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El Reino de la Felicidad

Capítulo 11 - El Jardín Encantado

Quisiera haceros entrar en el Reino de la Felicidad, vivir en aquella realidad, respirar aquel aire de inmensa pureza y que os gozarais y deleitarais en este Reino.

Quisiera poder haceros entrar en mi corazón y mi mente y que vierais las cosas tal como son y percibierais el mundo tal como es y vivierais conmigo en todo cuanto de veras es duradero y permanente. No quiero, ni os pido, ni os incito, ni en modo alguno os fuerzo a vagar por ignotos campos, a gozaros en cosas desconocidas y no experimentadas ni recordadas. Porque conocéis esta Eterna Morada, esta Verdad, estas realidades, porque habéis visitado este Reino, vivido en él, gozándoos en él y deleitándoos en él, deseo que permanezcáis, en aquel Reino, en aquel mundo real, para andar por él y después volver a este otro mundo irreal, transitorio, para vivir aquí constantemente en lo Real. La mayor parte de nosotros consideramos el verdadero Reino, la Realidad, como si fuese una cosa extraña, como si hubiésemos de entrar en algún lugar desconocido, siendo así que este mundo de sensación es el desconocido, el transitorio, el trivial, el que no tiene la más mínima importancia.

Una vez hayáis entrado en este Reino, una vez respiréis su frescura, quietud y sosiego, ya no os será posible olvidar las cosas reales, las cosas que son el aliento de vida, las cosas importantes. Ya nunca más dudaréis ni volveréis a sufrir. Sólo entonces conoceréis que no seguís ciegamente ajenos pasos, pues sólo entonces seguiréis a lo Absoluto, a lo Eterno. Solamente entonces seréis uno con Él que tiene Su ser en todas las cosas. Sólo entonces podréis persuadir y tener la lengua de erudito, el corazón de sabio y el compasivo. Sólo entonces seréis capaces de enseñar realmente a las gentes lo que significa librarse de la tristeza, de todas las menudencias que los perturban y abaten en su vida diaria.

Por esto habéis de hallaros a vosotros mismos; por esto debéis escuchar aquella Voz y sufrir y aprender por las pequeñeces de la vida diaria.

Porque cuando os halléis le hallaréis a Él y llegará Él a ser parte de vosotros y estará Él donde estéis y no será una separada entidad, un separado ser que viva en espléndido aislamiento.

Donde estáis allí está Él, y donde yo estoy, allí está Él, y cuando alguien ha vivido y gozado en este Reino, está con Él. Por haberos hallado a vosotros mismos habéis hallado el verdadero Ser; y una vez hallado, podéis volver a la Fuente. Tenéis entonces la clave de todo conocimiento, podéis ser parte de la Eterna compasión, de la Eterna fuente de todas las cosas. Quisiera poder haceros mirar y percibir todas las cosas por vosotras mismos.

Ayer estaba yo sentado en la avenida frontera a este castillo. Sabéis cómo crecen aquí los árboles, unos bajos, otros altos, y cómo en conjunto forman una glorieta alrededor de los troncos; allí vi yo mi Gloria, mi Felicidad, todo cuanto para mí es real, la fuente, la vida de todos los árboles, de todas las cosas vivientes. Cuando una vez le hayáis visto a Él, viváis en Él y tengáis vuestro ser en Él, estaréis entonces eternamente en aquel jardín, y no como un extraño que desde afuera sólo mira unos cuantos troncos de árbol, unas cuantas rosas, unas cuantas flores.

Hay dos tipos de personas: Los que están en este delicioso, fresco, bello y tranquilo jardín donde se oye el suave murmullo de millares de voces, donde el ambiente todo está vivificado por el sentimiento de eterna Belleza y se experimenta la sensación de poder, la sensación de paz y de asombrosa energía y realidad; el otro tipo son los que están fuera de este jardín y miran solamente las copas de los árboles, unas cuantas diseminadas flores, donde apenas hay sombra, donde sólo hay tenue follaje y unas cuantas ramas muertas de la última estación. Una vez hayáis entrado en este jardín podréis dar a otros la llave y persuadirles a que entren por sus propios pasos.

Podéis convencerles de que este jardín, este Reino no tiene barreras, aunque pueda haber una superficial valla construida por los humanos pensamientos y emociones. Una vez entréis dentro, ya no miraréis el mundo interior desde el exterior, sino que miraréis el mundo exterior desde la Verdad, desde la fuente de todas las cosas, desde el verdadero ser.

Una vez tengáis esta llave, podréis siempre salir, mirar el tenue follaje, ver las ramas muertas, los residuos de las marchitas flores de la última estación; podréis entonces salir en busca de experiencias, porque habéis entrado en el jardín y encontrado allí el verdadero conocimiento, la verdadera Felicidad.

Por esto si yo pudiera os arrastraría hasta el jardín por fuerza o por cualesquiera otros medios, porque una vez hubieseis echado una mirada al interior del jardín y percibido tan sólo una pasajera visión, nunca ya os satisfaría el externo efecto de las cosas; siempre querríais volver para gozar de aquella visión, ampliada, glorificada, y extendida; y mil terrores os acosarían si estuvieseis fuera. En el momento en que entréis en esta morada de lo Eterno, ya no tendrán importancia aquellos terrores ni las fútiles cosas y se desvanecerán las dudas, las inquietudes y los pasajeros sufrimientos; porque entonces viviréis en el oculto mundo donde sólo viven unos pocos, únicamente los que en realidad sufren, los que buscan conocimiento, los verdaderos creyentes e investigadores. Debéis ir a dicho mundo porque es el único mundo duradero, el único mundo donde podéis hallar la Verdad. En otros mundos estáis sujetos a crear aflicción, supersticiones, dogmas y todas las irrealidades que crea cada uno de nosotros. En aquel mundo cesáis de existir individualmente. Sois entonces parte de todas las cosas, parte de la más diminuta hoja y el más alto y corpulento árbol, porque sois parte de El y el mundo aquel es Su jardín, Su morada, Su Reino, el eterno Reino de la perenne Felicidad.

Allí es donde todos vivimos, donde vivo yo. A todos nos ha de conmover la misma Voz. Podéis ver cuan mucho más inspirador, apetecible y venturoso es aquel mundo en comparación de éste. Más para alcanzarlo habéis de disciplinaros, habéis de escuchar aquella Voz tan armónica, tan pura, tan solícita que os excita a seguir siempre adelante hasta que entréis en este Reino, en este jardín, el más hermoso paraje del mundo y de todos los mundos.

Porque es mi morada, porque es mi fuente, quisiera que vivierais conmigo, quisiera compartir con cada uno de vosotros lo que yo he hallado. Cuando lo gustéis por vosotros mismos como lo gusté por mí mismo, nunca podréis perderlo completamente, sino siempre lo hallaréis de nuevo. Si no lo buscasteis, si no luchasteis por alcanzarlo, no podréis saber lo que significa ni conoceréis su poder, las estimulantes ambiciones, el éxtasis, la embriaguez. No es mero sentimiento ni emoción, sino la genuina Verdad, la esencia de todas las cosas, y por esto es tan vital, tan real; por esto si queréis hacer grandes cosas, si queréis crear magnamente y vivir con nobleza, debéis entrar en este Reino, vivir en este jardín, gozar de la sombra de este jardín y del aroma de variadas flores y del zumbido de las abejas.

Vivir en este jardín significa que vivís dignamente, que vivís noblemente, en el pináculo de vuestra perfección; y todo lo grande y duradero ha de hacerse en esta morada, ha de dimanar de esta fuente, ha de tener su origen en este Reino. Todas las pruebas, todos los intentos y acciones fracasan cuando no son duraderos, cuando son transitorios y mudables, mientras que si todo cuanto hacéis lleva el sello de este Reino, será aceptable a todos los hombres, a todos los dioses, a todos los reinos de la Naturaleza, porque este Reino es el Reino de los dioses, el Reino de los ideales, la fuente de todos los sentimientos, de todas las acciones.

Debéis saber por vosotros mismos que buscáis este jardín, esta morada, y una vez lo sepáis, ya no habrá necesidad de que os esforcéis en adheriros a él, pues jamás os dejará. No habéis de temer que se os escape, que se desvanezca a causa de vuestras insensatas acciones, menudos deseos y leves inquietudes. Como una bella imagen o amable visión, siempre vuelve en momentos de tranquilidad o de gran incertidumbre. Siempre lo tenéis en vuestro trasfondo; siempre podréis retiraros a este jardín, siempre podréis escaparos de este mundo ilusorio.

Debéis hallaros vosotros mismos y hacer que truene esta Voz. Habéis de tener mil terrores e innumerables controversias hasta que halléis esta Voz. Hasta entonces no gozaréis de paz ni de sosiego ni de contento ni de felicidad. Todas las otras cosas son ilusorias. Este es el supremo ideal, la esencia de la inteligencia.

¿Habréis observado como los estanques y las aguas tranquilas, bajo un cielo completamente despejado reflejan toda leve sombra, cada ave que por allí pasa, cada nube impedida por la suave brisa? De repente llega un menudo insecto, perturba la tranquilidad del agua y se desvanece la visión. El menudo insecto en la superficie del agua perturba toda la belleza del mundo; pero cuando se marcha el insecto vuelve una vez más la tranquilidad, la calma, la perfecta pureza del reflejo. Debéis apartar este menudo insecto; lo habéis de matar sin compasión; es el separado yo.

Mientras podáis reflejar con certidumbre, con el conocimiento de que vuestro reflejo es tan perfecto como el mismo Reino, mientras vosotros mismos seáis este reflejo, ningún insecto ni viento pasajero agitará las tranquilas aguas de vuestra vida. Sólo podréis reflejar la pureza de este Reino cuando halléis vuestro verdadero Yo, cuando viváis eternamente en vuestro Reino y sea Él vuestro eterno Compañero.

Entonces disfrutaréis de aquella absoluta paz, de la paz que infunde enorme fortaleza y poder, porque os hallasteis a vosotros mismos, porque habéis vivido con las cosas permanentes, eternas, y dignas de posesión. Desearía poder incitaros a la acción y al modo como debéis crear, soñar, percibir y vivir.

Pero vosotros mismos debéis incitaros, aplicaros el látigo; y sólo sentiréis el escozor de este látigo cuando oigáis aquella Voz. Siempre llama, siempre insiste esta Voz; y cuando más truene, mayor será la nobleza de vuestras acciones, mayor será vuestra fortaleza y más vivo vuestro deseo, más vehementes vuestros anhelos y más noble vuestra aspiración de entrar en el jardín, en el eterno Reino de la perenne Felicidad.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 11 - El Jardín Encantado

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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