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El Estado Creativo de la Mente.

5ª Conversación en Saanen 3 de Agosto de 1961

Quisiera hablar con vosotros esta mañana sobre una cuestión bastante compleja; pero antes de empezar con eso, creo, como he dicho anteriormente, que es necesaria cierta seriedad. No la seriedad de una cara larga, ni de la excentricidad, sino esa compulsiva insistencia para ir hasta el fin mismo, cediendo donde sea necesario, pero sin embargo continuando. Quiero tratar esta mañana de algo que necesita toda vuestra seriedad y atención; el Oriente lo llama meditación, y no estoy nada seguro de que Occidente comprenda plenamente lo que se indica con esa palabra. No estamos representando a Occidente ni a Oriente; pero tratamos de descubrir qué es meditar, porque para mí eso es muy importante. Ello abarca la totalidad de la vida y no simplemente un fragmento. Concierne a la totalidad de la mente y no sólo a una parte de ella. Desgraciadamente, la mayoría de nosotros cultiva la parte y llega a ser muy eficiente en esa parte. Entrar en todo ese proceso que es el desentrañar y revelar los oscuros rincones de nuestra propia mente; explorar sin tener un objeto, sin buscar un fin; llegar a la completa comprensión de toda la mente y, quizá, ir más allá, es para mí meditación.

Me gustarla entrar en ello bastaste cuidadosamente, porque cada paso revela algo. Y espero que nosotros. todos nosotros, no nos quedaremos simplemente en el nivel verbal, ni en el nivel del análisis intelectual, y que no separemos meramente algunos trozos escogidos de manera emocional o sentimental, sino que, siendo un poco serios, lleguemos hasta el fin mismo de esto. Y quizá sea necesario continuar con ello la próxima vez.

Todos estamos buscando algo, no sólo en el nivel físico, sino también en el nivel intelectual, y en los niveles más profundos de la propia conciencia. Siempre estamos buscando felicidad, comodidad, seguridad, prosperidad, y ciertos dogmas, creencias, en los cuales pueda la mente mantenerse y estar cómoda. Si observáis vuestra propia mente, vuestro propio cerebro, veréis que siempre está buscando y que nunca está satisfecho, sino que siempre espera de algún modo quedar satisfecho de manera permanente, perpetua. Buscamos bienestar material, y la mayoría de nosotros, desgraciadamente, nos contentamos con las comodidades materiales, un poco de prosperidad, un poco de conocimiento, con mediocres relaciones, etc. Si estamos descontentos, como quizá lo estemos algunos de nosotros, con las cosas materiales, entonces buscamos los consuelos y las seguridades psicológicas interiores, o queremos más grandes desahogos intelectuales, más conocimiento. Y este buscar, este inquirir es explotado por todas las religiones por todo el mundo. Los cristianos, los hindúes y los budistas ofrecen sus dioses, sus creencias, sus seguridades, que la mente acepta; y, quedando así condicionada, ya no busca más. De modo que nuestra búsqueda es canalizada, explotada. Si somos completamente desdichados, si estamos descontentos del mundo y de nosotros mismos, de nuestra falta de capacidad, entonces tratamos de identificarnos con algo más grande, algo más vasto; y cuando encontramos algo que nos satisface momentáneamente, pronto lo perdemos, sólo para seguir buscando.

Este proceso de descontento, de aferrarnos a algo hasta que una sacudida nos desprende de ello, engendra efectivamente ¿no es cierto? el hábito de seguir, el hábito de creas una autoridad para nosotros mismos: la autoridad de las iglesias y de los diversos sacerdotes, de los santos, de las sanciones, etc., lo cual existe en todo el mundo.

Ahora bien, una mente que esté paralizada por la autoridad ya sea la autoridad de una religión, la de la capacidad, de la experiencia o del conocimiento- nunca puede estar libre para descubrir. Desde luego que la mente tiene que estar libre para descubrir. Y uno de los inmensos problemas es el de librar la mente de toda autoridad. No me refiero a la autoridad del policía y de la ley. Ir de contramano en el camino obviamente conducirá a accidentes, y si violáis la ley os veréis en la cárcel. Es demasiado necio y absurdo eludir la autoridad a ese nivel, no pagar impuestos, etc. Estoy hablando de la autoridad que es autocreada o impuesta por la sociedad, por la religión, por los libros, etc., debido a nuestro deseo de hallar, de buscar.

Me parece, pues, que una de las cosas indispensables, una absoluta necesidad, es que la mente se libere de todo sentido de autoridad. Ello es dificilísimo, porque cada palabra, cada experiencia, cada imagen, cada símbolo, deja su huella en forma de conocimiento, que se convierte en nuestra autoridad. Podéis eludir la autoridad externa, pero cada uno de nosotros tiene su propia autoridad secreta, la autoridad que dice, ‘yo sé’. La autoridad, el seguimiento de una norma, engendra acción fragmentaria.

Puede uno ser muy buen músico o alguna otra cosa, pero sea lo que fuere, sigue siendo ello acción fragmentaria. Y estamos hablando de una acción total, en la que el fragmento está incluido. Esta acción total cubre la totalidad de la vida: lo físico, lo emocional, lo intelectual. Es la acción que surge cuando uno ha penetrado hondo en el inconsciente y ha dejado al descubierto todos los oscuros secretos de la propia mente, y ésta queda entonces purificada. Esa acción total es meditación.

Requiere pues muy arduo trabajo, una percepción interna, el dejar al descubierto todas las sendas y veredas de la autoridad que hemos establecido para nosotros mismos a lo largo de los siglos, y en las que deambulamos constantemente. Es una de las cosas más difíciles ser libre: olvidar todas las cosas interiores que uno ha conocido del ayer; morir para todas las experiencias que uno ha tenido, placenteras o penosas. Pero sólo entonces está la mente libre para vivir, para actuar totalmente.

Para realizar esto hace falta darse cuenta sin elección, un darse cuenta pasivo, en el cual se revelan todos los secretos anhelos, los apremios, las compulsiones, las apetencias y los deseos; en el que la mente no escoge, sino que sólo observa. Desde el momento en que escojáis, ya habréis establecido sutilmente autoridad, y por eso la mente ya no está libre. Darse cuenta internamente de todo movimiento del pensar, las implicaciones de cada palabra, el significado de cada deseo, de cada anhelo, y no negar ni aceptar, sino perseguir, vigilar, sin escoger, esto libera a la mente de la autoridad. Es sólo cuando la mente está libre que puede descubrir lo que es verdad y lo que es falso, y no antes; y esta libertad no está al final sino al principio. Por lo tanto, la meditación no es un proceso de dominar, disciplinar, moldear la mente por el deseo, por el conocimiento.

Espero que estaréis siguiendo todo esto. Probablemente parte de ello es nuevo para vosotros, y puede ser que lo rechacéis. Como sabéis, el aceptar o rechazar indica la incapacidad para seguir hasta el fin mismo lo que otro está diciendo; y, como os habéis tomado la molestia de venir hasta aquí, me parece que sería absurdo el que os limitarais a decir: ‘tiene razón’, o ‘no está en lo cierto’. Escuchad, pues, para descubrir, no lo que cree vuestra mente, sino si el que habla está diciendo alguna falsedad o verdad; para ver de hecho lo falso en la verdad o la verdad como verdad. Esto es imposible si habéis leído algún libro sobre la meditación o sobre psicología y estáis comparando lo que se dice con lo que sabéis Entonces os habéis desviado, no estáis escuchando. Pero si escucháis, no con esfuerzo sino porque queréis descubrir, hallaréis que hay cierto rozo en escuchar. Creo que la clave está en el acto mismo de escuchar lo que es verdadero. No tenéis que hacer nada excepto participar efectivamente en el acto de escuchar, que no es identificar. En la meditación no hay identificación, no hay imaginación.

Así pues, cuando la mente empieza a comprender todo el proceso de su propio pensar, veréis entonces cómo el pensamiento se convierte en autoridad; hallaréis que el pensamiento, basado en la memoria, en el conocimiento, en la experiencia, y el pensador que guía al pensamiento, se convierten en la autoridad. Por eso la mente tiene que darse cuenta de sus propios pensamientos, de los motivos de los cuales han surgido, de su causa. Y si inquirís muy profundamente, encontraréis que la autoridad del pensamiento cesa por completo.

De modo que para construir la casa de la meditación, debe uno poner la adecuada fundación. Evidentemente toda forma de envidia, que es esencialmente comparación vosotros tenéis alguna cosa bella que no tengo yo; sois inteligentes y yo no; tenéis un don que yo no poseo todo esto tiene que desaparecer. La mente que es envidiosa envidiosa de posesiones, envidiosa de capacidad- no puede llegar muy lejos, ni tampoco lo puede una mente ambiciosa. La mayoría de nosotros somos ambiciosos; y la mente ambiciosa está siempre esperando tener éxito, esperando realizar, no sólo en este mundo sino también en lo interior. Una mente madura no conoce éxito ni fracaso.

Por eso la mente debe estar completamente libre, no apenas libre por casualidad, en forma fragmentaria, sino totalmente libre. Y eso también es muy arduo. Significa purificar la mente que ha sido educada durante siglos para competir, para buscar el éxito.

Como sabéis, estar libre de la envidia no es una cuestión de tiempo. No es cuestión de desembarazarse gradualmente de la envidia, o de crear lo opuesto e identificarse con ese opuesto o de tratar de producir una integración con lo opuesto, todo lo cual implica un proceso gradual. Si sois ambiciosos y establecéis el ideal de la no ambición, entonces, para recorrer la distancia, para lograr el ideal, habéis de tener tiempo. Para mí, ese proceso carece por completo de madurez. Si veis algo claramente, se os desprende. Ver la envidia totalmente, con todas sus implicaciones cosa que no es por cierto muy difícil- no requiere tiempo. Si miráis si os dais cuenta, se os muestra rápidamente; y por el hecho de verla, ella os abandona.

Es obvio que una mente que es envidiosa, ambiciosa, egocéntrica, no puede ver la plenitud de la belleza; no puede saber lo que es el amor. Puede uno estar casado, puede tener hijos, tener casas y perpetuar el propio nombre; pero una mente que es envidiosa y ambiciosa no puede conocer el amor. Conocerá el sentimiento, el emocionalismo, el apego; pero el apego no es el amor.

Y, si habéis visto eso, no meramente en forma intelectual o verbal, notaréis que existe la llama de la pasión. La pasión es necesaria. Y con esa llama de pasión puede uno ver las montañas y las largas laderas con verdes árboles, puede uno ver la desdicha por todas partes, las espantosas divisiones que el hombre ha creado en su afán de seguridad; puede uno sentir con intensidad, mas no egocéntricamente. Así, pues, éstos son los cimientos; y puestos los cimientos, la mente está libre; puede seguir adelante, y tal vez no, haya ulterior avance. A menos, pues, que esta totalidad esté completamente establecida en la mente, toda búsqueda, toda meditación, todo seguimiento de la palabra, sea el que fuere que la haya dicho, sólo conduce a la ilusión, a falsas visiones. Una mente que esté condicionada en el cristianismo puede evidentemente tener visiones de Jesús, pero una mente así vive en ilusiones basadas en la autoridad; y una mente semejante es muy limitada y estrecha.

Así pues, si uno ha visto todo esto íntimamente, tiene que ‘ser’, de inmediato esto no es para pasado mañana, o para el mes que viene, sino de hecho para este momento presente. Las palabras que estoy usando no expresan la cosa efectiva; las palabras no son la cosa, y si os limitáis a seguir al que habla, no os estaréis siguiendo interiormente a vosotros mismos. De modo que la meditación es esencial. La meditación no es sentarse con las piernas cruzadas, respirar de cierta manera, repetir una frase o seguir una fórmula; todos esos son trucos, aunque podáis conseguir lo que el sistema ofrece. Pero lo que consigáis será un fragmento, y por lo tanto inútil. Por cierto, uno puede ver de una ojeada todo el proceso de la disciplina, del seguimiento y de la conformidad, y dejarlo en el instante, porche lo comprende por completo. Pero la comprensión inmediata es imposible cuando la mente es perezosa. Y la mayoría de nosotros somos perezosos; por eso preferimos métodos, sistemas que nos dicen qué hay que hacer.

Hay una cierta forma de pereza que es muy buena: es cierta pasividad. Ser pasivo es bueno, porque entonces veis las cosas muy claramente, con agudeza. Pero ser física o mentalmente perezoso embota la mente y el cuerpo, de modo que es incapaz de mirar, de ver.

Así, habiendo puesto los cimientos lo que en realidad es negar la sociedad y la moralidad de la sociedad- puede uno ver que la virtud es una cosa maravillosa, una cosa bella, pura. No podéis cultivarla, lo mismo que no podéis cultivar la humildad. Sólo el hombre vano cultiva la humildad; y hacer un esfuerzo para ser humilde es sumamente estúpido. Mas uno llega a la humildad fácilmente, descuidadamente, cuando la mente empieza a comprenderse, a comprender todos los oscuros e inexplorados rincones de la propia conciencia. En el conocimiento de vosotros mismos llegáis a la humildad; y esa humildad es la base misma, los ojos mismos, el aliento mismo por el que veis, decís, comunicáis. No podéis conoceros si condenáis, juzgáis, evaluáis; pero vigilar, ver ‘lo que es’ sin distorsión, observar como observaríais una flor sin dividirla en partes, eso es conocerse a sí mismo. Sin autoconocimiento, todo pensamiento conduce a la perversión y a la ilusión. De modo que, con el autoconocimiento, empieza uno a echar los cimientos de la verdadera virtud, que no es reconocible por la sociedad o por otra persona. Desde el momento en que la sociedad u otro la reconozca, estáis dentro de su molde, y por consiguiente vuestra virtud es la virtud de la respetabilidad, y ya no es, pues, virtud.

El autoconocimiento es, pues, el comienzo de la meditación. Hay mucho más que decir sobre la meditación; esto es sólo una introducción, como si dijéramos, es sólo el primer capítulo. Y el libro jamás termina; no hay terminación, no hay llegar. Y la maravilla de todo esto, la belleza de todo esto es que, cuando la mente en la cual está incluido el cerebro, todo- ha visto y se ha vaciado de todos los descubrimientos que ha hecho, cuando está enteramente libre de lo conocido, sin motivo de ninguna clase, entonces quizá surja lo incognoscible, aquello que no puede medirse.

Interlocutor: No comprendo bien que la libertad haya de existir al principio y no al fin, porque al principio está todo el pasado, y no la libertad.

Krishnamurti: Mirad, señor, esto involucra una cuestión de tiempo. ¿Seréis libre al fin? ¿Seréis libre después de muchos días, de muchos siglos? Por favor, no se trata de argüir con vos, o de que aceptéis lo que digo; tenemos que verlo. Estoy condicionado como hindú, como cristiano, como comunista, o lo que queráis; estoy moldeado por la sociedad, por los acontecimientos, por innumerables influencias. ¿Es el descondicionamiento una cuestión de tiempo? Haced el favor de pensar sobre ello. Si decís que es cuestión de tiempo, entonces estáis añadiendo entretanto más y más condicionamiento, ¿no es así?

Señor, mirad esto: toda causa es también un efecto ¿no es cierto? Causa y efecto no son dos cosas estáticas separadas, ¿verdad? Lo que fue el efecto se convierte de nuevo en la causa; es una cadena, que sufre continua modificación, que es influida, que madura, disminuye o aumenta a lo largo del tiempo, y así sucesivamente. Estáis condicionado como inglés, judío o suizo, o lo que sea, ¿y queréis decir que lleva tiempo ver lo absurdo que es eso? Y si veis lo absurdo que es, ¿lleva tiempo desprenderse de eso? Como veis, no queremos notar su perniciosa naturaleza porque nos gusta, nos hemos educado con esa base. La bandera significa algo para nosotros porque sacamos beneficio de eso. Si decís: ‘ya no soy suizo’ o esto o aquello, podríais perder vuestro empleo, la sociedad podría rechazaros, acaso no pudierais casar en forma respetable a vuestro hijo o hija. Por eso nos aferramos a todo ello, y eso es lo que nos impide verlo inmediatamente y desprendernos de la cosa.

Fijaos señor. Si he estado trabajando toda la vida para alcanzar, para llegar a ser famoso, para tener éxito, ¿creéis que voy a deshacerme de eso? ¿Creéis que voy a desprenderme del provecho, del prestigio, del nombre, de la posición? Uno puede dejarlo inmediatamente si ve realmente el absurdo de todo ello, la brutalidad, la crueldad de eso, en lo cual no hay afecto no hay amor, sino sólo acción especulativa. Mas no queremos verlo, y por eso inventamos excusas, diciendo: ‘lo haré quizá, con el tiempo, pero por favor no me perturbéis justamente ahora’. Esto es lo que me parece que estamos diciendo la mayoría de nosotros, no solamente los talentosos, sino nosotros, los que somos personas corrientes, mediocres: todos estamos haciendo esto. Cortar la cuerda no lleva tiempo. Lo que requiere es percepción inmediata, inmediata acción, como cuando veis un precipicio, una serpiente.

Interlocutor: ¿Cómo podemos ver con esa claridad, y olvidar cada experiencia?

Krishnamurti: ¿No debéis tener una mente inocente para ver cualquier cosa con claridad? Es evidente que cada experiencia moldea la mente, aumenta su condicionamiento; y, a través de todo ese condicionamiento, tratamos de ver algo nuevo. No digo que haya algo nuevo; no se trata de eso. Pero si la mente desea ver si existe algo enteramente nuevo, algo que es creación, por cierto tiene que ser una mente inocente, una mente joven, fresca. No digo que debemos olvidar toda experiencia; es evidente que no podéis olvidar toda experiencia. Pero puede uno ver que el proceso aditivo de la experiencia vuelve mecánica a la mente, y una mente mecánica no es creativa

El Estado Creativo de la Mente.

5ª Conversación en Saanen 3 de Agosto de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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