Jiddu Krishnamurti texts Jiddu Krishnamurti quotes and talks, 3000 texts in many languages. Jiddu Krishnamurti texts

El Propósito de la Educación

Capítulo 22 - La Sencillez del Amor

Un hombre vestido de sannyasi acostumbraba venir todas las mañanas para recoger flores de los árboles en un jardín cercano. Sus manos y sus ojos reflejaban la codicia por las flores, y él arrancaba todas las que estaban a su alcance. Evidentemente, iba a ofrecerlas a alguna imagen muerta, a una cosa hecha de piedra. Las flores eran cosas bellas, tiernas, recién abiertas al sol de la mañana, y él no las recogía suavemente, sino que las separaba con violencia, despojando fieramente al jardín de todo lo que contenía. Su dios exigía montones de flores - montones de cosas vivas para una imagen de piedra muerta.

Otro día estuve observando a algunos muchachos que arrancaban flores. No iban a ofrecerlas a ningún dios; hablaban entre ellos e irreflexivamente arrancaban las flores y las tiraban lejos. ¿Alguna vez se han observado haciendo esto? Me pregunto por qué lo hacen. Mientras van caminando desprenden una ramita, la despojan de sus hojas y la dejan caer. ¿Han notado esta acción irreflexiva de parte de ustedes? Los adultos también lo hacen, tienen su propio modo de expresar su brutalidad interna, esta espantosa falta de respeto por las cosas vivientes. Hablan de no hacer daño y, no obstante, todo lo que hacen es destructivo.

Uno puede comprender que alguien tome una flor o dos para colocárselas en el cabello, o para entregarlas a alguien con amor; ¿pero por qué arrancar las flores por el solo hecho de arrancarlas como hacen ustedes? Los adultos son feos en su ambición, se asesinan entre ellos en sus guerras y se corrompen mutuamente con dinero. Tienen su propia forma horrible de actuar; y, aparentemente, los jóvenes tanto aquí como en otras partes, están siguiendo sus pasos.

El otro día estaba afuera paseando con uno de los muchachos y dimos con una piedra que estaba en el camino. Cuando la quité, él preguntó: “¿Por qué hizo eso?” ¿Qué es lo que indica esta pregunta? ¿No es una falta de consideración, de respeto? Ustedes muestran respeto a causa del temor, ¿no es así? Se levantan rápidamente de un salto cuando una persona mayor entra en la sala, pero eso no es respeto, es temor; porque si realmente sintieran respeto no destruirían las flores, quitarían una piedra del camino, cuidarían los árboles y ayudarían al cuidado del jardín. Pero, ya seamos viejos o jóvenes, carecemos de un verdadero sentimiento de consideración. ¿Por qué? ¿Es que no sabemos qué es el amor?

¿Comprenden lo sencillo que es el amor? No la complejidad del amor sexual, no el amor a Dios, sino simplemente amor - ser realmente afectuosos, amables en nuestra manera de abordar todas las cosas. En el hogar no siempre tienen ustedes este sencillo amor, sus padres están demasiado ocupados; puede ser que en sus casas no haya verdadero afecto, ni ternura, y entonces llegan ustedes aquí con ese trasfondo de insensibilidad y se comportan igual que todos los demás. ¿Y cómo ha de generarse en uno esta sensibilidad? No es que deban tener reglamentos que impidan cortar las flores, porque cuando ustedes se reprimen meramente a causa de los reglamentos, lo que hay es temor. Pero, ¿cómo ha de originarse esta sensibilidad que los previene de causar daño alguno a las personas, a los animales, a las flores?

¿Les interesa todo esto? Debería interesarles. Si no les interesa ser sensibles, podrían igualmente estar muertos - y la mayoría lo está. Aunque coman tres veces al día, aunque tengan empleos, procreen hijos, manejen automóviles y vistan ropas finas, casi todos están prácticamente muertos.

¿Saben ustedes qué significa ser sensible? Significa, ciertamente, sentir afecto por todas las cosas; ver un animal que está sufriendo y hacer algo al respecto, quitar una piedra del sendero porque por él transitan muchos pies desnudos, levantar un clavo de la carretera porque el auto de alguien podría pinchar un neumático... Ser sensible es compadecerse de las personas, de los pájaros, de las flores, de los árboles - no porque sean de uno, sino simplemente porque uno está despierto a la extraordinaria belleza de las cosas. ¿Cómo, pues, despertar esta sensibilidad?

Cuando somos profundamente sensibles, es natural que no arranquemos las flores; hay un deseo espontáneo de no destruir cosas, de no hacer daño a la gente, lo cual implica tener verdadero respeto, amor. Amar es lo más importante en la vida. ¿Pero qué entendemos por amor? Cuando amamos a alguien porque esa persona a su vez nos ama, por cierto que eso no es amor. Amar es tener ese extraordinario sentimiento de afecto que no pide nada en cambio. Ustedes podrán ser muy hábiles, podrán aprobar todos sus exámenes, lograr un doctorado y alcanzar una alta posición, pero si carecen de esta sensibilidad, de este sencillo amor, tendrán el corazón vacío y serán desdichados por el resto de sus vidas.

Es esencial, pues, que el corazón se llene con este sentimiento de afecto, porque entonces ustedes no destruirán cosa alguna, no serán crueles, y no habrá guerras nunca más. Entonces serán seres humanos felices y, por serlo, no rezarán, no buscarán a Dios - porque esa felicidad misma es Dios.

Ahora bien, ¿cómo ha de nacer este amor? Ciertamente, el amor debe comenzar con el educador, el maestro. Si, además de darles información sobre matemáticas, geografía o historia, el maestro tiene en su corazón este sentimiento de amor y les habla de ello; si espontáneamente quita la piedra del camino y no deja que el sirviente haga todos los trabajos sucios; si en su conversación, en sus tareas, en sus juegos, cuando come, cuando está con ustedes o consigo mismo, él siente esta cosa tan extraña y se la señala a ustedes con frecuencia, entonces también ustedes sabrán qué es amar.

Pueden tener una piel clara, un rostro hermoso, pueden vestir un bello sari o ser un gran atleta, pero sin amor en el corazón son seres humanos feos, desmedidamente feos; y cuando aman, el rostro de ustedes, ya sea tosco o bello, irradia ese amor. Amar es lo más inmenso que existe en la vida; y es esencial hablar acerca del amor, sentirlo, nutrirlo, atesorarlo; de lo contrario, pronto se disipa, porque el mundo es muy brutal. Si no sienten amor mientras son jóvenes, si no miran con amor a la gente, a los animales, a las flores, cuando crezcan encontrarán que sus vidas están vacías; serán seres muy solitarios, y las oscuras sombras del miedo siempre estarán siguiéndolos. Pero en el momento en que tengan en sus corazones esta cosa extraordinaria llamada amor, y sientan su profundidad, su deleite, su éxtasis, descubrirán que para ustedes el mundo se ha transformado.

Interlocutor: ¿Por qué siempre se invita a las funciones de la escuela a tantas personas ricas e importantes?

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? ¿No quiere que su padre sea un hombre importante? ¿No se siente orgulloso si él se convierte en miembro del parlamento y lo mencionan en los diarios? Si lo lleva a vivir en una gran casa, si viaja a Europa y regresa fumando un cigarro, ¿acaso eso no le complace?

Vea, los ricos y los que tienen poder son muy útiles para las instituciones. La institución los halaga y ellos hacen algo por la institución, de modo que eso funciona en ambos sentidos. Pero la pregunta no es sólo por qué la escuela invita a sus funciones a personas importantes; es por qué también usted quiere ser una persona importante, o por qué quiere casarse con el hombre más rico, con el más conocido, o el más guapo. ¿No desean todos ustedes ser grandes en una cosa u otra? Y cuando tienen esos deseos, ya llevan dentro de sí la semilla de la corrupción. ¿Entiende lo que estoy diciendo?

Deje de lado por el momento la cuestión de por qué la escuela invita a los ricos, porque también hay personas pobres en estas funciones. Pero, ¿se sienta alguno de ustedes cerca de los pobres, cerca de los aldeanos? ¿Lo hacen? ¿Y ha notado otra cosa extraordinaria: canto los sannyasis quieren instalarse en lugares destacados, cómo se abren paso hacia el frente? Todos queremos que se nos note, que se nos reconozca. El verdadero brahmán es aquel que no le pide nada a nadie, no por orgullo, sino porque es luz para sí mismo; pero nosotros hemos perdido todo eso.

¿Saben?, hay un relato maravilloso acerca de Alejandro cuando llegó a la India. Habiendo conquistado el país, quiso conocer al Primer Ministro que había creado semejante orden en la población y había logrado tal honestidad, tal incorruptibilidad entre la gente. Cuando el rey le explicó que el Primer Ministro era un brahmán que había regresado a su aldea, Alejandro pidió que viniera a verlo. El rey envió por el Primer Ministro, pero éste no quiso venir porque no tenía interés en alardear ante nadie. Desafortunadamente, hemos perdido ese espíritu. Estando internamente vacíos, embotados, doloridos, psicológicamente somos mendigos que siempre están buscando algo - o alguien - que los aliente, que los sostenga, que les dé esperanzas, y por eso convertimos en desagradables, cosas que son normales.

Está muy bien que un prominente funcionario oficial venga a colocar la piedra angular de un edificio, ¿qué hay de perjudicial en eso? Pero la corrupción está en todo el espíritu que hay tras ello. Ustedes nunca van a visitar a los aldeanos, ¿verdad? Jamás les hablan, jamás se compadecen de ellos, jamás advierten por sí mismos qué poco tienen ellos para comer, cómo trabajan interminablemente día tras día sin descanso; pero como sucede que les he señalado ciertas cosas, están ustedes dispuestos a criticar a otros. No se reúnan para criticar, eso es vano; vayan en cambio y descubran por sí mismos qué condiciones imperan en las aldeas y hagan algo ahí: planten un árbol, hablen con los lugareños, invítenlos a que vengan aquí, jueguen con sus hijos. Entonces encontrarán que surge una clase diferente de sociedad, porque en el país habrá amor. Una sociedad sin amor es como una tierra sin ríos, como un desierto; pero donde hay ríos la tierra es rica, tiene abundancia, tiene belleza. Casi todos nosotros crecemos sin amor, y por eso hemos creado una sociedad que es tan horrible como la gente que vive en ella.

Interlocutor: Usted dice que Dios no está en la imagen esculpida, pero otros dicen que está efectivamente allí, y que si tenemos fe en nuestros corazones, su poder se manifestará. ¿Cuál es la verdad de la adoración?

Krishnamurti: El mundo está tan lleno de opiniones como lo está de personas. Y usted sabe qué es una opinión. Uno dice esto, y algún otro dice aquello. Cada cual tiene una opinión, pero la opinión no es la verdad; por lo tanto, no escuche una mera opinión, no importa de quién sea, sino descubra por sí mismo qué es lo verdadero. La opinión puede cambiar de la noche a la mañana, pero no podemos cambiar la verdad.

Bien, usted quiere descubrir por sí mismo si Dios o la verdad están en la imagen tallada, ¿no es así? ¿Qué es una imagen tallada? Es una cosa concebida por la mente y moldeada en madera o en piedra por la mano. La mente proyecta la imagen; y, ¿piensa usted que una imagen proyectada por la mente es Dios, aunque un millón de personas aseguren que lo es?

Usted asegura que si la mente tiene fe en la imagen, entonces la imagen le dará poder a la mente. Por supuesto, la mente crea la imagen y después obtiene poder de lo que ella misiva ha creado. Eso es lo que perpetuamente está haciendo: produce imágenes y extrae fuerza, felicidad y provecho de esas imágenes, por lo que permanece vacía, agobiada internamente por su pobreza. Lo importante, pues, no es la imagen, o lo que millones de personas puedan decir acerca de ella, sino comprender las operaciones de nuestra propia mente.

La mente hace y deshace dioses, puede ser cruel o bondadosa. La mente tiene el poder de realizar las cosas más extraordinarias. Puede sostener opiniones, puede crear ilusiones, puede inventar aviones a reacción que viajan a velocidades fantásticas; puede construir hermosos puentes, tender extensas líneas férreas, idear máquinas que calculan más allá de la capacidad humana. Pero la mente no puede crear la verdad. Lo que ella crea no es la verdad, es meramente una opinión, un juicio. Es esencial, pues, descubrir por uno mismo lo que es verdadero.

Para descubrirlo, la mente tiene que estar completamente silenciosa, sin ningún movimiento. Ese silencio es el acto de adoración - no el ir al templo a ofrecer flores mientras hacen a un lado al mendigo que encuentran en el camino. Ustedes propician a los dioses porque les tienen miedo, pero eso no es adoración. Cuando comprenden a la mente y la mente está en completo silencio, no silenciada, entonces ese silencio, esa quietud es el acto de adoración; y en esa quietud se manifiesta aquello que es verdadero, que es bello, que es Dios.

Interlocutor: Usted dijo un día que nosotros debemos sentarnos en silencio y observar la actividad de nuestra propia mente; pero nuestros pensamientos desaparecen tan pronto comenzamos a observarlos conscientemente. ¿Cómo podemos percibir nuestra propia mente cuando la mente es tanto el percibidor como aquello que ella percibe?

Krishnamurti: Ésta es una pregunta muy compleja, y hay muchas cosas involucradas en ella.

Bien, ¿existe un percibidor, o sólo hay percepción? Por favor, siga esto atentamente. ¿Hay un pensador, o sólo existe el pensar? Ciertamente, el pensador no existe primero. Primero está el pensar, y después el pensar crea al pensador - lo cual implica que ha tenido lugar una separación en el pensar. Es cuando ocurre esta separación que surgen el observador y lo observado, el percibidor y el objeto de la percepción. Y el interlocutor dice que si uno observa su mente, si observa un pensamiento, ese pensamiento desaparece, se desvanece; pero de hecho sólo existe la percepción, no un percibidor. Cuando usted mira una flor, cuando la ve, ¿hay en ese instante una entidad que ve? ¿O sólo existe el ver? El ver la flor hace que usted diga: “Qué bella es, la quiero”; por lo tanto, el “yo” surge a través del deseo, del miedo, de la codicia, de la ambición, que marchan tras la estela del ver. Son estos factores los que crean el “yo”, y el “yo” no existe sin ellos.

Si investiga más profundamente toda esta cuestión, descubrirá que cuando la mente está muy quieta, completamente silenciosa, cuando no hay movimiento alguno del pensar y, por tanto, no hay experimentador ni observador, entonces esa misma quietud tiene su propia comprensión creadora. En esa quietud la mente se transforma en otra cosa. Pero la mente no puede encontrar esta quietud por ningún medio, por ninguna disciplina o práctica; esa quietud no llega porque uno se siente en un rincón tratando de concentrarse. Llega cuando uno comprende las modalidades de la mente. Es la mente la que ha creado la imagen de piedra que la gente adora; es ella la que ha creado el Gita, las religiones organizadas, las innumerables creencias; y, para descubrir lo real, uno debe ir más allá de las creaciones de la mente.

Interlocutor: El hombre, ¿es sólo mente y cerebro, o es algo más que esto?

Krishnamurti: ¿Cómo va a averiguarlo? Si meramente cree, especula, o acepta lo que Shankara, Buda o algún otro ha dicho, usted no está investigando, no está tratando de descubrir lo que es verdadero.

Usted tiene un solo instrumento, que es la mente; y la mente también es el cerebro. Por lo tanto, para descubrir la verdad en esta cuestión, uno tiene que entender las peculiaridades de la mente, ¿no es así? Si la mente es torcida, uno jamás podrá ver rectamente; si la mente es muy limitada, uno no puede percibir lo inmensurable. La mente es el instrumento de percepción y, para percibir apropiadamente, debemos hacer que la mente funcione de manera correcta, que se limpie de todo condicionamiento, de todo temor. La mente también tiene que estar libre del conocimiento, porque el conocimiento la desvía y hace que las cosas se perciban deformadas. La mente tiene una capacidad enorme para inventar, imaginar, pensar, especular. ¿Y no debe desecharse esta capacidad a fin de que la mente sea muy clara y muy sencilla? Porque es sólo la mente en estado de inocencia, la mente que ha experimentado muchísimo y, no obstante, está libre del conocimiento y de la experiencia, la que puede descubrir aquello que es mucho más que el cerebro y la mente. De lo contrario, lo que uno descubra estará coloreado por lo que ya ha experimentado antes, y su experiencia es el resultado de su condicionamiento.

Interlocutor: ¿Cuál es la diferencia entre la necesidad y la codicia?

Krishnamurti: ¿No lo sabe? ¿No sabe cuándo tiene lo que necesita? ¿Y no hay algo que le diga cuándo es usted codicioso? Empiece en el nivel más bajo, y verá que es así. Cuando usted tiene suficientes ropas, joyas o lo que fuere, lo sabe, no tiene que filosofar al respecto. Pero tan pronto la necesidad penetra en el campo de la codicia, es entonces que comienza a filosofar, a racionalizar, a dar explicaciones para justificar su codicia. Un buen hospital, por ejemplo, requiere de tantas y tantas camas, necesita un cierto nivel de limpieza, algunos antisépticos, esto y aquello. Un hombre que viaja debe tal vez poseer un automóvil, un sobretodo, etc. Eso es necesidad. Usted necesita algún conocimiento y destreza para desempeñarse en su ocupación. Si es ingeniero tiene que saber ciertas cosas - pero ese conocimiento puede convertirse en un instrumento de la codicia. A causa de la codicia, la mente utiliza los objetos de la necesidad como un medio de mejoramiento propio. Si lo observa, verá que es un proceso muy simple. Si, percatándose de sus reales necesidades, usted ve también cómo se introduce la codicia, cómo la mente utiliza los objetos de la necesidad para su propio engrandecimiento, entonces no es muy difícil distinguir entre la necesidad y la codicia.

Interlocutor: Si la mente y el cerebro son una sola cosa, entonces, ¿por qué cuando surge un pensamiento o un impulso que el cerebro nos dice que es feo, la mente continúa en ello con tanta frecuencia?

Krishnamurti: ¿Qué es lo que realmente ocurre? Si un alfiler pincha su brazo, los nervios llevan la sensación al cerebro, el cerebro la traduce como dolor, y entonces la mente se rebela contra el dolor, y usted saca el alfiler o hace alguna otra cosa al respecto. Pero hay algunas cosas con las que la mente continúa aun cuando sepa que son feas o estúpidas. Ella sabe lo esencialmente estúpido que es el fumar, y sin embargo continúa fumando. ¿Por qué? Porque le gustan las sensaciones del fumar, y eso es todo. Si la mente percibiera la estupidez del fumar con la misma agudeza con que percibe el pinchazo del alfiler, dejaría de fumar inmediatamente. Pero ella no quiere ver eso con claridad, porque el fumar se ha vuelto un hábito placentero. Lo mismo ocurre con la codicia o la violencia. Si la codicia fuera para ustedes tan dolorosa como el pinchazo del alfiler en el brazo, dejarían de ser codiciosos al instante, no filosofarían al respecto; y si estuvieran realmente alertas al significado pleno de la violencia, no escribirían volúmenes acerca de la no violencia - lo cual no tiene sentido porque no lo sienten, sólo hablan al respecto. Si comen algo que les produce un violento dolor de estómago, no siguen comiendo eso, ¿verdad? Lo desechan inmediatamente. De igual manera, si alguna vez se dieran cuenta de lo ponzoñosas que son la ambición y la envidia, tan perversas, crueles y mortales como la picadura de una cobra, entonces estarían alertas a la ambición y la envidia. Pero, ya lo ve, la mente no quiere mirar estas cosas con demasiada atención; en esta área tiene intereses creados, y se niega a admitir que la ambición, la envidia, la codicia, la lujuria, son ponzoñosas. Por eso dice: “Discutamos sobre la no codicia, la no violencia, tengamos ideales” y mientras tanto, prosigue con sus venenos. Descubra, pues, por sí minino, qué corruptoras, ponzoñosas y destructivas son estas cosas, y pronto se desprenderá de ellas; pero si meramente dice: “No debo” y sigue como antes, está jugando a ser un hipócrita. Sea una cosa o la otra, frío o caliente.

El Propósito de la Educación

Capítulo 22 - La Sencillez del Amor

Jiddu Krishnamurti, El Propósito de la Educación. Think on These Things. Jiddu Krishnamurti en español.

suntzuart

the 48 laws of power