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El Propósito de la Educación

Capítulo 15 - Cooperación y Participación

Hemos estado hablando de muchísimas cosas, de los múltiples problemas de la vida, ¿no es así? Pero me pregunto si realmente sabemos qué es un problema. Los problemas se vuelven difíciles de resolver si se les permite que arraiguen en la mente. La mente crea los problemas y después se convierte en el suelo donde estos echan sus raíces; y una vez que un problema se ha afirmado bien en la mente, es muy difícil desarraigarlo. Lo esencial es que la mente misma vea el problema y no le suministre el suelo donde pueda desarrollarse.

Uno de los problemas básicos a que se enfrenta el mundo es el problema de la cooperación. ¿Qué significa la palabra “cooperación”? Cooperar es hacer las cosas juntos, construir juntos, sentir juntos, tener algo en común de modo que podamos trabajar libremente juntos. Pero por lo general no nos sentimos inclinados a trabajar juntos con naturalidad, fácilmente, dichosamente; y por eso se nos obliga a trabajar juntos mediante diversos incentivos: amenazas, miedo, castigó, recompensa. Es la práctica corriente en todo el mundo. Bajo los gobiernos tiránicos se nos fuerza brutalmente a trabajar juntos; si no “cooperamos” nos liquidan o nos envían a un campo de concentración. En las naciones que se llaman civilizadas, se nos induce a que trabajemos juntos por el concepto de “mi país”, o por una ideología que ha sido cuidadosamente elaborada y ampliamente propagada a fin de que la aceptemos; o bien trabajamos juntos para llevar a cabo un plan que alguien ha trazado, un anteproyecto para una utopía.

Por lo tanto, lo que persuade a las personas para que trabajen juntas es el plan, la idea, la autoridad. Esto es lo que generalmente se llama cooperación, y en ello están siempre implicados la recompensa o el castigo, lo cual significa que detrás de tal “cooperación” hay miedo. Ustedes siempre trabajan por algo ‑ por el país, por el rey, por el partido, por Dios o el Maestro, por la paz, o para producir esta o aquella reforma. La idea que tienen de la cooperación es la de trabajar juntos por un resultado en particular. Tienen un ideal - fundar una escuela perfecta o lo que fuere - para el cual trabajan; por lo tanto, dicen que es necesaria la cooperación. Todo esto implica autoridad, ¿no es así? Siempre hay alguno de quien se supone que sabe lo que es correcto y tiene que hacerse, por lo cual ustedes dicen: “Tenemos que cooperar para llevar eso a la práctica”.

Bien, de ningún modo llamo cooperación a eso. Es una forma de codicia, una forma de temor, de compulsión. Tras ello está la amenaza de que si ustedes no “cooperan”, el gobierno no los reconocerá, o el Plan Quinquenal habrá de fracasar, o se los enviará a un campo de concentración, o el país de ustedes perderá la guerra, o no irán al cielo. Siempre hay una fortuna de persuasión, y donde hay persuasión no puede haber una verdadera cooperación.

Tampoco se trata de cooperación cuando ustedes y yo trabajamos juntos sólo porque acordamos mutuamente hacer alguna cosa. En cualquier acuerdo semejante, lo que importa es realizar esa cosa en particular, no el trabajar juntos. Ustedes y yo podemos ponernos de acuerdo para construir juntos un puente o un camino, o para plantar algunos árboles, pero en ese acuerdo está siempre el miedo al desacuerdo, el miedo de que yo pueda no hacer mi parte y dejar que todo lo hagan ustedes.

De manera que cuando trabajamos juntos mediante cualquier forma de incentivo, o por mero acuerdo, eso no es cooperación, porque detrás de todo esfuerzo semejante, está la implicación de ganar o de evitar algo.

Para mí, la cooperación es algo por completo diferente. La cooperación es la alegría de estar y actuar juntos - no necesariamente realizar alguna cosa en particular. ¿Comprenden? Los niños pequeños tienen normalmente ese sentimiento de estar y actuar juntos. ¿No han advertido esto? Ellos cooperarán en todo. No es un asunto de estar o no estar de acuerdo, de recompensa o castigo; ellos sólo desean ayudar. Cooperan instintivamente, por el regocijo mismo de ser y de actuar juntos. Pero las personas adultas destruyen este natural, espontáneo espíritu de cooperación que hay en los niños, diciéndoles: “Si haces esto te daré eso; si no lo haces, no te dejaré ir al cine”, lo cual introduce el elemento de corrupción.

Por lo tanto, la verdadera cooperación surge, no a través de un acuerdo para llevar a cabo juntos algún proyecto, sino con la alegría, con el sentimiento de solidaridad - si es que se me permite usar esa palabra; porque en ese sentimiento no existe la obstinación de las ideaciones y opiniones personales.

Cuando ustedes conozcan esa cooperación, también sabrán cuándo no cooperar, lo cual es igualmente importante. ¿Comprenden? Es indispensable para todos que despertemos en nosotros este espíritu de cooperación, porque entonces no será un mero plan o un acuerdo la causa de que trabajemos juntos, sino un sentimiento extraordinario de solidaridad, la alegría de ser y actuar juntos sin que haya pensamiento alguno de recompensa o castigo. Eso es muy importante. Pero es igualmente importante saber cuándo no cooperar; porque si no somos sensatos, podríamos cooperar con la insensatez, con líderes ambiciosos que tienen esquemas impresionantes, ideas fantásticas - como Hitler y otros tiranos de todos los tiempos. Por consiguiente, tenemos que saber cuándo no cooperar; y esto podemos saberlo únicamente cuando conocemos la alegría de la verdadera cooperación.

Es ésta una cuestión muy importante que debemos considerar, porque cuando se sugiere que trabajemos en conjunto, nuestra respuesta inmediata probablemente sea: “¿Por qué? ¿Qué es lo que hemos de hacer juntos?” En otras palabras, la cosa que henos de hacer se vuelve más importante que el sentimiento de estar y actuar juntos; y cuando la cosa que ha de hacerse - el plan, el concepto, la utopía ideológica - asume primordial importancia, no existe entonces una verdadera cooperación. Entonces es sólo la idea la que nos junta; y si una idea puede juntarnos, otra idea puede separarnos. Por lo tanto, lo que importa es despertar en nosotros mismos este espíritu de cooperación, este sentido de estar y actuar juntos sin pensamiento alguno de recompensa o castigo. La mayoría de los jóvenes tiene este sentido espontáneamente, libremente, siempre que ello no sea corrompido por sus mayores.

Interlocutor: ¿Cómo podemos librarnos de nuestras preocupaciones mentales, si no podemos evitar las situaciones que las provocan?

Krishnamurti: Entonces tiene usted que afrontarlas, ¿no es así? Para librarse de la preocupación, uno trata generalmente de escapar del problema; va al templo o al cine, lee un periódico, enciende la radio, o busca alguna otra forma de distracción. Pero el escapar no resuelve el problema, porque cuando uno regresa de ello, el problema sigue estando ahí. Entonces, ¿por qué no afrontarlo desde el principio mismo?

Ahora bien, ¿qué es la preocupación? A usted le preocupa si va a aprobar sus exámenes y tiene miedo de no lograrlo; por consiguiente, se afana al respecto, pasa noches sin dormir. Si no los aprobara, sus padres se disgustarían; además, a usted le complacería poder decir: “Lo he logrado, he aprobado mis exámenes”. Y se sigue preocupando hasta el día mismo del examen, y luego hasta que conoce los resultados. ¿Acaso puede usted escapar de la situación, zafarse de ella? De hecho, no puede hacerlo, ¿verdad? De modo que tiene que afrontarla. ¿Pero por qué preocuparse al respecto? Ha estudiado, ha hecho lo mejor que podía, y aprobará o no aprobará. Cuanto más se preocupa, más asustado y nervioso se pone y menos capacidad tiene de pensar; y cuando llega el día no puede escribir nada, sólo puede mirar el reloj - ¡qué es lo que me sucedió a mí!

Cuando la mente examina y examina un problema y está incesantemente ocupada con él, a eso lo llamamos preocupación, ¿no es así? Entonces, ¿cómo ha de librarse uno de la preocupación? En primer lugar, es esencial que la mente no le dé al problema el suelo donde pueda arraigar.

¿Sabe usted qué es la mente? Grandes filósofos han dedicado muchos años a examinar la naturaleza de la mente, y se han escrito libros al respecto; pero si uno presta a ello toda su atención, pienso que es bastante sencillo descubrir qué es la mente. ¿Alguna vez ha observado su propia mente? Todo lo que ha aprendido hasta ahora, la memoria de todas sus pequeñas experiencias, lo que le han dicho sus padres, sus maestros, las cosas que ha leído en los libros o que ha observado en el mundo que lo rodea - todo esto es la mente. Es la mente la que observa, la que discierne, la que aprende, la que cultiva las así llamadas virtudes, la que comunica ideas, la que tiene deseos y temores. No es solamente lo que usted ve en la superficie, sino también las capas profundas del inconsciente que contienen ocultas las ambiciones raciales, los motivos, los instintos, los conflictos. Todo esto es la mente, y a eso se le llama conciencia.

Ahora bien, la mente necesita estar ocupada con algo, como una madre que se preocupa por sus hijos, o un ama de casa por su cocina, o un político por su popularidad o su posición en el parlamento; y una mente que se halla ocupada es incapaz de resolver problema alguno. ¿Alcanza usted a verlo? Sólo la mente que no está ocupada es la que puede tener la lozanía indispensable para comprender un problema.

Observe su propia mente y verá qué inquieta está, siempre ocupada con algo: con lo que alguien dijo ayer, con algo que usted acaba de aprender, con lo que va a hacer mañana, etcétera. Nunca está desocupada - lo cual no implica una mente inactiva, o alguna clase de vacío mental. En tanto sigue ocupada, ya sea con lo más elevado o con lo más bajo, la mente es pequeña, mezquina; y una mente mezquina nunca puede resolver ningún problema, sólo puede estar ocupada con él. Por grande que pueda ser un problema, al estar ocupada con él la mente lo vuelve trivial. Sólo una mente que no se halla ocupada y que, por lo tanto, es fresca, lozana, puede abordar un problema y resolverlo.

Pero es muy difícil tener una mente no ocupada. A veces, cuando usted se sienta quietamente junto al río, o en su habitación, obsérvese a sí mismo y verá cómo ese pequeño espacio del que tenemos conciencia y al que llamamos nuestra mente, está de continuo lleno con los múltiples pensamientos que, atropellándose, se adueñan de ella. Mientras la mente permanece llena, ocupada con algo - puede ser la mente de un ama de casa o la del más grande de los científicos - es pequeña, insignificante, y cualquiera que sea el problema que aborde, no podrá resolverlo. Mientras que una mente que no se halla ocupada, que tiene espacio, puede habérselas con el problema y resolverlo, porque una mente así tiene frescura y aborda el problema de un modo nuevo, no con la vieja herencia de sus propios recuerdos y tradiciones.

Interlocutor: ¿Cómo podemos conocernos a nosotros mismos?

Krishnamurti: Usted conoce su rostro porque lo ha visto con frecuencia reflejado en el espejo. Pues bien, existe un espejo en el cual usted puede verse completamente a sí mismo - no su rostro, sino todo lo que piensa, todo lo que siente, sus motivos, sus apetitos, sus instintos y temores. Ese espejo es el espejo de la relación: la relación entre usted y sus padres, entre usted y sus maestros, entre usted y el río, los árboles, la tierra... entre usted y sus pensamientos. La relación es un espejo en el cual puede verse a sí mismo, no como debería ser sino como es. Yo puedo desear, cuando me miro en un espejo corriente, que éste me muestre que soy hermoso, pero no sucede eso porque el espejo refleja mi rostro exactamente como es, y no puedo engañarme a mí mismo. De igual manera, puedo verme exactamente como soy en el espejo de mi relación con los demás. Puedo observar cómo le hablo a la gente - con mayor cortesía a los que creo que pueden darme algo, y con rudeza y desdeñosamente a los que no pueden hacerlo. Soy atento con aquellos que me inspiran temor. Me pongo de pie cuando entra alguna persona importante, pero cuando entra el sirviente ni siquiera le presto atención. Así, observándome en la relación, he descubierto de qué manera tan falsa respeto a la gente, ¿no es cierto? Y también puedo descubrirme tal como soy en mi relación con los árboles y los pájaros, con las ideas y los libros.

Uno podrá tener todos los títulos académicos del mundo, pero si no se conoce a sí mismo es la más ignorante de las personas. El conocimiento de uno mismo es el verdadero propósito de toda la educación. Sin el conocimiento propio, el mero recoger hechos o tomar notas a fin de poder aprobar los exámenes, es una manera tonta de vivir. Usted podrá ser capaz de citar el Bhagavad Gita, los Upanishads el Corán y la Biblia, pero a menos que se conozca a sí mismo, es como un loro que repite palabras. Mientras que si comienza a conocerse a sí mismo, por poco que sea, ya se ha puesto en marcha un proceso extraordinario de creatividad. Es un descubrimiento el verse uno de pronto tal como es realmente: codicioso, pendenciero, iracundo, envidioso, necio. Ver el hecho sin tratar de alterarlo, sólo ver exactamente lo que uno es, constituye una revelación asombrosa. Desde ahí puede uno profundizar hasta el infinito, porque el conocimiento propio nuca se termina.

Gracias al conocimiento propio comienza usted a descubrir qué es Dios, qué es la verdad, qué es ese estado intemporal. Su maestro puede trasmitirle el conocimiento que él ha recibido de su maestro, y a usted puede irle bien en sus exámenes, puede obtener un titulo y todas esas cosas; pero si no se conoce a sí mismo tal como conoce su propio rostro en el espejo, todo el otro conocimiento significa muy poco. Las personas instruidas que no se conocen a sí mismas son en realidad poco inteligentes; no saben qué es el pensar, qué es la vida. Por eso es esencial que al educador se lo eduque en el verdadero sentido de la palabra, lo cual significa que tiene que saber como funciona su propia mente y su corazón, tiene que verse en el espejo de la relación exactamente como es. El conocimiento propio es el principio de la sabiduría. En el conocimiento de uno mismo está todo el universo; ese conocimiento abarca todas las luchas de la humanidad.

Interlocutor: ¿Podemos conocernos a nosotros mismos sin alguien que nos inspire?

Krishnamurti: ¿Para conocerse a sí mismo debe usted tener alguien que lo inspire, que lo apremie, que lo estimule, que lo impulse? Escuche la pregunta muy cuidadosamente y descubrirá la verdadera respuesta. Vea, la mitad del problema está resuelta si uno lo estudia, ¿no es así? Pero usted no puede estudiar el problema en su totalidad si su mente está ocupada con la excesiva ansiedad de encontrar una respuesta.

La pregunta es: a fin de dar con el conocimiento propio, ¿no debe haber alguien que nos inspire?

Ahora bien, si usted necesita un gurú, alguien que lo inspire, que lo estimule, que le diga que lo está haciendo bien, eso significa que estará perdido cuando esa persona se marche algún día. Tan pronto depende usted de una persona o de una idea para su inspiración, por fuerza tiene que haber miedo y, por lo tanto, eso no es en absoluto la verdadera inspiración. Mientras que si observa, por ejemplo, como se llevan un cuerpo muerto, u observa a dos personas que riñen ¿eso no le hace pensar? Cuando ve a alguien que es muy ambicioso, o nota cómo cae usted a los pies del gobernador cuando él llega, ¿no le hace eso reflexionar? Hay, pues, inspiración en todo, desde la caída de una hoja o la muerte de un pájaro, hasta la propia conducta humana. Si usted observa todas estas cosas, está aprendiendo permanentemente; pero si considera que una persona es su instructor, entonces está perdido y esa persona se convierte en su pesadilla. Por eso es muy importante no seguir a nadie, no tener un instructor en particular, sino aprender del río, de las flores, de los árboles, de la mujer que lleva una carga, de los miembros de su familia y de sus propios pensamientos. Esta es una educación que nadie puede darle excepto usted mismo, y ésta es la belleza de una educación así, la cual requiere una incesante vigilancia una mente en constante estado de investigación. Uno tiene que aprender observándose cuando lucha, cuando es feliz y cuando está bañado en llanto.

Interlocutor: Con todas las contradicciones que hay en uno mismo, ¿cómo es posible ser y actuar simultáneamente?

Krishnamurti: ¿Sabe usted qué es la contradicción en uno mismo? Si yo deseo hacer una cosa particular en la vida, y al mismo tiempo quiero agradar a mis padres que se sentirían complacidos si yo hiciera otra, entonces hay en mí un conflicto, una contradicción. ¿Cómo he de resolver eso? Si no puedo resolver esta contradicción dentro de mí mismo, es obvio que no puede haber integración del ser y el actuar. Por lo tanto, lo primero es estar libres de la contradicción interna.

Supongamos que usted desea estudiar pintura porque pintar es la felicidad de su vida, y su padre le dice que tiene que ser un abogado o un hombre de negocios, de lo contrario él romperá con usted y dejará de pagarle su educación; entonces hay en usted una contradicción, ¿no es así? Ahora bien, ¿cómo eliminará esa contradicción interna a fin de librarse de la lucha y el dolor que ello implica? Mientras está preso en esa contradicción no puede pensar; por consiguiente, tiene que eliminar la contradicción, tiene que hacer una cosa o la otra. ¿Cuál de ellas será? ¿Cederá usted a los deseos de su padre? Si lo hace, significa que ha desechado su felicidad y se ha comprometido con algo que usted no ama; y, ¿resolverá eso la contradicción? Mientras que si se opone a su padre, si dice: “Lo siento, no me importa si tengo que mendigar, si paso hambre, pero voy a pintar”, entonces no hay contradicción; entonces el ser y el actuar son simultáneos, porque usted sabe lo que quiere hacer y lo hace con todo el corazón. Pero si llega a ser un abogado o un hombre de negocios mientras internamente está ardiendo por ser un pintor, entonces por el resto de su vida será un ser humano torpe, aburrido, que vivirá atormentado en medio de la frustración y la desdicha, destruyéndose y destruyendo a otros.

Éste es un problema muy importante sobre el que tiene usted que reflexionar, porque a medida que crezca, sus padres van a querer que haga ciertas cosas, y si usted no está muy claro en sí mismo acerca de lo que realmente anhela hacer, será conducido como una res al matadero. Pero si descubre qué es aquello que verdaderamente quiere hacer y entrega a eso toda su vida, entonces no hay contradicción, y en ese estado su ser es su actuar.

Interlocutor: Por el bien de aquello que queremos hacer, ¿tenemos que olvidar el deber hacia nuestros padres?

Krishnamurti: ¿Qué entiende usted por esa extraordinaria palabra “deber”? ¿Deber hacia quién? ¿Hacia sus padres, hacia el gobierno, hacia la sociedad? Si sus padres le dicen que su deber es recibirse de abogado y mantenerlos como corresponde, y lo que usted quiere realmente es ser un sannyasi, ¿qué hará? En la India, ser un sannyasi es seguro y respetable, de modo que su padre tal vez accediera a eso. Cuando usted se pone la túnica del asceta, ya se ha vuelto un gran hombre, y su padre puede aprovecharse de ello. Pero si usted quiere trabajar con sus manos, si desea ser un simple carpintero o fabricar bellas cosas en arcilla, ¿dónde reside, entonces, su deber? ¿Puede alguien decírselo? ¿No debe, acaso, considerarlo cuidadosamente usted mismo, viendo todas las implicaciones que contiene, de modo que pueda decir: “Esto que siento es lo que verdaderamente tengo que hacer, y me atendré a ello estén o no estén de acuerdo mis padres”? No acatar meramente lo que sus padres y la sociedad quieren que haga, sino considerar realmente las implicaciones del “deber”; ver con mucha claridad qué es lo verdadero y atenerse a ello durante toda su vida, aun cuando pueda significar hambre, miseria, muerte - hacer eso requiere muchísima inteligencia, percepción, discernimiento, y también mucho amor. Vea, si usted mantiene a sus padres sólo porque piensa que ése es su deber, entonces su acción de mantenerlos es una cosa del mercado sin ninguna significación profunda, porque en eso no hay amor.

Interlocutor: Por mucho que yo quiera ser un ingeniero, si mi padre se opone a ello y no me ayuda, ¿cómo puedo estudiar ingeniería?

Krishnamurti: Si usted persiste en querer ser ingeniero aunque su padre lo eche de la casa, ¿piensa que no encontrará los caminos y los medios que le permitan estudiar ingeniería? Pedirá limosna, acudirá a los amigos... Señor, la vida es muy extraña. En el momento en que usted tiene muy claro lo que desea hacer, las cosas ocurren. La vida viene en su ayuda - un amigo, una relación, un maestro, una abuela, alguien lo ayuda. Pero si tiene miedo de intentarlo porque su padre podría echarlo de la casa, entonces está perdido. La vida jamás viene en ayuda de aquellos que meramente ceden a alguna exigencia a causa del miedo. Pero si usted dice: “Esto es lo que realmente quiero hacer y voy a persistir en ello”, entonces descubrirá que ocurre algo milagroso. Podrá pasar hambre, podrá tener que luchar para abrirse paso, pero será un ser humano valioso, no una mera copia, y ése es el milagro de ello.

Vea, casi todos nosotros tenemos miedo de estar solos; y sé que esto es especialmente difícil para ustedes que son jóvenes, porque en este país no existe una libertad económica como la que hay en América o Europa. Aquí el país está superpoblado, de manera que todos ceden a las exigencias del medio. Usted dice: “¿Qué me sucederá?

Pero si se mantiene firme, encontrará que algo o alguien le ayuda. Cuando uno se yergue de veras contra la exigencia popular, entonces es un individuo y la vida acude en su ayuda.

Vea, en biología hay un fenómeno que se llama mutación (sport), el cual consiste en una súbita y espontánea desviación con respecto a la norma. Si usted tiene un jardín y ha cultivado una especie particular de flor, una mañana puede encontrarse con que algo totalmente nuevo ha surgido de esa especie. Eso nuevo es lo que se llama la mutación. Como es algo nuevo se destaca, y el jardinero pone especial interés en ello. Y la vida es como eso. En el momento en que usted se arriesga, algo ocurre en usted y en relación con usted. La vida viene en su ayuda de distintos modos. Puede que a usted no le guste la forma en que le llega esa ayuda - puede ser la miseria, la lucha, el hambre - pero cuando uno invita a la vida, las cosas empiezan a suceder. Pero ya lo ve, nosotros no invitamos a la vida, queremos jugar un juego que sea seguro; y quienes juegan un juego seguro, mueren muy asegurados. ¿No es así?

El Propósito de la Educación

Capítulo 15 - Cooperación y Participación

Jiddu Krishnamurti, El Propósito de la Educación. Think on These Things. Jiddu Krishnamurti en español.

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