperaba un tren para lle­vamos a la capital, a través de una verde región de selvas y palmeras, aldeas y plantaciones de té. Era una tierra grata y feliz. Cerca del mar había calor y humedad, pero en los cerros estaban las plantaciones de té, donde hacia fresco y se percibía el simple y puro aroma de los anti­guos días. Pero en la ciudad, como en todas las ciudades, reinaba el ruido, la suciedad, la escualidez de la pobreza y la vulgaridad del dinero; en el puerto se veían barcos de todas partes del mundo.

La casa se encontraba en un lugar retirado y había un constante fluir de gente que acudía a saludarlo con guirnaldas y frutas. Cierto día, un hombre le preguntó si le agradaría ver un cachorro de elefante y, naturalmente, fuimos a verlo. Tenía como unas dos semanas de edad, y se nos dijo que la enorme madre lo protegía mucho y es­taba nerviosa. El automóvil nos llevó fuera de la ciudad, más allá de la escualidez y la inmundicia, hasta un río de aguas parduscas que tenía una aldea instalada en sus márgenes, rodeada por árboles altos y corpulentos. Allí estaban la gran elefanta oscura y su pequeño. Permaneci­mos unas cuantas horas hasta que la madre se acostum­bró a nuestra presencia; a él se le permitió que entrara y tocara su larga trompa, y que la alimentara con algunas frutas y caña dulce. El sensible extremo de la trompa pedía más, y en su ancha boca penetraron manzanas y plátanos. El cachorro recién nacido estaba parado entre las patas de la madre, moviendo su delgada trompa. Era una réplica en pequeño de su madre. Finalmente, ésta nos permitió que tocáramos a su bebé; la piel de éste no era demasiado rugosa, y su trompa se movía constante­mente, mucho más activa que el resto del cuerpo. La madre vigilaba todo el tiempo y el guardián tenía que tranquilizarla de cuando en cuando. Era un bebé muy juguetón.

La mujer entró, profundamente angustiada, en la pe­queña habitación. Su hijo había muerto en la guerra: “Yo lo amaba muchísimo, y era mi único hijo; había sido muy bien educado y era una promesa de gran bondad y talento. Lo mataron... ¿Por qué tenía eso que ocurrirnos a él y a mí? Había verdadero afecto y amor entre nosotros. Y tuvo que suceder una cosa tan cruel”. Ella sollozaba y parecía no haber fin para sus lágrimas. Tomó la mano de él y al cabo de un rato se tranquilizó lo suficiente como para escuchar.

¡Gastamos tanto dinero en educar a nuestros hijos! Les damos tanto cariño, nos apegamos profundamente a ellos... Ellos llenan nuestras vidas solitarias, en ellos encontramos nuestra realización, nuestro sentimiento de continuidad. ¿Por qué se nos educa? ¿Para conver­tirnos en máquinas tecnológicas? ¿Para que consuma­mos nuestros días en el duro trabajo y nos muramos en algún accidente o por una penosa enfermedad? Esta es la vida que nuestra cultura, nuestra religión nos ha traído. En todo el mundo, esposas o madres están llorando porque la guerra o la enfermedad han reclamado al hijo o al marido. El amor, ¿es apego? ¿Es llanto y agonía por la pérdida? ¿Es soledad y dolor? ¿El amor es autocom­pasión y sufrimiento por la separación? Si usted amaba a su hijo, vería entonces que ningún hijo muriera jamás en una guerra. Han habido miles de guerras, y madres y es­posas jamás han negado totalmente los comportamien­tos que conducen a la guerra. Ustedes llorarán en la ago­nía y sostendrán, involuntariamente, los sistemas que engendran la guerra. El amor no conoce la violencia.

El hombre explicó por qué se separaba de su mujer: “Nos casamos siendo muy jóvenes, y después de unos cuantos años empezamos a andar mal en muchos aspec­tos, sexualmente, mentalmente... Parecíamos completa­mente incompatibles. Nos amábamos, aunque desde un principio y poco a poco, eso se ha ido transformando en odio. La separación se ha vuelto indispensable y los abo­gados se están encargando de ello”.

El placer, ¿es amor? ¿Lo es la insistencia del deseo? ¿Es amor la sensación física? La atracción y sus realizaciones, ¿son el amor? ¿El amor es una mercancía del pensamiento? ¿Es una cosa producida por un accidente de las circunstancias? ¿Es una cuestión de compañeris­mo, de afabilidad de amistad? Si cualquiera de estas cosas adquiere prioridad, entonces eso no es amor. El amor es tan final como la muerte.

Hay un sendero que penetra en las altas montañas pa­sando a través de bosques, praderas y espacios abiertos. Y hay un banco antes de que comience la subida, y en él está sentada una pareja de ancianos mirando hacia abajo el valle iluminado por el sol; vienen con mucha frecuen­cia. Se sientan sin pronunciar una palabra y contemplan silenciosamente la belleza de la tierra. Están esperando que llegue la muerte. Y el sendero continúa, penetrando en las nieves.

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Brockwood Park - Octubre 10, 1973

Las lluvias llegaron y se fueron, y las enormes piedras resplandecían al sol de la mañana. Había agua en los lechos secos de los ríos y el suelo se regocijaba nueva­mente; la tierra estaba más roja y cada arbusto, cada brizna de hierba estaban más verdes, y en los árboles de raíces profundas aparecían hojas nuevas. El ganado co­menzaba a engordar y los aldeanos se veían menos escuálidos. Estos cerros son tan antiguos como la tierra, y los enormes pedruscos parecen haber sido puestos ahí con esmerado equilibrio. Hacia el este hay un cerro que tiene la configuración de una gran plataforma, sobre la cual han construido un templo cuadrado.

Los niños de la aldea caminaban varias millas para aprender a leer y escribir; había aquí una niña pequeña que se dirigía completamente sola y con el rostro radian­te, a la escuela de la aldea más próxima, llevando en una mano un libro y en la otra un poco de comida. Cuando nos cruzamos se detuvo, tímida e inquisitiva, si hubiéra­mos permanecido así por más tiempo habría llegado tarde a su escuela. Los arrozales se veían sorprendentemente verdes. Era una larga, apacible mañana.

Dos cuervos estaban riñendo en lo alto, graznando destrozándose uno a otro. En el aire no había suficiente apoyo, de manera que bajaron a tierra para seguir pe­leando. Por el suelo comenzaron a volar plumas y la lucha empezó a ponerse muy seria. De pronto, cerca de una docena de otros cuervos descendió sobre ellos y puso fin a la pelea. Después de una cantidad de grazni­dos y regaños, desaparecieron todos entre los árboles.

La violencia está en todas partes, tanto entre los alta­mente educados como entre los más primitivos, entre los intelectuales y entre los sentimentales. Ni la educación ni las religiones organizadas han sido capaces de amansar al hombre; por el contrario, han sido las responsables de las guerras, las torturas, los campos de concentración y la matanza de animales en la tierra y en el mar. Cuanto más progresa, más cruel parece volverse el hombre. La política se ha convertido en gangsterismo, un grupo contra otro grupo; el nacionalismo nos ha conducido a la guerra, hay guerras económicas, hay odios personales, hay violencia. El hombre no parece aprender nada de la experiencia y el conocimiento, y la violencia prosigue en todas sus formas. ¿Qué lugar ocupa el conocimiento en la transformación del hombre y de su sociedad?

La energía que se ha dedicado a la acumulación de co­nocimientos, no ha cambiado al hombre, no ha puesto fin a la violencia. La energía que se ha invertido en mi­llares de explicaciones de por qué el hombre es tan agre­sivo, tan brutal e insensible, no ha puesto fin a su crueldad. La energía que se ha gastado en analizar las causas de su insana destrucción, de su placer en la vio­lencia, de su sadismo, de su pendenciera actividad, en modo alguno ha hecho que el hombre sea más benévolo y considerado. A pesar de todas las palabras y los libros, de las amenazas y los castigos, el hombre continúa con su violencia.

La violencia no está sólo en el matar, en la bomba, en los cambios revolucionarios que se producen me­diante derramamientos de sangre; es más profunda y sutil. El conformismo y la imitación son indicaciones de violencia; la imposición y aceptación de la autori­dad, indican violencia; la ambición y la competencia son una expresión de esta condición agresiva, de esta crueldad, y la comparación engendra envidia con su animosidad y su odio. Donde hay conflicto, interno o externo, ahí está el terreno para la violencia. La división en todas sus formas trae consigo lucha y sufrimiento.

Todos conocemos esto; hemos leído sobre las accio­nes de la violencia, las hemos visto en nosotros mismos y alrededor de nosotros, hemos oído mucho al respecto y, no obstante, la violencia no se ha terminado. ¿Por qué? Las explicaciones acerca de las causas de una con­ducta semejante no tienen real significación. Si nos com­placemos en ellas, estamos derrochando la energía que necesitamos a fin de superar la violencia. Necesitamos de toda nuestra energía para enfrentarnos a la energía que se disipa en la violencia e ir más allá de ella. Contro­lar la violencia es otra forma de violencia, porque el con­trolador es lo controlado. En la atención total, que es la suma íntegra de la energía, llega a su fin la violencia en todas sus formas. La atención no es una palabra, no es una formula abstracta del pensamiento, sino una acción en la vida cotidiana. La acción no es una ideología porque si la acción es el resultado de una ideología, con­duce a la violencia.

Después de las lluvias, el río pasa alrededor de cada piedra, de cada ciudad y aldea, y por contaminado que se encuentre, se purifica a sí mismo corriendo a través de valles, desfiladeros y praderas.

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Brockwood Park - Octubre 12, 1973

Un gurú muy conocido vino a verlo una vez más. Esta­ban sentados en un hermoso jardín rodeado de muros; el verde césped se hallaba muy bien cuidado; había rosas, guisantes de olor, brillantes caléndulas amarillas y otras flores del norte oriental. El muro y los árboles mante­nían alejado el ruido de los pocos automóviles que pasa­ban; el aire estaba impregnado con el perfume de muchas flores. En el anochecer, una familia de chacales solía salir del oculto refugio que tenía bajo un árbol; habían cavado un gran agujero donde la madre tenía a sus tres cachorros. Formaban un grupo de saludable as­pecto, y enseguida, después del crepúsculo, la madre salía con ellos manteniéndose cerca de los árboles. Detrás de la casa había basura y más tarde irían a bus­carla. También vivía una familia de mangostas; todos los atardeceres, la madre, con su hocico rosado y su larga y gruesa cola, salía del escondite seguida por sus dos gatitos, uno detrás del otro; arrimados al muro, también se dirigían a la parte trasera de la cocina donde algunas veces les dejaban cosas. Ellos mantenían el jardín libre de culebras. Jamás parecían haberse cruzado con los chacales, pero si lo hicieran, se dejarían mutuamente en paz.

El gurú había anunciado unos días antes que deseaba hacer una visita. Llegó, y más tarde vinieron en torren­tes sus discípulos. Tocaron sus pies como una señal de gran respeto. Querían también tocar los pies del otro hombre, pero él no quiso que lo hicieran; les explicó que eso era degradante, pero la tradición y la esperanza del cielo eran demasiado fuertes en ellos. El gurú no quiso entrar en la casa, ya que había hecho votos de no entrar jamás en un hogar de gente casada. El cielo estaba intensamente azul en esa mañana y las sombras eran largas.

“Usted niega ser un gurú, pero es un gurú de gurús. Lo he observado desde su juventud, y lo que usted dice es la verdad que muy pocos comprenderán. Para los muchos, nosotros somos necesarios, de otro modo estarían perdidos; nuestra autoridad salva al hombre simple. Nosotros somos los intérpretes. Hemos tenido nuestras experiencias, sabemos. La tradición es un resguardo, y son solamente unos pocos los que pueden permanecer solos y ver la realidad desnuda. Usted se encuentra entre los bienaventurados, pero nosotros debemos marchar con la multitud, cantar sus cantos, respetar los nombres sagrados y rociar agua bendita, lo cual no quiere decir que seamos enteramente hipócritas. Ellos necesitan ayuda y nosotros estamos para dársela. ¿Cuál es, si se me permite preguntarlo, la experiencia de esa realidad absoluta?”

Los discípulos estaban yendo y viniendo, sin interés en la conversación e indiferentes a lo que les rodeaba, a la belleza de la flor y del árbol. Unos cuantos de ellos vinieron a sentarse en el pasto para escuchar, esperando no ser demasiado perturbados. Un hombre culto es un hombre descontento con su cultura.

La Realidad no es para ser experimentada. No hay sendero que conduzca a ella y ninguna palabra puede señalarla; no es algo que pueda buscarse y encontrarse. El encontrar después de buscar es la corrupción de la mente. La mera palabra verdad no es la verdad; la descripción no es lo descrito.

“Los antiguos han hablado de sus experiencias, de su bienaventuranza en la meditación, de su superconciencia, de su realidad sagrada. Si a uno le es permitido preguntarlo: ¿Debemos descartar todo esto y el exaltado ejemplo de aquellos seres?”

Cualquier autoridad en la meditación es la negación completa de ésta. Todo el conocimiento, los conceptos, los ejemplos no tienen cabida en la meditación. La completa eliminación del meditador, del experimentador, del pensador, es la esencia misma de la meditación. Esta libertad es el acto cotidiano de la meditación. El observador es el pasado, su terreno es el tiempo, sus pensamientos, sus imágenes, sus proyecciones, están atadas al tiempo. El conocimiento es tiempo, y la liberación respecto del conocimiento es el florecer de la meditación. No existe sistema alguno y, por tanto, no hay dirección alguna hacia la verdad o hacia la belleza de la meditación. Seguir a otro, seguir su ejemplo, sus palabras, es proscribir la verdad. Sólo en el espejo de la relación ve usted realmente el rostro de lo que es. El que ve es lo visto. Sin el orden que la virtud trae consigo, la meditación y las interminables afirmaciones de otros carecen en absoluto de significado alguno; son por completo improcedentes. La verdad no tiene tradición, no puede ser transmitida.

Con el sol, el aroma de los guisantes era muy intenso.

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Brockwood Park - Octubre 13, 1973

Volábamos Suavemente a treinta y siete mil pies de altura, y el avión estaba repleto. Habíamos pasado el mar y nos aproximábamos a tierra; ambos, el mar y la tierra, estaban muy debajo de nosotros, los pasajeros nunca parecían dejar de charlar o de beber o de hojear las pági­nas de una revista; después proyectaron una película. Constituían un grupo muy ruidoso que debía ser alimen­tado y entretenido; dormían, roncaban y estaban toma­dos de las manos. Masas de nubes que se extendían de horizonte a horizonte, pronto cubrieron por completo la tierra, el espacio, la profundidad y también el ruido de la charla. Entre la tierra y el avión se veían interminables nubes blancas y arriba estaba el delicado cielo azul. En el asiento junto a la ventanilla uno se hallaba intensa­mente despierto observando la forma cambiante de las nubes y la blanca luz que se reflejaba sobre ellas.

¿Tiene la conciencia alguna profundidad, o solamente una agitación superficial? El pensamiento puede imagi­nar su profundidad, puede afirmar que la conciencia es profunda o puede considerar sólo las ondas de la superfi­cie. El pensamiento mismo, ¿tiene alguna profundidad? La conciencia está hecha de su contenido, su contenido es su total limitación. El pensamiento es la actividad de lo externo; en ciertos idiomas, ‘pensamiento’ quiere decir ‘lo de afuera’. La importancia que se le asigna a las capas ocultas de la conciencia sigue estando en la super­ficie, no tiene profundidad alguna. El pensamiento puede darse a sí mismo un centro ‑como el ‘ego’, el ‘yo’‑ y ese centro no tiene en absoluto ninguna profun­didad; las palabras, por aguda y sutilmente que hayan sido elaboradas, no son profundas. El ‘yo’ es una fabri­cación del pensamiento ‑en palabra y en identificación. El ‘yo’ que busca profundidad en la acción, en la exis­tencia, no tiene significado alguno; todos sus intentos de establecer una profundidad en la relación, terminan en las multiplicaciones de sus propias imágenes; el ‘yo’ con­sidera que las sombras de esas imágenes son profundas. Las actividades del pensamiento carecen de profundi­dad; sus placeres, sus temores, su dolor están en la super­ficie. La misma palabra ‘superficie’ indica que hay algo debajo, o un gran volumen de agua o muy poca profun­didad. Mente superficial o mente profunda, son palabras del pensamiento, y el pensamiento en sí mismo es super­ficial. El volumen que existe detrás del pensamiento es la experiencia, el conocimiento, la memoria, las cosas que se han ido, las que sólo son para recordarse, las cosas sobre las que se puede o no se puede actuar.

Muy por debajo de nosotros, lejos sobre la tierra, corría un río, enroscándose en amplias curvas entre granjas esparcidas aquí y allá, y en los sinuosos caminos había hormigas que reptaban. Las montañas estaban cu­biertas de nieve, y los valles lucían verdes y llenos de sombras profundas. El sol se hallaba directamente frente a nosotros y descendía penetrando en el mar a medida que el avión aterrizaba entre el humo y los ruidos de una ciudad en expansión.

¿Hay profundidad en la vida, en la existencia? ¿La hay en absoluto? ¿Es superficial toda relación? ¿Alguna vez puede el pensamiento descubrir esto? El pensamien­to es el único instrumento que el hombre ha cultivado y agudizado, y cuando este instrumento es negado como medio para comprender la profundidad de la vida, en­tonces la mente busca otros medios. El llevar una vida superficial, pronto se vuelve fatigoso, aburrido, falto de significación, y de esto emerge la constante persecución del placer, los temores, el conflicto y la violencia. Ver los fragmentos que el pensamiento ha creado y sus acti­vidades, ver eso como una totalidad, es el cese del pensa­miento. La percepción de lo total es posible solamente cuando el observador, que es uno de los fragmentos del pensamiento, no se halla activo. Entonces la acción es relación y jamás conduce hacia el conflicto y el dolor.

Sólo el silencio tiene profundidad, como el amor. El silencio no es el movimiento del pensar, ni lo es el amor. Sólo entonces las palabras, las profundas y las superficia­les, pierden su significado. No hay medida para el amor, ni la hay para el silencio. Lo que es mensurable, es pen­samiento y tiempo ‑el pensamiento es tiempo. La medi­da es necesaria, pero cuando el pensamiento la lleva a la acción y a las relaciones, comienzan entonces el mal y el desorden. El orden no es mensurable, sólo lo es el des­orden.

El mar y la casa estaban tranquilos, y tras de ellos los cerros, con las flores silvestres de la primavera, permanecían silenciosos.

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Roma[5] - Octubre 17, 1973

Había sido un verano caluroso y seco, con chaparrones ocasionales; el césped estaba poniéndose pardo, pero los altos árboles de espeso follaje se veían felices y estaban brotando las flores. La región no había conocido un verano semejante por años y los granjeros se sentían contentos. En las ciudades todo era desagradable, el aire contaminado, el calor y las calles atestadas. Los castaños ya se estaban oscureciendo un poco y los parques se en­contraban llenos de gente con niños que gritaban y corrían por todas partes. El campo lucía muy hermoso ‑siempre hay paz en los campos‑ y en el río pequeño y angosto con sus cisnes y patos, había encantamiento. El romanticismo y el sentimentalismo estaban encerra­dos y seguros en las ciudades; y aquí, en lo profundo del campo con sus árboles, praderas y arroyos, había belleza y deleite. Un camino pasa a través del bosque, y todas las hojas, todas las sombras moteadas retienen esa belle­za; ella está en cada hoja que se marchita, en cada brizna de hierba. La belleza no es una palabra, una respuesta emocional; no es algo blando que pueda ser moldeado y retorcido por el pensamiento. Cuando la belleza está ahí, cada acción y cada movimiento en todas las formas de la relación es algo total, cuerdo y sagrado. Cuando esa belleza, ese amor no existen, el mundo enloquece.

En la pequeña pantalla, el predicador, con palabras y gestos esmeradamente cultivados, estaba diciendo que él sabía que su salvador, el único salvador, estaba vivo; si no estuviera vivo, no habría entonces esperanza para el mundo. El empuje agresivo de su brazo alejaba cualquier duda, cualquier cuestionamiento, porque él sabia y nosotros debíamos apoyarlo, porque su conocimiento era nuestro conocimiento, nuestra convicción. El movimien­to calculado de sus brazos y el manejo de las palabras, era la sustancia y el estimulo para su auditorio, que esta­ba ahí con la boca abierta, tanto los jóvenes como los viejos, hechizados y adorando la imagen de sus propias mentes. Una guerra acababa justamente de comenzar, y ni el predicador ni sus numerosos oyentes se preocupa­ban por eso, puesto que las guerras deben proseguir y, además, forman parte de esta cultura nuestra.

En esa misma pantalla, un poco más tarde, mostraron lo que los científicos están haciendo, sus inventos maravillosos, su extraordinario control del espacio, el mundo del mañana, las nuevas y complejas máquinas; las explicaciones de cómo se forman las células, los experimen­tos que se hacen con los animales, los gusanos y las moscas. El estudio de la conducta de los animales fue cuidadosa y entretenidamente explicado. Con este estu­dio los profesores podrían comprender mejor el compor­tamiento humano. Explicaron los remanentes de una an­tigua cultura: las excavaciones, los vasos, los mosaicos cuidadosamente preservados y los muros en ruinas; el maravilloso mundo del pasado, sus templos, sus glorias. Muchos, muchísimos volúmenes se han escrito acerca de las riquezas, las pinturas, las crueldades y la grandeza del pasado, sus reyes y sus esclavos.

Poco después mostraron la guerra actual que rugía en el desierto y entre las verdes colinas; los enormes tanques, los aviones volando a baja altura y la matanza calculada; los políticos hablando de la paz pero alentan­do la guerra en ambos países. Mostraron a las mujeres llorando, a los heridos sin esperanza, a los niños agitan­do banderas y a los sacerdotes entonando bendiciones.

Las lágrimas de la humanidad no han limpiado al hombre de su deseo de matar. Ninguna religión ha termi­nado con la guerra; por el contrario, todas la han estimu­lado, han bendecido los armamentos, han dividido a la gente. Los gobiernos están aislados y aprecian en mucho su aislamiento. Los científicos son sostenidos por los go­biernos. El predicador está perdido en sus palabras e imágenes.

Llorarán, pero educarán a sus hijos para que maten y sean muertos. Aceptan eso como un estilo de vida; su compromiso es con la propia seguridad; ése es el dios de ellos, ése es su dolor. Se preocupan tan esmeradamente por sus hijos, los cuidan con tanta generosidad, pero luego están entusiastamente dispuestos a que los maten. También mostraron en la pantalla a cachorros de focas, con sus ojos enormes, mientras los mataban.

La función de la cultura es transformar al hombre completamente.

En el río, los patos mandarines chapoteaban y se perseguían entre ellos, y las sombras de los árboles se extendían sobre el agua.

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Roma - Octubre 18, 1973

Existe en sánscrito una larga plegaria por la paz. Fue es­crita hace muchos, muchos siglos por alguien para quien la paz era una necesidad absoluta; y tal vez su vida coti­diana tanta sus raíces en ella. Fue escrita antes del rastrero veneno del nacionalismo, antes de la inmortalidad del poder del dinero y de la insistencia en lo mundano que el industrialismo ha originado. La plegaria es para que la paz sea perdurable: “Que haya paz entre los dioses, en el cielo y entre las estrellas; que haya paz sobre la tierra, entre los hombres y los animales de cuatro patas; que no nos hagamos daño; que seamos ge­nerosos unos con otros; que podamos tener esa inteli­gencia que habrá de guiar nuestra vida y acción, que haya paz en nuestra plegaria, en nuestros labios y en nuestros corazones”.

En esta paz no hay mención alguna de individuali­dad; eso venía más adelante. Sólo se alude a ‘nosotros’ ‑nuestra paz, nuestra inteligencia, nuestro conocimien­to, nuestra iluminación. El sonido de los cantos en sáns­crito parece tener un efecto extraño. En un templo cerca de cincuenta sacerdotes cantaban en sánscrito, y las paredes mismas parecían estar vibrando.

Hay un sendero que pasa a través del campo verde y resplandeciente, del bosque iluminado por el sol, y prosigue más allá. Es difícil que alguien se llegue hasta este bosque pleno de luz y sombras. Es un lugar apacible tranquilo y retirado. Hay ardillas y, en ocasiones, un ciervo tímido y vigilante pronto a escapar corriendo; las ardillas lo contemplan a uno desde una rama y a veces lo increpan. Este bosque tiene el perfume del vera­no y el olor de la tierra húmeda. Hay árboles enormes y cargados de musgo son acogedores y uno percibe la cali­dez de su bienvenida. Cada vez que uno se sienta ahí y mira a través de las ramas y las hojas el sorprendente cielo azul, esa paz y esa bienvenida están aguardándolo a uno. Eramos varios los que íbamos a través del bosque, pero había soledad y silencio; la gente charlaba, indi­ferente y ajena a la dignidad y grandeza de los árboles, con los cuales no tenía ninguna relación; por tanto, esas personas probablemente tampoco tenían relación alguna entre ellas.

La relación entre los árboles y uno era completa e ins­tantánea ‑una relación de amigos. En consecuencia, uno era el amigo de todos los árboles, arbustos y flores de la tierra. No estaba ahí para destruir, y así, entre ellos y uno había paz.

La paz no es un intervalo entre el fin y el comienzo del conflicto, de la angustia y el dolor. Ningún gobierno puede traer la paz; su paz es la paz de la corrupción y la decadencia; el orden regimentado de un pueblo engen­dra degeneración, porque ese orden no se interesa en todos los pueblos de la tierra. Las tiranías jamás pueden sostener la paz, porque destruyen la libertad; la paz y la libertad marchan juntas. Matar a otro por la paz, es la idiotez propia de las ideologías. Uno no puede comprar la paz; ésta no es la invención de un intelecto; no es algo que pueda adquirirse mediante la plegaria o el regateo. La paz no se encuentra en ningún edificio sagrado, en ningún libro, en ninguna persona. Nadie puede conducir­nos hacia ella, ningún gurú, ningún sacerdote, ningún símbolo.

La paz está en la meditación. La meditación en sí es el movimiento de la paz. No es un fin que pueda ser encontrado; no es algo elaborado por el pensamiento o la palabra. El acto de la meditación es inteligencia. La meditación no es ninguna de esas cosas que se nos han en­señado o que hemos experimentado. Descartar lo que hemos aprendido o experimentado es meditación. La meditación consiste en liberarse del experimentador. Cuando no hay paz en la meditación; está es entonces un escape hacia la ilusión y los ensueños fantasiosos. La meditación no puede ser demostrada ni descrita. Uno no puede juzgar la paz. La percibiría –si la paz está ahí‑ a través de las actividades cotidianas, a través del orden, de las virtudes que imperen en la propia vida.

Había en esa mañana densas nubes y neblinas; iba a llover. Demoraría unos cuantos días poder ver nuevamente el cielo azul. Pero a medida que uno entraba en el bosque, esa paz y esa cálida acogida no disminuían. Eran una paz impenetrable y una quietud total. Las ardillas se escondían y los saltamontes del prado permanecían silenciosos; más allá de los cerros y valles, estaba el inquie­to mar.

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Roma - Octubre 19, 1973

El bosque dormía; el serpenteante sendero que lo atrave­saba estaba oscuro y no se percibía el más leve movi­miento. El prolongado crepúsculo estaba desapareciendo en esos instantes, y el silencio de la noche cubría la tierra. El pequeño torrente, tan porfiado en su gorgoteo durante el día, iba cediendo a la quietud de la noche que se aproximaba. A través de las pequeñas aberturas entre las hojas se divisaban las estrellas, brillantes y muy cerca­nas. La oscuridad de la noche es tan necesaria como la luz del día. Los acogedores árboles, recogidos ahora en sí mismos, se mostraban distantes; se encontraban ahí, rodeándolo a uno, pero apartados e inaccesibles; dor­mían y no había que molestarlos. En esta quieta oscuri­dad, había un crecer y un florecer que reunía fuerzas para enfrentarse a la vibrante vitalidad del día. La noche y el día son esenciales, ambos dan vida, energía a todas las cosas vivientes. Sólo el hombre la disipa.

El dormir es muy importante; un dormir sin demasia­dos sueños ni agitación. Mientras dormimos ocurren muchas cosas, tanto en el organismo físico como en el cerebro (la mente es el cerebro); ambos son una sola cosa, un movimiento unitario. Para esta estructura total, el dormir es absolutamente esencial. Durante el sueño adviene el orden, el ajuste de las funciones y se originan percepciones más profundas; cuanto más quieto está el cerebro, tanto más profundo es el discernimiento. El cerebro necesita seguridad y orden para funcionar armo­niosamente, sin fricción alguna. La noche se encarga de ello, y durante el dormir tranquilo hay movimientos hay estados que el pensamiento jamás podrá alcanzar. Los sueños son desorden; deforman la percepción total. Mientras duerme la mente se rejuvenece a sí misma.

Pero suele decirse que los sueños son necesarios, que si uno no soñara podría enloquecer, se afirma que ayu­dan, que son reveladores. Están los sueños superficiales, que no tienen mucho significado, están los sueños signi­ficativos y también existe el estado sin sueños en absolu­to. Los sueños son, en sus diferentes formas y símbolos la expresión de nuestra vida cotidiana. Si no hay armonía, si no hay orden en nuestra vida cotidiana de relación, entonces los sueños son una continuación de ese desorden. Mientras dormimos, el cerebro trata de produ­cir ese orden desde esta confusa contradicción. En esta lucha constante entre el orden y el desorden, el cerebro se desgasta. Pero él debe tener seguridad y orden para poder siquiera funcionar, y así es como llegan a ser ne­cesarias las creencias, las ideologías y demás conceptos neuróticos. Convertir la noche en día es uno de esos há­bitos neuróticos. La insensatez que se desarrolla en el mundo moderno después del anochecer, es un escape de la rutina y el fastidio del día.

La total percepción del desorden en la relación tanto privada como pública, personal o distante, el darse cuenta, sin opción alguna, de ‘lo que es’ durante las horas conscientes del día, induce orden donde imperaba el desorden. Entonces el cerebro no necesita buscar el orden mientras dormimos. Los sueños son sólo superfi­ciales, sin significación. El orden en la totalidad de la conciencia, no sólo en el nivel ‘consciente’, se produce cuando cesa por completo la división entre el observador y lo observado. Se trasciende ‘lo que es’ cuándo el obser­vador ‑que es el pasado, que es tiempo‑ llega a su fin. El presente activo, ‘lo que es’, no se halla esclavizado al tiempo, como lo está el observador.

Sólo cuando la mente ‑el cerebro y el organismo‑ tiene este orden total durante el sueño, hay una percep­ción profunda de ese estado inexpresable en palabras, de ese movimiento intemporal. Esto no es ningún sueño fantástico, alguna abstracción de escape. Es la medita­ción en su expresión máxima y completa. O sea, que el cerebro está activo, despierto o dormido, pero el cons­tante conflicto entre el orden y el desorden, desgasta al cerebro. El orden es la más alta forma de virtud, sensibi­lidad, inteligencia. Cuando existe esta gran belleza del orden, de la armonía, el cerebro no está incesantemente activo; ciertas partes se encargan de la memoria, pero ésa es una parte muy pequeña; el resto del cerebro se halla libre del ruido de la experiencia. Esa libertad es el orden, la armonía del silencio. Esta libertad y el ruido de la me­moria se mueven juntos; la acción de este movimiento es inteligencia. La meditación consiste en estar libre de lo conocido y, no obstante, operar en el campo de lo cono­cido. No hay un ‘yo’ como operador. Esta meditación se desarrolla tanto en el sueño como en la vigilia.

El sendero salía lentamente del bosque y, de horizon­te a horizonte, el cielo se encontraba repleto de estrellas. En los campos nada se movió.

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Roma - Octubre 20, 1973

Es la cosa viviente más antigua que existe sobre la tierra. Es gigantesco en proporciones, en su altura y en la vastedad del tronco. Entre las otras secoyas, que también son muy viejas, ésta las supera a todas, otros árboles han sido afectados por el fuego, pero éste no tiene huella alguna en él. Ha vivido a través de todas las terribles cosas de la historia, ha pasado por todas las guerras del mundo, por toda la perversidad y el dolor del hombre, por el fuego y el relámpago, por todas las tormentas del tiempo; ha pasado a través de todo eso sin contaminarse, majestuoso y completamente solo, con inmensa dignidad. Ha habido incendios, pero las cortezas de estas secoyas fueron capaces de resistirlos y de sobrevivir.

Los bulliciosos turistas no habían arribado todavía, y uno podía estar a solas con este silencioso gigante que, cuando uno se sentaba debajo de él, lo veía elevarse hasta los cielos, inmenso e intemporal. Sus años mismos le otorgaban la dignidad del silencio y el retraimiento propios de una edad muy avanzada. Estaba tan silencio­so como lo estaba la mente de uno, tan quieto como el propio corazón, viviendo sin la carga del tiempo. Uno percibía la compasión que el tiempo jamás había tocado y la inocencia que nunca había conocido el mal ni el dolor. Uno se sentaba ahí, y el tiempo que pasaba junto a uno nunca habría de regresar. Había inmortalidad, porque la muerte jamás había existido. Nada existía ex­cepto este árbol inmenso, las nubes y la tierra. Uno lle­gaba hasta ese árbol y se sentaba debajo con él, y cada día y por muchos días fue una bendición de la cual uno era consciente sólo cuando se alejaba de allí. No podía uno volver para pedir más; nunca existía el más, el más estaba muy lejos, abajo en el valle. Debido a que no era un santuario hecho por la mano del hombre, había una insondable santidad que ya nunca más lo dejaría a uno, porque esa santidad no era de ‘uno’.

En la madrugada, cuando el sol no había alcanzado aún las copas de los árboles, el venado y el oso estaban ahí; observamos a ambos con asombro y con ojos muy abiertos; la tierra nos era común y el miedo estaba au­sente. Los grajos azules y las ardillas rojas llegarían pronto; la ardilla era dócil y amigable. Uno guardaba nueces en el bolsillo y ella las tomaba de la mano; cuando la ardilla había tenido ya bastante, los dos grajos bajaban saltando de las ramas y los regaños terminaban. Y comenzaba el día.

En el mundo del placer, la sensualidad se ha vuelto muy importante. El goce es el que ordena, y pronto el hábito del placer toma el mando; aunque ello pueda dañar todo el organismo, el placer domina. El placer de los sentidos, el placer del astuto y sutil pensamiento, el de las palabras y el de las imágenes mentales y manuales, que es la cultura de esta educación, el placer de la vio­lencia y el placer del sexo. El hombre es moldeado para las pautas del placer, y toda existencia, religiosa o de otra clase, es la persecución del placer. Las desenfrena­das exageraciones del placer son el resultado de la con­formidad moral e intelectual. Cuando la mente no es libre y no está atenta, la sensualidad se vuelve un factor de corrupción, que es lo que está ocurriendo en el mundo moderno. Dominan el placer del dinero y el del sexo. Cuando el hombre se ha vuelto un ser de segunda mano, su libertad consiste en expresar su sensualidad. El amor es entonces placer y deseo. El entretenimiento or­ganizado, religioso o comercial, contribuye a la inmorali­dad social y personal; uno deja de ser responsable. Responder de manera total a cualquier reto, es ser responsa­ble, es estar totalmente comprometido. Esto no puede ser cuando la esencia misma del pensamiento es frag­mentaria y la persecución del placer en todas sus formas, obvias y sutiles, es el principal movimiento de la existen­cia. El placer no es felicidad; la felicidad y el placer son cosas por completo diferentes; una llega sin que se la in­vite, y la otra se cultiva y alimenta; una adviene cuando el ‘yo’ está ausente, y la otra se halla ligada al tiempo; cuando está una, no está la otra. El placer, el miedo y la violencia marchan juntos; son compañeros inseparables. Aprender de la observación es actuar, el hacer es el ver.

En el atardecer, cuando la oscuridad se aproximaba, los grajos y las ardillas se habían retirado a dormir. La estrella vespertina acababa de hacerse visible y los ruidos del día y de la memoria habían cesado. Estas secoyas gigantes estaban inmóviles. Continuarán más allá del tiempo. Sólo el hombre muere, y el dolor de ello.

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Roma - Octubre 21, 1973

Era una noche sin luna y la Cruz del Sur se distinguía ní­tida sobre las copas de las palmeras. El sol tardaría aún muchas horas en levantarse; en esa tranquila oscuridad todas las estrellas estaban muy cerca de la tierra y brilla­ban centelleantes; nacían en el río y eran de un azul pro­fundo. La Cruz del Sur se encontraba sola sin ninguna otra estrella alrededor. No corría una brisa y la tierra parecía hallarse inmóvil, fatigada por la actividad del hombre. Prometía ser una hermosa mañana después de las intensas lluvias, y en el cielo no había una sola nube. Orión ya se había puesto y la estrella matutina asomaba a lo lejos en el horizonte. En el bosquecillo, las ranas croaban desde el charco cercano; se quedaban calladas por un rato, despertaban y empezaban de nuevo. El per­fume del jazmín se percibía intenso en el aire, y a la dis­tancia alguien estaba cantando. Pero a esa hora había un silencio que suspendía el aliento, y su tierna y delicada belleza se extendía por la tierra. La meditación es el mo­vimiento de ese silencio.

En el jardín rodeado de muros comenzaba el ruido del día. Estaban bañando al pequeño bebé; con extrema solicitud pasaban aceite por cada parte de su cuerpo; un aceite especial para la cabeza y otro para el resto; cada uno de esos aceites tenía su fragancia propia y a ambos los entibiaban previamente. Eso encantaba a la criatura; estaba arrollándose suavemente a sí misma, y su robusto cuerpecillo brillaba con el aceite. Después lo limpiaron con un polvo especial perfumado. El niño no lloró en ningún momento, tanto amor y cuidado parecía dedicár­sele. Lo secaron y arroparon tiernamente en un lienzo blanco y limpio, luego lo alimentaron y, cuando lo pu­sieron en la cama, cayó instantáneamente dormido. Crecería para ser educado, adiestrado en su trabajo, en la aceptación de las tradiciones, de las creencias nuevas o viejas, para tener hijos, para tolerar el sufrimiento y reírse del dolor.

La madre vino un día y preguntó: “¿Qué es el amor? ¿Es cariño, es confianza, es responsabilidad, es el placer entre el hombre y la mujer? ¿Es el dolor del apego y la soledad?”

Está usted criando a su hijo con tanto esmero, con energía infatigable, le entrega su tiempo y su vida. Se siente responsable, quizá sin tener conciencia de ello. Usted lo ama. Pero comenzará el efecto limitador de la educación y lo hará adaptarse al castigo y a la recompen­sa, lo obligará a encajar en la estructura social. La educa­ción es el medio aceptado para condicionar la mente. ¿Para qué se nos educa? ¿Para trabajar interminable­mente y morir? Usted le ha dedicado tiernos cuidados, afecto... Su responsabilidad por el hijo, ¿se termina cuando comienza la educación? ¿Es el amor el que va a enviarlo a la guerra para que lo maten después de tanto cariño y generosidad? Su responsabilidad no termina jamás, lo cual no significa interferir. La libertad es res­ponsabilidad total, no sólo por sus hijos sino por todos los hijos de la tierra. El amor, ¿es apego y el dolor que lo acompaña? El apego engendra sufrimiento, celos, odio. El apego brota y se desarrolla a partir de la propia superficialidad, de la insuficiencia y el aislamiento. El apego brinda una sensación de pertenecer a algo, de identificarse con algo; da un sentimiento de realidad, de ser. Cuando eso se ve amenazado, hay miedo, ira, envi­dia. ¿Es amor todo esto? El amor, ¿es dolor y pesadum­bre? ¿Es placer sensorio? La mayoría de los seres huma­nos más o menos inteligentes, conocen verbalmente todo esto, que no es demasiado complejo. Pero no se desprenden de ello; convierten estos hechos en ideas y después luchan con los conceptos abstractos. Prefieren vivir con las abstracciones antes que con la realidad, con ‘lo que es’.

El amor está en la negación de lo que no es amor. No le tema a la palabra negación. Niegue todo lo que no es amor; entonces, lo que es, es compasión. Importa enor­memente lo que es usted, porque usted es el mundo y el mundo es usted. Esto es compasión.

Lentamente llegaba el amanecer; en el horizonte, hacia el este, asomaba una tenue luz que se iba expan­diendo, y la Cruz del Sur empezaba a desvanecerse. Los árboles asumieron sus contornos familiares, las ranas ca­llaron, la estrella matutina se perdió en medio de la gran luz y principió un nuevo día. El vuelo de los cuervos y las voces del hombre habían empezado, pero las bendi­ciones de esa madrugada seguían allí.

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Roma - Octubre 22, 1973

Desde un pequeño bote, en la tranquila y lenta corrien­te del río, era visible todo el horizonte de norte a sur y de este a oeste; no había un árbol ni una casa que rom­pieran la línea del horizonte; no se veía flotar una sola nube. Las orillas eran llanas, se prolongaban a ambos lados hacia la tierra firme y contenían al ancho río. Había otros pequeños botes de pescadores; estos, agaza­pados en un extremo, sostenían las redes en el exterior; eran hombres que tenían una paciencia enorme. Se untan el cielo y la tierra, y había un espacio inmenso. En este espacio ilimitado tenían su existencia la tierra y todas las cosas, incluso este pequeño bote llevado por la fuerte corriente. Al doblar el recodo del río, los horizon­tes se extendían inmensurablemente, infinitos hasta donde la vista podía alcanzar. El espacio se volvió inago­table. Tiene que existir este espacio para la belleza y la compasión. Todas las cosas deben tener espacio, las ani­madas y las inanimadas, la roca en el cerro y el pájaro en el viento. Cuando no hay espacio, lo que hay es muerte. Los pescadores cantaban, y el sonido de su canto venía bajando por el río. El sonido necesita espacio; la palabra correctamente pronunciada crea su propio espacio. El río y el árbol distante sólo pueden sobrevivir cuando tienen espacio; sin espacio, todas las cosas se marchitan y mueren. El río desaparecía en el horizonte y los pesca­dores estaban desembarcando. Llegaba la profunda os­curidad de la noche, la tierra descansaba de un fatigoso día y las estrellas brillaban sobre el agua. El vasto espa­cio se redujo en el interior de una casa con muchas pare­des. Aun las grandes casas palaciegas tienen moros que aprisionan y ocultan ese espacio inmenso convirtiéndolo en su espacio propio.

Una pintura debe tener espacio dentro de ella, aunque la pongan en un marco; una estatua sólo puede existir en el espacio; la música crea el espacio que necesita; el soni­do de una palabra no sólo crea espacio, lo necesita para ser escuchado. El pensamiento puede imaginar la exten­sión entre dos puntos, la distancia y la medida; el inter­valo entre dos pensamientos es el espacio que forma el pensamiento. La continua extensión del tiempo, el mo­vimiento y el intervalo entre dos movimientos del pensar, necesitan espacio. La conciencia está dentro del movimiento del tiempo y el pensamiento. El pensamien­to y el tiempo son mensurables entre dos puntos, entre el centro y la periferia. La conciencia, amplia o estrecha, existe donde hay un centro, el ‘yo’ y el ‘no yo’.

Todas las cosas necesitan espacio. Si las ratas son en­cerradas en un espacio restringido, se destruyen entre ellas; los pequeños pájaros que se posan al atardecer sobre el alambre del telégrafo, tienen el espacio que ne­cesitan entre uno y otro. Los seres humanos que viven en ciudades atestadas, se están volviendo violentos. Donde falta espacio, externa o internamente, son inevi­tables todas las formas de la perversión y el deterioro. El condicionamiento de la mente a través de lo que se llama educación, religión, tradición, cultura, deja poco espacio para el florecimiento de la mente y el corazón. La creencia, lo que se experimenta conforme a esa creencia, la opinión, los conceptos, las palabras, son el ‘yo’, el ego, el centro que crea el espacio limitado dentro de cuya frontera se encuentra la conciencia. El ‘yo’ tiene su ser y su actividad dentro del pequeño espacio que ha creado para sí mismo. Todos sus problemas y sufrimien­tos, sus esperanzas y su desesperación, están dentro de sus propias fronteras, y ahí no hay espacio. Lo conocido ocupa toda su conciencia. La conciencia es lo conocido. Dentro de esta frontera no hay solución para todos los problemas que los seres humanos han acumulado. Sin embargo, no quieren desprenderse de lo conocido; se aferran a ello o inventan lo desconocido en la esperanza de que resuelva sus problemas. El espacio que el ‘yo’ se ha fabricado, es su dolor y la desdicha del placer. Los dioses no nos dan espacio, porque el espacio de ellos es el nuestro.

Este vasto, inmensurable espacio está más allá de la medida del pensamiento, y el pensamiento es lo conoci­do. La meditación consiste en vaciar la conciencia de su contenido, lo conocido, el ‘yo’.

Lentamente, los remeros condujeron el bote por el río dormido, y la luz de una casa señalaba la dirección. Había sido un largo atardecer y el crepúsculo dorado, verde y naranja, trazaba un sendero de oro sobre el agua.

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Roma - Octubre 24, 1973

Hacia abajo, en el valle, se veían las débiles luces de un pequeño pueblo; había oscuridad, y el sendero era pe­dregoso y accidentado. Las onduladas líneas de los cerros contra el cielo iluminado por las estrellas, estaban profundamente incrustadas en las sombras; un coyote aullaba en alguna parte cerca de allí. El sendero había perdido su familiaridad, y una brisa suavemente perfu­mada subía desde el valle. Estar solo en esa quietud ex­traordinaria era escuchar la voz del intenso silencio y su inmensa belleza. Algún animal estaba haciendo ruido entre los arbustos, asustado o tratando de atraer la aten­ción. Ahora ya había oscuridad completa y el mundo de ese valle se volvió profundo en su silencio. El aire noc­turno traía olores especiales, una mezcla de todos los ar­bustos que crecían en los áridos cerros, ese aroma fuerte propio de los arbustos que conocen el sol ardiente. Las lluvias habían cesado muchos meses antes; no llovería otra vez por un largo tiempo y el camino se encontraba reseco, polvoriento y áspero. El gran silencio con su vasto espacio contenía la noche, y todo movimiento del pensar se aquietaba. La mente misma era el espacio in­mensurable, y en esa profunda quietud no había cosa alguna que el pensamiento hubiera fabricado. Ser absolu­tamente nada, es estar más allá de toda medida. El sen­dero descendía en pendiente, y un pequeño arroyo decía muchas cosas, encantado con su propia voz. Ese arroyo cruzaba el sendero varias veces, y era un juego en el que ambos se divertían juntos. Las estrellas estaban muy cercanas y algunas miraban hacia abajo desde las cumbres. Las luces del pueblo estaban lejos todavía, y las estrellas iban desapareciendo al otro lado de los altos cerros. Uno estaba ahí, solo, sin palabra alguna, sin ningún pensamiento, únicamente observando y escu­chando. El inmenso silencio revelaba que, sin él, la exis­tencia pierde su profundo significado y su belleza. El ser luz para uno mismo, niega toda experiencia. El ‘uno’ que experimenta como el experimentador, necesita de la experiencia para existir y, por profunda o superficial que ésta sea, la necesidad de experiencias se vuelve cada vez mayor. La experiencia es conocimiento, tradición; el experimentador se divide a sí mismo para distinguir entre lo placentero y lo doloroso, entre lo tranquilizador y lo inquietante. El creyente experimenta conforme a su creencia, conforme a su condicionamiento. Estas ex­periencias proceden de lo conocido, porque el reconoci­miento es esencial ‑sin él la experiencia no existe. Toda experiencia deja una huella a menos que, tal como surge, se termine. Toda respuesta a un reto es una experiencia, pero cuando la respuesta proviene de lo conocido, el reto pierde su frescura y vitalidad; entonces hay conflic­to, desorden y actividad neurótica. La esencia misma del reto es cuestionar, perturbar, despertar, comprender. Pero cuando ese reto se traslada al pasado, uno está elu­diendo el presente. La convicción de la experiencia im­plica negar la investigación. Inteligencia es libertad para inquirir, para investigar el ‘yo’ y el ‘no yo’, lo interno y lo externo. La creencia, las ideologías y la autoridad im­piden el discernimiento directo que sólo adviene con la libertad. El deseo de experiencias, de cualquier clase que sean, tiene que ser superficial o sensorio, consola­dor o placentero, porque el deseo, por intenso que sea, es el heraldo del pensamiento, y el pensamiento es lo externo. El pensamiento puede fabricar lo in­terno, pero ello sigue siendo lo externo. El pensamiento jamás descubrirá lo nuevo, porque él es viejo y nunca es libre. La libertad está más allá del pensamiento. Toda la actividad del pensamiento es la negación del amor.

Cuando uno es luz para sí mismo, esa luz es la luz de todos los demás. Ser luz para uno mismo implica que la mente se halla libre del reto y la respuesta, porque en­tonces la mente está por completo despierta, está total­mente activa. Esta atención no tiene un centro, el ‘uno’ que está atento‑ y, por tanto, no tiene un límite. Mientras existe un centro, el ‘yo’, tienen que existir el reto y la respuesta adecuada o inadecuada, placentera o dolorosa. El centro jamás puede ser luz para sí mismo; su luz es la luz artificial del pensamiento, y éste tiene muchas sombras. La compasión no es la sombra del pen­samiento sino que es luz, luz que no es ni de uno mismo ni de algún otro.

El sendero penetraba poco a poco en el valle y el río pasaba por el pueblo para unirse al mar. Pero los cerros permanecían inmutables, y el ulular de un búho fue la réplica de otro. Y había espacio para el silencio.

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Roma - Octubre 25, 1973

Sentado sobre una piedra en un huerto de naranjos, uno veía el valle extenderse y desaparecer en el pliegue de las montañas. Eran las primeras horas de la madrugada y las sombras se alargaban suaves y abiertas. Las codorni­ces llamaban con su agudo reclamo y se oían los arrullos de las palomas torcazas con su delicada, tierna cadencia, un canto triste para horas tan tempranas. El sisonte, encantado con el mundo, describía en el aire curvas en picada, girando en saltos mortales. Una gran tarántula peluda y oscura, salió lentamente desde abajo de la piedra, se detuvo, sintió el aire de la mañana y continuó pesadamente su marcha. Los naranjos estaban dispuestos en largas líneas rectas, acre por acre, con sus frutos bri­llantes y sus frescos pimpollos ‑flor y fruto en el mismo árbol y al mismo tiempo. El aroma de estos pimpollos era suave y penetrante, y con el calor del sol la fragancia se intensificaría volviéndose más insistente. El cielo esta­ba muy azul y apacible; los cerros y las montañas aún dormían.

Era una hermosa mañana, fresca y pura, con esa belle­za extraña que el hombre todavía no ha destruido. Los lagartos habían salido y buscaban un sitio con sol para calentarse. Se extendían a todo lo largo para que el calor tocara sus vientres, mientras sus largas colas volteaban hacia los costados. Era una mañana alegre y la suave luz cubría la tierra y la belleza infinita de la vida. La medita­ción es la esencia de esta belleza, tanto en la expresión como en el silencio. Si se expresa toma forma, sustancia; silenciosa, no es para ser puesta en palabras, formas o colores. Desde el silencio, la expresión o la acción tienen belleza, son totales, y cesa cualquier lucha o conflicto. Los lagartos regresaban a la sombra, y entre las flores aparecieron las abejas y los colibríes.

Sin pasión no hay creación posible. La total entrega de uno mismo es esta pasión inagotable. La entrega con un motivo es una cosa, y la entrega sin ningún propósi­to, sin ningún cálculo, es otra. Lo que tiene una finali­dad determinada, una dirección, es efímero y se vuelve dañino y comercial, vulgar. Lo otro, lo que no está ma­nejado por causa alguna, por ninguna intención o utili­dad, no tiene principio ni fin. En esta entrega total, la mente se vacía del ‘yo’, del ‘sí mismo’. El ‘yo’ puede perderse en alguna actividad, en alguna creencia consola­dora, en un sueño extravagante, pero un perderse de esta clase, es la continuidad del yo en otra forma, en la iden­tificación con otra ideología y acción. El abandono del yo no es un acto de la voluntad, porque la voluntad es el yo. Cualquier movimiento del yo, horizontal o vertical, en cualquier dirección, sigue estando en el campo del tiempo y del dolor. El pensamiento puede abandonarse a cualquier cosa, cuerda o demente, razonable o necia, pero siendo fragmentario en su propia estructura y na­turaleza, su mismo entusiasmo, su excitación, se con­vierten pronto en placer y temor. En esta área el aban­dono del yo es ilusorio y tiene muy poco sentido. La lúcida y alerta percepción de todo esto, implica un des­pertar a las actividades del ‘sí mismo’; en esta atención no hay un centro, no hay yo. El impulso de expresarse uno a sí mismo por identificación, es el resultado de una existencia confusa y carente de significado. La búsqueda de un significado es el comienzo de la fragmentación; el pensamiento puede darle ‑y de hecho le da‑ mil signifi­cados a la vida; cada cual inventa sus propios significa­dos, que son meramente opiniones y convicciones para las que no hay fin. El vivir mismo es el significado total, pero cuando la vida es un conflicto, una lucha constan­te, cuando es el campo de batalla de la ambición, la competencia y el culto del éxito, cuando es la búsqueda de poder y posición, entonces la vida no tiene sentido al­guno.

¿Qué necesidad hay de expresarse? La creación, ¿se halla en la cosa que uno produce con la mano o con la mente ‑por bella o utilitaria que sea? ¿Se encuentra la creación en eso que uno persigue? Esta pasión que surge con el abandono del yo, ¿necesita expresarse? Cuando existe una compulsión, una necesidad, ¿es eso la pasión creativa? En tanto subsiste la división entre el creador y lo creado, cesa la belleza, cesa el amor. Podemos produ­cir la cosa más excelente con el color o con la piedra, pero si nuestra vida cotidiana contradice esa suprema ex­celencia ‑el total abandono del yo‑ eso que hemos pro­ducido es para la admiración y la trivialidad. El vivir mismo es el color, la belleza y su expresión. Uno no ne­cesita nada más.

Las sombras estaban perdiendo su distancia y las co­dornices permanecían silenciosas. Sólo existían las rocas, los árboles con sus flores y frutos, los bellos cerros y la tierra abundante.

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Roma - Octubre 29, 1973

En el valle de los naranjales, éste en particular estaba muy bien atendido ‑hilera tras hilera de jóvenes naran­jos, fuertes y relucientes bajo el sol. El suelo era bueno, lo regaban bien, lo abonaban, lo cuidaban. Era una ma­ñana hermosa con un cielo azul y transparente, el aire era cálido y suavemente agradable. En los arbustos, las codornices alborotaban con sus agudos llamados; un ga­vilán flotaba inmóvil en el aire, y pronto descendió para posarse en la rama de un naranjo próximo y se durmió. Se encontraba tan cerca que las afiladas garras, las mag­níficas plumas moteadas y el pico agudo eran claramen­te visibles, estaba al alcance del brazo. Había ocurrido más temprano en la madrugada, a lo largo de la avenida de las mimosas, y con los pequeños pájaros gritando alarmados. Bajo los arbustos, dos serpientes, con sus os­curos anillos pardos, visibles a todo lo largo de sus cuerpos, se deslizaban enroscándose una alrededor de la otra, y cuando pasaron junto a uno, fueron por comple­to inconscientes de la presencia humana. Habían estado sobre una repisa en el cobertizo, extendidas, con sus negros ojos brillantes aguardando y vigilando a los rato­nes. Miraban fijamente y sin parpadear, ya que carecen de párpados. Deben haber permanecido allí durante toda la noche, y ahora se encontraban entre los arbus­tos. Era su terreno habitual y se les veía frecuentemente; al levantar a una de ellas, ésta se enroscó alrededor del brazo y uno sintió la frialdad del contacto. Todas estas cosas vivientes parecen tener su propio orden, su propia disciplina y sus propios juegos y regocijos.

El materialismo, para el que nada existe sino la materia, es la actividad tenaz y predominante de los seres humanos, tanto de los ricos como de los que no lo son. Hay todo un bloque del mundo que está entregado al materialismo; la estructura de su sociedad se basa en esta fórmula ‑con todas sus consecuencias. Los otros bloques también son materialistas, pero aceptan cierta clase de principios idealistas cuando les convienen, y los descartan en el nombre de la racionalidad y la necesi­dad. Al cambiar el medio, violentamente o de manera gradual, por la revolución o por la evolución, la conduc­ta del hombre se modifica conforme a la cultura en que vive. Existe un antiquísimo conflicto entre aquellos que creen que el hombre es materia, y los que se dedican al espíritu. Esta división es la que tanta desdicha, confu­sión e ilusiones ha traído al hombre.

El pensamiento es material y su actividad, externa o interna, es materialista. El pensamiento es mensurable como lo es el tiempo. Dentro de esta área, la conciencia es materia. La conciencia es su contenido; el contenido es la conciencia, ambos son inseparables. El contenido son las muchas cosas que el pensamiento ha acumulado: el pasado modificando el presente que es el futuro, todo lo cual es tiempo. El tiempo es el movimiento dentro del campo que constituye la conciencia en expansión o en Contracción. El pensamiento es memoria, experiencia y conocimiento, y esta memoria con sus imágenes y sus sombras, es el ‘sí mismo’, el ‘yo’ y el ‘no yo’, el ‘noso­tros’ y el ‘ellos’. La esencia de la división es el ‘sí mismo’ con todos sus atributos y cualidades. El materialismo sólo refuerza y desarrolla al ‘sí mismo’, el ‘yo’. Este puede identificarse, y de hecho se identifica, con el Esta­do, con una ideología, con actividades del ‘no yo’ reli­gioso o seglar, pero siempre permanece siendo el yo. Sus creencias son autofabricadas, como lo son sus placeres y temores. El pensamiento, por su misma estructura y na­turaleza, es fragmentario, y entre los diversos fragmen­tos están el conflicto y la guerra, las nacionalidades, las razas y las ideologías. Una humanidad materialista se destruirá a sí misma a menos que el ‘yo’ sea totalmente abandonado. El abandono del ‘yo’ es siempre de impor­tancia fundamental. Y es sólo a partir de esta revolución que puede crearse una sociedad nueva.

El abandono del ‘yo’ es amor, compasión: pasión por todas las cosas ‑por los que mueren de hambre, por los que sufren, por los que carecen de hogar y por el ma­terialista y el creyente. El amor no es sentimentalismo o romanticismo; es tan poderoso y terminante como la muerte.

Poco a poco la niebla que venía del mar llegó, como en olas enormes, a los cerros occidentales; se plegaba sobre los cerros, penetraba hacia abajo en el valle y pronto llegaría hasta aquí; el tiempo refrescaría con la ya cercana oscuridad de la noche. No se veían estrellas y había un silencio completo. Este silencio es factual, no es el silencio que el pensamiento ha cultivado y en el cual no hay espacio.

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Malibú[6] - Abril 1°, 1975

Aun tan temprano en la mañana, el sol ardía y quemaba. No corría una brisa y todas las hojas permanecían inmóviles. En el antiguo templo hacía fresco y el ambiente era agradable; los pies desnudos percibían las sólidas placas de piedra, sus configuraciones y asperezas. Muchos miles de personas deben haber caminado sobre ellas por un millar de años. Había oscuridad ahí luego de la luz intensa del sol; en los corredores parecía haber poca gente esa mañana, y el estrecho pasadizo estaba más oscuro todavía. Este pasadizo conducía a un amplio corredor que llevaba hasta un santuario interior. Se sen­tía un fuerte aroma a flores y a incienso de muchos siglos.

Un centenar de Brahmines, recientemente bañados, vestidos con limpios taparrabos blancos, estaban cantan­do. El sánscrito es un idioma poderoso, resuena con pro­fundidad. Los viejos muros vibraban, casi estremecién­dose con el sonido de las cien voces. La dignidad del sonido era increíble, y lo sagrado del momento estaba más allá de las palabras. No eran las palabras las que des­pertaban esta inmensidad, sino la profundidad del soni­do de muchos miles de años contenido entre estos muros, y el espacio inmensurable que había más allá de ellos. No era el significado de aquellas palabras, ni la claridad con que las pronunciaban, ni la sombría belleza del templo, sino la cualidad del sonido la que rompía los muros y las limitaciones de la mente humana. El canto de un pájaro, la flauta distante, la brisa entre las hojas, todas estas cosas derrumban los muros que los seres hu­manos han creado para sí mismos.

En las grandes catedrales y bellas mezquitas, los cánti­cos y las recitaciones de sus libros sagrados, es el sonido el que abre el corazón a las lágrimas y a la belleza. Sin espacio no hay belleza; sin espacio sólo tenemos muros y medidas; sin espacio no hay profundidad; sin espacio solamente hay pobreza interna y externa. ¡Tenemos tan poco espacio en nuestra mente! Esta se encuentra atesta­da, repleta de palabras, recuerdos, conocimientos, experiencias y problemas. Todo ello difícilmente deja espacio alguno, tan sólo el interminable parloteo del pensamiento. Y así es como nuestros museos están llenos y todos los estantes se hallan abarrotados de libros. Entonces llenamos los lugares de entretenimien­to, religioso o de cualquier otra clase. O erigimos un muro alrededor de nosotros mismos ‑un estrecho espa­cio de daño y dolor. Sin espacio, interno o externo, nos volvemos desagradables y violentos.

Todo necesita espacio para vivir, para jugar y cantar. Lo sagrado no puede amar sin espacio. No tenemos espacio cuando nos aferramos a las cosas, cuando hay pe­sadumbre, cuando nos convertimos en el centro del universo. El espacio que ocupamos es el espacio que el pensamiento ha edificado alrededor de nosotros, y eso es desdicha y confusión. El espacio que el pensamiento mide es la división entre el ‘yo’ y el ‘tú’, entre ‘nosotros’ y ‘ellos’. Esta división es dolor que no tiene fin. Ahí está ese árbol solitario en un amplio, verde campo abierto.

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Malibú - Abril 2, 1975

No era una tierra de árboles, praderas, ríos, flores y ale­gría. Era arenosa, quemada por el sol, con cerros estériles, sin un solo árbol ni arbusto; una tierra de desola­ción, chamuscada interminablemente por millas y millas ni un pájaro se veía, ni siquiera había petróleo con sus torres y llamas de petróleo ardiendo. La conciencia no podía contener tanta desolación, y cada cerro era un es­pectro de aridez. Por muchas horas volamos sobre esta inmensa vacuidad, y al fin aparecieron cumbres nevadas bosques y ríos, aldeas y ciudades desparramadas.

Podemos tener una gran cantidad de conocimientos y ser sumamente pobres. Cuanto más pobres somos mayor es nuestra exigencia de conocimientos. Uno ex­pande su conciencia con grandes variedades de conoci­mientos, acumulando experiencias y recuerdos y, no obstante, puede seguir siendo sumamente pobre. Es po­sible que el hábil uso del conocimiento le traiga a uno riquezas y le otorgue distinción social y poder, pero con­tinuará siendo pobre. Esta pobreza engendra insensibili­dad; uno se entretiene mientras la casa se está queman­do. Esta pobreza fortalece meramente al intelecto o confiere a las emociones la fragilidad del sentimiento. Es esta pobreza la que origina desequilibrio, tanto externo como interno. No existe el conocimiento de lo interno solo el de lo externo. El conocimiento de lo externo nos informa erróneamente que debe haber conocimiento de lo interno. El conocimiento que adquirimos acerca de nosotros mismos, es corto y poco profundo; la mente está muy pronto al otro lado, como si cruzara un río. Hacemos muchísimo ruido mientras cruzamos el río, y confundir el ruido con el conocimiento de sí mismo, es expandir la pobreza. Esta expansión de la conciencia es la actividad de la pobreza. Las religiones, las culturas, los conocimientos no pueden en modo alguno enriquecer esta pobreza.

El arte de la inteligencia consiste en poner al conoci­miento en su lugar apropiado. Sin los conocimientos es imposible vivir en esta civilización tecnológica y casi me­cánica, pero estos conocimientos de por si no han de transformar al ser humano y a la sociedad. El conoci­miento no es la excelencia de la acción inteligente; la in­teligencia puede y debe usar el conocimiento, y de esta manera transforma al hombre y a su sociedad. La inteli­gencia no es el mero cultivo del intelecto y de su integri­dad. Ella se revela con la comprensión de la conciencia humana total, con la comprensión total de uno mismo y no de una parte, de un segmento separado de uno mismo. El estudio y la comprensión del movimiento de nuestra propia mente y corazón, da nacimiento a esta in­teligencia. Uno es el contenido de su conciencia; al co­nocerse uno a sí mismo conocerá el universo. Este cono­cimiento está más allá de la palabra, porque la palabra no es la cosa. La libertad con respecto a lo conocido, en cada minuto es la naturaleza esencial de la inteligencia. Es esta inteligencia la que opera en el universo si la deja­mos tranquila. Estamos destruyendo esta condición sa­grada del orden, debido a la ignorancia que padecemos acerca de nosotros mismos. Esta ignorancia no se disipa por los estudios que otros han hecho de nosotros o de sí mismos. Es uno el que debe estudiar el contenido de su propia conciencia. Los estudios que otros han reali­zado sobre sí mismos y, por tanto, sobre nosotros, son las descripciones pero no lo descrito. La palabra no es la cosa. Unicamente en la relación puede uno conocerse, no en la abstracción y, por cierto, no en el aislamiento. In­cluso en un monasterio está uno relacionado con la so­ciedad que ha construido el monasterio como un escaso que ha cerrado las puertas a la libertad. El movimiento de la conducta es la guía segura que tenemos, es el espe­jo de la propia conciencia. Este espejo revelará su conte­nido, las imagines, los apegos, los temores, la soledad, la alegría y el dolor. La pobreza radica en escapar de esto ya sea en sus sublimaciones o en sus identificaciones. Negar, sin resistencia alguna, este contenido, es la belleza y compasaron de la inteligencia.

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Malibú - Abril 3, 1975

¡Qué extraordinariamente bella es la gran curva de un vasto río! Uno debe verla desde cierta altura, ni demasia­do lejos ni demasiado cerca, cuando el río serpentea perezosamente entre los campos verdes. Este es un río ancho, rebosante de aguas azules y transparentes. No sobrevolábamos a una gran altitud y podíamos divisar muy bien, en medio del río, la fuerte corriente con sus delgadas ondas; siguiéndolo pasamos aldeas y ciudades hacia el mar. Cada curva tenía su propia belleza, su propia fuerza y movimiento. Y muy lejos en la distancia estaban las grandes cumbres cubiertas de nieve, rosadas a la luz temprana del amanecer; abarcaban todo el hori­zonte oriental. El ancho río y aquellas grandes montañas parecían, a esa hora, contener la eternidad ‑este arrolla­dor sentimiento de espacio intemporal. Aunque el avión volaba hacia el sudeste, en ese espacio no había direc­ción ni movimiento, únicamente ‘lo que es’. Por toda una hora no hubo nada más, ni siquiera el ruido de los motores a reacción. Sólo cuando el capitán anunció que pronto aterrizaríamos, esa hora plena llegó a su fin. No hubo recuerdos de esa hora, ningún registro de su conte­nido y, por tanto, el pensamiento no se había aferrado a ella. Cuando terminó, no había residuo, la pizarra estaba nuevamente limpia. En consecuencia, el pensamiento no tenía modo de cultivar esa hora, y así estuvo listo para dejar el avión.

Aquello acerca de lo que el pensamiento piensa, es convertido en una realidad, pero no es la verdad. La be­lleza jamás puede ser la expresión del pensamiento. Un pájaro no está hecho por el pensamiento y, por eso, es bello. El amor no es moldeado por el pensamiento, y cuando lo es, se convierte en algo por completo diferen­te. El cultivo del intelecto y su integridad es una reali­dad fabricada por el pensamiento. Pero eso no es compa­sión. El pensamiento no puede fabricar la compasión; puede hacer de ella una realidad, una necesidad, pero eso no será la compasión. El pensamiento, por su propia naturaleza es fragmentario, y por eso vive en un mundo fragmentado de divisiones y conflictos. En consecuen­cia, el conocimiento es fragmentario y, por más que se lo acumule, capa sobre capa, seguirá estando siempre fragmentado, dividido. El pensamiento puede producir una cosa a la que llama ‘integración’, y eso también será un fragmento.

La misma palabra ‘ciencia’ significa conocimiento, y el hombre espera transformarse, gracias a la ciencia, en un ser humano cuerdo y feliz. Y por eso el hombre per­sigue ávidamente el conocimiento de todas las cosas de la tierra, y de sí mismo. El conocimiento no es compa­sión, y sin compasión el conocimiento engendra daño e inenarrable caos y miseria. El conocimiento no puede hacer que el hombre ame; puede crear las guerras y los instrumentos de la destrucción, pero no puede traer amor al corazón ni paz a la mente. Percibir todo esto es actuar, no con una acción basada en la memoria o en pautas establecidas. El amor no es memoria, no es una reminiscencia de placeres.

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Malibú - Abril 4, 1975

Quiso la ocasión que uno viviera por algunos meses en una pequeña casa ruinosa, en lo alto de las montañas y muy lejos de otras casas. Había muchísimos árboles y, al llegar la primavera, el aire se impregnaba de perfume. La soledad era de las montañas y la belleza de la tierra roja. Los altísimos picos estaban cubiertos de nieve y algunos de los árboles se hallaban florecidos. Uno vivía solo en medio de este esplendor. El bosque estaba cerca, con sus ciervos, algún oso ocasional y esos grandes monos de caras negras y largas colas; y, por supuesto, también había serpientes. En la profunda soledad, y de un modo extraño, uno estaba relacionado con todos ellos, y no podía dañar cosa alguna, ni aun esa blanca margarita en el sendero. En esa relación, el espacio entre uno mismo y ellos no existía; no era algo inventado, no era una con­vicción intelectual o emocional la que producía esto; era simplemente así.

Un grupo de grandes monos vendría a visitarnos, espe­cialmente en los atardeceres; unos pocos permanecían en tierra, pero en su gran mayoría se sentaban tranquila­mente en los árboles y vigilaban. Sorprendentemente, se mantenían silenciosos; en ocasiones, se rascaban una o dos veces y nos quedábamos así, contemplándonos mutuamente. Acudirían ahora en cada atardecer, sin acer­carse demasiado y sin alejarse tampoco muy alto entre los árboles, y así podíamos estar en silencio, observán­donos. Habíamos llegado a ser bastante buenos amigos, pero ellos no deseaban invadir nuestra soledad. Cierta tarde, paseando por el bosque, uno dio de pronto con ellos en un espacio abierto. Debían ser más de treinta jóvenes y viejos, sentados entre los árboles alrededor del espacio abierto, absolutamente quietos y silenciosos. Uno podía haberlos tocado; no había temor en ellos y, sentados en el suelo, nos estuvimos observando atenta­mente hasta que el sol se ocultó detrás de las cumbres.

Si uno pierde contacto con la naturaleza, pierde con­tacto con la humanidad. Si no hay relación con la naturaleza, nos convertimos en asesinos; entonces mata­mos a los cachorros de foca, a las ballenas, a los delfines y al hombre ‑sea por provecho, por deporte, por comi­da o en aras del conocimiento. Entonces la naturaleza se asusta de nosotros y repliega su belleza. Podremos hacer largas caminatas por los bosques o los campos en lugares encantadores, pero si somos unos asesinos habremos per­dido la amistad de la naturaleza. Y es probable que tam­poco estemos relacionados con nada, ni con nuestra propia esposa o marido; nos hallamos demasiado ocupa­dos ‑ganando o perdiendo‑ con nuestros propios pen­samientos privados, con nuestros placeres y pesares. Vi­vimos en nuestro oscuro aislamiento particular, y el escape de ello es más oscuridad. El interés está puesto en una corta, insensata supervivencia, plácida o violenta. Y miles mueren de hambre o son sangrientamente asesina­dos a causa de nuestra irresponsabilidad. Dejamos el arreglo del mundo a los corruptos y mentirosos políti­cos, a los intelectuales, a los expertos. Debido a que carecemos de integridad, construimos una sociedad que es inmoral, deshonesta, una sociedad que se basa en el más absoluto egoísmo. Y entonces escapamos de todo esto, siendo como somos los únicos responsables; esca­pamos a las playas, a los bosques o empuñamos una es­copeta par ‘deporte’.

Podemos conocer todo esto, pero el conocimiento no produce transformación alguna en nosotros. Cuando tengamos este sentimiento de lo total, estaremos relacio­nados con el universo.

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Malibú - Abril 6, 1975

No es ese extraordinario azul del Mediterráneo; el Pacífi­co tiene un azul etéreo, especialmente cuando sopla una suave brisa desde el oeste mientras uno maneja el auto hacia el norte por la carretera de la costa. ¡Es un azul tan tierno, tan deslumbrante, puro y pleno de júbilo! En ocasiones, uno puede ver ballenas resoplando en su ca­mino hacia el norte, y raramente se divisan sus cabezas cuando salen fuera del agua. Había todo un grupo de ellas resoplando; deben ser animales muy poderosos. Ese día el mar era un lago silencioso y completamente inmó­vil, sin una sola ola; no tenía ese claro azul danzante. El mar estaba dormido y uno lo contemplaba con asombro. La casa tenía vista al mar[7]. Es una hermosa casa, con un tranquilo jardín, césped verde y flores. Es espaciosa y se halla iluminada por el sol de California. También las liebres gustaban de ella; venían temprano en la madruga­da y al anochecer para comerse las flores: pensamientos recién plantados, caléndulas y pequeñas plantitas en floración. Uno no podía mantenerlas afuera pese a que rodeando todo el jardín había una cerca de alambre; y matarlas hubiera sido un crimen. Pero un gato y una le­chuza bodeguera pusieron orden en el jardín; el gato negro deambulaba por el jardín y la lechuza se posaba durante el día entre los corpulentos eucaliptos; uno podía verla, inmóvil, con los ojos cerrados, grande y redonda. Los conejos desaparecieron y el jardín floreció, y el Pacífico azul fluía suavemente.

Sólo el hombre trae desorden al universo. Es cruel y ex­tremadamente violento. Dondequiera que se encuentre produce desdicha y confusión en él mismo y en el mundo que lo rodea. Lo devasta y destruye todo, no conoce la compasión. Carece de orden internamente y, por eso, lo que toca se vuelve corrupto y caótico. Su política ha llegado a ser un refinado gangsterismo de poder, fraude personal o nacional, lucha de un grupo contra otro grupo. Su economía es restringida y, por tanto, no es universal. Su sociedad es inmoral, tanto bajo un régimen libre como tiránico. No es religioso, aunque crea, practi­que cultos y pase por interminables rituales sin sentido. ¿Por qué se ha vuelto así ‑cruel, irresponsable y tan por completo egoísta? ¿Por qué? Existen un centenar de ex­plicaciones, y los que lo explican ingeniosamente con palabras que brotan del conocimiento de muchos libros y experimentan sobre animales, están ellos mismos atrapados en la red de la ambición, la arrogancia, la agonía y el dolor humanos. La descripción no es lo descrito, la palabra no es la cosa. ¿Ocurre ello porque el hombre busca las causas externas, el medio que lo condiciona, esperando que el cambio exterior transforme al hombre interno? ¿Es porque se halla tan apegado a sus sentidos, dominado por sus requerimientos inmediatos? ¿Es porque vive tan enteramente en el movimiento del pensar y del conocer? ¿O ello ocurre porque siendo tan romántico, sentimental, se vuelve cruel en sus ideales, en sus engaños y pretensiones? ¿O porque siempre es con­ducido como seguidor o se vuelve un líder, un gurú?

Esta división como lo externo y lo interno, es el co­mienzo del conflicto y la desdicha; el hombre se encuen­tra preso en esta contradicción, en esta tradición sempi­terna. Atrapado en esta división insensata, está perdido y se vuelve un esclavo de otros. Lo externo y lo interno son imaginación e invención del pensamiento; como el pensamiento es fragmentario, contribuye al desorden y al conflicto ‑lo que implica división. El pensamiento no puede generar orden, un fluir sin esfuerzo de la virtud. La virtud no es la continua repetición de la memoria, de la práctica. El conocimiento‑pensamiento está atado al tiempo. Por su misma naturaleza y estructura, el pensa­miento no puede captar el fluir íntegro de la vida como un movimiento total. El conocimiento‑pensamiento no puede percibir inteligentemente esta totalidad; no puede darse cuenta de esto, percibirlo sin opción alguna, mientras siga siendo el percibidor, el observador externo que mira hacia lo interno. El conocimiento del pensar no tiene cabida en la percepción. El pensador es el pen­samiento; el percibidor es lo percibido. Sólo entonces hay un suave fluir, un movimiento sin esfuerzo alguno en nuestra vida cotidiana.

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Ojai[8] - Abril 8, 1975

En esta parte del mundo no llueve mucho, unas quince o veinte pulgadas anuales, y estas lluvias son muy bien acogidas porque ya no vuelve a llover por el resto del año. Por entonces hay nieve en las montañas que duran­te el verano se encuentran desnudas, quemadas por el sol, y son pedregosas y amenazantes; solamente en la primavera se vuelven suaves y acogedoras.

Solía haber aquí osos, venados, linces, codornices y cualquier cantidad de serpientes de cascabel. Pero actualmente están desapareciendo; el temido hombre lo está invadiendo todo. Ahora había llovido por algún tiempo; el valle estaba verde y los naranjos rebosaban de flores y frutos. Es un valle encantador, apartado del pueblo, y en él podía escucharse a la paloma torcaza. El aire se iba llenando lentamente con el perfume de los azahares, y pronto, con el sol caliente y los días sin viento, ese aroma sería el que dominara. El valle se en­cuentra completamente rodeado por colinas y monta­ñas; más allá de las colinas está el mar, y tras de las montañas, el desierto. En el verano haría un calor inso­portable, pero siempre hay belleza aquí, lejos de la enlo­quecedora muchedumbre y sus ciudades. Y en las noches, el silencio es extraordinario, intenso y penetran­te. (La meditación cultivada es un sacrilegio contra la belleza). Cada hoja, cada rama proclaman el júbilo de la belleza; el alto ciprés oscuro permanece en silencio con ella, y con ella florece el nudoso y viejo pimentero.

Uno no puede, no debe invitar a la felicidad; si lo hace, ello se convierte en placer. El placer es el movi­miento del pensar, y el pensamiento no puede en modo alguno cultivar la felicidad; si persigue aquello que ha significado felicidad, entonces lo que persigue es sola­mente un recuerdo, una cosa muerta. La belleza jamás se halla atada al tiempo; está totalmente libre del tiempo y, por ende, de la cultura. Ahí es donde el ‘sí mismo’, el ‘yo’ está ausente. El yo es creado por el tiempo, por el movimiento del pensar, por lo conocido, por la palabra. En la ausencia del yo, en esa atención total está presen­te aquella esencia de la belleza. Desprenderse del yo no implica una acción calculada del deseo‑voluntad. La vo­luntad tiene una dirección y, por tanto, resiste, divide y, como consecuencia de ello, engendra conflicto. La diso­lución del yo no es la evolución del conocimiento acerca del yo; el tiempo, como factor, no interviene en ello para nada. No hay sistema ni medio alguno para termi­nar con el yo. La total no‑acción ‑acción negativa‑ in­terna, es la acción positiva de la belleza.

Hemos cultivado una vasta red de actividades correla­cionadas en la que nos hallamos atrapados; y nuestra mente, al estar condicionada por ello, opera en lo inter­no de la misma manera. La realización se vuelve enton­ces la cosa más importante, y la furia de ese impulso es aún el esqueleto del yo. Por eso es que seguimos a nuestro gurú, a nuestro salvador, a nuestras creencias e ideales; la fe toma el lugar del discernimiento, de la per­cepción lúcida y directa. Cuando el yo está ausente, no hay necesidad alguna de plegarias, de rituales. Llenamos los espacios vacíos del esqueleto con los conocimientos, las imágenes, las actividades sin sentido, y de ese modo mantenemos al esqueleto aparentemente vivo.

En la silenciosa quietud de la mente llega aquello que es la eterna belleza, llega sin ser invitado, sin ser busca­do, sin el ruido del reconocimiento.

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Ojai - Abril 10, 1975

En el silencio de la noche profunda y en la quieta y apa­cible mañana, cuando el sol está tocando las colinas, hay un gran misterio. Está ahí, en todas las cosas vivientes. Si uno se sienta tranquilo bajo un árbol, percibirá la an­tigua tierra con su misterio incomprensible. En una noche silenciosa, cuando las estrellas lucen claras y cer­canas, uno puede advertir el espacio en expansión y el misterioso orden de todas las cosas, lo inmensurable y la nada, el movimiento de las oscuras colinas y el ulular de un búho. En ese silencio absoluto de la mente, este mis­terio se expande sin tiempo ni espacio. Hay misterio en aquellos antiguos templos construidos con cuidado infi­nito, con una atención que es amor. Las pequeñas mez­quitas y las grandes catedrales pierden este misterio intangible porque hay fanatismo, dogma y pompas mar­ciales. El mito que está oculto en las profundas capas de la mente no es misterioso; es romántico, tradicional y condicionado. En los rincones secretos de la mente, la verdad ha sido desalojada por los símbolos, las palabras y las imágenes; en todas estas cosas no hay misterio al­guno, son las agitaciones del pensamiento. En el conoci­miento y su actividad, hay admiración, aprecio y gozo. Pero el misterio es absolutamente otra cosa. No es una experiencia que pueda reconocerse, guardarse y recor­darse. La experiencia es la muerte de ese misterio inco­municable; para comunicarnos necesitamos una palabra, un gesto, una mirada, pero para estar en comunicación con aquello, la mente, la totalidad del propio ser debe hallarse al mismo nivel, al mismo tiempo y a la misma intensidad que aquello que llamamos misterioso. Esto es amor. Con esto se abre el misterio total del universo.

Esta mañana no había una nube en el cielo, el sol es­taba en el valle y todas las cosas se regocijaban, excepto el hombre. Él miraba esta tierra maravillosa y continua­ba con su trabajo, sus penas y sus pasajeros placeres. No tenía tiempo para ver; se hallaba demasiado ocupado con sus problemas, sus agonías, su violencia. El no ve ese árbol y, por ende, no puede ver su propio tormento. Cuando se ve obligado a mirar, hace pedazos lo que ve y llama a eso análisis; escapa de ello o directamente no quiere ver. En el arte de ver radica el milagro de la trans­formación, la transformación de ‘lo que es’. Lo que ‘de­bería ser’ jamás existe. El inmenso misterio está en el acto de ver. Esto requiere interés, atención, que es amor.

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Ojai - Abril 14, 1975

Una serpiente muy grande estaba cruzando el camino de las carretas justo delante de uno; era corpulenta, pesada y se movía perezosamente. Venía de un charco grande que se encontraba un poco más lejos. Era casi negra y la luz del sol crepuscular, al caer sobre ella, daba a su piel un intenso brillo. Avanzaba pausadamente con una señorial dignidad de poder. No advirtió la presencia de uno, que la observaba quietamente y desde muy cerca debía medir bastante más de cinco pies y estaba hincha­da con lo que había comido. Subió a un montículo de tierra y uno caminó hacia ella hasta quedar a unas cinco pulgadas de distancia; su negra lengua bifurcada se lanza­ba hacia adentro y afuera; estaba moviéndose en direc­ción a un gran agujero. Uno podría haberla tocado porque tenía una belleza extraña que atraía. Pasaba un aldeano y nos gritó que la dejáramos tranquila porque se trataba de una cobra. Al día siguiente, los lugareños habían puesto sobre el montículo un plato con leche y algunas flores de hibisco. Más lejos, en esa misma carre­tera, había un arbusto alto y casi deshojado, que tenía espinas de unas dos pulgadas de largo, agudas, grisáceas; ningún animal hubiera osado tocar sus suculentas hojas. Así se protegía y, ¡pobre de cualquiera que lo tocara! Había venados en esos bosques; eran tímidos pero muy curiosos; permitían que la gente se aproximara, pero no demasiado cerca, y si uno lo hacia corrían velozmente alejándose hasta desaparecer entre la maleza. Había un venado que, con los ojos muy abiertos y las grandes ore­jas hacia adelante, dejaba que uno llegara bastante cerca de él si no había nadie más al lado. Todos ellos tenían manchas blancas sobre una piel de color castaño‑berme­jo. Eran tímidos, mansos y estaban siempre alertas; re­sultaba agradable encontrarse entre ellos. Había uno completamente blanco, que debe haber sido una verda­dera rareza.

El bien no es el opuesto del mal; jamás ha sido alcan­zado por el mal aunque se encuentre rodeado por él. El mal no puede dañar al bien, pero el bien puede parecer que causa perjuicio, y entonces el mal se vuelve más ar­tero, más dañino. La maldad puede ser cultivada, agudi­zada, puede volverse expansivamente violenta; nace dentro del movimiento del tiempo, es alimentada y há­bilmente utilizada. Pero la bondad no es del tiempo; de ningún modo puede ser cultivada ni alimentada por el pensamiento; su acción no es visible; no tiene causa y, por tanto, no tiene efecto. El mal no puede convertirse en bien, porque el bien no es el producto del pensamien­to; está más allá del pensamiento, como la belleza. La cosa que el pensamiento produce, el pensamiento puede deshacerla, pero eso no es el bien; como el bien no per­tenece al tiempo, en él no tiene cabida la duración. Donde está el bien, hay orden, no el orden de la autori­dad, del castigo y la recompensa. Este orden es esencial, porque de otro modo la sociedad se destruye a sí misma y el hombre se vuelve maligno, sanguinario, corrupto y degenerado. Porque el hombre es la sociedad; son inse­parables. La ley del bien es eterna, inmutable e intem­poral. La estabilidad es su naturaleza, y por eso el bien es absolutamente seguro. No existe otra seguridad.

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Ojai - Abril 17, 1975

El espacio es orden. El espacio es tiempo, longitud, anchura y volumen. Esta mañana el mar y los cielos son inmensos; el horizonte, donde aquellas colinas cubiertas de flores amarillas se encuentran con el mar distante, es el orden cósmico de la tierra y el cielo. Ese ciprés alto, oscuro, solo, posee el orden de la belleza, y la casa en la distancia, sobre aquel cerro boscoso, sigue el movimiento de las montañas que se elevan por sobre las colinas que yacen debajo; el campo verde con una vaca solitaria está más allá del tiempo. Y el hombre que sube por la colina está retenido dentro del estrecho espacio de sus problemas.

Existe un espacio de la nada, cuyo volumen no está limitado por el tiempo, por la medida del pensa­miento. La mente no puede penetrar en este espacio; ella sólo puede observar. En esta observación no hay un experimentador. Este observador no tiene historia, ni asociaciones, ni mitos; por lo tanto, el observador es ‘lo que es’. El conocimiento es extensivo, pero carece de espacio, porque su mismo peso y volumen pervierte y sofoca ese espacio. No existe el conoci­miento del ‘yo’ ‑más alto o más bajo; sólo existe una estructura verbal del yo, un esqueleto cubierto completamente por el pensamiento. El pensamiento no puede penetrar en su propia estructura; tampoco puede negar lo que él mismo ha producido, y cuando lo niega es porque busca un beneficio ulterior. Cuando el tiempo del yo está ausente, existe ese espacio que no tiene medida.

Esta medida es el movimiento de recompensa y casti­go, ganancia o pérdida, la actividad de la comparación y la conformidad, de la respetabilidad y su rechazo. Este movimiento es tiempo, es el futuro con su esperanza y el apego que es el pasado. Esta red completa es la estruc­tura misma del yo, y su unión con el ser supremo o el principio fundamental, sigue estando dentro de su propio campo. Todo esto es la actividad del pensamien­to. El pensamiento, haga lo que haga, no puede de ningún modo penetrar en ese espacio donde el tiempo no existe. El método mismo, el plan de estudio, la prác­tica que el pensamiento ha inventado, no son las llaves que habrán de abrir la puerta, puesto que no hay puerta ni hay llave. El pensamiento sólo puede darse cuenta de su propia inacabable actividad, de su propia capacidad de corromper, de sus propios engaños e ilusiones. Él es el observador y lo observado. Sus dioses son sus propias proyecciones y, cuando los adora, se está adorando a sí mismo. Lo que está más allá del pensamiento, más allá de lo conocido, no puede ser imaginado ni puede hacer­se de ello un mito o un secreto para pocos. Está ahí para que uno lo vea.

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Malibú[9] - Abril 23, 1975

El ancho río estaba tranquilo todavía, como un estan­que de molino. No se veía una onda, y la brisa matinal no había despertado aún porque era muy temprano. Las estrellas se reflejaban en el agua, claras y centelleantes, y el lucero de la mañana era la más brillante de todas. Los árboles al otro lado del río estaban oscuros y la aldea que se encontraba entre ellos aún dormía. No se agitaba una sola hoja, y esas lechuzas blancas estaban parlotean­do en el viejo tamarindo; ésta era su casa, y cuando el sol diera sobre esas ramas, en él se calentarían. Los rui­dosos papagayos verdes también estaban quietos. Todas las cosas, incluso los insectos y las cigarras, se hallaban en suspenso y adoración, a la espera del sol. El río per­manecía inmóvil, y los habituales botes pequeños con sus oscuras lámparas, estaban ausentes. Poco a poco, sobre los sombríos y misteriosos árboles, asomó la pri­mera luz del amanecer. Todas las cosas vivientes perma­necían inmóviles en el misterio de ese momento de meditación. La propia mente de uno era intemporal, in­mensurable; no había patrón con que medir la duración de esos instantes. Hubo tan sólo un ligero movimiento y despertaron los papagayos y las lechuzas, los cuervos y el maina, los perros y una voz que se escuchó al otro lado del río. Y súbitamente, el sol estuvo casi encima de los árboles, dorado y oculto por las hojas. Ahora el gran río ya estaba despierto y moviéndose; fluían el tiempo, la longitud, la anchara y el volumen; y comenzó toda la vida, que jamás termina.

¡Qué bella era esa mañana, la pureza de la luz y la senda de oro que el sol trazaba sobre esas aguas vivien­tes! Uno era el mundo, el cosmos, la imperecedera belle­za y el júbilo de la compasión. Sólo que ‘uno’ no estaba ahí; si estuviera, nada de esto hubiera sido. ‘Uno’ es el que introduce el principio y el fin, para comenzar otra vez en una cadena interminable.

En el devenir, en el llegar a ser, hay incertidumbre e inestabilidad. En la nada hay estabilidad absoluta y, por lo tanto, hay claridad. Lo que es totalmente estable no muere jamás; la corrupción está en el devenir. El mundo es propenso al devenir, a la realización, al beneficio, y así es como hay temor a la pérdida y miedo a la muerte. La mente debe pasar por esa pequeña abertura que ella misma ha fabricado Él ‘yo’ ‑para dar con esta inmensa nada cuya estabilidad no puede medir el pensamiento. El pensamiento desea capturarla, utilizarla, cultivarla y ponerla a la venta. Para poder rendirle culto, tiene que hacerla aceptable y, por tanto, respetable. El pensamien­to no puede ponerla en categoría alguna; por consiguien­te, ello debe ser forzosamente una ilusión y una trampa; o debe convertirse en algo para pocos, para los selectos. Y así el pensamiento se dedica a sus propios hábitos da­ñinos, amedrentado, cruel, insustancial y nunca estable, aunque su presunción asevere que hay estabilidad en sus acciones, en su exploración, en el conocimiento que ha acumulado. El sueño se vuelve una realidad que él mismo ha nutrido. Lo que el pensamiento ha hecho real, no es la verdad. La nada no es una realidad, pero es la verdad.

La pequeña abertura, el yo, es la realidad del pensa­miento, ese esqueleto sobre el cual ha construido toda su existencia ‑la realidad de su fragmentación, la angus­tia, el sufrimiento y su amor. La realidad de sus dioses o de su dios único es la meticulosa estructura del pensa­miento, su plegaria, sus rituales, su adoración románti­ca. En la realidad no hay estabilidad ni claridad pura. El conocimiento del yo es tiempo, longitud, anchura y volumen; puede acumularse, usarse como una escala para llegar a ser alguien, para mejorar, para lograr. Este conocimiento, en modo alguno liberará a la mente de la carga de su propia realidad. Uno mismo es la carga; la verdad de ello radica en el verlo, y esa libertad no es la realidad del pensamiento. El ver es el hacer. El hacer surge de la estabilidad, de la claridad, de la nada.

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Malibú - Abril 24, 1975

Toda cosa viviente tiene su propia sensibilidad, su propio modo de vida, su propia conciencia, pero el hombre presume que la suya es muy superior y, debido a la presunción, pierde su amor, su dignidad, y se vuelve insensible, duro y destructivo.

En el valle de los naranjos, con sus frutos y flores pri­maverales, la mañana era hermosa y transparente. Hacia el norte, las montañas aparecían rociadas de nieve, des­nudas, inclementes y distantes, pero contra el delicado cielo azul del amanecer se hallaban muy cerca, uno podía casi tocarlas. Tenían ese sentimiento inmenso de los siglos y de la majestad indestructible, y esa belleza que acompaña a la magnificencia intemporal. Era una mañana muy apacible; el aire estaba lleno con el perfu­me de los azahares y con el prodigio y belleza de la luz. La luz tiene en esta parte del mundo una cualidad espe­cial, penetrante, vívida que llena los ojos; parece intro­ducirse en la totalidad de la conciencia despejando de sombras todos los rincones oscuros. Había en esa luz un júbilo inmenso, y cada hoja y cada brizna de hierba se regocijaban con ella. Y el grajo azul saltaba de rama en rama y, para variar, no aturdía con sus chillidos. Era una bella mañana de luz, una mañana de gran profundidad.

El tiempo ha engendrado la conciencia con su conte­nido. Esta conciencia es la cultura del tiempo. Su con­tenido compone la conciencia; sin él, la conciencia tal como la conocemos, no existe. Entonces nada hay. No­sotros movemos las pequeñas piezas en esta conciencia, de un área a otra, conforme a las presiones de la razón y a las circunstancias, pero siempre en el mismo campo de la angustia, el dolor y el conocimiento. Este movimiento es tiempo, es el pensamiento y la medida. Es un absurdo jugar a las escondidas con uno mismo, es la sombra y sustancia del pensamiento, es el pasado y futuro del pen­samiento. El pensamiento no puede retener este instan­te, porque este instante no es del tiempo. Este instante es la cesación del tiempo; el tiempo se ha detenido en ese instante, en él no hay movimiento y, por tanto, ese instante no está relacionado con ningún otro instante. No tiene causa y, en consecuencia, no tiene comienzo ni fin. La conciencia no puede contenerlo. En ese instan­te de la nada, todo es.

La meditación consiste en vaciar la conciencia de su contenido.

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Anotaciones

[1] Árboles muy raros, incluso secoyas, crecen en el bosquecillo de Brockwood.

[2] Aquí emplea K las dos formas que en inglés tiene la palabra ‘soledad’, imposibles de traducir textualmente al español. Una, ‘aloneness’, con el significado de una soledad madura, inteligente, propia del ser que ha comprendido la naturaleza del mundo y ha roto psicológicamente con él. La otra, ‘loneliness’, es la soledad del que se aísla del mundo envolviéndose en la ilusión de su propio mundo egocéntrico. La primera es una soledad jubilosa, creativa. La segunda, una soledad amarga, estéril.

[3] Krishnamurti escribe aquí acerca de su propia niñez en Adyar, cerca de Madrás.

[4] Al igual que en otras partes de este libro, Krishnamurti está describiendo su propia infancia.

[5] Krishnamurti estaba ahora en Roma, y permaneció allí hasta el 29 de octubre.

[6] Los siguientes cinco registros en el libro de notas, fueron es­critos 18 meses más tarde en Malibú, California.

[7] Ésta es la casa donde estuvo hospedado en Malibú.

[8] Ahora se había trasladado por diez días al valle de Ojal; y es acerca de este valle que escribe en esta anotación.

[9] Ahora había regresado a la casa en Malibú.

El Diario de Krishnamurti.

El Diario de Krishnamurti. El Krishnamurti's Notebook ha sido una de las obras de mayor éxito que de Krishnamurti se hayan editado en los últimos veinticinco años. Krishnamurti's Journal 1973, 1975. Jiddu Krishnamurti en español.

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