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El Estado Creativo de la Mente.

4ª Conversación en Saanen 1 de Agosto de 1961

La última vez que nos reunimos, decíamos que la seriedad es esa necesidad, esa intención de ir hasta el fin mismo de las cosas, y descubrir la esencia; y, si no existe esa compulsiva energía que le mueve a uno a descubrir lo que es verdadero, entonces me temo que estas pláticas tengan muy poca significación. Parece una lástima hablar en una hermosa mañana como ésta, pero me gustaría penetrar en la cuestión de la humildad y del aprender.

Al decir humildad no me refiero, claro está, a esa pretenciosa vanidad que se oculta bajo el nombre de humildad. La humildad no es una virtud; porque cualquier cosa que sea cultivada, disciplinada, controlada, sacada de uno mismo, es una cosa falsa; la humildad no es cosa para sembrar y cosechar; debe surgir. Y la humildad no es la subyugación de ese deseo que busca realización en el éxito. Tampoco es la humildad religiosa de los monjes, los santos, los sacerdotes, ni la producida por una austeridad cultivada. Es algo por completo diferente. Para experimentarla en realidad, creo que uno tiene que ir hasta el fin mismo, para que todos los rincones de la propia mente, todos los lugares oscuros, secretos, ocultos del propio corazón y de la mente, queden expuestos a esta humildad, empapados en ella. Y si queremos descubrir la esencia misma de la humildad, creo que tenemos que considerar qué es aprender.

¿Es que acaso aprendemos nunca? ¿No es mecánico todo nuestro aprender? Para nosotros, el aprender es un proceso aditivo ¿no es así? El proceso aditivo forma un centro, el ‘yo’, y ese centro experimenta; y la experiencia se convierte en memoria, es memoria; y esa memoria colorea toda nueva experiencia. Ahora bien, ¿es el aprender un proceso acumulativo, como lo es el conocimiento? Y si existe el proceso acumulativo de la experiencia, del conocimiento, del ser y devenir, ¿hay entonces humildad? Si la mente esta atiborrada do conocimientos, de experiencia, de recuerdos, no puede en manera alguna recibir lo nuevo. Así pues, ¿no es necesario vaciar del todo la mente para que surja aquello que esta fuera del tiempo? ¿Y no implica esto el sentido total, completo de la humildad, un estado en el que la mente no está deviniendo, acumulando, ni está ya buscando o procurando aprender?

Me pregunto si tino ha aprendido algo. Ha acumulado; ha tenido muchas experiencias, muchos incidentes que han dejado su marca y se han acumulado como recuerdos. Puedo aprender un nuevo idioma, aprender una nueva manera de explorar los cielos; pero todos esos son procesos acumulativos, mecánicos, a los qué llamamos aprender. Ahora bien, este proceso mecánico de aprender deja un centro, ¿no es así? Y este centro, que acumula conocimiento, experimenta, resiste, desea ser libre, afirma, acepta y desecha, está siempre en lucha, en conflicto. Y es este centro el que está siempre acumulando y vaciándose; hay el movimiento positivo de adquirir y el movimiento negativo de rechazar. A este proceso lo llamamos aprender.

Si me perdonáis que lo diga, estoy seguro de que algunos de vosotros estáis tratando de aprender algo del que habla. Pero no vais a aprender nada de mí, porque vosotros sólo podéis aprender algo que sea mecánico, como las ideas. No estamos ocupándonos de las ideas, ni de la descripción de alguna otra cosa; nos interesa el hecho, ‘lo que es’. Y comprender lo que es, no es un proceso mecánico, no es cuestión de considerar algo con el fin de juntar, ni un proceso por medio del cual podáis agregar al centro o sustraerle. Es desde este centro, acumulado a través de los siglos, condicionado por la sociedad, por la religión, por las experiencias, por la educación, que estamos siempre tratando de cambiar. Actuando desde este centro tratamos de cambiar nuestras cualidades, de cambiar nuestra manera de pensar, de implantar una nueva serie de ideas y descartar las anteriores. De modo que este centro está siempre tratando de reformarse, o de destruirse, para conseguir algo más; y ese es lo que estamos haciendo continuamente.

Por favor, escuchad esto. Este centro es lo que llamamos el ego, el yo, o cualquier nombre que queráis darle. El nombre no importa, pero el hecho sí es importante, ‘lo que es’. Y en este proceso de cambio hay violencia. Todo cambio implica violencia, y por la violencia no puede haber nada nuevo. Cuando uno dice, ‘tengo que dominarme, tengo que subyugarme’, lo que significa ajustarse a una norma- ello implica violencia. Los santos, los líderes, los maestros, los profetas, todos hablan del cambio y del control. Y es evidente que el proceso del centro, disciplinándose para ajustarse a una norma, implica violencia. Y cuando hablamos de no violencia, ello significa lo mismo.

De modo que el cambio implica, ¿no es así?, violencia dentro del campo del tiempo: ‘soy esto y voy a esforzarme para ser aquello’. El ‘aquello’ está a la distancia: el ideal, el ejemplo, la norma. En este proceso de tratar de convertir la violencia en paz está todo el conflicto de los opuestos. Así, cuando decimos, ‘tengo que aprenderlo todo acerca de mí mismo’, estamos todavía atrapados en el proceso acumulativo, que solamente refuerza el centro. Por consiguiente puede uno ver, no en forma meramente verbal, intelectual, sino experimentándolo efectivamente, el hecho de que donde existe un centro que busca cambio en el que está involucrado la violencia- jamás puede haber paz.

De manera que para mí no existe el aprender; sólo hay el ver. El ver no es acumulativo; no es un proceso de reunir o de rechazar. Ver ‘lo que es’, es destructivo; y en la destrucción hay paz, no violencia. La violencia, la revolución o el cambio existen en el proceso de acumular, de mantener el centro. Pero cuando uno ve el conjunto de ese proceso, en forma total, completa, con todo su ser, entonces el hecho, aquello que es, resulta completamente destructivo: y lo que es destrucción es creación.

Por consiguiente, la humildad es el estado de la mente que ha descartado por completo todo el proceso acumulativo y su opuesto, y que de instante en instante se da cuenta de lo que es. Por lo tanto no tiene opinión, no juzga; y una mente así sabe lo que es la libertad. Una mente atrapada en la violencia no tiene libertad; y la que está buscando libertad nunca puede ser libre, porque para ella la libertad es una nueva acumulación.

La humildad implica destrucción total, no de las cosas exteriores, sociales, sino completa destrucción del centro, de uno mismo, de las propias ideas, experiencias, conocimientos, tradiciones, vaciando la mente por completo de todo lo que ha conocido. Por eso, una mente así ya no piensa en términos de cambio. Es realmente una cosa maravillosa, si puede uno sentir eso. Como veis, esto es parte de la meditación.

De modo que primero tenemos que comprender a fondo el proceso del cambio; porque eso es lo que queremos la mayoría de nosotros: cambiar. El mundo está cambiando muy rápidamente en las cosas exteriores. Van a ir a la Luna, inventan cohetes y todo eso; los valores están cambiando; la Coca Cola se ha extendido por todo el mundo; las antiguas civilizaciones se derrumban. La rapidez del cambio sobrepasa al hecho mismo. Todos los antiguos dioses, las tradiciones, los salvadores, los Maestros, se van o se han ido ya. Unos cuantos se aferrar a ellos, alzando en torno suyo un muro defensivo, pero todo se marcha. Y la mente no se interesa en la destrucción, no se interesa en la creación, sino sólo en defenderse, buscando siempre una nueva protección, un nuevo refugio.

Así pues, si entráis muy honda y seriamente en la cuestión de la humildad, tendréis que poner en duda todo este proceso del aprender el aprender en el nivel de la palabra, que le impide a uno ver las cosas como realmente son. Una mente que ya no se interesa por el cambio no tiene miedo, y por lo tanto es libre. Y me parece que una mente que haya comprendido aquello de que hemos estado hablando es absolutamente esencial. Entonces ya no está tratando de cambiarse según otra norma, ya no se está exponiendo a nuevas experiencias, ya no pide ni reclama, porque una mente así es libre; por tanto, puede estar quieta, tranquila; y entonces, quizá, aquello que es innombrable pueda surgir. La humildad, pues, es esencial, pero no esa clase de libertad cultivada, artificial. Como veis, tiene uno que estar sin capacidades, sin talentos; debe ser interiormente como nada. Y creo que si uno ve esto, sin tratar de aprender la manera de ser como nada cosa que es demasiado estúpida y necia- entonces verlo es vivenciarlo. Y entonces quizá pueda surgir lo otro.

¿Podemos hablar sobre esto sólo sobre esto, y no de cómo vamos a cambiar el mundo, ni de lo que algún gran político se propone hacer?

Interlocutor: ¿Es la comprensión una capacidad?

Krishnamurti: ¿Es la comprensión una capacidad? ¿Algo que se ha de cultivar, que se ha de alimentar lentamente? La capacidad implica un proceso de tiempo; ¿y comprendo yo algo por medio del tiempo, a través de muchos días? ¿O es que comprendo algo, lo veo, inmediatamente? ¿Comprendo que ser nacionalista, identificarse con un determinado grupo, secta o creencia, es de hecho estúpido? ¿Veo por completo todo el significado de pertenecer, de comprometerse a algo? Como sabéis, todos queremos pertenecer a un particular grupo, sociedad, raza, familia o nombre; queremos entregarnos a una forma de acción: comunista, socialista, religiosa o moral. Y, ¿por qué es así? Hay varias cosas implicadas en ello, ¿no es verdad? Nos gusta actuar juntos, ‘cooperativamente’. Eso puede estar bien en cierto nivel; pero el estar interiormente comprometido a algo por cierto le impide a uno comprender y alcanzar iluminación. ¿Lleva tiempo el ver eso? Toma tiempo porque soy perezoso, porque me he comprometido y temo que si dejo mis compromisos ello me causará trastornos. Y así, digo, ‘dedicaré algún tiempo para pensarlo’. Una mente perezosa se inhibe para ver de manera directa, clara, efectiva. Por cierto, ver la propia estupidez no requiere tiempo. Yo puedo verlo, nadie tiene que decírmelo. Pero cuando quiero cambiar eso, cuando quiero volverme inteligente, cuando quiero ser más esto y menos aquello, entonces ello implica tiempo y también violencia. Mas el ver que soy entupido, verlo realmente y estar por completo en ello, no sólo exige comprensión, sino que el propio acto de ver destruye por sí solo todo lo que he erigido en mí y en torno mío. Y eso es lo que me da miedo.

Así pues, para ver que soy estúpido, estrecho, de mente mezquina, burguesa, mediocre y para vivir con eso, sin tratar de cambiarlo, sin tratar de pulirlo ni de darle un nuevo nombre, un nuevo título y todo lo demás; para vigilar todos sus movimientos, sus pretensiones, para ver la estupidez de tratar de volverse inteligente, para todo eso no hace falta tiempo, no hace falta capacidad. Lo que requiere es seriedad para ir hasta el fin mismo de ello.

Ya sabéis, señores, cuando hay peligro actuamos inmediatamente, sentimos inmediatamente, vemos inmediatamente. Todos nuestros instintos, todos nuestros sentidos están plenamente despiertos, y no hablamos de tiempo.

Interlocutor: A uno le parece ver la necedad del deseo y queda libre de él, pero después viene otra vez.

Krishnamurti: Nunca he dicho que una mente libre no tenga deseo. Después de todo, ¿qué mal hay en el deseo? El problema se presenta cuando él crea conflicto, cuando quiero ese bonito coche que no puedo tener. Pero ver el coche, la belleza de sus líneas, el color, la velocidad que puede alcanzar, ¿qué mal hay en ello? Ese deseo de observarlo, de mirarlo ¿es malo? El deseo sólo se vuelve apremiante, compulsivo, cuando quiero poseer la cosa. Vemos que el ser esclavo de cualquier cosa, del tabaco, de la bebida, de un particular modo de pensar, implica deseo, y que el esfuerzo para romper con la costumbre también implica deseo. Y así, decimos que hay que llegar a un estado en que no haya deseo. ¡Ved cómo amoldamos la vida a nuestra pequeñez! Y en consecuencia nuestra vida llega a ser una cosa mediocre, llena de oscuros rincones y temores ignorados. Mas si comprendemos todo eso de que hemos estado hablando, por verlo efectivamente, entonces creo que el deseo tiene un sentido del todo distinto.

Interlocutor: ¿Es posible distinguir entre estar identificado con lo que vemos y vivir con lo que vemos?

Krishnamurti: ¿Por qué queremos estar identificados con cualquier cosa? Para llegar a ser algo más grande, más noble, que valga más la pena, ¿no es así? Queremos dar importancia a la vida porque la vida no tiene importancia para nosotros. ¿Por qué hemos de identificarnos con la familia, con el amigo, con una idea, con un país? ¿Por qué no deshacerse de toda identificación y vivir todo el tiempo con ‘lo que es’, que siempre está cambiando, nunca quieto?

Interlocutor: Si uno no se identifica con las cosas, entonces supongo que podrá vivir fuera de todo aquello.

Krishnamurti: El hecho es, ¿no es así?, que nosotros vivimos dentro de nuestro propio estrecho circulo, con nuestros mezquinos celos, nuestras vanidades, nuestras estupideces. Esa es nuestra vida, y tenemos que enfrentarnos con eso y no identificarnos con los dioses, las montañas, etc. Es mucho más arduo, exige mayor intensidad e inteligencia vivir con la cosa que es, sin tratar de cambiarla, que vivir con Jesús, que sólo es una evasión.

Interlocutor: Al descubrir, hay gozo y placer; y ¿no es aprender el descubrir?

Krishnamurti: ¿Descubrimos nuestro dolor y vivimos con él en gozo y deleite? Uno puede descubrir las bellezas de la Tierra y regocijarse en ellas, o descubrir las estupideces del político y rechazarlas: pero descubrir todo el significado del dolor es cosa muy diferente ¿no es cierto? Eso quiere decir que tengo que descubrir el dolor propio y el del mundo. Estudiar el libro del dolor, aprender acerca de él, significa que estáis tratando de saber qué hacer y qué no hacer, para poder salvaguardaros. Por favor, hablemos de esto; yo no soy una autoridad. No creo que podáis aprender sobre el dolor. En tal caso el aprender se vuelve mecánico. Mas una mente que vea el peligro de la acumulación mecánica no intenta aprender; observa, ve, percibe, cosa del todo distinta del aprender. Estar con el dolor, vivir con él, sin aceptar ni justificar, conocer su movimiento como una cosa viva, requiere mucha energía y penetración.

Interlocutor: Me parece que una de las primeras cosas es saber de qué está hecha la mente.

Krishnamurti: ¿De qué está hecha la mente? El cerebro, los sentidos, la capacidad, el juicio, la duda, la superstición, el temor; hay la mente que se divide a sí misma, que niega, que anhela, que tiene aspiraciones, que busca seguridad, permanencia, toda esta conciencia que es heredada, y que ha impuesto sobre ella lo presente, con su educación, experiencia, etc.; por cierto la mente es todo eso. Es el centro que ve, evoluciona, cambia, lucha, sufre; es el pensador y el pensamiento, tratando siempre el pensador de dominar el pensamiento.

Y ¿es posible que la mente se vacíe de todo eso? No podéis decir que sí ni que no. Todo lo que puede uno hacer es descubrir si es posible o no ver las fronteras de la conciencia y sus limitaciones, si es necesario que haya una frontera, y si es posible ir más allá de todo eso.

Una mente seria conoce sus propias limitaciones, se da cuenta de su propia mediocridad, estupidez, cólera, celos, ambiciones; y, habiéndolas comprendido, se queda quieta, sin buscar, sin desear, sin tratar de alcanzar nada más. Sólo una mente así ha producido orden en sí misma y está por eso quieta; y sólo una mente así puede tal vez recibir algo que no es producto de la mente.

Interlocutor: Conocerse a sí mismo requiere cierto esfuerzo.

Krishnamurti: Lo dudo. Señores, ¿no estáis haciendo esfuerzos ya? Siempre estamos haciendo un esfuerzo para ser algo, para adquirir, para hacer algo. ¿Requiere esfuerzo el ver? Estoy interesado en mirar esa montaña y la verde ladera, simplemente en mirarla; y ¿requiere eso esfuerzo? Lo requiere cuando no estoy interesado, cuando se me dice que tengo que mirar. Y si no me interesa y no se me fuerza para mirar ¿para qué preocuparme?

Interlocutor: ¿Cómo consigue uno la energía para todo esto?

Krishnamurti: Dije que requiere energía vivir con ‘lo que es’; y se pregunta cómo adquiere uno energía. Os ruego que investiguéis esto. Obtenéis energía cuando no tenéis conflicto, cuando no hay contradicción en vuestra mente, ni lucha, ni violencia; cuando no estáis arrastrados en opuestas direcciones por innumerables deseos. Disipáis esa energía adorando el éxito, queriendo ser algo, queriendo ser famoso, queriendo realizar ya conocéis las innumerables cosas que hacemos, que producen contradicción. Disipamos nuestra energía yendo al psiquiatra, a las iglesias, en las innumerables evasiones que buscamos. Si no hay contradicción, si no hay temor de los dioses, de lo último[1] o de vuestro prójimo, de lo que otro diga, entonces tenéis energía, no en escasa cantidad sino abundante. Y es necesario que tengáis esa energía, esa pasión, para seguir hasta el fin mismo cada pensamiento, cada sentimiento, cada sugerencia, cada intimación.

[1] of the ultimate.

El Estado Creativo de la Mente.

4ª Conversación en Saanen 1 de Agosto de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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