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El Reino de la Felicidad

Capítulo 7 - En Compañía de Grandes Hombres

Deseo convenceros de la suma importancia de interesarse en la excelencia del Reino de la Felicidad. Es posible conocer por vuestras palabras, por la manera de hablar si vivís o no en aquel Reino. Os he examinado, y me examiné a mí mismo para ver si vivimos continuamente en este Reino. De nuestra actitud, de nuestra conducta y de nuestros deseos podemos juzgar y descubrir cuán lejos estamos de esta morada de realidad o cuán muy adentro de ella vivimos.

Si os esforzáis en vivir en este Reino, fácilmente dominaréis vuestras tribulaciones, olvidaréis vuestras pesadumbres, vuestras singularidades y sobrellevaréis las aflicciones y sufrimientos del mundo. Cuando vivís en este Reino no podéis separaros de vuestras diarias acciones; en vuestros pensamientos, en vuestras obras, en todo cuanto hacéis estáis viviendo en este Reino; y por tanto trasladáis este Reino a vuestras acciones.

Podéis observar cuán diferentes son los que han percibido un vislumbre, siquiera pasajero, de este Reino; cuán dichosos, cuán bien equilibrados están, ni demasiado emotivos ni demasiado intelectuales. Podéis inferir de su actitud, de su ambiente, que saben lo que significa vivir en este Reino. Fuera mil veces lastimoso que sólo viviéramos allí raros momentos, sólo cuando meditamos y estamos solos. Únicamente podréis vivir en este Reino si todo vuestro ser palpita de felicidad. Debéis manifestar esta felicidad en todos vuestros sentimientos, en todo cuanto hagáis diariamente. No habéis de vivir en este Reino breves momentos como efímero insecto y desvaneceros de allí durante el resto del día para restituiros a él a la mañana siguiente. Esto es lo que hacéis la mayor parte de vosotros. Una palabra traicionará vuestra mente y todo el rumbo de vuestra perspectiva. Me parece importantísimo que seáis verdaderamente formales y estéis gozosos, en vez de luchar en vano, malgastando inútiles esfuerzos. No vayáis a figuraros que solamente unos cuantos privilegiados están en el Reino y los demás no pueden estar, pues mientras uno haya que se esfuerce, que tenga nobles pensamientos y emociones, cabe asegurar de él que vive en este Reino.

Debemos transformar este centro de Eerde y el mundo todo en un verdadero Reino de Felicidad y debéis ayudar porque vivís en él y lo estáis creando con vuestras aptitudes, vuestros sufrimientos, vuestras dichas, placeres y goces como materiales de construcción; pero debéis ayudar todos y no uno solo. Por esto debéis ser grandes, por esto debéis vivir y alentar únicamente en el Reino de la Felicidad. Habéis de destruir toda barrera, toda mezquindad en vuestra perspectiva. No podéis figuraros cuán deleitoso, cuán conmovedor y placentero es ello. Lo es mucho más que un espectáculo de cine o cualquier otra diversión mundana.

Imaginad por un momento que todos nosotros somos dioses, por lo tanto, podríamos sentarnos a la mesa con Él. Pensad en lo que podríamos hacer y lo que podría significar si fuéramos como Buda y Sus discípulos. Buda era un superhombre genial, el mayor de los seres humanos, y sus discípulos eran también genios, los grandes hombres de su época. Y podéis imaginar el delicioso ambiente, la atmósfera que aquellos hombres, aquellos dioses debieron crear. Después trasladaos al otro extremo y pensad en todas las personificaciones del mal en el mundo y pensad en lo que harían. Intentarían aniquilar la obra de los dioses.

Pero entre ambos extremos están quienes como nosotros forman la mayor parte del mundo. Cuando tenéis un precioso vaso o joyel, debéis buscar un arca donde con toda seguridad guardarlo. Y cuando Él venga, como ha de venir; cuando esté con nosotros como ha de estar con nosotros, deberemos ser ya los grandes hombres y cada uno de nosotros ha de esforzarse en alcanzar las cumbres de la perfección.

Y entonces, si nos reunimos todos, imaginad el vivo deleite de semejante asociación, porque seremos compañeros de la nobleza, de los grandes artistas, de los insignes creadores, de la divinidad equiponderada en perfectos cuerpos físicos.

Nada hay tan admirable en el mundo como vivir con grandes hombres, con grandes ideas, con hombres que por sí mismo sean los principios y no tan sólo la externa cáscara de alguna realidad.

Quien no ha gustado de la felicidad, quien no ha sufrido, quien no ha pasado por muchas experiencias, no puede ser compañero de grandes hombres ni aun de grandes pecadores, porque no son capaces de ayudar ni pueden difundir ni gozar de duradera felicidad. No puede conocer la diferencia entre lo hermoso y refinado, y lo grosero y vulgar, por lo que no tienen valor sus juicios, pues no es creador ni destructor, sino que va empujando por los caprichos y fantasías del mundo de la mediocridad.

Por lo mismo que no deseáis pertenecer a este mundo de mediocridad debéis tener en cuenta la vital importancia de cuantos pensáis y sentís. Por esta razón debéis desenvolver un exquisito cuerpo físico con refinadas emociones y cultivada mente. Porque si no son perfectos vuestros cuerpos, mente y emociones, desfiguraréis la belleza y perturbaréis la armonía del conjunto de los grandes hombres; y aunque sean prudentes vuestras palabras, vuestra expresión externa, vuestra personalidad delatará la imperfección de vuestro interno desenvolvimiento.

También debéis tener perfecta limpieza, perfecta salud; y podéis ver la importancia de ello, podéis ver por qué debéis tener cuerpos limpios y sanos y cuidar de ellos con la misma solicitud con que cuidaríais una preciosísima joya. Lo mismo cabe decir de vuestras emociones y pensamientos. Aunque no manifestéis a los amigos y conocidos vuestros perversos pensamientos y emociones, os traicionarán en vuestra mirada, en vuestras frases, en vuestras actitudes y en vuestra perspectiva de la vida. Muy a menudo me intereso en mirar el rostro de la gente, su gesto y su porte general; y comúnmente distingo el tipo a que cada uno pertenece. Sé que estos superficiales indicios pueden ser engañosos y ocasionar erróneos juicios, pero casi siempre delatan el interno carácter. Por lo tanto, debéis perfeccionar el cuerpo, las emociones y la mente antes de que podáis alcanzar y vivir eternamente en el Reino de la Felicidad. No debéis dar vuestro asentimiento sin razón y sin comprensión, para adaptaros a un molde. ¿Podéis figuraros que el mar, esa masa de animación y estruendo, se adapte a determinada forma? Romperá todas las formas y nada será capaz de restringirlo ni sujetarlo. Todos deseamos adaptarnos a formas, porque ello es mucho más fácil, mucho más cómodo y significa mucho menos lucha. Para quienes no se esclavizan a las formas y viven en esta Felicidad, en este Reino sin límites, lo valioso y bello es esta ilimitada expansión sin término. Debéis tener en cuenta que si realmente queréis vivir en presencia de los grandes hombres debéis desenvolver una perspectiva sin límites ni término. Os daréis cuenta de en qué gran éxtasis, en qué equilibrado éxtasis podréis vivir si constantemente imagináis que vivís siempre en este Reino y que estáis con los grandes hombres. ¿Cuántos de vosotros sois capaces de estar con un gran hombre, con un gran genio, con ÉL, que es la personificación del Reino de la Felicidad? Verdaderamente pocos, muy pocos. Y podéis ver la angustia, la pena que ha de causarle a quién sólo tenga dos o tres compañeros, en vez de al mundo entero con Él, trabajando con Él, gozándose con Él.

También quiero hablar sobre el afecto, porque me parece que no sabéis cuánta fuerza, cuánta vitalidad infunde el verdadero y equiponderado afecto. Digo equiponderado, porque generalmente observaréis que las personas de intensos sentimientos de afecto, carecen de fortaleza, de gobierno y de equilibrio. Sus sentimientos son como el agua que si desconsideradamente se vierte, inunda y anega sin duradera eficacia. Por esto habéis de tener equilibrio. Si vuestros afectos están bien equilibrados, sin sentimentalismo ni extremada efusión, sino con el eterno amor, entonces empezaréis a perder el separado yo. Cada uno de vosotros debe haber sentido aquel afecto expansivo y siempre creciente, y cada vez más y más amplio, de suerte que no sólo améis a unos cuantos de vuestra especial predilección sino a todos cuantos con vosotros se relacionen. Este afecto pone en olvido, aniquila el yo inferior que es la raíz de toda la aflicción. Por esto, quien no siente este inmenso amor es egoísta, parlanchín, entremetido, chismoso y hace todas estas ruindades que ni soñaría un gran hombre, un verdadero dios. Desde el momento en que os olvidéis de vosotros mismos e identifiquéis vuestro verdadero Yo con el gran Yo del mundo, entonces viviréis en este Reino y desearéis que el mundo entero vaya a vivir con vosotros.

Actualmente puede decirse respecto de cada uno de vosotros que estáis haciendo una febril tentativa y no que hayáis realizado una hazaña. Estáis todavía luchando y luchando, pero no habéis triunfado.

No os arriesgáis, no os abrevéis y no os sumergís en el océano, sino que sois como chiquillos en el mar que vacilantemente meten un pie en el agua y lo retiran inmediatamente que notan la frialdad. Si resbaláis, no importa, ya os levantaréis de nuevo; y si nadáis llegaréis allí. Pero no habéis de estar vacilando respecto de si alcanzaréis la lejana orilla. Sino que debéis lanzaros al agua porque vuestra Voz os incita.

Y si no escucháis la Voz estaréis metafóricamente llegando de continuo; y no tendréis un momento de paz, de sosiego, de felicidad, si esta Voz no os incita a seguir adelante. Debéis ir hacia la fuente de las cosas, y cuando alcancéis esa fuente seréis el dios, el superhombre, el dueño.

Buda, Cristo y otros grandes Instructores del Mundo fueron a la fuente de la vida. Llegaron a ser Maestros artistas. Mas una vez conocida la naturaleza y suprema grandiosidad de la Fuente, se convirtieron en la Fuente, el Sendero, y la Personificación de la Sabiduría y el Amor. Tal debe ser nuestro propósito. No podéis ser el Buda o el Cristo, pero podéis tener los mismos sueños, anhelos, deseos y aspiraciones.

Una vez hayáis percibido la gloria de Su reino, podréis actuar por vosotros mismos en la particular línea de creación con que expreséis vuestra vista de aquella eterna gloria. Entonces, seréis el escritor más insigne, el artista más preciado, el cineasta más profundo. Tendréis la lengua del sabio. Allí subyace el estremecimiento de espiritualidad, la única ambición merecedora de lograr en el mundo. Debéis ser independientes, no sólo emocional e intelectualmente sino también de todas las cortapisas físicas. Este es el único medio de lograr suma felicidad, de adquirir completa libertad de pensamiento, emociones y en todas las cosas físicas. Este es el único medio de vivir en el Reino de la Felicidad.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 7 - En Compañía de Grandes Hombres

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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