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El Estado Creativo de la Mente.

10ª Conversación en Londres 23 de Mayo de 1961

Me gustaría hablar esta tarde sobre la calidad de la mente meditativa. Puede ser bastante complejo y abstracto, pero si entra uno a fondo en ella no tanto en detalle, sino para descubrir su naturaleza, su sensibilidad, su esencia- entonces tal vez valga la pena; entonces, acaso sin esfuerzo consiente ni propósito deliberado, podremos penetrar a través de la mente superficial, que vuelve nuestras vidas tan vacuas, tan superficiales y tan dominadas por los hábitos.

Y creo que valdría la pena, ante todo, el que pudiéramos darnos cuenta por nosotros mismos de lo superficiales que somos. Me parece que cuanto más superficiales somos, más activos nos volvemos, más vulgares nos hacemos, y más nos entregamos a reformas sociales. Coleccionamos obras de arte, charlamos sin cesar, tenemos actividades sociales, conciertos, libros, vamos a galerías de pintura y tenemos la infaltable oficina y negocios. Estas cosas nos embotan; y cuando percibimos este embotamiento tratamos de agudizarnos con palabras, con el intelecto, con las cosas de la mente. Y siendo superficiales, también tratamos de escapar de esa vacuidad hacia las actividades religiosas, las oraciones, la contemplación, la persecución del conocimiento; nos volvemos idealistas, colgamos cuadros en las paredes, y así sucesivamente. Creo que sabemos muy bien, si acaso somos conscientes, cuán superficiales somos, y cómo una mente que sigue un hábito o practica una disciplina para llegar a ser algo, se vuelve más y más pesada, estúpida, de modo que pierde su agudeza, su sensibilidad. Es muy difícil que una mente superficial destruya su propia estrechez, sus limitaciones, su pequeñez. No sé si habréis pensado siquiera sobre todo esto.

Aquello de que voy a hablar esta tarde, reclama, no sólo cierta actividad de la mente, del intelecto, sino también un darse cuenta de la palabra y sus limitaciones. Y si podemos comunicarnos unos con otros, no sólo verbalmente, sino más allá de los símbolos que las palabras evocan en nuestras mentes, y también tentar nuestro camino juntos, entonces empezaremos a descubrir por nosotros mismos lo que es meditar, cuál es la calidad de la mente capaz de meditación.

Me parece que, sin la comprensión de la extraordinaria belleza de la meditación, por muy aparentemente inteligente, bien dotado, capaz y perspicaz que uno pueda ser, una vida así es muy superficial y tiene poco sentido. Y al darnos cuenta de que nuestras vidas tienen muy poco sentido buscamos entonces un propósito en la vida; y cuanto mas grande es el propósito que se nos ofrece, más nobles creemos que son nuestros empeños. Creo que es una actitud completamente errónea la de buscar un propósito. No hay propósito; sólo hay un vivir más allá de todo cálculo. Y, para descubrir ese estado que está más allá de todo cálculo, se requiere una mente muy cautelosa, aguda, clara, precisa, no una mente que haya sido embotada por el hábito.

Creo que es bastante claro que nuestras vidas son vacías, superficiales. Y una mente superficial se satisface con facilidad. Tan pronto como se siente descontenta, toma un curso estrecho, establece un ideal, persigue ‘lo que debería ser’. Y una mente así, haga lo que hiciere sentarse con las piernas cruzadas, concentrarse sobre su ombligo o pensar sobre lo Supremo- seguirá siendo superficial, porque su esencia misma es superficial. Una mente estúpida nunca puede convertirse en una mente grande. Lo que puede hacer es darse cuenta de su propia estupidez; y en cuanto se dé cuenta por sí misma de lo que es, sin imaginar lo que debería ser, entonces hay un derrumbamiento de la estupidez. Cuando uno percibe esto, toda búsqueda termina, lo que no significa que la mente se estanque, se eche a dormir. Al contrario, ella hace frente a ‘lo que es’ efectivamente, cosa que no es un proceso de búsqueda, sino de comprensión.

Al fin y al cabo, la mayor parte de las personas están buscando felicidad, Dios, verdad, amor perpetuo, una permanente morada en el cielo, una virtud, un amor permanentes. Y me parece que una mente que busca es muy superficial. Creo que debemos ser un poco claros sobre este punto, que tenemos que investigarlo, debemos ver lo absurdo de una mente superficial y sus actividades, porque no podremos penetrar en lo que estamos explorando esta tarde si estamos pensando todavía en términos de buscar, de hacer un esfuerzo, tratando de descubrir. Por el contrario, necesitamos una mente extraordinariamente aguda, quieta, tranquila. Una mente superficial, cuando hace un esfuerzo para volverse silenciosa, seguirá siendo sólo un charco superficial. Una mente insignificante, que es muy instruida, muy astuta, muy llena de la adquisitiva búsqueda de Dios, de la verdad, o de algún santo, porque quiere llegar a alguna parte, sigue siendo superficial, porque todo esfuerzo es superficial, es el resultado de una mente limitada, estrecha. Una mente así jamás puede ser sensible; y creo que uno tiene que afrontar la verdad de eso. El esfuerzo para ser, para devenir, para rechazar, para resistir, para cultivar la virtud, para suprimir, para sublimar, todo eso es en esencia la naturaleza de una mente superficial. Probablemente la mayor parte de las personas no estarán conformes con esto, pero no importa. Me parece un hecho psicológico evidente.

Ahora bien, cuando uno comprende esto, cuando se da cuenta de esto y de hecho ve su verdad, no de manera verbal o intelectual, y no deja que la mente haga innumerables preguntas sobre cómo cambiarlo, cómo salir de esta superficialidad todo lo cual implica esfuerzo-, entonces la mente comprende que no puede hacer nada acerca de sí misma. Todo lo que puede hacer es percibir, ver las cosas inflexiblemente, como son, sin falseamiento, sin aducir opiniones sobre el hecho; tan sólo observar. Y es sumamente difícil limitarse a observar, porque tenemos las mentes adiestradas para condenar, para comparar, para competir, para justificar, o para identificarnos con lo que vemos. Por eso ella nunca ve las cosas exactamente como son. Vivir con un sentimiento tal como es ya se trate de celos, envidia, codicia, ambición o lo que queráis , vivir con él sin falsearlo, sin tener ninguna opinión o juicio sobre él, exige una mente que tenga energía para seguir todos los movimientos de ese hecho. Un hecho real nunca está quieto; está en movimiento, vive. Pero nosotros queremos fijarlo para captarlo con una opinión, con un juicio.

Así, pues, una mente alerta, sensible, ve la futilidad de todo esfuerzo. Aun en nuestra educación, el niño, el estudiante que hace un esfuerzo para aprender, nunca aprende realmente. Puede adquirir conocimientos, puede obtener un grado; pero el aprender es algo que está más allá del esfuerzo. Acaso esta noche podamos aprender juntos, sin esfuerzo y sin quedar atrapados dentro de los campos del conocimiento.

Darse cuenta del hecho sin distorsión, sin coloración, sin darle ninguna tendencia, mirarnos a nosotros mismos tal como somos con todas nuestras teorías, esperanzas, desesperaciones, sufrimientos, fracasos y frustraciones agudiza la mente de manera asombrosa. Lo que la embota es la creencia, los ideales, los hábitos, el tratar de ampliarla, de hacerla crecer, de devenir o ser. Y, como he dicho, para seguir el hecho hace falta una mente precisa, sutil, activa, porque el hecho nunca está quieto.

No sé si habéis mirado alguna vez la envidia como un hecho y la habéis seguido. Todas nuestras sanciones religiosas se basan en la envidia, desde el arzobispo hasta el más bajo clérigo; y toda nuestra moralidad social, todas nuestras relaciones, se basan en la adquisividad y comparación, que también es envidia. Y requiere una mente muy alerta seguir todo eso hasta el fin, en todos sus movimientos, en todas nuestras diarias actividades. Es muy fácil, ¿no es así? reprimirla, decir: ‘veo que no debo ser envidioso’, o, ‘como estoy atrapado en esta corrupta sociedad, tengo que aceptarla’. Pero el seguir su movimiento, seguir cada curva, cada línea, los matices, su sutileza, ese proceso mismo de seguir el hecho hace a la mente sensible, sutil.

Ahora bien, si uno hace eso, si uno sigue el hecho sin tratar de cambiarlo, entonces no hay contradicción entre ‘el hecho’ y ‘lo que debería ser’, y por lo tanto no hay esfuerzo. No sé si realmente veis esto: que si la mente sigue el hecho, entonces no está enredada tratando de alterar el hecho, tratando de volverlo diferente. Esto también es una verdad psicológica. Y este seguir el hecho tiene que hacerse todo el tiempo, día y noche, aun durmiendo. Porque la actividad de la mente cuando el cuerpo está dormido es mucho más deliberada, resuelta, y esas actividades las descubre la mente consciente a través de símbolos, insinuaciones, sueños.

Pero si la mente está alerta todo el día, vigilando continuamente cada palabra, cada gesto, cada movimiento del pensamiento, entonces no hay sueños; la mente puede entonces trascender su propia conciencia. No proseguiremos con esto por el momento, porque lo que queremos mostrar es la necesidad de una mente sensible. Si uno quiere descubrir acerca de la verdad, Dios o como queráis llamarlo, es absolutamente necesario tener una buena mente, no en el sentido de ser astuta, intelectual, argumentadora-, sino una mente que sea capaz de razonar, de discutir, de dudar, de preguntar e inquirir para descubrir. Una mente que tiene fronteras, que está condicionada, no es sensible; un nacionalista, un creyente, es obvio que no tiene mente sensible porque su creencia, su nacionalismo, la limitan. Por eso al seguir el hecho la mente se vuelve sensible. El hecho la vuelve sensible, no tenéis vosotros que volverla sensible.

Si esto es bastante claro, entonces ¿cuál es la naturaleza de la belleza que descubre una mente así? La belleza, para la mayoría de nosotros, está en las cosas que vemos objetivamente: un edificio, un cuadro, un árbol, un poema, un río que fluye, una montaña, una sonrisa en un rostro bonito, el niño en la calle. Y para nosotros existe también la negación de la belleza, la reacción frente a ella, que es decir: ‘eso es feo’. Mas una mente sensible, es sensible tanto para lo feo como para lo bello, y por lo tanto no va en pos de lo que llama bello ni elude lo feo. Y con una mente así descubrimos que hay una belleza del todo distinta de las valoraciones de una mente limitada. Sabéis que la belleza exige sencillez. Y la mente en verdad sencilla que ve los hechos como son, es verdaderamente bella. Pero no puede uno ser sencillo si no hay abandono; y no hay abandono si no hay austeridad. No me refiero a la austeridad del taparrabo, de la barba, del monje, de una sola comida al día, sino a la austeridad de una mente que se ve como es, y que persigue sin cesar lo que ve. Y el perseguir eso es abandono, porque no hay fondeadero al cual pueda aferrarse la mente. Tiene que abandonarse por completo para ver ‘lo que es’.

Así, la percepción de la belleza reclama la pasión de la austeridad. Uso deliberadamente las palabras ‘pasión’ y ‘austeridad’. He explicado esta última; y para ver la belleza, evidentemente debéis tener pasión. Tiene que haber intensidad y tiene que haber agudeza. Una mente torpe no puede ser austera, no puede ser sencilla, y por consiguiente no tiene pasión. Es en la llama de la pasión que percibís la belleza, y que podéis vivir con belleza.

Quizá todo esto sea para vosotros palabras para recordar, para invocar, para sentir después. No hay ‘después’, no hay ‘entretanto’. Tiene que realizarse ahora, mientras discutimos, mientras estamos en comunión uno con otro. Y esta percepción de la belleza no es sólo en las cosas en vasos, estatutos y en los cielos- sino que también empieza uno a descubrir la belleza de la meditación y la intensidad, de la pasión, de la mente meditativa.

Ahora quisiera indagar la meditación, porque la meditación es necesaria, y estamos poniendo sus cimientos. Para la meditación se requiere una mente capaz de estar en silencio no que haya sido silenciada por medio de tretas, por la disciplina, por persuasión, por represión, sino una mente que esté en completa quietud. Eso es absolutamente indispensable para una mente que se halle en estado de meditación. Por lo tanto, la mente ha de estar libre de todos los símbolos y palabras. La mente es esclava de las palabras ¿no es así? Los británicos son esclavos de la palabra ‘reina’, y la persona religiosa es esclava de la palabra ‘Dios’, etc. Una mente que esté atiborrada de símbolos, palabras, ideas, es incapaz de estar en silencio, quieta. Y si está atrapada en el pensamiento no puede estar quieta. Esa quietud no es estancamiento, no es un estado en blanco ni de hipnosis; pero uno llega a ella oscura, inesperadamente, sin volición ni deseo, cuando se comprende el proceso del pensamiento.

El pensamiento es, después de todo, la reacción de la memoria; y ésta es el residuo de la experiencia, que a su vez es el centro, el ‘yo’. Allí está pues la formación del centro, del ‘yo’, del ‘ego’, que es esencialmente la acumulación de experiencia, pasada y presente, en relación con lo colectivo tanto como con lo individual. De ese centro, que es el residuo de la memoria, surge el pensamiento. Y hay que comprender por completo ese proceso, cosa que es el conocimiento propio. Por eso, sin conocerse a sí mismo, consciente tanto como inconscientemente, la mente nunca puede estar quieta. Sólo puede provocar quietud hipnotizándose, cosa que es demasiado infantil, falta de madurez.

Así pues, el autoconocer es inmediato, es necesario, y es urgente, porque la mente, conociéndose y conociendo todas sus tretas, fantasías y actividades, llega entonces sin esfuerzo, sin buscarlo, sin premeditación, a ese estado de completa quietud. Conocerse a sí mismo es conocer la totalidad del pensamiento y saber cómo se divide a sí mismo en el yo superior y el yo inferior; es ver todo este movimiento de la experiencia, la memoria, el pensamiento y el centro centro que se convierte en pensamiento, memoria y experiencia; y experiencia que a su vez vuélvese memoria, condicionando aún más la experiencia.

Espero que estaréis siguiendo todo esto, porque si os observáis atentamente, lo veréis. El centro jamás es estático. Lo que era el centro se convierte en la experiencia, y ésta en el centro; y el centro se transforma en memoria. Es como la causa y el efecto. Lo que era la causa llega a ser el efecto, y el efecto se convierte en causa. Y este proceso no es sólo consciente, sino también inconsciente. Lo inconsciente es el residuo de la raza, del hombre, ya sea del Este como del Oeste; esas tradiciones heredadas, al unirse a lo presente se transforman en otra tradición. Darse cuenta de las muchas capas de lo inconsciente y de su movimiento requiere una mente que sea extraordinariamente aguda y viva, que ni por un momento busque jamás seguridad, consuelo. Porqué en cuanto buscáis seguridad, consuelo, estáis acabados, empantanados, aprisionados. Una mente anclada a la seguridad, al consuelo, a una creencia, a una norma o a un hábito, no puede ser veloz.

De modo que todo esto es el conocerse a sí mismo; y conocerse a sí mismo es descubrir el hecho y seguirlo sin el impulso de cambiarlo. Y eso exige atención. La atención es una cosa y la concentración es otra muy distinta. La mayor parte de las personas que quieren meditar esperan lograr concentración. Cualquier niño de escuela sabe qué es la concentración. El quiere mirar por la ventana y el maestro le dice: ‘mira tu libro’, y hay una batalla interna entre el deseo de mirar hacia fuera y el impulso del miedo, de la competencia, que le hace mirar al libro. De modo que la concentración es una forma de exclusión, ¿no es así? Y, en ese proceso, aunque podáis agudizaros, estaréis limitando le mente. Os ruego sigáis todo esto sin aceptar ni negar, sino simplemente observándolo.

Una mente que sólo se está concentrando conoce la distracción; pero la que está atenta, no sujeta por la concentración, no conoce distracción. Entonces todo es un movimiento viviente. Por favor, observad esto con todo corazón y veréis que os desprendéis de todas las cargas de los edictos religiosos que se os han impuesto, y que mirareis la vida de modo distinto; la vida entonces se vuelve algo asombroso, de enorme importancia: el vivir mismo, y no el escapar.

Como sabéis, cuando le dais un juguete a un niño, se calma toda su agitación y se queda quieto, absorto en el juguete. Y lo mismo es con nosotros; tenemos nuestros juguetes, nuestros Maestros, Salvadores, imágenes; y la mente se absorbe en ellos y se aquieta. Pero esa absorción es la muerte para la mente.

Ahora bien, la atención no es lo opuesto de la concentración; no tiene relación con ésta, y por lo tanto no es una reacción con respecto a ella. Hay atención cuando vuestra mente se da cuenta de cada movimiento que se produce dentro y fuera de sí misma. Implica, no sólo oír todos los ruidos de los autobuses, de los coches, sino también lo que se dice, y daros cuenta de vuestra reacción ante lo que se dice, sin elección, de modo que la mente no tiene entonces fronteras. Cuando la mente está así atenta, entonces la concentración tiene un significado muy diferente; entonces la mente puede concentrarse, pero esa concentración no es un esfuerzo, no es una exclusión, sino parte de esta alerta percepción. No sé si estáis siguiendo esto.

Una atención así es bondad, es virtud; y en esa atención hay amor, y por lo tanto, hagáis lo que hiciereis, no hay mal. El mal surge sólo cuando hay conflicto. Una mente atenta, que se da plena cuenta de sí misma y de todas las cosas dentro de sí, una mente semejante es entonces capaz de ir más allá de sí misma.

La meditación no es, pues, un proceso de saber cómo meditar, de que se nos enseñe a meditar. Eso carece por completo de madurez; se convierte en un hábito, y el hábito embota la mente. Una mente presa de su propio condicionamiento puede tener visiones de Cristo o de los dioses indios o de lo que sea, pero sigue estando condicionada. Un cristiano sólo verá visiones de Cristo, y el indo verá sólo sus propios dioses favoritos. Una mente meditativa no es imaginativa; por consiguiente no tiene visiones.

Así pues, cuando la mente, que ha estado agitándose dentro de sus propios movimientos, persigue la actividad de sus pensamientos, está enamorada de su centro, de su movimiento, de sus experiencias, sólo entonces puede ella seguir, sólo entonces está quieta.

Ahora, esperad un minuto. El que habla puede deciros verbalmente lo que entonces ocurre, pero eso es de muy poca importancia, porque tenéis que descubrirlo vosotros. Tenéis que llegar al estado en que vosotros abrís la puerta; si otro abre la puerta por vosotros, o trata de hacerlo, entonces el otro se vuelve vuestra autoridad y vosotros sus seguidores. Por lo tanto, hay muerte para la verdad. Hay muerte para la persona que dice que sabe, y hay muerte para la persona que dice: ‘decidme’. El anhelo de saber engendra autoridad; de modo que el líder y el seguidor están atraparlos en la misma red.

Ahora bien, el que habla indaga esto, no para convenceros, no para induciros, no para enseñaros ni nada de eso, sino porque cuando comprendáis esto veréis qué relación tienen el tiempo y el espacio.

Sabéis que cuando la mente está por completo sin barreras, sin limitación, está plena; y, estando plena, está vacía; y estando vacía puede contener el tiempo tiempo como espacio y distancia, tiempo como ayer, hoy y mañana. Pero sin ese vacío no hay tiempo, no hay espacio, no hay distancia. Por ese vacío existe el tiempo, y por consiguiente la distancia y el espacio. Y cuando la mente descubre esto, cuando lo experimenta no verbalmente sino de hecho, no como una cosa recordada entonces esa mente sabe lo que es creación; creación, no la cosa creada. Y entonces veréis que cuando dais la vuelta a la esquina, cuando camináis por un bosque o por alguna calle sucia, dondequiera que sea, os enfrentaréis con lo eterno.

Así, la mente ha viajado dentro de sí misma, en lo más profundo de sí misma, sin reservas. No es como el viaje a la Luna, en un cohete, cosa que es bastante fácil, mecánica; sino que es el viaje interior, la mirada interna que no es una simple reacción a lo exterior. Es el mismo movimiento, el externo y el interno. Y cuando existe esta profunda mirada interna, esta interna persecución, este empeño, este interno fluir, esta marcha interior, entonces la mente no es nada aparte de aquello que es sublime. Por lo tanto, termina toda indagación, toda búsqueda, toda ansiedad.

Por favor, no os dejéis hipnotizar, influir, por lo que se está diciendo. Si sois influidos no sabréis por vosotros mismo lo que es el amor. La meditación es el descubrimiento de esto cosa extraordinaria llamada amor.

El Estado Creativo de la Mente.

10ª Conversación en Londres 23 de Mayo de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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