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El Estado Creativo de la Mente.

4ª Conversación en Londres 9 de mayo de 1961

Hemos estado hablando sobre la mente nueva, y estoy seguro de que ella no puede producirse por ninguna forma de voluntad, por ningún deseo o mediante ninguna intención o designio del pensamiento. Pero me parece que, si podemos comprender los diversos factores que impiden que este estado se manifieste, entonces tal vez podamos descubrir por nosotros mismos lo que es la naturaleza de la mente nueva. Quisiera pues discutir con vosotros una cuestión que puede ser algo complicada, mas espero que podamos penetrar en ella plenamente, y si es necesario continuarla la próxima vez.

No sé si alguna vez os habréis preguntado por qué existe esta compulsiva tendencia a comprometerse en cierta clase de pensamiento, a pertenecer a algo, a identificarse con una idea, a comprometerse en cierta clase de acción. Se consagra uno por ejemplo al comunismo, y se identifica por completo con esas ideas, con esas actividades. Puede uno ver por qué hace esto; es porque uno espera finalmente que se realice la utopía, y todo lo demás. Pero eso es sólo una explicación superficial. Creo que hay una razón psicológica mucho más profunda para que cada uno de nosotros quiera pertenecer a algo: a cierta persona, a un grupo, a ciertas ideas e ideales. Y acaso podamos examinar la naturaleza íntima de este impulso. ¿Qué es, exactamente?

Creo, ante todo, que existe el deseo de actuar. Queremos producir alguna clase de reforma, cambiar el mundo de acuerdo con cierto modelo. Hay el sentir que tenemos que hacer algo juntos, que tiene que haber acción cooperativa. Y en ciertos niveles para mejorar los caminos, para lograr mejores instalaciones sanitarias, etc.- es quizá necesario que nos dediquemos a determinada idea. Pero si uno inquiere más hondamente, comienza a descubrir ¿no es verdad?,- que existe este impulso a identificarnos con algo para tener un sentimiento de certeza, de seguridad.

Estoy seguro de que todos conocemos mucha gente que se ha comprometido con un determinado partido político, o a una determinada norma de acción, o con cierto grupo de pensamiento religioso. Y pasado un tiempo comienzan a encontrar que eso no les satisface, por lo que lo dejan y adoptan alguna otra cosa.

Creo que es importante descubrir por qué existe este impulso. ¿Por qué es que nos entregamos a algo o a alguien? Pienso que si investigamos esto podremos abrir la puerta de todo el problema del miedo.

La mente, por cierto, siempre está buscando seguridad, permanencia. Busca permanencia en las relaciones con la esposa, con el marido, con los hijos, en una idea, en el conocimiento y la experiencia. Y cuanto más experiencia tenemos y más conocimientos acumulamos, mayor es la sensación de seguridad. Y, si se me permite decirlo así, una cosa es escuchar las palabras que se están diciendo y otra muy distinta experimentar lo que esas palabras expresan. Me limito a describir la naturaleza de nuestras propias mentes; y si uno no se da cuenta de sus propios pensamientos y actividades, la descripción llega a ser una cosa muy superficial. Pero si, sobrepasando las palabras, empieza uno a comprenderse, a ver cómo uno está de hecho buscando seguridad, y lo que ello implica, entonces eso tendrá extraordinaria importancia. Satisfacerse meramente con palabras y explicaciones, como hace la mayoría de nosotros, me parece del todo fútil. Ningún hombre hambriento se satisface con la palabra ‘alimento’.

¿Podemos pues entrar en toda esta cuestión del miedo pero no en qué deberíamos hacer a su respecto? Podemos volver a esto después, y acaso no sea siquiera necesario. ¿Por Qué surge el temor? ¿Y por qué está la mente buscando siempre seguridad, no sólo materialmente, en lo externo, sino interiormente?

Hablamos sobre ‘lo externo’ y ‘lo interno’; pero, para mí, todo es un solo movimiento, que se expresa tanto interior como exteriormente. Es un movimiento que sale y entra, como una marea. No existe eso de un mundo externo y un mundo interno, y la separación de los dos es producir una división, un conflicto. Mas, para comprender la marea hacia dentro, el movimiento interno, hay que comprender también el movimiento hacia fuera. Y si uno se da cuenta de las cosas exteriormente, y si no hay reacción para las otras en forma de resistencia, de defensa o evasión, entonces se podrá ver que el mismo movimiento va hacia dentro muy honda y profundamente; pero la mente sólo puede seguirlo si no hay división.

Si lo pensamos un poco, podemos ver que la mayor parte de las personas llamadas religiosas separan lo externo de lo interno; la actividad exterior se considera en gran parte superficial, innecesaria y hasta mala, y la interior se considera muy importante. Y así hay conflicto en el que hemos indagado bastante a fondo el otro día. Ahora investigamos la cuestión del temor, no sólo el miedo causado por acontecimientos exteriores, sino también por las internas exigencias y compulsiones, la eterna búsqueda de certeza. Es evidente que toda experiencia es una búsqueda de certeza. Una experiencia de placer nos hace querer más de esa experiencia, y el ‘más’ es esta necesidad de estar seguros en nuestros places. Si amamos a alguien, queremos estar bien seguros de que el amor es correspondido, y tratamos de establecer una relación que nosotros por lo menos esperamos que será permanente. Toda nuestra sociedad se basa sobre esas relaciones. Pero ¿hay algo que sea permanente? ¿Lo hay? ¿Es permanente el amor? Nuestro constante deseo es hacer permanente la sensación ¿no es así? Y lo que no puede hacerse permanente, que es el amor, nos elude. No sé si me estoy expresando claramente. Tomemos la cuestión de la virtud. El cultivo de la virtud, el deseo de ser virtuoso de modo permanente, es en esencia el deseo de estar seguro. Y ¿es jamás permanente la virtud? Por favor, señores, no os limitéis a asentir con la cabeza, sino seguid esto efectivamente en vosotros mismos.

Digamos: uno está enojado, o siente que carece de bondad, de simpatía, de afecto. Al cultivar la calma, la tolerancia, espera uno producir un estado de virtud, siendo entonces la virtud simplemente un artículo de conveniencia, un medio para alguna otra cosa. Y, por cierto, la virtud, la bondad, no es en absoluto cultivable. La bondad, como la humildad, sólo surge cuando hay plena atención, sin tratar de ganar nada con ella. Tomad la cuestión de ser amado o de amar. ¿Es posible para la mente ambiciosa amar o ser amada? El empleado que quiere llegar a gerente, el llamado santo que quiere realizar a Dios, son ambiciosos, están ocupados en sus propios logros; y una mente así ciertamente no puede conocer el amor. La mente que quiera comprender la naturaleza de la palabra que llamamos ‘amor’ tiene desde luego que estar libre de todo ese sentido de seguridad que nos hace esencialmente vulnerables. Así pues, ¿es jamás posible estar realmente libre de miedo?

Queremos estar seguros en este mundo, materialmente, y queremos estar seguros en nuestra respetabilidad, en nuestras ideas; queremos que se nos diga qué nos ocurrirá después de la muerte; y nuestra mente está siempre persiguiendo si la observáis- este deseo de estar seguro. Y no veo cómo puede la mente estar libre del temor, con todas sus frustraciones, mientras esté buscando seguridad. Es evidente que tiene que haber cierto grado de seguridad física; tenemos que saber de dónde ha de venir nuestra próxima comida, saber que tenemos algún sitio en que dormir, algunas ropas y todo lo demás; y una sociedad medianamente decente trata de proveer todo eso. Probablemente dentro de unos cincuenta años todo el mundo tendrá alguna forma de seguridad material. Esperemos que sea así, pero eso no hace al caso por el momento. Mas nosotros queremos estar seguros, tanto en nuestras acciones como interiormente; ¿y no es esa la causa del temor?

El miedo está siempre con nosotros, ¿no es cierto? Miedo de la oscuridad, de nuestro vecino, de la opinión pública, miedo de perder la salud, de no tener capacidad, miedo de ser un nadie en este mundo monstruoso, adquisitivo, agresivo; miedo de no llegar, de no alcanzar cierto estado de suprema dicha, de gloria, de no alcanzar a Dios o lo que sea. Y, desde luego, existe el miedo final de la muerte. Por el momento, no discutimos la muerte, sino que sólo tratamos de ver, de poner al descubierto el miedo. Obviamente el miedo siempre existe en relación con alguna otra cosa. No existe el miedo por sí mismo, per se. Hay docenas de temores, todos en relación con algo. Y ¿es posible permanecer completamente solo, es posible que la mente esté sola por completo sin aislarse, sin levantar murallas, torres de marfil, en torno suyo? Una mente está sola cuando ya no busca seguridad. ¿Y puede ella liberarse así por completo de todo temor?

Como veis, el tiempo está implicado en el temor. ¿Entraremos un poquito en esto? El tiempo, como ayer, hoy y mañana, es un factor del miedo. Voy envejeciendo, y la muerte me aguarda, desde ahora hasta todos los ‘mañana’. Y el pensamiento de la muerte es el del miedo. ¿Habría miedo a la muerte, a una terminación, si no hubiera pensamiento del mañana, del futuro? No aceptéis lo que digo, por favor. Aceptar una explicación carece de valor. Si de hecho habéis penetrado en esta cuestión del temor por vosotros mismos, tenéis que haber puesto al descubierto el problema del tiempo, que incluye, no sólo el mañana, sino también el pasado lo cual significa ¿no es así? experiencia. ¿Puede la mente estar tan sola, tan totalmente alejada del pasado y del futuro, que no esté en absoluto encerrada en el campo del tiempo?

La mente busca seguridad ¿no es así? mediante la identificación con una idea, con una creencia, con una determinada clase de acción, haciéndose partícipe de un grupo, de la cristiandad, del hinduismo, del budismo, de esto o aquello; y todo esto le impide estar sola. A la mayor parte de nosotros nos asusta terriblemente estar solos. Por consiguiente, existe el conflicto que surge de la contradicción, y la raíz de esta contradicción es el ansia de realización. Hay pues esta constante ansia de realizar, de ser, de llegar a ser algo permanente; y allí está la cuestión del tiempo. Todos estos son los factores del miedo, y no creo que haya ninguna necesidad de entrar en más detalles.

Ahora bien, habiendo visto la totalidad del cuadro, su sentido total, surge la pregunta ¿puede la mente deshacerse de todo temor? Esto significa, en realidad, si se lo puede decir así sin ser mal entendido- ¿puede uno estar solo, sin relaciones? ¿Puede haber una soledad que no sea meramente un opuesto del conflicto de la contradicción que crean las relaciones? Creo que es en esa soledad que hay verdadera relación, y no en lo otro. En la soledad no hay temor.

Después de todo, el hombre ha abordado durante siglos este problema del temor, y no estamos libres de él. Y las formas extremas del miedo llevan a diversas formas de neurosis, etc. Ahora la cuestión es: ¿podemos, vosotros y yo, viendo todo esto, quedar enteramente libres del miedo, en el instante, no hipnotizándonos y diciendo: ‘Ahora estoy libre de temor’? Porque esto sería simplemente tonto. El ver la totalidad del miedo significa esencialmente ¿no es cierto? un estado de ‘no ser’.

Interlocutor: Me parece estar aterrorizado de verme forzado hacia circunstancias como la de vivir en alguna gran ciudad o trabajar en una fábrica, donde no hay nada que yo pueda amar o me parezca que vale la pena.

Krishnamurti: ¿Qué queréis hacer con respecto a eso, señor? Tengo que trabajar de la mañana a la noche, por ejemplo, en una oficinita de Londres, con un jefe desagradable; ir todos los días en autobús o subte al trabajo: la rutina, la gente extremadamente fastidiosa, lo horroroso de todo ello. ¿Qué debo hacer? Las circunstancias me fuerzan a hacer aquello. Tengo una responsabilidad: la esposa, los hijos, la madre y todo lo demás. No puedo marcharme, escaparme a un monasterio, cosa que sería otro horror: la rutina de levantarse todas las mañanas a las dos, de recitar las mismas viejas oraciones a las mismas viejas divinidades, y todas esas cosas. En este mundo de rutina, de fastidio, de suciedad y miseria, hacemos todo lo posible para escapar; todos preguntamos: ‘¿qué puedo hacer para salir de esto?’

Ante todo, se nos educa mal: nunca se nos educa para amar lo que hacernos. Estamos pues atrapados y no podemos escapar; y por eso preguntamos, ‘¿qué haré?’ ¿Es así, señores? Escapar hacia el romanticismo, hacia las creencias, iglesias, organizaciones, ideas de utopía, es evidentemente absurdo. Veo lo fútil que es, y por lo tanto lo desecho. Ya no hay la tentación de escapar y quedo con el hecho, el hecho brutal, duro. ¿Qué voy a hacer? ¡Decídmelo, señores!

Interlocutor: Ciertamente, no podéis hacer nada sobre ello.

Krishnamurti: Señores ¿hemos vivido alguna vez con algo, sin ninguna resistencia? ¿He vivido alguna vez con mi cólera, sin resistencia? cosa que no es lo mismo que aceptarla, ya que esto implica meramente continuarla. Vivir con el enojo, conocer toda su naturaleza interna; vivir con la envidia, sin tratar de superarla, de reprimirla o transformarla, ¿lo habéis intentado alguna vez? ¿Habéis tratado alguna vez de vivir con algo realmente hermoso, un cuadro, una vista encantadora, una magnífica montaña con una vista soberbia? Y, ¿qué pasa si vivís con ello? Pronto os acostumbráis, ¿no es así? Lo veis por primera vez y os da cierta sensación de libertad, cierta percepción, y os acostumbráis a eso; después de unos días, se disipa. Mirad los campesinos en todas partes del mundo, viviendo en medio de maravillosos paisajes. Se han habituado a ellos. Y la miseria de las ciudades en todo el mundo, la suciedad, la mugre, la fealdad, la crueldad, la espantosa brutalidad que implican: a eso también nos acostumbramos. Vivir con la belleza o con la fealdad, y no caer nunca en el hábito: eso requiere una asombrosa energía ¿no es así? No dejarse dominar por la fealdad ni embotar por la belleza, sino poder vivir con ambas, requiere sensibilidad y energía extraordinarias. Y ¿puede uno hacerlo? Por favor, pensadlo un poco, señores.

El problema de la energía es muy complicado. El alimento no da la energía de que estoy hablando. Da una energía de cierta clase; pero el vivir con algo, vivir con el amor, requiere una clase de energía del todo diferente. Y ¿cómo conseguirá uno esta energía, que es en esencia la energía, la naturaleza de la mente nueva? Por cierto, uno la consigue cuando no hay temor, cuando no hay conflicto, cuando no queréis ser algo, cuando vivís totalmente, en forma anónima.

Pero ¿de qué sirve que hable de todo esto? Implica una extraordinaria percepción de la búsqueda externa e interna de seguridad, y la mayoría de nosotros estamos demasiado cansados, somos demasiado viejos, estamos comprometidos a vivir en el pasado, o con nuestro trabajo, o en alguna oscura celda de nuestro ser. ¿Qué vamos pues a hacer?

Volvamos a nuestra primera pregunta ¿puede la mente liberarse, al momento, de todo el impulso de la búsqueda de seguridad? ¿Puede uno vivir en un estado de completa incertidumbre, sin volverse loco?

Interlocutor: Si uno tiene un trabajo que le agrada mucho, ¿hay miedo también en eso?

Krishnamurti: Sí, señor, porque podéis perder vuestra capacidad. Ya sabéis, la capacidad es una cosa terrible; os brinda un excelente escape. Si sois un buen pintor, un buen orador, si tenéis la capacidad de combinar palabras, de escribir, si sois un hábil ingeniero o tenéis siquiera algún don, ello os da un extraordinario sentido de seguridad, de confianza propia, en este mundo competidor y adquisitivo. Y si no tenéis confianza en vuestras propias habilidades os sentís completamente perdidos. Pero por cierto, para hallar a Dios o cualquier nombre que os guste darle, la mente ha de estar por completo vacía, ¿no es así? Tiene que estar libre de conocimientos, de experiencia, de capacidad, y por lo tanto de miedo; debe ser completamente inocente, fresca y joven.

Interlocutor: Eso parece ser el fin total de mí mismo, tal como me conozco.

Krishnamurti: Ciertamente, señor, eso es así. No sé si habéis tratado de vivir todo un día tan completamente que no haya ni ayer ni mañana. Eso requiere mucha comprensión del pasado. El pasado no es sólo la palabra, el lenguaje, el pensamiento, sino también el mirar retrospectivamente hacia el ayer con todas sus raíces en el presente. Dejar al pasado irse por completo los errores cometidos, las cosas falsas que uno ha dicho, las cosas perjudiciales, el daño que uno ha hecho- dejar que se vayan todos los places, dolores y recuerdos: no sé si lo habéis intentado alguna vez, simplemente dejar eso. Y no se puede dejar eso si hay pesar o placer en las cosas recordadas. Intentadlo algunas veces, no porque yo lo diga, ni porque esperéis conseguir una recompensa o tener alguna maravillosa experiencia: esto sería un intercambio, un trueque. Pero es realmente muy extraordinario que la mente, que es resultado del tiempo, quede por completo atemporal.

Interlocutor: ¿El hábito constituye gran parte de aquello de que habláis, seguramente?

Krishnamurti: Como sabéis, tenemos que descubrir. No estoy tan sólo contestando preguntas, estamos discutiendo. Y vemos que la mente está siempre ocupada. En la mayoría de nosotros eso es así. Está ocupada con la enseñanza, con los bebés, con la casa, con el empleo; está ocupada con sus propias vanidades y virtudes ya sabéis las cosas innumerables en que se ocupa. Y la ocupación denota hábito. Ahora bien, ¿por qué tiene que estar ocupada la mente? Ya sea que esté ocupada con el sexo, o con Dios, o con la virtud, es exactamente lo mismo. No hay ocupación noble o innoble, ¿no es así? No sé si realmente lo veis. La mera sustitución de la ocupación no es librarse de ella. Así pues, ¿por qué tiene que estar ocupada la mente?

Interlocutor: Puede ser un modo de evadirse.

Krishnamurti: Sí, señor, es evasión, desde luego; pero, como veis, las explicaciones no nos llevan muy lejos. Avanzad un poco más, señor. Penetrad en ello.

Interlocutor: ¿No es el miedo?

Krishnamurti: Puede uno seguir indefinidamente añadiendo más y más expiaciones: evasión, miedo, codicia. Y luego ¿qué? No es que yo me ponga cínico o sea brutal o rudo. Hemos dado explicaciones: pero la mente no está libre de ocupación.

Interlocutor: Porque la veinte es ocupación.

Krishnamurti: Decís que la mente es ocupación, lo que significa, ¿verdad? que la mente que no esté ocupada, activa, pensando, funcionando, inquiriendo, respondiendo, planteando cuestiones todos estos son síntomas de la mente- no es una mente, ¿no es así? La palabra ‘puerta’ no es la puerta, y la palabra ‘mente’ no es la mente. ¿La mente se considera a sí misma como ocupación, o es que hay una mente que dice, ‘estoy ocupada’?

Quiero descubrir por qué insiste la mente en estar ocupada. ¿Por qué decimos que si la mente no está ocupada, activa, buscando, defendiendo, teniendo ansiedad, miedo, culpa, no es una mente? Si todas esas cosas no están ahí, ¿no hay entonces mente?

Interlocutor: Esas cosas son la mente en un nivel, pero no toda la mente.

Krishnamurti: La ansiedad, la culpa, el miedo, las reacciones, eso es lo único que conocemos, ¿verdad? Y ¿qué es la totalidad de la mente, tal como la conocernos? La totalidad de la mente, como la conocemos, es lo inconsciente y lo consciente. Retrocedamos un poco. ¿Por qué está la mente ocupada? Y ¿qué pasaría si la mente no estuviera ocupada?

Interlocutor: Si la mente no está ocupada, hay atención profunda.

Krishnamurti: No ‘si’, porque eso es especulación. Como veis, no penetramos.

Interlocutor: La mente está siempre reaccionando a varios estímulos. Ese es el proceso de estar ocupada.

Krishnamurti: Muy bien, señor, muy bien. ¿Habéis tratado alguna vez de no tener pensamiento alguno? Porque todos los pensamientos son ocupación con una cosa u otra.

Interlocutor: Es imposible intentarlo, porque si la mente está vacía no puede uno hacerlo.

Krishnamurti: ¡No, no, señor! De nuevo, no es cuestión de ‘si’; y no quiero decir ‘intentar’ en ese sentido. Nos aprisionan las palabras. ¿No os ha ocurrido alguna vez que el pensamiento ha llegado a terminarse? No simplemente terminar un pensamiento porque lo habéis arrojado para que muera. No quiero decir eso. Pero cuando hay pensamiento hay ocupación. El pensamiento pone en marcha el hábito; cosa que nos retrotrae al hecho de que el pensamiento es temor ¿Habéis mirado jamás alguna cosa sin pensamiento? No me refiero a un estado de ‘en blanco’. Todos estáis ahí, plenamente atentos, todo vuestro ser está ahí. ¿Habéis mirado alguna vez algo en ese estado, en el cual no hay pensamiento? ¿Habéis mirado jamás una flor sin nombrarla, sin decir cuán hermosa es, que precioso color tiene, etc.? Ya sabéis cómo la mente parlotea. ¿Habéis mirado algo sin ningún juicio, sin ninguna valoración?

Como veis, si podemos mirar el miedo sin ninguna resistencia, sin aceptar, condenar ni juzgar, observando meramente cómo tiene lugar dentro de uno, y viviendo con él entonces, ¿habría temor? Pero vivir con él requiere enorme energía, de manera que la mente esté prestando toda su atención.

Supongamos, por ejemplo, que alguien me dice: ‘sois un hombre muy arrogante’. Mucha gente me dice cosas, que soy esto o que soy aquello. Yo vivo con cada afirmación que ellos hagan. Si me perdonáis por hablar un minuto sobre mí mismo, yo vivo con eso, no lo resisto; no digo que está bien ni que está mal. Y vivir con eso requiere atención, para ver si es verdad. La atención es energía. La atención, la energía, es todo el universo pero esto no viene al caso por el momento. ¿Puede uno vivir con ello, no desviarse, no falsearlo; no decir, ‘me han dicho eso antes’, ‘yo no soy así’, o bien, ‘soy así y tengo que cambiar’? ¿Seguís esto? ¿Acaso no es posible vivir con lo agradable y lo desagradable, vivir con el sufrimiento tanto si es un dolor de muelas como otra forma de sufrimiento-, vivir con el temor, sin desequilibrarse? Como sabemos, queremos vivir con las cosas agradables, las bellas experiencias que hemos tenido. Han muerto y se han ido, pero nosotros queremos vivir con ellas por lo tanto, sólo estamos viviendo con un recuerdo muerto. Con el sufrimiento no queremos vivir. Queremos encontrar una salida. Pero ¿no es posible vivir con ambos, sin buscar una solución, sin buscar una respuesta, y sin limitarse a consultarlo con la almohada? Come veis, esto es meditación.

El Estado Creativo de la Mente.

4ª Conversación en Londres 9 de mayo de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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