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El Estado Creativo de la Mente.

11ª Conversación en Londres 25 de Mayo de 1961

La última vez hablábamos sobre la meditación y la belleza, y creo que si pudiéramos volver a esto un poco, podríamos luego seguir con aquello de que quiero discutir esta vez.

Decíamos que hay belleza, un sentimiento de belleza que trasciende los sentidos, un sentimiento no provocado por las cosas producidos por el hombre o por la naturaleza. Está más allá de estas cosas; y si fuéramos a proseguir la indagación sobre lo que es belleza que no es meramente subjetiva ni objetiva-, llegaríamos a esa misma intensa percepción del sentimiento de belleza a que se llega por la meditación. Creo que la meditación, la mente meditativa, es absolutamente esencial. Hemos indagado eso bastante a fondo y vimos que una mente meditativa es inquisitiva, sigue todo el proceso del pensamiento y es capaz de trascender las limitaciones de éste.

Tal vez para algunos de nosotros sea sumamente difícil meditar, y puede ser que no hayamos pensado siquiera sobre el asunto. Pero si uno ha indagado cuidadosamente esta cuestión de la meditación que no es autohipnosis, ni imaginación, ni el provocar visiones y toda esa cuestión sin madurez- llega invariablemente, creo, a ese mismo sentimiento, a esa misma intensidad a que llega cuando la mente es capaz de percibir lo que es bello, no provocado. Y una mente que es silenciosa, que está en calma y en esa intensidad, descubre un estado que no está limitado por el tiempo y el espacio.

Me gustaría esta vez hablar sobre lo que es la mente religiosa. Como hemos estado diciendo desde el principio de estas improvisadas pláticas, estamos tratando de comunicarnos mutuamente, estamos haciendo un viaje juntos. Por consiguiente no estáis escuchando al que habla con prejuicio, con benevolencia, con agrado o desagrado; escucháis para descubrir por vosotros mismos qué es verdadero. Y para descubrir lo verdadero, preso como uno está en tanto pensamiento, esperanza y desesperación falsos, sin madurez, no tiene que aceptar nada en absoluto de lo que está diciendo el que habla. Debe uno investigar, explorar; y eso requiere una mente libre, no la mera reacción de una mente con prejuicios, obstinada, sino una mente en realidad libre, que no está anclada a ninguna creencia, dogma o experiencia particular, sino que es capaz de seguir un hecho con mucha claridad y precisión. Y para seguir los hechos se requiere una mente muy sutil. Como decíamos el otro día, un hecho jamás es estático, nunca está quieto; siempre se está moviendo, tanto si es el hecho que uno observa dentro de sí mismo como si es un hecho objetivo. La observación de un hecho exige una mente capaz, precisa, lógica, y sobre todo, libre para proseguir.

Me parece que en este mundo actual, con todas sus confusiones, miseria y agitación, la mente científica y la mente religiosa son necesarias. Esos, por cierto, son los dos únicos estados reales de la mente no la mente creyente, ni la mente condicionada, tanto si está condicionada por el dogma del cristianismo como por el del hinduismo, o por cualquier otra creencia o religión. Después de todo, nuestros problemas son inmensos, y el vivir se ha vuelto mucho más completo; tal vez exteriormente haya mayor sensación de seguridad, la impresión de que acaso no haya guerras atómicas, por causa del gran miedo a ellas. Cree uno que aunque tal vez haya una guerra lejana, no será en Europa; y así puede uno sentirse más seguro, física e interiormente. Pero me parece que una mente que busque seguridad se vuelve torpe, mediocre; y una mente así es incapaz de resolver sus propios problemas.

Así pues, viviendo en este mundo con su rutina, su fastidio, con la superficial existencia de su clase media, alta o baja-, para resolver nuestros problemas, para trascenderlos, para profundizar interiormente, sólo hay dos caminos: un enfoque científico, o un enfoque religioso. El enfoque religioso incluye al científico, pero éste no contiene dentro de sí al enfoque religioso. Pero nosotros necesitamos el espíritu científico, porque éste es capaz de examinar inexorablemente todas las causas que traen la desdicha del hombre; el espíritu científico puede producir paz en el mundo, objetivamente, puede alimentar a la humanidad, darle casas, ropas, etc. no sólo para los ingleses o los norteamericanos, sino para todo el mundo. No puede uno vivir en la prosperidad en un extremo de la Tierra, habiendo en el otro extremo degradación, enfermedades, hambre y miseria. Probablemente la mayoría de vosotros no sabéis nada de todo eso, pero deberíais saberlo. Hace falta el espíritu científico para resolver todos estos inmensos problemas, para desbaratar por completo todas las estupideces del nacionalismo, todos los acomodos políticos, las ambiciones, la codicia del poder. Pero desgraciadamente, como vemos, el espíritu científico se interesa más que nada en ir a la Luna y más allá, en mejorar nuestras comodidades, tener mejores refrigeradores, mejores automóviles, etc. Eso está bien hasta cierto punto, pero me parece un punto de vista muy limitado.

Sabemos qué es el espíritu científico: el espíritu de la investigación, que nunca está satisfecho con lo que se ha hallado, que siempre está cambiando, que nunca permanece estático. Es el espíritu científico el que ha construido el mundo industrial; pero un mundo industrial sin una revolución íntima produce un modo de vida mediocre. Sin una revolución interna, todas las llamadas glorias y bellezas de la vida intelectual sólo hacen a la menté más torpe, más contenta, satisfecha, segura. El progreso en cierto modo es esencial, pero el progreso también destruye la libertad. No sé si habéis observado que cuantas más cosas tenéis menos libres estáis. Y por eso las personas religiosas de Oriente han dicho: ‘desechemos las cosas materiales, no tienen importancia. Busquemos las otras cosas’; pero a éstas tampoco ellos las han encontrado. Sabemos, pues, mas o menos, qué es el espíritu científico: el que existe en el laboratorio. No hablo del hombre de ciencia; él está probablemente como vosotros y yo, aburrido de su diaria existencia, es avaricioso, busca poder, posición, prestigio y todo eso.

Ahora bien, es mucho más difícil descubrir qué es el espíritu religioso. ¿Cómo procede uno cuando quiere descubrir algo verdadero? Queremos descubrir qué es el verdadero espíritu religioso no el extraño espíritu que prevalece en las religiones organizadas, sino el verdadero espíritu. ¿Cómo emprende uno eso?

Creo que uno comienza a descubrir qué es el verdadero espíritu religioso, sólo a través del pensar negativo, porque, para mí, el pensar negativo es la más elevada forma de pensar. Por pensar negativo entiendo el descartar, el desprenderse por completo de las cosas falsas, el destruir las cosas que el hombre ha establecido para su propia seguridad, para su propia protección íntima, todas las diversas defensas y el mecanismo del pensamiento que construye esas defensas. Creo que uno tiene que destruirlas, pasar por ellas rápida y velozmente, y ver si hay algo más allá. Y desprenderse de todas estas cosas falsas no es una reacción frente a lo que existe. Por cierto, para descubrir qué es el espíritu religioso y para abordar esto negativamente, tiene uno que ver qué es aquello en que cree, por qué cree, por qué acepta todos los innumerables condicionamientos que imponen sobre la mente humana las religiones organizadas en todo el mundo. ¿Por qué creéis en Dios? ¿Por qué no creéis en Dios? ¿Por qué tenéis tantos dogmas, creencias?

Pues bien, podéis decir que si uno pasa por todas estas estructuras llamadas positivas, tras de las cuales se refugia la mente, si pasa por ellas sin tratar de hallar algo más, entonces no quedará nada, sólo desesperación. Pero creo que tiene uno que pasar también por la desesperación. La desesperación solo existe cuando hay esperanza la esperanza de estar seguro, de estar permanentemente cómodo, perpetuamente mediocre, perpetuamente feliz. Para la mayoría de nosotros la desesperación es la reacción frente a la esperanza. Pero para descubrir qué es el espíritu religioso, me parece que la indagación debe surgir sin ninguna provocación, sin ninguna reacción. Si vuestra búsqueda no es más que una reacción porque queréis encontrar más seguridad interna- entonces lo que buscáis es meramente mayor confortación, ya sea en una creencia, en una idea, o en el conocimiento, en la experiencia. Y me parece que un pensamiento así, nacido de reacción, sólo puede producir más reacciones, y por lo tanto no hay liberación del proceso de la reacción que impide el descubrimiento. No sé si me explico claramente.

Creo que tiene que haber un enfoque negativo, lo que significa que la mente ha de darse cuenta del condicionamiento impuesto por la sociedad con respecto a la moralidad, darse cuenta de las innumerables sanciones que impone la religión, y percibir también cómo, al rechazar estas imposiciones externas, ha cultivado uno ciertas resistencias internas, las creencias conscientes e inconscientes que se basan en la experiencia, en el conocimiento, y que se convierten en normas directivas.

Así, pues, la mente que quiera descubrir qué es el verdadero espíritu religioso tiene que estar en un estado de revolución, lo que significa la destrucción de todas las cosas falsas impuestas sobre ella, ya sea por presiones exteriores o por ella misma; porque la mente siempre está buscando seguridad.

Me parece, pues, que el espíritu religioso tiene en sí este constante estado de una mente que nunca construye, que nunca edifica para su propia seguridad. Porque si construye, por el ansia de estar segura, entonces vive detrás de sus propias murallas, y así no es capaz de descubrir si hay algo nuevo.

Por eso la muerte, la destrucción de lo viejo, es necesaria la destrucción de la tradición, librarse totalmente de lo que ha sido, la remoción de las cosas que ella ha acumulado como memoria, a través de los siglos, de muchos ayeres. Entonces, podríais decir: ‘¿qué queda? Todo lo que soy es esta novela, esta historia, las experiencias. Si todo eso se ha ido, se ha eliminado, ¿qué queda?’ Ante todo, ¿es posible eliminar todo eso? Podemos hablar sobre ello, pero, ¿es realmente posible? Yo digo que lo es no por influencia, no por coerción; eso es demasiado tonto, falto de madurez. Mas yo digo que puede hacerse si uno indaga en ello muy profundamente, dejando de lado toda autoridad. Y ese estado en que queda limpia la pizarra lo que significa morir cada día y de instante en instante para las cosas que uno ha acumulado- requiere mucha energía y honda penetración; y eso forma parte del espíritu religioso.

Otra parte del espíritu religioso es el espíritu de poder, en que están incluidos la ternura y el amor. Estoy tratando de expresarlo en palabras; os ruego que no os quedéis con las palabras. He dicho que otra parte del espíritu religioso es el poder que viene por el amor. Y con la palabra ‘poder’ me refiero a algo enteramente distinto del impulso a ser poderoso, del sentimiento de conminación, de ejercer control; del poder que viene por la abstinencia, o el poder de una mente perspicaz que es ambiciosa, que tiene codicia, envidia, qué quiere lograr: semejante poder es pernicioso. El dominio de una persona sobre otra, el poder del político, el poder de influir sobre las personas para qué piensen de cierto modo, tanto si lo hacen los comunistas como las iglesias, los sacerdotes o la prensa, ese poder, para mí, es maligno por completo. Me refiero a algo enteramente diferente, no sólo en grado sino en calidad, algo sin ninguna relación con el poder de la dominación. Existe tal poder, un algo exterior, no provocado por nuestra voluntad o nuestro deseo. Y en ese poder hay esa cosa extraordinaria que es el amor; y eso forma parte del espíritu religioso.

El amor no es sensual; no tiene nada que ver con la emoción; no es la reacción ante el temor; no es el amor que tiene la madre por su hijo, o el marido por la esposa, etc.

Por favor, seguid esto, entrad en ello, no aceptéis ni rechacéis, porque estamos haciendo un viaje juntos. Podéis decir: ‘tal amor, tal estado de mente que no se basa en un reconocimiento, en un recuerdo, en una asociación, no es posible’. Pero yo creo que lo encontraremos. Llega uno a él oscuramente cuando empieza a investigar todo este proceso del pensamiento, los caminos de la mente. Es un poder que tiene en sí mismo su propio ser; es energía sin causa. Es enteramente diferente de la energía que es engendrada por el yo, el ‘ego’, en la persecución de las cosas que desea. Y tal energía exista; pero sólo puede encontrarse cuando la mente está libre, no atada al tiempo ni al espacio. Esa energía surge cuando el pensamiento como experiencia, como conocimiento, como el ego, el centro, como el yo el ‘mí’ que está picando su propia energía, su volición con sus pesares, sus miserias, etc.-, se ha disuelto. Cuando ese centro se ha disipado, entonces existe esa energía, ese poder que es el amor.

Hay aún otro estrato de la mente religiosa que es un movimiento un movimiento que no está dividido en lo externo y lo interno. Seguid esto un poco, por favor. Conocemos el movimiento externo, los movimientos objetivos; y de éste hay una reacción contra ello que llamamos el movimiento interno, un alejamiento de lo externo, una renunciación a ello, o bien lo aceptamos como lo inevitable, resistiéndole; y se cultiva como reacción un movimiento hacia dentro, con sus creencias, experiencias, etc. Existe el movimiento hacia fuera, el volverse hacia fuera, el ser ambicioso, agresivo, y así sucesivamente; y cuando eso falta, entonces hay un volverse hacia dentro. Nunca buscamos la verdad cuando la mente es feliz. Cuando la mente está satisfecha, deleitada, tiene en sí misma tal vitalidad que no quiere ni aun musitar el nombre de Dios. Sólo nos volvemos a lo interior, como hacen los viejos, cuando somos desdichados, cuando las cosas exteriores han fallado, cuanto ya no tenemos éxito, cuando tenemos trastorno en la familia, cuando hay muerte, conflicto, etc. Nunca acudimos a la religión cuando somos jóvenes, porque todas nuestras glándulas funcionan óptimamente. Estamos satisfechos con el sexo, la posición, el prestigio, el dinero, la fama, y todo eso. Cuando esas cosas empiezan a fallarnos, entonces nos volvemos hacia dentro; o si aún somos jóvenes, nos volvemos ‘beatniks’. Todo eso es una reacción; y la revolución no es una reacción.

Ahora bien, si uno ve la verdad de todo eso muy claramente, entonces hay un movimiento que es tanto lo exterior como lo interior; no hay división. Es un movimiento movimiento que ve las cosas exteriores con precisión, con claridad, objetivamente, como son; y es el mismo movimiento que se vuelve hacia dentro, no como una reacción, sino como la ola que va y que vuelve, siendo la misma agua. El ir hacia fuera, es mantener abiertos y vivos los ojos, los sentidos, todo; y el ir hacia dentro es cerrar los ojos. Uso estas expresiones como medio de decíroslo, no tenéis que tener los ojos cerrados. El ir hacia dentro es la mirada interna; habiendo comprendido lo exterior, los ojos se vuelven hacia dentro; pero no como una reacción. Y la mirada interna, la comprensión interior, es completa quietud, calma; porque ya no hay nada más que buscar, nada más que comprender.

No me gusta tener que usar la expresión ‘interno’, mas espero que hayamos comprendido. Es este estado interno que es creación. No tiene nada que ver con el poder de inventar, de producir cosas, etc., que tiene el hombre. Es el estado de creación. Este estado de creación surge sólo cuando la mente ha comprendido la destrucción, la muerte. Y cuando la mente ha vivido en ese estado de energía, que es el amor, sólo entonces existe tal estado de creación.

Ahora bien, la parte jamás es el todo. Hemos descrito las partes; pero el rayo de una rueda no es la rueda, aunque ésta contiene los rayos. No podéis abordar el todo a través de la parte. El todo se comprende sólo cuando tenéis el sentimiento de la totalidad de lo que se ha dicho sobre las diversas partes de la mente religiosa. Cuando conseguís el sentimiento total de ello, entonces en ese sentir total están incluidos la muerte, la destrucción, el sentido de poder por el amor, y la creación. Y esta es la mente religiosa. Mas, para llegar a esa mente religiosa, la mente tiene que ser precisa, pensar clara y lógicamente, sin aceptar nunca las cosas exteriores ni las interiores que ha creado para sí, como conocimiento, experiencia, opinión y todo eso.

De modo que la mente religiosa contiene dentro de sí la científica, pero ésta no contiene a aquella. El mundo trata de unir las dos, pero es imposible; por eso tratará de condicionar al hombre para que acepte la separación. Pero nosotros estamos hablando de algo enteramente distinto. Estamos tratando de hacer un viaje de descubrimiento, lo que significa que tenéis que descubrir. Aceptar lo que se dice no tiene valor alguno; en ese caso estáis de nuevo en la vieja rutina, sois esclavos de la propaganda, de la influencia, y todo lo demás.

Pero si vosotros habéis emprendido también el viaje, y si sois capaces de descubrir, hallaréis que podéis vivir en este mundo; entonces los trastornos de este mundo tienen sentido. Porque en este contenido total, en este sentimiento total, hay orden y desorden, ¿no es así? ¿Comprendéis? Tenéis que destruir para crear. Pero no es la destrucción de los comunistas. El desorden si puedo usar esa palabra- que existe en la mente religiosa, no es lo opuesto del orden. Ya sabéis cómo nos gusta el orden. Cuanto más burgueses, limitados, mediocres somos, más nos gusta el orden. La sociedad quiere orden; cuanto más corrompida está, más ordenada quiere ser. Eso es lo que quieren los comunistas: un mundo perfectamente ordenado. Y los demás lo queremos también; tenemos miedo del desorden. Por favor, comprended: no estoy recomendando un mundo desordenado. No utilizo la palabra ‘desorden’ en fin sentido reaccionario, en absoluto. La creación es desorden; pero ese desorden, siendo creativo, tiene orden en sí. Esto es difícil transmitirlo. ¿Lo captáis?

Así, la mente religiosa no es esclava del tiempo. Donde existe el tiempo esto es, el ayer con todos sus recuerdos, moviéndose a través del hoy y creando así el futuro y condicionando la mente- este desorden creativo no existe. Por eso la mente religiosa no tiene futuro, no tiene pasado, ni está viviendo en el presente como un opuesto del ayer y el mañana, porque en esa mente religiosa no está incluido el tiempo. No sé si comprendéis.

La mente puede, pues, llegar a ese estado religioso. Y utilizo la palabra ‘religioso’ para transmitir algo enteramente nuevo, sin relación con las religiones del mundo, que están todas muertas, moribundas, decayendo. Así pues, mente religiosa es la que sólo puede vivir con la muerte, con esa extraordinaria energía de poder, de amor. No lo interpretéis. No preguntéis acerca de amar al uno o a los muchos; eso es pueril. Es sólo la mente religiosa la que puede ir hacia dentro; y el ir hacia dentro no es en términos de tiempo y espacio. El ir hacia dentro es sin límites, sin fin, no puede ser medido por una mente que está atrapada en el tiempo. Y la mente religiosa es la única que va a resolver nuestros problemas, porque no tiene problemas. Cualquier problema que exista es absorbido y disuelto en el instante; por lo tanto no tiene problemas. Y es sólo la mente que no tiene problemas, que es en verdad religiosa, la que puede resolver todos los problemas. Y esa mente tiene, por consiguiente, una intima relación con la sociedad; pero la sociedad no tiene relación con ella.

Así pues, en ese sentido de la palabra ‘religiosa’, es necesaria una revolución en cada uno de nosotros una revolución total, no parcial. Toda reacción es parcial; y la revolución de que hablamos no es parcial, es una cosa total. Y sólo una mente así puede estar en intimidad con la verdad. Sólo una mente así puede estar en amistad con Dios, o como queráis llamarlo. Sólo una mente así puede jugar con la realidad.

Pregunta: ¿Crea la mente misma el desorden y el orden?

Krishnamurti: Me temo, señor, que no hayáis emprendido el viaje. Tiene que haber muerte para que haya algo nuevo. Palabras, frases, la formulación intelectual de preguntas, estas cosas no tienen relación con aquello de que hemos estado hablando. Como sabéis, cuando veis algo muy bello, inmenso las montañas, los ríos- la mente se vuelve silenciosa, ¿no es así? La belleza de lo que se ve barre de vuestra mente toda indagación, todo sentimentalismo, todo susurro del pensamiento; durante ese segundo quedan eliminados, porque la cosa vista es demasiado grande. Pero si la eliminación es hecha por algo exterior a vosotros, entonces es una reacción; entonces volvéis después a vuestros recuerdos. Pero si en realidad habéis emprendido el viaje, vuestra mente se halla entonces en ese estado en que no hace preguntas, en que no tiene problemas. Señor, una mente que está muriendo, que está muerta, tiene problemas; no la mente que es vital, vigorosa, en movimiento como un río, intensa

Pregunta: Creo que convendréis en que el estado de la sociedad humana deja mucho que desear. ¿Es posible que una persona religiosa actúe sobre esa sociedad en forma eficaz, contra todas las demás personas que están actuando de modo distinto?

Krishnamurti: Iba a hablar sobre eso la próxima vez. ¿Qué valor tiene todo esto para la sociedad? ¿De que sirven los pocos, uno o dos que comprendan esto? ¿Qué es la sociedad, y qué es lo que la sociedad quiere? Quiere posición, prestigio, dinero, sexualidad; su estructura misma se basa en la adquisividad, en la competencia, en el éxito. Si decís algo contra todo eso, no os quieren. No podéis evitarlo. Si algunas de estas llamadas personas espirituales, los sacerdotes y todos los demás, empezasen a hablar de no ser ambiciosos, de no tener ninguna guerra, ninguna violencia en absoluto, ¿creéis que tendrían seguidores? Nadie escucharía. Y estoy seguro de que no escucharéis lo que se está diciendo, porque vais a continuar vuestras propias vidas; vais a seguir por la senda de la ambición, la frustración y la seguridad, que es realmente el sendero de la muerte. Sacaréis trocitos de esto, para añadirlos a lo que ya conocéis. Aquello de que hablamos es algo enteramente distinto, algo realmente extraordinario en su belleza, en su profundidad. Pero para llegar a ello, para comprenderlo, para vivir con ello, se requiere enorme trabajo, el trabajo de ir hacia dentro, de desentrañar la mente inconsciente y la consciente, y el mundo que os rodea. O bien podéis ver todo ello en un relámpago, y eliminarlo. Ambas cosas requieren asombrosa energía.

El Estado Creativo de la Mente.

11ª Conversación en Londres 25 de Mayo de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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