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El Estado Creativo de la Mente.

3ª Conversación en Paris 10 de Septiembre de 1961

Me parece que la mayoría de nosotros queremos alguna clase de paz. Los políticos hablan mucho sobre ello; por todo el mundo esa es su jerga, su palabra favorita. También cada uno de nosotros quiere paz. Pero me parece que la clase de paz deseada por los seres humanos es más bien una evasión; queremos encontrar algún estado en el cual pueda refugiarse la mente, y nunca hemos considerado si es posible de hecho trascender nuestros conflictos y llegar así a la paz real. Quisiera, pues, hablar sobre el conflicto, porque me parece que si éste pudiera eliminarse de manera fundamental, profunda, interiormente, más allá del nivel de la mente consciente-, entonces tal vez tuviéramos paz.

La paz de que hablo no es la que buscan la mente y el cerebro; es algo enteramente distinto. Creo que será un factor muy perturbador esa paz, porque es muy creativa y por tanto muy destructora. Para llegar a esa comprensión de la paz, me parece esencial que comprendamos el conflicto, porque sin penetrar de manera fundamental, básica, radical, en el problema del conflicto, no podremos tener paz, ni exterior ni interiormente, por mucho que la busquemos o anhelemos.

Para hablar sobre algo unos con otros no como un orador y un auditorio, relación que es absurda- se requiere que vosotros y yo pensemos y sintamos al mismo nivel y que investiguemos desde el mismo punto de vista. Si vosotros y yo pudiéramos entrar juntos en esta cuestión del conflicto, con tremenda avidez y vitalidad, entonces acaso llegásemos a una paz que es del todo diferente de la paz que tratamos de hallar la mayoría de nosotros.

El conflicto existe cuando hay un problema ¿no es así? Un problema implica un conflicto; un conflicto de adaptación, de tratar de comprender, de tratar de librarse de algo, de encontrar una respuesta. Y la mayoría de nosotros tenemos problemas de muchas clases: sociales, económicos, problemas de parentela, del conflicto de ideas, etc. Y esos problemas permanecen sin resolverse ¿no es así? Nunca los pensamos realmente hasta el fin mismo y los libramos así de ellos, sino que seguimos día tras día, mes tres mes a lo largo de toda la vida, llevando toda clase de problemas como una carga en nuestra mente y corazón. Parecemos incapaces de disfrutar de la vida, de ser sencillos, porque todo lo que tocamos: amor, Dios, relaciones, o lo que queráis, queda reducido al fin a un feo y perturbador problema. Si me siento ligado a una persona, ello se vuelve problema, y entonces quiero saber cómo desligarme. Y si amo, veo que en ese amor hay celos, ansiedad y miedo. Y no pudiendo resolver nuestros problemas, los llevamos con nosotros y nos sentimos incapaces de dar con una solución.

Luego hay la competencia, que también hace surgir problemas. La competencia es imitación, tratar de ser como algún otro. Hay el modelo de Jesús, el del héroe, del santo, del vecino que está en mejor posición,- y existe el modelo interno, que habéis establecido vosotros mismos y que tratáis de seguir, de vivir según él. La competencia suscita pues muchos problemas.

Existe también, el empeño de la realización. Cada uno quiere realizarse de una u otra manera, mediante la familia, la esposa, el marido o el hijo. Y si uno va un poco más allá de eso, hay el deseo de realizarse socialmente, escribiendo un libro, haciéndose famoso de alguna manera. Y cuando existe este afán de realizarse, de llegar a ser algo, hay también frustración, y con ella viene el dolor. Entonces surge el problema de cómo evitar el dolor, y poder sin embargo realizarse. Y así estamos atrapados en este circulo vicioso, de modo que todo se vuelve un problema, conflicto.

Y hemos aceptado el conflicto como inevitable; hasta es considerado respetable y neceser o para la evolución, para el desarrollo, para llegar a ser algo. Pensamos que si no hubiera competencia ni conflicto, nos estancaríamos, decaeríamos; por eso, mental y emocionalmente siempre estamos haciéndonos más perspicaces, luchando. perpetuamente en conflicto con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con el mundo. Esto no es una exageración; es un hecho. Y creo que todos sabemos cuán terrible carga es este conflicto.

Me parece, pues, que la cuestión urgente es la de si veis la importancia real de estar libre de conflicto; pero no para conseguir otra cosa. ¿Es acaso posible ser libre, per se, por sí mismo, de modo que la mente ya no esté en conflicto bajo ninguna circunstancia en absoluto? Actualmente, no sabemos si es posible o no. Lo único que sabemos es que estamos en conflicto, y conocemos su tormento, el sentimiento de culpa, de desaliento, la desesperación y la amargura de la existencia moderna; eso es todo lo que conocemos.

¿Cómo va uno, pues, a descubrir, no de manera verbal, intelectual o meramente emocional, sino descubrir de hecho, si es posible ser libre? ¿Cómo lo intentaremos? Por cierto, sin comprender por completo este conflicto en todos los diferentes niveles de la conciencia, no es posible que nos liberemos de él y comprendamos qué es la verdad. Una mente en conflicto es una mente confusa. Y cuanto mayor es la tensión del conflicto, mayor es la productividad de la acción. Debéis haber observado cómo los escritores, los oradores, los llamados intelectuales están siempre produciendo teorías, filosofías, explicaciones. Si tienen algún talento siquiera, entonces cuanto mayor es la tensión y la frustración, tanto más producen; y el mundo los llama grandes autores, grandes oradores, grandes líderes religiosos, etc.

Ahora bien, si uno observa de cerca, puede ver seguramente que el conflicto desvía, pervierte; es, en su esencia, confusión, y es destructivo para la mente. Si podemos ver esto de hecho sin decir que el conflicto de la competencia es inevitable, que la estructura social se ha levantado sobre él y que tenéis que tenerlo, etc.- entonces creo que nuestra actitud ante el problema será del todo diferente. Creo que eso es lo primero: ver, no intelectual o verbalmente, sino estar en contacto real con ese hecho. Desde el momento en que nacemos hasta aquel en que morimos, hay esta incesante batalla interna y externa; y ¿podemos ver, de modo efectivo, el hecho de que este conflicto no es inteligente? ¿Qué es lo que nos da la energía, la vitalidad, para entrar en contacto emocional con un hecho?

Sabéis que por centurias se nos ha educado para vivir en conflicto, para aceptarlo o para encontrar algún modo de eludirlo. Y sabéis que hay interminables evasiones: entregarse a la bebida, a las mujeres, a las iglesias, a Dios, volverse terriblemente intelectual, lleno de conocimiento, encender la radio, comer en exceso. Y también sabemos que ninguna de estas evasiones resuelve el problema del conflicto; sólo sirven para aumentarlo. Pero ¿afrontamos nosotros deliberadamente el hecho de que no hay evasión alguna? Creo que nuestra dificultad primordial es que hemos establecido tantas evasiones que nos hemos incapacitado para ver el hecho directamente.

Tenemos, pues, que entrar a fondo en al cuestión de estas evasiones conscientes o inconscientes. Creo que es bastante fácil descubrir las evasiones conscientes. Sois conscientes, ¿no es así?, cuando encendéis la radio o cuando vais a la iglesia el domingo, de haber hecho durante toda la semana una vida brutal, ambiciosa, envidiosa, fea. Pero es mucho más difícil descubrir lo que son las evasiones ocultas, inconscientes.

Quisiera entrar un poco en todo este problema de la conciencia. Esta, en su totalidad, se ha constituido a través del tiempo, ¿no es así? Es el resultado de millares de años de experiencia; está hecha de las influencias raciales, culturales, sociales, del pasado, y es transferida mediante la familia, el individuo, mediante la educación, etc. La suma de todo eso es la conciencia; y si queréis examinar vuestra propia mente, hallaréis que en la conciencia hay siempre una dualidad, el observador y lo observado. Espero que esto no sea demasiado difícil. Esta no es una clase de psicología ni una diversión analítica, intelectual. Estamos hablando de una efectiva experiencia viviente, en la que tenemos que penetrar deliberadamente vosotros y yo, si es que no vamos a quedarnos meramente en el nivel verbal.

Tiene que haber conflicto en la totalidad de la conciencia mientras haya en ella una división entre el pensador y el pensamiento. Esta división implica contradicción; y donde hay contradicción tiene que haber conflicto. Sabemos ¿no es cierto?, que estamos en la contradicción, tanto exterior como interiormente. Exteriormente hay contradicción en nuestras acciones, al querer vivir de cierta manera y estar enredados en actividades diferentes; e interiormente hay contradicción en nuestros pensamientos, sentimientos y deseos. El sentimiento, el pensamiento, el deseo, la voluntad y la palabra componen la totalidad de nuestra conciencia, y en esa totalidad hay contradicción, porque siempre hay en ella una división: el censor, el observador, que está siempre vigilando, aguardando, cambiando, reprimiendo, y el sentimiento o pensamiento sobre el cual se actúa.

Si uno ha penetrado por sí mismo en este problema no por medio de libros, filosofías y leyendo todas las cosas que han dicho otros, que son todas palabras vacías, sino si habéis entrado en ello muy a fondo, con insistencia, sin elección, sin negar ni aceptar- entonces tiene uno que descubrir el hecho de que la totalidad de la conciencia es, en sí misma, un estado de contradicción, porque siempre está el pensador actuando sobre el pensamiento, y esto hace surgir incesantes problemas. Surge, pues, la cuestión de si es inevitable esta división en la conciencia. ¿Existe acaso un pensador separado, o es que el pensamiento ha creado al ‘pensador’, para tener un centro de permanencia desde el cual pensar y sentir?

Como veis, si queremos comprender el conflicto, tenemos que penetrar en todo esto. No basta decir simplemente, ‘quiero escapar del conflicto’. Si eso es todo lo que queremos, lo mismo podríamos tomar una droga, un tranquilizante, cosa bastante fácil y barata. Mas si uno desea entrar en ello realmente a fondo y eliminar de raíz todas las fuentes de conflicto, tiene que investigar la totalidad de la conciencia: todos los oscuros rincones de su mente y corazón, los secretos escondrijos en que la contradicción se oculta. Y sólo puede uno comprender a fondo cuando empieza e inquirir por qué hay esta división entre el pensador y el pensamiento. Tenéis que averiguar si existe siquiera un pensador, o sólo el pensamiento. Y si sólo hay pensamiento, ¿por qué existe este centro del cual viene todo pensamiento?

Puede uno ver ¿no es cierto?, por qué el pensamiento ha creado un centro como el yo, el ego; el nombre que uno le dé no hace al caso, mientras reconozca uno que hay un centro del que surge todo pensamiento. El pensamiento ansía permanencia; y viendo que sus expresiones son impermanentes, crea el ‘yo’ como un centro. Entonces aparece la contradicción.

Para ver efectivamente todo esto y no limitarse a aceptarlo verbalmente- tenemos ante todo que rechazar por entero todos los escapes, cortar como un cirujano toda forma de evasión. Eso requiere intensa percepción, en que no haya elección ni el aferrarse a las evasiones placenteras y evitar las dolorosas. Esto requiere energía, constante vigilancia, porque el cerebro se ha acostumbrado tanto a escapar, que el escape se ha vuelto más importante que el hecho efectivo del cual está huyendo. Pero sólo cuando hay una negación total, de todos los escapes, puede uno encarar, hacer frente al conflicto.

Entonces, cuando uno ha llegado hasta ahí, cuando física, emocional e intelectualmente ha rechazado toda forma de evasión, ¿qué pasa? ¿Hay entonces un problema? Por cierto, es la evasión lo que crea el problema. Cuando ya no estáis compitiendo con vuestro prójimo, cuando ya no tratáis de realizaros, de cambiar lo que sois en alguna otra cosa, ¿hay conflicto? Entonces podéis encarar efectivamente el hecho de lo que sois, sea lo que fuere; ya no hay juicio en forma de ‘bueno’ o ‘malo’. Entonces sois lo que sois, y el hecho mismo actúa; no hay un ‘vos’ que actúe sobre el hecho.

Todo esto es realmente muy interesante si de hecho lo indagáis. Considerad los celos. La mayoría de nosotros somos celosos, envidiosos, en forma aguda o atenuada. Cuando veis realmente que sois celosos, sin negarlo, sin condenarlo, ¿qué ocurre? ¿Son entonces los celos una mera palabra, o son un hecho? Espero estéis siguiendo esto, porque, como veis, la palabra tiene una extraordinaria importancia para la mayoría de nosotros. Las palabras ‘Dios’, la palabra ‘comunista’, la palabra ‘negro’, tienen un inmenso contenido emocional, neurológico. De la misma manera, la palabra ‘celos’ está ya recargada. Ahora bien, cuando la palabra se deja de lado, hay entonces un sentimiento que queda: ese es el hecho, no la palabra. Y para percibir el sentimiento sin la palabra se requiere estar libre de condenación, de justificación.

Alguna vez, cuando estéis celosos, irritados, o más especialmente cuando estéis disfrutando de algo, mirad a ver si podéis distinguir la palabra del sentimiento, si lo de mayor importancia es la palabra, o el sentimiento. Entonces descubriréis que al mirar el hecho sin la palabra, hay una acción que no es un proceso intelectual; el hecho mismo actúa, y por consiguiente no hay contradicción, no hay conflicto.

Es realmente muy extraordinario descubrir por sí mismo que solo existe el pensar, y no el pensador. Entonces hallaréis que podemos vivir sin contradicción en este mundo, porque entonces necesitamos muy poco. Si uno necesita mucho sexual, emocional, psicológica, o intelectualmente-, hay el depender de otro; y en cuanto hay dependencia, hay contradicción y conflicto. Cuando la mente se libera del conflicto, de esta libertad surge un movimiento totalmente diferente. La palabra ‘paz’, tal como la conocemos, no es aplicable a ello, porque para nosotros la palabra tiene muchos significados diferentes, según la persona que la use, ya sea un político o un sacerdote o algún otro. No es la paz en los cielos que se promete para cuando estéis muertos; no se halla en ninguna iglesia, en ninguna idea, ni en la adoración de ningún Dios. Surge cuando cesa por completo todo conflicto interior; y eso sólo es posible cuando no se siente necesidad. Entonces no hay necesidad ni aun de Dios; sólo hay un inmensurable movimiento que no puede ser corrompido por ninguna acción.

Pregunta: ¿Cómo es posible, sin destruir o reprimir el deseo, darle libertad?; y ¿lo hace desaparecer el considerarlo sin condenarlo?

Krishnamurti: Ante todo, tenemos una idea de que el deseo es cosa mala, porque produce varias formas de conflicto y contradicción. Hay en nuestro interior muchos deseos, pugnando en diferentes direcciones. Ese es un hecho: tenemos deseos, y ellos crean conflicto. La pregunta es: ¿cómo vivir con el deseo intensamente, sin destruirlo? Si cedemos al deseo, cuando lo realizamos, en ese mismo hecho de ceder existe también el dolor de la frustración. No quiero dar un ejemplo, porque el explicar por medio de un ejemplo determinado pervierte la comprensión de la totalidad del deseo.

Primero tenemos que ver muy claramente que toda forma de condenación del deseo no es más que el eludir la comprensión de éste. Si se ve claramente este hecho, surge entonces la cuestión de qué haremos con el deseo. Él está ahí, ardiente. Hasta ahora lo hemos condenado, o aceptado, o disfrutado; y en su mismo disfrute hay dolor. En su represión, en su control, también hay dolor. Pero si no lo condenamos ni lo evaluamos, entonces está ahí, ardiente; ¿y qué tenemos que hacer? Pero ¿es que llegamos alguna vez a ese estado? Porque en ese estado sois el deseo, ya no hay ‘vosotros y el deseo’, como dos cosas separadas.

Lo que siempre ocurre es ¿verdad?, que queremos hacer desaparecer los deseos penosos y aferrarnos a los placenteros. Yo digo que esa es una actitud del todo falsa. Pregunto: ¿podéis mirar el deseo sin condenar, sin juzgar, sin escoger entre los diversos deseos? ¿Lo habéis hecho alguna vez? Lo dudo.

Para comprender el significado del deseo, para vivir con él, para comprenderlo, para verlo efectivamente, sin juicio de ninguna clase, para eso se necesita inmensa paciencia íntima. No creo que lo hayáis hecho nunca. Pero si queréis intentarlo, hallaréis que entonces no hay contradicción, no hay conflicto. Entonces el deseo tiene un sentido muy distinto; entonces el deseo puede ser la vida.

Mas, en tanto digamos ‘el deseo es malo’ o ‘el deseo es bueno’, o ‘¿debo ceder?’, ‘¿no debo ceder?’, en todo ese proceso estáis creando una división entre vosotros y el deseo, y por lo tanto tiene que haber conflicto. Lo que da comprensión es entrar en vosotros mismos tranquilamente, penetrar profundo en vosotros mismos inquiriendo, investigando por qué condenáis, qué es lo que estáis buscando. Entonces, partiendo de esa indagación interna, en la cual no hay nada de elección, descubriréis que podéis vivir con el deseo y que este tiene un sentido muy diferente. Para vivir con cualquier cosa necesitáis energía, vitalidad; y no queda energía cuando estáis todo el tiempo condenando y juzgando. Vivir con el deseo es descubrir un estado en el que no hay contradicción alguna. Eso significa que entonces hay amor, sin celos, sin odio, sin ninguna forma de corrupción; y descubrir eso por uno mismo es realmente una cosa maravillosa.

Pregunta: ¿Qué queráis significar cuando dijisteis el otro día que tenemos que ser perturbados?

Krishnamurti: Por favor, no me consideréis como autoridad; eso sería terrible. Sin embargo, podéis ver vos mismo que el deseo de no ser perturbado es una de nuestras principales exigencias. Y puede ser que la mente, el cerebro, cuando cesa en su incesante parloteo, descubra que hay una gran perturbación interior. Podéis ver vos mismo que tenéis todo el tiempo ocupada la mente: con la esposa, el marido, el sexo, con la nacionalidad, con Dios, con la búsqueda de la próxima comida, etc. Y ¿habéis tratado alguna vez de descubrir por qué está ella ocupada, y qué pasaría si no estuviera ocupada? Entonces os enfrentáis con algo que nunca habéis pensado; y ese puede ser un factor extraordinariamente perturbador. Y lo es. Esta constante ocupación de la mente puede ser mera evasión del hecho que es la tremenda soledad, la vacuidad. Y tenéis que hacer frente a esa perturbación, y penetrar en ella.

El Estado Creativo de la Mente.

3ª Conversación en Paris 10 de Septiembre de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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