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El Reino de la Felicidad

Capítulo 4 - El Templo del Corazón

Hemos hablado de la Verdad y de cómo lograr esta Verdad que es Felicidad. Os diré ahora que la Verdad, aunque abstracta, es para mí la encarnación de mi particular Instructor, la personificación de mi Amador. Si entrarais en un templo y vierais las paredes y columnas desnudas y nada sino la cáscara externa, os parecería frío y sin vida, pues aunque en un Templo haya cierto sentido de belleza estética y magnificencia, también necesitáis la imagen de vuestra creación. Todos tenemos un templo, pero cada cual ha de crear la Imagen el ídolo, la Belleza en cuyo torno podamos manifestar nuestro amor y devoción; porque si mantenemos el Templo vacío, como la mayoría de nosotros hacemos, no podremos crear.

Por adoración, por amor, por devoción creamos y damos vida al templo. Y este templo es para mí el corazón. Si colocáis en vuestro corazón a Quien es la Personificación del Amor y la Verdad, si lo creáis allí con vuestras propias manos, con vuestra mente y emociones, en vez de un corazón frío, abstracto y distraído, lo tendréis sincero, vivido y radiante. Tal es la Verdad. Y debemos considerar que este Templo, sin la vitalidad, sin la vida, sin la energética influencia de dicha imagen, sería rígido, frío y triste, mientras que si allí tenéis a Él, llegaréis a ser parte de Él y os identificaréis con Él. Sois vosotros el templo externo, y en vuestro interior arde lo Eternal, el Santo de los Santos, adonde podáis fácilmente ir a adorar, lejos del mundo, lejos de todo trastorno y tribulación.

Pero primero habéis de embellecer el templo. Habéis de hacer perfecto, fuerte y realmente hermoso este templo, que es vuestro cuerpo físico. Todo gesto, todo movimiento, toda actitud, tanto en tiempo de bienestar como de angustia, a cada hora y momento del día deben ser refinados y bellos y representar el templo en que mora la Eternidad. Por lo tanto, debéis tener este cuerpo absolutamente limpio, hermoso y radiante, de modo que Él que está en vuestro corazón pueda manifestarse por medio de vuestras expresiones físicas.

No creo que sepáis bien del todo que la cultura de la mente y de las emociones influye en el refinamiento del cuerpo. Sin cultura ni refinamiento, el cuerpo es tosco, repulsivo y no representa en expresión externa a Quién tenéis en el interior.

Lo primero que habéis de recordar es que para colocar a Él en vuestro corazón debéis tener un tabernáculo apropiado, una conveniente morada. Entonces, con tal belleza física, con semejante nobleza mental y emocional lograréis verdadero gozo.

La mayoría de nosotros, si nos ponemos serios, perdemos el sentido del júbilo. La serenidad sin gozo, sin deleite, es casi siempre artificiosa y ha de evitarse. Pero si cultiváis la seriedad gozosa, dimanante de que tenéis a Él en vuestro corazón, como parte de vosotros mismos, entonces la seriedad será jubilosa en vez de tomar morbosas y toscas expresiones.

Cuando le veáis a Él, habéis de verle con júbilo y no con seriedad. Sólo podréis acercaros a Él cuando seáis verdaderamente felices, cuando estéis realmente iluminados y henchidos de gozo; no por medio de la seriedad religiosa ni de una melancólica idea de la espiritualidad. Cuando estéis de veras gozosos y seáis realmente felices, morará Él en el entonces sagrado templo de vuestro corazón.

Ayer salí solo de paseo con deseos de recobrar mi peculiar jubilosidad que por un momento había perdido. Me esforcé inútilmente en llegar a cierta altura emocional y mental, pues no bastaron para ello mis esfuerzos.

Anhelé entonces alcanzar a mi Gurú, a mi Amador, a mi Genio, a mi fuente de Felicidad, y como anteriormente en la India, le vi; pero no cuando yo me esforzaba en verle, sino cuando ya sosegado había en mi interior un manantial de felicidad, le vi que llenaba el firmamento y las briznas de hierba; le vi en la altura toda del árbol; le vi en el guijarro; le vi por doquiera; le vi en mí mismo. Y así se llenó mi templo y estuvo completo mi Santo de los Santos. Yo era Él, y Él era yo, y esta era la Verdad para mí.

La Verdad abstracta nada vale hasta que os da el intenso gozo y devoción personal y el anhelo de crear no sólo en vuestro interior sino también alrededor de vosotros. Así como las aves cantan espontáneamente y por su propia complacencia, así debe venir la Verdad a llenar por espontáneo impulso vuestro templo; pero vosotros debéis proporcionar el material, debéis proporcionar las circunstancias, debéis suministrar el mármol en que esculpir la estatua. Y este mármol ha de ser el júbilo, la intensa dicha, la seriedad gozosa. No tengáis la grotesca seriedad adusta, hocicada, sino sed gozosamente serios, con la seriedad que os incite a solazaros, a ser nobles y felices. Debéis crear una imagen así en vuestro corazón, habéis de hacer Su templo de vuestra casa.

Cada día tengo una diferente Visión de mi Verdad.

Cuando estáis en la cumbre de una montaña, se extiende ante vuestra vista una cordillera más alta que no se ve desde la llanura. Os figuráis que si subís a esta cordillera alcanzaréis el punto culminante desde donde contemplar todas las cosas; pero no sucede así, porque cuando habéis subido allí, hay otra cordillera más alta que os oculta la completa Visión.

Así ocurre con la Verdad. Ha de cambiar y alterarse incesantemente vuestra visión. Cuando tengáis el anhelo, la capacidad de henchiros de Su genio, de Su fuerza, de Su nobleza, entonces llegaréis a ser nobles y aprenderéis a reflejar Su divina originalidad. En Él están todas las fuentes de originalidad, todas las fuentes de belleza, todas las fuentes de creación; y todo intento de ser original, bello y creador valdrá muy poco si no sabemos ni podemos ponernos en contacto con la fuente de las cosas. Aunque tengáis verdeantes campos y luminosos cielos y apacible sosiego, debéis colocar en vuestro corazón esta esculpida imagen que habéis creado con vuestra mente y con vuestras propias manos.

Deseo forzar las puertas del templo de cada uno de vosotros para que entre el fulgor solar que os ayude a destruir lo horrible, a crear de nuevo, a reedificar, porque sólo así alcanzaréis la Verdad, sólo así mantendréis la Eternidad en vuestro templo, y cuando Él venga a cada uno de vosotros, como suele venir, morará con vosotros a condición de que seáis capaces de albergarlo en el templo de vuestro corazón, si tenéis la sabiduría de vivir con Él y no perder el fruto de tantos éxtasis, deliquios, anhelos, y angustias.

¡Cuán gozosos y felices seríais si desearais adorar en este santuario, ante este altar y poner en olvido todos los demás!

Ayer pensé por un momento que había perdido a mi Maestro, y no me era posible respirar ni moverme; todas las puertas y ventanas de mi templo estaban cerradas, y yo me hallaba en tinieblas. Hube de esforzarme en abrirlas y buscar al Maestro. Cuando le encontré y sentí la realidad de Su presencia, entonces todo volvió a ser de pronto paz, luz y gozo. Tras las nubes, la lluvia y la tempestad aparece un rayo de sol, y la Naturaleza toda estalla al encuentro de este rayo. Así me sucedió a mí ayer.

Una vez lográis esta belleza, esta nobleza, esta eterna Felicidad que os sobreviene cuando sentís esta Verdad en vuestro corazón, el mundo es para vosotros, el Santo de los Santos. Allí vivís y respiráis y contempláis, y todas las menudas cosas, acciones y pensamientos quedan en su apropiado lugar; y adquirís el verdadero refinamiento, el verdadero refreno, la verdadera iluminación. Este es el único medio de adquirir la chispa del genio, el único método de ser feliz. Si tenéis esta gozosa seriedad, el sentimiento de bienestar espiritual, moral, e intelectual, entonces veréis la gloria; y todos tendréis aquella luz, aquella pureza, aquel sentimiento de nobleza y dignidad que nada en el mundo puede perturbar. Todo respira Su gloria y todo lo vil se marchita y muere. No podréis formaros concepto de lo que perdéis, si no vais a la fuente de las cosas. Tan solo en la fuente conoceréis el Principio y el Fin. Y lo que es mucho más importante: Estaréis allí con Él y seréis parte de Él, y así seréis la fuente para millares de almas.

Así deseo mantener ante vosotros la idea del templo y de la imagen en su interior. Doquiera estéis, en casa o en la calle, en el recreo o en el trabajo, permaneceréis tranquilos y equilibrados por que Él se halla siempre con vosotros. ¿Qué le importa al Dios interno que haya luchas y contiendas fuera del Templo? Mientras estéis tranquilos, mientras adoréis y estimuléis a otros a que adoren, mientras hagáis felices a otros, ¿Qué importa nada de lo demás? Cesan de afectaros las formalidades del culto externo y todos los intérpretes de Dios. Mientras poseáis esta gloria seréis felices; cuando bebáis en esta fuente seréis genios; crearéis y haréis felices a otros,

Para esto existimos.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 4 - El Templo del Corazón

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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