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El Reino de la Felicidad

Capítulo 6 - El Valor de la Experiencia

Quiero hablaros de aquella Voz, de aquel Tirano que debéis adiestrar y cuya autoridad es el único mandato a que debéis obedecer.

Según empecéis a desenvolveros, encontraréis, naturalmente problemas, tropezaréis con dificultades que habréis de solventar por vosotros mismos. Habréis de ser semejantes a un árbol que resiste innumerables tempestades y conoce su propia fuerza. Su propio placer en la protección que otorga, y al que nada en el mundo, ni el viento terrestre o celeste puede descuajar. Es firme como una roca. Tal como veis una roca que permaneció inmóvil ante los embates del mar, así veis este árbol permanecer firme y dar abrigo a millares de aves, porque está muy bien arraigado y robustamente crecido. Así habéis de ser vosotros.

La única autoridad que reconozcáis, el único mandato que habéis de obedecer, debe ser la Voz de la inalterable Intuición que nada en el mundo puede quebrantar.

De este modo desenvolveréis aquel sentimiento de belleza, por vosotros mismos creado, que se acrecienta con el tiempo y os infunde gozo. Esta es la única autoridad que puede reconocer una persona civilizada, culta y espiritual, y no la autoridad ajena, no la etiqueta espiritual del otro, porque cada uno es quien solamente puede saber lo que siente en su interior.

Ya hemos tratado de cómo desenvolver aquella Voz, aquel inflexible Tirano, y hemos examinado algunas ideas. Quiero exponeros otra. Si anheláis reconocer esta Voz, debéis mover una revolución, una anarquía en vuestro interior; debéis sentir descontento, debéis estar en un torbellino mental y emocional, cuyo centro debe ser cada vez más vigoroso a fin de eliminar las menudencias de la vida y que sólo pueden los firmes propósitos. Del caos de vuestro interior ha de surgir la centelleante estrella. Habéis de estimular el descontento del que dimana el verdadero contento, y no subyugarlo o desdeñarlo o matarlo. Cuanto más cuestionéis y demandéis mayor será la fuerza de vuestro torbellino, mayor la violencia, más vigoroso vuestro anhelo de descubrir la Verdad. Habéis de formar un torbellino en vuestra mente y vuestras emociones; pero no un torbellino de mero sentimentalismo y excitación, sino un torbellino que eche fuera y destruya lo no importante; un torbellino que gire en torno de un solo propósito con creciente velocidad, que le dé mayor energía, de la que surgirá el verdadero genio, la refulgente estrella de vuestra creación.

¿Habéis procurado adquirir este divino descontento? No lo podéis adquirir si os limitáis a escuchar a otros, quienes sólo serán capaces de proporcionaros el andamio que os ayude a escalar y construir; pero vosotros debéis llevar vuestros propios ladrillos y vuestro propio mortero, y ser cada cual el constructor. Para ello debéis pasar por vuestras propias experiencias y tal es la razón de que la pura inocencia no sea espiritual.

Quien conoce profundas tristezas, intensos éxtasis, hondas devociones, vivos arrebatos de adoración o de cólera, puede llegar a ser verdaderamente espiritual, porque de continuo busca y solicita.

Para llegar a ser espiritual, para vivir dichoso y servir debéis tener “el alma preparada para la tentación”.

La experiencia es esencial. La gente puerilmente inocente propende a ser mezquina, mojigata y envidiosa, y contra estas trivialidades hemos de luchar, pues no prometen dar grandes y verdaderas experiencias. No habéis de tener la inocencia del niño que carece de experiencia, que no sabe lo que son sufrimientos ni lo que es estar en una borrasca de emociones ni lo que es sufrir mentalmente, y que sólo balbucea algunas palabras. Debéis ser como el hombre que ha sufrido, que conoce y que ha edificado.

Así habéis de ser. Habéis de tener vuestra propia sensación de la vida, y no la sensación de los demás. No quiere esto decir que os hayáis de lanzar a absurdas experiencias y extravagantes expresiones de vuestros sentimientos. Los ordinarios placeres, penas, tristezas y alegrías deben ser vuestras experiencias que os han de servir de materiales de construcción. Son vuestros canales, vuestros ríos por los cuales debéis navegar hasta el vasto océano donde verteréis vuestra individual experiencia, vuestra identidad, para convertiros en una gota del océano. Pero debéis de disponer de naves en que navegar. Pero habéis de ser capaces de tender las velas, de remar, de tener tras vosotros las acumuladas experiencias y estremeceros a la idea de nuevas experiencias de armónica índole. Debéis tener el divino descontento, el caos de que surgirá la rutilante estrella.

La mayor parte de las gentes están satisfechas y contentas con sus vulgares vidas, y por lo tanto se forjan el angosto mundo de la mediocridad. Y si vosotros queréis ser diferentes, habéis de hallaros a vosotros mismos, habéis de dar nacimiento a vuestro verdadero ser, seguir vuestro propio sendero y mantener vuestro propio ideal, el ideal, la meta de Felicidad, de Verdad. Como pescador que de estanque en estanque, de río en río, de océano en océano va pescando en busca de experiencia sin satisfacerse con un pez pequeño ni con un pez enorme, así debéis desear reunir y poseer los varios tipos, colores, y expresiones de la divinidad en todos lo océanos de la vida. Debéis oír por vosotros mismos aquel llamamiento, aquella Voz que sólo resuena por medio de la experiencia, por medio de los pensamientos y las emociones. No necesitáis imágenes ni ceremonias ni nada en la vida, si tenéis este venturoso y divino anhelo. La divinidad mora en el reflejo de luz sobre las alas del ave que cruza el azul del cielo, en el árbol solitario, en las apacibles praderas, en los contiguos riachuelos y en las flores. Son la Verdad de la vida, las reales expresiones de la espiritualidad. Porque cuando reconozcáis la Verdad en estas humildes cosas de la vida diaria y os abisméis en su belleza, habréis entonces adquirido la eterna Verdad y viviréis en el Reino de la Felicidad. Una vez lo poseáis, podréis darlo a los demás. Quién no lo posee, y sin embargo trata de convencer a otros, es hipócrita; pero quien lo posee, aunque sea en mínimo grado, hablará con certidumbre, con conocimiento y autoridad. Vosotros hablaréis con autoridad porque sabéis lo que significa sentir de acuerdo con el universo y con la humanidad, con todo el que sufre, con todo el que es feliz. Vosotros crearéis y haréis crear a otros vuestras propias ideas, vuestros propios conceptos de la vida. Esto dará diferente tono a vuestra existencia, un diferente gozo, un diferente estremecimiento; y entonces ninguna forma ni expresión extrema tendrá valor alguno, porque estaréis en la Eterna Fuente de todas las cosas. Pero sólo podréis estar allí si tenéis este caos, este descontento, este perpetuo anhelo. Una sola visión de lo Eterno no satisface; cada visión descubre otra nueva y así vida tras vida. La evolución no empieza repentinamente en determinado momento ni se detiene en un momento dado ni después de una vida, sino que es interminable camino, y quien goza caminando no se ha de detener a adorar en pequeños santuarios, menudos convencionalismos, fórmulas externas y altares de supuesta grandeza, pues de lo contrario la evolución resulta un prolongado sufrimiento. Si veis en lontananza el templo de vuestra propia creación, la imagen de vuestra propia creación, la imagen de vuestra propia hechura, forjada a costa de sufrimiento, de la dicha y de la belleza de la vida, caminaréis perpetuamente por el Reino de la Felicidad. Habéis de ser una cosa u otra. O bien habéis de ser un genio, un creador, un destructor, o bien un hierbajo en mitad de la corriente, zarandeado de uno a otro margen. Debéis ser la principal corriente de la vida, la principal fuerza de la vida, porque en Él vivís y en Él tenéis vuestro ser. La Belleza es la Verdad y la Verdad es por Quien suspiréis, a quien adoráis, cuya imagen formáis en vuestro corazón, y que llega a ser parte de vosotros porque a El os inclinasteis y le hallasteis. Este concepto estimula la inspiración de existir, de alentar, de pensar y de sentir.

Pero si os contentáis y satisfacéis egoístamente perderéis el venturoso estremecimiento de la espiritualidad, y en vez de ayudar seréis vulgares secuaces, y en vez de creadores seréis desechos, escombros y escoria física y mental en todo el transcurso de vuestra vida.

Quisiera que vierais (y estoy seguro de que veréis, pues todos vemos en los momentos de éxtasis y dicha) la importancia de mantener esta pauta, esta cultura, y de vivir en el Reino de la Felicidad. Si en él estáis y seguro residís en este Reino podréis salir de él y crear más vitalmente, más gravemente, más noblemente que otro cualquiera porque a toda hora podréis restituiros a aquel Reino. Ello os dará una viva conmoción, un sentimiento de vitalidad, de ser grandes no sólo para vosotros mismos sino para ayudar al prójimo, destruir las cosas sin importancia y crear las eternas. En vez de ser gigantes de ignorancia, debéis de ser colosos creadores. Hoy día todos vamos buscando, tanteando, preguntando, mientras que la solución de todas estas cosas está bajo cualquier piedra, en todo cuanto se mueve y vive, en todas las cosas animadas e inanimadas. Si estáis verdaderamente iluminados podréis salir a ser mensajeros de aquel Reino. Yo he bebido en esta fuente y anhelo llevar a ella a cada uno de vosotros. Y cuando os hayáis deleitado y recreado en el albergue de la Eternidad, también anhelaréis llevar a otros a la misma fuente de donde emana la perenne Sabiduría.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 6 - El Valor de la Experiencia

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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