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El Propósito de la Educación

Capítulo 25 - Vivir sin Esfuerzo

¿Alguna vez se han preguntado por qué, a medida que la gente envejece, parece perder toda la alegría de vivir? Al presente casi todos ustedes, los jóvenes, son bastante felices; tienen sus pequeños problemas, están los exámenes que los inquietan, pero a pesar de estas preocupaciones hay en la vida de ustedes cierta alegría, ¿no es así? Existe una espontánea, fácil aceptación de la vida, un mirar las cosas jovial y dichosamente. ¿Y por qué, a medida que envejecemos, parecemos perder esa jubilosa insinuación de algo que está más allá, algo de mayor significación? ¿Por qué tantos de nosotros, cuando llegamos a la llamada madurez, nos volvemos torpes, insensibles a la alegría, a la belleza, a los cielos abiertos y a la tierra maravillosa?

¿Saben?, cuando uno se formula esta pregunta, son muchas las explicaciones que acuden a la mente. Una explicación es que estamos muy ocupados con nosotros mismos. Luchamos para llegar a ser “alguien”, para alcanzar y mantener cierta posición; tenemos hijos y otras responsabilidades, y tenemos que ganarnos la subsistencia. Todas estas cosas externas pronto nos abruman y, en consecuencia, perdemos la alegría de vivir. Miren los rostros más viejos que los rodean, vean qué tristes son casi todos, qué llenos de ansiedad y más bien enfermos se los ve, qué retraídos, solitarios y a veces neuróticos, sin una sola sonrisa... ¿No se preguntan por qué? Y aun cuando sí se lo preguntan, casi todos parecen satisfacerse con meras explicaciones.

Ayer en la tarde vi una embarcación que navegaba río arriba a toda vela, llevada por el viento del Oeste. Era un bote grande, cargado con leña para la ciudad. El sol se estaba poniendo, y este bote recortado contra el cielo era asombrosamente bello. El botero sólo lo guiaba, no había ningún esfuerzo porque el viento hacía todo el trabajo. De igual manera, si cada uno de nosotros pudiera comprender el problema del esfuerzo y el conflicto, entonces creo que podríamos vivir sin esforzarnos, dichosamente, con una sonrisa en el rostro.

Pienso que es el esfuerzo lo que nos destruye, esta lucha en que gastamos casi todos los instantes de nuestra vida. Si observan a las personas mayores que los rodean, verán que para la mayoría de ellas la vida es una serie de batallas consigo mismas, con sus esposas o sus maridos, con sus vecinos, con la sociedad; y esta lucha incesante disipa la energía. El hombre que conoce la alegría, que es realmente feliz, no está preso en el esfuerzo. Vivir sin esfuerzo no significa que uno tenga que vegetar, que tenga que ser torpe, necio; por el contrario, sólo el hombre sabio, extraordinariamente inteligente, está en verdad libre del esfuerzo, de la lucha.

Pero ya ven, cuando oímos hablar de vivir sin esfuerzo, deseamos ser así, queremos alcanzar un estado en el cual no tendremos lucha ni conflicto; de modo que hacemos de eso nuestra meta, nuestro ideal y nos esforzamos por lograrlo; y tan pronto hacemos esto, hemos perdido la alegría de vivir. Estamos nuevamente atrapados en el esfuerzo, en la lucha. El objeto de la lucha varía, pero toda lucha es esencialmente lo mismo. Uno puede luchar para producir reformas sociales, o para encontrar a Dios, o para crear una relación mejor entre uno mismo y su esposa o marido, o con su vecino; uno puede sentarse a la orilla del Ganges, adorar a los pies de algún gurú, etcétera. Todo esto es esfuerzo, lucha. Lo importante, pues, no es el objeto de la lucha, sino comprender la lucha misma.

Ahora bien, ¿es posible que la mente no sólo advierta de manera casual que por el momento no está luchando, sino que esté por completo libre de la lucha durante todo el tiempo, de modo que descubra un estado de felicidad en que no existe el sentido de lo superior y lo inferior?

Nuestra dificultad estriba en que la mente se siente inferior, y por eso lucha para ser o llegar a ser algo, o para tender un puente sobre sus múltiples deseos contradictorios. Pero no nos entreguemos a explicaciones de por qué la mente está llena de luchas. Todo hombre que piensa sabe por qué existe la lucha tanto interna como externamente. Nuestra envidia, nuestra codicia, nuestra ambición, nuestro afán competitivo que conduce a una eficiencia despiadada, éstos son, obviamente, los factores que originan nuestra lucha, ya sea en este mundo o en el mundo del futuro. Por lo tanto, no tenemos que estudiar libros de psicología para saber por qué luchamos; y lo esencial, sin duda, es descubrir si la mente puede estar por completo libre de la lucha.

Después de todo, el conflicto es entre lo que somos y lo que deberíamos ser o quisiéramos ser. Pues bien, sin dar explicaciones, ¿puede uno comprender todo este proceso de lucha para que llegue a su fin? Como ese bote que se estaba moviendo con el viento, ¿puede la mente dejar de luchar? Por cierto que ésta es la pregunta, y no cómo alcanzar un estado en que no haya lucha. El esfuerzo mismo de alcanzar tal estado, es un proceso de lucha y, por lo tanto, ese estado nunca se alcanza. Pero si observamos de instante en instante cómo la mente queda atrapada en una lucha perpetua - si sólo observamos el hecho sin tratar de alterarlo, sin tratar de forzar en la mente cierto estado al que llamamos “paz” - entonces descubriremos que, con total espontaneidad, la mente cesa de luchar; y en ese estado puede aprender enormemente. Entonces el aprender no es meramente el proceso de reunir información, sino el descubrimiento de las extraordinarias riquezas que se encuentran más allá del alcance de la mente; y para la mente que hace este descubrimiento hay felicidad.

Obsérvense a sí mismos y verán cómo luchan de la mañana a la noche, y cómo la energía de que disponen se desgasta en esta lucha. Si uno meramente trata de explicar por qué lucha, se pierde en explicaciones y la lucha continúa; mientras que si observa su mente en silencio, sin dar explicaciones, si sólo deja que la mente se percate de sus propias luchas, uno pronto descubrirá que llega un estado en que no hay lucha en absoluto, sino una asombrosa percepción alerta. En ese estado de percepción alerta no hay sentido alguno de lo superior y lo inferior, no existe el gran hombre y el hombre pequeño, no existe el gurú. Todos esos absurdos han desaparecido porque la mente esta por completo despierta; y la mente que está por completo despierta es alegre, feliz.

Interlocutor: Yo deseo hacer cierta cosa, y aunque lo he intentado varias voces no he tenido éxito. ¿Debo renunciar a la lucha, o debo persistir en este esfuerzo?

Krishnamurti: Tener éxito es arribar, llegar a alguna parte; y nosotros adoramos el éxito, ¿no es así? Cuando un muchacho pobre crece y llega a multimillonario, o un estudiante común llega a ser Primer Ministro, se lo aplaude, se lo trata con gran deferencia; por lo tanto, todos los muchachos y las niñas quieren tener éxito de un modo u otro.

Ahora bien, ¿existe una cosa como el éxito, o sólo es una idea que el hombre persigue? Porque apenas llegamos, siempre hay un punto más por delante al cual todavía tenemos que llegar. En tanto estemos persiguiendo el éxito en cualquier dirección que sea, estamos obligados a luchar, a estar en conflicto, ¿no es así? Aun cuando hayamos llegado, no hay descanso para nosotros, porque deseamos llegar todavía más alto, deseamos tener más. ¿Comprende? La persecución del éxito es el deseo de “más”, y una mente que, de manera constante, está exigiendo “más”, no es inteligente; al contrario, es una mente mediocre, necia, porque su exigencia de más implica una lucha permanente en términos de un patrón que la sociedad ha establecido para ella.

Después de todo, ¿qué es el contento y qué es el descontento? El descontento es la lucha por “más”, y el contento es la cesación de esa lucha; pero usted no puede llegar al contento sin comprender todo el proceso del “más” y la razón de que la mente lo exija.

Si fracasa en un examen, por ejemplo, tiene que repetirlo ¿verdad? Los exámenes, de cualquier manera, son de lo más desafortunados, porque no indican nada significativo, no revelan el verdadero valor de su inteligencia. La aprobación de un examen es mayormente un truco de la memoria, o puede ser una cuestión del azar; pero ustedes se esfuerzan por aprobar sus exámenes, y si no tienen éxito persisten en ello. Con la mayoría de nosotros es el mismo proceso en la vida de todos los días. Nos esforzamos por conseguir alguna cosa, y jamás nos hemos detenido a preguntarnos sí vale la pena que luchemos por esa cosa. Nunca nos hemos preguntado si vale la pena el esfuerzo, y por eso jamás hemos descubierto aún que no lo vale, porque ello significaría oponemos a la opinión de nuestros padres, de la sociedad, de los maestros y los gurús. Solamente cuando hemos comprendido la total significación del “más”, dejamos de pensar en términos de éxito y fracaso.

Vea, tenemos mucho miedo de fracasar, de cometer errores, no sólo en los exámenes sino en la vida. Consideramos que es terrible equivocarnos, porque seremos criticados por ello, alguien nos reprenderá. Pero después de todo, ¿por qué no habría uno de equivocarse? ¿Acaso toda la gente en el mundo no está cometiendo errores? ¿Y dejaría el mundo de encontrarse en esta terrible confusión si uno nunca cometiera un error? Si usted tiene miedo de equivocarse, jamás aprenderá. Las personas mayores se equivocan todo el tiempo, pero no quieren que ustedes se equivoquen; por lo tanto, sofocan en ustedes la iniciativa ¿Por qué? Porque tienen miedo de que, observándolo y cuestionándolo todo, experimentando y equivocándose, puedan ustedes descubrir algo por sí mismos y romper con la autoridad de sus padres, de la sociedad, de la tradición. Es por eso que les muestran el ideal del éxito para que lo sigan; y el éxito, ya lo advertirán, siempre lo es en términos de respetabilidad. Aun el santo, en sus llamadas realizaciones espirituales, tiene que volverse respetable, de lo contrario, no tiene reconocimiento, no lo siguen.

Por consiguiente, estamos siempre pensando en términos de éxito, en términos de “más”; y el más es valorado por la respetable sociedad. En otras palabras, la sociedad ha establecido muy cuidadosamente un determinado patrón según el cual afirma nuestro éxito o nuestro fracaso. Pero si amamos algo con todo nuestro ser, entonces no nos interesan ni el éxito ni el fracaso. A ninguna persona inteligente le interesan. Pero, por desgracia, hay muy pocas personas inteligentes, y a ustedes nadie les dice nada acerca de esto. Todo el interés de una persona inteligente radica en ver los hechos y comprender el problema - lo cual no es pensar en términos de éxito o fracaso. Sólo cuando no amamos verdaderamente lo que hacemos, pensamos en esos términos.

Interlocutor: ¿Por qué somos fundamentalmente egoístas? Podemos intentarlo todo para ser generosos en nuestra conducta, pero cuando nuestros propios intereses están involucrados, nos abstraemos en nosotros mismos volviéndonos indiferentes a los intereses de otros.

Krishnamurti: Pienso que es muy importante no llamarnos a nosotros mismos egoístas o generosos, porque las palabras tienen una influencia extraordinaria sobre la mente. Llamen egoísta a un hombre, y ya está condenado; llámenlo profesor, y algo sucede con la manera que tienen de abordarlo; llámenlo mahatma, e inmediatamente lo ven rodeado de un halo. Observe sus propias respuestas internas y verá que palabras tales como “abogado”, “comerciante”, “gobernador”, “sirviente”, “amor”, “Dios”, tienen un efecto extraño tanto sobre sus nervios como sobre su mente. La palabra que denota una función particular evoca el sentido de status. Lo primero, pues, es librarse de este hábito inconsciente de asociar ciertos sentimientos con ciertas palabras, ¿no es así? Nuestra mente ha sido acondicionada para pensar que el término “egoísta” representa algo muy malo, algo no espiritual, y en el momento en que aplicamos ese término a alguien, nuestra mente ya lo condena. Por lo tanto, cuando usted formula esta pregunta: “¿Por qué somos fundamentalmente egoístas?” eso tiene ya una significación condenatoria.

Es esencial darse cuenta de que ciertas palabras originan en ustedes una respuesta nerviosa, emocional o intelectual de aprobación o condena. Cuando usted, por ejemplo, se califica a sí mismo como persona celosa, se ha bloqueado inmediatamente para una investigación ulterior, ha dejado de adentrarse en el problema total de los celos. De igual manera, hay muchas personas que afirman estar trabajando por la fraternidad humana y, no obstante, todo lo que hacen conspira contra la fraternidad; pero no ven este hecho porque la palabra “fraternidad” significa algo para ellas y ya están persuadidas por esa palabra; no investigan más allá prescindiendo de la respuesta neurológica o emocional que esa palabra evoca; por lo tanto, nunca descubren cuáles son los hechos.

De modo que esto es lo primero: experimentar y descubrir si puede usted mirar los hechos sin las implicaciones condenatorias o elogiosas asociadas con ciertas palabras. Si puede mirar los hechos sin sentimientos de condena o aprobación encontrará que en el proceso mismo de mirar hay una disolución de todas las barreras que la mente ha erigido entre ella misma y los hechos.

Sólo observe cómo aborda usted a una persona a quien la gente llama un gran hombre. Las palabras “gran hombre” han influido en usted; los diarios, los libros, los seguidores dicen todos que él es un gran hombre, y su mente ha aceptado eso. O bien adopta usted el punto de vista opuesto y dice: “Qué tontería, él no es un gran hombre”. Mientras que si usted puede disociar su mente de toda influencia y simplemente mirar los hechos, encontrará que su manera de abordar las cosas es por completo diferente. Del mismo modo, la palabra “aldeano”, con sus asociaciones de pobreza, suciedad, escualidez, o lo que fuere, ejerce influencia sobre su pensar. Pero cuando la mente está libre de influencias, cuando ni condena ni aprueba sino que meramente mira, observa, entonces no está absorta en sí misma y ya no existe más el problema del egoísmo tratando de ser generoso.

Interlocutor: ¿Por qué, desde el nacimiento a la muerte, el individuo siempre desea ser amado y, si no consigue este amor, no se lo ve tan sereno y lleno de confianza como sus semejantes?

Krishnamurti: ¿Piensa usted que sus semejantes están llenos de confianza? Pueden pavonearse, darse ínfulas, pero usted encontrará que detrás de la exhibición de confianza, casi todos ellos están vacíos, embotados, son mediocres y no tienen en absoluto una verdadera confianza. ¿Y por qué queremos que se nos ame? ¿Acaso no desea usted ser amado por sus padres, por sus maestros, por sus amigos? Y, si somos adultos, deseamos ser amados por nuestra esposa o marido, por nuestros hijos, o por nuestro gurú. ¿Por qué existe este perpetuo anhelo de que se nos ame? Escuche cuidadosamente. Uno quiere ser amado porque no ama; pero en el momento en que uno ama, se terminó, ya no anda inquiriendo si alguien lo ama o no. En tanto estemos exigiendo que se nos ame, no hay amor en nosotros; y si no sentimos amor, somos feos, groseros. Entonces, ¿por qué deberían amarnos? Sin amor, uno es una cosa muerta; y cuando la cosa muerta pide amor, sigue estando muerta. Mientras que si nuestro corazón está lleno de amor, nunca pedimos que se nos ame, nunca extendemos nuestra escudilla de limosnero para que alguien la llene. Sólo lo vacío necesita ser llenado, y un corazón vacío jamás puede llenarse corriendo detrás de los gurús o buscando amor de otras cien maneras diferentes.

Interlocutor: ¿Por qué roban los adultos?

Krishnamurti: ¿Acaso ustedes no roban a veces? ¿Nunca has sabido de un niño pequeño que roba algo que desea de otro niño? Es exactamente lo mismo durante toda la vida, tanto si somos jóvenes o viejos, sólo que las personas mayores lo hacen más astutamente, con un montón de palabras que suenan bien; desean riqueza, poder, posición, y disimulan, maquinan, filosofan para conseguir lo que desean. Roban, pero a eso no se le llama robar, se le aplica algún nombre más respetable. ¿Y por qué robamos? En primer lugar, porque tal como ahora esté constituida la sociedad, ésta priva a mucha gente de las necesidades de la existencia; ciertos sectores de las masas tienen insuficiente comida, ropa y albergue; por lo tanto, hacen algo al respecto. También están los que roban no porque les falte comida, sino porque son lo que se llama antisociales. Para ellos el robar se ha vuelto un juego, una forma de excitación - lo cual implica que no han tenido una verdadera educación. La verdadera educación consiste en comprender el significado de la vida, no en el mero cargarse de informaciones para aprobar los exámenes. Existe también el robo a un nivel más alto: robar las ideas de otras personas - el robo del conocimiento. Cuando corremos tras el “más” en cualquiera de sus formas, obviamente estamos robando.

¿Por qué siempre estamos pidiendo, mendigando, deseando, robando? Porque dentro de nosotros mismos no hay nada; internamente, psicológicamente, somos como un recipiente vacío. Estando vacíos, tratamos de llenarnos, no sólo robando cosas, sino imitando a otros. La imitación es una forma de robo: uno mismo es nadie, pero el otro es alguien, de modo que uno va a obtener algo de la gloria del otro copiándolo. Esta corrupción se extiende a lo largo de toda la vida, y son muy pocos los que se libran de ella. Lo esencial, pues, es descubrir si la vacuidad interna puede llenarse alguna vez. En tanto la mente esté procurando llenarse a sí misma, seguirá con su vacuidad. Cuando la mente no se interesa más en llenar su propia vacuidad, sólo entonces esa vacuidad cesa de existir.

El Propósito de la Educación

Capítulo 25 - Vivir sin Esfuerzo

Jiddu Krishnamurti, El Propósito de la Educación. Think on These Things. Jiddu Krishnamurti en español.

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