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El Estado Creativo de la Mente.

2ª Conversación en Paris 7 de Septiembre de 1961

Me gustaría discutir con vosotros la cuestión de la autoridad y la libertad. Y quisiera penetrar en ello muy hondamente, porque creo que es muy importante comprender toda la anatomía de la autoridad.

Ante todo, quisiera señalar que no estoy discutiendo en forma académica, superficial, verbal; mas, si somos realmente serios, entonces creo que, por el mismo hecho de escuchar correctamente, se produce, no sólo comprensión, sino también inmediata liberación de la autoridad. Después de todo, el tiempo no libera a la mente de nada. La libertad sólo es posible cuando hay percepción directa, comprensión completa, sin esfuerzo, sin contradicción, sin conflicto. Semejante comprensión libera a la mente de modo inmediato de cualquier problema que la agobie. Si seguimos el problema y vemos hasta qué punto puede la mente penetrar en él, a fondo, totalmente, entonces quedaremos libres de esta carga.

No sé si habéis pensado muy profundamente sobre la cuestión de la autoridad. Si lo habéis hecho, sabréis que la autoridad destruye la libertad, coarta la creación, engendra temor y de hecho paraliza todo pensamiento. La autoridad implica conformidad, imitación ¿no es así? No sólo existe la autoridad exterior del policía, de la ley que hasta cierto punto es comprensible sino existe la autoridad interior del conocimiento, de la experiencia, de la tradición, del seguimiento de una norma establecida por la sociedad, por un maestro, sobre cómo comportarse, cómo conducirse, etc.

Vamos a ocuparnos enteramente de la comprensión de la autoridad interna, psicológica; de la psiquis que establece una norma de autoridad para su propia seguridad.

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué, a través de las edades, los seres humanos han estado confiando en otros para su norma de conducta? Queremos ¿no es verdad?, que se nos diga qué hay que hacer, cómo comportarse, qué pensar, cómo actuar bajo ciertas circunstancias. La búsqueda de autoridad es constante, porque la mayoría de nosotros tenemos miedo de errar, miedo de fracasar. Rendís culto al éxito, y la autoridad ofrece éxito. Si seguís cierto modo de conducta, si os disciplináis de acuerdo a ciertas ideas, os dicen, con el tiempo hallaréis salvación, realización, libertad. Para mí es totalmente absurda la idea de que la disciplina, el control, la represión, la imitación y la conformidad puedan jamás llevarnos a la libertad. Es obvio que no podéis paralizar la mente, moldearla, retorcerla, y hallar libertad en ese proceso. Las dos cosas son incompatibles, se niegan mutuamente.

Ahora bien, ¿por qué buscan siempre, la mente y el cerebro humanos, una norma a la cual conformarse? Y puedo decir aquí que mi explicación carece de valor, que no tiene sentido alguno si cada uno de vosotros no os dais cuenta de vuestra propia inclinación a seguir: a seguir una idea o un maestro. Pero si la explicación despierta realmente vuestra propia percepción del estado de vuestra mente, entonces las palabras tienen significación. ¿Por qué hay, pues, este impulso a seguir? ¿No es el resultado del deseo de estar seguro, de estar a salvo? Por cierto, el deseo de seguridad es el motivo, el fondo de esta tendencia a seguir. Lo cual implica ¿verdad?, la creencia de que por medio del éxito, de la conformidad, evitará uno todo temor. Mas ¿existe eso de la seguridad interior? Es evidente que la búsqueda misma de seguridad es temor. Exteriormente tal vez sea necesario tener cierto grado de seguridad: una casa, tres comidas al día, ropas, etc.; pero interiormente ¿existe acaso eso que se llama seguridad? ¿Estáis seguro en vuestra familia, vuestras relaciones? No os atrevéis a dudarlo, ¿verdad? Aceptáis que es así, se ha convertido ello en una tradición, en un hábito; pero, en el momento en que realmente inquirís sobre vuestra relación con vuestro marido, esposa, hijo, vecino, esa misma indagación se vuelve peligrosa.

Todos nosotros, en una u otra forma, estamos buscando seguridad; y para eso tiene que haber autoridad. Y así decimos que hay Dios, el cual, fallando todo lo demás, será nuestra última seguridad. Nos aferramos a ciertos ideales, esperanzas, creencias, que nos garantizan una permanencia, aquí y en el más allá. ¿Pero existe tal seguridad? Creo que cada uno de nosotros tiene que descubrir, batallar consigo y comprender claramente si hay o no eso que llamamos seguridad.

Exteriormente, apenas hay ninguna seguridad hoy día. Las cosas están cambiando muy rápidamente; en lo mecánico, hay nuevos inventos, bombas atómicas; y en lo social hay revoluciones exteriores, especialmente en Asia, la amenaza de guerra, comunismo, etc. Pero las amenazas a nuestra seguridad interna crean en nosotros una resistencia mucho mayor. Cuando creéis en Dios o en alguna forma de permanencia interna, es casi imposible romper esa creencia. Ninguna bomba atómica destruirá vuestra creencia, porque en esa esperanza os habéis arraigado Nos hemos entregado, cada uno, a cierta manera de pensar, y tanto que sea verdadera o falsa, que tenga o no alguna realidad o razón, parece no tener importancia; la hemos aceptado y a ella nos asimos.

Ahora bien, romper con todo eso, descubrir la verdad de todo el asunto, significa una revolución mucho mas grande que ninguna revolución comunista, socialista o capitalista; significa empezar a librarse de la autoridad y descubrir de hecho que no existe eso de la permanencia interna, de la seguridad. Por lo tanto, significa descubrir que en todo momento la mente ha de hallarse en estado de incertidumbre. Y a nosotros nos atemoriza la incertidumbre, ¿no es verdad? Creemos que un cerebro que se halla en estado de incertidumbre tiene que descomponerse, tiene que enfermar mentalmente. Por desgracia, hay muchísimos casos mentales porque la gente no puede encontrar seguridad. Se han soltado de su amarradero, de sus creencias, ideales, fantasías, mitos, y así enferman mentalmente. Una mente que esté de veras incierta no tiene miedo. Sólo la mente miedosa es la que sigue y requiere autoridad. Y ¿es posible ver todo esto y dejar de lado la autoridad y el miedo del todo, por completo?

Y ¿qué entendéis por ‘ver’? ¿Es el ver una mera cuestión de explicación intelectual? ¿Os ayudarán las explicaciones, el razonamiento, la recta lógica, a ver el hecho de que toda autoridad, obediencia, aceptación, conformidad, paraliza la mente? Para mí ésta es una cuestión muy importante. El ver no tiene relación alguna con las palabras, con las explicaciones. Creo que podéis ver algo directamente, sin ninguna persuasión verbal, argumentación ni razonamiento intelectual. Si prescindís de la persuasión, de la influencia cosas todas carentes de madurez, pueriles- entonces, ¿qué es lo que os impide ver, y por lo tanto estar libres inmediatamente? Para mí, ‘ver’ es una acción de lo inmediato; no es del tiempo. Y por consiguiente, el liberarse de la autoridad no es del tiempo; no es cuestión de: ‘seré libre’. Pero mientras os agrade la autoridad y halléis atractivo el proceso del seguir, no permitiréis que lo inmediato del problema llegue a ser urgente, vital.

El hecho es que a la mayoría de nosotros nos gusta el poder el poder de la esposa sobre el marido, del marido sobre la esposa, el poder de la capacidad, el sentimiento de que uno es hábil, el poder que dan la austeridad y el dominio sobre el cuerpo. Cualquier forma de poder es autoridad, tanto si es el poder del dictador, el poder político, el poder religioso, o el dominio de uno sobre otro. Ello es totalmente pernicioso, ¿y por qué no podemos ver eso sencilla y directamente? Por ‘ver’ quiero significar una comprensión total, en la cual no hay vacilación sino sólo una respuesta completa. ¿Qué impide esa respuesta completa?

Esto suscita la cuestión de la autoridad de la experiencia, del conocimiento, ¿verdad? Después de todo, para ir a la luna, para construir un cohete, tiene que haber conocimiento científico; y a la acumulación de conocimiento la llamamos experiencia. Para lo exterior tenéis que tener conocimientos; tenéis que saber dónde vivís, tenéis que saber edificar, construir cosas y desmontarlas. Tal conocimiento externo es superficial, mecánico, meramente aditivo, descubrir cada vez más y más. Pero lo que ocurre es que el conocimiento y la experiencia llegan a ser nuestra autoridad interna. Podemos rechazar por pueril la autoridad externa, tal como el pertenecer a una determinada nación, grupo, familia, el adherirnos a una particular sociedad con sus especiales maneras, códigos y todo ese absurdo- pero es sumamente difícil dejar de lado la experiencia que uno ha reunido, la autoridad del conocimiento que uno ha acumulado.

No sé si habéis penetrado siquiera en este problema; pero si es así, veréis que una mente que esté cargada, agobiada de conocimientos y experiencia, no es una mente inocente, una mente joven; es vieja, decadente, y jamás puede hallar una cosa viviente en forma libre, plena, total. Y, en el mundo presente, tanto en lo interior como en lo exterior, para acometer todos nuestros problemas se necesita con urgencia una mente nueva, fresca, joven; no un problema especifico de ciencia, medicina, política, etc., sino el problema humano total. La mente vieja está cansada, entorpecida, pero la mente joven ve rápidamente, sin distorsión, sin ilusión; es aguda, decisiva, no aprisionada dentro de las fronteras del conocimiento acumulado, ni atada por la experiencia pasada.

Después de todo, ¿qué es esa experiencia que nos da tal sentimiento de nobleza, de sabiduría, de superioridad? La experiencia es, seguramente, la respuesta de nuestro trasfondo a un reto. La respuesta está condicionada por el trasfondo, y así cada experiencia refuerza el trasfondo. Si frecuentáis la iglesia, si sois devoto de cierta secta, de cierta religión, entonces tenéis experiencias, visiones, de acuerdo con ese trasfondo, cosa que sólo fortalece el trasfondo, ¿no es así? Y este condicionamiento, esta propaganda religiosa tanto si es de hace dos mil años como si es muy reciente-, nos está moldeando las mentes, influyendo sobre la respuesta de nuestros cerebros. No podéis negar estas influencias; están ahí: la comunista, la socialista, la católica, la protestante, la hindú, docenas y centenas de influencias están incidiendo de continuo, consciente o inconscientemente, y moldeando la mente, dominándola. De modo que la experiencia no libera a la mente, no la vuelve joven, fresca, inocente. Lo que es necesario es la destrucción de todo el trasfondo.

La comprensión de esto no es cuestión de tiempo. Si os ponéis a comprender cada influencia separadamente, habréis muerto antes de llegar a comprenderlas a todas. Pero si podéis comprender una sola plenamente, por completo, entonces rompéis toda forma de influencia. Mas para comprender una influencia tenéis que entrar en ella total, completamente. El decir simplemente que es buena o mala, noble o innoble, es del todo inoperante. Y para entrar en ello completamente no tiene que haber temor. Penetrar en toda esta cuestión de la autoridad es muy peligroso, ¿verdad? Estar libre de autoridad es invitar al peligro, porque nadie quiere vivir en la incertidumbre. Pero la mente segura es una mente muerta; sólo la mente insegura es joven, fresca.

De modo que comprender la autoridad, tanto la interna como la externa, no es cuestión de tiempo. Es uno de los más grandes errores, de los mayores impedimentos, el confiar en el tiempo. El tiempo es realmente una postergación. Esto significa que estamos disfrutando con la seguridad, con la imitación, el seguimiento, y que lo único que decimos es: ‘por favor, que no me molesten. Todavía no estoy preparado para que me molesten’. No veo por qué no habría de ser uno perturbado. ¿Qué hay de malo en que se nos perturbe? En realidad, cuando no queréis que se os moleste, estáis de hecho invitando a la perturbación. Pero el hombre que quiere descubrir, sea ello perturbador o no, está libre del miedo a la perturbación. Sé que algunos sonreís de esto, pero es una cuestión demasiado grave para ello. Es un hecho que ninguno de nosotros quiere ser molestado. Hemos caldo en una rutina, un estrecho surco, intelectual, emocional o ideológico, y no queremos que se nos perturbe. Lo único que queremos, en nuestras relaciones y en todo lo demás, es hacer una vida cómoda, sin molestias, respetable, burguesa. Y el no querer ser burgués, respetable, equivale a lo mismo.

Pues bien; si estáis escuchando con autoaplicación, hallaréis que el liberarse de la autoridad no es cosa temible. Es como el desprenderse de una gran carga. La mente experimenta enseguida una enorme revolución. Para un hombre que no está buscando seguridad de ninguna clase, no hay perturbación; hay un continuo movimiento de comprensión. Si no ocurre eso, no estéis escuchando, no estáis viendo. Simplemente consentís en la aceptación o el rechazo de cierta serie de explicaciones. De modo que sería muy interesante que descubrierais por vosotros mismos cuál es vuestra respuesta actual.

Pregunta: ¿Lleva la mente en sí misma los elementos de su propia comprensión?

Krishnamurti: Creo que si ¿no es verdad? ¿Qué es lo que impide la comprensión? ¿No son creadas las barreras por la mente misma? Por lo tanto, la comprensión, lo mismo que las barreras, son elementos de la mente.

Mirad, señor, el vivir con un sentido de incertidumbre sin enfermar mentalmente requiere mucha comprensión. Una de las principales barreras es ¿verdad?, que yo insisto en que debo estar seguro interiormente. En lo exterior veo que no hay seguridad; por eso en lo interior la mente crea su propia seguridad en una creencia, un dios, una idea. Esto impide do hecho descubrir si hay o no seguridad interna. Así la mente crea su propia esclavitud, y también tiene los elementos de su propia liberación.

Pregunta: ¿Por qué no sufre perturbación un hombre libre?

Krishnamurti: ¿Es ésta una pregunta correcta? Como no sabéis nada sobre el hombre libre, la pregunta es sólo una cuestión especulativa. Si me perdonáis el decirlo, esa pregunta no tiene sentido, ni para mí ni para vos; pero si hacéis la pregunta al revés: ‘¿Por qué soy yo perturbado?’ entonces tiene validez y puede contestarse correctamente. Así pues ¿por qué sufre uno perturbación: si mi marido me deja, cuando muere alguien, o en el fracaso, al sentir que mi vida no tiene éxito? Si realmente penetraseis en esto, hasta el fin mismo, veríais toda su esencia

Pregunta: ¿Se basa siempre es el temor la creencia en Dios?

Krishnamurti: ¿Por qué creéis en Dios? ¿Cuál es la necesidad? ¿Os preocupáis de la creencia en Dios cuando sois muy feliz, o sólo cuando hay una aflicción por delante? ¿Creéis porque habéis sido condicionados para hacerlo así? Después de todo, durante dos mil años se nos ha dicho que hay Dios; y en el mundo comunista se les condiciona la mente para no creer en Dios. Es la misma cosa; en ambos casos la mente ha sido influida. La palabra ‘Dios’ no es Dios; y el descubrir realmente por vosotros mismos si hay eso que se llama Dios es mucho más importante que el ataros a una creencia o incredulidad. Y el descubrir por sí mismo requiere enorme energía la energía para romper con todas las creencias-, lo que no significa un estado de ateísmo o duda. Pero la creencia es una cosa muy cómoda, y muy pocas personas están dispuestas a destruirla interiormente. La creencia no os lleva a Dios. Ningún templo, iglesia, dogma ni rito os llevará a la realidad. Existe esa realidad; mas para descubrir eso debéis tener una mente inmensurable. Una mente mezquina, pequeña, sólo puede hallar sus propios mezquinos y pequeños dioses. Por consiguiente debemos estar dispuestos a perder toda nuestra respetabilidad, todas nuestras creencias, para descubrir lo que es real.

No creo que podáis escuchar más. Si lo habéis hecho perezosamente, oyendo simplemente las palabras, entonces sin duda podríais seguir durante otro par de horas. Pero si habéis escuchado correcta, atentamente, con un sentido de penetración profunda, entonces diez minutos serían suficientes, porque en ese período habríais podido destrozar las barreras que ha creado por sí misma la mente’ y habríais podido descubrir lo que es verdadero.

El Estado Creativo de la Mente.

2ª Conversación en Paris 7 de Septiembre de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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