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El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 11 de marzo, 1983

Era una mañana moderadamente fresca, y había una luz que sólo existe en California, especialmente en la parte sur. Es en verdad una luz realmente extraordinaria.
Hemos viajado probablemente por todo el mundo, por la mayor parte del mundo al menos, hemos visto innumerables luces y nubes en muchas partes de la tierra. En Holanda, las nubes están muy próximas al suelo; aquí en California, las nubes contra el cielo azul parecen retener la luz eternamente ‑la luz que contienen las grandes nubes con su forma y cualidad extraordinarias.

Era una mañana fresca, muy bella. Y cuando uno escaló el sendero rocoso que lleva hasta la cumbre, y miró hacia abajo en el valle y vio las hileras e hileras de naranjos, de aguacates, y los cerros que rodean el valle, era como si uno estuviera fuera de este mundo, tan completamente perdido se hallaba para todas las cosas, para la fatiga, para las feas acciones y reacciones del hombre. Uno dejaba atrás todo eso a medida que ascendía más y más por el sendero rocoso. Dejaba atrás, muy abajo, la vanidad, la arrogancia, la vulgaridad de los uniformes, de las condecoraciones que el hombre exhibe sobre todo su pecho, y la vanidad y las extrañas vestimentas de los sacerdotes. Todo eso quedaba atrás.

Y cuando uno ascendía casi pisó a una codorniz madre con su docena o más de pequeñas crías que se diseminaron piando entre los arbustos. Al llegar más arriba uno miró hacia atrás, y vio que la codorniz ya había reunido nuevamente a las crías alrededor de ella, las cuales estaban completamente seguras bajo las alas de su madre.

Es preciso escalar hora tras hora para alcanzar la gran cima. Algunos días uno vio un oso a muy poca distancia, el cual no le prestó atención alguna. Los ciervos al otro lado del arroyo también parecían indiferentes a la presencia del hombre. Finalmente uno llegó a la cima de una meseta rocosa, y al otro lado de las colinas, hacia el sudoeste, se veía el mar distante, tan azul, tan quieto, tan infinitamente lejano. Uno se sentó sobre una roca lisa, agrietada, a la que el sol debió resquebrajar sin remordimiento alguno por siglos y siglos. Y en las pequeñas grietas había diminutas criaturas vivientes que se escurrían; y el silencio era completo, total e infinito. Un ave muy grande ‑la llaman cóndor- volaba describiendo círculos en el cielo. Aparte de ese movimiento no había actividad alguna excepto estos diminutos insectos; solo ese silencio, esa paz que existe únicamente donde el hombre jamás ha estado antes.

Todo quedó atrás en ese pequeño poblado que se veía a tanta distancia debajo. Literalmente todo: la propia identidad ‑si es que uno tenía alguna-, las pertenencias, la posesión de las propias experiencias, los recuerdos de cosas que significaban algo para uno ‑todo eso quedó atrás, muy abajo entre los resplandecientes huertos y naranjales. Aquí el silencio era absoluto y uno estaba completamente solo.

La mañana era maravillosa y el aire fresco, que se estaba tornando más y más frío, lo envolvía a uno; y uno estaba totalmente perdido para todas las cosas. Era la nada y más allá de la nada.

Habría que olvidarse realmente de la palabra meditación. Es una palabra que ha sido corrompida. El significado corriente de esa palabra ‑considerar algo, pensar o reflexionar acerca de ello- es más bien trivial y común. Si queremos comprender la naturaleza de la meditación, tenemos que olvidar realmente la palabra, puesto que no podemos medir con palabras aquello que es inmensurable, que está más allá de toda medida. No hay palabras que puedan comunicarlo, ni sistema alguno, ni métodos de pensamiento, ni prácticas o disciplinas. Si pudiéramos más bien encontrar otra palabra que no haya sido tan mutilada, tan corrompida, tan vulgarizada, que no se haya convertido en el medio de ganar muchísimo dinero, si pudiéramos hacer a un lado la palabra ‘meditación’, entonces comenzaríamos a percibir suavemente, serenamente, un movimiento que no es del tiempo. Por otra parte, la palabra ‘movimiento’ implica tiempo. Lo que quiere indicarse es un movimiento sin principio ni fin, un movimiento en el sentido de una ola ‑ola tras ola que comienzan en ninguna parte y sin playa alguna donde puedan romper. Una ola infinita.

El tiempo, por lento que sea, es más bien tedioso. El tiempo significa crecimiento, evolución ‑devenir, lograr, aprender, cambiar. Y el tiempo no es el camino hacia aquello que está mucho más allá de la palabra ‘meditación’. El tiempo no tiene nada que ver con eso. El tiempo es la acción de la voluntad, el deseo, y el deseo no puede en modo alguno [palabra o palabras inaudibles aquí]... aquello que se encuentra mucho más allá de la palabra meditación.

Aquí está uno sentado sobre esta roca, con el cielo azul ‑asombrosamente azul- y el aire purísimo, incontaminado. Muy lejos, al otro lado de esta cadena de montañas, está el desierto. Pueden verse millas y millas de desierto. Es realmente una percepción intemporal de ‘lo que es’. Solamente esa percepción puede decir que aquello es.

Uno permaneció sentado ahí observando durante lo que parecieron muchos días, muchos años, muchos siglos. A medida que el sol bajaba hacia el mar, uno fue abriéndose paso en descenso hacia el valle, y todo alrededor estaba iluminado, esa brizna de hierba, ese sumac [un arbusto silvestre], el altísimo eucalipto y la tierra floreciente. Tomó tanto tiempo descender como el que había tomado el ascenso. Pero aquello que es intemporal no puede ser medido por las palabras. Y ‘meditación’ es sólo una palabra. Las raíces del cielo se hallan en el profundo y perdurable silencio.

El Último Diario 1983 - 1984

Viernes, 11 de marzo, 1983

Jiddu Krishnamurti, El Último Diario 1983 - 1984. Krishnamurti to Himself. Jiddu Krishnamurti en español.

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