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El Reino de la Felicidad

Capítulo 8 - La Mente, el Creador

La mente es la esencia de la divinidad; pero es de todo punto notorio que la mente lo mismo puede crear que destruir; que rige y guía las emociones y es el ímpetu que nos empuja hacia nuestra meta.

La mente puede y debe hallar por sí misma la Verdad, y por sí misma debe aprender a vivir en el Reino de la Felicidad. Sin una mente disciplinada y una congénita inteligencia no podréis acercaros a vuestra meta.

También notaréis que la mente empequeñece las cosas, ansía formas y desea ocuparlas. La mente propende siempre a ser concreta, y habéis de precaveros contra esta característica de la mente.

Muy a menudo nos figuramos que todo cuanto hacemos está bien hecho, que nuestro particular sendero es el único, y que sólo pueden ser verdaderos nuestros particular templo, nuestro particular altar, nuestra particular ceremonia, nuestra forma de adoración y nuestro particular modelo de forma exterior; y que por este único canal puede expresarse lo Divino en manifestada vida. En efecto decimos: Tú estás en error, pero si me sigues y haces lo que yo hago y piensas como yo pienso, estarás en lo justo. Esto es lo que todos vosotros pensáis. Esta es la verdadera piedra de escándalo para cuantos intentan entrar en el Reino. Porque aquí no hay semejante estrecha uniformidad; aquí todo el que se esfuerza y vive noblemente y por naturaleza es en realidad bello en pensamientos y emociones, puede ser y es uno con todos. El sentimiento de unidad es lo más importante en la vida; es el único pan que podéis dar al hambriento, la única solución de todos los problemas de la vida. La intolerable idea de que precisamente habéis de estar equivocados si obráis independientemente, y de que acertaréis si me seguís, si seguís a mi especial intuición, a mi especial Maestro, a mi especial Deidad, es contraria al progreso espiritual. Mientras haya entusiasmo, la chispa del divino descontento, el anhelo de felicidad, el ansia de escapar del Maya de la vida, no importa que pertenezcáis a determinada religión o a ninguna, a alguna secta, clase, color o creencia, porque entonces estaréis en el verdadero camino que conduce al Reino. Esta es la sola idea que siempre habéis de mantener en la mente.

Tan sólo podréis entrar en este Reino si vivís noblemente; sólo podréis llegar a ser ciudadanos de este Reino si lucháis contra la mezquindad, contra el espíritu de exclusión. Por lo mismo habéis de tener la mente limpia y clara de modo que abarque todas las cosas, porque si tenéis limpia y clara la mente, también tendréis nobles y dichosas emociones, mientras que si sois exclusivistas y deseáis cerrar la puerta a los demás porque os figuráis que son diferentes (lo cual no es más que la afirmación del yo inferior) entonces no entraréis en el Reino de la Felicidad.

Si conocéis a alguien que sufra, que pase por una angustiosa vicisitud y que esté en lucha, la única sombra que puede descansar, el único consuelo que le podéis dar es la Felicidad que vosotros habéis gustado, el deleite que habéis fluido al hallar las cosas eternas.

Yo desearía poder daros esta Felicidad de modo que vosotros a vuestra vez, pudierais darla a otros y hacerles sentir su inmensa realidad. Yo desearía poder conduciros al Reino de la Felicidad porque sólo cuando en él entréis y viváis en sus dominios podréis dar de comer al hambriento, aliviar al dolorido y derramar bálsamo consolador en el alma herida.

Allí debáis vivir vuestra propia vida, obedecer a vuestra propia Voz, hallar a vuestro Maestro y vuestro propio aliento de vida. Esta es la única ambición valedera. Entonces podréis ser del mundo y entregaros al mundo, porque vuestra alma y vuestro cuerpo, vuestra mente y emociones estarán henchidos de Eternidad, y podréis entregaros sin vacilación, sin restricción alguna. Cuanto más adelantéis, mayormente habréis de cultivar este espíritu. No podréis ser felices hasta que hagáis a otros felices, y sólo podréis hacer felices a otros si entráis en este Reino, si habéis obedecido, si habéis escuchado el susurro de la Voz de lo Eterno. Sólo así podréis guiar a la gente, sólo así podréis darle felicidad y alentarla en la lucha por la nobleza, estimularla para que escuchen sus propios murmullos de Divinidad. Al luchar sufrirán, pero todo sufrimiento y toda lucha son parte del proceso hacia la cumplida hazaña, y esta hazaña es el hallazgo de la Felicidad. Esta es la verdadera brisa de las montañas que os embriaga de Eternidad y os infunde la inmensa fortaleza para estar solos.

El árbol de la cima de la montaña debe naturalmente ser mucho más robusto que el de la llanura, porque recibe todos los aires del mundo; sus raíces son más hondas porque ha de resistir a impetuosos vientos: Debe ser mucho más digno y noble porque está más cerca del cielo; recibe los primeros rayos de la aurora y está más cercano a las estrellas.

Exactamente lo mismo debe sucederos si queréis entrar en aquella región de absolutividad; debéis tener hondas raíces porque estáis más cerca de los Dioses, y más profundas angustias de crecimiento, porque veis los primeros rayos del sol. Y cuando os halléis en aquella altura, os daréis cuenta de la ilusión, del Maya, de la inutilidad de las cosas transitorias y perecederas. Me fortalece la idea de semejante árbol solitario, que siempre vive en el puro aire de las montañas y que, de día en día, acrecienta su fortaleza, y que sólo puede abatirse cuando la montaña deje de subsistir.

Este es el espíritu que Él nos da; este es el espíritu que debemos poseer para comprenderle; esta es la única Felicidad, la única convicción valedera, el único medio de mantenerle a Él en nuestro corazón, el único medio de seguirle, pues no pensamos ni sentimos que somos diferentes porque no pertenecemos a estrechas sectas, porque hemos bebido en la fuente de la realidad, porque hemos estado allí y somos capaces de llegar a los cielos, y deseamos que otros vengan y gusten la misma duradera felicidad.

Esta es la única verdad que cualquiera que sea inteligente, dichoso o desventurado, puede y debe aceptar. Si tenéis este personal conocimiento, llegaréis a ser como el árbol que subsiste eternamente, bajo cuya sombra pueden los hombres descansar, un árbol que sólo medra en el Reino de la Felicidad.

Debéis echar alas, nuevas alas cada día, para volar a aquella altura; y sólo os podrán crecer las alas si constantemente os remontáis, os explayáis, acrecentáis y lucháis; esto significa que debéis mejorar cada día, que debéis desprenderos de todo cuanto os entorpezca, ate y restrinja, de todo cuanto no os dé absoluta libertad y que os ligue a las ilusiones de la vida.

Este es el único medio de adelantar, de tener renovadas energías, nuevos deleites. Y solamente con nuevas alas podréis remontaros a las alturas.

Siempre debéis sentir amor. Todo cuanto vive, todo cuanto se mueve o no se mueve, ha de impulsaros a intensificar vuestro amor. Así como deseáis que todos moren en el Reino, así también habéis de querer congregar en torno vuestro todas las cosas de dicho Reino. Y cuando cada uno de vosotros pueda dilatar el Reino de la Felicidad, echaréis de ver que las formas externas carecen de importancia intrínseca, y que vuestro verdadero valor consiste en llevar a otros a este Reino. Por esto desearía poder daros una parte o toda la Felicidad que yo hallé. Habiéndola gustado una vez puedo gustarla de nuevo; habiéndola realizado una vez, puedo siempre realizarla de nuevo; pero quien no la haya gustado, quien no conozca su opulencia y hermosura, no podrá darse cuenta de la plenitud y gloria de la vida. Pero cuando una vez la haya gustado, nunca jamás le satisfarán las cosas transitorias. Por esto quisiera yo daros y haceros gustar y respirar mi Felicidad, llevaros a vivir en mi Reino.

Por esta razón debéis despertaros y abrir todas las puertas y ventanas de vuestra alma y salir en busca de la única realidad de la vida. No debéis disiparos en febriles y vanos intentos ni andar por tenebrosos pasadizos y callejuelas, sino buscar los parajes luminosos, la mansión de la Verdad, el Reino de la Felicidad, donde debe residir cada uno de vosotros.

En aquel estado de éxtasis, de intensísimo gozo, habiendo perdido lo único que os mantenía sujetos, el yo inferior, hallaréis la única fuente de inspiración, la única belleza que necesitáis, la única verdad digna de adhesión, merecedora de que la poseáis, de que por ella luchéis y de que por lograrla sacrifiquéis todo lo demás. Debéis tener esta ambición (no encuentro palabra mejor apropiada), debéis tener el intenso deseo de entrar en el Reino; y entonces, cualesquiera que sean vuestras acciones, llevarán el sello de la Eternidad y doquiera estéis seréis el emblema de este Reino.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 8 - La Mente, el Creador

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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