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El Propósito de la Educación

Capítulo 8 - El Pensar Ordenado

Entre tantas cosas en la vida, ¿han considerado ustedes alguna vez la razón de que casi todos seamos más bien descuidados - descuidados en nuestro vestir, en nuestros modales, en nuestros pensamientos, en nuestra manera de hacer las cosas? ¿Por qué somos tan poco puntuales y, por tanto, desconsiderados con otros? ¿Y qué es lo que trae orden en todo ello, orden en nuestro vestir, en nuestros pensamientos, en nuestro hablar, en nuestra manera de caminar, en el modo como tratamos a aquellos que son menos afortunados que nosotros? ¿Qué es lo que origina este curioso orden que llega sin compulsión, sin plan alguno, sin premeditación? ¿Alguna vez han pensado en ello? ¿Saben qué es lo que entiendo por orden? Es sentarse tranquilamente, sin apremio alguno, comer con elegancia y sin prisa, actuar pausadamente y, no obstante, con precisión, ser claro en el pensar y, aun así, efusivo. ¿Qué es lo que genera este orden en la vida? Es un punto realmente muy importante, y pienso que, si a uno pudieran educarlo para descubrir el factor que genera orden, ello tendría una gran significación.

Ciertamente, el orden adviene sólo a través de la virtud; porque a menos que seamos virtuosos, no solamente en las cosas pequeñas sino en todas las cosas, nuestra vida se vuelve caótica, ¿no es así? Ser virtuosos tiene poco significado en sí mismo; pero debido a que somos virtuosos, hay precisión en lo que pensamos, hay orden en todo nuestro ser - y ésa es la función de la virtud.

Pero, ¿qué ocurre cuando un hombre trata de volverse virtuoso, cuando se disciplina para ser amable, eficiente, reflexivo, considerado, cuando procura no lastimar a los demás, cuando gasta sus energías en tratar de establecer orden, en esforzarse por ser bueno? Sus esfuerzos sólo conducen a la respetabilidad, la cual genera mediocridad en la mente; por lo tanto, ese hombre no es virtuoso.

¿Han mirado alguna vez muy de cerca una flor? ¡Qué asombrosamente precisa es, con todos sus pétalos...! No obstante, es extraordinariamente delicada, con su belleza, su perfume. Ahora bien, cuando un hombre trata de ser ordenado, su vida puede ser muy precisa, pero ha perdido esa cualidad de delicadeza que adviene sólo cuando, como en la flor, no hay esfuerzo alguno. Nuestra dificultad, pues, consiste en ser precisos, claros y efusivos sin ningún esfuerzo.

Vean, el esfuerzo para ser ordenados o metódicos, tiene una influencia muy limitadora. Si yo trato deliberadamente de ser ordenado en mi habitación, si tengo sumo cuidado de ponerlo todo en su lugar, si siempre estoy vigilándome a mí mismo - dónde pongo los pies, etc. - entonces, ¿qué sucede? Me convierto en un pesado intolerable para mí mismo y para los demás. Es una persona muy aburrida aquella que siempre está tratando de ser “alguien” o “algo”, cuyos pensamientos están muy cuidadosamente arreglados, que escoge un pensamiento con preferencia a otro. Una persona así puede ser muy pulcra, muy clara, puede usar las palabras con precisión y ser muy atenta y considerada, pero ha perdido la alegría creativa del vivir.

¿Cuál es, entonces, el problema? ¿Cómo puede uno tener esta alegría creativa del vivir, ser efusivo en sus sentimientos, amplio en el pensar y, no obstante, ser preciso, claro, ordenado en el vivir? Pienso que la mayoría de nosotros no es así, porque jamás sentimos nada intensamente, jamás entregamos por completo a algo nuestras; mentes y nuestros corazones. Recuerdo haber estado observando a dos ardillas rojas que, con sus espesas y largas colas y su hermoso pelaje, estuvieron persiguiéndose mutuamente hacia arriba y abajo de un alto árbol durante casi diez minutos y sin detenerse ni un instante - tan sólo por la alegría de vivir. Pero ustedes y yo no podemos conocer esa alegría si no sentimos las cosas profundamente, si no hay pasión en nuestras vidas - pasión, no para hacer el bien o para producir alguna reforma, sino pasión en el sentido de percibir las cosas con mucha fuerza; y esa pasión vital sólo podemos tenerla cuando hay una revolución completa en nuestro pensar, en la totalidad de nuestro ser.

¿Han advertido qué pocos de nosotros tenemos un sentimiento profundo con respecto a cualquier cosa, sea lo que fuere? ¿Alguna vez se rebelan ustedes contra sus maestros, contra sus padres, no sólo porque algo no les gusta sino porque sienten profunda, ardientemente, que no quieren hacer ciertas cosas? Si sienten de ese modo con respecto a algo, descubrirán que este sentir mismo trae, curiosamente, un orden nuevo en sus vidas.

El orden, la limpieza y claridad en el pensar, no son muy importantes en sí mismos, pero se vuelven importantes para un hombre que es sensible, que siente de manera profunda, que se halla en un estado de perpetua revolución interna. Si ustedes sienten con intensidad el sino del pobre, del mendigo que recibe en su rostro el polvo que le arroja el automóvil del rico que pasa a su lado, si son extraordinariamente receptivos, sensibles a todo, entonces esa misma sensibilidad trae consigo el orden, la virtud; y creo que esto es muy importante que lo comprendan, tanto el educador como el estudiante.

En este país, desafortunadamente, igual que en todo el mundo, las cosas nos interesan muy poco, no tenemos un sentimiento profundo por nada. Casi todos somos intelectuales - intelectuales en el sentido superficial de ser muy ingeniosos, de estar llenos de palabras y teorías acerca de lo que es bueno y lo que es malo, acerca de lo que debemos pensar y de lo que debemos hacer. Mentalmente estamos muy desarrollados, pero internamente hay muy poca sustancia o significación; y es esta sustancia interna la que da origen a la acción verdadera, que no es la acción conforme a una idea.

Por eso es que deben ustedes tener sentimientos muy intensos - sentimientos de pasión, de ira - y observarlos, jugar con ellos, porque si meramente los reprimen, si dicen: “No debo enojarme, no debo ser apasionado porque eso está mal”, encontrarán que poco a poco la mente se encierra en una idea y, debido a eso, se vuelve muy superficial. Podremos ser inmensamente hábiles, podremos tener conocimientos enciclopédicos, pero si no existe la vitalidad de un sentir intenso y profundo, nuestra comprensión es como una flor que carece de perfume.

Es muy importante que comprendan todas estas cosas mientras son jóvenes, porque entonces, cuando crezcan, serán verdaderos revolucionarios - revolucionarios no conforme a una ideología, teoría o libro, sino revolucionarios en el sentido total de la palabra, seres humanos integrados por completo, de modo que no quede en ustedes ni un solo punto contaminado por lo viejo. Entonces tendrán una mente fresca, inocente y, por tanto, capaz de una creatividad extraordinaria. Pero si confunden el significado de todo esto, la vida se les volverá muy monótona y rutinaria, porque serán arrollados por la sociedad, por la familia, por la esposa o el marido, por las teorías, por las organizaciones religiosas o políticas. Por eso es tan perentorio para ustedes que se los eduque apropiadamente - lo cual implica que han de tener maestros que puedan ayudarlos a abrirse paso por la costra de la así llamada civilización, a fin de que sean, no máquinas repetidoras, sino individuos en cuyo interior haya realmente un canto y que, por tanto, sean seres humanos felices, creativos.

Interlocutor: ¿Qué es la ira y por qué se enoja uno?

Krishnamurti: Si yo te piso los dedos de los pies, o te pellizco, o te quito alguna cosa, ¿no te enojarás? ¿Y por qué no deberías enojarte? ¿Porque piensas que el enojo es malo? ¿Porque alguien te lo ha dicho? Es importante, entonces, averiguar por qué se enoja uno, ver la verdad de la ira, y no decir meramente que es malo enojarse.

Y bien, ¿por qué te enojas? Porque no quieres que te lastimen - ésa es la normal exigencia humana para poder sobrevivir. Sientes que no debes ser usado, triturado, destruido o explotado por un individuo, por un gobierno o por la sociedad. Cuando alguien te abofetea, te sientes ofendido, humillado, y ese sentimiento no te gusta. Si la persona que te ofende es grande y poderosa como para que no puedas devolverle el golpe, tú a tu vez lastimas a algún otro, te desquitarás con tu hermano, tu hermana, tu sirviente - si es que tienes uno. Y así, el juego de la ira prosigue.

En primer lugar, evitar que a uno lo lastimen es una respuesta natural. ¿Por qué debería alguno aprovecharse de nosotros? Por lo tanto, a fin de que no nos lastimen, nos protegemos, comenzamos a desarrollar defensas, una barrera. Internamente construimos un muro alrededor de nosotros al no estar abiertos, receptivos; por consiguiente, somos incapaces de explorar, de sentir con generosidad. Decimos que la ira es muy mala y la condenamos, como condenamos varios otros sentimientos; y así, gradualmente, nos volvemos áridos, vacíos, carecemos en absoluto de sentimientos intensos. ¿Comprendes?

Interlocutor: ¿Por qué amamos tanto a nuestras madres?

Krishnamurti: ¿Amas a tu madre si odias a tu padre? Escucha cuidadosamente. Cuando amas mucho a alguien, ¿excluyes a otros de ese amor? Si amas realmente a tu madre, ¿no amas también a tu padre, a tu tía, a tu vecino, a tu sirviente? ¿No tienes primero el sentimiento de amor y después amas a alguien en particular? Cuando dices: “Amo mucho a mi madre”, ¿no eres considerado con ella? ¿Puedes acaso ocasionarle un montón de preocupaciones sin sentido? Y si eres considerado con tu madre, ¿no lo eres también con tu hermano, con tu hermana, con tu vecino? De lo contrario, no amas verdaderamente a tu madre; ésa es sólo una palabra, una conveniencia.

Interlocutor: Yo estoy lleno de odio. ¿Podría usted enseñarme a amar?

Krishnamurti: Nadie puede enseñarle cómo amar. Si a la gente pudiera enseñársele cómo amar, el problema del mundo sería muy sencillo, ¿no es así? Si pudiéramos aprender en un libro cómo amar, tal como aprendemos matemática, éste sería un mundo maravilloso; no habría odio ni explotación ni guerras ni división de ricos y pobres, y todos podríamos ser verdaderamente amigos unos de otros. Pero el amor no se obtiene tan fácilmente. Es fácil odiar, y el odio reúne a la gente detrás de algo en común; crea toda clase de fantasías, produce diferentes tipos de cooperación, como ocurre en la guerra. Pero el amor es mucho más difícil. Usted no puede aprender el modo de amar, pero lo que puede hacer es observar el odio y desecharlo suavemente. No luche contra el odio, no diga que es horrible odiar a las personas; sólo observe por qué odia y deje que el odio se desprenda de usted; ignórelo, no es importante. Lo importante es no dejar que el odio eche raíces en nuestra mente. ¿Comprende? Nuestra mente es como la tierra rica, y si a cada problema que llega le damos el tiempo suficiente, este problema echa raíces como la mala hierba, y después tenemos la dificultad de arrancarla. Pero si no le damos al problema el tiempo suficiente para que arraigue, entonces no tendrá lugar para crecer y se marchitará. Si alentamos el odio, si le damos tiempo para que eche raíces y crezca y madure, se convierte en un problema enorme. Pero si cada vez que el odio surge usted lo deja pasar, descubrirá que la mente se vuelve muy sensible sin ser sentimental; por lo tanto, conocerá el amor.

La mente puede perseguir sensaciones, deseos, pero no puede perseguir el amor. El amor tiene que llegar a la mente. Y una vez que el amor está ahí, no existe en él la división de amor sensorio y amor divino: es amor. Eso es lo extraordinario que hay con respecto al amor: es la única cualidad que trae completa comprensión de la totalidad de la existencia.

Interlocutor: ¿Qué es la felicidad en la vida?

Krishnamurti: Si uno desea hacer algo agradable, piensa que será feliz cuando lo haga. Uno puede desear casarse con la joven más hermosa, o (si es mujer) con el hombre más rico, o desea aprobar algún examen, o ser elogiado por alguien, y piensa que si logra aquello que desea, será feliz. Pero, ¿es eso la felicidad? ¿No se desvanece pronto como la flor que se abre en la mañana y se marchita al anochecer? Sin embargo, ésa es nuestra vida, y eso es lo que todos queremos. Nos sentimos satisfechos con esas superficialidades: con tener un automóvil o una posición segura, con sentir una pequeña emoción respecto de algo trivial, como el niño que se siente feliz remontando una cometa en medio de un viento fuerte, y pocos minutos después está llorando. Ésa es nuestra vida, y nos satisfacemos con ella. Jamás decimos: “Entregaré mi corazón, mi energía, todo mi ser para descubrir qué es la felicidad”. No somos muy serios, no sentimos la vida con gran intensidad, y por eso nos complacen las cosas pequeñas.

Pero la felicidad no es algo que uno pueda buscar; no es un resultado, una consecuencia. Si perseguimos la felicidad por sí misma, eso no tendrá sentido alguno. La felicidad llega sin ser invitada; y en el momento en que uno se torna consciente de que es feliz, ya ha dejado de serlo. No sé si han advertido esto. Cuando uno se siente de pronto gozoso por nada en particular, existe la libertad de sonreír, de ser feliz; pero, en el instante en que uno se vuelve consciente de ello, lo ha perdido, ¿verdad? Tener conciencia de que se es feliz, o perseguir la felicidad, implica el final mismo de la felicidad. La felicidad existe solamente cuando hemos desechado al yo con sus exigencias.

A ustedes les enseñan muchísima matemática, pasan sus días estudiando historia, geografía, ciencia, física, biología, etc., ¿pero dedican ustedes y sus maestros siquiera algo de tiempo para reflexionar acerca de estas cuestiones que son mucho más serias? ¿Se sientan alguna vez tranquilos, con la espalda muy recta, sin hacer movimiento alguno, y conocen así la belleza del silencio? ¿Dejan alguna vez que la mente divague, no sobre cosas insignificantes, sino de una manera expansiva, amplia, profunda, para así poder explorar, descubrir?

¿Y saben ustedes qué está sucediendo en el mundo? Lo que sucede en el mundo es una proyección de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros; el mundo es lo que somos. Casi todos estamos confundidos, somos codiciosos, posesivos, celosos, y condenamos a la gente; y eso es, exactamente, lo que ocurre en el mundo, sólo que de una manera más dramática, más despiadada. Pero ni ustedes ni sus maestros dedican tiempo alguno para pensar acerca de todo esto; y es solamente cuando uno emplea algún tiempo cada día reflexionando seriamente sobre estas cuestiones, que existe una posibilidad de producir una revolución total y crear un mundo nuevo. Y yo les aseguro que un mundo nuevo tiene que crearse, un mundo que no sea una continuación, en forma diferente, de la misiva sociedad corrupta. Pero no podemos crear un mundo nuevo si nuestra mente no está alerta, si no es observadora, intensamente perceptiva; y por eso es tan importante que, mientras son jóvenes, empleen algún tiempo en reflexionar sobre estas cuestiones tan serias, y no pasen meramente sus días en el estudio de unas cuantas materias, lo cual no conduce a ninguna parte, salvo a un empleo y a la muerte. De modo que consideren seriamente todas estas cosas, porque en virtud de esa consideración adviene un sentimiento extraordinario de júbilo, de felicidad.

Interlocutor: ¿Qué es la verdadera vida?

Krishnamurti: ¿Qué es la verdadera vida? Esta pregunta la ha formulado un niño pequeño. Jugar, alimentarse bien, correr, saltar, empujar - ésa es la verdadera vida para él. Ya ven, dividimos la vida en la verdadera y la falsa. La verdadera vida es hacer algo que amamos con todo nuestro ser, de modo tal que no haya contradicción interna, ni una guerra entre lo que estamos haciendo y lo que pensamos que deberíamos hacer. La vida es entonces un proceso completamente integrado en el cual hay una alegría inmensa. Pero eso puede ocurrir únicamente cuando no dependemos en lo psicológico de ninguna persona, de ninguna sociedad, cuando existe un completo desapego interno, porque sólo entonces hay una posibilidad de amar realmente lo que hacemos. Si uno se encuentra en un estado de revolución total, no tiene importancia si es jardinero o si llega a Primer Ministro o si hace alguna otra cosa; uno amará lo que haga, y gracias a ese amor adviene un sentido extraordinario de creatividad.

El Propósito de la Educación

Capítulo 8 - El Pensar Ordenado

Jiddu Krishnamurti, El Propósito de la Educación. Think on These Things. Jiddu Krishnamurti en español.

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