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El Propósito de la Educación

Capítulo 24 - La Energía de la Vida

Uno de nuestros problemas más difíciles es el de la llamada disciplina, y es realmente muy complejo. Vean, la sociedad considera que debe controlar o disciplinar al ciudadano, moldear su mente conforme a ciertos patrones religiosos, sociales, morales y económicos.

Ahora bien, ¿es en absoluto necesaria la disciplina? Por favor, escuchen cuidadosamente. No digan de inmediato “sí” o “no”. Casi todos sentimos, en especial cuando somos jóvenes, que no tiene que haber disciplina, que ha de permitírsenos hacer lo que nos plazca, y pensamos que eso es la libertad. Pero decir meramente que debemos o no debemos tener disciplina, que debemos ser libres, etc., tiene muy poco sentido sin la comprensión del problema total de la disciplina.

El atleta entusiasta se disciplina a sí mismo todo el tiempo, ¿verdad? La felicidad que siente en la práctica del deporte y la necesidad misma de mantener su estado físico le hace acostarse temprano, abstenerse de fumar, comer lo apropiado y, en general, observar las reglas de una buena salud. Su disciplina no es una imposición ni un conflicto, sino el resultado natural del gozo que le produce el atletismo.

Pues bien, la disciplina, ¿aumenta o disminuye la energía humana? En todo el mundo, los seres humanos de cualquier religión, escuela o filosofa, imponen disciplinas a la mente, lo cual implica control, resistencia, amoldamiento, represión. Y, ¿es necesario todo eso? Si la disciplina produce un mayor rendimiento de la energía humana, entonces es valiosa, tiene sentido; pero si meramente reprime la energía humana es muy dañina, destructiva. Todos tenemos energía, y la cuestión es si esa energía, a través de la disciplina, puede hacerse vital, rica y abundante, o si la disciplina destruye toda la energía que tenemos. Pienso que éste es el problema fundamental.

Muchos seres humanos no tenemos una gran energía, y la poca energía de que disponemos pronto queda sofocada, destruida por los controles, las amenazas y las prohibiciones de nuestra sociedad particular con su llamada educación; por lo tanto, nos volvemos imitadores, insulsos ciudadanos de esa sociedad. Y si un individuo tiene al comienzo un poco más de energía, ¿se incrementa esa energía con la disciplina? ¿La existencia de ese individuo se vuelve más rica y plena de vitalidad?

Cuando ustedes son muy jóvenes, como lo son, están llenos de energía, ¿no es así? Quieren jugar, correr por todas partes, charlar; no pueden estar quietos, están llenos de vida. ¿Qué ocurre después? A medida que van creciendo, sus maestros comienzan a coartar esa energía moldeándola, introduciéndola en diversos patrones; y cuando al fin se convierten en hombres y mujeres, la poca energía que les han dejado pronto es sofocada por la sociedad, que les dice que tienen que ser muy buenos ciudadanos, que deben comportarse de una determinada manera. A causa de la llamada educación y de la compulsión social, esta abundante energía que tienen cuando son jóvenes, se destruye gradualmente.

Ahora bien, ¿puede la energía de que hoy disponen vitalizarse mediante la disciplina? Si sólo tienen poca energía, ¿puede la disciplina incrementarla?

Si puede hacerlo, entonces tiene un sentido; pero si la disciplina destruye realmente nuestra energía, entonces es obvio que debe ser descartada.

¿Qué es la energía que todos tenemos? Esta energía es el pensar, el sentir; es el interés, el entusiasmo, la codicia, la pasión, la lujuria, la ambición, el odio. Pintar cuadros, inventar máquinas, construir puentes, hacer caminos, cultivar los campos, practicar deportes, escribir poemas, cantar, bailar, ir al templo, adorar - todas estas son expresiones de la energía; y la energía crea también ilusión, daño, desdicha. Las más excelentes y las más destructivas cualidades son igualmente expresiones de la energía humana. Pero ya lo ven, el proceso de controlar o disciplinar esta energía, de permitirle que opere en una dirección y limitarla en otra, se vuelve una mera conveniencia social; la mente es moldeada de acuerdo con el patrón de una cultura particular y, en consecuencia, su energía se disipa gradualmente.

Por lo tanto, nuestro problema es si esta energía que todos poseemos en mayor o menor grado, puede ser incrementada, si puede dársele mayor vitalidad; y en tal caso, ¿para hacer qué? ¿Para qué es la energía? ¿Es el propósito de la energía hacer la guerra? ¿Es el de inventar aviones y otras innumerables máquinas, seguir a algún gurú, aprobar exámenes, tener hijos, preocuparnos interminablemente sobre este y aquel problema? ¿O la energía puede usarse de un modo diferente, a fin de que todas nuestras actividades tengan un significado en relación con algo que trasciende todo eso? Por cierto, si la mente humana, que es capaz de desarrollar una energía tan asombrosa, no está buscando la realidad, no busca a Dios, entonces todas las expresiones de su energía se vuelven medios de destrucción y desdicha. Para buscar la realidad se requiere una energía inmensa; y, si el hombre no está haciendo eso, disipa su energía en comportamientos que perjudican a la sociedad y, por lo tanto, la sociedad tiene que controlarlo. Ahora bien, ¿es posible liberar la energía en la búsqueda de Dios o de la verdad y, en el proceso de descubrir lo verdadero, ser un ciudadano que comprende las cuestiones fundamentales de la vida y a quien la sociedad no puede destruir? ¿Están siguiendo esto o es algo demasiado complejo?

Vean, el hombre es energía, y si el hombre no busca la verdad esta energía se vuelve destructiva; por lo tanto, la sociedad controla y moldea al individuo, lo cual sofoca esta energía. Eso es lo que ha sucedido con la mayoría de la gente adulta en todo el mundo. Y tal vez hayan ustedes advertido otro hecho muy simple e interesante: que tan pronto quieren realmente hacer algo, tienen la energía para hacerlo. ¿Qué ocurre cuando están ansiosos por participar en un juega? Inmediatamente tienen la energía, ¿no es así? Y la propia energía que tienen se vuelve el medio de que esa energía se controle a sí misma, de modo que no necesitan de ninguna disciplina externa. En la búsqueda de la realidad, la energía crea su propia disciplina. El hombre que espontáneamente busca la realidad, se convierte en la correcta clase de ciudadano, la cual no responde al patrón de ninguna sociedad ni gobierno en particular.

Por consiguiente, tanto los estudiantes como los maestros tienen que trabajar juntos para producir la liberación de esta tremenda energía, y así poder encontrar la realidad o la verdad, encontrar a Dios. En la misma búsqueda de la verdad habrá disciplina, y entonces existirá un verdadero ser humano, un individuo completo, y no meramente un hindú o un parsi limitado por su particular sociedad y cultura. Si, en vez de coartar esta energía como ahora lo hace, la escuela puede ayudar al estudiante a despertar su energía en la búsqueda de la verdad, entonces descubrirán ustedes que la disciplina tiene un significado por completo diferente.

¿Por qué en la casa, en la clase y en el hospedaje donde se alojan, a ustedes siempre les dicen lo que tienen y no tienen que hacer? Ciertamente, es porque sus padres y sus maestros, como el resto de la sociedad, no han percibido que el hombre existe para un único propósito, que es el de encontrar la realidad, encontrar a Dios. Si tan siquiera un pequeño grupo de educadores comprendiera esta búsqueda y le dedicara su atención completa, crearía una nueva clase de educación y una sociedad por completo diferente.

¿No advierten ustedes qué poca energía tienen casi todas las personas que los rodean, incluyendo sus padres y sus maestros? Están muriendo lentamente, aun cuando sus cuerpos no hayan envejecido todavía. ¿Por qué? Porque han sido sometidos por la sociedad. Vean, sin comprender su propósito fundamental, que es el de liberar la extraordinaria cosa llamada mente - con su capacidad de crear submarinos atómicos y aviones a reacción, de escribir la más maravillosa poesía y prosa, de hacer del mundo algo tan bello y también de destruirlo - sin comprender su propósito fundamental que es el de encontrar la verdad, encontrar a Dios, esta energía se vuelve destructiva; y entonces la sociedad dice: “Tenemos que moldear y controlar la energía del individuo”.

Me parece, pues, que el propósito de la educación es el de liberar la energía en la búsqueda de la bondad, de la verdad, de Dios, búsqueda que a su vez hace del individuo un verdadero ser humano y, por lo tanto, la clase correcta de ciudadano. Pero sin la comprensión de todo esto, la mera disciplina no tiene sentido, es una cosa de lo más destructiva. A menos que cada uno de ustedes reciba una educación tal que, cuando deje la escuela y penetre en el mundo, esté lleno de vitalidad e inteligencia, lleno de una energía tan rica que le permita descubrir aquello que es verdadero, será meramente absorbido por la sociedad; será sofocado, destruido, y se convertirá en un ser humano miserablemente infeliz por el resto de su vida. Como un río crea las márgenes que lo contienen, así la energía que busca la verdad crea su propia disciplina sin ninguna forma de imposición; y tal como el río encuentra el mar, así esa energía encuentra su propia libertad.

Interlocutor: ¿Por qué los ingleses llegaron a gobernar la India?

Krishnamurti: Vea, los pueblos que tienen mas energía, más vitalidad, más capacidad, más espirito, traen tanto miseria como bienestar a sus vecinos con menos energía. En un tiempo, la India se expandió por todo el Asia; su pueblo estaba lleno de fervor creativo, y trajo la religión a China, al Japón, a Indonesia, a Burma. Otras naciones eran comerciales, lo cual también puede haber sido necesario y asimismo tenía sus desdichas, pero ésa es la vida. La parte extraña de esto es que aquellos que están buscando la verdad, que buscan a Dios, son mucho más explosivos, liberan una energía extraordinaria, no sólo en sí mismos sino en otros; y son ellos los verdaderos revolucionarios, no los comunistas, los socialistas, o los meros reformadores. Los conquistadores y los gobernantes vienen y van, pero el problema humano es siempre el mismo: todos queremos dominar, someter o resistir; pero el hombre que busca la verdad está libre de todas las sociedades y de todas las culturas.

Interlocutor: Aun en el momento de la meditación, uno no parece ser capaz de percibir lo verdadero; ¿tendría usted, pues, la bondad de decirnos qué es lo verdadero?

Krishnamurti: Dejemos por el momento la cuestión de lo que es verdadero y consideremos primero qué es la meditación. Para mí, la meditación es algo por completo diferente de lo que los gurús de ustedes y los libros les han enseñado. Meditación es el proceso de comprender nuestra propia mente. Si no comprendemos nuestro propio pensar - comprensión que implica conocernos a nosotros mismos - cualquier cosa que pensemos tiene muy poca significación. Sin las bases fundamentales del conocimiento propio, el pensar conduce a actividades nocivas. Cada pensamiento tiene un significado; y si la mente es incapaz de ver el significado, no sólo de uno o dos pensamientos sino de cada pensamiento a medida que surge, entonces el concentrarse meramente en una idea, una imagen o un conjunto de palabras en particular - a lo cual generalmente se le llama “meditación” - es una forma de autohipnosis.

Por consiguiente, ¿están ustedes alertas al significado de cada pensamiento, de cada reacción que suelen tener cuando se encuentran sentados en silencio, o cuando hablan o juegan? Traten de hacerlo y verán lo difícil que es estar alertas a cada movimiento del propio pensar, porque los pensamientos se amontonan muy rápidamente unos sobre otros. Pero si ustedes quieren examinar cada pensamiento, si realmente desean ver lo que contiene, descubrirán que sus pensamientos van más despacio y que entonces pueden observarlos. Este aquietamiento del pensar y el examen de cada pensamiento es el proceso de la meditación; y si penetran en ello descubrirán que, al estar lúcidamente alertas a cada pensamiento, la mente de ustedes - que es ahora un vasto depósito de inquietos pensamientos que chocan unos con otros - se queda muy tranquila, completamente silenciosa. Entonces no hay instintos ni compulsiones, ni hay miedo de ningún tipo; y, en esta quietud, se manifiesta lo que es verdadero. No existe un “yo” que experimente la verdad sino que, al estar la mente quieta y en silencio, la verdad se manifiesta en ella. En el momento en que hay un “yo”, está el experimentador, y el experimentador es meramente el resultado del pensamiento, sin el cual no tiene base alguna.

Interlocutor: Si cometemos un error y alguien nos lo señala, ¿por qué volvemos a cometer el mismo error?

Krishnamurti: ¿Qué piensa usted? ¿Por qué arranca las flores, o destroza las plantas, o destruye los muebles, o tira papeles por todas partes, aunque estoy seguro de que muchas veces le han dicho que no debe hacerlo? Escuche cuidadosamente y lo verá. Cuando hace estas cosas se halla en un estado de irreflexión, ¿verdad? No está alerta, no está pensando en ello, su mente se ha adormecido, y entonces usted hace cosas que son obviamente tontas. Mientras no se halle por completo consciente, mientras no esté totalmente ahí, no es bueno que meramente le digan que no haga ciertas cosas. Pero, si el educador puede ayudarle a que sea reflexivo, a que esté en verdad alerta, a que observe con deleite los árboles, los pájaros, el río, la riqueza extraordinaria de la tierra, entonces tan sólo una insinuación será suficiente, porque entonces será usted sensible, estará despierto a todo lo que hay alrededor y dentro de usted.

Infortunadamente, esa sensibilidad se destruye porque desde el momento en que nacen hasta que mueren, se les dice perpetuamente que hagan esto y que no hagan lo otro. Los padres, los maestros, la sociedad, la religión, el sacerdote, y también las propias ambiciones de ustedes, sus propias codicias y envidias, todo les dice “hazlo” y “no lo hagas”. Se requiere mucha reflexión para estar libres de todos estos “hazlo” y “no lo hagas” y, no obstante, tener esa sensibilidad que espontáneamente hace que sean amables y no lastimen a la gente, que no arrojen papeles en cualquier parte, que no pasen junto a una piedra en el camino sin quitarla de ahí, etc. Y el propósito de la educación no es, ciertamente, el de darles unas cuantas letras del alfabeto para que las agreguen después de sus apellidos, sino despertar en ustedes este sentido de reflexión, de modo que sean sensibles, alertas, observadores, amables.

Interlocutor: ¿Qué es la vida, y cómo podemos ser felices?

Krishnamurti: Una muy buena pregunta de un niño pequeño. ¿Qué es la vida? Si uno se lo pregunta al hombre de negocios, él dirá que su vida es una cuestión de vender, de hacer dinero, porque ésa es su vida de la mañana a la noche. El hombre ambicioso dirá que su vida es una lucha para realizarse, para alcanzar el éxito. Para el hombre que ha logrado posición y poder, que está a la cabeza de una organización o de un país, la vida está llena de una actividad que es de su propia hechura. Y para el jornalero, especialmente en este país, la vida es un trabajar incesante sin un solo día de descanso - es estar sucio, pasar miseria, tener comida insuficiente.

Pues bien, ¿puede un hombre ser feliz a través de toda esta competencia, de esta lucha, a través del hambre y la miseria? Obviamente, no. ¿Qué hace entonces? No cuestiona, no se pregunta qué es la vida, sino que filosofa sobre la felicidad. Habla de hermandad mientras explota a otros. Inventa el yo superior, la súper alma, algo que: con el tiempo va a hacerlo permanentemente feliz. Pero la felicidad no llega cuando uno la busca; surge como una consecuencia, cuando hay bondad, cuando hay amor, cuando no hay ambición, cuando la mente está buscando en silencio aquello que es verdadero.

Interlocutor: ¿Por qué peleamos entre nosotros?

Krishnamurti: Pienso que las personas mayores también se formulan esta pregunta, ¿no es así? ¿Por qué peleamos? América se opone a Rusia, China está en contra de Occidente. ¿Por qué? Hablamos de paz y nos preparamos para la guerra. ¿Por qué? Creo que es porque a casi todos los seres humanos les gusta competir, luchar; ése es, sencillamente, el hecho. De lo contrario, terminaríamos con todo eso. En la lucha hay una sensación más intensa de estar activos, ése es también un hecho. Pensamos que la lucha en todas sus formas es necesaria para mantenernos vivos; pero ya lo ven, esa forma de vivir es muy destructiva. Hay una forma de vivir sin lucha. Es como el lirio, como la flor que se abre: no lucha, es. La existencia misma de cualquier cosa es su virtud. Pero no se nos educa para eso en absoluto. Nos educan para competir, para luchar, para ser soldados, abogados, policías, profesores, directores, hombres de negocios, todos deseando llegar a la cima. Todos anhelamos el éxito. Hay muchos que tienen las pretensiones exteriores de la humildad, pero sólo los que son verdaderamente humildes en lo interno conocen la felicidad, y son ellos los que no pelean jamás.

Interlocutor: ¿Por qué la mente maltrata a otros seres humanos y también se maltrata a sí misma?

Krishnamurti: ¿Qué entendemos por maltratar? Una mente que es ambiciosa, codiciosa, envidiosa, una mente cargada con la creencia y la tradición, una mente cruel que explota a la gente es, por supuesto, dañina en su acción y da origen a una sociedad llena de conflictos. En tanto la mente no se comprenda a sí misma, su acción será inevitablemente destructiva; en tanto le falte el conocimiento propio, por fuerza engendrará enemistad. Por eso es esencial que se conozcan ustedes a sí mininos y no que aprendan meramente de los libros. Ningún libro puede enseñarles el conocimiento propio. Un libro puede darles información acerca del conocimiento propio, pero eso no es lo mismo que conocerse en la acción. Cuando la mente se ve a sí misma en el espejo de la relación, de esa percepción surge el conocimiento propio; y sin el conocimiento propio no podemos aclarar esta confusión, esta terrible desdicha que hemos creado en el mundo.

Interlocutor: La mente que busca el éxito, ¿es distinta de la mente que busca la verdad?

Krishnamurti: Es la misma mente, ya sea que busque el éxito o la verdad; pero, en tanto la mente esté buscando el éxito, no podrá descubrir lo verdadero. Comprender la verdad, es ver la verdad en lo falso y ver lo verdadero como verdadero.

El Propósito de la Educación

Capítulo 24 - La Energía de la Vida

Jiddu Krishnamurti, El Propósito de la Educación. Think on These Things. Jiddu Krishnamurti en español.

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