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El Estado Creativo de la Mente.

7ª Conversación en Londres 16 de mayo de 1961

Durante las últimas veces que nos hemos reunido, hemos estado hablando sobre el temor, y quizá podamos abordarlo desde un punto de vista distinto. El temor engendra toda forma de ilusión y autoengaño, y me parece que, si nuestra mente no está por completo libre de toda clase de temor, cada pensamiento, cada acción, son coloreados por aquél. Aunque hayamos hablado sobre esto con algún detalle, creo que valdría acaso la pena abordarlo de otra manera. Creo que sería bueno el que uno pudiera descubrir por sí mismo cómo penetrar en una cosa como el temor, cómo desentrañarlo, no sólo en el nivel consciente, sino en las capas más profundas, los ocultos rincones de nuestra conciencia. ¿Cómo penetra uno, por ejemplo, en el deseo? Porque el deseo, con su urgencia, su incesante demanda de autorrealización, crea temor y provoca autocontradicción.

Ahora bien, ¿Qué significado tiene el deseo? Y, en el proceso de dejarlo al descubierto, ¿puede uno llegar a comprender el afán de realizar, con sus frustraciones y desdichas? Y ¿puede uno comprender el proceso de la comparación? Porque me parece que donde hay comparación hay también afán de poder. Todas estas cosas están entrelazadas, y acaso esta tarde podamos penetrar en ello bastante profundamente.

Mirad, creo que hay un estado de la mente, que está por encima y más allá del sentimiento y del pensamiento; pero, para llegar a eso, hace falta enorme comprensión del proceso del sentimiento y también del pensamiento. Lo único que tenemos es nuestro sentimiento y pensamiento. El sentimiento es provocado por el deseo, es fortalecido y mantenido por el impulso del deseo; y el deseo siempre es en términos de promover el placer y eludir el dolor y el sufrimiento. Por consiguiente, tras del deseo siempre está la sombra del temor. Me parece, pues, que una mente que quiera pensar con precisión, sin ninguna perversión, ninguna tergiversación, tiene que inquirir sobre toda la cuestión del deseo.

Mas, ¿cómo inquiere uno? ¿Como se pone uno a desentrañar esta cosa extraordinariamente sutil llamada deseo, que es la base de todos los impulsos psicológicos? El afán de realizar trae invariablemente frustración, temor y tristeza; y por eso las personas llamadas religiosas han dicho que tenemos que renunciar al deseo; tratamos pues de dominarlo, reprimirlo, sublimarlo o eludirlo mediante las diversas formas de identificación con algo. El deseo implica conflicto. Quiero ser algo, y en el proceso mismo de tratar de ser algo hay conflicto, y entonces vierte la demanda, el esfuerzo para escapar del conflicto. Exteriormente, el deseo se expresa en la sociedad como adquisividad, la persecución del ‘más’; e interiormente se expresa como progreso hacia la certidumbre.

Y ¿puede dominarse el deseo? ¿Debe someterse a control? ¿O tiene uno que darle plena salida, plena expresión? Ese es el problema. Si le da uno plena expresión, siempre hay la incertidumbre de cual puede ser el resultado, y, por lo tanto, hay una sensación de frustración y miedo. Si uno lo disciplina, lo domina, lo moldea, eso también implica conflicto entre lo que es y lo que debería ser. Y, desde luego, si uno lo reprime, lo sublima, mediante varias formas de identificación con un determinado grupo, una determinada serie de ideas, una creencia, etc.- todavía habrá conflicto. El deseo parece engendrar conflicto, y creo que la mayoría de nosotros nos damos cuenta de esto. Si somos acaso intelectuales, buscamos una válvula de seguridad con el fin de no darle rienda suelta, y nuestros deseos toman la forma de engreimientos, vanidades y propósitos intelectuales, la adquisición de conocimientos, astucia.

Y el deseo, esperando lograr, realizar, siempre está comparando. No sé si habéis observado cómo está uno perpetuamente comparando: comparándose con algún otro, comparando el propio traje, el propio aspecto, las propias experiencias, comparando ideas, cuadros, etc. ¿Comprendemos realmente cosa alguna por la comparación? Y ¿puede la mente dejar por completo de comparar? ¿Puede uno, acaso, empezar a comprender qué es el deseo y no tratar de suprimirlo? Creo que es bastante obvio que la represión es fútil, aunque prevalece extraordinariamente en todo el mundo, especialmente entre las personas que tratan de hacer constar su propia santidad. Tanto si uno reprime un poco como si lo hace por completo, el deseo sigue allí, sólo que toma una diferente forma de expresión.

Ahora bien, la pasión y la sensualidad son dos cosas distintas, aunque ambas son formas del deseo. Tenéis que tener pasión. Para vivir con algo hermoso o con algo feo tiene que haber pasión, porque si no la belleza embota la mente y la cosa fea la falsea. La pasión es energía; y la mera represión del deseo no produce ese extraordinario sentido de intensidad, de pasión. Desde luego, si el deseo se identifica con una idea, con un símbolo, con una filosofía, produce cierta clase de intensidad. Conocéis a las personas que trotan por el mundo haciendo toda clase de buenas obras, tratando de decir a la gente lo que deberían y lo que no deberían ser. No me refiero a esa clase de intensidad; porque si llegasen a dejar de hablar, de hacer buenas obras y todo lo demás, se verían atrapadas en sus propias miserias, en sus propias tribulaciones. Pero hay una intensidad que surge cuando comprendéis el deseo y cuando veis el significado completo de toda represión, sublimación, sustitución, escape.

Espero que no escucharéis sólo las palabras, sino que os daréis cuenta de vuestras propias formas de deseo, y que percibiréis rápida, velozmente, el camino que sigue y adónde conduce, y cómo habéis reprimido el deseo, lo habéis identificado con algo. Después de todo, el propósito de estas discusiones no es meramente que me escuchéis, sino el escuchar para descubrir, para ver todo el mapa de uno mismo, la extraordinaria complejidad propia, las tergiversaciones, las estrechas sendas, las ambiciones, los afanes, las compulsiones, las creencias, los dogmas. Al fin y al cabo, si uno no ve todo eso, si no se da cuenta de todo eso, estas reuniones son absolutamente inútiles; llegan a ser simplemente otra forma de entretenimiento, acaso un poco más intelectual, pero al final se quedará uno con cenizas. Las palabras son cenizas, y el vivir de explicaciones, de palabras, da lugar a una vida vacua, a una existencia árida.

Creo pues que valdría la pena que pudiéramos, durante el curso de estas discusiones, contender realmente con nosotros mismos, desentrañar las cosas, y luego tal vez ir más allá y por encima de este proceso de sentimiento y pensamiento. Me gustaría que esta tarde llegásemos a eso; pero no puede uno llegar a eso si no comprende de veras no sólo en lo verbal o intelectual- lo extenso que es el deseo y todo su significado.

Creo que puede uno ver que toda forma de disciplina, control, represión, sustitución o sublimación, pervierte la belleza del deseo y por lo tanto vuelve a la mente y el corazón incapaces de ser jóvenes, ágiles. Creo que debe percibirse eso muy claramente. Y ¿es posible ver realmente esto, adiestrado como uno lo ha sido en una sociedad cuyos valores son adquisitivos, cuyos dogmas y creencias religiosas implican toda clase de desviaciones, de represiones del deseo? Es evidente que el deseo implica comparación; y la comparación, si uno entra en ello más profundamente, conduce al afán de poder.

Como veis, hablamos mucho sobre paz y amor y cosas semejantes. Todos los políticos, en todo el mundo, hablan continuamente sobre su Dios, su paz, su amor. Y ¿puede saber lo que es el amor una mente que no haya comprendido todo el significado del deseo? Y las personas religiosas consideran el deseo como cosa mala, excepto el deseo de Dios, de Jesús, o algún otro; y los monasterios están llenos de personas así ¿Pueden tales mentes ver la inmensidad de esa cosa a la que designamos con la palabra ‘amor’?

Así pues, si ve uno el significado de la represión, y por consiguiente ya no existe el impulso a reprimir, transmutar y todo lo demás, ¿qué va uno a hacer entonces con el deseo? Está allí, ardiente, urgiéndonos a realizar, a seguir adelante, a conseguir el automóvil, una casa más grande, etc. Está ahí. ¿Qué va uno, pues, a hacer? No sé si alguna vez nos habremos hecho esa pregunta. Estamos muy acostumbrados a controlarlo, a moldearlo, a refrenarlo, a lastrarlo, o a acercarlo a alguna otra cosa; lo cual es comparación. Y ¿podemos acaso detener ese proceso? Como veis, es sólo cuando ese proceso ha cesado por completo que puede uno preguntar qué ha de hacer con el deseo. No sé si habréis llegado a ese punto.

Ello quiere en realidad decir: ¿puede uno vivir en este mundo sin ambición? ¿Podéis ir a la oficina y trabajar sin ambición? Y, si lo hicierais, ¿no os barrería vuestro competidor? ¿Y no existe el miedo de que, si no hubiera ambición, sería uno simplemente eliminado? Si puedo sugerirlo, planteaos el siguiente interrogante: cuando preguntáis qué hacer con el deseo ¿tenéis que pasar primero por todas las formas de realización con sus frustraciones, desdichas, temores, delitos y ansiedad? O quizá nunca os hayáis planteado siquiera esa cuestión, sino que sólo estáis reprimiendo todo el tiempo. Tal vez, si no habéis hallado felicidad, posición, prestigio, en cierta dirección, os volváis hacia otra; éstas son sus expresiones exteriores e interiores. Cuando uno es un nadie en este mundo en desintegración, se vuelve hacia la realización interior. Nunca os hacéis esa pregunta cuando estéis justamente detrás de ella, ¿verdad?

Para una mente que esté realmente inquiriendo, que de veras quiera descubrir si hay Dios, verdad, algo más allá de todas las palabras, es por cierto muy importante comprender esto que se llama deseo. ¿Está bien no tener deseos? Y si matáis el deseo, ¿no matéis también todo sentimiento, con todas sus cual dados de sensibilidad? El sentimiento es una parte del deseo, ¿no es así?

De modo que, si uno ha entrado en todas las implicaciones de la represión, ¿no habrá entonces dejado de reprimir, de sustituir? No se trata simplemente de que os hipnoticéis verbalmente; es una cosa muy ardua, si es que habéis llegado hasta ahí. Porque una parte de este deseo es el descontento, el descontento con lo que somos; y tras de este descontento está el ansia de poder, de ser algo? de realizar de alguna manera. La mayoría de nosotros estamos enredados en esta rueda de la realización y la frustración; y en la perpetua batalla de la autocompasión, finalmente pasa uno la puerta de la desesperación.

Ahora bien, ¿puede uno ver esto de hecho, sin pasar en ello días, meses, años? ¿Puede uno ver esta eterna búsqueda de realización, que proseguimos, a pesar de que sabemos que va a traernos desdicha? ¿Podemos ver todo esto como el contenido total de nuestra vida, y cortarlo de raíz? Y entonces, si uno ha llegado o más bien, si se ha aproximado- hasta ahí, ¿qué va a hacer con el deseo? ¿Hay alguna necesidad, entonces, de hacer algo con respecto al deseo? ¿Me seguís?

Hasta ahora, siempre hemos hecho algo con el deseo, le hemos dado el justo cauce, la justa dirección, el justo propósito’ la justa finalidad. Y si la mente que está condicionada, que siempre está pensando en términos de logro, por medio del adiestramiento, de la educación, etc.- ya no trata de moldear el deseo como algo que esté aparte de sí misma, si la mente ya no interfiere con el deseo, si puedo usar esa palabra, entonces ¿qué hay de malo en el deseo? ¿Es esto entonces lo que hemos conocido siempre como deseo? Por favor, señores, seguid esto conmigo.

Como veis, siempre hemos pensado del deseo en términos de realización, de logro, de ganancia, de hacerse rico interior o exteriormente, en términos de eludir, en términos de ‘el más’ Y cuando veis todo eso, y lo dejáis de lado, entonces el sentimiento que hasta ahora hemos llamado deseo tiene un significado totalmente distinto, ¿no es así? Entonces podéis ver un hermoso automóvil, una preciosa casa, un bonito vestido, sin ninguna reacción de querer, de identificaros.

Conocéis todo el criterio social sobre la existencia en que se os ha criado, se os ha educado desde la infancia; toda la ideación, la busca de realización, la incitación a ser mejores que el vecino, etc. Cuando veis todo el contenido de este conflicto, y cuando él se ha separado de vosotros desde dentro, cuando se ha escurrido de vuestra mano, ¿es entonces el deseo eso que era antes?

Después de todo, sentir es pensar, ¿verdad? Los dos son inseparables. Cuando veo un niño en la miseria, hambriento, entonces quiero romper con la sociedad, con el político y todos los demás, y hacer algo acerca de ello. El sentimiento siempre va con el pensamiento. Y el sentimiento es percepción, sensación, contacto y todo lo demás Sentir es ser sensible; y cuando más sensibles sois, más sentís las heridas. Empezáis, pues, a construir una defensa, una protección. Todo esto es una forma de deseo. Dejar de ser sensible es evidentemente volverse íntimamente paralítico, morir. Tal vez estemos paralizados la mayoría de nosotros; eso es lo que nos acaece por nuestra educación, por las relaciones y los contactos sociales, por los conocimientos cosas todas que nos embotan, nos vuelven estúpidos, insensibles. Y viviendo en una tumba, tratamos de sentir.

Comprendiendo todo esto, ¿hay entonces un límite para el deseo? No sé qué otra palabra usar para eso que hemos llamado deseo. ¿Veis lo que ha pasado, si es que habéis penetrado en ello? Ya no es sentimiento o pensamiento; es algo enteramente diferente, en lo que el sentimiento y el pensamiento están incluidos. Penetrad en ello. Nuestras vidas son en su mayor parte terriblemente insípidas, llenas de rutina, de fastidio conocéis muy bien los horrores de vuestra existencia, su mediocridad- y no habremos comprendido ni un día, ni un minuto siquiera de nuestra vida, si no hemos comprendido algo de todo esto. Y es por eso quizá que somos todos tan terriblemente ‘espirituales’, mediocres.

Llegamos, pues, a esta cuestión, que es realmente muy interesante’ si habéis entrado en ella. Lo que habíamos llamarlo deseo, con todas sus corrupciones, sus luchas, sus miserias, su sufrimiento, su impotencia, su entusiasmo, sus intereses, etc., todo ello lo ha visto uno plenamente, a fondo; de una ojeada puede uno verlo. Así como no necesitáis emborracharos para saber lo que es la sobriedad, de la misma manera, si uno ve el proceso de la realización por completo, éste habrá terminado; toda forma de realización, toda forma de ser o llegar a ser algo, habrá terminado.

Interlocutor: Creo que uno necesita embriagarse para saber lo que es la embriaguez.

Krishnamurti: Seguramente que eso es bastante rebuscado, ¿no es así? eso de que necesite uno saber lo que es emborracharse, y que para eso tenga que beber. ¿Tiene uno que pasar por el asesinato para saber qué es el asesinato? Señores, no tratemos de ser astutos, apliquemos de veras nuestras mentes a todo esto.

Interlocutor: Son las contradicciones en el deseo lo que hace tan imposible habérselas con él.

Krishnamurti: ¿Por qué hay contradicciones, señor? Seguid esto, por favor. Quiero ser rico, poderoso, importante; y sin embargo veo la futilidad de ello, porque veo que los personajes, con todos sus títulos y las demás cosas, no son más que nadie. Hay pues una contradicción. Pero ¿por qué? ¿Por qué hay este tironeo en distintas direcciones, por qué no es todo en una dirección? ¿Seguís lo que quiero decir? Si quiero ser político, ¿por qué no serlo y seguir adelante con eso? ¿Por qué esta retirada? Por favor, discutámoslo unos pocos minutos.

Interlocutor: Tememos lo que podría ocurrir si nos entregáramos enteramente a un deseo.

Krishnamurti: ¿Os habéis entregado a algo alguna vez, total, completamente?

Interlocutor: Una vez o dos, por pocos minutos.

Krishnamurti: ¿ Habéis estado completamente en ello? Acaso sexualmente; pero fuera de eso, ¿sabéis cuándo os habéis entregado a algo totalmente? Lo pongo en duda.

Interlocutor: Tal vez al escuchar música.

Krishnamurti: Mirad, señor. Un juguete lo absorbe a un niño. Dais al niño un juguete, y él es completamente feliz; no está inquieto, está entregado a él, está allí por completo. ¿Es eso entregaros a algo? Los políticos, las personas religiosas, se entregan a algo. ¿Por qué? Porque ello significa poder, posición, prestigio. La idea de ser un alguien los absorbe como un juguete. Cuando os identificáis con algo ¿es eso entregaros a algo? Hay personas que se identifican con su país, con su reina, con su rey, etc., cosa que es otra forma de absorción ¿Es eso entregarse a algo?

Interlocutor: ¿Es posible entregarse jamás a alguna cosa de hecho, habiendo, como hay siempre, un cisma interpuesto?

Krishnamurti: Eso es, señor. Es eso exactamente. Como veis, no podemos entregarnos a algo.

Interlocutor: ¿Es posible entregarse a alguien?

Krishnamurti: Tratamos de hacerlo. Tratamos de identificarnos con el marido, con la esposa, con el hijo, con el nombre, pero sabéis mejor que yo lo que pasa; y así, ¿a qué hablar de ello? Ya veis que nos vamos desviando de aquello de que hablábamos.

Interlocutor: Un deseo es justo y bueno cuando no perjudica a ningún otro.

Krishnamurti: ¿Es que hay deseo malo y deseo bueno? Ya veis, estáis retrocediendo al principio; hemos recorrido todo el campo, seguramente. ¿Veis cómo lo hemos traducido ya?: el deseo que es bueno y el malo, el que vale y el que no vale la pena, el noble y el innoble, el donoso y el beneficioso. Miradlo profundamente. Lo habéis dividido. ¿no es así? Esa misma división es la causa del conflicto. Habiendo introducido el conflicto por la división, habéis introducido un problema más: cómo desembarazarse del conflicto.

Como veis, señores, hemos estado hablando durante cincuenta minutos esta tarde, para ver si uno puede realmente percibir el significado del deseo. Y cuando en realidad ve uno el significado del deseo, que incluye tanto al bueno como al malo, cuando uno ve el sentido total de este conflicto, de esta división no sólo verbalmente, sino comprendiéndolo plenamente, echándole los dientes, por decirlo así- entonces sólo hay deseo. Pero, como veis, insistimos en valorarlo como bueno y malo, beneficioso y no beneficioso. Pensé al principio que podríamos eliminar esta división, pero no es tan fácil; requiere aplicación, percepción, penetración.

Interlocutor: ¿Es posible librarse del objeto y quedarse con la esencia del deseo?

Krishnamurti: ¿Por qué voy a desembarazarme del objeto? ¿Qué hay de malo en un bello automóvil? Como veis, os estáis creando conflicto cuando hacéis esta división entre la esencia y el objeto. La dirección de la esencia cambia el objeto continuamente, y ésa es la desgracia. Cuando uno es joven, quiere el mundo: y, a medida que envejece, se harta del mundo.

Veis que estábamos tratando de comprender el deseo y haciendo de esa manera que el conflicto se extinga, se consuma. Hemos tocado muchas cosas esta tarde. El ansia de poder es muy fuerte en todos nosotros, está muy incrustado, e incluye el dominio sobre el sirviente, el marido, la esposa, ya sabéis todo eso. Acaso algunos de vosotros, en el curso de la discusión de esta tarde, hayáis penetrado en esto, hayáis visto que donde la mente está buscando realización, hay frustración y por consiguiente desdicha y conflicto. El mismo hecho de verlo equivale a abandonarlo. Quizá algunos de vosotros no hayáis seguido meramente las palabras, sino que hayáis comprendido las implicaciones del sentimiento de querer realizar, de ser algo: lo innoble que es. El político busca realización, como el sacerdote y todos los demás, y uno ve la vulgaridad de todo esto, si puedo usar esa palabra. ¿Puede uno realmente dejarlo? Si lo veis como veríais una cosa venenosa, entonces es como sacaros una tremenda carga de las espaldas. Os habéis librado de ella; de un golpe, se ha ido. Entonces llegaréis a ese punto que es en verdad extraordinariamente significativo. No sólo esto todo esto tiene su propia importancia- sino algo más, que es una mente que ha comprendido el deseo, el sentimiento y el pensamiento, y va por consiguiente más allá y por encima de ellos. ¿Comprendéis la naturaleza de una mente así, no su descripción verbal? La mente, entonces, es altamente sensible, capaz de intensas reacciones sin conflicto, sensible a toda forma de demanda; una mente así está más allá de todo pensamiento y sentimiento, y su actividad ya no está dentro del campo de lo que llamamos deseo.

Para la mayoría de nosotros, me temo que esto no sea más que un montón de espuma, un estado que es de desear, o de crear. Pero no podéis llegar a él de esa manera ni por ningún medio. Surge cuando uno realmente comprende todo esto; no tenéis nada que hacer.

Como veis si no habéis de malentender lo que se está diciendo- si podéis dejar solo el deseo, sea para que se vuele o para que se disipe, simplemente dejarlo solo, esa es la verdadera esencia de una mente que no está en conflicto.

El Estado Creativo de la Mente.

7ª Conversación en Londres 16 de mayo de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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