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El Estado Creativo de la Mente.

9ª Conversación en Paris 24 de Septiembre de 1961

Esta es la última plática. Quisiera hablar esta mañana sobre el dolor y sobre la mente religiosa. Hay dolor por todas partes, exterior e interiormente. Lo vemos en las capas superiores y en las bajas. Ha existido durante miles de años. Se han hilado muchas teorías en torno a él, y sobre él han hablado mucho todas las religiones; pero continúa. ¿Es posible poner fin al dolor, estar libre realmente del dolor interiormente, por completo? No sólo hay el dolor de la vejez y la muerte, sino el del fracaso, de la ansiedad, de la culpa, del miedo, el dolor de la continuada brutalidad, la crueldad del hombre contra el hombre. ¿Es acaso posible desarraigar la causa de este dolor, no en otro, sino en uno mismo? Por cierto, si ha de realizarse alguna transformación, tiene que empezar por uno mismo. Después de todo, no hay separación entre uno mismo y la sociedad. Somos la sociedad, somos lo colectivo. Como francés, ruso, inglés, hindú, somos el resultado de reacciones y respuestas, retos e influencias colectivas. Y al transformar este centro, el individuo, acaso podamos cambiar la conciencia colectiva.

Creo que no se trata tanto de una crisis en el mundo exterior como de una crisis en la conciencia, en el pensamiento, en todo nuestro ser. Y creo que es sólo la mente religiosa la que puede disolver este dolor, la que puede disipar por entero, totalmente, el proceso integro del pensamiento y el resultado que este produce en forma de dolor, de miedo, de ansiedad y sentimiento de culpa.

Hemos ensayado muchos medios para librarnos del dolor: ir a la iglesia, escapar hacia creencias, dogmas, entregarnos a diversas actividades sociales y políticas, y otros innumerables medios de escapar de este perpetuo roer del miedo y el dolor. Creo que es sólo la mente verdaderamente religiosa la que puede resolver el problema. Y por mente religiosa quiero significar algo del todo distinto de la mente, del cerebro que cree en la religión. No hay religión donde hay creencia. No hay religión donde hay dogma, donde existe la eterna repetición de palabras, palabras, palabras, ya sea en latín, sánscrito o cualquier otra lengua. Ir a ‘misa’ es simplemente otra forma de entretenimiento; no es religión. La religión no es propaganda. Tanto si vuestro cerebro es depurado por la gente de iglesia como por los comunistas, es lo mismo. La religión es algo enteramente diferente de la creencia o la no creencia. Y deseo entrar en toda la cuestión de lo que es la mente religiosas. Veamos pues muy claramente que la religión no es la fe en que creéis: eso es demasiado falto de madurez. Y donde falta madurez tiene que haber dolor. Se requiere gran madurez para descubrir lo que es una verdadera mente religiosa. No es la que cree, por cierto; no es la que sigue a la autoridad, de cualquier clase que sea, tanto si es la del mas grande maestro como la del jefe de determinada secta. Así, es obvio que una mente religiosa está libre de todo seguimiento y, por lo tanto, de toda autoridad.

¿Puedo desviarme aquí un poco para hablar de otra cosa? Algunos de vosotros habéis estado escuchando estas nueve platicas durante las tres semanas pasadas con bastante regularidad. Y si os marcháis con un conjunto de conclusiones, con una nueva serie de ideas y frases, os iréis con las manos vacías, o las llevaréis llenas de ceniza. Las conclusiones e ideas de cualquier clase no disuelven el dolor. Espero pues terminantemente que no os aferraréis a las palabras, sino que más bien viajaréis juntos conmigo, de modo que podamos trascender las palabras y descubrir por nosotros mismos, a través del conocimiento propio, lo que son hechos reales, y, desde ahí, emprender el nuevo viaje. El descubrimiento de lo que hay, de hecho, ‘factualmente’, en uno mismo’ produce una respuesta y acción muy diferentes. Espero pues que no os llevaréis las cenizas de las palabras, de los recuerdos.

Como decía, una mente religiosa está libre de toda autoridad. Y es extremadamente difícil estar libre de autoridad, no sólo de la impuesta por otro, sino también de la autoridad de la experiencia que hemos acumulado, que es del pasado, que es tradición. Y la mente religiosa no tiene creencias, ni dogmas, se mueve de hecho a hecho, y por tanto es la mente científica. Pero la mente científica no es la mente religiosa. Esta última incluye a aquella; pero la mente que esta entrenada en el conocimiento de la ciencia no es una mente religiosa.

Una mente religiosa se interesa en la totalidad, no en una función particular, sino en el funcionamiento total de la existencia humana. Al cerebro le concierne una función determinada; se especializa. En la especialización actúa como científico, médico, ingeniero, músico, artista, escritor. Estas técnicas especializadas, circunscriptas, son las que crean división, no sólo interior sino también en lo exterior. Probablemente el hombre de ciencia es considerado como el más importante de los que requiere la sociedad ahora, como pasa con el médico. De modo que la función se vuelve importantísima; y con ella va la categoría, que es prestigio. Así que, donde hay especialización, tiene que haber contradicción y estrechez, y esa es la función del cerebro.

Por cierto, cada uno de nosotros funciona por un estrecho canal de reacciones autoprotectoras. Ahí es donde surge el ‘ego’, el ‘yo’, en el cerebro con sus defensas, sus agresiones sus ambiciones, frustraciones y sufrimientos.

Hay pues una diferencia entre el cerebro y la mente. El cerebro es separativo, funcional, no puede ver el todo, funciona dentro de un molde. Y la mente es la totalidad, que puede ver el todo. El cerebro está contenido en la mente pero no la contiene a ella. Y por mucho que el pensamiento se purifique, se refine y someta a control, no puede en modo alguno concebir, formular o comprender lo que es el total. Es la capacidad de la mente la que ve el todo, y no el cerebro.

Pero nosotros hemos desarrollado el cerebro en grado asombroso. Toda nuestra educación es el cultivo del cerebro, porque hay utilidad en el cultivo de una técnica, en la adquisición de conocimiento. La capacidad de ver el todo, la totalidad de la existencia, esa percepción carece de motivo utilitario; por consiguiente la descuidamos. Para nosotros la función es mucho más importante que la comprensión. Y sólo hay comprensión cuando existe la percepción de lo total. Por mucho que el cerebro investigue la razón, el efecto, la causa. Sólo termina el dolor cuando la mente percibe la causa, el efecto, el proceso íntegro, total, y va más allá de las cosas, nunca podrá el pensamiento disolver el dolor.

Para la mayoría de nosotros la función se ha vuelto muy importante, porque ella implica categoría, posición, clase; y cuando mediante la función surge el prestigio, hay contradicción y conflicto. ¡Cómo respetamos al científico y despreciamos al cocinero! ¡Cómo apreciamos al primer ministro, al general, y no hacemos caso del soldado! Hay, pues, contradicción cuando la categoría está relacionada con la función; hay la diferenciación de clases, la lucha de clases. Una sociedad puede tratar de eliminar las clases, pero mientras exista la categoría acompañando a la función, tiene que haber clases. Y eso es lo que todos queremos. Todos queremos prestigio, categoría, que es poder.

Como sabéis, el poder es una cosa extraordinaria. Todo el mundo lo persigue: el ermitaño, el general, el hombre de ciencia, el ama de casa, el marido. Todos queremos poder: el poder que da el dinero, el de dominar, el del conocimiento, el de la capacidad. Nos da posición, prestigio, y eso es lo que queremos. Y el poder es malo, tanto si es el del dictador, el de la esposa sobre el marido o de éste sobre aquella. Es malo porque fuerza a otros a conformarse, a ajustarse; y en ese proceso no hay libertad. Y lo queremos, en forma muy sutil o muy cruda; y es por eso que buscamos el conocimiento. Los conocimientos son muy importantes para la mayoría de nosotros, y admiramos a los sabios con sus tretas intelectuales, porque con el conocimiento va el poder.

Por favor, escuchad, no simplemente a mí, sino a vuestras propias mentes, cerebros y corazones. Vigiladlos y veréis cuán ávidamente queremos este poder la mayoría de nosotros. Y si se busca el poder no se aprende. Sólo una mente inocente puede aprender; sólo una mente joven, fresca, se deleita en aprender, no la mente, el cerebro cargados de conocimientos, de experiencia. Por eso una mente religiosa está siempre aprendiendo, y no hay fin para el aprender. Aprender no es acumular conocimiento. Al aferraros al conocimiento y acrecentarlo, estáis cesando de aprender. Os ruego sigáis esto hasta el fin mismo.

Cuando observáis todas estas cosas, os dais cuenta de una extraordinaria sensación de aislamiento, de soledad, de estar sin comunicación. La mayoría de nosotros hemos experimentado en uno u otro momento esta sensación de estar completamente solo, encerrado, sin relación con nada ni con nadie. Y al percibir eso, hay miedo; y, cuando hay miedo, existe inmediatamente el impulso, el ansia de eludirlo. Por favor seguid todo esto interiormente, porque esto no es una conferencia; estamos efectivamente haciendo juntos el viaje. Y si podéis emprender el viaje, saldréis de aquí con una mente del todo distinta, con una calidad cerebral muy diferente.

Hay que pasar por esta sensación de soledad, y no podéis pasar por ella si tenéis miedo. Esta soledad es efectivamente creada por la mente a través de sus reacciones autoprotectoras y actividades egocéntricas. Si observáis vuestro propio cerebro y vuestra propia vida, veréis cómo os estáis aislando en todo lo que hacéis y pensáis. Todo eso de ‘mi nombre, mi familia, mi posición, mis cualidades, mis capacidades, mi propiedad, mi trabajo’, todo eso os está aislando. Hay, pues, soledad, y no podéis evitarla. Tenéis que pasar por ella tan de hecho como tenéis que pasar por una puerta. Y para pasar por ella tenéis que vivir con ella. Y vivir con la soledad, pasar por ella, es llegar a una cosa mucho más grande, a un estado mucho más profundo, que es la ‘unitotalidad’ (aloneness): estar completamente solo, sin conocimientos. Con eso no quiero decir estar sin el conocimiento mecánico superficial, que es necesario para la existencia diaria; el cerebro no necesita que se lo depure; sino que quiero decir que el conocimiento que uno ha adquirido y acumulado no debiera utilizarse para la propia expansión y seguridad psicológica. Al decir ‘unitotalidad’ me refiero a un estado invulnerable a toda influencia. Ya no es un estado de aislamiento, porque al aislamiento se lo ha comprendido, y se ha comprendido todo el proceso mecánico del pensar, de la experiencia, del reto y la respuesta.

No sé si habéis pensado alguna vez en este problema del reto y la respuesta. El cerebro está siempre respondiendo a toda clase de retos, conscientes o inconscientes. Todo influencia deja su impresión sobre el cerebro, y este responde. Podéis comprender con bastante facilidad los retos exteriores, que son muy mezquinos; y, si profundizáis bastante, podéis comprender los retos y las respuestas interiores. Os ruego sigáis esto, porque cuando ahondáis aún más no hay reto ni respuesta, lo que no significa que la mente esté dormida. Al contrario, está por completo despierta, tanto, que no necesita ningún reto, ni hay necesidad alguna de respuesta. Ese estado en que la mente está sin reto ni respuesta porque ha comprendido todo el proceso, ese estado es ‘unitotalidad’. Así, la mente religiosa comprende todo esto, pasa a través de esto, no en el curso del tiempo, sino percibiéndolo inmediatamente.

¿Trae comprensión el tiempo? ¿Tendréis comprensión mañana? ¿O es que hay comprensión solamente en el presente activo, ahora? Comprender es ver algo de manera total, inmediata. Pero esa comprensión es impedida por cualquier forma de evaluación. El verbalizar, condenar, justificar, etc., impide la percepción. Decís: ‘Se necesita tiempo para comprender. Necesito muchos días para ello’. Y cuando tardéis muchos días, el problema arraiga más hondo en la mente, y es mucho más difícil librarse de él, sea el que fuere el problema. La comprensión está, pues, en el presente inmediato, y no en término de tiempo. Cuando veo algo de modo muy claro, inmediato, hay comprensión. Es la ‘inmediaticidad’ lo importante, no la postergación. Si veo claramente el hecho de que soy colérico, celoso, ambicioso, etc., sin ninguna opinión, valoración ni juicio, entonces el hecho mismo empieza a actuar inmediatamente.

Veis, pues, que la cualidad de ‘unitotalidad’ es el estado de una mente completamente despierta. Es no pensar en términos de tiempo. Y eso es realmente extraordinario si penetráis en ello. Por consiguiente la mente religiosa no es una mente evolutiva; porque la realidad está más allá del tiempo. Es realmente importante comprender esto, si habéis llegado hasta este punto en el descubrimiento.

Veis que el tiempo cronológico y el psicológico son dos cosas distintas. Estamos hablando del tiempo psicológico, del interno reclamo de más días, más tiempo, para conseguir lo que significa el ideal, el héroe, la brecha entre lo que sois y lo que deberíais ser. Decís que para salvar esta brecha, para tender un puente sobre ella, necesitáis tiempo; pero esa actitud es una forma de pereza, porque podéis ver estas cosas inmediatamente si les concedéis toda vuestra atención.

La mente religiosa no se interesa, pues, en el progreso, en el tiempo; se halla en un estado de constante actividad, mas no en términos de ser o de llegar a ser. Podéis entrar en él ahora, aunque probablemente nunca lo hagáis. Porque veréis, a medida que penetráis, que la mente religiosa es la mente destructiva, pues sin destrucción no hay creación. La destrucción no es cuestión de tiempo. Se produce la destrucción cuando la totalidad de la mente ha puesto su atención a ‘lo que es’. Ver lo falso por completo como falso, es la destrucción de lo falso. Esta no es la destructividad del comunismo, del capitalismo, y todas esas cosas carentes de madurez. La mente religiosa es destructora, y, al serlo, es creadora. Lo que es creación es destrucción.

Y no hay creación sin amor. Como sabéis, para nosotros el amor es una cosa extraña. Lo hemos dividido en pasión, sensualidad, en profano y sagrado, carnal y divino; en amor familiar, amor al país, etc., dividiéndolo una y otra vez. Y en la división hay contradicción, conflicto y dolor.

El amor, para la mayoría de nosotros, es pasión, lujuria; y, en el proceso mismo de !a identificación con otro hay contradicción, conflicto y el principio del dolor. Y, para nosotros, el ardor se va. Su humo los celos, el odio, la envidia, la codicia-, destruye la llama. Pero cuando hay amor, hay belleza y pasión. Debéis tener pasión. Pero no interpretéis inmediatamente esa palabra como pasión sexual. Con la palabra ‘pasión’ me refiero a la pasión de intensidad, esa energía que inmediatamente ve las cosas con claridad ardientemente Sin pasión no hay austeridad. La austeridad no es mera negación: el tener solo pocas cosas, el dominarse, cosas todas que son demasiado pequeñas y mezquinas. La austeridad viene por el autoabandono; y con este hay pasión y, por lo tanto, hay belleza. No la belleza concebida por el hombre, no la que crea el artista aunque no digo que no haya belleza en eso. Mas yo hablo de una belleza que está mas allá del pensamiento y del sentimiento. Y eso sólo puede existir cuando hay alta sensibilidad del cerebro, así como del cuerpo y de la mente. Y no puede haber sensibilidad de ese naturaleza y calidad cuando no hay completo abandono, cuando el cerebro no se entrega por completo a la totalidad que la mente ve. Entonces hay pasión.

Así pues, la mente religiosa es destructiva, y es creadora porque se interesa en la totalidad de la existencia. No es la creatividad del artista, porque este sólo se interesa en cierto sector de la vida y trata de expresar en este lo que siente, como el hombre mundano trata de expresarse en los negocios aunque el artista cree que es superior a cualquier otro. Así es que la creación sólo surge cuando hay comprensión completa de la vida total, no de una parte de ella.

Ahora bien, si el cerebro ha llegado hasta ahí y ha comprendido todo el proceso de la existencia, y ha desechado todos los dioses fabricados por el hombre, sus salvadores, sus símbolos, su infierno y su cielo, entonces, cuando hay completa ‘unitotalidad’, hay una jornada muy distinta que emprender. Pero es necesario llegar a eso antes de poder negar o afirmar si hay Dios o no lo hay. A partir de entonces, hay verdadero descubrimiento porque la mente, el cerebro, ha destruido por completo todo lo que ha conocido. Solo entonces es posible entrar en lo desconocido; entonces allí está lo Incognoscible. No es el dios de las iglesias, de los templos, de las mezquitas; ni el dios de vuestros temores y creencias. Hay una realidad que puede hallarse solamente en la comprensión completa del proceso total de la existencia, y no de una parte de él.

Hallaréis entonces que la mente se vuelve extraordinariamente quieta y serena, y también el cerebro. Me pregunto si os habréis fijado alguna vez en vuestro propio cerebro en funcionamiento, si el cerebro se ha dada cuenta alguna vez de sí mismo en acción. Si os habéis dado cuenta en esa forma, sin elección, negativamente, veréis que está perpetuamente parloteando, hablándose a sí mismo o hablando sobre algo, acumulando conocimiento y guardándolo. Está actuando todo el tiempo, conscientemente en los niveles superiores y también profundamente en los sueros, insinuaciones, intimaciones de ideas, etc. Está constantemente moviéndose, cambiando, actuando; pero nunca está quieto. Y es necesario que la mente, el cerebro, estén por completo, totalmente, en calma y quietud, sin contradicción, sin conflicto. De lo contrario, tiene que haber proyección de ilusiones. Pero cuando mente y cerebro están en completa quietud, sin ningún movimiento cuando se ha eliminado en absoluto toda forma de visión, influencia e ilusión- entonces, en esa quietud, la totalidad proseguirá en la jornada para recibir aquello que no es medible por el tiempo, aquello que no tiene nombre, lo Eterno, lo Perenne.

Pregunta: ¿No es todo el problema una cuestión de eliminar algo que no es, con el fin de recibir aquello que es?

Krishnamurti: Seguramente que el buscar confirmación es bastante absurdo, si se me permite decirlo. Aquello de que hemos estado hablando no necesita ninguna confirmación. O es así, lo cual está bien; o no es así lo cual está bien igualmente. Mas no podéis buscar confirmación por parte de otro, tenéis que descubrir.

Pregunta: ¿Es lo mismo que la meditación el estado mental en que no hay reto ni respuesta?

Krishnamurti: Con mucho cuidado dije que no hay meditación si no existe el autoconocerse. Establecer la correcta base cosa que es meditación- es estar de hecho libre de ambición, de envidia, de codicia, y de la veneración del éxito. Y si, después de establecer la adecuada base, va uno más allá, más hondamente, no hay reto ni respuesta. Pero ese es un largo viaje, no en el tiempo, no en días y años, sino en un implacable conocerse a sí mismo.

Pregunta: ¿No existe un temor que no es resultado del pensamiento?

Krishnamurti: Hemos dicho que hay miedo instintivo, físico. Cuando os encontráis con una serpiente, o cuando pasa a vuestro lado estrepitosamente un autobús, os apartáis, cosa que es protección natural, sana, cuerda. Pero toda forma de autoprotección psicológica lleva a la enfermedad mental.

Pregunta: ¿No hay, en el morir, una nueva existencia?

Krishnamurti: En el morir, como hemos estado viendo, no hay devenir, y no hay ser. Hay un estado del todo distinto.

Interlocutor: ¿Por qué no nos hallamos siempre en ese maravilloso estado?

Krishnamurti: El hecho real es que no estáis. Todo lo que sois es resultado de vuestro condicionamiento. Llegar a fondo en la comprensión total de lo que sois es poner la correcta base para un ulterior descubrimiento.

Como veis, me parece que lo que ha ocurrido es que no habéis estado escuchando para nada aquello de que hemos estado hablando. Esta es la última plática, y sería una lástima el que escogierais las partes que os convienen y trataseis de llevaros a casa esas cenizas. Lo que se ha dicho, desde la primera plática hasta la última, es todo uno. En ello no puede haber elección o preferencia. O habéis de tomar la totalidad o nada en absoluto. Pero si habéis puesto la correcta base, podéis llegar muy lejos; no, como dije, en términos de tiempo, sino lejos en el sentido de la comprensión de una inmensidad que no se puede poner jamás en palabras, en pintura, en mármol. Sin ese descubrimiento nuestra vida es vacía, superficial, sin sentido.

El Estado Creativo de la Mente.

9ª Conversación en Paris 24 de Septiembre de 1961

Jiddu Krishnamurti, El Estado Creativo de la Mente, conversaciones de J. Krishnamurti en Europa. Incluidas en el libro “There is No Thinker, only Thought”. Jiddu Krishnamurti en español.

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