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El Reino de la Felicidad

Capítulo 12 - El Eterno Compañero

Así como el trueno nace a la fuerza, la amenaza y el misterio, así es la Voz de la Verdad en un varón fuerte. Así como el estampido del trueno se extiende de montaña a montaña, y así como cada montaña lo recoge y lo transmite a la otra, así es la Voz de Él, de nuestro Gobernante, nuestro Legislador, nuestro Guía y Amigo en quienes siguen la absoluta Verdad, la Verdad de su propia creación. Como la montaña tan llena de dignidad, de majestuoso sentimiento, así es el hombre que se halló a sí mismo, que creó su propio ideal, que a largos pasos se encamina a su meta. Un hombre así es valioso, un hombre así es aceptable, un hombre así debe ser caudillo de hombres, debe crear, debe renovar y fortalecer a lo débiles, a los que están en el valle, a los que están en la llanura, donde el trueno no es tan potente como en la montaña, donde sólo el varón fuerte es capaz de gozar y realmente apreciar el sentimiento de profundo pavor. Mas para el hombre débil, para el hombre de la llanura, no tiene el mismo significado y el sentimiento de belleza, la voz del trueno. El varón fuerte ha de ser el caudillo, ha de ser el jubiloso, porque para él esta Voz, esta belleza, este poder y esta fortaleza significan el fin de la indagación y el comienzo de una nueva vida. Tal varón fuerte debe ser tan jubiloso como aquellas copas de los árboles, aquellas delicadas ramas, aquellas pocas hojas juguete de los mudables vientos, aquellas hojas que son la delicia del sol, y que estáticas refulgen en aquella brillantez porque están más cerca del cielo. No luchan ni se fatigan; aunque llenas de vital poder, ceden y no saben lo que significa resistir. Son inconscientes de las raíces que les dan fuerza y las mantienen vivas, que crecen hacia abajo profundamente en el suelo, que luchan y crecen continuamente y que mucho sufren porque han de nutrir tan grandes alturas.

Tal fortaleza, tal poder para luchar, tal poder para infundir energía creadora es el Reino de la Felicidad. Si un hombre hallara tal fortaleza y al mismo tiempo tal júbilo, tal lucha y a la par tal éxtasis en la vida, tal crecimiento y a la vez la perfecta forma, hallaría semejante hombre que tiene en su interior un eterno Compañero; tal hombre hallaría que doquiera está, doquiera vive, doquiera respira, no está solo, que la soledad no lo conoce, ni hace extremo alguno, sino que él recorre gozosamente el intermedio sendero que conduce al Reino de los Cielos. Entonces hallará como hallaron tantos hinduistas amantes de Shri Krishna; que porque deseaban que Él fuese su compañero, porque anhelaban perpetuamente en su corazón estar con Él, se les apareció a cada uno de ellos y fue su compañero, su delicia, su arrobamiento, y Él se apareció diversamente según el grado de evolución de cada cual, según la evolución de la mente y del corazón de cada uno de ellos. Él era lo que ellos querían que fuese; Él era lo que ellos necesitaban que fuese; un Dios o un simple amigo; el magno Actor o un perezoso compañero; el gran creador o un débil destructor. Su forma externa dependía de la mente de quien anhelaba y del corazón de quienes habían sufrido y hallaban un nuevo aliento de vida.

Tal debe ser el caso de cada uno de nosotros que buscamos a Quien es la personificación del Reino de la Felicidad. Se nos aparece como deseamos que se nos aparezca. Es como nosotros somos. Es como nos lo imaginamos. Tal es la razón de que nada importe la etapa evolutiva en que nos hallemos con tal que tengamos este anhelo, este deseo de conocerle, de gozarnos en Él. Esta es la única verdad vital en la vida. Porque Él es la encarnación de todas las cosas; y mientras comprendamos en nuestro corazón la esencia de esta sencilla Verdad, estaremos con Él eternamente. Pero antes debemos tener este deseo, este vehemente anhelo, este intenso ardor, hasta que hallemos el jardín donde podamos crear nuestra propia imagen del Eterno.

Durante los pasados meses le busqué a Él en todas las cosas y siempre he deseado ver las cosas a través de Él.

Mis ojos deben ser Sus ojos y yo debo ver a través de Él todas las cosas, pequeñas o grandes, vivas o muertas. Este deseo ha crecido en intensidad, este deseo ha llegado a ser mi aliento; y como tantos antiguos indios, como tantos místicos del mundo entero que realmente anhelaban la Verdad, que realmente indagaron y sufrieron por Él, como ellos, yo le hallé a Él.

Y desde entonces he vivido en este jardín de variadas rosas y diversos aromas; y en éxtasis respiré el perfumado aire, el único aire que me hace prosperar, que me infunde poder, fortaleza y vitalidad a mi mente, a mi corazón, a mi verdadero ser.

Y como tal fortaleza, sólo puedo dar y no retener.

Pocos días hace, salí a dar un paseo, y mientras caminaba, iba con Él, con mi Eterno Compañero. Anduve un rato y me senté sobre un árbol, sin pensar en nada más que en esta cosa; y miré, y Él estaba sentado frente a mí, y entonces vi cómo la Naturaleza le adoraba. Los árboles y las briznas de hierba y el viento que soplaba, todos le adoraban.

Y mientras miraba, mi alma reunía fortaleza en el éxtasis y mi cuerpo se estremecía, comprendió que por siempre era yo semejante a Él; que no había diferencia, que era yo parte de Él; no podía yo distinguir una diferente entidad; no podía yo disociarme del Eterno. Y al respirar el mismo aire que Él, comprendí y supe lo que significaba vivir en el Reino de la Felicidad, vivir y solazarse bajo la sombra del jardín; supe lo que significa mirar a las flores y a los demás pasajeros por el camino. Todo era parte de Él porque cuantos buscan, cuantos sufren, cuantos son dichosos son eternamente suyos; y estando en Él, yo comprendí. Y por esto, todos los que tenemos el intenso sentimiento de anhelar la Verdad, debemos entender que sin Él, sin la personificación de la Verdad, nada comprenderemos, que sin Él no venceremos el yo inferior; y así debemos tener a Él en el centro de nuestro ser, porque entonces podremos irradiar del centro como chispas que brotan de la hoguera.

Mientras estaba yo en aquel estado (nada extraordinario, nada anormal ni sobrenatural), mientras estaba en aquel supremo éxtasis noté que no había barreras entre el Reino de la Felicidad y yo; había yo descorrido todos los velos que ocultan el Santo de los Santos; había entrado yo en el jardín y levantado los velos que ocultan, desfiguran y cubren aquella imagen, aquella perfección. Y si queréis seguir, comprendiendo que el seguimiento no significa ceguedad, caminemos todos juntos y seamos todos campaneros. Yo os mostraré aquella hermosa Visión de aquel encantado jardín, aquel Reino de la Felicidad, aquella morada de lo Eterno, aquel templo donde está el Santo de los Santos. Pero debéis tener ojos para ver, debéis tener la mente bien cultivada, refinada y capaz de mucho juicio; el corazón ha de estar lleno de aquel vasto amor, de aquel impersonal amor que no conoce barreras ni distinciones ni prejuicios; y debéis tener fuerzas para trabajar, para subir o bajar; para escalar las tremendas alturas o caminar por los ardorosos valles; y debéis tener el alma preparada para la tentación, debéis tener muchos terrores; no habéis de tener contento; y sobre todo debéis tener aquella grandeza resultante de dilatada experiencia para apreciar la belleza de la vida en aquel jardín. Y si me seguís a este jardín, si en este jardín buscáis la Verdad, hallaréis el dulcísimo, purísimo y nobilísimo néctar de los Dioses. Esta es la única Verdad, el único altar en que debéis adorar; y en esto se resume toda la cuestión.

La sencillísima Verdad sólo puede alcanzarse después del éxtasis de amor, por inmensa devoción, y hallaréis en ella el único refugio donde guareceros de los días lluviosos y cálidos, de todas las luchas, aflicciones y dolores. Y una vez la hayáis hallado, ya no será cuestión de dudar ni de vacilar, porque entonces seréis el Maestro, seréis entonces el ideal de millares de gentes, el auxiliador de gran número, el indicador de los que andan a tientas, de los que no ven o están todavía luchando en las tinieblas. Y cuando podamos caminar juntos por el sendero de eterna paz que conduce al Reino de la Felicidad, ya no será posible la separación ni el aislamiento ni dudas sobre el logro de la perfección, de la iluminación, porque entonces seréis la encarnación de todas las cosas que busca cada uno de vosotros. Y cuando caminéis por aquel sendero y os solacéis en aquel eterno jardín, cuando podáis guareceros del sol bajo la sombra, entonces seremos todos amigos, entonces seremos todos eternos compañeros, entonces todos crearemos a imagen de Quien es el Santo de los Santos. Y una vez hayáis bebido este néctar, este elixir de vida, os mantendrá eternamente jóvenes; y aunque podáis haber tenido dilatadas experiencias y derramado abundantes lágrimas y sufrido intensamente, está en vuestro interior el manantial que os mantiene en eterna plenitud, eternamente jóvenes y jubilosos como rutilante estrella en tenebrosa noche; porque lo conocéis todo y está aniquilado el yo, el destructor y pervertidor de la Verdad.

Y así debéis todos, si queréis seguirme, caminar hacia aquella puerta que os separa del eterno jardín, y allí encontraréis muchas llaves, y cada uno de vosotros podrá tomar una llave y entrar. Pero antes de entrar en este Reino de la Felicidad debéis sentir inmenso deleite, inmenso placer; y después comprenderéis que sois el Maestro y que ha cesado de girar la rueda de nacimientos y muertes. Hallaréis allí el Eterno Refugio, la Eterna Verdad; y allí perderéis la identidad de vuestro separado yo; crearéis nuevos mundos, nuevos reinos, nuevas moradas para otros.

El Reino de la Felicidad

Capítulo 12 - El Eterno Compañero

Jiddu Krishnamurti, El Reino de la Felicidad, Conversaciones sostenidas en el castillo de Eerde, Holanda, en 1926. The Kingdom of Happiness. Jiddu Krishnamurti en español.

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