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El Estado Creativo de la Mente.

7ª Conversación en Paris 19 de Septiembre de 1961

Si se me permite, quisiera hablar con vosotros sobre un asunto bastante complejo, que es la muerte. Pero antes de comenzar, desearía sugerir a quienes están tomando notas, que no lo hagan. El que habla no está dando una conferencia de la que tomáis apuntes y más tarde vosotros u otros interpretáis lo que se ha dicho. Los intérpretes son explotadores, tanto si son bien intencionados como si sólo buscan darse importancia. Por eso propondría seriamente que escuchéis, que experimentéis, en vez de reflexionar sobre ello luego, o escuchar los comentarios de otros sobre lo mismo, todo lo cual es tan inútil.

Quisiera también señalar que las palabras en sí, tienen muy poco sentido. Son símbolos, usados con objeto de comunicarse. Tengo que usar ciertas palabras, pero las empleo con el fin de conversar; y a través de ellas uno tiene que tentar su camino hacia cosas que no son explicables con palabras; y en eso hay un peligro, porque somos propensos a interpretar las palabras de acuerdo a nuestro agrado o desagrado, y perder por lo tanto el significado de lo que en realidad se ha dicho. Estamos tratando de descubrir qué es falso y qué es verdadero, y para hacer esto, tiene uno que ir más allá de las palabras. Y al ir más allá de las palabras está ese peligro de nuestra propia interpretación personal, individual, de esas palabras. De manera que si deseamos penetrar de veras profundamente en este problema de la muerte, como intento hacerlo, tenemos que darnos cuenta de las palabras y de su significado y cuidarnos de no interpretarlas de acuerdo con lo que nos gusta o no nos gusta. Si nuestras mentes están libres de la palabra, del símbolo, entonces podremos estar en comunión unos con otros más allá de las palabras.

La muerte es un problema bastante complejo, si es que realmente hemos de experimentar y penetrar en él profundamente. Nosotros, o lo racionalizamos, lo explicamos intelectualmente y nos desentendemos de él, o bien tenemos creencias, dogmas, ideas, a que recurrimos. Pero los dogmas, creencias y racionalizaciones no resuelven el problema. La muerte está allí, siempre está ahí. Aunque los médicos y científicos puedan prolongar la maquinaria física por cincuenta o más años, la muerte está esperando. Y para comprenderla tenemos que penetrarla, no verbalmente, intelectual o sentimentalmente, sino de veras encarar el hecho y penetrar en él. Eso requiere mucha energía, gran claridad de percepción; y la energía y la claridad faltan cuando hay miedo.

A la mayoría de nosotros, seamos jóvenes o viejos, nos asusta la muerte. Aunque vemos pasar la carroza fúnebre todos los días, la muerte nos espanta; y donde hay miedo, no hay comprensión. De modo que para entrar en el problema de la muerte, el requisito primero, esencial, es estar libre de miedo. Y por ‘entrar’ entiendo vivir con la muerte no verbalmente, no intelectualmente, sino de hecho saber lo que se siente al vivir con algo tan drástico tan definitivo, con lo que no podéis discutir, no podéis regatear. Pero para hacer esto, primero tiene uno que estar libre de miedo; y eso es extraordinariamente difícil.

No sé si alguna vez habéis ensayado estar libres del miedo de cualquier cosa: de la opinión pública, de perder vuestro empleo, de estar sin una creencia. En tal caso sabréis que es extremadamente difícil deshacerse por completo del miedo. ¿Conocemos el miedo de hecho, o es que siempre hay un intervalo entre el proceso de pensamiento y el hecho? Si temo la opinión pública, qué dirá la gente, ese temor es sólo un proceso de pensamiento, ¿no es así? Pero cuando se presenta efectivamente el momento de enfrentar el hecho de lo que está diciendo la gente, en ese momento mismo no hay temor. En el total darse cuenta no hay experimentador. No sé si jamás habéis ensayado estar completamente atento sin ninguna elección, estar enteramente perceptivo sin nada que limite la atención. Si uno está así consciente, puede ver que siempre está huyendo, siempre está escapando de las cosas a las cuales tiene miedo. Y es ese huir de las cosas que la mente considera temibles lo que crea el miedo, lo que es el miedo. Lo que significa en realidad que el miedo es causado por el tiempo y el pensamiento.

Y ¿qué es el tiempo? Aparte del tiempo cronológico del reloj en el sentido de mañana, de ayer- ¿hay tiempo, interiormente, psicológicamente? ¿O es que el pensamiento ha inventado el tiempo como medio de llegar, como medio de ganar, para cubrir el intervalo entre lo que es y lo que debería ser? Lo que debería ser es sólo una afirmación ideológica; no tiene validez, es sólo una teoría. Lo efectivo, lo ‘factual’, es lo que es. Frente a frente con lo que es no hay miedo. Uno tiene miedo de saber lo que en verdad uno es, pero al enfrentar realmente lo que es, no hay miedo. Es el pensamiento, es el pensar acerca de lo que es, lo que crea el miedo. Y el pensamiento es un proceso mecánico, una respuesta mecánica de la memoria; de manera que la cuestión es: ¿puede el pensamiento morir para sí mismo? ¿Puede uno morir para todos los recuerdos, las experiencias, los valores, los juicios que ha acumulado?

¿Habéis ensayado alguna vez morir para algo? ¿Morir, sin argumento, sin elección, para un dolor, o más especialmente para un placer? En el morir no hay argumento; no podéis argüir con la muerte; es definitiva, absoluta. Del mismo modo tiene uno que morir para un recuerdo, para un pensamiento, para todas las cosas, para las ideas que ha acumulado, reunido. Si lo habéis ensayado, sabréis cuán extraordinariamente difícil es eso; cómo la mente, el cerebro, se aferra, se apega a un recuerdo. Abandonar algo totalmente, completamente, sin pedir nada en cambio, requiere una clara percepción, ¿verdad?

Mientras haya continuidad de pensamiento como tiempo, como placer y dolor, tiene que haber miedo; y donde hay miedo, no hay comprensión. Creo que esto es bastante sencillo y claro. Tiene uno miedo de tantas cosas; pero si tomáis una de esas cosas y morís para ella por completo, entonces hallaréis que la muerte no es lo que habíais imaginado que era; es algo totalmente diferente. Pero nosotros queremos continuidad. Hemos tenido experiencias, reunido conocimientos, acumulado diversas formas de virtud, formado un carácter, etc.; y tenemos miedo de que eso termine; y así preguntamos ‘¿qué me pasará cuando venga la muerte?’ Y ese es en realidad el problema. Conociendo la inevitabilidad de la muerte, recurrimos a la creencia en la reencarnación, la resurrección y todas las fantasías involucradas en la creencia lo que en realidad es una continuación de lo que sois. Y de hecho ¿qué sois? Dolor, esperanza, desesperación, diversas formas de placer; estáis atados por el tiempo y la tristeza. Tenemos unos pocos momentos de alegría pero el resto de nuestra vida es vacío, superficial, una constante batalla, lleno de lucha y miseria. Esto es todo lo que conocemos de la vida y esto es lo que queremos que continúe. Nuestra vida es la continuidad de lo conocido; nos movemos y actuamos de lo conocido a lo conocido; y cuando lo conocido se destruye, surge toda la sensación del miedo, miedo de hacer frente a lo desconocido. La muerte es lo desconocido. Así pues, ¿puede uno morir para lo conocido y hacerle frente? Es ésta la cuestión.

No estoy hablando de teorías. No estoy traficando con ideas. Estamos tratando de descubrir qué significa vivir. Vivir sin miedo puede ser inmortalidad, estar libre de muerte. Morir para los recuerdos, para el ayer y el mañana, es por cierto vivir con la muerte; y en ese estado no hay miedo de la muerte y de todas las absurdas invenciones que el miedo crea. ¿Y qué significa morir interior mente? El pensamiento es una continuidad del ayer hacia el futuro, ¿verdad? El pensamiento es la respuesta de la memoria. La memoria es el resultado de la experiencia y ésta es el proceso del reto y la respuesta. Podéis ver que el pensamiento funciona siempre en el terreno de lo conocido; y en tanto esté funcionando la maquinaria del pensamiento, tiene que haber miedo. Porque es el pensamiento que impide inquirir en lo desconocido.

Mirad, estamos tratando de examinar esto juntos. No os estoy hablando como una persona que ha descubierto algo nuevo y os lo está refiriendo simplemente para que sólo lo sigáis verbalmente. Debéis seguirlo y escudriñar vuestra propia mente y corazón. Debe haber conocimiento propio; porque el conocerse a sí mismo es el comienzo de la libertad del miedo.

Nos preguntamos si es posible vivir con la muerte, no a último momento cuando la mente está enferma o hay vejez o un accidente, sino de hecho descubrirlo ahora. Vivir con la muerte debe ser una experiencia extraordinaria, algo totalmente nuevo, no pensado, y que el pensamiento no puede descubrir. Y para descubrir qué significa vivir con la muerte, debéis tener inmensa energía, ¿no es así? Para vivir con vuestra esposa, con vuestro esposo, con vuestros hijos, con vuestros vecinos y no ser pervertido, desviado; para vivir con un árbol, con la naturaleza, para hacer frente a eso necesitáis tener energía. Para vivir con una cosa fea debéis tener energía; de lo contrario la cosa fea os torcerá, o llegaréis a acostumbraros a ella mecánicamente; y lo mismo vale para lo bello. A menos que viváis intensamente, completamente, con plenitud en un mundo de esta clase, donde hay todo tipo de propaganda, de influencia, de presión, de control, de falsos valores, llegaréis a acostumbraros a todo ello, y eso embota la mente, el espíritu. Y para tener energía no debe haber miedo; lo que significa que no se debe pedir nada en absoluto a la vida. No sé si podéis llegar hasta eso: no pedir nada a la vida.

El otro día hemos discutido sobre la ‘necesidad’. Necesitamos ciertas comodidades físicas, alimento y techo; pero tener exigencias psicológicas para la vida significa que estáis mendigando, que tenéis miedo. Requiere una intensa energía estar solo. Comprender esto no es cuestión de pensar sobre ello. Sólo hay comprensión cuando no hay elección, ni se juzga, sino que únicamente hay observación. Morir cada día significa no arrastrar todas vuestras ambiciones de ayer, vuestros agravios, vuestros recuerdos de realizaciones, vuestros rencores, vuestros odios. La mayoría de nosotros de caemos, pero eso no es morir. Morir es saber qué es el amor. El amor no tiene continuidad, ni mañana. El retrato de una persona en la pared, la imagen en vuestra mente, eso no es amor, es sólo recuerdo. Como el amor es lo desconocido, así también la muerte es lo desconocido. Y para penetrar lo desconocido, que es la muerte y el amor, tiene uno que morir primero para lo conocido. Solo entonces la mente es fresca, joven e inocente; y en eso no hay muerte.

Sabéis, si os observáis a vosotros mismos como en un espejo, que no sois más que un haz de recuerdos, ¿verdad? Y todos esos recuerdos son del pasado; todos han terminado, ¿verdad? ¿No puede uno, pues, morir para todo eso de golpe? Esto puede hacerse, sólo que exige mucha autoinvestigación, y darse cuenta de cada pensamiento, de cada gesto, de cada palabra, de manera que no haya acumulación. Por cierto, uno puede hacer esto. Entonces sabréis qué es morir cada día; y tal vez sepamos también entonces qué es amar cada día, y no simplemente conocer el amor como recuerdo. Todo lo que ahora conocemos es el humo del apego, el humo de los celos, de la envidia, de la ambición, de la codicia, y todas estas cosas. No conocemos la llama tras el humo. Pero si uno puede apartar el humo completamente, entonces encontraremos que vivir y morir son la misma cosa, no teóricamente, sino de hecho. Después de todo, lo que continúa, lo que no llega a un término, no es creativo. Lo que tiene continuidad jamás puede ser nuevo. Es sólo en la destrucción de la continuidad que existe lo nuevo. No me refiero a la destrucción social o económica; eso es muy superficial. Y si habéis penetrado en esto muy profundamente, no sólo al nivel consciente sino mucho más hondo, más allá del alcance del pensamiento, más allá de toda conciencia la cual está aún dentro del marco del pensamiento- entonces hallaréis que morir es algo extraordinario. Entonces morir es creación. No el escribir poemas, pintar cuadros o inventar nuevos artefactos eso no es creación. La creación viene sólo cuando habéis muerto para todas las técnicas, para todo conocimiento, para todas las palabras.

La muerte, pues, tal como la concebimos, es miedo. Y cuando no hay miedo, porque estáis invitando a la muerte cada minuto, entonces cada minuto es algo nuevo; es nuevo porque interiormente lo viejo ha sido destruido. Y para destruir no debe haber miedo, sino sólo el sentido de completa soledad; poder estar completamente solo, sin Dios, sin familia, sin nombre, sin tiempo. Y esto no es desesperación. La muerte no es desesperación. Al contrario, es vivir cada instante completamente, totalmente, sin la limitación del pensamiento. Y entonces encontraréis que la vida es muerte, y que la muerte es creación y amor. La muerte, que es destrucción, es creación y amor; ellos siempre van juntos; los tres son inseparables. Al artista sólo le interesa su expresión, lo que es muy superficial, y él no es creativo. La creación no es expresión, está más allá del pensamiento y del sentimiento, está libre de técnica, libre de palabra y color. Y esa creación es amor.

Pregunta: ¿Cómo van a existir las generaciones futuras si morimos a cada minuto?

Krishnamurti: Creo, si puedo decirlo así, que habéis entendido mal todo esto. ¿Os interesa realmente qué ocurrirá a las próximas generaciones? ¿Es incompatible el amor con la procreación de los hijos? ¿Sabéis lo que significa amar realmente a alguien? No hablo de la lujuria. No estoy hablando de esa identificación completa uno con el otro, de manera que os sentís arrastrados. Eso es relativamente fácil cuando estáis impulsados por la emoción. No hablo de eso. Estoy hablando de esa calidad de la llama que existe cuando vos o el otro cesáis por completo. Pero creo que muy pocos han conocido eso; muy pocos han cesado, ni aún por un momento. Si realmente sabéis lo que eso significa, entonces no es cuestión de futuras generaciones. Después de todo, si en verdad os interesaran las generaciones futuras, tendríais diferentes escuelas, una clase de educación totalmente distinta, ¿no es así?, sin la competencia y todas las demás cosas entorpecedoras.

Pregunta: Si uno no sabe qué es la verdad mientras vive, ¿lo sabrá cuando esté muerto?

Krishnamurti: Señor, ¿qué es la verdad? La verdad no es algo que os ha dicho la iglesia, el sacerdote, vuestro vecino o un libro; no es una idea o una creencia. Es algo vital, nuevo; tenéis que descubrirlo; está allí para que lo descubráis. Y para descubrirlo tenéis que morir para las cosas que ya conocéis. Para ver algo muy claramente, para ver la rosa, la flor, para ver a otra persona sin interpretación, debéis morir para la palabra, para los recuerdos sobre esa persona. Entonces sabréis qué es la verdad. La verdad no es algo lejano, algo misterioso que sólo puede descubrirse cuando estáis físicamente muertos, en el cielo o en el infierno. Si estuvierais de veras hambrientos, no os satisfarías con explicaciones sobre el alimento. Querríais alimento, no la palabra ‘alimento’. Del mismo modo, si queréis descubrir acerca de la verdad, entonces la palabra, el símbolo, las explicaciones, son sólo cenizas, carecen de significado.

Pregunta: Veo que tenemos que estar libres de miedo para tener esa energía, y sin embargo me parece que en cierta manera el miedo es necesario. ¿Cómo vamos, pues, a salir de este circulo vicioso?

Krishnamurti: Seguramente, cierta medida de miedo físico es necesaria, de otra manera terminaríais bajo un ómnibus. Hasta cierto punto la propia advertencia de la autoprotección es necesaria. Pero más allá de eso no debe haber miedo de ninguna clase. Utilizo la palabra ‘debe’, no como una orden, sino porque es inevitable. No creo que veamos la importancia, la necesidad de estar total e íntimamente libres de miedo. Una mente temerosa no puede proceder a descubrir en ninguna dirección. Y la razón de que no veamos esto, es que hemos erigido muchos muros de seguridad alrededor nuestro y estamos atemorizados por lo que pasaría, si esas garantías, esas resistencias, fuesen destruidas. Todo lo que conocemos es la resistencia y la defensa. Decimos, ‘¿qué me pasará si no tengo resistencia contra mi esposa, mi esposo, mi vecino, mi jefe?’ Puede no pasar nada, o puede pasar todo. Para descubrir la verdad acerca de ello, debemos estar libres de resistencia, de miedo.

Pregunta: Mientras os estamos escuchando, tal vez vivamos en ese estado; pero, ¿por qué no vivimos en él continuamente?

Krishnamurti: Me escucháis, ¿verdad?, porque soy bastante insistente, porque soy enérgico y amo aquello de que estoy hablando. No es que me guste precisamente hablar a un auditorio eso no tiene sentido alguno para mí. Descubrir qué significa vivir con la muerte es amar la muerte, comprenderla, penetrar en ella por completo, totalmente, a cada minuto del día. De manera que me escucháis porque os estoy arrinconando para que os veáis a vosotros mismos. Mas después olvidaréis todo esto. Volveréis a la vieja rutina, y luego diréis, ‘¿cómo puedo salir de esta rutina?’ Por eso es realmente mucho mejor no escuchar en absoluto, antes que hacer un nuevo problema de cómo continuar en otro estado. Tenéis bastantes problemas: guerras, vuestros vecinos, vuestros esposos o esposas, vuestros hijos, vuestras ambiciones. No agreguéis otro. O morid completamente, conociendo la necesidad, la importancia, la urgencia de ello, o seguid sin más. No creéis otra contradicción, otro problema.

Pregunta: ¿Qué podéis decir de la muerte física?

Krishnamurti: ¿No se desgasta toda maquinaria? La máquina, por precisamente que esté construida, por bien aceitada que esté, debe finalmente desgastarse. Comiendo correctamente, haciendo ejercicio, encontrando la droga adecuada, podéis vivir ciento cincuenta años, pero al fin la máquina se derrumbará, y entonces tendréis este problema de la muerte. Tenéis el problema al principio y lo tenéis al final. Por lo tanto es mucho más sabio, más cuerdo, más racional, resolver el problema ahora y terminar con él.

Pregunta: ¿Cómo responderemos al niño que nos pregunta acerca de la muerte?

Krishnamurti: Sólo podéis responder al niño si vosotros mismos sabéis qué es la muerte. Podéis decir al niño que el fuego quema porque vosotros mismos os habéis quemado. Pero no podéis decir al nido qué es el amor, ¿verdad?, o qué es la muerte. Ni podéis decir al niño qué es Dios. Si sois católico, cristiano, con creencias y dogmas, responderéis al niño en concordancia; pero eso es sólo vuestro condicionamiento. Si vosotros mismos habéis entrado íntimamente en la casa de la muerte, entonces sabréis realmente qué decir al niño. Pero si jamás habéis probado lo que significa morir, de hecho, íntimamente, entonces cualquier respuesta que deis al niño carecerá de valor, será sólo un conjunto de palabras.

El Estado Creativo de la Mente.

7ª Conversación en Paris 19 de Septiembre de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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